La rápida oscuridad de diciembre había caído payasadamente tras su día sordo y mientras miraba fijamente a través del cuadrado opaco de la ventana de la clase sintió que el estómago le pedía comida.
Esperaba que hubiera estofado para cenar, nabos y zanahorias y patatas magulladas y trozos de cordero gordo para servir con cucharón en una salsa espesa, pimentada y engordada con harina.
Métetelo en el cuerpo, le aconsejaba el estómago.
Sería una noche secreta y sombría. Tras el anochecer temprano, las lámparas amarillas encenderían, aquí y allá, el sórdido barrio de los burdeles.
Seguiría un curso sinuoso arriba y abajo por las calles, acercándose cada vez más en un temblor de miedo y alegría, hasta que sus pies lo condujeran de repente a la vuelta de una esquina oscura.
Las rameras estarían saliendo de sus casas preparándose para la noche, bostezando perezosamente tras el sueño y acomodándose las horquillas en los mechones de cabello. Pasaría junto a ellas esperando con calma un movimiento repentino de su propia voluntad o una llamada repentina a su alma amante del pecado procedente de su carne suave y perfumada.
Sin embargo, mientras merodeaba en busca de esa llamada, sus sentidos, embrutecidos solo por su deseo, notarían con agudeza todo aquello que los hería o avergonzaba;
- sus ojos, un cerco de espuma de cerveza en una mesa sin mantel o la fotografía de dos soldados en posición de firme o un cartel de teatro ostentoso;
- sus oídos, la jerga arrastrada del saludo:
—Hola, Bertie, ¿se te ocurre algo bueno?
―¿Eres tú, pichón?
―Número diez. La fresca Nelly te está esperando.
―¡Buenas noches, esposo! ¿Vienes a pasar un ratito?
La ecuación en la hoja de su cuaderno comenzó a desplegar una cola cada vez más ancha, con ojos y estrellas como la de un pavo real; y, cuando los ojos y las estrellas de sus exponentes hubieron sido eliminados, comenzó lentamente a plegarse de nuevo sobre sí misma.
Los exponentes que aparecían y desaparecían eran ojos que se abrían y se cerraban; los ojos que se abrían y se cerraban eran estrellas que nacían y se apagaban. El vasto ciclo de la vida estelar arrastró su mente cansada hacia los confines y hacia el centro, con una música distante que lo acompañaba hacia afuera y hacia adentro.
¿Qué música? La música se acercó y recordó las palabras, las palabras del fragmento de Shelley sobre la luna que vaga sin compañía, pálida de cansancio. Las estrellas empezaron a desmoronarse y una nube de polvo estelar fino cayó a través del espacio.
La luz deslucida caía con más debilidad sobre la página donde otra ecuación comenzaba a desarrollarse lentamente y a desplegar a lo ancho su creciente cauda. Era su propia alma marchando hacia la experiencia, desenvolviéndose pecado a pecado, desplegando el fuego fatuo de sus estrellas ardientes y replegándose sobre sí misma, desvaneciéndose lentamente, extinguiendo sus propias luces y sus fuegos. Estaban extinguidos: y la fría oscuridad llenó el caos.
Una fría y lúcida indiferencia reinaba en su alma.
En su primer pecado violento había sentido cómo una ola de vitalidad lo abandonaba y había temido encontrar su cuerpo o su alma mutilados por el exceso. En cambio, la ola vital lo había llevado en su seno fuera de sí y de vuelta cuando retrocedió: y ninguna parte del cuerpo o del alma había quedado mutilada, sino que una paz oscura se había establecido entre ambas.
El caos en el que su ardor se extinguía era un conocimiento frío e indiferente de sí mismo. Había pecado mortalmente no una sino muchas veces y sabía que, si bien corría el peligro de la condenación eterna por el primer pecado tan solo, con cada pecado sucesivo multiplicaba su culpa y su castigo.
Sus días, obras y pensamientos no podían expiar su culpa, habiendo cesado las fuentes de la gracia santificante de refrescar su alma. A lo sumo, mediante una limosna dada a un mendigo de cuya bendición huía, podía esperar ganar fatigosamente para sí alguna medida de gracia actual.
La devoción se había ido a pique. ¿De qué servía rezar cuando sabía que su alma anhelaba su propia destrucción? Un cierto orgullo, un cierto temor reverente, le impedían ofrecer a Dios ni siquiera una oración por la noche, aun sabiendo que estaba en el poder de Dios quitarle la vida mientras dormía y precipitar su alma hacia el infierno antes de que pudiera implorar misericordia.
Su orgullo por su propio pecado, su temor reverente y desprovisto de amor hacia Dios, le decían que su ofensa era demasiado grave como para ser expiada en todo o en parte mediante un falso homenaje al Omnividente y Omnisciente.
―¡Pues mira, Ennis, te aseguro que tú tienes cabeza y mi bastón también! ¿Quieres decir que no eres capaz de decirme qué es un número irracional?
La torpe respuesta avivó las ascuas de su desprecio por sus semejantes.
Hacia los demás no sentía ni vergüenza ni temor.
Los domingos por la mañana, al pasar por la puerta de la iglesia, miraba con frialdad a los fieles que aguardaban con la cabeza descubierta, en cuatro filas de fondo, fuera del templo, presentes en espíritu en la misa que no podían ni ver ni oír.
Su devoción roma y el olor enfermizo a brillantina barata con que se habían ungido la cabeza lo repelían del altar ante el cual rezaban.
Se rebajaba al vicio de la hipocresía con los demás, escéptico ante la inocencia de aquellos a quienes podía embaucar con tanta facilidad.
En la pared de su dormitorio colgaba un pergamino iluminado, el diploma de su prefectura en el colegio de la congregación de la Santísima Virgen María.
Los sábados por la mañana, cuando la congregación se reunía en la capilla para recitar el pequeño oficio, su sitio era un reclinatorio acolchado a la derecha del altar desde el cual guiaba a su ala de muchachos en las respuestas. La falsedad de su posición no le dolía.
Si por momentos sentía el impulso de levantarse de su puesto de honor y, confesando ante todos su indignidad, abandonar la capilla, una mirada a sus rostros lo contenía. Las imágenes de los salmos proféticos calmaban su orgullo estéril.
Las glorias de María cautivaban su alma: nardo, mirra e incienso, que simbolizaban su linaje real; sus emblemas, la planta de floración tardía y el árbol de brote tardío, que simbolizaban el prolongado crecimiento gradual de su culto entre los hombres.
Cuando le tocaba leer la lección hacia el final del oficio, la leía con voz velada, adormeciendo su conciencia con su música.
Como cedro fui exaltada en el Líbano y como ciprés en el monte Sión.
Como palmera fui exaltada en Cades y como plantación de rosas en Jericó.
Como olivo hermoso en los campos y como plátano fui exaltada junto al agua en las plazas.
Como canela y bálsamo aromático di fragancia y como mirra elegida di suavidad de olor.
Su pecado, que lo había cubierto de la vista de Dios, lo había llevado más cerca del refugio de los pecadores.
Sus ojos parecían mirarlo con una piadosa clemencia; su santidad, una extraña luz que brillaba tenuemente sobre su carne frágil, no humillaba al pecador que se le acercaba.
Si alguna vez se sintió impelido a arrojar de sí el pecado y a arrepentirse, el impulso que lo movía era el deseo de ser su caballero.
Si alguna vez su alma, al reentrar con timidez en su morada tras haberse agotado el frenesí de la lujuria de su cuerpo, se volvía hacia aquella cuyo emblema es la estrella matutina, brillante y musical, heraldo del cielo y difusora de paz, era cuando sus nombres eran murmurados suavemente por unos labios en los que aún perduraban palabras sucias y vergonzosas, el sabor mismo de un beso lascivo.
Eso era extraño. Intentó pensar cómo podía ser, pero la penumbra, que se espesaba en la clase, cubrió sus pensamientos.
Sonó la campana. El maestro corrigió las sumas y anotó los deberes para la siguiente lección y salió. Heron, al lado de Stephen, comenzó a tararear sin melodía.
Mi excelente amigo Bombados.
Ennis, que había salido al patio, volvió diciendo:
―El muchacho de la casa viene a ver al rector.
Un muchacho alto detrás de Stephen se frotó las manos y dijo:
—Eso es punto de partido. Podemos pirarnos toda la hora. No vendrá hasta pasada la una y media. Luego puedes hacerle preguntas sobre el catecismo, Dédalo.
Stephen, recostándose y dibujando distraídamente en su cuaderno, escuchaba la charla a su alrededor que Heron interrumpía de vez en cuando diciendo:
—Cierra la boca, ¿quieres? ¡No armes tanto jaleo!
También era extraño que hallara un árido placer en seguir hasta el final las rígidas líneas de las doctrinas de la Iglesia y en penetrar en oscuros silencios solo para escuchar y sentir con mayor hondura su propia condena.
La sentencia de Santiago que dice que el que infringe un solo mandamiento se hace culpable de todos le había parecido al principio una frase ampollada, hasta que comenzó a tantear en la oscuridad de su propio estado.
De la mala semilla de la lujuria habían brotado todos los demás pecados capitales:
- soberbia de sí mismo y desprecio por los demás,
- avaricia al usar el dinero para la compra de placeres ilícitos,
- envidia de aquellos a cuyos vicios no podía alcanzar y murmullos calumniosos contra los piadosos,
- goce glotón de la comida,
- la ira sombría y turbia en cuyo seno cavilaba sobre su deseo,
- el pantano de pereza espiritual y corporal en el que se había hundido todo su ser.
Mientras estaba sentado en su banco contemplando con calma el rostro astuto y duro del rector, su mente serpenteaba entre las curiosas preguntas que se le planteaban.
- Si un hombre hubiera robado una libra en su juventud y hubiera usado esa libra para amasar una enorme fortuna, ¿cuánto estaba obligado a devolver: únicamente la libra que había robado, o la libra junto con el interés compuesto acumulado, o toda su enorme fortuna?
- Si un laico al administrar el bautismo echa el agua antes de pronunciar las palabras, ¿el niño está bautizado?
- ¿Es válido el bautismo con agua mineral?
- ¿Cómo es que, mientras la primera bienaventuranza promete el reino de los cielos a los pobres de espíritu, la segunda bienaventuranza promete también a los mansos que poseerán la tierra?
- ¿Por qué se instituyó el sacramento de la eucaristía bajo las dos especies de pan y vino, si Jesucristo está presente en cuerpo y sangre, alma y divinidad, solo en el pan y solo en el vino?
- ¿Contiene una diminuta partícula del pan consagrado todo el cuerpo y la sangre de Jesucristo, o solo una parte del cuerpo y de la sangre?
- Si el vino se convierte en vinagre y la hostia se desmorona en corrupción después de haber sido consagradas, ¿sigue presente Jesucristo bajo sus especies como Dios y como hombre?
―¡Aquí está! ¡Aquí está!
Un muchacho desde su puesto en la ventana había visto salir al rector de la casa. Todos los catecismos fueron abiertos y todas las cabezas se inclinaron sobre ellos en silencio.
El rector entró y ocupó su asiento en la tarima. Un leve puntapié del muchacho alto en el banco de atrás instó a Stephen a hacer una pregunta difícil.
El rector no pidió un catecismo para seguir la lección. Juntó las manos sobre el escritorio y dijo:
―El retiro empezará el miércoles por la tarde en honor a san Francisco Javier, cuya fiesta es el sábado. El retiro continuará desde el miércoles hasta el viernes. El viernes se oirán confesiones toda la tarde después del rosario.
Si algún alumno tiene confesor propio, quizá sea mejor que no cambie. La misa será el sábado por la mañana a las nueve y comunión general para todo el colegio. El sábado será día libre.
Pero como el sábado y el domingo son días libres, algunos muchachos podrían inclinarse a pensar que el lunes también es día libre. Guardaos de cometer ese error. Creo que tú, Lawless, tienes probabilidades de cometer ese error.
―¿Yo, señor? ¿Por qué, señor?
Una pequeña ola de silenciosa alegría estalló en la clase de muchachos ante la sombría sonrisa del rector. El corazón de Stephen comenzó a encogerse y marchitarse lentamente de miedo como una flor ajada.
