Miriam golpeó su bolsa Gladstone contra el escalón de la puerta. Unas botas robustas apresuraron el paso por el pasillo de baldosas y la puerta se abrió para dejar ver a Florrie con su ropa de calle, sonriendo radiante bajo el ala ancha de un sombrero muy adornado. Grace, con un vestido largo, recto y verde, apareció a su lado desde la puerta abierta del comedor. Miriam remató su cadencia con el llamador de la puerta mientras Florrie se agachaba para asegurar la bolsa diciendo entre risas ahogadas, pasa. Acabáis de llegar, dijo Miriam escuchando los reconfortantes reproches de Grace por su tardanza. ¿Entro o me pongo a llorar y me siento en el escalón? Florrie soltó una carcajada, de pie con la bolsa. Métela dentro, regañó la señora Philps desde la puerta del comedor. Grace la tomó del brazo y la condujo por el pasillo. Estoy hecha un mar de lodo.—No importa el lodo, entra para huir de la lluvia, regañó la señora Philps retrocediendo hacia la chimenea, debes estar agotada.—No, ya no me siento cansada ahora que estoy aquí, oh, qué fuego tan celestial.
Miriam oyó que la puerta de la calle se cerraba con un seco golpe suburbano y rodeó la mesa del comedor para colocarse junto a la señora Philps sobre la alfombra de la chimenea y sonreír hacia el fuego. La señora Philps le dio unas palmadas en el brazo y en la mejilla.
¿Está la puerta bien cerrada, O'Hara? dijo Miriam volviéndose hacia Florrie, que entraba en la habitación.
Claro que sí, ahogó Florrie, acercándose a la alfombra de la chimenea para darle unas palmadas; pondré la cadena si quieres. Siéntate a descansar antes de subir arriba, dijo la señora Philps empujándola suavemente hacia atrás hasta hacerla caer en el sillón de terciopelo más grande.
Su respaldo se inclinaba hacia atrás; el gran cojín cuadrado que abultaba la mitad inferior del largo antimacasar de lana le impedía acomodarse bien en el sillón. Se sentó en la cúspide del muelle y dijo que no hacía frío.
¿No te gustaría subir antes de cenar? sugirió Grace en respuesta a su inquieta mirada hacia el fuego.
Bueno, me siento un poco sucia.
Llévale un poco de agua caliente, murmuró la señora Philps cogiendo el Daily Telegraph.
Grace la precedió escalinata arriba cargando su bolso. —¿Tomarás la leche caliente o fría, Miriam? —gritó Florrie desde abajo—. —Oh, caliente creo, por favor, no tardaré ni un segundo —dijo Miriam hacia la habitación de invitados, esperando que la dejaran sola. Grace encendió el gas. —¿M‑m, cariño? —murmuró con tímidos y suaves besos—, estoy tan contenta de que hayas venido. —Yo también. Es glorioso estar a salvo aquí… No tardaré un segundo. Bajaré tal como estoy y mañana pareceré radiante. —Siempre estás radiante. —Estoy sencillamente mugrienta; he llevado esta blusa toda la semana; oh, qué delicia, agua caliente. Siéntate en la mecedora mientras me abluyo; deshaz mi bolso… —¿Te importa si no lo hago, Miriam, cariño? Tía y yo fuimos a visitar a los Unwin hoy y aún no he guardado el sombrero. Tenemos tres días por delante… —Está bien, oh, querida mía, no sabes cuánto me alegra estar aquí… —Grace volvió murmurando desde la puerta para repetir los suaves besos.
Al cerrarse la puerta, la frescura y la quietud de la habitación envolvieron a Miriam, alisando la suciedad y la fatiga.
Abriendo su bolsa Gladstone, arrojó sobre la cama su nueva blusa de velo de monja crema y su lazo de encaje, su bolsa para el cepillo, su bolsa para la esponja, sus zapatos, un tomo de Schiller y un paquete de papel de cartas y sobres.
Le habían dejado preparado un camisón sobre la cama, adornado al estilo antiguo con bordados hechos a mano. Su bolsa fue a parar debajo de la cama durante casi cuatro días.
Nada de suciedad en ninguna parte. Ninguna suciedad durante cuatro días.
En el gran espejo cuadrado, su blusa y su lazo ajados se veían bastante brillantes bajo la luz del gas apantallada por el globo esmerilado. Su sombrero le había aplastado el cabello de forma favorecedora sobre la parte superior y ancha de la cabeza, y su masa, empujada hacia abajo en un haz suelto y descuidado, caía en curvas afortunadas sobre su cuello.
Vertió el agua caliente en uno de los grandes lavabos de color crema, con la mirada recorriendo la ancha franja con borde dorado que adornaba su borde sobre la cubierta de mármol reluciente del lavabo, los azulejos relucientes que tenía en frente más allá del borde de la jofaina, la madera muy pulida por encima de los azulejos.
Inhalaba frescura por todas partes. Mientras la frescura y la consistencia sin aroma del conocido jabón Broom le recorrían la cara, las muñecas y las manos, empezó a anhelar la cena limpia, la noche fresca en la frescura de la gran cama cuadrada, el desayuno limpio, sólido y sin prisas.
Apartándose el pelo, se lavó la cara para quitarse el día de encima, refregándose con lujo en el lebrillo grande y escuchando a Grace moverse despacio piso arriba. Agarrando una toalla, subió corriendo el tramo corto de escaleras y se quedó secándose en el umbral de la puerta de Grace. —¿Hola, carita rosada —se rió Grace con ternura, alisando papel de seda dentro de una sombrerera grande—, digo que debe de ser enorme? —Lo es; es enorme —sonrió Grace—. —Mañana tienes que enseñármela —Miriam bajó corriendo y volvió al espejo de su habitación para mirarse la cara limpia y sin preocupaciones. —No corras por la casa, baja a cenar —llamó Florrie desde abajo.
¿Han traído las salchichas?, preguntó la señora Philps con acidez.
Sí, frunció el ceño Florrie.
—No te olvides de decirle a Christine cómo nos gusta que los preparen —dijo Grace con el ceño fruncido de preocupación.
Miriam apartó la vista de los ojos saltones del Shakespeare que colgaba en la pared de enfrente y encerró en su interior la aguda percepción de las muchas cosas alineadas debajo de él, en la repisa de la chimenea situada a espaldas de Florrie: el paisaje a un lado de este, la imagen de la reina Victoria apoyada en un bastón entre dos sirvientes hindúes, recibiendo un discurso, al otro; los jarrones y boles de Satsuma en el aparador a espaldas de la señora Philps; el pequeño y afilado arco de ventanas estrechas protegidas por cortinas a espaldas de Grace; el brillo limpio de cada rincón.
Chris tine ?
Oh, sí, ¿no lo sabías? Lleva con nosotros un mes—
¿Qué fue de Amelia?
Oh, tuvimos que despedirla. Se puso gorda y perezosa.
¡Todas lo hacen! Son todas iguales. Sigue, Miriam.
