Él—pues no cabía duda de su sexo, aunque la moda de la época ayudara a disimularlo—estaba en pleno acto de rebanar la cabeza de un moro que pendía de las vigas. Tenía el color de un viejo balón de fútbol, y más o menos la misma forma, a excepción de las mejillas hundidas y un par de mechones de pelo áspero y seco, semejante al pelo de un coco. El padre de Orlando, o tal vez su abuelo, se la había arrancado de los hombros a un enorme pagano que se había levantado a la luz de la luna en los campos bárbaros de África; y ahora pendía, con suavidad, perpetuamente, en la brisa que nunca dejaba de soplar por las buhardillas de la gigantesca casa del señor que lo había matado.
Los padres de Orlando habían cabalgado por campos de asfódelos, y campos pedregosos, y campos regados por ríos extraños, y habían cercenado muchas cabezas de muchos colores de muchos hombros, y las habían traído de vuelta para colgarlas de las vigas. Así lo haría también Orlando, juró.
Pero como solo tenía dieciséis años, y era demasiado joven para cabalgar con ellos en África o en Francia, se escapaba a hurtadillas de su madre y de los pavos reales en el jardín y se iba a su buhardilla, y allí estocaba, arremetía y rebanaba el aire con su hoja.
A veces cortaba la cuerda de modo que el cráneo daba un golpe seco en el suelo y tenía que volver a colgarlo, sujetándolo con cierta hidalguía casi fuera del alcance para que su enemigo le sonriera triunfante a través de unos labios resecos y negros. El cráneo se balanceaba de un lado a otro, pues la casa, en cuya parte más alta vivía, era tan vasta que en ella parecía atrapado el viento mismo, soplando de este a lado, soplando de aquel, invierno y verano. El tapiz verde con los cazadores en él se movía perpetuamente.
Sus antepasados habían sido nobles desde el principio mismo de su existencia. Salieron de las brumas del norte llevando coronas en la cabeza. ¿No estaban formadas las barras de oscuridad de la estancia, y los charcos amarillos que ajedrezaban el suelo, por la luz del sol que atravesaba las vidrieras con el enorme escudo de armas de la ventana?
Orlando se hallaba ahora en medio del cuerpo amarillo de un leopardo heráldico. Al poner la mano en el alféizar para abrir la ventana, se tiñó al instante de rojo, azul y amarillo como el ala de una mariposa.
Así pues, quienes gusten de los símbolos y tengan cierta habilidad para descifrarlos podían observar que, aunque las piernas bienformadas, el hermoso cuerpo y los hombros gallardos estaban todos ellos decorados con diversos tintes de luz heráldica, el rostro de Orlando, al abrir de par en par la ventana, estaba iluminado únicamente por el sol mismo. Resultaría imposible encontrar un rostro más candente y huraño.
¡Feliz la madre que lo alumbra, más feliz aún el biógrafo que consigna la vida de tal persona! Nunca ha de afligirse ella, ni él invocar la ayuda de novelista o poeta.
De hazaña en hazaña, de gloria en gloria, de cargo en cargo debe ir él, con su amanuense pisándole los talones, hasta alcanzar el asiento que sea la cúspide de su deseo.
Orlando, a la vista, estaba hecho precisamente para tal carrera. El rojo de las mejillas estaba cubierto por un vello de melocotón; el vello de los labios apenas era un poco más espeso que el de las mejillas. Los labios mismos eran cortos y estaban ligeramente retirados sobre unos dientes de una blancura exquisita y almendrada. Nada perturbaba la nariz aguileña en su vuelo breve y tenso; el cabello era oscuro, las orejas pequeñas y bien pegadas a la cabeza.
Pero, ¡ay!, que estos catálogos de la belleza juvenil no puedan terminar sin mencionar la frente y los ojos. ¡Ay!, que la gente rara vez nazca carente de los tres; pues tan pronto como miramos a Orlando de pie junto a la ventana, debemos admitir que tenía unos ojos como violetas empapadas, tan grandes que el agua parecía habérsele desbordado en ellos y haberlos dilatado; y una frente como la comba de una cúpula de mármol presionada entre los dos medallones vacíos que eran sus sienes.
Tan pronto como miramos a los ojos y a la frente, nos ponemos a rapsodizar de este modo. Tan pronto como miramos a los ojos y a la frente, tenemos que admitir un millar de desacuerdos que es el objetivo de todo buen biógrafo ignorar.
Las visiones le alteraban, como la de su madre, una señora muy hermosa vestida de verde que salía a alimentar a los pavos reales con Twitchett, su doncella, detrás; las visiones le exaltaban —los pájaros y los árboles—; y le enamoraban de la muerte —el cielo vespertino, los grajos que regresaban a casa—; y así, ascendiendo por la escalera de caracol hacia su cerebro —que era espacioso—, todas estas visiones, y los sonidos del jardín también, el martillo golpeando, la leña cortándose, comenzaron aquel tropel y confusión de las pasiones y las emociones que todo buen biógrafo detesta.
Pero para continuar —Orlando retiró lentamente la cabeza, se sentó a la mesa y, con el aire semiconsciente de quien hace lo que lleva toda la vida haciendo a esta hora, sacó un cuaderno titulado «Aethelbert: Una tragedia en cinco actos» y mojó en la tinta una vieja pluma de ganso manchada.
Pronto había cubierto diez páginas y más con poesía. Era fluido, evidentemente, pero era abstracto. El Vicio, el Crimen, la Miseria eran los personajes de su drama; había Reyes y Reinas de territorios imposibles; horribles intrigas los confundían; nobles sentimientos los inundaban; no había jamás una palabra dicha como él mismo la habría dicho, sino que todo estaba expresado con una fluidez y una dulzura que, considerando su edad —aún no tenía diecisiete años— y que al siglo XVI todavía le quedaban algunos años por recorrer, eran bastante notables.
Al fin, sin embargo, se detuvo. Estaba describiendo, como todos los jóvenes poetas describen eternamente, la naturaleza, y para dar exactamente con el tono de verde miró (y aquí demostró más audacia que la mayoría) a la cosa misma, que resultó ser un laurel que crecía bajo la ventana.
Después de eso, por supuesto, no pudo escribir más. El verde en la naturaleza es una cosa, el verde en la literatura otra. La naturaleza y las letras parecen tener una antipatía natural; júntalas y se harán pedazos mutuamente. El tono de verde que Orlando vio ahora estropeó su rima y rompió su métrica.
Además, la naturaleza tiene sus propios trucos. Eche un vistazo una vez por la ventana a las abejas entre las flores, a un perro bostezando, a la puesta de sol, piense una vez «¿cuántas puestas de sol más veré?», etcétera, etcétera (el pensamiento es demasiado conocido como para valer la pena escribir sobre él) y uno deja caer la pluma, toma su capa, sale a grandes zancadas de la habitación y, al hacerlo, tropieza con un baúl pintado. Pues Orlando era un tanto torpe.
Procuraba evitar encontrarse con nadie. Ahí venía Stubbs, el jardinero, por el sendero. Se ocultó detrás de un árbol hasta que pasó. Salió por una puertecita en el muro del jardín.
Evitó todas las caballerizas, perreras, cervecerías, carpinterías, lavaderos, lugares donde hacen velas de sebo, matan bueyes, forjan herraduras, cosen jubones —pues la casa era una ciudad bullendo de hombres que trabajaban en sus diversos oficios— y llegó al sendero cubierto de helechos que subía por el parque sin ser visto.
Quizás haya un parentesco entre las cualidades; una arrastra a otra consigo; y el biógrafo debe señalar aquí el hecho de que esta torpeza suele estar unida al amor por la soledad. Tras haber tropezado con un cofre, Orlando amaba naturalmente los lugares solitarios, las vistas vastas y sentirse por los siglos de los siglos y de los siglos solo.
Así pues, tras un largo silencio, «Estoy solo», suspiró al fin, abriendo los labios por primera vez en esta crónica.
Había subido la colina a paso muy rápido entre helechos y matas de espino, sobresaltando a los ciervos y a las aves silvestres, hasta llegar a un paraje coronado por un solitario roble. Era muy alto, tan alto en verdad que desde allí podían divisarse diecinueve condados ingleses; y en los días despejados treinta o quizás cuarenta, si el tiempo era muy bueno.
