Él era un poeta. Veía para nuestros ojos y escuchaba para nuestros oídos, y nuestras palabras silenciosas estaban sobre Sus labios; y Sus dedos tocaban lo que nosotros no podíamos sentir.
De Su corazón volaron innumerables aves cantoras hacia el norte y hacia el sur, y las florecillas de las laderas detuvieron Sus pasos hacia los cielos.
A menudo le he visto inclinarse para tocar las briznas de hierba. Y en mi corazón le he oído decir:
«Pequeñas cosas verdes, estaréis conmigo en mi reino, al igual que las encinas de Basán y los cedros del Líbano».
Él amaba todas las cosas hermosas, los rostros tímidos de los niños y la mirra y el incienso del sur.
Le encantaba una granada o una copa de vino que se le ofreciera con bondad; no importaba si se la ofrecía un extraño en la posada o un rico anfitrión.
Y amaba las flores del almendro. Lo he visto juntándolas en sus manos y cubriéndose el rostro con los pétalos, como si quisiera abrazar con su amor a todos los árboles del mundo.
Él conocía el mar y los cielos; y habló de perlas que tienen una luz que no es de esta luz, y de estrellas que están más allá de nuestra noche.
Conocía las montañas como las conocen las águilas, y los valles tal como los conocen los arroyos y los torrentes. Y había un desierto en Su silencio y un jardín en Su palabra.