—Bueno —dijo Miriam desde la mitad de su segundo plato—, ambas escucharon, y los pasos se acercaron arrastrándose por las escaleras—, y oyeron al hombre derrumbarse con un gemido contra su puerta. Esperaron y, bueno, de repente el hombre, bueno, le oyeron ponerse violentamente enfermo—¡Oh, Miriam!—¿Sí?; ¿no fue espantoso? y luego una voz débil como un canto—a—a—a—ah—oo—oo—oo—oo, kom, y hailpemee— ¡Oh, Meester Bell, kom, oh, me estoy muriendo de frío, qué lástima, qué lástima!— y luego silencio. Comía rápidamente, manteniéndolos a todos en silencio, ávidos de que su voz volviera a llenar los espacios de su habitación—Durante media hora más o menos le oyeron prorrumpir, cada pocos minutos, oh Meester Bell, querido y lindo Mr. Bell, kom. Me estoy muriendo de frío, qué lástima—qué lástima. Los Broom se sentaron riendo a carcajadas, contagiándose unos a otros. Miriam comía con rapidez, mirando de un rostro a otro. What-eh-pitie—what-eh-pitie, gemía. ¿No pueden oírle? Grace se atragantó, estornudó y bebió un poco de leche. Todos seguían comiendo lenta y cuidadosamente su primer plato.—¡Qué clase de gente tan divertida te encuentras! —dijo la señora Philps, secándose los ojos, con hoyuelos y suspirando al final de su risa. Yo no me lo encontré. Fue en la pensión de Mag y Jan. La señora Philps no había empezado a escuchar desde el principio. Pero Grace y Florrie veían todo con total claridad. La señora Philps no recordaba quiénes eran Mag y Jan. No lo haría a menos que alguien le contara todo sobre sus circunstancias y sus padres. El rostro de Florrie estaba preparando una pregunta. —Entonces debieron de—continuó Miriam. Hubo un timbre apagado en la puerta principal.—Ahí está Christine, ¿hacemos que pase a cambiar los platos, tía? —frunció el ceño Florrie.—No, que se cambie el vestido. Podemos poner los platos en el aparador—Entonces los dos debieron de volverse a dormir —dijo Miriam cuando Florrie regresó de dejar entrar a Christine—, porque no le oyeron bajar las escaleras y no estaba por la mañana—Menos mal, supongo, observó la señora Philps. —No estaba —dijo Miriam alegremente—, ejem—no en persona. —¡Oh, Miriam! —protestó Grace histéricamente. —Oh—oh—gritaron los demás. Miriam contempló cómo el segundo plato aparecía desde el aparador—saludó al manjar blanco y la mermelada con un grito suave, sintiendo tanta hambre como cuando había empezado la cena. —Qué maleducada es —rio entre dientes Florrie, dejando un plato de plátanos y un platito de bombones. —Ooo-oo—chilló Miriam.—Cállate, pórtate bien y empieza con eso —dijo Grace dándole un plato de manjar blanco. —Ah, sí, y entonces —dijo Miriam, inspirada al recordar más de su historia—, todo salió a la luz. Debió de haber bajado como pudo a su habitación por la mañana. ¡Pero se quedó tendido en el suelo—les contó en la cena—; todo de mí no pudo encontrar la cama a la vez!—¡Oh, oh, oh!—Él había estado —gritó elevando la voz por encima del tumulto— en una fiesta de cumpleaños; veintiséis güisquis con soda. … —Pero ¿por qué hablaba así? ¿Era irlandés? —Oh, ¿no pueden oírlo? Era hindú. Todos hablan así. «Amablemente cerraré la puerta». Cuando escriben cartas empiezan—Honorable y estupendo señor —lloró Miriam—, encuentran estupendo en el diccionario y sus cartas son así de principio a fin, masas de los adjetivos más asombrosos. —¿Por qué Mag y Jan dejaron esa pensión? —preguntó Florrie en medio de la absorción de Miriam con las lágrimas sólidas en los pómulos de la señora Philps. Anhelaba que la señora Philps viera lo segundo, no solo lo divertido que era lo de estupendo dirigido a un funcionario, sino exactamente cómo se vería estupendo para un hindú. Si tan solo pudieran ver esas cosas además de producir sus risas celestiales. —Oh, no sé —dijo ella cansada—; verán, nunca tuvieron intención de ir allí. Querían un lugar propio. Si tan solo pudieran comprender a Mag y Jan. Nunca había suficiente tiempo ni fuerzas para dejar todo claro. A cada paso había algo que veían de manera diferente. —Son tal para cual —susurró con aire soñoliento. —No, gracias —respondió formalmente a una oferta de más manjar blanco. Empezaba a sentirse fuerte y con sueño. —No, gracias —repitió formalmente cuando el pesado plato de plátanos pasó cerca de ella. —Quiere un bombón —dijo Florrie desde el otro lado de la mesa. Miriam revivió un poco. —Toma dos —rogó la señora Philps. —Son tan enormes —dijo Miriam obedeciendo y dejando los bombones en su plato mientras su mente se movía pesadamente en busca de un tema. Todos estaban empezando con los plátanos. Sería interminable. Para cuando llegara el momento de sentarse junto al fuego, estaría casi dormida. Se movió inquieta. Alguien tenía que estar viendo su anhelo y su impaciencia.
Miriam perdió el hilo mientras Christine retiraba la cena, reflexionando sobre la figura gruesa e inexpresiva, las manos y el rostro pesado, cetrino y hosco. Era bajísima. Los Broom la observaban imperturbables, desde sus sitios junto al fuego, dirigiéndole de vez en cuando instrucciones con voz baja y ceñuda en medio de la conversación— Siente usted, por favor, dijo la señora Philps a intervalos—Llevo todo el día sentada dijo Miriam balanceándose sobre las puntas de los pies—Creo que a medias sí nos lo creíamos prosiguió con mordaz entusiasmo, adolorida por la avalancha de preguntas, hablando para crear calidez y distracción para Christine. Nunca lo había pensado. ¿A se lo creían a medias? ¿Se lo había planteado alguien alguna vez con tantas palabras? Dar una opinión abría tantas cosas. Era imposible mostrarlo todo, cuantas más opiniones expresabas más engañabas a la gente y más te alejabas de ella—Porque continuó con una animación cantarina; Christine echó un vistazo;—nunca oímos entrar a nadie—aunque—(la habitación la envolvía aún más felizmente con la presencia de Christine, todo parecía aún más real)—nos quedamos despiertas hasta lo que parecía casi la mañana, siempre hasta mucho después de que el ser-m- nuestro personal doméstico se hubiera ido a la cama. Sus habitaciones estaban en la misma planta que la guardería nocturna—Christine salió silenciosa con una bandeja, dándole la espalda a la habitación; tenía vacaciones todos los años y ratos libres regulares y bastante dinero para comprar ropa y regalos; probablemente tenía algún tipo de hogar.
Cuando hubo retirado los últimos restos de la cena y cerrado la puerta, Grace dio unas palmadas en el brazo del sillón vacío. Me gusta más así, dijo Miriam arrastrando un pequeño taburete de madera tallada—oh, no te sientes en eso, exclamó la señora Philps.—Estoy bien, dijo Miriam apresuradamente, sin mirar a nadie y enderezándose enérgica con los ojos fijos en la llama viva. Grace y Florrie estaban muy cerca de ella a ambos lados en sillas rectas, inclinadas hacia el fuego. La señora Philps se reclinó en el más pequeño de los sillones, cuyo cojín inflexible empujaba su cuerpo hacia adelante, con el pequeño pecho encogido, la cabeza inclinada y apoyada en la mano, medio de perfil ante su fila apretada y contemplando el fuego. Hubo un silencio. Florrie se aclaró la garganta y miró de reojo a Miriam. Miriam se giró a medias con cansado resentimiento.—¿Solías colgar los calcetines, Miriam?, dijo Florrie rápidamente. Miriam asentía con prisa, mirando fija el fuego. Florrie se aclaró la garganta pacientemente. Con cansada animación, Miriam soltó frases sobre los paquetes que eran demasiado grandes para el calcetín, la sensación de estos contra los pies al moverse por la mañana. Tímidas miradas de vigilancia le llegaron de parte de Florrie. Grace tomó su mano y emitió sonidos comprensivos y de aliento. Qué seguras estaban, sentadas con todas las vacaciones por delante junto al fuego que volverían a encender para ellas por la mañana. Esto era solo el remate de la primera noche y empezaba a parecerse al comienzo de un nuevo día. Las cosas le venían del fuego, frescas y nuevas, vistas por primera vez; un torrente de imágenes. Las observaba con los ojos de repente fríos y desvelados, relajando su postura rígida y sonriendo vagamente a los utensilios de la chimenea.