A veces se podía ver el canal de la Mancha, con sus olas golpeando una y otra vez. Se veían ríos y embarcaciones de recreo deslizándose por ellos; y galeones zarpando hacia alta mar; y armadas con nubecillas de humo de las que llegaba el sordo estruendo de los cañonazos; y fuertes en la costa; y castillos entre los prados; y aquí una torre de vigilancia; y allí una fortaleza; y de nuevo alguna vasta mansión como la del padre de Orlando, amontonada como una ciudad en el valle y cercada por murallas.
Hacia el este se alzaban las agujas de Londres y el humo de la ciudad; y tal vez en el mismo horizonte, cuando el viento soplaba en la dirección adecuada, la cima escarpada y los bordes serrados del propio Snowdon se recortaban como una montaña entre las nubes.
Por un momento Orlando se quedó contando, contemplando, reconociendo. Aquella era la casa de su padre; aquella, la de su tío. Su tía poseía esas tres grandes torrecillas entre los árboles de allá. El brezal era suyo y el bosque; el faisán y el ciervo, el zorro, el tejón y la mariposa.
Suspiró profundamente y se arrojó —había en sus movimientos una pasión que merecía tal palabra— sobre la tierra al pie del roble. Le encantaba, por debajo de toda aquella fugacidad veraniega, sentir la columna vertebral de la tierra bajo su cuerpo; pues por tal tomaba la dura raíz del roble; o bien, ya que imagen seguía a imagen, era el lomo de un gran caballo lo que cabalgaba; o la cubierta de un barco que cabeceaba; en verdad era cualquier cosa, con tal de que fuera dura, pues sentía la necesidad de algo a lo que atar su corazón flotante; el corazón que tiritaba a su costado; el corazón que parecía rebosante de vendavales especiados y amorosos cada tarde hacia aquella hora en que salía a pasear. Al roble lo ató mientras yacía allí; gradualmente el aleteo dentro y fuera de él se aquietó; las pequeñas hojas pendían, los ciervos se detuvieron; las pálidas nubes de verano se quedaron inmóviles; sus extremidades se volvieron pesadas sobre el suelo; y estuvo tan quieto que, poco a poco, los ciervos se acercaron más, las grajas revolotearon a su alrededor, las golondrinas descendieron en picado y giraron en círculos, y las libélulas pasaron raudas, como si toda la fertilidad y la actividad amorosa de una tarde de verano se tejieran a la manera de una tela alrededor de su cuerpo.
Pasada una hora más o menos —el sol descendía con rapidez, las nubes blancas se habían vuelto rojas, las colinas eran violeta, los bosques púrpuras, los valles negros—, sonó una trompeta. Orlando dio un salto. El sonido estridente provenía del valle. Venía de un punto oscuro allá abajo; un punto compacto y trazado en un plano; un laberinto; una ciudad, aunque ceñida por murallas; venía del corazón de su propia gran mansión en el valle, la cual, oscura un momento antes, incluso mientras él miraba y la trompeta solitaria se duplicaba y reduplicaba con otros sonidos más agudos, perdió su oscuridad y se vio atravesada por luces. Unas eran luces pequeñas y apresuradas, como si los sirvientes corrieran por los pasillos para responder a las llamadas; otras eran luces altas y lustrosas, como si ardieran en salones de banquetes vacíos preparados para recibir a invitados que no habían venido; y otras se inclinaban y agitaban, descendían y ascendían, como si fueran sostenidas en las manos de cuadrillas de criados que se inclinaban, arrodillaban, levantaban, recibían, custodiaban y escoltaban con toda dignidad hacia el interior a una gran Princesa que descendía de su carroza. Los carruajes giraban y daban vueltas en el patio. Los caballos sacudían sus penachos. La Reina había llegado.
Orlando no miró más. Echó a correr colina abajo. Se abrió paso por una puertecilla. Subió a toda prisa por la escalera de caracol. Llegó a su habitación. Tiró las calzas a un lado del cuarto, el sayo al otro. Metió la cabeza en agua. Se fregó las manos. Se cortó las uñas.
Con poco más de quince centímetros de espejo y un par de viejas velas para ayudarle, se había enfundado unos calzones carmesíes, un cuello de encaje, un chaleco de tafetán y unos zapatos con rosetas tan grandes como dalias dobles en menos de diez minutos, según el reloj de la caballeriza.
Estaba listo. Estaba sofocado. Estaba emocionado. Pero iba terriblemente tarde.
Por atajos que le eran conocidos, se abrió paso ahora a través de la vasta amalgama de habitaciones y escaleras hasta el gran salón de banquetes, situado a cinco acres de distancia, al otro lado de la casa.
Pero a mitad de camino, en las dependencias traseras donde vivían los sirvientes, se detuvo.
La puerta de la salita de la señora Stewkley estaba abierta —sin duda, ella se había ido con todas sus llaves a atender a su ama—. Pero allí, sentado a la mesa del comedor de los sirvientes, con una jarra al lado y papel delante, había un hombre bastante gordo y bastante desaliñado, cuyo gorguera estaba un tanto sucia y cuyas ropas eran de jerga parda.
Sostenía una pluma en la mano, pero no estaba escribiendo. Parecía estar dando vueltas a un pensamiento en su mente, de un lado a otro, hasta que cobrara la forma o el impulso de su agrado. Sus ojos, globulares y nublados como alguna piedra verde de textura curiosa, estaban fijos. No vio a Orlando.
A pesar de toda su prisa, Orlando se detuvo en seco. ¿Era esto un poeta? ¿Estaba escribiendo poesía? «Dime», le habría gustado decir, «todo lo que hay en el mundo entero» —pues tenía las ideas más descabelladas, absurdas y extravagantes sobre los poetas y la poesía—, pero ¿cómo hablarle a un hombre que no te ve? ¿que ve ogros, sátiros, tal vez las profundidades del mar en su lugar?
De modo que Orlando se quedó contemplando mientras el hombre giraba la pluma entre los dedos, de un lado y del otro; la contempló y meditó; y luego, muy rápidamente, escribió media docena de líneas y levantó la vista. Acto seguido Orlando, abrumado por la timidez, salió huyendo y llegó al salón de banquetes justo a tiempo para caer de hinojos y, con la cabeza gacha por la confusión, ofrecer un cuenco de agua de rosas a la gran Reina en persona.
Tal era su timidez que no vio más de ella que su mano anillada en el agua; pero fue suficiente.
Era una mano memorable; una mano delgada de dedos largos siempre curvados como si sostuvieran un orbe o un cetro; una mano nerviosa, contraída, enfermiza; una mano dominante también; una mano que solo tenía que alzarse para que rodara una cabeza; una mano, adivinaba, unida a un viejo cuerpo que olía a alacena donde se guardan pieles en alcanfor; un cuerpo que, sin embargo, lucía todo tipo de brocados y gemas; y se mantenía muy erguido, aunque tal vez dolorido por la ciática; y jamás se acobardaba, aunque estuviera hecho un manojo de mil temores; y los ojos de la Reina eran de color amarillo claro.
Todo esto lo sintió mientras los grandes anillos destellaban en el agua y luego algo le presionaba el cabello —lo cual, quizás, explique que no viera nada más que pudiera serle de utilidad a un historiador.
Y a decir verdad, su mente era tal revoltijo de opuestos —de la noche y las velas ardientes, del poeta desaliñado y la gran Reina, de los campos silenciosos y el estrépito de los criados— que no podía ver nada; o tan solo una mano.
Del mismo modo, la Reina misma solo pudo haber visto una cabeza. Pero si es posible deducir un cuerpo a partir de una mano, dotado de todos los atributos de una gran Reina, su aspereza, valor, fragilidad y terror, sin duda una cabeza puede ser igual de fértil, contemplada desde una silla de estado por una dama cuyos ojos estaban siempre, si hemos de fiarnos de las figuras de cera de la Abadía, bien abiertos.