El rector continuó con gravedad:
―Supongo que todos ustedes conocen la historia de la vida de san Francisco Javier, patrono de su colegio. Venía de una antigua e ilustre familia española y recordarán que fue uno de los primeros seguidores de san Ignacio. Se conocieron en París, donde Francisco Javier era profesor de filosofía en la universidad. Este joven y brillante noble y hombre de letras hizo suyas en cuerpo y alma las ideas de nuestro glorioso fundador y ya saben que él mismo pidió ser enviado por san Ignacio a predicar a los indios. Se le llama, como saben, el apóstol de las Indias. Fue de un país a otro en el oriente, desde África hasta la India, desde la India hasta Japón, bautizando a la gente. Se dice que llegó a bautizar hasta diez mil idólatras en un solo mes. Se dice que su brazo derecho se había quedado sin fuerza de tanto levantarlo sobre las cabezas de aquellos a quienes bautizaba. Quiso entonces ir a la China para ganar aún más almas para Dios, pero murió de fiebre en la isla de Sancián. ¡Un gran santo, san Francisco Javier! ¡Un gran soldado de Dios!
El rector hizo una pausa y luego, agitándose las manos entrelazadas frente a él, continuó:
—Tenía esa fe capaz de mover montañas. ¡Diez mil almas ganadas para Dios en un solo mes! ¡Ese es un verdadero conquistador, fiel al lema de nuestra orden: ad majorem Dei gloriam!
Un santo que tiene un gran poder en el cielo, recordad:
- poder para interceder por nosotros en nuestro dolor;
- poder para obtener lo que pidamos si es para el bien de nuestras almas;
- poder sobre todo para obtendernos la gracia de arrepentirnos si estamos en pecado.
¡Un gran santo, san Francisco Javier! ¡Un gran pescador de almas!
Dejó de agitar las manos entrelazadas y, apoyándolas contra su frente, miró a derecha e izquierda de estas con fijeza a sus oyentes con sus oscuros y severos ojos.
En el silencio, su fuego oscuro encendió la penumbra en un fulgor leonado.
El corazón de Stephen se había marchitado como una flor del desierto que siente venir el simún desde lejos.
— Acuérdate tan solo de tus postrimerías y no pecarás jamás —palabras tomadas, mis muy queridos hermanitos en Cristo, del libro del Eclesiastés, capítulo séptimo, versículo cuadragésimo. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Stephen se sentó en el banco delantero de la capilla. El padre Arnall se sentó a una mesa a la izquierda del altar. Llevaba sobre los hombros una capa pesada; su rostro pálido estaba demacrado y su voz, quebrada por el romadizo.
La figura de su antiguo maestro, tan extrañamente resurgida, trajo de vuelta a la memoria de Stephen su vida en Clongowes:
- los amplios patios de recreo, repletos de muchachos,
- la zanja cuadrada,
- el pequeño cementerio apartado de la avenida principal de tilos donde había soñado con ser enterrado,
- la luz del fuego en la pared de la enfermería donde yacía enfermo,
- el rostro apesadumbrado del hermano Michael.
Su alma, al volver a él estos recuerdos, se convirtió de nuevo en el alma de un niño.
—Estamos reunidos aquí hoy, mis queridos hermanitos en Cristo, durante un breve momento lejos del ajetreo y bullicio del mundo exterior para celebrar y honrar a uno de los más grandes santos, el apóstol de las Indias, patrono también de vuestro colegio, san Francisco Javier.
Año tras año, durante mucho más tiempo del que ninguno de vosotros, mis queridos niños, puede recordar o del que yo mismo puedo recordar, los alumnos de este colegio se han reunido en esta misma capilla para hacer su retiro anual antes de la festividad de su santo patrono.
El tiempo ha transcurrido y ha traído consigo sus cambios. Incluso en los últimos años, ¿qué cambios no puede recordar la mayoría de vosotros? Muchos de los muchachos que se sentaban en esos bancos de delante hace unos años están tal vez ahora en tierras lejanas, en los trópicos abrasadores o sumidos en sus deberes profesionales o en seminarios o navegando por la vasta extensión de los mares o, quizás, ya llamados por el gran Dios a otra vida y a rendir cuentas de su mayordomía.
Y aun así, a medida que los años transcurren, trayendo consigo cambios para bien o para mal, la memoria del gran santo es honrada por los alumnos de este colegio, que realizan cada año su retiro anual en los días precedentes a la festividad señalada por nuestra Santa Madre Iglesia para transmitir a todas las edades el nombre y la fama de uno de los más grandes hijos de la España católica.
—Ahora bien, ¿qué significa esta palabra retiro y por qué todo el mundo admite que es una práctica de lo más saludable para cuantos desean llevar una vida verdaderamente cristiana ante Dios y ante los hombres?
Un retiro, mis queridos muchachos, significa un apartamiento por un tiempo de las cuitas de nuestra vida, de las cuitas de este mundanal mundo, con el fin de examinar el estado de nuestra conciencia, de meditar en los misterios de la santa religión y de comprender mejor por qué estamos aquí en este mundo.
Durante estos pocos días me propongo exponeros algunos pensamientos relativos a las cuatro postrimerías. Son, como sabéis por vuestro catecismo, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo. Intentaremos comprenderlas a fondo durante estos pocos días para que podamos sacar de su comprensión un provecho duradero para nuestras almas.
Y recordad, mis queridos muchachos, que hemos sido enviados a este mundo para una sola cosa y para una sola cosa nada más: para cumplir la santa voluntad de Dios y para salvar nuestras almas inmortales. Todo lo demás no vale nada. Una sola cosa es necesaria, la salvación del alma de uno.
¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si sufre la pérdida de su alma inmortal? Ah, mis queridos muchachos, creedme, no hay nada en este desgraciado mundo que pueda compensar semejante pérdida.
―Os ruego, por lo tanto, queridos muchachos, que apartéis de vuestras mentes durante estos pocos días todo pensamiento mundano, ya sea de estudio, de placer o de ambición, y que consagréis toda vuestra atención al estado de vuestras almas.
Apenas necesito recordaros que durante los días del retiro se espera de todos los muchachos que mantengan una conducta silenciosa y piadosa, y que eviten cualquier diversión ruidosa e indecorosa.
Los muchachos mayores, por supuesto, cuidarán de que esta costumbre no se quebrante, y confío especialmente en los prefectos y oficiales de la congregación de Nuestra Señora y de la congregación de los santos ángeles para que den un buen ejemplo a sus compañeros de estudios.
―Tratemos, por lo tanto, de hacer este retiro en honor de san Francisco con todo nuestro corazón y toda nuestra mente.
La bendición de Dios descenderá entonces sobre los estudios de todo vuestro año.
Pero, por encima y más allá de todo, que este retiro sea uno al que podáis mirar atrás en años venideros cuando, tal vez, estéis lejos de este colegio y en un entorno muy diferente, al que podáis mirar atrás con alegría y gratitud y dar gracias a Dios por haberos concedido esta ocasión de poner el primer cimiento de una vida piadosa, honorable, celosa y cristiana.
Y si, como bien puede suceder, hay en este momento en estos bancos alguna pobre alma que haya tenido la desdicha inefable de perder la santa gracia de Dios y de caer en pecado grave, confío y ruego fervorosamente que este retiro pueda ser el punto de inflexión en la vida de esa alma.
Ruego a Dios, por los méritos de su celoso servidor Francisco Javier, que tal alma sea conducida a un arrepentimiento sincero y que la sagrada comunión del día de san Francisco de este año sea una alianza duradera entre Dios y esa alma.
Para justos e injustos, para santos y pecadores por igual, que este retiro sea memorable.
—Ayudadme, mis queridos hermanitos en Cristo. Ayudadme con vuestra piadosa atención, con vuestra propia devoción, con vuestro porte exterior. Desterrad de vuestras mentes todos los pensamientos mundanos y pensad solo en las postrimerías: la muerte, el juicio, el infierno y el cielo. Quien recuerda estas cosas, dice el Eclesiastés, no pecará jamás. Quien recuerda las postrimerías obrará y pensará teniéndolas siempre ante sus ojos. Vivirá una buena vida y morirá una buena muerte, creyendo y sabiendo que, si ha sacrificado mucho en esta vida terrenal, se le dará por ciento y por mil en la vida venidera, en el reino sin fin—una gracia, mis queridos muchachos, que os deseo de todo corazón, a todos y cada uno, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!
Mientras caminaba hacia su casa con compañeros silenciosos, una espesa niebla pareció cercar su mente. Esperó en un estupor mental a que se disipara y revelara lo que había ocultado.
Cenó con apetito hosco y, cuando terminó la comida y los platos manchados de grasa quedaron abandonados sobre la mesa, se levantó y fue hacia la ventana, limpiándose con la lengua la espesa baba de la boca y lamiéndosela de los labios. Así había caído en el estado de una bestia que se lame las babas después de comer.
Este era el final; y un débil destello de miedo comenzó a perforar la niebla de su mente. Presionó el rostro contra el cristal de la ventana y contempló la calle que oscurecía. Formas pasaban de un lado a otro a través de la luz apagada. Y eso era la vida.
Las letras del nombre de Dublín pesaban hondamente en su mente, empujándose unas a otras con hosquedad de aquí para allá con lenta y grosera insistencia. Su alma se estaba cebando y coagulando en una grasa gruesa, hundiéndose cada vez más, en su sordo miedo, en una penumbra sombría y amenazante, mientras el cuerpo que era el suyo permanecía, apático y deshonrado, mirando a través de ojos oscurecidos, desvalido, turbado y humano para que lo contemplara un dios bovino.
El día siguiente trajo consigo la muerte y el juicio, agitando lentamente su alma de su apático desaliento. El débil destello de miedo se convirtió en terror espiritual cuando la ronca voz del predicador sopló la muerte en su alma. Sufrió su agonía. Sintió el frío de la muerte tocar las extremidades y avanzar sigiloso hacia el corazón, el velo de la muerte cubriendo los ojos, los brillantes centros del cerebro extinguidos uno a uno como lámparas, el sudor póstumo brotando sobre la piel, la impotencia de los miembros moribundos, el habla espesándose, divagando y fallando, el corazón latiendo débil y cada vez más débil, casi vencido, el aliento, el pobre aliento, el pobre e indefenso espíritu humano, sollozando y suspirando, gorgoteando y estertores en la garganta. ¡No hay ayuda! ¡No hay ayuda! Él —él mismo— su cuerpo, al que se había entregado, se estaba muriendo. A la tumba con él. Clavarlo en una caja de madera, el cadáver. Sacarlo de la casa sobre los hombros de mercenarios. Arrojarlo fuera de la vista de los hombres a un hoyo largo en la tierra, a la tumba, a pudrirse, a alimentar a la masa de sus gusanos rastreros y a ser devorado por ratas huidizas de vientre abultado.
Y mientras los amigos aún estaban de pie, entre lágrimas, junto a la cabecera, el alma del pecador fue juzgada.
En el último momento de la conciencia, toda la vida terrenal pasó ante la visión del alma y, antes de que esta tuviera tiempo de reflexionar, el cuerpo había muerto y el alma se hallaba aterrorizada ante el tribunal del juicio.
Dios, que había sido misericordioso durante mucho tiempo, sería entonces justo. Había sido paciente durante mucho tiempo, suplicando al alma pecadora, dándole tiempo para arrepentirse, perdonándola aún un poco más. Pero ese tiempo se había acabado.
Tiempo hubo para pecar y para gozar, tiempo hubo para burlarse de Dios y de las advertencias de Su santa iglesia, tiempo hubo para desafiar Su majestad, para desobedecer Sus mandamientos, para embaucar al prójimo, para cometer pecado tras pecado y para ocultar la propia corrupción a los ojos de los hombres.
Pero ese tiempo había terminado. Ahora le tocaba el turno a Dios: y a Él no se le podía embaucar ni engañar. Todo pecado saldría entonces de su escondite, desde el más rebelde contra la voluntad divina y el más degradante para nuestra pobre naturaleza corrupta, hasta la más pequeña imperfección y la más atroz infamia.
¿De qué servía entonces haber sido un gran emperador, un gran general, un inventor maravilloso, el más culto de los hombres cultos?
Todos eran iguales ante el tribunal de Dios. Él premiaría al bueno y castigaría al malvado.
Un solo instante bastaba para el juicio del alma de un hombre. Un solo instante después de la muerte del cuerpo, el alma había sido pesada en la balanza. El juicio particular había terminado y el alma había pasado a la morada de la bienaventuranza o a la prisión del purgatorio o había sido arrojada aullando al infierno.
Y eso no era todo. Aún faltaba que la justicia de Dios se vindicara ante los hombres: después del juicio particular quedaba aún el juicio general.