—Tiene sueño; quiere irse a la cama —dijo la señora Philps volviendo la cabeza. Las dos cabezas se giraron—: ¿Quieres, mi amor? —preguntó Grace apretándole la mano—. Tendrás el desayuno en la cama si quieres —Miriam hizo una mueca rápida en su dirección. —¿Tuviste un arca de Noé? —preguntó, sonriendo al fuego. Sí; Florrie tenía una. Se la regaló el tío George. —Empezaron a describir. —¿No te encantaba? —interrumpió Miriam de pronto. —¿Te acuerdas...? —y recordó el arca de Noé tal como se había visto en el suelo del cuarto de los niños, la rigidez ofendida de la familia rescatada, el aspecto de los elefantes y las jirafas, y los saltamontes verdes y amarillos y la mariquita roja, todos de pie, como vivos, entre los arbolitos rígidos de color verde brillante—. Teníamos también un corral, cerdos; y patos y gansos y gallinas con plumas—. Los poníamos a todos juntos en el suelo, y la tienda de comestibles y todas nuestras muñecas sentadas en fila contra la pared del cuarto de los niños. Solía hacerme sumamente feliz. Todavía me lo haría... —Todos se rieron—. Lo haría. Lo hace solo de pensarlo. Y había una casa de muñecas con una puerta que se abría y una escalera y muebles en las habitaciones. Puedo oler el olor del interior en este mismo momento. Pero lo que más me gustaba y a lo que nunca me acostumbré era una pequeña iglesia de alabastro con vidrieras de colores y un sitio dentro para una vela. Solíamos sacar eso también al suelo. Ojalá la tuviera ahora.
… El caleidoscopio. ¿Te acuerdas de mirar por el caleidoscopio? A veces lloraba por eso por la noche, al pensar en los patrones que no había visto. Creía que había un patrón nuevo cada vez que lo agitabas, para siempre. Teníamos uno enorme con trocitos de vidrio muy pequeños. Chasqueaban suavemente cuando el patrón cambiaba y tenían unos colores muy hermosos.
… ¡Ah, y te acuerdas de aquellas cosas... tuviste un pequeño teatro de papel? Todos la miraban a ella, no al pequeño teatro. Ojalá no lo hubiera mencionado. Era algo tan sagrado y secreto que en todos estos años nunca había pensado en ello ni se lo había mencionado siquiera a sí misma. Se precipitó hacia el estereoscopio, con los ojos todavía fijos en el pequeño escenario de cartón, oyendo el sonido del papel al raspar sobre el pequeño rodillo de madera mientras las escenas impresas desfilaban hacia adelante o hacia atrás, y se sumergió en descripciones de profundas vistas de los interiores de catedrales en nítido relieve bajo una clara luz plateada, montañas, lagos, estatuas a plena luz al aire libre, y volvió a las muñecas, avanzando sola con cansancio a través del interés moribundo de quienes la escuchaban para descubrir con somnolienta pasión la sabiduría, la indiferencia y la independencia de las muñecas holandesas, el encanto de sus cuerpos de madera, las razones por las que uno nunca quería ponerles ropa, la entrañable y bondadosa amabilidad de las muñecas con cabeza de pasta—. No creo haber querido nunca a nadie en el mundo tanto como a Daisy —Sí, ya sé... nosotras también tuvimos una; era de Eve, era enorme, tenía pelo de verdad y un baúl de cuero para su ropa, y se sentía enorme y maciza cuando la cargabas; pero estaba tan lejos de ti como un ser humano —sí, las muñecas de trapo eran sencillamente cómicas —nunca entiendo toda esa charla sobre el afecto hacia las muñecas de trapo. Nosotras solíamos gritarles a las nuestras y las agarrábamos por las faldas para ver cuál de las dos les golpeaba la cabeza más fuerte contra la pared. Eran siempre como una función de Punch y Judy. Las muñecas de pasta me refiero a que estaban pintadas de un color suave, con cabezas de formas muy redondeadas, con una silueta, apenas un poco de pelo aplicado en un tono castaño suave, y ojos que no se quedaban mirando sino de un azul grisáceo suave con expresión; mirando algo, mirando lo mismo que mirabas tú misma—.
…
La señora Philps bostezó y Florrie comenzó a moverse—Supongo que es hora de acostarse—dijo Miriam. Todas parecían con sueño.—Tómate una copa de clarete, Miriam, antes de irte—dijo la señora Philps. No, gracias—dijo Miriam, brincando y bailando por la habitación. Chiquilla alocada—rió entre dientes la señora Philps con afecto. Grace y Florrie trajeron fundas para el polvo del armario del vestíbulo y empezaron a extenderlas sobre los muebles. Miriam se detuvo frente a un gran óleo sobre el sofá; cuyos planos, que empezaban con un arroyo de pradera ancho en primer plano con un puente de piedra y una rueda de molino y una casita medio oculta bajo árboles gigantescos, se estrechaban y serpenteaban una y otra vez a través de diminutos campos lejanos hasta que la escena se fundía en una neblina de tonos suaves, abarcaba todas sus primeras visitas a los Broom en los tiempos de Banbury Park antes de que hubieran descubierto que no le gustaba sentarse de espaldas al fuego. Escuchaba con avidez los ruidos atareados de los Broom. Alguien había echado el cerrojo de la puerta de entrada y arrastraba una silla sobre las losetas para subir a apagar el gas. Todavía sacudían fundas antipolvo en la habitación de atrás. El brazo de Grace la rodeó por la cintura.—Me alegra tanto que hayas venido, cariño—dijo con su tono bajo, firme y trémulo—Y a mí también—dijo Miriam.—¿A que es un cuadro simpático?—Sí. Es buenísimo, ¿sabes? Era uno de los de papá—¿Qué está haciendo O’Hara en la cocina?—Llevándose a Grace por la cintura, Miriam se metió en el pasillo intentando bailar con ella por el vestíbulo. La pequeña cocina estaba oscurecida por un biombo tendedero enorme cubierto de ropa que se aireaba. Ha dejado un fuego miserable—dijo la señora Philps desde detrás del biombo tendedero—No ha limpiado las cacerolas, tía—regañó Florrie desde el fregadero—No importa, no podemos hacerla bajar ahora. Es casi medianoche.
Miriam emergió suavemente hacia la oscuridad y quedó allí radiante. No había nada salvo la fresca sensación de la vida brotando de alguna fuente interior y los profundos y frescos espacios de la oscuridad a su alrededor.
Tal vez se había despertado a causa de su felicidad… clara, suave y tersa, en una melancólica tonalidad menor, un hilo de melodía sonó desde muy lejos en la noche, directo a su corazón.
No había nada entre ella y el sonido que la había llamado tan suavemente de su sueño profundo. Contuvo su alegría para escuchar. No había tristeza en el curioso y apesadumbrado airecillo.
La sacó al vecindario tranquilo … una oscuridad brumosa a lo largo de caminos vacíos, planchas de luz de farola aquí y allá en las aceras y sobre las fachadas de las casas … negrura en grandes jardines y sobre el puente y en los jardines de la parte trasera de las hileras de pequeñas casas silenciosas y oscuras, una pálida luminosidad sobre el canal y los embalses. En algún lugar entre los pequeños caminos, un grupo de músicos tocando notas suaves y dulces, lenta y cuidadosamente, con un hálito tenue, como para no despertar a nadie, sin tocar para nadie, hacia la oscuridad. De vuelta de la oscuridad fresca brotó la música dulce y clara … los waits; claro que sí. Ella salió precipitadamente con el corazón por delante, escuchando, siguiendo el reclamo de la música hacia el interior secreto y feliz de la vida de cada forma durmiente, fluyendo rauda a través de una marea de incidentes recordados y olvidados, entrando y saliendo entre las estaciones de los años. La impulsaba hacia el mañana haciéndola erguirse a la luz de la mañana, diciéndole a gritos que el día estaba ahí y que solo tenía que levantarse hacia él … la pequeña melodía se había detenido en un acorde armonioso y cesó …
Empezaba otra vez, más cerca y más nítido. Lo escuchó con atención hasta el final. Era tan extraño. Venía de muy atrás, de entre las generaciones, donde todo era diferente; diciéndote que eran los mismos. … En la forma en que esa gente estaba tocando, en la forma en que hacían sonar la melodía en el aire, sin que ningún instrumento sonara más fuerte que los demás, había algo que sabía. Algo que todo el mundo sabe. … Lo demuestran por la forma en que hacen las cosas, sin importar lo que digan. …
Su corazón brillaba y se movía.
Qué descansada estaba. Qué fresco era el aire. Qué frescura emanaba de todo en la habitación.