El cabello largo y rizado, la cabeza oscura inclinada con tanta reverencia, con tanta inocencia ante ella, sugerían un par de las mejores piernas sobre las que un joven noble se haya erguido jamás; y unos ojos violeta; y un corazón de oro; y lealtad y encanto varonil, todas cualidades que la anciana amaba tanto más cuanto más la defraudaban.
Pues envejecía, se gastaba y se encorvaba antes de tiempo. El sonido de los cañones resonaba siempre en sus oídos. Veía siempre la brillante gota de veneno y el largo estilete. Mientras se sentaba a la mesa, escuchaba; oía los cañones en el canal de la Mancha; temía —¿era eso una maldición, era eso un susurro?—. La inocencia y la sencillez le eran tanto más caras por el sombrío fondo contra el que las recortaba.
Y fue esa misma noche, según cuenta la tradición, cuando Orlando dormía profundamente, cuando ella le cedió formalmente, poniendo su puño y letra y su sello definitivo en el pergamino, el regalo de la gran casa monástica que había pertenecido al arzobispo y luego al rey, al padre de Orlando.
Orlando durmió toda la noche en la ignorancia. Una reina lo había besado sin que él lo supiera. Y tal vez, porque los corazones de las mujeres son enrevesados, fue su ignorancia y el sobresalto que dio cuando los labios de ella lo rozaron lo que mantuvo vivo en la mente de ella el recuerdo de su joven primo (pues tenían sangre en común).
Sea como fuere, no habían transcurrido dos años de esta apacible vida en el campo, y Orlando no había escrito quizás más de veinte tragedias, una docena de obras históricas y una veintena de sonetos, cuando llegó un recado de que debía presentarse ante la Reina en Whitehall.
—Aquí —dijo, viéndole avanzar por la larga galería hacia ella—, ¡viene mi inocente!
(Había en él una serenidad constante que tenía aspecto de inocencia cuando, técnicamente, la palabra ya no era aplicable.)
«¡Ven!», dijo. Estaba sentada muy erguida junto al fuego. Y lo detuvo a un pie de distancia y lo contempló de arriba a abajo. ¿Estaba cotejando sus conjeturas de la otra noche con la verdad ahora visible? ¿Encontraba sus sospechas justificadas? Ojos, boca, nariz, pecho, caderas, manos: los repasó de un vistazo; los labios le temblaron visiblemente mientras miraba; pero cuando le vio las piernas, soltó una carcajada. Era la viva imagen de un noble caballero. ¿Pero por dentro? Clavó en él sus ojos amarillos de halcón como si fuera a atravesarle el alma. El joven soportó su mirada enrojeciendo apenas como una rosa damascena, como correspondía a su condición. Fuerza, gracia, romanticismo, insensatez, poesía, juventud: lo leyó como a una página abierta.
Al instante se arranca un anillo del dedo (la articulación estaba algo hinchada) y, al ajustárselo a él, lo nombró su Tesorero y Mayordomo; a continuación le colgó las cadenas del cargo; y, ordenándole que doblara la rodilla, le ató alrededor de esta, por la parte más fina, la venera enjoyada de la Jarretera.
Nada se le negó desde entonces. Cuando ella paseaba en carroza oficial, él cabalgaba junto a la portezuela. Lo envió a Escocia en una triste embajada ante la desdichada Reina. Estaba a punto de embarcar hacia las guerras de Polonia cuando ella lo mandó llamar. Pues, ¿cómo iba a soportar la idea de ver esa tierna carne desgarrada y esa cabeza rizada rodando por el polvo? Lo retuvo con ella.
En la cúspide de su triunfo, cuando los cañones tronaban en la Torre y el aire estaba lo suficientemente cargado de pólvora como para hacer estornudar y los vítores del pueblo resonaban bajo las ventanas, ella lo atrajo hacia los cojines donde sus damas la habían recostado (estaba tan ajada y vieja) y le hizo hundir el rostro en aquella asombrosa composición —no se había cambiado de vestido en un mes— que olía por completo, pensó él, evocando su memoria infantil, a algún viejo bargueño de su casa donde se guardaban las pieles de su madre. Él se levantó, medio asfixiado por el abrazo. «¡Esto —susurró ella— es mi victoria!», al tiempo que un cohete rugía en las alturas y teñía sus mejillas de escarlata.
Porque la anciana lo amaba. Y la Reina, que sabía reconocer a un hombre cuando lo veía, aunque no, según se dice, de la manera habitual, le urdió una carrera espléndida y ambiciosa.
Se le concedieron tierras, se le asignaron casas. Había de ser el hijo de su vejez; el miembro de su debilidad; el roble en el que apoyaba su degradación.
Ella graznaba estas promesas y extrañas ternuras dominantes (ahora estaban en Richmond) sentada muy erguida con sus rígidos brocados junto al fuego que, por mucho que lo amontonaran, jamás lograba calentarla.
Mientras tanto, avanzaban los largos meses de invierno. Todos los árboles del parque estaban cubiertos de escarcha. El río corría con pereza.
Un día, cuando la nieve cubría el suelo, las oscuras habitaciones revestidas de paneles estaban llenas de sombras y los ciervos bramaban en el parque, vio en el espejo —que, por miedo a los espías, guardaba siempre consigo— a través de la puerta —que, por miedo a los asesinos, mantenía siempre abierta— a un muchacho —¿podría ser Orlando?— besando a una muchacha —¡quién diablos era aquella descarada?—.
Arrebatando su espada de empuñadura dorada, golpeó violentamente el espejo. El vidrio se hizo añicos; la gente acudió corriendo; la levantaron y la sentaron de nuevo en su silla; pero a partir de entonces quedó abatida y, mientras sus días llegaban a su fin, se lamentaba amargamente de la traición de los hombres.
Fue culpa de Orlando quizá; sin embargo, al fin y al cabo, ¿hemos de culpar a Orlando?
Era la época isabelina; su moral no era la nuestra; ni sus poetas; ni su clima; ni siquiera sus verduras. Todo era distinto. El tiempo mismo, el calor y el frío del verano y del invierno, eran, podemos creerlo, de un temple por completo diferente.
El brillante y amoroso día se dividía de la noche de un tajo tan neto como la tierra del agua. Las puestas de sol eran más rojas y más intensas; los amaneceres, más blancos y más aurorales. De nuestras penumbras crepusculares y de nuestros crepúsculos prolongados no sabían nada. La lluvia caía con vehemencia, o no caía. El sol ardía o reinaba la oscuridad.
Traduciéndolo a las regiones espirituales, como es su costumbre, los poetas cantaron bellamente cómo las rosas se marchitan y los pétalos caen.
El momento es breve —cantaban—; el momento ha terminado; una larga noche ha de ser dormida entonces por todos.
En cuanto a usar los artificios del invernadero o del vivero para prolongar o preservar estos frescos claveles y rosas, esa no era su manera. Las intrigas y ambigüedades marchitas de nuestra época más gradual y dudosa les eran desconocidas.
La violencia lo era todo. * La flor florecía y se marchitaba. * El sol salía y se ponía. * El amante amaba y se iba.
Y lo que los poetas decían en rima, los jóvenes lo traducían a la práctica. Las muchachas eran rosas, y sus estaciones tan breves como las de las flores. Debían ser arrancadas antes del anochecer; pues el día era breve y el día lo era todo.
Así, si Orlando seguía el dictado del clima, de los poetas, de la época misma, y cortaba su flor en el asiento de la ventana aun con la nieve en el suelo y la Reina vigilante en el corredor, apenas podemos inclinarnos a culparlo.
Era joven; era un muchacho; no hizo sino lo que la naturaleza le ordenaba hacer.
En cuanto a la chica, no sabemos más que la propia reina Isabel sobre cuál era su nombre. Pudo haberse llamado Doris, Cloris, Delia o Diana, pues le dedicó rimas a todas ellas por turno; asimismo, bien pudo haber sido una dama de la corte o alguna criada.
Porque el gusto de Orlando era amplio; no era un amante exclusivo de las flores de jardín; lo silvestre y hasta la maleza siempre le habían fascinado.