El último día había llegado. El Juicio Final era inminente. Las estrellas del cielo caían sobre la tierra como los higos que arroja la higuera sacudida por el viento. El sol, la gran lumbrera del universo, se había vuelto como un sayal de pelo. La luna era roja como la sangre. El firmamento era como un pergamino enrollado.
El arcángel Miguel, príncipe de las huestes celestiales, apareció glorioso y terrible contra el cielo. Con un pie en el mar y un pie en la tierra, hizo sonar en la trompeta arcangélica la muerte de bronce del tiempo. Las tres notas del ángel llenaron todo el universo.
El tiempo es, el tiempo fue, mas el tiempo no será jamás.
Al último clarinazo, las almas de la humanidad universal confluyen hacia el valle de Josafat: ricos y pobres, hidalgos y plebeyos, sabios e ignorantes, buenos y malvados.
El alma de cada ser humano que haya existido jamás, las almas de todos aquellos que aún han de nacer, todos los hijos e hijas de Adán, todos se reúnen en ese día supremo.
Y he aquí que ¡viene el juez supremo!
Ya no el humilde Cordero de Dios, ya no el apacible Jesús de Nazaret, ya no el Varón de Dolores, ya no el Buen Pastor, se le ve ahora venir sobre las nubes, con gran poder y majestad, acompañado por nueve coros de ángeles, ángeles y arcángeles, principados, potestades y virtudes, tronos y dominaciones, querubines y serafines, Dios Omnipotente, Dios Eterno.
Él habla: y su voz se deja oír hasta en los confines más remotos del espacio, aun en el abismo sin fondo.
Juez supremo, de su sentencia no habrá ni puede haber apelación.
Llama a los justos a su lado, ordenándoles que entren en el reino, en la eternidad de dicha preparada para ellos.
A los injustos los arroja de su presencia, clamando en su ofendida majestad:
Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
¡Oh, qué agonía entonces para los miserables pecadores!
- El amigo es arrancado del amigo,
- los hijos son arrancados de sus padres,
- los esposos de sus esposas.
El pobre pecador extiende sus brazos hacia aquellos que le eran queridos en este mundo terrenal, hacia aquellos de cuya sencilla piedad tal vez se burló, hacia aquellos que le aconsejaron y trataron de guiarle por el buen camino, hacia un hermano bondadoso, hacia una hermana amorosa, hacia la madre y el padre que lo amaron con tanta ternura.
Pero ya es tarde: los justos se apartan de las desdichadas almas condenadas que ahora se aparecen ante los ojos de todos con su carácter hediondo y perverso.
Oh, hipócritas, oh, sepulcros blanqueados, oh, vosotros que presentáis un rostro amable y sonriente al mundo mientras vuestra alma en su interior es un fétido pantano de pecado, ¿cómo os irá en aquel terrible día?
Y este día llegará, ha de llegar, tiene que llegar; el día de la muerte y el día del juicio. Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.
La muerte es cierta. El tiempo y la modalidad son inciertos, ya sea por una larga enfermedad o por algún accidente imprevisto: el Hijo del Dios viene a la hora en que menos lo esperáis. Estad, por tanto, preparados en todo momento, puesto que podéis morir en cualquier momento.
La muerte es el fin de todos nosotros. La muerte y el juicio, traídos al mundo por el pecado de nuestros primeros padres, son los portales oscuros que cierran nuestra existencia terrenal, los portales que se abren hacia lo desconocido y lo invisible, portales por los que toda alma debe pasar, sola, sin más ayuda que sus buenas obras, sin amigo, ni hermano, ni padre, ni amo que la ayude, sola y temblorosa. Que ese pensamiento esté siempre presente en nuestras mentes y así no podremos pecar.
La muerte, motivo de terror para el pecador, es un momento bienaventurado para quien ha andado por el camino recto, cumpliendo con los deberes de su estado en la vida, atendiendo a sus oraciones de la mañana y de la noche, acercándose al santo sacramento con frecuencia y realizando buenas y misericordiosas obras.
Para el piadoso y creyente católico, para el hombre justo, la muerte no es motivo de terror. ¿No fue Addison, el gran escritor inglés, quien, al encontrarse en su lecho de muerte, mandó llamar al malvado joven conde de Warwick para hacerle ver cómo un cristiano puede afrontar su final?
Es él y solo él, el cristiano piadoso y creyente, quien puede decir en su corazón:
¡Oh sepulcro, dónde está tu victoria! ¡Oh muerte, dónde está tu aguijón!
Cada palabra era para él. Contra su pecado, inmundo y secreto, iba dirigida toda la cólera de Dios.
El cuchillo del predicador había penetrado profundamente en su conciencia expuesta y sentía ahora que su alma supuraba en el pecado. Sí, el predicador tenía razón. Le había llegado el turno a Dios.
Como una bestia en su guarida, su alma se había tendido en su propia inmundicia, pero las ráfagas de la trompeta del ángel lo habían expulsado de las tinieblas del pecado hacia la luz. Las palabras de condenación gritadas por el ángel destrozaron en un instante su paz presuntuosa.
El viento del juicio final soplaba por su mente; sus pecados, las rameras de ojos enjoyados de su imaginación, huyeron ante el huracán, chillando como ratones en su terror y acurrucándose bajo una melena de pelo.
Al cruzar la plaza, de regreso a casa, la ligera risa de una muchacha llegó a su oído ardiente. El frágil y alegre sonido golpeó su corazón con más fuerza que un toque de clarín, y, sin atreverse a alzar los ojos, se desvió y miró, mientras caminaba, hacia la sombra de los arbustos enmarañados.
La vergüenza brotó de su corazón golpeado e inundó todo su ser. La imagen de Emma se apareció ante él, y bajo la mirada de ella el torrente de vergüenza brotó de nuevo de su corazón.
¡Si ella supiera a qué había sometido su mente a la de ella o cómo su lascivia bestial había desgarrado y pisoteado su inocencia!
- ¿Era aquello amor juvenil?
- ¿Era aquello caballería?
- ¿Era aquello poesía?
Los sórdidos detalles de sus orgías apestaban bajo sus mismas narices. El paquete de fotografías cubierto de hollín que había escondido en el tiro de la chimenea y en cuya presencia, ante su desenfreno desvergonzado o tímido, yacía durante horas pecando en pensamiento y obra; sus monstruosos sueños, poblados por criaturas simiescas y por rameras de ojos como joyas brillantes; las inmundas y largas cartas que había escrito en la alegría de la confesión culpable y llevado en secreto durante días y días solo para arrojarlas al amparo de la noche entre la hierba en la esquina de un campo o bajo alguna puerta sin goznes en algún hueco de los setos donde una muchacha pudiera tropezar con ellas al pasar y leerlas en secreto.
¡Loco! ¡Loco! ¿Era posible que hubiera hecho estas cosas?
Un sudor frío brotó de su frente mientras los inmundos recuerdos se condensaban en su cerebro.
Cuando la agonía de la vergüenza pasó, intentó levantar su alma de su abatida impotencia. Dios y la Santísima Virgen estaban demasiado lejos de él: Dios era demasiado grande y severo y la Santísima Virgen demasiado pura y santa. Pero imaginó que estaba cerca de Emma en una vasta tierra y, humildemente y entre lágrimas, se inclinó y besó el codo de su manga.
En la ancha tierra bajo un tierno y lúcido cielo vespertino, una nube que flotaba hacia el oeste en medio de un pálido mar verde del cielo, estaban de pie juntos, niños que habían errado.
Su error había ofendido profundamente la majestad de Dios, aunque era el error de dos niños; pero no la había ofendido a ella cuya belleza no es como la belleza terrenal, peligrosa de contemplar, sino como la estrella matutina que es su emblema, brillante y musical.
Los ojos no estaban ofendidos con los que ella lo miraba ni eran reprobadores. Ella unió sus manos, mano con mano, y dijo, hablándole a sus corazones:
―Tomados de las manos, Stephen y Emma. Es una tarde hermosa ahora en el cielo. Han errado, pero siempre son mis hijos. Es un corazón que ama a otro corazón. Tómense de las manos, mis queridos hijos, y serán felices juntos y sus corazones se amarán el uno al otro.
La capilla estaba inundada por la luz escarlata y apagada que sefiltraba a través de las persianas bajadas; y por la rendija entre la última persiana y el marco penetraba un rayo de luz desvaída como una lanza que tocaba los apliques de latón repujado sobre el altar, los cuales relucían como la armadura de malla ajada por las batallas de los ángeles.
La lluvia caía sobre la capilla, sobre el jardín, sobre la universidad. Llovería para siempre, sin ruido.
El agua subiría pulgada a pulgada, cubriendo la hierba y los arbustos, cubriendo los árboles y las casas, cubriendo los monumentos y las cumbres de las montañas.
Toda vida se asfixiaría, sin ruido:
- pájaros,
- hombres,
- elefantes,
- cerdos,
- niños:
cadáveres flotando sin ruido entre los despojos de los restos del mundo.
Cuarenta días y cuarenta noches llovería hasta que las aguas cubrieran la faz de la tierra.
Podría ser. ¿Por qué no?
― El infierno ha ensanchado su alma y ha abierto su boca sin medida alguna —palabras tomadas, mis amadísimos hermanitos en Cristo Jesús, del libro de Isaías, capítulo quinto, versículo catorce.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
El predicador sacó un reloj sin cadena de un bolsillo de su sotana y, tras contemplar su esfera un momento en silencio, lo colocó silenciosamente ante sí sobre la mesa.
Comenzó a hablar en un tono tranquilo.
―Adán y Eva, mis queridos muchachos, fueron, como sabéis, nuestros primeros padres, y recordaréis que fueron creados por Dios para que los asientos en el cielo que habían quedado vacíos por la caída de Lucifer y sus ángeles rebeldes pudieran ser ocupados de nuevo.
Lucifer, según se nos dice, era un hijo de la aurora, un ángel radiante y poderoso; sin embargo, cayó: cayó y con él cayó la tercera parte de las huestes del cielo: cayó y fue arrojado al infierno junto con sus ángeles rebeldes.
Cuál fue su pecado no podemos decirlo. Los teólogos consideran que fue el pecado de orgullo, el pensamiento pecaminoso concebido en un instante: non serviam: no serviré. Ese instante fue su ruina.
Ofendió la majestad de Dios con el pensamiento pecaminoso de un solo instante y Dios lo arrojó del cielo al infierno para siempre.
―Adán y Eva fueron entonces creados por Dios y colocados en el Edén, en la llanura de Damasco, ese hermoso jardín resplandeciente de luz solar y color, rebosante de vegetación exuberante. La tierra fructífera les dio su generosidad: bestias y aves eran sus serviciales servidores; no conocían los males que hereda nuestra carne, la enfermedad, la pobreza y la muerte: todo lo que un Dios grande y generoso podía hacer por ellos fue hecho. Pero se les impuso una condición por parte de Dios: la obediencia a Su palabra. No debían comer del fruto del árbol prohibido.
―Ay, mis queridos niñitos, ellos también cayeron. El diablo, que antaño fuera un ángel resplandeciente, hijo de la mañana, convertido ahora en un demonio inmundo, vino en forma de serpiente, la más astuta de todas las bestias del campo. Los envidiaba. Él, el gran caído, no podía soportar la idea de que el hombre, un ser de arcilla, poseyera la herencia que él, por su pecado, había perdido para siempre. Se acercó a la mujer, el vaso más frágil, y vertió el veneno de su elocuencia en su oído, prometiéndole —¡oh, la blasfemia de esa promesa!— que si ella y Adán comían del fruto prohibido se convertirían en dioses, ¡qué digo!, en Dios mismo. Eva cedió a las artimañas del architemtador. Comió la manzana y se la dio también a Adán, quien no tuvo el valor moral para resistirse a ella. La lengua venenosa de Satanás había hecho su obra. Cayeron.
—Y entonces se oyó la voz de Dios en aquel jardín, pidiendo cuentas a Su criatura, el hombre; y Miguel, príncipe de las huestes celestiales, con una espada de llama en la mano, se apareció ante la pareja culpable y los expulsó del Edén hacia el mundo, el mundo de la enfermedad y la lucha, de la crueldad y la desilusión, del trabajo y la penuria, a ganarse el pan con el sudor de su frente.