Miró fijamente la negrura aterciopelada intentando ver los muebles. Eran las cortinas gruesas y bien cerradas las que creaban esa perfecta oscuridad aterciopelada… Detrás de las cortinas y de las persianas venecianas, las ventanas estaban abiertas por arriba, dejando entrar el aire del jardín. El pequeño cuadrado del jardín estival brillaba intensamente en medio de esta negrura invernal profundísima.
Valía con creces la pena ser despertada en mitad de la noche en Brooms. La verdad de la vida estaba en ellos.
Se imaginó a sí misma gritando de repente en la noche. Tras el susto inicial, lo entenderían y se reírían.
Bostezó con somnolencia ante un ovillo de pensamientos que se avecinaba, apartándolos y deslizándose de nuevo hacia la inconsciencia.
Miriam cogió la blusa por los hombros y la hizo bailar arriba y abajo al compás de las salvas de afectuosa burla de las chicas—¿Dormiste bien?—interrumpió la señora Philps incorporándose con viveza y asiendo con altivez el asa de la gran cafetera con su pequeña y ajada mano. El día de Navidad había comenzado. El tiempo para intentar decir cosas apropiadas sobre el regalo había terminado. Las seis manitas trajinaban entre los grandes objetos de la mesa. La blusa pendía real, una blusa, un glorioso exceso en su ropero apenas suficiente.—Sí, gracias, sí dormí—dijo ella con ardor, bajándola hasta las rodillas. El café, fuerte y con cuerpo, caía en las tazas. En un momento Grace iría repartiendo los platos con lonchas de tocino y Florrie habría terminado de extraer los huevos de la cazuela. Dejó la blusa con cuidado sobre el sofá y oyó, entre los ruidos de la mesa, los saludos que habían seguido a su llegada a la planta baja. El paisaje marrón y verde llamó su atención, viejo y quieto, reteniendo todo su conocimiento de los Brooms muy atrás, fresco con una nueva visita a ellos. Volvió el rostro hacia la mesa con un susurro. Alguien soltó una risita. Tal vez por algo que pasaba en la mesa. Miró a su alrededor. El aromático desayuno había aparecido ante ella—No dejes que se enfríe—se rio Florrie sacando el bote de mostaza de la escribanía y golpeándolo con fuerza frente a ella. Había algo que había olvidado, algún detalle que se estaba pasando por alto, algo que debía decirse en este momento para fijar la felicidad de todo aquello. Miró a Shakespeare y a la reina Victoria. Se estaba desvaneciendo—Mostaza—dijo Florrie dando golpecitos en la mesa con el bote de mostaza.—¿Oíste a los músicos de Navidad?—preguntó la señora Philps con melancólica acidez. Eso era. Se volvió con entusiasmo. La señora Philps estaba sorbiendo su café. Miriam esperó cortésmente con el tarro de mostaza en la mano hasta que ella dejó la taza y luego dijo con ansiedad, ofreciéndoselo—tocaron—Sírvete tú—se rio la señora Philps—una pieza preciosa, de lo más curiosa y anticuada—continuó con inquietud. Florrie la observaba atentamente. Esa era La rama de muérdago—se enorgulleció la señora Philps aceptando la mostaza.—Ah, esa es La rama de muérdago—meditó Miriam con estremecimiento. Así pues, la señora Philps la había oído y había sentido lo mismo en la noche. No faltaba nada. Todo lo que había sucedido desde que llegó al umbral regresaba fresco y continuaba en el día de hoy, desbordando la incomodidad de los paquetes. No había nada que decir; ninguna palabra que pudiera expresarlo; una melodía. … Esa es La rama de muérdago … dijo reflexivamente. Florrie estaba sentada muy erguida justo enfrente, masticando tranquilamente, con el cuchillo y el tenedor quietos en el plato. Las manitas y la boca de Grace trabajaban con gravedad. Empezó rápidamente a comer lo suyo, escuchando la melodía con rostro inteligente. Si Florrie le retiraba su atención, podría dejar su mente en blanco y recuperar la melodía. Imposible seguir adelante hasta que la hubiera recordado. Buscó algún comentario que sirviera de distracción. Grace habló. Florrie se volvió hacia ella. Miriam irradiaba asentimiento y sorbía su café caliente. Su fuerte aroma recorría sus sentidos. Se rio amigablemente. Alguien más se rio.—Claro que no lo hacen—dijo Florrie con su voz más estridente y se rio. Dos voces estallaron al unísono. Miriam escuchó los tonos, reflejando inteligencia en consecuencia, haciendo de árbitro en la disputa, con la mente divagando dichosamente por ahí. Al poco hubo silencio. La señora Philps se había puesto a la defensiva y había soltado algo categórico. Miriam releyó el comentario con culpa. No se le ocurría nada que pudiera añadirse a continuación con visos de sinceridad y se sentía grande y llamativa. El rostro de la señora Philps se había vuelto oscuro y viejo. Miriam miró con inquietud su significado. … Grandes y terribles enfermedades, el médico viniendo, problemas entre familias, alguien sentado y paralizado; pobreza, todo siendo diferente. … —Te gustan las Navidades con nieve, Miriam?—preguntó Florrie tímidamente. Miriam miró al otro lado. Se veía muy joven, una niña hablando por condescendencia, diciendo lo primero que se le ocurre no sea que alguien comente que ya es hora de irse a la cama. Respuestas hilarantes acudieron a la mente de Miriam. Habrían reavivado las risas y la conversación, pero habría habido resentimiento en la figura viuda a la cabecera de la mesa, la figura que había entrado con altiva dignidad en el gran comercio del norte de Londres y había elegido la blusa. El peso en el aire era espantoso—No parece haber Navidades con nieve hoy en día—dijo volviéndose con deferencia hacia su anfitriona con los ojos fijos en los ojos de niña de Florrie—La Navidad es algo muy distinto a lo que era—susurró la señora Philps recostándose con las manos cruzadas tras terminar de comer.—Oh, no sé, tía—corrigió Grace con inquietud—¿no vas a tomar tu tostada con mermelada? Viviste en el norte todas las Navidades de tu juventud. Siempre hace más frío allí. Toma un tostada, tía—Solíamos quemar troncos de Navidad—parpadeó la señora Philps, rechazando la tostada con queja. Miriam esperó imaginando la nieve en el jardín donde las camisas con volantes solían tenderse a blanquear en el rocío … la gran crecida, la ansiedad en las grandes casas—Los troncos de Navidad se verían raros en esta chimenea—se rio Florrie—Oh, no sé—insistió Grace.—Tuvimos algunos el año pasado. ¿No tenemos ninguno este año, tía?⸺Encargué algo de madera; no sé si ha llegado—Miriam no podía imaginar a los Brooms con troncos ardiendo. Sí, sí podía. Estaban más cerca de los troncos ardiendo que nadie que conociera. Sería más real aquí; más parecido a los leños encendidos de los suplementos navideños. El resplandor brillaría en sus rostros y mirarían hacia el pasado. Pero todo estaba en el pasado. Troncos de Navidad y luego, nada de troncos de Navidad. Todos, incluso los Brooms, estaban siendo empujados hacia un mundo nuevo y frío. No había tiempo para recordar—ya no se construyen chimeneas para leña hoy en día—sentenció la señora Philps. ¿Quién podía detener toda esta llegada y amontonamiento de mezquindades? Pero la amplia y apacible holgura de la mesa de desayuno de los Brooms quedaba a salvo de esas mezquindades. … ¿Vienes a la iglesia, Miriam?