Condiciones análogas a estas existieron hasta finales del siglo pasado. La gran masa de toda la producción manufacturera se realizaba en pequeños talleres, cada uno de los cuales empleaba únicamente a unos pocos obreros; y el fabricante o maestro artesano laboraba codo a codo con sus oficiales y aprendices.
Los productos de estos pequeños talleres se vendían en la comarca inmediatamente adyacente. Por supuesto, el número de estos talleres dispersos era tan grande que la posibilidad de unir a todos los fabricantes de un mismo oficio en una sola organización para impedir la competencia entre ellos estaba más allá de los pensamientos del más visionario.
El presente siglo ha visto cumplirse tres grandes prodigios económicos:
- la invención de maquinaria que ahorra trabajo, multiplicando enormemente la eficiencia de la labor en cada arte y oficio;
- la aplicación de la energía del vapor a la propulsión de dicha maquinaria; y
- la extensión por todas las tierras civilizadas de una red de líneas ferroviarias, que proporciona un medio de transporte rápido, seguro y milagrosamente económico a todas partes del mundo civilizado.
Para obtener el mayor beneficio de estos aparatos, se ha vuelto necesario concentrar nuestras operaciones de fabricación en fábricas enormes; reunir bajo un mismo techo a mil obreros, multiplicar por diez su eficiencia mediante el uso de maquinaria moderna, y distribuir los productos de su trabajo en los mercados del mundo civilizado.
El agente que ha actuado para producir este resultado es la competencia.