¡Pero cuán misericordioso fue Dios aun entonces! Se compadeció de nuestros pobres y degradados padres y prometió que, a su debido tiempo, enviaría desde el cielo a Aquel que los redimiría, haciéndolos una vez más hijos de Dios y herederos del reino de los cielos; y ese Uno, ese Redentor del hombre caído, había de ser el Hijo unigénito de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno.
―Él vino. Nació de una virgen pura, María, la madre virgen. Nació en un pobre establo en Judea y vivió como un humilde carpintero durante treinta años hasta que llegó la hora de Su misión. Y entonces, lleno de amor por los hombres, salió y llamó a los hombres a escuchar el nuevo evangelio.
—¿Escucharon? Sí, escucharon pero no quisieron oír. Fue apresado y atado como un criminal común, objeto de burla por necio, apartado para dar lugar a un ladrón público, azotado con cinco mil latigazos, coronado con una corona de espinas, empujado por las calles por la chusma judía y la soldadesca romana, despojado de sus vestiduras y colgado en una horca y su costado fue traspasado con una lanza y del cuerpo herido de nuestro Señor manaron continuamente agua y sangre.
—Sin embargo, incluso entonces, en esa hora de suprema agonía, Nuestro Misericordioso Redentor se compadeció de la humanidad.
Sin embargo, incluso allí, en el monte del Calvario, fundó la santa Iglesia católica contra la cual, según la promesa, las puertas del infierno no prevalecerán. La fundó sobre la roca de los tiempos y la dotó de Su gracia, de sacramentos y de sacrificio, y prometió que si los hombres obedecían la palabra de Su Iglesia, aún entrarían en la vida eterna; pero si, a pesar de todo lo que se había hecho por ellos, persistían en su maldad, les aguardaba una eternidad de tormento: el infierno.
La voz del predicador decayó. Hizo una pausa, juntó las palmas de las manos por un instante y las separó. Luego reanudó:
―Ahora tratemos de comprender por un momento, hasta donde nos sea posible, la naturaleza de esa morada de los condenados que la justicia de un Dios ofendido ha hecho surgir para el castigo eterno de los pecadores.
El infierno es una prisión estrecha, oscura y maloliente, una morada de demonios y almas perdidas, llena de fuego y humo. La estrechez de esta prisión está expresamente diseñada por Dios para castigar a aquellos que se negaron a estar ligados por Sus leyes.
En las prisiones terrenales el pobre cautivo tiene al menos cierta libertad de movimiento, aunque solo sea dentro de las cuatro paredes de su celda o en el sombrío patio de su cárcel. No ocurre así en el infierno. Allí, debido al gran número de condenados, los prisioneros se amontonan en su horrible prisión, cuyas paredes se dice que tienen cuatro mil millas de espesor; y los condenados están tan completamente atados e indefensos que, como escribe un santo bienaventurado, san Anselmo, en su libro sobre las semejanzas, ni siquiera son capaces de apartarse del ojo el gusano que lo roe.
―Yacen en tinieblas exteriores. Porque, recordad, el fuego del infierno no emite luz. Así como, por mandato de Dios, el fuego del horno babilónico perdió su calor pero no su luz, así también, por mandato de Dios, el fuego del infierno, aun conservando la intensidad de su calor, arde eternamente en la oscuridad.
Es una tormenta interminable de tinieblas, llamas oscuras y humo oscuro de azufre ardiente, en medio de la cual los cuerpos se amontonan unos sobre otros sin siquiera un soplo de aire.
De todas las plagas con que fue golpeada la tierra de los faraones, una sola plaga, la de las tinieblas, fue calificada de horrible. ¿Qué nombre, pues, daremos a la oscuridad del infierno, que ha de durar no solo tres días, sino por toda la eternidad?
―El horror de esta estrecha y oscura prisión se ve incrementado por su hedor espantoso.
Toda la inmundicia del mundo, todos los desperdicios y la escoria del mundo, según se nos dice, confluirán allí como en una vasta y maloliente cloaca cuando la terrible conflagración del último día haya purificado el orbe.
El azufre también, que arde allí en tan prodigiosa cantidad, llena todo el infierno con su hedor intolerable; y los cuerpos de los condenados exhalan por sí mismos un olor tan pestilente que, como dice san Buenaventura, uno solo de ellos bastaría para infectar al mundo entero.
El aire mismo de este mundo, ese elemento puro, se vuelve fétido e irrespirable cuando ha estado mucho tiempo encerrado. Considerad entonces cuál debe de ser la fetidez del aire del infierno.
Imaginad un cadáver fétido y pútrido que ha yacido pudriéndose y descomponiéndose en la tumba, una masa gelatinosa de corrupción líquida. Imaginad semejante cadáver presa de las llamas, devorado por el fuego del azufre ardiente y despidiendo densos vapores asfixiantes de una nauseabunda y repugnante descomposición.
Y luego imaginad este hedor nauseabundo, multiplicado un millón de veces y un millón de veces más a partir de los millones y millones de carcasas fétidas amontonadas en la oscuridad maloliente, un enorme y putrefacto hongo humano.
Imaginad todo esto, y tendréis una idea del horror del hedor del infierno.
—Pero este hedor no es, por horrible que sea, el mayor tormento físico a que son sometidos los condenados.
El tormento del fuego es el mayor tormento a que el tirano jamás haya sometido a sus semejantes. Poned vuestro dedo un momento en la llama de una vela y sentiréis el dolor del fuego.
Pero nuestro fuego terrenal fue creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la chispa de la vida y ayudarle en las artes útiles, mientras que el fuego del infierno es de otra cualidad y fue creado por Dios para atormentar y castigar al pecador impenitente.
Nuestro fuego terrenal también se consume más o menos rápidamente según que el objeto que ataca sea más o menos combustible, de modo que el ingenio humano ha llegado incluso a inventar preparaciones químicas para contener o frustrar su acción.
Pero el azufre sulfuroso que arde en el infierno es una sustancia especialmente diseñada para arder por los siglos de los siglos con furor indecible.
Además, nuestro fuego terrenal destruye al mismo tiempo que arde, de modo que cuanto más intenso es, más corta es su duración; pero el fuego del infierno tiene esta propiedad: que preserva aquello que quema y, aunque arde con increíble intensidad, arde para siempre.
—Nuestro fuego terrenal de nuevo, por feroz o extendido que pueda ser, es siempre de una extensión limitada: pero el lago de fuego en el infierno es ilimitado, sin orillas y sin fondo.
Consta que el diablo mismo, cuando cierto soldado le hizo la pregunta, se vio obligado a confesar que si se arrojara una montaña entera al ardiente océano del infierno, esta se quemaría en un instante como un trozo de cera.
Y este terrible fuego no afligirá los cuerpos de los condenados solo desde el exterior, sino que cada alma perdida será un infierno para sí misma, con el fuego ilimitado enfurecido en sus propias entrañas.
¡Oh, cuán terrible es la suerte de esos seres desgraciados! La sangre hierve y se agita en las venas, los sesos hierven en el cráneo, el corazón en el pecho brilla y estalla, las entrañas forman una masa al rojo vivo de pulpa ardiente, los tiernos ojos flamean como esferas fundidas.
—Y, sin embargo, lo que he dicho acerca de la fuerza, la cualidad y la inmensidad de este fuego no es nada si se compara con su intensidad, una intensidad que posee por ser el instrumento elegido por el designio divino para el castigo del alma y del cuerpo por igual.
Es un fuego que procede directamente de la ira de Dios, el cual no obra por su propia actividad sino como instrumento de la venganza divina. Así como las aguas del bautismo purifican el alma junto con el cuerpo, así los fuegos del castigo atormentan el espíritu junto con la carne.
Cada sentido de la carne es atormentado y con él cada facultad del alma:
- los ojos con una oscuridad impenetrable y absoluta,
- la nariz con olores fétidos,
- los oídos con gritos, aullidos y maldiciones,
- el gusto con materias inmundas, corrupción leprosa, inmundicia asfixiante y sin nombre,
- el tacto con aguijones y clavos al rojo vivo, con crueles lenguas de fuego.
Y a través de los diversos tormentos de los sentidos, el alma inmortal es atormentada eternamente en su misma esencia en medio de leguas y leguas de fuegos incandescentes encendidos en el abismo por la majestad ofendida del Dios Omnipotente y avivados hasta alcanzar una furia eterna y siempre creciente por el soplo de la ira de la Divinidad.
―Considera finalmente que el tormento de esta prisión infernal se ve incrementado por la compañía de los condenados mismos. La mala compañía en la tierra es tan nociva que las plantas, como por instinto, se apartan de la compañía de cualquier cosa que les sea mortal o dañina. En el infierno todas las leyes se trastocan: no hay pensamiento de familia o patria, de lazos, de parentescos. Los condenados aúllan y gritan los unos a los otros, con su tortura y su rabia intensificadas por la presencia de seres torturados y rabiosos como ellos. Todo sentido de humanidad se olvida. Los alaridos de los pecadores sufrientes llenan los rincones más remotos del vasto abismo. Las bocas de los condenados están llenas de blasfemias contra Dios, de odio hacia sus compañeros de sufrimiento y de maldiciones contra aquellas almas que fueron sus cómplices en el pecado.
En la antigüedad se acostumbraba castigar al parricida, al hombre que había levantado su mano homicida contra su padre, arrojándolo a las profundidades del mar dentro de un saco en el que se metían un gallo, un mono y una serpiente.
La intención de aquellos legisladores que redactaron tal ley, la cual nos parece cruel en nuestros tiempos, era castigar al criminal mediante la compañía de bestias dañinas y odiosas.
Pero ¿qué es la furia de esas mudas bestias en comparación con la furia de execración que brota de los labios resecos y las gargantas doloridas de los condenados en el infierno cuando contemplan en sus compañeros de miseria a aquellos que los ayudaron y abetiaron en el pecado, a aquellos cuyas palabras sembraron las primeras semillas del mal pensamiento y de la mala vida en sus mentes, a aquellos cuyas sugerencias inmodestas los condujeron al pecado, a aquellos cuyos ojos los tentaron y sedujeron del camino de la virtud? Se vuelven contra esos cómplices y los reprenden y los maldicen. Pero están desvalidos y sin esperanza: ya es demasiado tarde para el arrepentimiento.
―Considerad por último el espantoso tormento para esas almas condenadas, tanto tentadores como tentados, de la compañía de los demonios.
Estos demonios afligirán a los condenados de dos maneras, por su presencia y por sus reproches. No podemos hacernos idea de cuán horribles son estos demonios.
Santa Catalina de Siena vio una vez a un demonio y ha escrito que, antes que volver a contemplar por un solo instante a tan espantoso monstruo, preferiría caminar hasta el fin de su vida por un sendero de carbones ardientes.
Estos demonios, que una vez fueron hermosos ángeles, se han vuelto tan hediondos y feos como antes hermosos eran. Se mofan y burlan de las almas perdidas a quienes arrastraron a la ruina.
Son ellos, los sucios demonios, los que se convierten en el infierno en las voces de la conciencia.
- ¿Por qué pecaste?
- ¿Por qué prestaste oído a las tentaciones de los amigos?
- ¿Por qué te apartaste de tus prácticas piadosas y de tus buenas obras?
- ¿Por qué no evitaste las ocasiones de pecado?
- ¿Por qué no dejaste a ese mal compañero?
- ¿Por qué no abandonaste ese hábito lascivo, ese hábito impuro?
- ¿Por qué no escuchaste los consejos de tu confesor?
- ¿Por qué no te arrepentiste de tus malos caminos, incluso después de haber caído la primera, la segunda, la tercera, la cuarta o la centésima vez, y te volviste a Dios que solo esperaba tu arrepentimiento para absolverte de tus pecados?
Ahora el tiempo para el arrepentimiento ha pasado. ¡El tiempo es, el tiempo fue, pero el tiempo ya no será más! El tiempo fue para pecar en secreto, para entregarse a esa pereza y soberbia, para codiciar lo ilícito, para ceder a los impulsos de vuestra naturaleza inferior, para vivir como las bestias del campo, y qué digo, peor que las bestias del campo, porque ellas, al menos, no son más que brutos y carecen de razón para guiarles: el tiempo fue, pero el tiempo ya no será más. Dios os habló mediante tantas voces, pero no quisisteis oír. No quisisteis aplastar esa soberbia y esa ira en vuestro corazón, no quisisteis restituir esos bienes mal habidos, no quisisteis obedecer los preceptos de vuestra santa iglesia ni atender a vuestros deberes religiosos, no quisisteis abandonar a esos malvados compañeros, no quisisteis evitar esas peligrosas tentaciones.
