Tiempos difíciles
A mi nuevo amo jamás lo olvidaré; tenía los ojos negros y la nariz aguileña, la boca tan llena de dientes como la de un bulldog, y su voz era tan áspera como el chirrido de las ruedas de un carro sobre cantos rodados.
Se llamaba Nicholas Skinner, y creo que era el hombre para quien trabajaba el pobre Seedy Sam.
He oído decir a los hombres que ver es creer; pero yo diría que sentir es creer; pues por mucho que había visto antes, no conocí hasta ahora la absoluta miseria de la vida de un caballo de coche de alquiler.
Skinner tenía una flota de coches baja y una flota de conductores baja; era duro con los hombres, y los hombres eran duros con los caballos. En este lugar no teníamos descanso dominical, y era en pleno verano.
A veces, un domingo por la mañana, un grupo de juerguistas alquilaba el carruaje para todo el día; cuatro de ellos iban dentro y otro con el cochero, y tenía que llevarlos a diez o quince millas campo a través y de regreso; ninguno de ellos se bajaba jamás para caminar cuesta arriba, por muy empinada que fuera o por mucho calor que hiciera el día, a menos que, en verdad, el cochero temiera que yo no pudiera con ello, y a veces estaba tan afiebrado y agotado que apenas podía probar la comida.
Cuánto añoraba aquel buen puré de salvado con nitro que Jerry solía darnos las noches de sábado cuando hacía calor, que nos refrescaba y nos hacía sentir tan bien. Entonces teníamos dos noches y un día entero de descanso ininterrumpido, y el lunes por la mañana volvíamos a estar frescos como potros; pero aquí no había descanso, y mi cochero era tan duro como su amo.
Llevaba un látigo cruel con algo tan filoso en la punta que a veces me hacía sangrar, y hasta me azotaba bajo la panza y sacudía la correa hacia mi cabeza. Indignidades como aquellas me descorazonaban terriblemente, pero aun así hice lo mejor que pude y nunca me reugué; pues, como decía la pobre Ginger, no servía de nada; los hombres son los más fuertes.
Mi vida era ya tan absolutamente desgraciada que deseaba poder, al igual que Ginger, caer muerta en el trabajo y acabar con mi sufrimiento, y un día mi deseo estuvo a punto de cumplirse.
Me puse en la parada a las ocho de la mañana, y ya había hecho una buena parte de la faena, cuando tuvimos que llevar una carrera a la estación.
Acababa de anunciarse un tren largo, así que mi cochero se detuvo detrás de algunos de los carruajes de fuera para probar suerte con un viaje de vuelta. Era un tren muy pesado y, como todos los coches no tardaron en ocuparse, llamaron al nuestro.
Eran un grupo de cuatro: un hombre ruidoso y fanfarrón con una señora, un niño pequeño y una muchacha joven, y una gran cantidad de equipaje.
La señora y el niño subieron al coche y, mientras el hombre daba órdenes sobre el equipaje, la muchacha se acercó a mirarme.
—Papá —dijo ella—, estoy segura de que este pobre caballo no puede llevarnos a nosotros y a todo nuestro equipaje tan lejos; está muy débil y agotado. Míralo bien.
—¡Oh! No le pasa nada, señorita —dijo mi cochero—, es bastante fuerte.
El botones, que andaba removiendo unas pesadas cajas, le sugirió al caballero, ya que había tanto equipaje, si no tomaría un segundo taxi.
—¿Puede hacerlo tu caballo o no puede? —dijo el hombre fanfarrón.
—¡Oh! él puede con todo, señor; suba las cajas, botones; podría con más que eso —, y ayudó a subir una caja tan pesada que pude sentir cómo se hundían los muelles.
—Papá, papá, toma un segundo coche —dijo la jovencita en un tono suplicante—. Estoy segura de que nos equivocamos, estoy segura de que es muy cruel.
—Tonterías, Grace, súbete de una vez y no montes tanto escándalo; bonito sería que un hombre de negocios tuviera que examinar cada caballo de alquiler antes de contratarlo; ¡el hombre sabe lo suyo por supuesto; anda, súbete y cállate!
