Nos jactamos de la era del avance, de la ciencia y del progreso. ¿No resulta extraño, entonces, que todavía creamos en el culto a los fetiches? Es verdad, nuestros fetiches tienen distinta forma y sustancia, pero en su poder sobre la mente humana siguen siendo tan desastrosos como lo eran los de antaño.
Nuestro fetiche moderno es el sufragio universal. Quienes aún no han alcanzado esa meta libran sangrientas revoluciones para obtenerlo, y quienes han disfrutado de su reinado llevan pesados sacrificios al altar de esta deidad omnipotente. ¡Ay del hereje que se atreva a cuestionar tal divinidad!
La mujer, aún más que el hombre, es una idólatra, y aunque sus ídolos cambien, está siempre de rodillas, siempre alzando las manos, siempre ciega ante el hecho de que su dios tiene los pies de barro.
Así, la mujer ha sido la mayor defensora de todas las deidades desde tiempos inmemoriales. Así también ha tenido que pagar el precio que solo los dioses pueden exigir: su libertad, la sangre de su corazón, su propia vida.
La máxima memorable de Nietzsche: «Cuando vayas a las mujeres, no olvides el látigo», se considera muy brutal; sin embargo, Nietzsche expresó en una sola frase la actitud de la mujer hacia sus dioses.
La religión, especialmente la religión cristiana, ha condenado a la mujer a una vida de inferioridad, de esclavitud. Ha frustrado su naturaleza y encadenado su alma; sin embargo, la religión cristiana no tiene mayor defensora, ninguna más devota, que la mujer.
En efecto, puede afirmarse sin riesgo a equivocarse que la religión habría dejado de ser un factor en la vida de los pueblos hace mucho tiempo, de no ser por el apoyo que recibe de la mujer.
Las trabajadoras eclesiásticas más fervientes, las misioneras más infatigables del mundo entero, son mujeres, que se sacrifican siempre en el altar de los dioses que han encadenado su espíritu y esclavizado su cuerpo.
El monstruo insaciable, la guerra, despoja a la mujer de todo lo que le es querido y precioso. Le arrebata a sus hermanos, amantes e hijos, y a cambio le entrega una vida de soledad y desesperación.
Sin embargo, la mayor defensora y admiradora de la guerra es la mujer. Es ella quien inculca el amor por la conquista y el poder en sus hijos; es ella quien susurra las glorias de la guerra a los oídos de sus pequeños, y quien mece a su bebé para dormirlo con los sones de las trompetas y el estruendo de las armas.
Es la mujer, también, la que corona al vencedor a su regreso del campo de batalla. Sí, es la mujer quien paga el precio más alto a ese monstruo insaciable, la guerra.
Luego está el hogar. ¡Qué fetichismo tan terrible! Cómo merma la energía vital misma de la mujer —esta prisión moderna de rejas doradas.
Su aspecto brillante ciega a la mujer ante el precio que tendría que pagar como esposa, madre y ama de casa. Sin embargo, la mujer se aferra tenazmente al hogar, al poder que la mantiene en esclavitud.
Puede decirse que, dado que la mujer reconoce el terrible precio que se le hace pagar a la Iglesia, al Estado y al hogar, quiere el sufragio para liberarse. Puede que eso sea cierto para unas pocas; la mayoría de las sufragistas repudia por completo semejante blasfemia.
Por el contrario, insisten siempre en que será el sufragio femenino el que la convierta en una mejor cristiana y ama de casa, en una firme ciudadana del Estado. Así, el sufragio es solo un medio para fortalecer la omnipotencia de los mismos Dioses a los que la mujer ha servido desde tiempos inmemoriales.
¿Qué maravilla, pues, que sea tan devota, tan entusiasta, tan postrada ante el nuevo ídolo, el sufragio femenino?
Como antaño, ella soporta la persecución, el encarcelamiento, la tortura y todas las formas de condena, con una sonrisa en los labios.