Tal es el lenguaje de esos torturadores infernales, palabras de burla y de reproche, de odio y de repugnancia.
¡De repugnancia, sí! Pues aun ellos, los mismísimos demonios, cuando pecaron, pecaron con un pecado que era el único compatible con semejantes naturalezas angélicas: una rebelión del intelecto; y ellos, aun ellos, los sucios demonios, deben apartarse, repelidos y asqueados, de la contemplación de aquellos inefables pecados con los que el hombre degradado ultraja y profana el templo del Espíritu Santo, se profana y se contamina a sí mismo.
—¡Oh, mis queridos hermanitos en Cristo, que jamás sea nuestro destino escuchar ese idioma! ¡Que jamás sea nuestro destino, os lo digo!
En el último día del terrible juicio ruego fervorosamente a Dios que ni una sola alma de las que hoy están en esta capilla se halle entre aquellos seres miserables a los que el Gran Juez mandará apartarse para siempre de Su presencia, que ninguno de nosotros llegue a escuchar jamás resonando en sus oídos la terrible sentencia de reprobación:
¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles!
Bajó por el pasillo de la capilla, con las piernas temblorosas y el cuero cabelludo estremeciéndose como si hubiera sido tocado por dedos fantasmales.
Subió por la escalera y entró en el corredor a lo largo cuyas paredes los abrigos y los impermeables colgaban como malhechores ajusticiados en la horca, sin cabeza, chorreantes y amorfos.
Y a cada paso temía haber muerto ya, que su alma hubiera sido arrancada de la vaina de su cuerpo, que estuviera precipitando su caída a través del espacio.
No pudo aferrar los pies al suelo y se dejó caer pesadamente en el pupitre, abriendo uno de sus libros al azar y devorándolo con la vista. Cada palabra para él. Era verdad. Dios era todopoderoso. Dios podía llamarlo ahora, llamarlo mientras estaba sentado en su escritorio, antes de que tuviera tiempo de ser consciente del aviso.
Dios lo había llamado. ¿Sí? ¿Qué? ¿Sí?
Su carne se contrajo al sentir la aproximación de las lenguas voraces de las llamas, se marchitó al percibir a su alrededor el remolino de aire sofocante. Había muerto. Sí. Había sido juzgado.
Una ola de fuego recorrió su cuerpo: la primera. Otra vez una ola. Su cerebro empezó a arder. Otra. Su cerebro bullía y burbujeaba dentro de la vivienda agrietada del cráneo. Unas llamas brotaron de su cabeza como una corola, chillando como voces:
—¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno!
Voces hablaban cerca de él:
―Sobre el infierno.
―Supongo que te lo habrá echado bien en cara.
―Ya lo creo que sí. Nos metió a todos el miedo en el cuerpo.
—Eso es lo que ustedes quieren: y en abundancia para hacerles trabajar.
Se recostó débilmente en su escritorio. No había muerto. Dios aún le había perdonado la vida. Todavía estaba en el familiar mundo de la escuela. El señor Tate y Vincent Heron estaban junto a la ventana, hablando, bromeando, contemplando la lluvia desapacible, moviendo la cabeza.
—Ojalá aclarara. Había quedado en dar una vuelta en bicicleta con unos muchachos por los rumbos de Malahide. Pero los caminos deben de estar anegados hasta las rodillas.
—Puede que se despeje, señor.
Las voces que conocía tan bien, las palabras cotidianas, la quietud del aula cuando las voces se detenían y el silencio era llenado por el sonido del ganado pastando apaciblemente mientras los otros muchachos almorzaban con tranquilidad, arrullaron su alma dolorida.
Aún había tiempo.
¡Oh María, refugio de pecadores, intercede por él! ¡Oh Virgen Inmaculada, sálvalo del abismo de la muerte!
La lección de inglés comenzó con la audición de la historia.
Personajes de la realeza, favoritos, intrigantes, obispos, desfilaban como fantasmas mudos tras su velo de nombres.
Todos habían muerto; todos habían sido juzgados.
¿De qué le servía al hombre ganar todo el mundo si perdía su alma?
Por fin lo había comprendido: y la vida humana se extendía a su alrededor, una llanura de paz sobre la cual hombres semejantes a hormigas trabajaban en hermandad, con sus muertos durmiendo bajo apacibles túmulos.
El codo de su compañero lo rozó y su corazón se sintió conmovido: y cuando habló para responder a una pregunta de su maestro oyó su propia voz llena de la quietud de la humildad y la contrición.
Su alma se hundió de nuevo más profundamente en los abismos de una paz contrita, incapaz ya de sufrir el dolor del pavor, y enviando, a medida que se hundía, una débil plegaria.
Ah, sí, aún se salvaría; se arrepentiría en su corazón y sería perdonado; y entonces los de arriba, los del cielo, verían lo que haría para compensar el pasado: una vida entera, cada hora de vida. Solo esperad.
—¡Todo, Dios! ¡Todo, todo!
Un mensajero vino a la puerta a decir que se estaba confesando en la capilla.
Cuatro muchachos salieron de la habitación; y él oyó a otros pasar por el corredor.
Un escalofrío tembloroso le sopló en torno al corazón, no más fuerte que una brisa, y sin embargo, escuchando y sufriendo en silencio, le pareció haber pegado el oído al músculo de su propio corazón, sintiéndolo encogerse y acobardarse, escuchando el aleteo de sus ventrículos.
No había escapación. Tenía que confesar, decir en voz alta con palabras lo que había hecho y pensado, pecado tras pecado.
¿Cómo? ¿Cómo?
—Padre, yo...
El pensamiento se deslizó como un florete frío y brillante en su carne tierna: la confesión.
Pero no allí, en la capilla del colegio. Confesaría todo, cada pecado de obra y de pensamiento, sinceramente; mas no allí, entre sus compañeros de escuela. Muy lejos de allí, en algún lugar oscuro, murmuraría su propia vergüenza; y le suplicó a Dios humildemente que no se ofendiera con él si no se atrevía a confesar en la capilla del colegio, y con absoluta abyección de espíritu imploró perdón en silencio a los corazones aniñados que lo rodeaban.
El tiempo pasó.
Volvió a sentarse en el banco delantero de la capilla. La luz del día afuera ya iba declinando y, al filtrarse lentamente a través de los apagados visillos rojos, parecía que el sol del último día estuviera poniéndose y que todas las almas estuvieran siendo congregadas para el juicio.
— Estoy arrojado de delante de vuestros ojos: palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Cristo, del Libro de los Salmos, capítulo trigésimo, versículo vigesimotercero. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
El predicador comenzó a hablar en un tono tranquilo y amistoso. Su rostro era bondadoso y unía con suavidad los dedos de ambas manos, formando una frágil jaula con la unión de sus puntas.
―Esta mañana nos hemos esforzado, al meditar sobre el infierno, en hacer lo que nuestro santo fundador llama en su libro de ejercicios espirituales la composición de lugar. Nos hemos esforzado, es decir, en imaginar con los sentidos de la mente, en nuestra imaginación, la naturaleza material de aquel terrible lugar y de los tormentos físicos que todos los que están en el infierno padecen. Esta tarde consideraremos por unos instantes la naturaleza de los tormentos espirituales del infierno.
―El pecado, recordad, es una enormidad doble. Es un consentimiento base a los impulsos de nuestra naturaleza corrupta, a los instintos más bajos, a aquello que es burdo y bestial; y es también un apartarse del consejo de nuestra naturaleza superior, de todo lo que es puro y santo, del Dios Santo mismo. Por esta razón, el pecado mortal es castigado en el infierno mediante dos formas diferentes de castigo, físico y espiritual.
Ahora bien, de todas estas penas espirituales, la mayor con mucho es la pena de daño, tan grande, en verdad, que en sí misma es un tormento mayor que todos los demás.
Santo Tomás, el mayor doctor de la Iglesia, el doctor angélico, como es llamado, dice que la peor condenación consiste en esto: que el entendimiento del hombre está totalmente privado de la luz divina y su afecto se halla obstinadamente apartado de la bondad de Dios.
Dios, recordad, es un ser infinitamente bueno, y por tanto la pérdida de semejante ser debe ser una pérdida infinitamente dolorosa. En esta vida no tenemos una idea muy clara de lo que debe ser tal pérdida, pero los condenados en el infierno, para su mayor tormento, tienen una plena comprensión de aquello que han perdido, y comprenden que lo han perdido por sus propios pecados y que lo han perdido para siempre.
En el mismo instante de la muerte, los lazos de la carne se rompen y el alma vuela de inmediato hacia Dios como hacia el centro de su existencia.
Recordad, mis queridos hijitos, que nuestras almas anhelan estar con Dios. Venimos de Dios, vivimos por Dios, pertenecemos a Dios: somos Suyos, inalienablemente Suyos.
Dios ama con un amor divino a cada alma humana y cada alma humana vive en ese amor. ¿Cómo podría ser de otro modo? Cada aliento que exhalamos, cada pensamiento de nuestro cerebro, cada instante de vida procede de la bondad inagotable de Dios.
Y si es dolor para una madre separarse de su hijo, para un hombre ser exiliado del hogar y la patria, para un amigo apartarse de un amigo, oh, pensad qué dolor, qué angustia debe ser para la pobre alma ser rechazada de la presencia del Creador supremo, bueno y amoroso, que ha llamado a esa alma a la existencia de la nada y la ha sostenido en la vida y la ha amado con un amor inmensurable. Esto, verse separada para siempre de su mayor bien, de Dios, y sentir la angustia de esa separación, sabiendo muy bien que es inmutable: este es el mayor tormento que el alma creada es capaz de soportar, poena damni, la pena de daño.
El segundo dolor que afligirá a las almas de los condenados en el infierno es el dolor de conciencia. Así como en los cuerpos muertos los gusanos se engendran por la putrefacción, así en las almas de los perdidos surge un perpetuo remordimiento de la putrefacción del pecado, el aguijón de la conciencia, el gusano, como lo llama el Papa Inocencio tercero, del triple aguijón.
El primer aguijón infligido por este cruel gusano será el recuerdo de los placeres pasados. ¡Oh, qué recuerdo tan terrible será ese!
En el lago de fuego devorador de todo, el rey orgulloso recordará las pompas de su corte, el sabio pero inicuo sus bibliotecas e instrumentos de investigación, el amante de los placeres artísticos sus mármoles y cuadros y demás tesoros del arte, quien se deleitaba en los placeres de la mesa sus suntuosos banquetes, sus manjares preparados con tanta delicadeza, sus vinos selectos; el avaro recordará su acopio de oro, el ladrón su riqueza mal habida, los iracundos, vengativos y despiadados asesinos sus obras de sangre y violencia de las que se regodeaban, los impuros y adúlteros los deleites inefables y sucios en los que se complacían.
Recordarán todo esto y se aborrecerán a sí mismos y a sus pecados. Pues cuán miserables parecerán todos esos placeres al alma condenada a sufrir en el fuego del infierno por los siglos de los siglos. Cómo se enfurecerán y rabiarán al pensar que han perdido la bienaventuranza del cielo por la escoria de la tierra, por unas pocas piezas de metal, por vanas honras, por comodidades corporales, por un cosquilleo de los nervios.
Se arrepentirán, en verdad: y este es el segundo aguijón del gusano de la conciencia, un dolor tardío e inútil por los pecados cometidos.
La justicia divina exige que el entendimiento de esos miserables infelices permanezca fijo continuamente en los pecados de los cuales fueron culpables, y además, como señala san Agustín, Dios les comunicará su propio conocimiento del pecado, de modo que el pecado se les aparecerá en toda su espantosa malicia tal como aparece a los ojos de Dios mismo.
Contemplarán sus pecados en toda su fealdad y se arrepentirán, pero será demasiado tarde y entonces lamentarán las buenas ocasiones que descuidaron.
Este es el último, el más profundo y el más cruel aguijón del gusano de la conciencia.
La conciencia dirá:
Tuviste tiempo y oportunidad para arrepentirte y no quisiste. Fuiste criado religiosamente por tus padres. Tuviste los sacramentos, la gracia y las indulgencias de la iglesia para ayudarte. Tuviste al ministro de Dios para predicarte, para llamarte de vuelta cuando te habías descarriado, para perdonar tus pecados —por muchos y abominables que fueran—, con tal de que te hubieras confesado y arrepentido.