—Miriam miró a través de la condenada mesa de desayuno y se encontró con las miradas vigilantes. Detrás de Florrie, muy erguida en su buen vestido, que antaño fue el mejor, de dos años de antigüedad en su corte y metódicamente relegado a la ropa de mañana, el fuego seguía exhalando su extravagante bienvenida, el inicio de la mañana de Navidad aún flotaba en la estancia. Cuando todos se hubieran atareado y marchado, habría desaparecido. Miró a su alrededor para comprobar que todos habían terminado y apoyó los codos en la mesa.—Bueno—dijo con plenitud. Hubo una relajación expectante en las posturas—Me gustaría mucho ir. Pero—Grace, jugueteando con su broche, había lanzado su mirada franca, ardiente y afectuosa—cuando vi al señor La Trobe trepando al púlpito—los ojos de Florrie estaban bajados y la señora Philps se sonaba la nariz mirando con melancolía por encima de su pañuelo hacia la pequeña ventana salediza con cortinas—Miriam esbozó un hoyuelo y miró de soslayo a Grace captando sus ojos tímidos y expectantes—me pondría de pie en el asiento … daría un fuerte grito—las tres risas estallaron a la vez—y caería sin aliento al suelo—Entonces más te vale no ir sin duda—se rio entre dientes Florrie en medio de un general secado de lágrimas—Vi a las señoritas Perne en lo de Strudwick el viernes; la señorita Perne y la señorita Jenny—oh, ¿de verdad?—respondió Miriam apresuradamente. La estancia perdió algo de su integridad. Había un ir y venir, la grisura apremiante de un mundo exterior—¿Cómo están?⸺Parecían muy bien—No parecen cambiar—Oh, me alegro tanto—Preguntaron por ti—Oh⸺No les dije que te esperábamos—Oh, ¡hace tanto tiempo!—Siempre decimos que estás muy ocupada y trabajas mucho—sonrió Grace—Sí, eso es. … —No ibas a menudo ni siquiera cuando la señorita Haddie vivía—No; era muy buena; solía venir a verme al West End cuando llegué por primera vez a la ciudad.—Cómo les gusta el West End—Tía, no las culpo.—Te escribía mucho, ¿verdad, Miriam?—Solía venir a hablar conmigo a una tetería a las seis y cuarto … sí, escribía con regularidad—dijo Miriam con irritación—Tenías muchísimo afecto a la señorita Haddie, ¿verdad?—Miriam escudriñó el espacio luchando con un enredo de afirmaciones. Su mente saltaba de un incidente a otro tejiéndolo todo en una impresión general—tan fuerte y clara que otorgaba una especie de desesperación a su dolorosa conciencia de que nada de lo que veía y sentía era visible para los tres pares de ojos con distinta vigilancia. Vertido caóticamente, les sonaría como el delirio de la locura. Todo contradictorio, arriba y abajo, hacia atrás y hacia adelante, todo verdad. Las cosas que captarían aquí y allá malinterpretarían su persona y el cuadro entero. ¿Por qué la gente insistía en hablar de las cosas—cuando nunca se puede comunicar nada? … Palpó con enfado en la quietud expectante. Podía ver sus mentes con tanta claridad; por qué no se limitaban a mirar y ver la suya en vez de esperar algún pronunciamiento imposible. Un sí sería una mentira. Un no sería una mentira. Cualquier afirmación sería una mentira. Todas las afirmaciones son mentiras. Me gustan las Pernes más que vosotras. Me gustáis todas vosotras más que las Pernes. Os odio. Odio a las Pernes. Yo, por supuesto tenéis que saberlo, odio a todo el mundo . Adoro tanto a las Pernes que no puedo ir a verlas. Pero vosotras venís a vernos. Sí; pero insistís. Entonces no nos queréis más que a las Pernes; os gusta todo tipo de gente tanto o tal vez más que nosotras. No tengo nada que ver con nadie. No debéis encasillarme en ninguna parte. Estoy en todas partes. Dejad que el día continúe. No os sentéis ahí mortificándome. … —Siempre te mandan recuerdos y dicen que tienes que ir a verlas—Oh, sí, tengo que ir; algún día—Quieren muchísimo a sus chicas. … Es uno de los mayores placeres de sus vidas mantenerse en contacto con las antiguas alumnas—El cansancio volvía a invadir a Miriam; su rostro se ruborizó y sus manos estaban grandes y frías. Las deslizó hacia sus rodillas desvinculadas. Un leve sí pondría fin a la sesión.—Pero ya veis que yo no soy una antigua alumna—dijo con impaciencia. Nadie habló. La mente de Florrie se dirigía oscuramente hacia los asuntos del día. Tal vez la señora Philps y Florrie llevaban unos minutos pensando en ellos.—Ya sabes que sí marca la diferencia—continuó ella, buscando atenta la atención—cuando la gente son tus empleadores. Nunca puedes sentir lo mismo—Todo el mundo se quedó en vilo—y la señora Philps sonrió con curiosidad triunfante.—¡No habría pensado que marcara ninguna diferencia para ti, Miriam!—dijo Florrie ruborizándose intensamente.—Creo que sé lo que quiere decir Miriam—dijo Grace con gentileza y radiante—Siempre me siento alumna con ellas por mucho que las quiera—Grace, ¿sabes que eres mi alumna?—dijo Miriam estallando en una carcajada.—Puedo ver a Grace—prosiguió arrastrándolas a todas con ella, ignorando los ojos fugaces sobre las cosas sombrías que se asentaban pesadamente en su corazón—mirando por la ventana en la habitación pequeña donde se supone que tenía que estar dando una clase de alemán—Sí, lo sé, querida Miriam, pero ahora que me conoces, sabes que nunca se me han dado bien los idiomas—Eres mi alumna—Parece absurdo pensar en ti como profesora ahora que te conocemos—se rio Florrie.—¿No te alegra que haya terminado, Miriam?—Me encantaba enseñar. Nunca he dejado de añorar volver a la escuela yo misma—bostezó Miriam distraídamente.—No vas a encontrar mucha simpatía en Florrie—Yo era una perfecta tonta—radió Florrie. Todos rieron.—A menudo pienso ahora—se rio Florrie sonrosada y llorosa—cuando abro la puerta de la calle para salir, lo contenta que estoy de que no haya más escuela—Miriam miró al otro lado riendo con afecto.—¿Por qué te gustaba tanto tu escuela, Miriam?—No me gustaba, salvo de vez en cuando, muchísimo, en destellos. No sabía lo que era. No había visto otras escuelas. No sabía qué estábamos haciendo—No era—una—una escuela selecta para señoritas, no había nada de eso en ella—Nunca sabes cuándo eres feliz—reprendió la señora Philps—Oh, no sé, tía, creo que sí se sabe—apeló Grace, con los ojos llenos de una tímida defensa.—Soy muy feliz, gracias—¿no somos todos felices, queridos hermanos?—gorjeó Miriam hacia la escribanía.—Niños tontos—Vamos, tía, sabes que sí. Sabes que disfrutas enormemente de la vida.—¡Claro que sí!—exclamó la señora Philps radiante y engreída. En un tono devoto y bajo añadió—son las pequeñas cosas sencillas las que te hacen feliz; las cosas que ocurren todos los días—Por un momento no hubo más que el sonido del fuego parpadeando en el aire alegre.—¿No deberíamos hacerla pasar, tía?—murmuró Grace. Florrie se levantó con presteza y tocó el timbre.