Mi apacible amigo tuvo que obedecer, y caja tras caja fue arrastrada hacia arriba y colocada en la parte superior del taxi o acomodada al lado del cochero. Por fin todo estuvo listo, y con su habitual tirón de las riendas y latigazo salió de la estación.
La carga era muy pesada y no había tenido ni comida ni descanso desde la mañana; pero hice lo mejor que pude, como siempre lo había hecho, a pesar de la crueldad y la injusticia.
Me apañé bastante bien hasta que llegamos a Ludgate Hill; pero allí la pesada carga y mi propio agotamiento pudieron más. Lucha que te lucha por seguir adelante, aguijoneado por constantes tirones de las riendas y el uso del látigo, cuando en un solo instante —no sé decir cómo— mis pies resbalaron bajo mí y caí pesadamente al suelo sobre un costado; la repentinidad y la fuerza con la que caí parecieron arrebatarme todo el aliento del cuerpo.
Yacía completamente inmóvil; en verdad, no tenía fuerzas para moverme, y pensé que ahora iba a morir. Oí una especie de confusión a mi alrededor, voces altas y enfadadas, y la bajada del equipaje, pero todo era como un sueño. Me pareció oír aquella dulce y compasiva voz que decía: «¡Oh! ¡Pobre caballo! Es todo culpa nuestra».
Alguien se acercó y aflojó la ahogadera de mi brida, y desató los tirantes que mantenían el collar tan apretado contra mí.
Alguien dijo: «Está muerto, no volverá a levantarse».
Luego pude oír a un policía dando órdenes, pero ni siquiera abrí los ojos; solo podía exhalar un suspiro jadeante de vez en cuando.
Me echaron un poco de agua fría por la cabeza, me vertieron un poco de tónico en la boca y me cubrieron con algo.
No sé cuánto tiempo permanecí allí, pero noté que la vida volvía a mí, y un hombre de voz amable me palmeaba y me animaba a levantarme.
Tras darme un poco más de licor reconstituyente, y después de uno o dos intentos, me puse en pie tambaleándome y fui conducido con delicadeza hacia unos establos que había muy cerca.
Aquí me metieron en un establo bien provisto de paja seca y me trajeron unas gachas calientes que bebí con agradecimiento.
Por la tarde me había recuperado lo suficiente como para que me llevaran de vuelta a las caballerizas de Skinner, donde creo que hicieron por mí todo lo que pudieron.
Por la mañana, Skinner vino con un herrador a verme. Me examinó muy de cerca y dijo: «Esto es un caso de exceso de trabajo más que de enfermedad, y si pudiera darle seis meses de descanso, podría volver a trabajar; pero ahora no le queda ni una onza de fuerza».
—Pues entonces que se vaya al diablo —dijo Skinner—; no tengo prados para cuidar caballos enfermos; podría recuperarse o no, y esas cosas no van con mi negocio. Mi plan es explotarlos mientras puedan caminar y luego venderlos por lo que den, en el matadero o donde sea.
—Si estuviera harto —dijo el herrador—, más le valdría matarlo de inmediato, pero no lo está; hay una feria de caballos dentro de unos diez días; si lo deja descansar y lo alimenta bien, tal vez se recupere, y con suerte saque más de lo que vale su pellejo, de todos modos.
Siguiendo este consejo, Skinner, bastante a regañadientes, creo yo, dio órdenes de que me alimentaran bien y me cuidaran, y el caballerizo, por fortuna para mí, cumplió las órdenes con mucha mejor disposición de la que su amo tuvo al darlas.
Diez días de descanso absoluto, abundantes y buenos granos de avena, heno, purés de salvado con linaza cocida mezclada en ellos, hicieron más por recuperar mi condición que cualquier otra cosa que pudiera haberlo hecho; aquellos purés de linaza estaban deliciosos, y comencé a pensar que, después de todo, tal vez fuera mejor vivir que irse al diablo.
Cuando llegó el duodécimo día después del accidente, me llevaron a la feria, a unas pocas millas de Londres. Sentía que cualquier cambio respecto a mi lugar actual tenía que ser una mejoría, así que mantuve la cabeza en alto y esperé lo mejor.