No. No quisiste. Te burlaste de los ministros de la santa religión, le diste la espalda al confesionario, te revolcaste cada vez más hondo en el fango del pecado. Dios te suplicó, te amenazó, te rogó que volvieras a Él.
Oh, qué vergüenza, qué miseria! El Gobernador del universo te suplicó, a ti, criatura de barro, que amaras a Quien te hizo y que guardaras Su ley. No. No quisiste.
Y ahora, aunque inundaras todo el infierno con tus lágrimas si todavía pudieras llorar, todo ese mar de arrepentimiento no te conseguiría lo que una sola lágrima de verdadero arrepentimiento derramada durante tu vida mortal te habría conseguido.
Suplicas ahora un momento de vida terrenal para arrepentirte: en vano. Ese tiempo se ha ido: se ha ido para siempre.
—Tal es el triple aguijón de la conciencia, la víbora que roe las entrañas mismas de los réprobos en el infierno, de modo que, llenos de furia infernal, se maldicen a sí mismos por su insensatez y maldicen a los malos compañeros que los condujeron a tal ruina y maldicen a los demonios que los tentaron en vida y ahora se burlan de ellos en la eternidad e incluso injurian y maldicen al Ser Supremo Cuya bondad y paciencia desdeñaron y menospreciaron, pero Cuya justicia y poder no pueden evadir.
—El siguiente dolor espiritual al que son sometidos los condenados es el dolor de extensión.
El hombre, en esta vida terrenal, aunque sea capaz de muchos males, no es capaz de todos ellos a la vez, por cuanto un mal corrige y contrarresta a otro, así como un veneno corrige frecuentemente a otro.
En el infierno, por el contrario, un tormento, en lugar de contrarrestar a otro, le presta aún mayor fuerza: y, además, así como las facultades internas son más perfectas que los sentidos externos, también son más capaces de sufrir.
Así como cada sentido es afligido con un tormento adecuado, también lo es cada facultad espiritual; la fantasía con imágenes horribles, la facultad sensitiva con alternados anhelos y furia, la mente y el entendimiento con una oscuridad interior aún más terrible que la oscuridad exterior que reina en esa espantosa prisión.
La malicia, por impotente que sea, que posee a estas almas demoníacas es un mal de ilimitada extensión, de duración sin límites, un espantoso estado de perversidad que apenas podemos comprender a menos que tengamos presente la enormidad del pecado y el odio que Dios le profesa.
—Opuesto a este dolor de extensión y, sin embargo, coexistente con él, tenemos el dolor de intensidad.
El infierno es el centro de los males y, como sabéis, las cosas son más intensas en sus centros que en sus puntos más remotos. No hay contrarios ni mezclas de ninguna clase para atemperar o suavizar lo más mínimo los dolores del infierno.
Es más, las cosas que son buenas en sí mismas se vuelven malas en el infierno.
- La compañía, que en otros lugares es fuente de consuelo para los afligidos, será allí un tormento continuo;
- el conocimiento, tan anhelado como el bien supremo del intelecto, será allí más aborrecido que la ignorancia;
- la luz, tan codiciada por todas las criaturas desde el señor de la creación hasta la planta más humilde del bosque, será intensamente aborrecida.
En esta vida nuestros pesares o no son muy largos o no son muy grandes, porque la naturaleza o los vence con la costumbre o les pone fin al sucumbir bajo su peso.
Pero en el infierno los tormentos no pueden ser vencidos por la costumbre, pues si bien son de una intensidad terrible, son al mismo tiempo de continua variedad, y cada dolor, por decirlo así, toma fuego de otro y vuelve a dotar a aquel que lo ha encendido de una llama aún más feroz.
Tampoco puede la naturaleza escapar de estas torturas intensas y diversas sucumbiendo a ellas, porque el alma se sostiene y se mantiene en el mal para que su sufrimiento sea mayor.
Ilimitada extensión de tormento, increíble intensidad de sufrimiento, incesante variedad de tortura—esto es lo que la divina majestad, tan ultrajada por los pecadores, exige; esto es lo que la santidad del cielo, desdeñada y dejada de lado por los lujuriosos y bajos placeres de la carne corrupta, requiere; esto es lo que la sangre del inocente Cordero de Dios, derramada para la redención de los pecadores, pisoteada por el más vil de los viles, reclama.
—Último y supremo suplicio de entre todos los suplicios de aquel terrible lugar es la eternidad del infierno.
¡Eternidad! Oh, palabra temible y funesta.
¡Eternidad! ¿Qué mente humana puede comprenderla?
Y recordad que es una eternidad de dolor. Aun cuando los dolores del infierno no fueran tan terribles como son, aun así se volverían infinitos, puesto que están destinados a durar por siempre. Pero, al mismo tiempo que son eternos, son también, como sabéis, intolerablemente intensos, insoportablemente extensos.
Soportar tan solo la picadura de un insecto por toda la eternidad sería un tormento espantoso. ¿Qué debe de ser, entonces, soportar los múltiples tormentos del infierno para siempre?
- ¡Para siempre!
- ¡Por toda la eternidad!
- No por un año ni por una era, sino para siempre.
Tratad de imaginar el terrible significado de esto.
Has visto a menudo la arena a la orilla del mar. ¡Qué finos son sus diminutos granos! Y cuántos de esos pequeñísimos granos forman el puñado que un niño agarra jugando.
Ahora imagina una montaña de esa arena, de un millón de millas de alto, que se extiende desde la tierra hasta los cielos más lejanos, y de un millón de millas de ancho, que se extiende hacia el espacio más remoto, y de un millón de millas de espesor; e imagina que esa enorme masa de incontables partículas de arena se multiplica tantas veces como hojas hay en el bosque, gotas de agua en el poderoso océano, plumas en las aves, escamas en los peces, pelos en los animales, átomos en la vasta extensión del aire: e imagina que al final de cada millón de años un pajarito fuera a esa montaña y se llevara en el pico un diminuto grano de esa arena.
¿Cuántos millones y millones de siglos pasarían antes de que ese pájaro se hubiera llevado siquiera un pie cuadrado de esa montaña, cuántos eones y eones de eras antes de habérsela llevado toda?
Y sin embargo, al final de ese inmenso período de tiempo, ni siquiera se podría decir que hubiera terminado un solo instante de la eternidad. Al final de todos esos miles y millones de años, la eternidad apenas habría comenzado. Y si esa montaña volviera a levantarse después de haber sido totalmente desmoronada, y si el pájaro volviera y se la llevara otra vez grano a grano, y si se levantara y se hundiera tantas veces como estrellas hay en el cielo, átomos en el aire, gotas de agua en el mar, hojas en los árboles, plumas en las aves, escamas en los peces, pelos en los animales, al final de todas esas innumerables elevaciones y hundimientos de esa montaña inconmensurablemente vasta, ni siquiera se podría decir que un solo instante de la eternidad hubiera terminado; incluso entonces, al final de tal período, tras ese eón de tiempo cuyo mero pensamiento hace que nuestro cerebro mismo tambalee mareado, la eternidad apenas habría comenzado.
—A un santo varón (creo que fue uno de nuestros propios padres) se le concedió una vez la visión del infierno. Le pareció que se encontraba en medio de un gran salón, oscuro y silencioso salvo por el tictac de un gran reloj. El tictac continuaba sin cesar; y le pareció a este santo que el sonido del tictac era la incesante repetición de las palabras: siempre, nunca; siempre, nunca.
- Estar siempre en el infierno, no estar jamás en el cielo;
- estar siempre excluido de la presencia de Dios, no gozar jamás de la visión beatífica;
- ser siempre devorado por las llamas, roído por sabandijas, aguijoneado por estacas ardientes, no verse jamás libre de esos dolores;
- tener siempre la conciencia que reprocha, la memoria que enfurece, la mente llena de oscuridad y desesperación, no escapar jamás;
- maldecir y ultrajar siempre a los sucios demonios que se regodean diabólicamente en la miseria de sus engañados, no contemplar jamás las vestiduras radiantes de los espíritus bienaventurados;
- clamar siempre desde el abismo de fuego a Dios por un instante, un solo instante, de respiro ante tan horrible agonía, no recibir jamás, ni por un instante, el perdón de Dios;
- sufrir siempre, no gozar jamás;
- ser condenado siempre, no ser salvado jamás;
- siempre, jamás; siempre, jamás.
¡Oh, qué castigo tan terrible! Una eternidad de agonía sin fin, de tormento corporal y espiritual sin fin, sin un solo rayo de esperanza, sin un solo momento de cesación, de agonía ilimitada en su intensidad, de tormento infinitamente variado, de tortura que sostiene eternamente aquello que eternamente devora, de angustia que devora sin cesar el espíritu mientras atormenta la carne, una eternidad, cada uno de cuyos instantes es en sí mismo una eternidad de aflicción.
Tal es el terrible castigo decretado para aquellos que mueren en pecado mortal por un Dios todopoderoso y justo.
―¡Sí, un Dios justo! Los hombres, razonando siempre como hombres, se asombran de que Dios inflinja un castigo eterno e infinito en las llamas del infierno por un solo pecado grave.
Razonan así porque, cegados por la cruda ilusión de la carne y por las tinieblas del entendimiento humano, son incapaces de comprender la horrenda malicia del pecado mortal.
Razonan así porque son incapaces de comprender que incluso el pecado venial es de una naturaleza tan abyecta y horrenda que, aun si el Creador omnipotente pudiera poner fin a todo el mal y a toda la miseria del mundo, a las guerras, las enfermedades, los robos, los crímenes, las muertes, los asesinatos, a condición de permitir que un solo pecado venial quedara sin castigo, un solo pecado venial, una mentira, una mirada de ira, un momento de pereza voluntaria, Él, el gran Dios omnipotente, no podría hacerlo, porque el pecado, ya sea de pensamiento o de obra, es una transgresión de Su ley y Dios no sería Dios si no castigase al transgresor.
―Un pecado, un instante de soberbia rebelión del intelecto, hizo caer de su gloria a Lucifer y a la tercera parte de la cohorte de los ángeles.
Un pecado, un instante de insensatez y debilidad, expulsó a Adán y Eva del Edén y trajo la muerte y el sufrimiento al mundo.
Para reparar las consecuencias de ese pecado, el Hijo Unigénito de Dios descendió a la tierra, vivió, sufrió y murió de una muerte muy dolorosa, colgado durante tres horas en la cruz.
—Oh, mis amados hermanitos en Jesucristo, ¿vamos entonces a ofender a ese buen Redentor y a provocar Su ira? ¿Vamos a pisotear de nuevo ese cadáver desgarrado y lacerado? ¿Vamos a escupir en ese rostro tan lleno de dolor y de amor? ¿Vamos nosotros también, como los judíos crueles y los soldados brutales, a burlarnos de ese Salvador tierno y compasivo Que pisó a solas por nuestro bien el terrible lagar del dolor?
Cada palabra de pecado es una herida en Su tierno costado. Cada acto pecaminoso es una espina que perfora Su cabeza. Cada pensamiento impuro, al que se cede deliberadamente, es una aguda lanza que traspasa ese sagrado y amoroso corazón.
No, no. Es imposible para cualquier ser humano hacer aquello que ofende tan profundamente a la divina Majestad, aquello que es castigado por una eternidad de agonía, aquello que crucifica de nuevo al Hijo de Dios y hace de Él una burla.
—Ruego a Dios que mis pobres palabras hayan servido hoy para confirmar en la santidad a quienes están en estado de gracia, para fortalecer al dubitativo, para guiar de vuelta al estado de gracia al pobre alma que se ha extraviado, si es que hay alguna entre vosotros.
Ruego a Dios, y os ruego que recéis conmigo, para que nos arrepintamos de nuestros pecados. Os pediré ahora a todos vosotros que repitáis conmigo el acto de contrición, arrodillados aquí en esta humilde capilla en presencia de Dios.
Él está ahí en el tabernáculo ardiendo de amor por la humanidad, dispuesto a consolar al afligido. No tengáis miedo. No importa cuán numerosos o cuán inmundos sean los pecados, si tan solo os arrepentís de ellos, os serán perdonados. Que ninguna vergüenza mundana os detenga. Dios sigue siendo el Señor misericordioso que no desea la muerte eterna del pecador, sino más bien que se convierta y viva.
—Él te llama hacia Sí. Tú eres Suyo. Él te hizo de la nada. Él te amó como solo un Dios puede amar. Sus brazos están abiertos para recibirte aun cuando has pecado contra Él. Ven a Él, pobre pecador, pobre pecador vano y errante. Ahora es el tiempo aceptable. Ahora es la hora.