Todas subieron apresuradamente. Ni siquiera Grace se detuvo.—Déjame ir a ayudarte a hacer mi cama —dijo Miriam acompañándola hasta la puerta—.-No, tienes que descansar.—No quiero descansar.—Entonces puedes dar vueltas por la habitación.—Se volvió hacia el silencioso desorden. Arriba se oían ruidos atareados. Una voz apresurada, baja y reprobatoria asomó al descansillo... —y enciende el fuego del salón tan pronto como termines de recoger y cuando venga el cartero deja las cartas en el buzón... —Christine bajó sin responder. En un momento entraría. Alejándose de la atracción de la blusa, Miriam deambuló hacia la chimenea. Sus ojos se dirigieron a la silla del rincón, medio oculta por el gran sillón. Ahí estaban, encima de la pila de periódicos y revistas. El Anuario de Dare quedaba arriba del todo, con su cubierta brillante de acebo. Sus manos se extendieron... mirarlos ahora habría sido adelantarse a la tarde. Pero habría al menos dos Windsor que no había visto. Sacó uno y se quedó hojeando las páginas. Sería imposible volverse y decir un Feliz Navidad y luego seguir leyendo, y igual de malo dejar de leer y no decir nada más. Se plantó en medio de la alfombra de la chimenea con la cara hacia la habitación. ¿Por qué iba a pararse ventajosamente allí mientras Christine trabajaba a regañadientes? ¿Por qué le iba a alegrar a Christine que le dirigieran la palabra? Pensó un feliz Navidad con varias voces diferentes. Todas sonaban insultantes. Christine seguía haciendo ruido en la cocina. Había tiempo para escapar. La puerta del salón estaría cerrojada y eso significaba ir a buscar una de las sillas del recibidor y anunciar a toda la casa un impulso extraordinario. Arriba aún le estarían haciendo la cama o limpiando el polvo de la habitación. Acercó el taburete y se sentó abatida, muy cerca del fuego, como si tuviera un fuerte constipado y estuviera con ansiedad sumida en las páginas de la revista. Quizá Christine pensaría que no la había oído entrar... adivinó la historia por las ilustraciones y se adentró en el texto a mitad del relato. Ninguna mujer que mecanografiara de la mañana a la noche y viviera en una pensión pobre podía tener ese aspecto... quizás algunas sí... quizás así era como debían de tener aspecto las oficinistas... pasó las páginas rápidamente; moviéndose automáticamente para dejar sitio a unas botas que estaban poniendo en el guardafuegos; dispuesta a hablar en un momento dado si quienquiera que fuese no decía nada; la figura se volvió hacia la mesa. Era Christine. Si se sonaba la nariz y tosía, Christine sabría que sabía que estaba allí. Pasó una página con rapidez y se envolvió profundamente en la siguiente. Cuando Christine se hubo ido con una bandeja llena, retomó su lugar en la alfombra de la chimenea dispuesta a verla por primera vez cuando volviera a entrar y cruzar su mirada y decir Buenos días, te deseo una feliz Navidad. Christine entró sin forma y comenzó a recoger lo que quedaba con manos hoscas. Su rostro estaba cerrado e inexpresivo y sus ojos bajos. Los ojos de Miriam la siguieron, esperando a que los ojos se alzasen, con los labios impotentes. Era demasiado tarde para decir buenos días. La tristeza fue creciendo en la habitación. Sus pensamientos iban de un lado para otro, sin hogar, entre su variado mundo y la figura grumosa que se movía hosca al borde de una vida desconocida. Entrando con atención por la puerta semiacabierta, con un plumero cuidadosamente apelotonado en la mano, apareció Florrie. Miriam lanzó un saludo que barrió alrededor de Christine y salió a un mundo brillante. Hizo que Florrie se acercara a su lado, tímida y entusiasta. Christine, al emprender su marcha definitiva, alzó la vista. Miriam se sonrojó a través de su risa, encontrándose firmemente con el inexpresivo brillo castaño de los ojos de Christine. —Hola, señora O’Hara —se defendió, reponiéndose para la pregunta que seguiría al cerco de Florrie en su cintura—. —Hola, pequeña Miriam; estás contenta —soltó Florrie tímidamente—. ¿Estás descansada? —Sí —dijo Miriam formalmente—, creo que lo estoy. —Se volvieron, Florrie retirando el brazo, y se quedaron mirando el fuego.—Oooch, ¿no hace frío? —dijo Grace desde la puerta—. ¿Has hecho las sillas del recibidor? —No, vine aquí a entrar en calor primero.—Hace frío —dijo Grace acercándose a la alfombra de la chimenea—. ¿Estás calentita, Miriam, cariño?—¡Estoy tan calentita que creo que debería subir corriendo a hacer gimnasia sueca y lavarme los dientes! —dijo Miriam vivamente, preparándose para seguir a Florrie fuera de la habitación.—Grace dejó caer su plumero y la rodeó con los brazos, levantando una cara ansiosa y suplicante—. Quédate aquí mientras paso el polvo, mi amor. Puedes lavarte los dientes cuando nos hayamos ido. Querida carita rosada. ¿Cómo estás, mi dulce? ¿Estás descansada? —preguntó entre besos suaves dados aquí y allá.—Jamás mejor, viejo camarada. Te digo que jamás mejor... —Grace rió suavemente en su cara y se quedó abrazándola, sonriendo con su sonrisa ansiosa, suplicante y solícita.—Te digo que jamás mejor —repitió Miriam.—Querida y dulce carita rosada —sonrió Grace y se volvió con cuidado para seguir pasando el polvo. Miriam se hundió en un sillón, escuchando el roce suave y terso del plumero sobre las superficies muy pulidas.—Bueno —preguntó al poco rato—, ¿cómo van las cosas en general? —Grace se levantó de rodillas y cerró la puerta con cuidado. Volvió con el miedo oscureciendo el lustre aterciopelado de sus ojos—. Oh, no lo sé, Miriam querida —murmuró arrodillándose en la alfombra de la chimenea cerca de las rodillas de Miriam y tendiendo las manos hacia el fuego.—Ya se ha acabado todo, pensó Miriam, ha fracasado.—Tengo muchísimas cosas que contarte. Quiero pedirte consejo... —Recuerda que ni siquiera lo he visto nunca —arguyó Miriam automáticamente, imaginando el asedio, la repentina toma de conciencia y el miedo, la recaptura de la libertad, la retirada educada, oculta y decidida.—Oh, pero tú siempre lo entiendes. Espera a que podamos hablar —suspiró levantándose de rodillas y besando la frente de Miriam. Todo había terminado. Grace se aferraba a alguna explicación «razonable» de algún asunto definitivo. Buscó en su mente algo de sus propias circunstancias dispersas para alimentar su charla cuando llegara el momento. Tendría que inducir a Grace a dar media vuelta y seguir... el final de la larga historia de detalles fielmente recordados sería un alivio... las profundidades delicadas de su trato volverían... su alcance hacia atrás y hacia adelante; y, sin embargo, sin nada en el segundo plano... parecía como si siempre se necesitara algo en el segundo plano para dar el pleno fulgor a cada día... había que hacerle ver el rostro real de la circunstancia y saber entonces y sentir que no estaba desamparada; que el fulgor estaba allí... primero para barrer la ilusión implacablemente... y luego dejar que el fulgor volviera, empezara a volver, de otra fuente.
Sola con el silencio a lo largo de toda la calle, Christine inaudible en la cocina, un silencio de muerte en la casa, Miriam se atisbó la blusa y corrió escaleras arriba.
Mientras atravesaba las luces cambiantes del pasillo, subiendo por la escalerilla oscura pasando el recodo que conducía al cuartito de aseo y al cuartito de baño y resplandecía con la luz de una pequeña celosía sin cortinas, subiendo los cuatro escalones que la llevaban al descansillo donde las puertas opuestas de los dormitorios inundaban con su luz la franja de alfombra verde entre la barandilla lustrada y la alta y lustrada librería de puertas de cristal, escenas del futuro, moviéndose en fondos sin límites, acudían en tromba sin ser llamadas a su mente, haciendo que su entorno resultara de pronto ajeno… el pasado volvería…
Dentro de su habitación —ordenada hasta que nada era visible excepto los muebles y adornos relucientes, de brillo permanente; solo la gran caja de cerillas en la esquina de la repisa de la chimenea delatando el transcurso de los días individuales, hablándole de noches de llegada, el encendido del gas, la luz súbita en el globo esmerilado que preludiaba la libertad y el descanso, trayendo el comienzo del descanso con el destello de la habitación fresca y silenciosa— encontró el pasado más cercano, sus años de trabajo en Londres suspendidos en el aire, enmarcados y contemplables como los cuadros de la pared, y junto a ellos los primeros años dorados a jirones, imágenes escogidas de aquí y de allá, comunicadas y guardadas en la leal memoria de los Broom. Saltando entre estos días vivos vino el día de hoy… la blusa pertenecía al año que aguardaba muy lejos, invisible tras el alto muro de la Navidad. La dejó caer sobre la cama y bajó corriendo al saloncito.
El fuego aún no había vencido la humedad del aire. La habitación estaba llena de extrañas luces tenues que entraban a través de la puerta de vidrieras de colores del pequeño invernadero.
Ella empujó la puerta de cristal, convirtiendo la luz en un verde suave, y se sentó amigablemente en un sillón bajo con las manos entrelazadas sobre las rodillas, mientras los temas corrían por su mente con una voz vibrante de risa contenida. En sus oídos resonaba el rumor de la lluvia primaveral sobre el follaje del jardín y, al poco, una voz que decía ¿dónde vamos a ir este verano? …
Para cuando regresaran, ella estaría demasiado feliz como para hablar. Tal vez fuera mejor salir al laberinto de callejuelas y, al cansarse de ellas, alegrarse de volver.