Aquí, en verdad, dejamos al descubierto sin miramientos, como puede hacerlo un biógrafo, un rasgo curioso en él, que tal vez pueda explicarse por el hecho de que cierta abuela suya había vestido blusón y llevado cántaros de leche.
Algunos granos de la tierra de Kent o de Sussex se mezclaban con el fluido delgado y fino que le venía de Normandía. Él sostenía que la mezcla de tierra morena y sangre azul era buena.
Cierto es que siempre tuvo predilección por la baja compañía, especialmente por la de la gente letrada, cuyos ingenios tan a menudo los tienen oprimidos, como si hubiera una simpatía de sangre entre ellos.
En esta época de su vida, cuando su cabeza rebosaba de rimas y nunca se iba a la cama sin ingeniar algún retruécano, la mejilla de la hija de un mesonero le parecía más fresca y el ingenio de la sobrina de un guardabosque le parecía más agudo que los de las damas de la Corte.
De ahí que empezara a acudir con frecuencia a Wapping Old Stairs y a los merenderos por la noche, envuelto en una capa gris para ocultar la estrella en su pecho y la liga en su rodilla.
Allí, con una taza ante sí, entre los senderos de arena y las boleras y toda la sencilla arquitectura de tales sitios, escuchaba las historias de penalidades, horror y crueldad de los marineros en el Caribe; cómo algunos habían perdido los dedos de los pies, otros la nariz—pues la historia oral nunca era tan redonda ni tan bellamente colorida como la escrita. Sobre todo le encantaba oírles entonar a voz en grito sus canciones de las Azores, mientras los periquitos, que habían traído de aquellas tierras, picoteaban los anillos de sus orejas, golpeaban con sus duros picos codiciosos los rubíes de sus dedos y maldecían tan vilmente como sus amos.
Las mujeres no eran apenas menos audaces en su habla ni menos libres en sus maneras que los pájaros. Se posaban en su rodilla, le echaban los brazos al cuello y, adivinando que algo fuera de lo común se ocultaba bajo su capa de sayal, estaban tan ansiosas por llegar al fondo del asunto como el propio Orlando.
Tampoco faltaba la oportunidad. El río bullía temprano y tarde con barcazas, botes de remo y embarcaciones de toda clase. Todos los días zarpaba hacia alta mar algún hermoso bergantín con destino a las Indias; de vez en cuando otro, ennegrecido y andrajoso, con hombres peludos y desconocidos a bordo, arrojaba el ancla penosamente.
Nadie echaba de menos a un muchacho o a una muchacha si se demoraban un poco en el agua después de la puesta del sol; ni nadie alzaba una ceja si los corrillos los habían visto dormir profundamente entre los sacos de tesoros, a salvo en los brazos del uno y de la otra. Tal fue en verdad la aventura que les sobrevino a Orlando, a Sukey y al conde de Cumberland.
El día era caluroso; sus amores habían sido activos; se habían quedado dormidos entre los rubíes. Tarde aquella noche el conde, cuyas fortunas estaban muy ligadas a las empresas españolas, vino a revisar el botín a solas con un farol. Iluminó un barril con un destello. Retrocedió de un salto con un juramento.
Enroscados alrededor del tonel yacían durmiendo dos espíritus. Supersticioso por naturaleza, y con la conciencia cargada de no pocos crímenes, el conde tomó a la pareja —estaban envueltos en una capa roja, y el pecho de Sukey era casi tan blanco como las nieves eternas de la poesía de Orlando— por un fantasma surgido de las tumbas de marineros ahogados para recriminarle. Se santiguó. Juró arrepentimiento.
La hilera de asilos que aún sigue en pie en Sheen Road es el fruto visible del pánico de aquel momento. Doce pobres ancianas de la parroquia beben hoy té y bendicen esta noche a su señoría por un techo sobre sus cabezas; de modo que el amor ilícito en un barco del tesoro... pero omitimos la moraleja.
Pronto, sin embargo, Orlando se cansó, no solo de las incomodidades de este modo de vida y de las calles tortuosas del vecindario, sino de los modales primitivos de la gente.
Pues hay que recordar que el crimen y la pobreza no tenían para los isabelinos ninguno de los atractivos que tienen para nosotros. No tenían nada de nuestra vergüenza moderna por el saber libresco; nada de nuestra creencia de que nacer hijo de un carnicero es una bendición y no saber leer una virtud; ninguna fantasía de que lo que llamamos «vida» y «realidad» estén de algún modo conectados con la ignorancia y la brutalidad; ni, en verdad, ningún equivalente para estas dos palabras en absoluto.
No fue en busca de «vida» que Orlando se mezcló con ellos; ni en pos de la «realidad» que los abandonó. Pero cuando hubo oído una veintena de veces cómo Jakes había perdido la nariz y Sukey su honor —y contaban las historias admirablemente, hay que admitirlo—, empezó a cansarse un poco de la repetición, pues una nariz solo puede cortarse de una manera y la virginidad perderse de otra —o eso le parecía a él—, mientras que las artes y las ciencias tenían una diversidad que despertaba profundamente su curiosidad.
Así pues, guardándolos siempre en feliz memoria, dejó de frecuentar los figones y las boleras, colgó su capa gris en el armario, dejó que su estrella brillara en su cuello y su liga centelleara en su rodilla, y se presentó una vez más en la Corte del rey Jacobo. Era joven, era rico, era apuesto. Nadie podría haber sido recibido con mayor aclamación que él.
Es verdad sin duda que muchas damas estaban dispuestas a mostrarle sus favores. Los nombres de tres al menos se relacionaban libremente con el suyo en matrimonio —Clorinda, Favilla, Eufrosina—, así las llamaba en sus sonetos.
Tomándolas en orden; Clorinda era una dama bastante amable y de buenos modales—de hecho, Orlando estuvo muy prendado de ella durante seis meses y medio; pero tenía las pestañas blancas y no podía ver la vista de la sangre. Una liebre servida asada en la mesa de su padre la hacía desmayarse. Estaba también muy influenciada por los curas y escatimaba en su ropa interior para dársela a los pobres. Se empeñó en reformar a Orlando de sus pecados, lo cual lo hastió, de modo que se echó atrás en el matrimonio y no lamentó mucho cuando ella murió poco después de viruela.
Favilla, que viene a continuación, era de un género completamente distinto. Era hija de un pobre hidalgo de Somersetshire; que, a base de pura asiduidad y del uso de sus ojos, se había abierto camino en la corte, donde su destreza en la equitación, su hermoso empeine y su gracia al bailar se ganaron la admiración de todos.
En cierta ocasión, sin embargo, tuvo la ocurrencia poco afortunada de azotar casi hasta la muerte, bajo la ventana de Orlando, a un spaniel que le había desgarrado una de sus medias de seda (y hay que decir, en justicia, que Favilla tenía pocas medias y esas, en su mayoría, de estameña).
Orlando, que era un apasionado amante de los animales, advirtió entonces que los dientes de ella eran torcidos, y los dos incisivos vueltos hacia dentro, lo cual, según dijo, es infalible señal de un temperamento perverso y cruel en la mujer, y así rompió el compromiso aquella misma noche para siempre.
La tercera, Eufrósine, fue con mucho la más seria de sus pasiones. Era irlandesa de nacimiento, de los Desmond, y poseía por tanto un árbol genealógico propio tan antiguo y de raíces tan hondas como el del propio Orlando.
Era rubia, de faz sonrosada y un tanto flemática. Hablaba bien italiano, tenía una dentadura perfecta en la mandíbula superior, aunque la inferior estaba ligeramente descolorida. Jamás le faltaba un whippet o un spaniel junto a las rodillas; los alimentaba con pan blanco de su propio plato; cantaba dulcemente al virginal; y nunca sevestía antes del mediodía debido al extremo cuidado que dedicaba a su persona.
En suma, habría hecho una esposa perfecta para un noble como Orlando, y las cosas habían avanzado tanto que los abogados de ambas partes andaban atareados con pactos, arras, capitulaciones, mansiones, heredades y todo lo necesario antes de que una gran fortuna pueda unirse a otra, cuando —con la brusquedad y severidad que entonces caracterizaban al clima inglés— llegó la Gran Encarnación.