Como antaño, hasta los más esclarecidos esperan un milagro de la deidad del siglo veinte: el sufragio. Vida, felicidad, alegría, libertad, independencia... todo eso, y más, ha de brotar del sufragio.
En su devoción ciega, la mujer no ve lo que las personas de intelecto percibieron hace cincuenta años: que el sufragio es un mal, que solo ha contribuido a esclavizar al pueblo, que no ha hecho más que cerrarle los ojos para que no vea cuán mañosamente se le hizo someterse.
La demanda de la mujer por el sufragio igualitario se basa en gran medida en el argumento de que la mujer debe tener el mismo derecho en todos los asuntos de la sociedad. Nadie podría, posiblemente, refutar eso, si el sufragio fuera un derecho. ¡Ay de la ignorancia de la mente humana, que es capaz de ver un derecho en una imposición!
¿O acaso no es la más brutal de las imposiciones que un grupo de personas dicte leyes que otro grupo se vea obligado a obedecer por la fuerza? Y, sin embargo, la mujer clama por esa «oportunidad de oro» que tanto sufrimiento ha causado en el mundo, y que ha despojado al hombre de su integridad y autosuficiencia; una imposición que ha corrompido profundamente al pueblo y lo ha convertido en presa fácil en manos de políticos sin escrúpulos.
¡El pobre, estúpido y libre ciudadano americano! Libre para morirse de hambre, libre para recorrer las carreteras de este gran país, disfruta del sufragio universal y, por ese derecho, ha forjado cadenas alrededor de sus extremidades.
La recompensa que recibe son unas leyes laborales estrictas que prohíben el derecho de boicot, de piquete, de hecho, de todo, excepto el derecho a ser despojado de los frutos de su trabajo.
Sin embargo, todos estos desastrosos resultados del fetiche del siglo XX no le han enseñado nada a la mujer. Pero bueno, se nos asegura que la mujer purificará la política.
Huelga decir que no me opongo al sufragio femenino por la razón convencional de que la mujer no esté a su altura. No veo ninguna razón física, psicológica ni mental por la cual la mujer no deba tener el mismo derecho al voto que el hombre.
Pero eso no puede cegarme ante la absurda noción de que la mujer logrará aquello en lo que el hombre ha fracasado. Si no empeorara las cosas, ciertamente tampoco podría mejorarlas. Suponer, por tanto, que ella tendría éxito en purificar algo que no es susceptible de purificación, es atribuirle poderes sobrenaturales.
Dado que la mayor desgracia de la mujer ha sido ser vista como un ángel o como un demonio, su verdadera salvación radica en ser puesta sobre la tierra; es decir, en ser considerada humana , por lo tanto, sujeta a todas las locuras y errores humanos.
¿Debemos creer, entonces, que dos errores darán un acierto? ¿Hemos de suponer que el veneno ya inherente a la política disminuirá si las mujeres entran en la arena política? Las sufragistas más ardientes difícilmente sostendrían semejante insensatez.
A decir verdad, los estudiantes más avanzados del sufragio universal han llegado a comprender que todos los sistemas de poder político existentes son absurdos y resultan totalmente inadecuados para hacer frente a los urgentes problemas de la vida. Este punto de vista también se ve respaldado por la afirmación de alguien que es una ferviente creyente en el sufragio femenino, la Dra. Helen L. Sumner.
En su competente obra sobre el SUFRAFIO IGUAL [EQUAL SUFFRAGE], dice:
"En Colorado, encontramos que el sufragio igual sirve para mostrar de la manera más sorprendente la podredumbre esencial y el carácter degradante del sistema existente".
Por supuesto, la Dra. Sumner tiene en mente un sistema de votación en particular, pero lo mismo se aplica con igual fuerza a toda la maquinaria del sistema representativo. Con semejante base, es difícil entender cómo la mujer, como factor político, podría beneficiarse a sí misma o al resto de la humanidad.
Pero, dicen nuestras devotas del sufragio, miren los países y los Estados donde existe el sufragio femenino. Vean lo que la mujer ha logrado: en Australia, Nueva Zelanda, Finlandia, los países escandinavos y en nuestros propios cuatro estados: Idaho, Colorado, Wyoming y Utah.