Al dirigirse hacia la puerta, vio el jardín en la plenitud del final del verano, las vacaciones terminadas, sus cumbres brillando a través de largas charlas en el banco al fondo del jardín, el fulgor recíproco de las grandes flores de clemátide morada que ocultaban la mampostería del norte de Londres del pequeño invernadero, los grandes espacios del otoño abriéndose una y otra vez, discurriendo ricos en acontecimientos hasta donde el alto muro de Navidad volvía a alzarse para excluir el futuro.
Subió corriendo las plantas, despojándose de la vista y el oído, y se metió a toda prisa y sin pensar en su ropa de calle y salió a la calle.
Caminaba sin rumbo por las pequeñas calles, girando una y otra vez, hasta llegar a una amplia y abierta avenida bordeada de altas casas grises que se retiraban tras incoloros jardines cercados por verjas. Los tranvías tintineaban de arriba a abajo por el centro de la vía, mostrando los nombres de zonas desconocidas de Londres. Había gente de pie en las isletas de las paradas, subiendo y bajando de los tranvías. Había ido demasiado lejos. Aquel era el yermo, el alma descarnada del norte de Londres, su áspero, inmutable y abarcador olvido.
… Innumerables impresiones acumuladas en paseos con las alumnas o en solitarias deambulaciones; los motivos y sentimientos sin velos de la gente con la que se había cruzado en las calles, la expresión de las narices y de los hombros, la indefinible uniformidad de porte, propósito y visión, se agolpaban en su interior, oprimiendo y oscureciendo el aire nítido y luminoso. Ella luchaba contra ellos, aferrándose al sentido del día. Era Navidad para todos ellos. Celebraban la Navidad en sus hogares, la llevaban a las calles, deambulaban con paquetes, se saludaban con sus voces ásperas e irónicas. Mucho tiempo atrás había dejado atrás el mundo de ellos para siempre, llevándolo consigo, una herida en su conciencia sin cicatrizar, pero incapaz de volver a infligirse, incapaz de extenderse a su vida. Ellos y su mundo seguían allí, inalterados. Pero jamás volverían a tocarla, atrincherada en su riqueza. Ya no importaba que siguieran su camino exactamente del modo en que lo seguían. Odiarlos por el sufrimiento pasado, ahora que estaban desterrados e indefensos, era permitirles que arruinaran su día.
…
Eran incluso una posesión, algo curioso y aparte, desconocido para cualquiera en su vida londinense... queridos norteños de Londres.
Hizo una pausa por un momento, mirando con osadía hacia las figuras que se movían en las isletas. Después de todo, ellos no sabían que era frío y desolado y áspero y espantoso andar por ahí el día de Navidad en un lugar que parecía lo que parecía este lugar, en tranvías.
No sabían qué les pasaba a sus ropas, a su porte y a su manera de ver las cosas. Eso era lo terrible, sin embargo. ¿Qué podía enseñarles? Había tantos. Vivían y morían mezclados entre sí. ¿Qué podía cambiarlos?...
Her face felt drawn and weariness was coming upon her limbs …
a group was approaching her along the wide pavement, laughing and talking, a blatter of animated voices; she turned briskly for the relief of meeting and passing close to them … too near, too near …
prosperity and kindliness, prosperous fresh laughing faces, easily bought clothes, the manner of the large noisy house and large secure income, free movement in an accessible world, all turned to dangerous weapons in wrong hands by the unfinished, insensitive mouths, the ugly slur in the speech, the shapelessness of bearing, the naively visible thoughts, circumscribed by business, the illustrated monthly magazines, the summer month at the seaside; their lives were exactly like their way of walking down the street, a confident blind trampling.
Speech was not needed to reveal their certainties; they shed certainty from every angle of their unfinished persons.
- Certainty about everything.
- Incredulous contempt for all uncertainty.
- Impatient contempt for all who could not stand up for themselves.
- Cheerful uncritical affection for each other.
- And for all who were living or trying to live just as they did …
Los pequeños arbustos de laurel variegado agrupados en canteros rectangulares cercados a lo largo del sendero de grava, entre las dos anchas franjas de pavimento, atrajeron su mirada. Brillaban tersos, con su esmalte amarillo y verde lavado por la lluvia de ayer. Apuró el paso sintiéndose atraída hacia ellos con la mirada baja. Le devolvían el brillo sin el calor del sol, superficies sin raíces ni savia plantadas en arcilla repulsiva, desplegadas en un aire sin sentido. De un lado a otro se deslizaban sus ojos sobre las hojas barnizadas… los vio en un parque en medio de oscuros y compactos perennes, centelleando a través de la neblina vespertina, reteniendo los últimos rayos de luz mientras la gente se dispersaba dejando libres las pendientes y las perspectivas… avenidas grises y pendientes cubiertas de rocío desfilaban ante ella bajo la débil luz del alba, el gris volviéndose cada vez más pálido; el rocío se convertía en un reguero de joyas y el cielo se elevaba muy alto por encima del creciente brillo verde y dorado bañado por el sol. Figuras matutinas aisladas se apresuraban a través del parque, conscientes de su frescura matutina, viéndolo como su propio jardín secreto, parte de su día secreto…
Desde la blanca fachada bañada por el sol de una gran casa londinense, los laureles miraban hacia abajo a través de una balaustrada de pilares de piedra blanca.
Aparecían de repente con la luz de una farola, agrupados a salvo tras las rejas de una plaza de Bloomsbury… la boca de una calle lateral la devolvió al laberinto de callejuelas.
La presencia protectora de la casita estaba allí y ella caminaba pausadamente, feliz, a través de canales de protegido silencio bañado por el sol…
¿Qué hacía allí? En época navideña uno debía estar donde pertenecía. Acudiendo y rondándola surgían las exigencias de los hogares que habían estado abiertos a su elección, atrayéndola de vuelta a la vieja vida, la única vida conocida por quienes se sentaban a su alrededor. Miraban desde esa vida, viendo la suya como dureza y penumbra, compadeciéndola, desviando con reticencia los ojos ciegos de sus intentos por revelársela y dársela a conocer. Se vio a sí misma abandonando esfuerzos, adoptando una animación desesperada, profesando intereses y opiniones y hablando como habla la gente, mientras ellos la observaban con ojos que no veían más que un intento lastimoso de ocultar un destino espantoso, la pobreza solitaria, la ausencia de cualquier perspectiva abierta, nada por delante sino una penumbra que se hacía más profunda a medida que los años se iban sumando. Esos eran los hechos —tal como casi cualquiera podría verlos. Hacían que esos hechos cobrasen vida; tiraban de la maraña de sentimientos que tenían el poder de conducir a uno de regreso a través de cualquier pequeña abertura aplastante y mutiladora. …
Entre ellos vivía el pasado y aquello que le había puesto fin y lo había sumido en una oscuridad que aún contenía la amenaza de destruir la razón y la vida.
Tal vez solo así se le podía hacer frente.
Tal vez solo de esa manera.
¿Qué otra manera había?
El olvido lo borraba todo y dejaba seguir viviendo. Pero siempre estaba ahí, imposible, al mirar atrás. …
La casita traía el olvido y el descanso. No interrumpía la nueva vida. La nueva vida fluía a través de ella, bañada de sol. Era una huida por perspectivas extrañas, una superabundancia de salvaje extrañeza, con el hilo conductor en la mano, la puerta de retirada siempre abierta; el descanso y el olvido acumulándose en el interior de uno hasta convertirse en fuerza.