El sacerdote se levantó y, volviéndose hacia el altar, se arrodilló en el escalón ante el tabernáculo en la penumbra descendente.
Esperó hasta que todos en la capilla se hubieron arrodillado y cesó hasta el más mínimo ruido.
Luego, levantando la cabeza, repitió el acto de contrición, frase por frase, con fervor. Los muchachos le respondieron frase por frase.
Stephen, con la lengua pegada al paladar, inclino la cabeza, rezando con el corazón.
―¡Oh, Dios mío!—
―¡Oh, Dios mío!—
―Me pesa de todo corazón—
―Me pesa de todo corazón—
―de haber ꟿfendido—
―de haber ofendido—
―y detesto mis pecados—
―y detesto mis pecados—
―sobre todo mal—
―sobre todo mal—
―porque te desagradan, Dios mío—
―porque te desagradan, Dios mío—
―que eres tan digno—
―que eres tan digno—
―de todo mi amor—
―de todo mi amor—
―y propongo firmemente—
―y propongo firmemente—
―con tu santa gracia—
―con tu santa gracia—
―no volver a ofenderte—
―no volver a ofenderte—
―y enmendar mi vida—
―y enmendar mi vida—
Subió a su habitación después de cenar para estar a solas con su alma, y a cada paso su alma parecía suspirar; a cada paso su alma ascendía con sus pies, suspirando en la ascensión, a través de una región de viscosa penumbra.
Se detuvo en el descansillo ante la puerta y luego, asiéndome al pomo de porcelana, abrió la puerta con rapidez.
Esperó con miedo, con el alma desfalleciente en su interior, rezando en silencio para que la muerte no le rozara la frente al cruzar el umbral, para que a los demonios que habitan la oscuridad no se les concediera poder sobre él.
Aún esperaba en el umbral como en la entrada de alguna cueva oscura.
- Había rostros;
- ojos: esperaban y vigilaban.
—Sabíamos perfectamente por supuesto que aunque era inevitable que saliera a la luz le iba a costar considerable dificultad intentar inducirse a sí mismo a tratar de esforzarse por averiguar el plenipotenciario espiritual y así sabíamos por supuesto perfectamente bien—
Rostros murmurantes esperaban y observaban; voces rumorosas llenaban la oscura concha de la cueva.
Temía intensamente en espíritu y en carne, pero, levantando la cabeza con valentía, entró a zancadas firmes en la habitación.
Un umbral, una habitación, la misma habitación, la misma ventana.
Se dijo con calma que aquellas palabras no tenían absolutamente ningún sentido, las cuales habían parecido surgir como un murmullo de la oscuridad. Se dijo que era simplemente su habitación con la puerta abierta.
Cerró la puerta y, caminando con rapidez hacia la cama, se arrodilló junto a ella y se cubrió el rostro con las manos. Sus manos estaban frías y húmedas, y sus extremidades dolían de frío.
La inquietud corporal, el frío y el cansancio lo acosaban, dispersando sus pensamientos.
¿Por qué estaba arrodillado allí como un niño rezando sus oraciones de la tarde? Para estar a solas con su alma, para examinar su conciencia, para encontrarse cara a cara con sus pecados, para recordar sus tiempos, maneras y circunstancias, para llorar sobre ellos.
No podía llorar. No podía traerlos a su memoria. Solo sentía un dolor de alma y cuerpo, todo su ser, la memoria, la voluntad, el entendimiento, la carne, entumecidos y cansados.
Era obra de los demonios esparcir sus pensamientos y nublar su conciencia, asaltándole a las puertas de la carne cobarde y sincorrompida: y, pidiendo a Dios con timidez que perdonara su debilidad, trepó a la cama y, arropándose bien con las frazadas, volvió a cubrirse el rostro con las manos.
Había pecado. Había pecado tan gravemente contra el cielo y ante Dios que no era digno de ser llamado hijo de Dios.
¿Podría ser que él, Stephen Dedalus, hubiera hecho esas cosas?
Su conciencia suspiró en respuesta. Sí, las había hecho, en secreto, vilmente, una y otra vez, y, endurecido en su impenitencia pecaminosa, se habíatrevido a llevar la máscara de la santidad ante el mismo tabernáculo mientras su alma por dentro era una masa viviente de corrupción.
¿Cómo era posible que Dios no lo hubiera fulminado? La compañía leprosa de sus pecados lo cercaba, respirándole encima, inclinándose sobre él por todas partes.
Se esforzaba por olvidarlos en un acto de oración, acurrucando sus extremidades y apretando los párpados; pero los sentidos de su alma no se dejaban atar y, aunque tenía los ojos bien cerrados, veía los lugares donde había pecado y, aunque tenía los oídos fuertemente tapados, oía.
Deseaba con toda su voluntad no oír ni ver. Deseaba hasta que su cuerpo temblaba bajo la tensión de su deseo y hasta que los sentidos de su alma se cerraban. Se cerraron por un instante y luego se abrieron. Vio.
Un campo de malas hierbas duras y cardos y manojos de ortigas mechadas.
Espesos entre los mechones del crecimiento salvaje y duro yacían botes maltrechos y pegotes y bobinas de excremento sólido.
Una tenue luz de ciénaga luchando por ascender desde todo el estiércol a través de las erizadas hierbas verdegrís.
Un olor maligno, tenue y fétido como la luz, serpenteaba perezosamente hacia arriba desde los botes y desde el estiércol viejo y reseco.
Había criaturas en el campo; una, tres, seis: criaturas se movían por el campo, de acá para allá.
Criaturas caprinas con rostros humanos, de cejas córneas, ligera barba y grises como la goma de borrar. La malicia del mal brillaba en sus ojos duros, mientras se movían de acá para allá, arrastrando sus largas colas tras de sí.
Una mueca de cruel malignidad iluminaba con tono grisáceo sus viejos rostros huesudos. Una se apretaba contra las costillas un chaleco de franela desgarrado, otra se quejaba monótonamente mientras su barba se enredaba en los yuyos mechudos.
Un lenguaje suave brotaba de sus labios sin saliva mientras vadeaban en lentos círculos una y otra vez por el campo, serpenteando de acá para allá entre los yuyos, arrastrando sus largas colas en medio de las latas traqueteantes.
Se movían en lentos círculos, girando cada vez más cerca para cercar, para cercar, un lenguaje suave brotaba de sus labios, sus largas colas que vadeaban embarradas de boñiga rancia, alzando hacia arriba sus rostros terroríficos …
¡Ayuda!
Se arrancó las mantas de un empujón frenético para liberarse la cara y el cuello.
Ese era su infierno. Dios le había permitido ver el infierno reservado para sus pecados: apestoso, bestial, maligno, un infierno de demonios lascivos y cabrunos.
¡Para él! ¡Para él!
Saltó de la cama, mientras el hedor nauseabundo le bajaba por la garganta, obstruyendo y revuelto en sus entrañas.
¡Aire! ¡El aire del cielo!
Tropezó hacia la ventana, gimiendo y casi desmayándose de náuseas. Junto al lavabo, una convulsión se apoderó de él por dentro y, apretándose la fría frente con frenesí, vomitó abundantemente en plena agonía.
Cuando el ataque hubo cedido, caminó débilmente hacia la ventana y, levantando el marco, se sentó en un rincón de la jamba y apoyó el codo en el alféizar.
La lluvia había cesado; y entre los vapores flotantes, de un foco de luz a otro, la ciudad iba tejiendo a su alrededor un blando capullo de bruma amarillenta.
El cielo seguía en calma y tenuemente luminoso, y el aire era suave de respirar, como en un bosquecillo empapado por los chubascos; y en medio de la paz, las luces titilantes y la quietud fragante, hizo un pacto con su corazón.
Él oró:
―Él quiso venir en otro tiempo a la tierra con gloria celestial, pero nosotros pecamos; y entonces no pudo visitarnos sin peligro sino con majestad velada y resplandor entenebrecido, pues Él era Dios. Así vino Él mismo en debilidad, no en poder, y te envió a ti, criatura en su lugar, con la belleza y el brillo propios de una criatura, adecuados a nuestra condición. Y ahora tu propio rostro y tu forma, entrañable madre, nos hablan de lo Eterno; no como la belleza terrenal, peligrosa de contemplar, sino como la estrella matutina que es tu emblema, brillante y musical, que exhala pureza, que habla del cielo e infunde paz. ¡Oh, anunciadora del día! ¡Oh, luz del peregrino! Guíanos aún como nos has guiado. En la noche oscura, a través del yermo desolado, guíanos hacia nuestro Señor Jesús, guíanos a casa.
Sus ojos se anegaron en lágrimas y, levantando la mirada con humildad al cielo, lloró por la inocencia que había perdido.
Al caer la noche salió de la casa, y el primer contacto del aire húmedo y oscuro y el ruido de la puerta al cerrarse a sus espaldas hicieron doler de nuevo su conciencia, adormecida por la oración y las lágrimas.
¡Confiesa! ¡Confiesa!
No bastaba con adormecer la conciencia con una lágrima y una oración. Tenía que arrodillarse ante el ministro del Espíritu Santo y enumerar sus pecados ocultos con sinceridad y arrepentimiento. Antes de volver a oír el zócalo de la puerta de calle arrastrarse sobre el umbral al abrirse para dejarle entrar, antes de volver a ver la mesa de la cocina puesta para la cena, se habría arrodillado y confesado. Era muy sencillo.
El dolor de conciencia cesó y siguió caminando rápidamente por las calles oscuras.
Había tantas losas en la acera de aquella calle y tantas calles en aquella ciudad y tantas ciudades en el mundo. Sin embargo, la eternidad no tenía fin.
Estaba en pecado mortal. Incluso una sola vez era un pecado mortal. Podía suceder en un instante. ¿Pero cómo tan rápidamente? Viendo o pensando en ver. Los ojos ven la cosa, sin haber deseado verla antes. Entonces, en un instante, ocurre. ¿Pero es que esa parte del cuerpo comprende o qué?
La serpiente, el más sutil animal del campo. Debe de comprender cuando desea en un instante y luego prolonga su propio deseo instante tras instante, pecaminosamente. Siente, comprende y desea. ¡Qué cosa tan horrible! ¿Quién hizo que fuera así, una parte bestial del cuerpo capaz de comprender bestialmente y desear bestialmente? ¿Era eso entonces él o algo inhumano movido por un alma inferior?
Su alma sintió náuseas ante la idea de una vida serpentina y torpe que se alimentaba de la tierna médula de su vida y engordaba con el cieno de la lujuria.
Oh, ¿por qué era así? Oh, ¿por qué?
Se acurrucó en la sombra de aquel pensamiento, humillándose ante el temor de Dios, que había hecho todas las cosas y a todos los hombres.
Locura. ¿Quién podría pensar semejante cosa?
Y, acurrucado en la oscuridad y en la abyección, rezó en silencio a su ángel de la guarda para que ahuyentara con su espada al demonio que le susurraba al cerebro.
El susurro cesó y supo entonces con claridad que su propia alma había pecado de pensamiento, palabra y obra, voluntariamente, por medio de su propio cuerpo.
¡Confiesa!
Tenía que confesar cada pecado. ¿Cómo podría expresar en palabras al sacerdote lo que había hecho? Debía, debía. ¿O cómo podría explicarlo sin morir de vergüenza? ¿O cómo había podido hacer tales cosas sin vergüenza? ¡Un loco!
¡Confiesa! ¡Ay, desde luego lo haría para verse libre y sin pecado otra vez! Tal vez el sacerdote lo sabría. ¡Oh, Dios querido!
Caminó y caminó por calles mal iluminadas, temiendo detenerse un solo instante no fuera a parecer que se demoraba ante lo que le aguardaba, temiendo llegar a aquello hacia lo que aún se volvía con anhelo.
¡Qué hermosa debe ser un alma en gracia cuando Dios la mira con amor!
Muchachas desaliñadas se sentaban a lo largo de los bordillos ante sus cestas. Su cabello húmedo pendía arrastrándose sobre sus frentes. No eran hermosas de ver mientras se acurrucaban en el fango.
Pero Dios veía sus almas; y si sus almas estaban en estado de gracia, eran radiantes a la vista; y Dios las amaba, al verlas.
Un aliento devorador de humillación sopló desoladoramente sobre su alma al pensar en cómo había caído, al sentir que aquellas almas eran más queridas por Dios que la suya.