La distancia presta encanto —o, para citar una fórmula polaca— "se está bien donde no estamos".
Así, uno asumiría que esos países y estados son distintos a otros países o estados, que tienen mayor libertad, mayor igualdad social y económica, una apreciación más fina de la vida humana, una comprensión más profunda de la gran lucha social, con todas las cuestiones vitales que esta implica para la raza humana.
Las mujeres de Australia y Nueva Zelanda pueden votar y ayudan a elaborar las leyes. ¿Son allí las condiciones laborales mejores que en Inglaterra, donde las sufragistas libran una lucha tan heroica?
¿Existe allí una maternidad mayor, niños más felices y libres que en Inglaterra? ¿Ya no se considera a la mujer un mero artículo sexual? ¿Se ha emancipado de la doble moral puritana para hombres y mujeres?
Ciertamente, nadie salvo la típica política mitinera se atreverá a responder afirmativamente a estas preguntas. Si eso es así, parece ridículo señalar a Australia y Nueva Zelanda como la Meca de los logros del sufragio igualitario.
Por otra parte, es un hecho para quienes conocen las condiciones políticas reales en Australia, que la política ha amordazado al movimiento obrero al promulgar las leyes laborales más estrictas, convirtiendo las huelgas sin la aprobación de un comité de arbitraje en un delito equiparable a la traición.
Ni por un momento pretendo dar a entender que el sufragio femenino sea responsable de este estado de cosas. Sí pretendo decir, sin embargo, que no hay razón para señalar a Australia como una obra milagrosa de los logros de la mujer, ya que su influencia ha sido incapaz de liberar al trabajo del yugo del clientelismo político.
Finlandia ha concedido a la mujer el sufragio igualitario; es más, incluso el derecho a ocupar un escaño en el Parlamento.
¿Ha ayudado eso a desarrollar un heroísmo mayor, un celo más intenso que el de las mujeres de Rusia? Finlandia, al igual que Rusia, sufre bajo el terrible látigo del sangriento Zar.
¿Dónde están las Perovskaias, las Spiridonovas, las Figners, las Breshkovskaias finesas? ¿Dónde están las innumerables jóvenes finesas que marchan alegremente a Siberia por su causa?
Finlandia necesita urgentemente libertadores heroicos. ¿Por qué la papeleta de voto no los ha creado?
El único vengador finlandés de su pueblo fue un hombre, no una mujer, y utilizó un arma más eficaz que la papeleta de voto.
En cuanto a nuestros propios Estados donde las mujeres votan, y que son señalados constantemente como ejemplos de maravillas, ¿qué se ha logrado allí mediante el voto que las mujeres no disfruten en gran medida en otros Estados; o que no pudieran lograr mediante esfuerzos enérgicos sin el voto?
Es verdad que en los Estados con sufragio femenino se les garantizan a las mujeres los mismos derechos sobre la propiedad; pero ¿de qué le sirve ese derecho a la masa de mujeres sin propiedades, a los miles de trabajadoras asalariadas que viven al día?
Que el sufragio igualitario no afectó —ni puede afectar— su condición es algo que admite incluso la doctora Sumner, quien sin duda se encuentra en una posición para saberlo. Como ferviente sufragista, y habiendo sido enviada a Colorado por la Liga Colegiada por el Sufragio Igualitario del Estado de Nueva York para recopilar material a favor del sufragio, ella sería la última en decir algo despectivo; sin embargo, se nos informa que «el sufragio igualitario apenas ha afectado las condiciones económicas de las mujeres. Que las mujeres no reciben igual paga por igual trabajo, y que, aunque la mujer en Colorado ha disfrutado del sufragio escolar desde 1876, a las maestras se les paga menos que en California».
Por otra parte, la señorita Sumner no toma en cuenta el hecho de que, aunque las mujeres han tenido el sufragio escolar durante treinta y cuatro años, y el sufragio igualitario desde 1894, el censo realizado únicamente en Denver hace unos meses reveló la existencia de quince mil niños escolares deficientes.