La Gran Escarcha fue, según nos dicen los historiadores, la más severa que jamás ha azotado estas islas.
Los pájaros se congelaban en pleno vuelo y caían como piedras al suelo.
En Norwich, una joven campesina que se disponía a cruzar la calle con su habitual salud robusta fue vista por los espectadores convertirse visiblemente en polvo y volar en una ráfaga de ceniza por encima de los tejados cuando la ráfaga helada la alcanzó en la esquina de la calle.
La mortalidad entre las ovejas y el ganado vacuno era enorme. Los cadáveres se helaban y no se podían sacar de los establos. No era raro encontrarse con una piara entera de cerdos congelada e inmóvil sobre el camino.
Los campos estaban llenos de pastores, aradores, yuntas de caballos y pequeños espantapájaros humanos, todos petrificados en el acto mismo del momento: uno con la mano en la nariz, otro con la botella en los labios, un tercero con una piedra alzada para tirársela al cuervo que estaba sentado, como si estuviera disecado, sobre el seto a menos de un metro de él.
La severidad de la helada era tan extraordinaria que a veces sobrevenía una especie de petrificación; y se suponía comúnmente que el gran aumento de rocas en algunas partes de Derbyshire no se debía a ninguna erupción, pues no la hubo, sino a la solidificación de desafortunados viajeros que se habían convertido literalmente en piedra allí mismo donde estaban.
La Iglesia podía prestar poca ayuda en este asunto, y aunque algunos terratenientes hicieron bendecir estas reliquias, la mayor parte prefirió utilizarlas ya fuera como mojones, como rascaderos para ovejas o, cuando la forma de la piedra lo permitía, como abrevaderos para el ganado, fines para los cuales sirven, de manera admirable en su mayoría, hasta el día de hoy.
Pero mientras la gente del campo sufría los extremos de la penuria y el comercio del país estaba paralizado, Londres disfrutaba de un carnaval de la más extrema brillantez.
La Corte estaba en Greenwich, y el nuevo rey aprovechó la oportunidad que le brindaba su coronación para ganarse el favor de los ciudadanos. Ordenó que el río, que estaba helado a una profundidad de veinte pies y más a lo largo de seis o siete millas en ambas direcciones, fuera barrido, decorado y dotado de toda la apariencia de un parque o zona de recreo, con cenadores, laberintos, callejones, puestos de bebidas, etc., a sus expensas.
Para sí y para los cortesanos, reservó un cierto espacio justo enfrente de las puertas de Palacio; el cual, separado del público únicamente por una cuerda de seda, se convirtió al instante en el centro de la sociedad más brillante de Inglaterra.
Grandes estadistas, con sus barbas y gorgueras, despachaban asuntos de Estado bajo el toldo carmesí de la Pagoda Real.
Los soldados planeaban la conquista del moro y la caída del turco en cenadores de rayas rematados con plumas de avestruz.
Los almirantes deambulaban por los estrechos senderos, catalejo en mano, escrutando el horizonte y contando historias sobre el paso del noroeste y la Armada Invencible.
Los amantes coqueteaban sobre divanes cubiertos de pieles de marta cibelina.
Rosas gélidas caían en lluvia cuando la reina y sus damas paseaban al aire libre.
Globos de colores se suspendían inmóviles en el aire.
Aquí y allá ardían inmensas hogueras de madera de cedro y roble, salpicadas generosamente de sal, de modo que las llamas eran de fuego verde, naranja y púrpura.
Pero por mucho que ardieran, el calor no bastaba para fundir el hielo que, aunque de una transparencia singular, era sin embargo de la dureza del acero.
Tan claro era en verdad que podían verse, congelados a una profundidad de varios pies, aquí una marsopa, allí un lenguado. Bancos de anguilas yacían inmóviles en trance, pero si su estado era de muerte o meramente de animación suspendida que el calor reviviría, desconcertaba a los filósofos.
Cerca del Puente de Londres, donde el río se había helado hasta una profundidad de unas veinte brazas, una barca ballenera naufragada era claramente visible, yacente en el lecho del río donde se había hundido el otoño pasado, sobrecargada de manzanas. La vieja bampotesca, que llevaba su fruta al mercado del lado de Surrey, se sentaba allí con sus mantos escoceses y verdugados con el regazo lleno de manzanas, tal cual si estuviera a punto de atender a un cliente, si bien cierta azulsequedad en los labios insinuaba la verdad.
Era un espectáculo que al rey Jacobo le gustaba especialmente contemplar, y solía traer a una corte de cortesanos para que lo miraran con él.
En resumen, nada podía superar el brillo y la alegría de la escena durante el día.
Pero era por la noche cuando el carnaval alcanzaba su mayor regocijo. Pues la helada continuaba ininterrumpida; las noches eran de perfecta quietud; la luna y las estrellas brillaban con la dura fijeza de los diamantes, y al compás de la fina música de flautas y trompetas, los cortesanos bailaban.
Orlando, es verdad, no era de los que pisan con ligereza la coranta y la lavolta; era torpe y un tanto distraído. Prefería con mucho las danzas sencillas de su propio país, que había bailado de niño, a estos fantásticos compases extranjeros. De hecho, acababa de juntar los pies hacia las seis de la tarde del siete de enero al terminar una de tales contradanzas o minués, cuando vio venir, procedente del pabellón de la Embajada moscovita, una figura que, ya fuera de muchacho o de mujer —pues la holgada túnica y los pantalones a la usanza rusa servían para disfrazar el sexo—, lo llenó de la más viva curiosidad. La persona, cualquiera que fuera su nombre o sexo, era de estatura mediana, de complexión muy esbelta y iba vestida por entero de terciopelo color ocre perla, ribeteado con algún pelaje verdoso desconocido. Pero estos detalles quedaban oscurecidos por la extraordinaria seductividad que emanaba de toda su persona. Imágenes, metáforas de lo más extremo y extravagante, se enroscaban y retorcían en su mente. La llamó melón, piña, olivo, esmeralda y zorro en la nieve, todo en el espacio de tres segundos; no sabía si la había oído, la había saboreado, la había visto, o las tres cosas a la vez. (Pues aunque no debemos detenernos ni un instante en la narración, podemos señalar de pasada que todas sus imágenes en esta época eran de una sencillez extrema para estar a la altura de sus sentidos y estaban tomadas en su mayor parte de cosas cuyo sabor le había gustado de muchacho. Pero si sus sentidos eran sencillos, eran al mismo tiempo extraordinariamente intensos. Detenerse, por tanto, a buscar el porqué de las cosas está fuera de lugar.)
… Un melón, una esmeralda, un zorro en la nieve—así deliraba, así la miraba fijamente. Cuando el muchacho—pues, ¡ay!, tenía que ser un muchacho, ninguna mujer podía patinar con tal velocidad y vigor— pasó deslizándose casi de puntillas junto a él, Orlando estuvo a punto de arrancarse los cabellos de contrariedad al ver que la persona era de su propio sexo y que, por tanto, todo abrazo quedaba descartado. Pero el patinador se acercó más. Las piernas, las manos, el porte, eran de muchacho, pero ningún muchacho había tenido jamás una boca así; ningún muchacho tenía esos pechos; ningún muchacho tenía unos ojos que parecían haber sido pescados en el fondo del mar. Por último, tras detenerse e inclinar el cuerpo en una reverencia de la más extrema gracia ante el rey, que pasaba arrastrando los pies del brazo de algún lord en funciones, la patinadora desconocida se paró en seco. No estaba ni a la anchura de una palma. Era una mujer. Orlando la miró fijamente; tembló; se acaloró; se enfrió; deseó arrojarse a través del aire veraniego; aplastar bellotas bajo sus pies; agitar los brazos junto a los hayas y los robles. En su lugar, apretó los labios sobre sus pequeños dientes blancos; los abrió quizá medio centímetro como si fuera a morder; los cerró como si hubiera mordido. La dama Eufrosina pendía de su brazo.
El nombre de la extranjera, según averiguó, era la princesa Marousha Stanilovska Dagmar Natasha Iliana Romanovitch, y había llegado en el séquito del embajador moscovita, que tal vez era su tío, o tal vez su padre, para asistir a la coronación.