Los incidentes que Grace había descrito desfilaban en pequeñas escenas inconexas dentro y fuera de las cavernas del fuego moribundo. Esperaba con temblor un veredicto. A Miriam le parecieron tan decisivos que le costaba mantenerse en el punto de vista de Grace. Se situó en el pintoresco suburbio, vislumbró a lo lejos los bosques de Highgate, la bonita casa esquinera aislada en su jardín, a las hermanas con los vestidos que habían llevado en el baile charlando con su madre dentro de la casa, atendidas por su educado y admirador hermano; su inconsciencia, sus vidas tal como se veían a sí mismas. Todo encajaba con los sombreros de paja de Leghorn que habían llevado en la fiesta en el jardín de la liga durante el verano. Podría haber advertido a Grace entonces de haber sabido lo de los sombreros. … Grace aún no había descubierto que la gente se organizaba en grupos. … Lo único honesto que se podía decir ahora sería—ah, bueno, claro, con una madre y unas hermanas así; ¿no ves lo que son? Su mente trazó un pequeño círculo en torno al grupo familiar. Giraba sin cesar a su alrededor mientras avanzaban por la vida. Frunció el ceño con seguridad hacia el fuego, aliándose con la gente desconocida que conocía tan bien. Si no hablaba, Grace vería en ella algo de la cualidad que servía de pasaporte a ese mundo de voz suave … se imaginaba cada vez más adentrada en él, viendo los incidentes cotidianos, oyendo las conversaciones deslizarse por las superficies de unas mentes que, en medio de todas sus diferencias, formaban una sola superficie uniforme, inconsciente, intacta, exasperantemente incuestionable e ignorante. … No sabían nada de nada, aunque tenían palabras fáciles y fluidas para todo … bajo la superficie que mantenía a Grace alejada eran … amebas, una inconsciencia espantosa y resuelta … pulpos … cosas espantosas con un solo ojo, tentáculos, glándulas de veneno … la superficie los había hecho a ellos, no ellos la superficie; las reglas … eran la civilización. Pero conocían las reglas; sabían cómo mantener las apariencias … se aferraban a ellas y vivían de acuerdo con ellas. Era una especie de juego. … Eran mártires; con vidas vacías … siempre despiertas, día y noche, con voluntades inquebrantables … se dio la vuelta y se topó con unos ojos francos que aún esperaban un veredicto. Toda la fuerza de la personalidad de Grace temblaba allí; toda la fe inquebrantable en la razón y en los principios. Tal vez si tuviera el terreno libre pudiera desarmarlos … a cualquiera, a todos. Si lograra acercarse lo suficiente, descubrirían su realidad y su fuerza. Pero no querrían ser como ella. Al final huirían asustados ante la intuición de lo que era, para refugiarse de nuevo en las cosas que ella no veía. … Ya lo habían hecho. Él lo había hecho; era evidente. O no habría podido hablar de él. Si puedes hablar de algo, ya es cosa del pasado … Hablar hace que cobre una vida que no le pertenece.—Hay mucho más que contarte—dijo Grace apretándole la mano.
Miriam se apartó del fuego; Grace tenía el mismo aspecto que cuando empezó su relato. Miriam se reclinó en su silla escrutando su rostro y su figura, intentando hallar y expresar el secreto de su indomable convicción.
Tal como era, ¿por qué no podía bastarse a sí misma? Acorralada en la incertidumbre, parecía menos que ella misma. Su ropa esmerada y pulcra, tan exquisitamente cuidada, la delicada cadena de oro viejo, la pequeña cruz perlada, los viejos, finos y delicados anillos, los siglos de nebuloso eclesiasticismo en su cabeza y en su rostro, la mirada de espera que se asoma desde días enmarcados en piedra gris hacia un esplendor enjoyado, se empequeñecían y acotan con su incertidumbre.
Era insoportable que carecieran de significado... Grace estaba dispuesta a llevarse todo lo que poseía a un mundo donde no tendría significado; dispuesta a desaparecer y ser transformada. Ya estaba cambiada. No podía retroceder y no había adónde avanzar.
Miriam bajó los ojos y se reclinó en su silla. La marea de su propia vida fluía fresca a su alrededor; la habitación y la figura a su lado formaban una escena tajantemente separada, una obra contemplada desde la distancia, cuyo final era visible desde el principio para ser leído en las formas y los tonos y los pliegues de la escenografía, donde las intenciones y las declaraciones no eran más que una impotente irrelevancia, soportable únicamente por las oportunidades que ofrecían aquí y allá, involuntariamente, de una repentina huida hacia la realidad que nada tocaba ni alteraba. Si al menos se pudiera obligar a Grace a ver esa realidad inmutable. … Oh, querida Miriam —susurró Grace con un tono uniforme y ansioso—. Miriam reprimió el deseo de silbar;—Ah, bueno, claro, eso puede marcar la diferencia —dijo a toda prisa, frenando el temblor de su voz.
Muy al fondo en las cavernas del fuego la vida se movía bañada de sol. Bajó los ojos y retiró la mano que Grace había estrechado. La vida danzaba y cantaba en su interior; jirones de canciones; la sensación del canto del viento; una luz clara y brillante fluyendo a través de grandes casas, avivándose en las paredes y escaleras y a lo largo de amplias habitaciones. A lo largo de claros avenidas de luz que irradiaban desde el futuro, brotando desde sus espaldas hacia los canales internos de sus ojos y oídos, venían formas desconocidas que se movían en un resplandor, arrojando un resplandor sobre el pasado visible, calentando sus sombras, bañando sus llanuras luminosas en oro chispeante. Sus manos libres se alzaron hasta que solo las yemas de los dedos descansaban sobre sus rodillas y su cabello forcejeaba desde las raíces como si toda su longitud fuera a erguirse y ondear hacia arriba.—Ya ves—dijo para ganar un instante.
De pronto su mente se quedó en blanco. Su cuerpo pesaba sobre la silla, mal vestido, demasiado abrigado, con un hormigueo petulante de deseos. Se movió, apartándose con repulsión de su fea, inexorable y barata ropa, de sus gafas, del misterio de su cabello rígido y peinado con estúpidez; ¿cómo, cómo, cómo lograba la gente darle expresión a su cabello a propósito y no por casualidad? ¿Por qué le quería Grace a pesar de todas estas cosas, a pesar de los malos pensamientos que debían notarse? La quería. No había sentido nada, no había visto nada. Disimuló su rostro y se volvió hacia Grace, mirando más allá de ella, hacia la oscuridad fuera del alcance de la luz del fuego. Justo en el límite de sus gafas, el rostro iluminado por el fuego de Grace brillaba en el borde de la oscuridad, medio vuelto hacia ella. Saltó a su mente la constatación de que estaba allí sentada hablando con alguien… Maravilloso hablar y oír una voz que responde. Asombroso; más maravilloso y asombroso que cualquier cosa que pudieran debatir. Grace tenía que saberlo, incluso aunque no fuera consciente de ello… algún pequeño sonido que ambas pudieran oír, una pequeña marca en la quietud, que disipaba luz y alivio. Desvió la mirada y se encontró con los ojos de Grace, aterciopelados, profundamente chispeantes, que destilaban admiración y amor tiránico, esperando pacientemente… —Bueno —dijo Miriam, buscando somnolienta el hilo de un pensamiento coherente—. —¿Te refieres a que hay diferencia en cuanto a que yo vaya a devolverle la visita a mi tía? —preguntó Grace con miedo en los ojos. —No, querida —dijo Miriam con impaciencia. —¿Acaso no ves que de todos modos no puedes hacerlo? —Llevan solo cinco años —dijo Grace en un recitativo bajo y decidido—. Nosotras hemos vivido en casi el mismo vecindario durante quince. Así que nos toca a nosotras hacer la primera visita. —Miriam suspiró ásperamente. —Eso no importa un bledo —replicó ruborizándose de ira—. —Ojalá tuviera tu capacidad para entender las cosas, querida Miriam —dijo Grace con suave cansancio. —Bueno… tenemos mañana y lunes —dijo Miriam levantándose con un ademán de energía y tocando notas al azar en el piano. Grace se rio. —¿Supongo que deberíamos encender el gas? —dijo, ¿levantándose? —¿Por qué? —Ah, bueno… Florrie vendrá y preguntará por qué estamos a oscuras. —¿Y qué si lo hace? —Ah, bueno, creo que lo encenderé, Miriam. Miriam volvió a sentarse y se quedó mirando el fuego. Después de cenar se sentarían todos, crudamente visibles, alrededor de la estufa caliente, soportando la sofocante e innecesaria luz del gas.