Y eso, además, con una presencia mayoritaria de mujeres en el departamento educativo, y a pesar también de que las mujeres en Colorado han aprobado las «leyes más estrictas para la protección de la infancia y de los animales».
Las mujeres de Colorado «han mostrado un gran interés en las instituciones del Estado para el cuidado de los niños dependientes, deficientes y delincuentes».
¡Qué acusación tan horrible contra el cuidado y el interés de la mujer, si una sola ciudad cuenta con quince mil niños deficientes! ¿Qué hay de la gloria del sufragio femenino, ya que ha fracasado rotundamente en el asunto social más importante: el niño?
¿Y dónde está el sentido superior de la justicia que la mujer iba a aportar al ámbito político?
¿Dónde estaba en 1903, cuando los propietarios de las minas libraron una guerra de guerrillas contra la Unión de Mineros del Oeste; cuando el general Bell estableció un reino de terror, sacando a los hombres de sus camas por la noche, secuestrándolos cruzando la línea fronteriza, arrojándolos a corrales para ganado, declarando «al diablo con la Constitución, la porra es la Constitución»?
¿Dónde estaban las mujeres políticas entonces, y por qué no ejercieron el poder de su voto? Pero sí lo hicieron. Ayudaron a derrotar al hombre más justo y liberal, el gobernador Waite. Este último tuvo que dejar paso al títere de los reyes de las minas, el gobernador Peabody, el enemigo del trabajo, el zar de Colorado.
«Ciertamente, el sufragio masculino no podría haber hecho nada peor». Concedido.
¿Cuáles son, entonces, las ventajas para la mujer y la sociedad del sufragio femenino? La afirmación, repetida a menudo, de que la mujer purificará la política no es más que un mito. No está respaldada por quienes conocen las condiciones políticas de Idaho, Colorado, Wyoming y Utah.
La mujer, esencialmente purista, es por naturaleza intolerante e implacable en su empeño por hacer a los demás tan buenos como ella cree que deberían ser.
Así, en Idaho, ha privado del derecho al voto a su hermana de la calle y ha declarado que todas las mujeres de «mala vida» no son aptas para votar. «Mala vida» que, por supuesto, no se interpreta como prostitución DENTRO del matrimonio. Huelga decir que se han prohibido la prostitución ilegal y el juego. A este respecto, la ley no puede por menos que ser de naturaleza femenina: siempre prohíbe. En eso todas las leyes son maravillosas. No van más allá, pero sus mismas tendencias abren todas las compuertas del infierno. La prostitución y el juego nunca han tenido un negocio más próspero que desde que la ley se ha puesto en su contra.
En Colorado, el puritanismo de la mujer se ha manifestado de una forma más drástica.
«Hombres de vidas notoriamente impuras, y hombres vinculados a las tabernas, han sido marginados de la política desde que las mujeres tienen el voto».1
¿Podría el hermano Comstock haber hecho más? ¿Podrían todos los padres puritanos haber hecho más? Me pregunto cuántas mujeres se dan cuenta de la gravedad de esta pretendida hazaña. Me pregunto si comprenden que es precisamente esto lo que, lejos de elevar a la mujer, la ha convertido en una espía política, en una cotilla despreciable de los asuntos privados ajenos, no tanto por el bien de la causa, sino porque, como dijo una mujer de Colorado, «les gusta entrar en casas en las que nunca han estado y averiguar todo lo que pueden, política y de cualquier otro modo».2
Sí, y en el alma humana y en sus más recónditos rincones. Porque nada satisface tanto el ansia de la mayoría de las mujeres como el escándalo. ¿Y cuándo ha disfrutado ella jamás de oportunidades como las que ahora le pertenecen, las del político?
"Vidas notoriamente impuras y hombres vinculados a las cantinas".