Muy poco se sabía de los moscovitas. Ataviados con sus grandes barbas y gorros de piel, se sentaban casi en silencio, bebiendo un líquido negro que escupían de vez en cuando sobre el hielo. Ninguno hablaba inglés, y el francés, con el que al menos algunos estaban familiarizados, era entonces poco hablado en la corte inglesa.
Fue a causa de este incidente como Orlando y la Princesa se conocieron.
Estaban sentados el uno frente al otro en la gran mesa dispuesta bajo un enorme toldo para el entretenimiento de los notables. La Princesa estaba situada entre dos jóvenes Lores, el lord Francis Vere el uno y el joven conde de Moray el otro.
Era risible ver el apuro en el que pronto los metió pues, aunque ambos eran buenos muchachos a su manera, tanto sabía de la lengua francesa el que aún no había nacido como ellos.
Cuando al principio de la cena la princesa se volvió hacia el conde y le dijo, con una gracia que le robó el corazón: «Je crois avoir fait la connaissance d’un gentilhomme qui vous était apparenté en Pologne l’été dernier», o «La beauté des dames de la cour d’Angleterre me met dans le ravissement. On ne peut voir une dame plus gracieuse que votre reine, ni une coiffure plus belle que la sienne», tanto lord Francis como el conde mostraron un gran desconcierto.
El uno la sirvió abundantemente con salsa de rábano picante, el otro le silbó a su perro e hizo que le suplicara un hueso con tuétano.
Ante esto, la princesa ya no pudo contener la risa, y Orlando, al cruzarse con su mirada por encima de las cabezas de jabalí y los pavos reales rellenos, rió también.
Él rio, pero la risa se le congeló en los labios, maravillado. ¿A quién había amado, qué había amado, se preguntó en un tumulto de emociones, hasta ahora?
Una vieja, se respondió, pura piel y huesos. Zorrillas de mejillas encendidas demasiadas para mencionar. Una monja lloriquienta. Una aventurera cínica y de boca cruel. Una masa vacilante de encajes y protocolo.
El amor no había significado para él más que aserrín y cenizas. Los goces que había obtenido de él le sabían sumamente insípidos. Se maravillaba de cómo había podido sobrellevarlo sin bostezar.
Pues al mirarla, la espesura de su sangre se derritió; el hielo se volvió vino en sus venas; oyó correr las aguas y cantar a los pájaros; la primavera estalló sobre el duro paisaje invernal; su virilidad despertó; empuñó una espada; embistió contra un enemigo más audaz que polaco o moro; se sumergió en aguas profundas; vio la flor del peligro creciendo en una grieta; tendió la mano—de hecho, estaba recitando a toda velocidad uno de sus sonetos más apasionados cuando la Princesa se dirigió a él: «¿Tendría la bondad de pasarme la sal?».
Se sonrojó profundamente.
—Con todo el gusto del mundo, Madame —respondió él, hablando un francés con acento perfecto. Pues, alabado sea el cielo, hablaba esa lengua como si fuera la suya propia; la doncella de su madre se la había enseñado. Sin embargo, tal vez le habría sido mejor no haber aprendido jamás esa lengua; no haber respondido nunca a esa voz; no haber seguido jamás la luz de aquellos ojos... …
La Princesa continuó. ¿Quiénes eran esos palurdos, le preguntó, que se sentaban junto a ella con modales de mozos de cuadra? ¿Qué era esa mezcla nauseabunda que le habían servido en el plato? ¿Comían los perros a la misma mesa que los hombres en Inglaterra? ¿Aquel florero del extremo de la mesa, con el pelo acicalado como un mayo (comme une grande perche mal fagotée), era de verdad la Reina? ¿Y el Rey babeaba siempre de esa manera? ¿Y cuál de aquellos pisaverdes era George Villiers? Aunque al principio estas preguntas desconcertaron un poco a Orlando, estaban formuladas con tanta gracia y picardía que no pudo evitar la risa; y como vio por las caras de incomprensión de los presentes que nadie entendía una palabra, le respondió con la misma libertad con la que ella le preguntaba, hablando, al igual que ella, en un francés perfecto.
Así comenzó entre ambos una intimidad que pronto se convirtió en el escándalo de la Corte.
Pronto se observó que Orlando prestaba a la moscovita mucha más atención de la que la mera cortesía exigía. Rara vez se apartaba de su lado y su conversación, aunque ininteligible para los demás, se desarrollaba con tal animación y provocaba tales sonrojos y risas que hasta el más tonto podía adivinar el tema.
Además, el cambio en el propio Orlando era extraordinario. Nadie le había visto nunca tan animado. En una sola noche se había despojado de su torpeza de muchacho; se había transformado de un adolescente huraño, que no podía entrar en el salón de unas damas sin barrer de la mesa la mitad de los adornos, en un noble lleno de gracia y caballerosidad varonil.
Verle ayudar a la moscovita (como la llamaban) a subir a su trineo, o tenderle la mano para el baile, o atrapar el pañuelo moteado que ella había dejado caer, o cumplir cualesquiera otras de esas múltiples obligaciones que la señora suprema exige y el amante se apresura a anticipar, era un espectáculo capaz de encender los apagados ojos de la vejez y de acelerar el rápido pulso de la juventud.
Sin embargo, sobre todo ello pesaba una nube.
Los ancianos se encogían de hombros. Los jóvenes se reían disimuladamente cubriéndose la boca. Todos sabían que Orlando estaba comprometido con otra. Lady Margaret O’Brien O’Dare O’Reilly Tyrconnel (pues ese era el nombre propio de Eufrosina de los Sonetos) lucía el espléndido zafiro de Orlando en el segundo dedo de su mano izquierda.
Era ella quien tenía el derecho supremo a su atención. No obstante, podía dejar caer todos los pañuelos de su armario (de los que tenía muchas decenas) sobre el hielo y Orlando jamás se agachaba a recogerlos. Ella podía esperar veinte minutos a que la ayudara a subir a su trineo, y al final tener que conformarse con los servicios de su criado negro.
Cuando patinaba, lo cual hacía con bastante torpeza, nadie estaba a su lado para alentarla, y, si caía, lo cual hacía con bastante pesadez, nadie la ayudaba a levantarse ni sacudía la nieve de sus enaguas.
Aunque era de naturaleza flemática, tardía en ofenderse y más reacia que la mayoría de la gente a creer que un mero extranjero pudiera desplazarla de los afectos de Orlando, aun así, la propia Lady Margaret llegó por fin a sospechar que algo se estaba tramando contra su tranquilidad mental.
En verdad, a medida que pasaban los días, Orlando se cuidaba cada vez menos de disimular sus sentimientos. Con cualquier excusa, abandonaba la compañía apenas terminaban de cenar, o se escapaba de los patinadores que formaban grupos para bailar una cuadrilla. Al momento siguiente se veía que la moscovita tampoco estaba.
Pero lo que más indignaba a la Corte, hiriéndola en su parte más sensible, que es su vanidad, era que a menudo se veía a la pareja deslizarse bajo la cuerda de seda que separaba el recinto real de la zona pública del río, y desaparecer entre la multitud de la gente común.
Porque de repente la Princesa zapateaba y gritaba: «Llévenseme de aquí. Detesto a vuestra chusma inglesa», con lo cual se refería a la propia Corte inglesa.
No lo soportaba más. Estaba llena de viejas fisgonas, decía, que se le quedaban a uno mirando a la cara, y de jóvenes engreídos que le pisaban los callos. Olían mal. Sus perros se le metían entre las piernas. Era como estar en una jaula.
En Rusia tenían ríos de diez millas de ancho en los que uno podía galopar con seis caballos en línea todo el día sin encontrarse con un alma. Además, quería ver la Torre, los Beefeaters, las cabezas en Temple Bar y las joyerías de la ciudad.
Así fue como Orlando la llevó a la ciudad, le enseñó a los Beefeaters y las cabezas de los rebeldes, y le compró cuanto le antojó en la Real Bolsa. Pero esto no bastaba. Cada uno deseaba cada vez más la compañía del otro en la intimidad durante todo el día, allí donde no hubiera nadie que se maravillara o se quedara mirando.