El viento sopló sobre él y siguió su curso hacia las miríadas y miríadas de otras almas sobre las que el favor de Dios brillaba ora más ora menos, estrellas ora más brillantes ora más apagadas, sostenidas y desfallecientes. Y las almas tenues pasaron, sostenidas y desfallecientes, fundidas en un aliento en movimiento.
Un alma se había perdido; un alma diminuta: la suya. Parpadeó una vez y se extinguió, olvidada, perdida. El fin: negro, frío, desierto vacío.
La conciencia del lugar volvió afluirle lentamente a lo largo de una vasta extensión de tiempo sin luz, sin sentir, sin vivir.
La sórdida escena se fue componiendo a su alrededor; los acentos vulgares, los mecheros de gas encendidos en las tiendas, olores a pescado, a licores y a serrín mojado, hombres y mujeres en movimiento.
Una vieja iba a cruzar la calle, con una aceitera en la mano. Se inclinó y le preguntó si había alguna capilla cerca.
―¿Una capilla, señor? Sí, señor. La capilla de la calle Church.
―¿Iglesia?
Cambió la lata de mano para indicarle el camino; y, al tenderle su mano derecha marchita y hedionda bajo el fleco del chal, él se inclinó más hacia ella, entristecido y consolado por su voz.
―Gracias.
—De nada, señor.
Las velas del altar mayor se habían extinguido, pero la fragancia del incienso aún flotaba por la penumbra de la nave. Unos obreros barbudos de rostros devotos guiaban un palio hacia la salida por una puerta lateral, mientras el sacristán los ayudaba con gestos y palabras silenciosas.
Algunos de los fieles aún se demoraban rezando ante uno de los altares laterales o arrodillados en los bancos cerca de los confesionarios. Él se acercó con timidez y se arrodilló en el último banco de la nave central, agradecido por la paz, el silencio y la sombra fragante de la iglesia.
La tabla en la que se arrodillaba era estrecha y gastada, y quienes rezaban cerca de él eran humildes seguidores de Jesús. Jesús también había nacido en la pobreza y había trabajado en el taller de un carpintero, cortando tablas y cepillándolas, y había hablado por primera vez del reino de Dios a unos pobres pescadores, enseñando a todos los hombres a ser mansos y humildes de corazón.
Inclinó la cabeza sobre las manos, ordenando a su corazón que fuera manso y humilde para poder ser como aquellos que se arrodillaban junto a él y su oración tan aceptable como la de ellos.
Rezó junto a ellos, pero era difícil. Su alma estaba manchada de pecado y no se atrevía a pedir perdón con la sencilla confianza de aquellos a quienes Jesús, en los misteriosos caminos de Dios, había llamado primero a su lado, los carpinteros, los pescadores, gente pobre y sencilla que seguía un oficio humilde, tocando y labrando la madera de los árboles, remendando sus redes con paciencia.
Una alta figura avanzó por el pasillo y los penitentes se agitaron; y en el último momento, alzando la vista con rapidez, vio una larga barba gris y el hábito marrón de un capuchino.
El sacerdote entró en el confesionario y quedó oculto.
Dos penitentes se levantaron y entraron en el confesionario a uno y otro lado. Se corrió la corredera de madera y el tenue murmullo de una voz turbó el silencio.
Su sangre comenzó a murmurar en sus venas, murmurando como una ciudad pecadora llamada a salir de su sueño para escuchar su perdición.
Pequeñas escamas de fuego caían y cenizas pulverulentas caían suavemente, posándose sobre las casas de los hombres. Se agitaban, despertando del sueño, turbados por el aire caldeado.
El pestillo corrió hacia atrás. El penitente salió del lateral del confesionario. El otro lado fue corrido. Una mujer entró silenciosa y diestramente donde el primer penitente se había arrodillado. El débil murmullo comenzó de nuevo.
Aún podía salir de la capilla. Podía levantarse, poner un pie delante del otro y salir silenciosamente y luego correr, correr, correr con ligereza por las calles oscuras. Aún podía escapar de la vergüenza.
¡De haber sido cualquier crimen terrible menos ese único pecado! ¡De haber sido un asesinato!
Pequeñas escamas ardientes caían y lo tocaban por todas partes, pensamientos vergonzosos, palabras vergonzosas, actos vergonzosos. La vergüenza lo cubría por completo como finas cenizas incandescentes que caían continuamente. ¡Decirlo con palabras! Su alma, sofocada e indefensa, dejaría de existir.
La portezuela se deslizó hacia atrás. Un penitente emergió del otro lado del comulgatorio. La portezuela cercana fue corrida. Un penitente entró por donde había salido el otro.
Un leve rumor susurrante flotaba en nubecillas vaporosas fuera del comulgatorio. Era la mujer: nubecillas de suave susurro, vapor de suave susurro, susurrando y desvaneciéndose.
Se golpeó el pecho con el puño con humildad, en secreto, al amparo del reposabrazos de madera.
Se sentirá uno con los demás y con Dios. Amaría a su prójimo. Amaría a Dios que lo había creado y lo amaba. Se arrodillaría y rezaría con los demás y sería feliz. Dios miraría hacia abajo, hacia él y hacia ellos, y los amaría a todos.
Era fácil ser bueno. El yugo de Dios era suave y ligero. Era mejor no haber pecado jamás, haber permanecido siempre como un niño, pues Dios amaba a los niños pequeños y dejaba que se acercaran a Él. Era algo terrible y triste pecar. Pero Dios era misericordioso con los pobres pecadores que estaban verdaderamente arrepentidos. ¡Qué verdad era eso! Eso era en verdad la bondad.
El pestillo se disparó demasiado de repente. El penitente salió. Era el siguiente. Se puso en pie aterrorizado y caminó a ciegas hacia el confesionario.
Por fin había llegado.
Se arrodilló en la penumbra silenciosa y levantó los ojos hacia el crucifijo blanco suspendido ante él. Dios podía ver que estaba arrepentido. Contaría todos sus pecados. Su confesión sería larga, muy larga. Todos en la capilla sabrían entonces qué clase de pecador había sido. Que lo supieran. Era verdad. Pero Dios había prometido perdonarle si estaba arrepentido. Estaba arrepentido.
Juntó las manos y las elevó hacia la forma blanca, rezando con los ojos oscurecidos, rezando con todo su cuerpo tembloroso, balanceando la cabeza de un lado a otro como una criatura perdida, rezando con los labios sollozantes.
―¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Oh, lo siento!
La placa hizo clic y su corazón dio un vuelco en el pecho. El rostro de un viejo sacerdote estaba junto a la reja, apartado de él, apoyado en una mano. Hizo la señal de la cruz y le suplicó al sacerdote que lo bendijera porque había pecado.
Luego, inclinando la cabeza, repitió el Confiteor con miedo. En las palabras por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa se detuvo, sin aliento.
―¿Cuánto hace desde tu última confesión, hija mía?
—Mucho tiempo, padre.
—¿Un mes, hijo mío?
―Más largo, padre.
—¿Tres meses, hijo mío?
―Más largo, padre.
―¿Seis meses?
―Ocho meses, padre.
Él había comenzado. El sacerdote preguntó:
―¿Y qué recuerda desde entonces?
Comenzó a confesar sus pecados:
- misas faltadas,
- oraciones no rezadas,
- mentiras.
—¿Algo más, hija mía?
- Pecados de ira,
- envidia de los demás,
- gula,
- vanidad,
- desobediencia.
—¿Algo más, hija mía?
No había ayuda. Murmuró:
—Yo… cometí pecados de impureza, padre.
El sacerdote no volvió la cabeza.
―¿Contigo misma, hija mía?
—Y… con otros.
―¿Con las mujeres, hijo mío?
―Sí, padre.
—¿Eran mujeres casadas, hijo mío?
No lo sabía. Sus pecados se filtraban de sus labios, uno por uno, se filtraban en gotas vergonzosas de su alma, enconándose y supurando como una llaga, un tórrido arroyo de vicio. Los últimos pecados brotaron con lentitud, perezosos, inmundos. No había nada más que contar. Inclinó la cabeza, abrumado.
El sacerdote guardó silencio. Luego preguntó:
―¿Cuántos años tienes, hijo mío?
―Dieciséis, padre.
El sacerdote se pasó la mano varias veces por el rostro.
Luego, apoyando la frente contra la mano, se inclinó hacia la reja y, con los ojos todavía desviados, habló lentamente.
Su voz era cansada y vieja.
―Eres muy joven, hijo mío, —dijo—, y te suplico que dejes ese pecado. Es un pecado terrible. Mata el cuerpo y mata el alma. Es la causa de muchos crímenes y desgracias.
Déjalo, hijo mío, por el amor de Dios. Es deshonroso y poco varonil. No puedes saber a dónde te llevará ese maldito hábito ni dónde se volverá en tu contra. Mientras cometas ese pecado, pobre hijo mío, nunca valdrás un céntimo para Dios.
Ruega a nuestra madre María que te ayude. Ella te ayudará, hijo mío. Ruega a Nuestra Santísima Madre cuando ese pecado acuda a tu mente. Estoy seguro de que lo harás, ¿verdad?
Te arrepientes de todos esos pecados. Estoy seguro de que sí. Y le prometerás ahora a Dios que, con Su santa gracia, nunca volverás a ofenderle con ese malvado pecado. Le harás esa promesa solemne a Dios, ¿verdad?
―Sí, padre.
La vieja y cansada voz cayó como dulce lluvia sobre su corazón tembloroso y sediento.
¡Qué dulce y triste!
—Hazlo, hija mía, pobre criatura. El demonio te ha extraviado. Échalo de vuelta al infierno cuando te tiente a deshonrar tu cuerpo de esa manera, el espíritu inmundo que aborrece a Nuestro Señor. Prométete a Dios ahora que abandonarás ese pecado, ese maldito, maldito pecado.
Ciego por sus lágrimas y por la luz de la misericordia de Dios, inclinó la cabeza y oyó las solemnes palabras de la absolución y vio la mano del sacerdote levantada sobre él en señal de perdón.
—Dios te bendiga, hijo mío. Reza por mí.
Se arrodilló para decir su penitencia, rezando en un rincón de la oscura nave; y sus oraciones ascendieron al cielo desde su corazón purificado como un perfume que fluye hacia arriba desde el corazón de una rosa blanca.
Las calles embarradas estaban alegres. Caminaba a grandes zancadas hacia su hogar, consciente de una gracia invisible que lo envolvía y aligeraba sus miembros. A pesar de todo, lo había hecho. Se había confesado y Dios lo había perdonado. Su alma se había vuelto bella y santa una vez más, santa y feliz.
Sería hermoso morir si Dios así lo quisiera. Era hermoso vivir en gracia una vida de paz, virtud y paciencia con los demás.
Él se sentó junto al fuego en la cocina, sin atreverse a hablar de tanta felicidad. Hasta ese momento no había sabido cuán bella y apacible podía ser la vida.
El cuadrado de papel verde sujeto con alfileres alrededor de la lámpara proyectaba una sombra suave. En el aparador había un plato de salchichas y morcilla blanca, y en la balda había huevos. Serían para el desayuno de la mañana siguiente, después de la comunión en la capilla del colegio.
Morcilla blanca, huevos, salchichas y tazas de té. ¡Qué simple y bella era la vida después de todo! Y la vida se extendía entera ante él.
En un sueño se durmió.
En un sueño se levantó y vio que era de mañana.
En un sueño de vigilia atravesó la mañana silenciosa hacia el colegio.
Los chicos estaban todos allí, arrodillados en sus sitios. Él se arrodilló entre ellos, feliz y tímido. El altar estaba repleto de montones aromáticos de flores blancas; y a la luz de la mañana las pálidas llamas de las velas entre las flores blancas eran claras y silenciosas como su propia alma.
Se arrodilló ante el altar con sus compañeros de clase, sosteniendo el mantel del altar junto con ellos sobre una barandilla viva de manos. Sus manos temblaban y su alma temblaba al oír al sacerdote pasar con el copón de comulgante en comulgante.
—Corpus Domini nostri.
¿Podría ser? Estaba allí arrodillado, sin pecado y tímido; y mantendría sobre su lengua la hostia y Dios entraría en su cuerpo purificado.
—In vitam eternam. Amen.
¡Otra vida! ¡Una vida de gracia, virtud y felicidad! Era verdad. No era un sueño del que fuera a despertar. El pasado, pasado estaba.
—Corpus Domini nostri.
El copón había llegado a sus manos.