Ciertamente, a las damas recolectoras de votos no se las puede acusar de tener mucha sentido de la proporción. Concediendo incluso que estas entrometidas puedan decidir qué vidas son lo suficientemente limpias para esa atmósfera eminentemente limpia que es la política, ¿debe deducirse necesariamente que los taberneros pertenecen a la misma categoría?
A menos que sea la hipocresía y la intolerancia estadounidenses, tan patentes en el principio de la Prohibición, las que sancionan la propagación de la embriaguez entre los hombres y mujeres de la clase rica, pero vigilan atentamente el único lugar que le queda al hombre pobre.
Si no por otra razón, la actitud estrecha y purista de la mujer ante la vida la convierte en un mayor peligro para la libertad allí donde detenta poder político. El hombre ha superado desde hace mucho las supersticiones que aún envuelven a la mujer. En el campo de la competencia económica, el hombre se ha visto obligado a ejercitar la eficacia, el juicio, la destreza, la competencia. Por lo tanto, no ha tenido ni el tiempo ni la inclinación de medir la moralidad de cada cual con un rasero puritano.
Tampoco en sus actividades políticas ha actuado con los ojos vendados. Sabe que la cantidad y no la calidad es la materia prima para el molino político, y, a menos que sea un reformador sentimental o un fósil anticuado, sabe que la política nunca podrá ser otra cosa que un cenagal.
Las mujeres que están algo familiarizadas con el proceso de la política conocen la naturaleza de la bestia, pero en su autosuficiencia y egotismo se hacen creer que no tienen más que acariciar a la bestia para que se vuelva tan mansa como un cordero, dulce y pura.
¡Como si las mujeres no hubieran vendido sus votos, como si las políticas no pudieran ser compradas! Si su cuerpo puede ser comprado a cambio de una contraprestación material, ¿por qué no su voto? Que esto se está haciendo en Colorado y en otros estados no lo niegan ni siquiera aquellos que están a favor del sufragio femenino.
Como ya he dicho antes, la estrecha visión de la mujer sobre los asuntos humanos no es el único argumento en contra de su supuesta superioridad como política frente al hombre. Hay otros. Su tradicional parasitismo económico ha difuminado por completo su concepto del significado de la igualdad. Clama por la igualdad de derechos con los hombres, y sin embargo nos enteramos de que «a pocas mujeres les importa hacer campaña en distritos poco deseables».3 ¡Qué poco significa la igualdad para ellas en comparación con las mujeres rusas, que se enfrentan al infierno mismo por su ideal!
La mujer exige los mismos derechos que el hombre, y sin embargo se indigna de que su presencia no lo fulmine: él fuma, no se quita el sombrero y no salta de su asiento como un lacayo. Estas podrán ser cosas triviales, pero son no obstante la clave de la naturaleza de las sufragistas estadounidenses.
Sin duda, sus hermanas inglesas han superado estas nociones tontas. Han demostrado estar a la altura de las mayores exigencias en cuanto a su carácter y su capacidad de resistencia. Todo honor al heroísmo y la fortaleza de las sufragettes inglesas. Gracias a sus métodos enérgicos y agresivos, han servido de inspiración para algunas de nuestras propias damas desvencijadas y sin agallas.
Pero, a fin de cuentas, a las sufragettes también les sigue faltando aprecio por la verdadera igualdad. De otro modo, ¿cómo se explica el tremendo y verdaderamente gigantesco esfuerzo puesto en marcha por aquellas valientes combatientes en pro de un miserable proyectito de ley que beneficiará a un puñado de damas propietarias, sin contemplar en absoluto a la inmensa masa de mujeres trabajadoras?
Es verdad que, como políticas, deben ser oportunistas y aceptar medidas a medias si no pueden conseguirlo todo. Pero como mujeres inteligentes y liberales, deberían comprender que, si el voto es un arma, los desheredados lo necesitan más que la clase económicamente superior, y que esta última ya disfruta de demasiado poder en virtud de su superioridad económica.
La brillante líder de las sufragistas inglesas, la señora Emmeline Pankhurst, admitió ella misma, durante su gira de conferencias por América, que no puede haber igualdad entre superiores e inferiores políticos.