En lugar de tomar el camino de Londres, por lo tanto, tomaron la dirección contraria y pronto se vieron más allá de la multitud, entre las extensiones congeladas del Támesis donde, salvo por las aves marinas y alguna vieja campesina que picaba el hielo en un vano intento de sacar un cubo de agua o recolectaba lasramitas u hojas secas que podía encontrar para hacer fuego, ni un solo ser humano se cruzaba jamás en su camino.
Los pobres se mantuvieron recluidos en sus casitas, y los más acomodados, que podían permitírselo, se agolpaban en busca de calor y alegría en la ciudad.
De ahí que Orlando y Sasha, como la llamaba por abreviar, y porque era el nombre de un zorro blanco ruso que había tenido de muchacho —una criatura suave como la nieve, pero con dientes de acero, que le mordió tan ferozmente que su padre mandó matarlo—, de ahí que tuvieran el río para ellos solos. Calientes por el patinaje y por el amor, se dejaban caer en algún tramo solitarios donde los mimbres amarillos orillaban la ribera, y envueltos en un gran abrigo de pieles, Orlando la tomaba en sus brazos y conocía, por primera vez, según murmuraba, las delicias del amor. Luego, cuando el éxtasis pasaba y yacían adormecidos en un desvanecimiento sobre el hielo, él le hablaba de sus otros amores y de cómo, en comparación con ella, habían sido de madera, de cilicio y de cenizas. Y riéndose de su vehemencia, ella se volvía una vez más en sus brazos y le regalaba, por amor, un abrazo más. Y entonces se maravillaban de que el hielo no se derritiera con el calor de ambos, y se compadecían de la pobre vieja que no disponía de medios naturales semejantes para deshelarlo, sino que tenía que picarlo con un hacha de acero frío. Y después, envueltos en sus martas cibelinas, hablaban de todo bajo el sol; de vistas y viajes; de moros y paganos; de la barba de este hombre y la piel de aquella mujer; de una rata que comía de su mano a la mesa; de los tapices que se movían siempre en el zaguán de su casa; de un rostro; de una pluma. Nada era demasiado pequeño para semejante charla, nada era demasiado grande.
Entonces, de repente, Orlando caía en uno de sus estados de melancolía; la visión de la vieja cojeando sobre el hielo podía ser la causa, o nada; y se arrojaba boca abajo sobre el hielo y miraba las aguas congeladas y pensaba en la muerte.
Pues tiene razón el filósofo cuando dice que nada más grueso que la hoja de un cuchillo separa la felicidad de la melancolía; y prosigue opinando que la una es hermana gemela de la otra; y saca de esto la conclusión de que todos los extremos del sentimiento están emparentados con la locura; y así nos insta a refugiarnos en la verdadera Iglesia (a su juicio, la anabaptista), que es el único puerto, dársena, fondeadero, etc., decía, para aquellos que zozobran en este mar.
“Todo acaba en la muerte”, solía decir Orlando, sentado muy derecho, con el rostro nublado por la melancolía.
(Pues así era como funcionaba su mente ahora, en violentos vaivenes de la vida a la muerte, sin detenerse en nada intermedio, de modo que el biógrafo tampoco debe detenerse, sino volar tan rápido como pueda y seguir así el ritmo de las acciones impetuosas, apasionadas y necias, y de las súbitas y extravagantes palabras en las que, es imposible negarlo, Orlando se indulgía por entonces en esta época de su vida.)
—Todo acaba en la muerte —decía Orlando, sentado erguido sobre el hielo. Pero Sasha, que después de todo no tenía sangre inglesa, sino que era de Rusia, donde los atardeceres son más largos, los amaneceres menos repentinos y las oraciones a menudo se dejan inconclusas por la duda de cuál sea la mejor manera de terminarlas—, Sasha lo miraba fijamente, tal vez le dirigía una mueca de desprecio, pues él debía de parecerle un niño a sus ojos, y no decía nada.
Pero al fin el hielo se volvió frío bajo ellos, lo cual a ella le desagradó, así que, haciéndolo poner de pie de nuevo, le habló de un modo tan encantador, tan ingenioso, tan prudente (mas por desgracia siempre en francés, idioma que, como es bien sabido, pierde su gracia en la traducción) que él olvidó las aguas heladas, la noche que se avecinaba, a la anciana o lo que fuere, e intentó decirle —tambaleándose y chapoteando entre mil imágenes que se habían vuelto tan rancias como las mujeres que las inspiraron— cómo era ella. ¿Nieve, crema, mármol, cerezas, alabastro, hilos de oro? Ninguna de esas cosas. Era como un zorro, o un olivo; como las olas del mar cuando se contemplan desde lo alto; como una esmeralda; como el sol sobre una colina verde que aún está nublada—como nada que él hubiera visto o conocido en Inglaterra.
Por más que rebuscara en los idiomas, las palabras le faltaban. Deseaba otro paisaje y otra lengua. El inglés era un idioma demasiado franco, demasiado candido, demasiado almibarado para Sasha.
Pues en todo lo que ella decía, por muy abierta y voluptuosa que pareciera, había algo oculto; en todo lo que hacía, por muy atrevido que fuera, había algo encubierto. Así la llama verde parece oculta en la esmeralda, o el sol prisionero en una colina. La diafanidad era solo exterior; por dentro había una llama errante.
Venía; se iba; ella nunca brillaba con el rayo constante de una inglesa —aquí, sin embargo, recordando a lady Margaret y sus enaguas, Orlando se desbocó en su entusiasmo y la arrastró por el hielo, más rápido, más rápido, jurando que perseguiría la llama, bucearía en busca de la joya, y así sucesivamente, saliendo las palabras al ritmo de su agitada respiración con la pasión de una poesía que el dolor arrancara a medias de su pecho.
Pero Sasha guardaba silencio. Cuando Orlando terminaba de decirle que era una zorra, un olivo o una colina verde, y le había contado toda la historia de su familia; cómo su casa era una de las más antiguas de Bretaña; cómo habían venido de Roma con los Césares y tenían derecho a caminar por el Corso (que es la calle principal de Roma) bajo un palanquín con borlas, lo cual, según decía, es un privilegio reservado solo para aquellos de sangre imperial (pues había en él una credulidad orgullosa que resultaba bastante agradable), él hacía una pausa y le preguntaba: ¿Dónde estaba su propia casa? ¿Quién era su padre? ¿Tenía hermanos? ¿Por qué estaba allí sola con su tío?
Entonces, de algún modo, aunque ella respondía con bastante facilidad, surgía entre ellos cierta incomodidad. Él sospechó al principio que el rango de ella no era tan alto como le gustaría; o que se avergonzaba de las costumbres salvajes de su pueblo, pues había oído que las mujeres en Moscovia llevan barba y los hombres están cubiertos de pelo de la cintura para abajo; que ambos sexos se untan con sebo para protegerse del frío, desgarran la carne con los dedos y viven en chozas donde a un noble inglés le daría vergüenza tener a su ganado; de modo que se abstenía de insistir.
Pero, pensándolo bien, llegó a la conclusión de que su silencio no podía deberse a esa razón; ella misma estaba completamente libre de vello en la barbilla; se vestía con terciopelo y perlas, y sus modales ciertamente no eran los de una mujer criada en un establo.
¿Qué era, pues, lo que ella le ocultaba? La duda que subyacía a la tremenda fuerza de sus sentimientos era como las arenas movedizas bajo un monumento, que se desplazan de repente y hacen temblar todo el conjunto. La angustia se apoderaba de él de improviso. Entonces estallaba en una ira tal que ella no sabía cómo calmarlo. Tal vez no quería calmarlo; tal vez sus arrebatos le agradaban y los provocaba a propósito—tal es la curiosa oblicuidad del temperamento moscovita.