Si es así, ¿cómo podrá la mujer trabajadora de Inglaterra, que ya es inferior económicamente a las damas beneficiadas por el proyecto de ley Shackleton,4 trabajar con sus superiores políticos, en caso de que el proyecto sea aprobado?
¿No es probable que la clase de Annie Keeney, tan llena de celo, devoción y martirio, se vea obligada a cargar sobre sus espaldas a sus jefes políticos femeninos, tal como cargan a sus amos económicos? Todavía tendrían que hacerlo, incluso si se estableciera el sufragio universal para hombres y mujeres en Inglaterra. Hagan lo que hagan los trabajadores, siempre se les hace pagar. Aun así, quienes creen en el poder del voto muestran poco sentido de la justicia cuando no se preocupan en absoluto por aquellos a quienes, según afirman, más podría servir.
El movimiento sufragista americano ha sido, hasta hace muy poco, un asunto totalmente de salón, absolutamente ajeno a las necesidades económicas del pueblo. Así, Susan B. Anthony, sin duda un tipo de mujer excepcional, no solo fue indiferente, sino también antagónica hacia el trabajo; ni dudó en manifestar su antagonismo cuando, en 1869, aconsejó a las mujeres ocupar los puestos de los impresores en huelga en Nueva York.5
No sé si su actitud había cambiado antes de su muerte.
Hay, por supuesto, algunas sufragistas afiliadas a las trabajadoras —la Liga de Sindicatos de Mujeres [Women's Trade Union League], por ejemplo—, pero son una pequeña minoría y sus actividades son esencialmente económicas.
El resto considera el trabajo como una justa provisión de la Providencia. ¿Qué sería de los ricos si no fuera por los pobres? ¿Qué sería de estas damas ociosas y parasitarias, que despilfarran en una semana más de lo que sus víctimas ganan en un año, si no fuera por los ochenta millones de trabajadores asalariados?
Igualdad, ¿quién oyó jamás semejante cosa?
Pocos países han producido tanta arrogancia y esnobismo como Estados Unidos. Esto es particularmente cierto en el caso de la mujer estadounidense de clase media. No solo se considera la igual del hombre, sino su superior, especialmente en su pureza, bondad y moralidad.
No es de extrañar que la sufragista estadounidense reclame para su voto los poderes más milagrosos. En su engreimiento exaltado, no ve cuán verdaderamente esclavizada está, no tanto por el hombre, como por sus propias nociones y tradiciones necias. El sufragio no puede mejorar ese triste hecho; solo puede acentuarlo, como de hecho lo hace.
Una de las grandes mujeres líderes de Estados Unidos sostiene que la mujer no solo tiene derecho a la igualdad salarial, sino que legalmente debería tener derecho incluso al salario de su esposo. Si él no la mantuviera, debería ser vestido con el traje de presidiario y las ganancias de este en prisión deberían ser cobradas por su igualitaria esposa.
¿Acaso otra brillante exponente de la causa no reclama para la mujer que su voto abolirá el mal social, contra el cual se ha luchado en vano mediante los esfuerzos aunados de las mentes más ilustres del mundo entero?
Es de lamentar en verdad que el supuesto creador del universo ya nos haya presentado su maravilloso plan de cosas, de lo contrario el sufragio femenino seguramente le permitiría a la mujer superarlo por completo.
Nada es tan peligroso como la disección de un fetiche. Si hemos sobrevivido al tiempo en que tal herejía se castigaba en la hoguera, no hemos sobrevivido al espíritu mezquino de condena hacia aquellos que se atreven a disentir de las nociones aceptadas.
Por lo tanto, probablemente se me catalogará como un opositor de la mujer. Pero eso no puede impedirme mirar la cuestión directamente a los ojos.
Repito lo que he dicho al principio: no creo que la mujer vaya a empeorar la política; como tampoco puedo creer que vaya a mejorarla. Si, por lo tanto, ella no puede superar los errores del hombre, ¿para qué perpetuar estos últimos?
La historia puede ser una recopilación de mentiras; sin embargo, contiene unas cuantas verdades, y estas son la única guía que tenemos para el futuro.
La historia de las actividades políticas de los hombres demuestra que estos no le han dado a ella absolutamente nada que no hubiera podido lograr de una manera más directa, menos costosa y más duradera.
De hecho, cada centímetro de terreno que ella ha ganado ha sido a través de un combate constante, una lucha incesante por la autoafirmación, y no a través del sufragio.
No hay razón alguna para suponer que la mujer, en su ascenso hacia la emancipación, haya sido, o vaya a ser, ayudada por la boleta electoral.
En el más oscuro de todos los países, Rusia, con su despotismo absoluto, la mujer se ha convertido en la igual del hombre, no a través del voto, sino por su voluntad de ser y de hacer.
No solo se ha conquistado a sí misma cada vía de aprendizaje y vocación, sino que se ha ganado la estima del hombre, su respeto, su camaradería; sí, aún más que eso: se ha ganado la admiración, el respeto del mundo entero. Y eso tampoco a través del sufragio, sino por su maravilloso heroísmo, su fortaleza, su capacidad, su fuerza de voluntad y su resistencia en la lucha por la libertad.
¿Dónde están las mujeres en cualquier país o Estado sufragista que puedan reclamar semejante victoria? Cuando consideramos los logros de la mujer en América, encontramos también que algo más profundo y poderoso que el sufragio la ha ayudado en su marcha hacia la emancipación.
Han pasado apenas sesenta y dos años desde que un puñado de mujeres en la Convención de Seneca Falls presentó unas pocas demandas por su derecho a una educación igualitaria a la del hombre, y al acceso a las diversas profesiones, oficios, etcétera.
¡Qué logro tan maravilloso, qué triunfos tan maravillosos!
¿Quién, sino el más ignorante, se atreve a hablar de la mujer como una mera esclava doméstica? ¿Quién se atreve a sugerir que esta o aquella profesión no deberían estar abiertas para ella?
Durante más de sesenta años, ella ha forjado una nueva atmósfera y una nueva vida para sí misma. Se ha convertido en una potencia mundial en todos los dominios del pensamiento y la actividad humana. Y todo eso sin sufragio, sin el derecho a hacer leyes, sin el "privilegio" de convertirse en jueza, celadora o verduga.
Sí, tal vez se me considere un enemigo de la mujer; pero si puedo ayudarla a ver la luz, no me quejaré.
La desgracia de la mujer no es que sea incapaz de hacer el trabajo del hombre, sino que está desperdiciando su fuerza vital para superarlo, con una tradición de siglos que la ha dejado físicamente incapaz de seguirle el ritmo. Oh, ya sé que algunas lo han logrado, ¡pero a qué precio, a qué precio terrible!
Lo importante no es el tipo de trabajo que hace la mujer, sino más bien la calidad del trabajo que aporta. Ella no puede otorgar al sufragio o a la boleta electoral ninguna cualidad nueva, ni tampoco puede recibir de ello nada que mejore su propia cualidad. Su desarrollo, su libertad, su independencia, deben provenir de sí misma y a través de sí misma.
- Primero, afirmándose como personalidad, y no como mercancía sexual.
- Segundo, negando a cualquiera el derecho sobre su cuerpo; negándose a tener hijos, a menos que los desee; negándose a ser sierva de Dios, del Estado, de la sociedad, del esposo, de la familia, etc.; haciendo su vida más sencilla, pero más profunda y rica.
Es decir, intentando aprender el significado y la sustancia de la vida en todas sus complejidades, liberándose del temor a la opinión pública y a la condena pública. Solo eso, y no la boleta electoral, liberará a la mujer, la convertirá en una fuerza hasta entonces desconocida en el mundo, una fuerza para el amor verdadero, para la paz, para la armonía; una fuerza de fuego divino, dadora de vida; una creadora de hombres y mujeres libres.