Para continuar la historia—aquel día, patinando más lejos de lo habitual, llegaron a aquella parte del río donde los barcos habían echado anclas y quedado atrapados por el hielo en medio de la corriente. Entre ellos se encontraba el barco de la embajada moscovita, que lucía su águila bicéfala negra en el palo mayor, del cual colgaban carámbanos multicolores de varias yardas de longitud. Sasha se había dejado parte de su ropa a bordo y, suponiendo que el barco estuviera vacío, subieron a cubierta y fueron en su busca. Recordando ciertos episodios de su propio pasado, a Orlando no le habría extrañado que algunos buenos ciudadanos hubieran buscado este refugio antes que ellos; y así fue. No se habían aventurado mucho cuando un apuesto joven se levantó de un asunto propio tras un rollo de cabo y, diciendo al parecer —pues hablaba ruso— que era uno de los tripulantes y que ayudaría a la Princesa a encontrar lo que buscaba, encendió un trozo de vela y desapareció con ella hacia las entrañas del barco.
El tiempo pasó y Orlando, envuelto en sus propios sueños, solo pensaba en los placeres de la vida; en su joya; en su rareza; en los medios para hacerla suya de forma irrevocable e indisoluble.
Había obstáculos y penalidades que superar. Ella estaba empeñada en vivir en Rusia, donde había ríos congelados y caballos salvajes y hombres, decía, que se degollaban unos a otros. Es verdad que un paisaje de pinos y nieve, las costumbres de la lujuria y la matanza, no le atraían. Tampoco le apetecía abandonar sus placenteras costumbres campestres de caza y plantación de árboles; renunciar a su cargo; arruinar su carrera; disparar al reno en lugar del conejo; beber vodka en lugar de vino de Canarias, y deslizar un cuchillo en su manga—con qué fin, no lo sabía.
Aun así, todo esto y más que todo esto lo haría por ella. En cuanto a su matrimonio con lady Margaret, fijado para dentro de una semana, era algo tan palmariamente absurdo que apenas le prestaba atención. Sus parientes lo insultarían por abandonar a una gran dama; sus amigos lo ridiculizarían por arruinar la mejor carrera del mundo por una cosaca y un páramo de nieve—eso no pesaba un ápice en la balanza en comparación con la propia Sasha.
La primera noche oscura huirían. Tomarían un barco hacia Rusia. Así lo meditaba; así lo tramaba mientras paseaba de un lado a otro de la cubierta.
Le devolvió la atención, volviéndose hacia el oeste, la visión del sol, colgado como una naranja en la cruz de la catedral de San Pablo. Era rojo como la sangre y se hundía rápidamente. Debía de ser casi de noche. Sasha llevaba fuera una hora y pico.
Asaltado al punto por aquellos oscuros presentimientos que ensombrecían hasta sus pensamientos más seguros respecto a ella, se precipitó bodega adentro por el camino que les había visto tomar; y, tras tropezar en la oscuridad entre cofres y barriles, advirtió por un débil resplandor en un rincón que estaban sentados allí.
Durante un segundo tuvo una visión de ellos; vio a Sasha sentada en la rodilla del marinero; la vio inclinarse hacia él; los vio abrazarse antes de que la luz quedara borrada en una nube roja por su rabia.
Estalló en un aullido de angustia tal que resonó en todo el barco. Sasha se arrojó entre ambos, o el marinero habría sido ahogado antes de poder desenvainar su sable. Luego una náusea mortal se apoderó de Orlando, y tuvieron que tumbarlo en el suelo y darle a beber aguardiente para que reviviera.
Y entonces, cuando se hubo recuperado y estaba sentado sobre un montón de arpillera en cubierta, Sasha se cernió sobre él, pasando ante sus ojos mareados de forma suave, sinuosa, como el zorro que lo había mordido, ora engatusando, ora increpando, de modo que él llegó a dudar de lo que había visto. ¿Acaso no había parpadeado la vela?; ¿acaso no se habían movido las sombras? La caja era pesada, decía ella; el hombre la ayudaba a moverla. Orlando la creía por un momento —pues ¿quién puede estar seguro de que su furia no ha pintado aquello que más teme encontrar?—; al siguiente estallaba con más violencia de ira por su engaño. Entonces la propia Sasha se puso pálida; golpeó el pie en la cubierta; dijo que se iría esa misma noche, y convocó a sus dioses para que la destruyeran si ella, una Romanovitch, se había echado en los brazos de un marinero raso. En verdad, al mirarlos juntos (lo que apenas lograba hacer), Orlando se sintió ultrajado por la vileza de su imaginación, capaz de haber pintado a una criatura tan frágil entre las garras de aquella bestia marina y peluda. El hombre era enorme; medía seis pies y cuatro pulgadas en calcetines; llevaba comunes argollas de alambre en las orejas, y parecía un caballo de carga sobre el cual se hubiera posado en su vuelo un reyezuelo o un petirrojo. Así que cedió; la creyó, y le pidió perdón.
Sin embargo, cuando descendían por el costado del barco, de nuevo con afectuoso cariño, Sasha se detuvo con la mano en la escalera y le lanzó a este monstruo de tez bronceada y anchas mejillas una andanada de saludos, bromas o expresiones cariñosas en ruso, de las cuales Orlando no pudo entender ni una sola palabra.
Pero había algo en su tono (pudiera ser culpa de las consonantes rusas) que le recordaba a Orlando una escena de algunas noches atrás, cuando la había descubierto en secreto royendo en un rincón un cabo de vela que había recogido del suelo. Es verdad que era rosa; era dorada; y procedía de la mesa del Rey; pero era sebo, y ella se lo comía.
¿No había en ella —pensó, ayudándola a pasar al hielo— algo rancio, algo de sabor basto, algo de origen campesino? Y se la imaginó a los cuarenta años convertida en una mujer voluminosa, aunque ahora fuera esbelta como un junco, y letárgica, aunque ahora fuera alegre como una alondra.
Pero de nuevo, mientras patinaban hacia Londres, tales sospechas se desvanecieron en su pecho, y sintió como si un gran pez lo hubiera enganchado por la nariz y lo arrastrase por las aguas a la fuerza, pero con su propio consentimiento.
Era una tarde de una belleza asombrosa. A medida que el sol se ponía, todas las cúpulas, chapiteles, torrecillas y pináculos de Londres se recortaban en una negrura de tinta contra las furiosas nubes rojas del poniente.
Allí estaba la cruz labrada de Charing; allá la cúpula de San Pablo; acullá el macizo cuadrado de los edificios de la Torre; allí, como un bosquecillo de árboles despojados de todas sus hojas salvo por un nudo en el extremo, estaban las cabezas en las picas de Temple Bar.
Ahora las ventanas de la abadía se iluminaban y ardían como un escudo celestial de múltiples colores (según la fantasía de Orlando); ahora todo el oeste parecía una ventana dorada con huestes de ángeles (según la fantasía de Orlando otra vez) subiendo y bajando perpetuamente por las escaleras celestiales.
Todo el tiempo parecía que patinaban sobre profundidades insondables de aire, tan azul se había vuelto el hielo; y tan vítreo y liso era que avanzaban cada vez más deprisa hacia la ciudad, con las gaviotas blancas dando círculos a su alrededor y trazando en el aire con sus alas los mismos arcos que ellos trazaban en el hielo con sus patines.
Sasha, como para tranquilizarlo, se mostró más tierna que de costumbre y aún más encantadora. Rara vez hablaba de su vida pasada, pero ahora le contó cómo, en los inviernos de Rusia, solía escuchar a los lobos aullar por las estepas y, tres veces, para mostrárselo, ladró como un lobo.
A lo que él le habló de los ciervos en la nieve de su tierra, y de cómo se adentraban en el gran salón en busca de calor y eran alimentados por un viejo con gachas de un cubo. Y entonces ella lo alabó; por su amor a las bestias; por su hidalguía; por sus piernas.
Embelesado por sus alabanzas y avergonzado de pensar cómo la había difamado al imaginarla sobre las rodillas de un marinero raso y habiéndose vuelto obeso y letárgico a los cuarenta, le dijo que no encontraba palabras para alabarla; sin embargo, al instante pensó en cómo ella era como la primavera, la hierba verde y las aguas raudas, y asiéndola con más fuerza que nunca, la balanceó con él medio río adelante, de modo que las gaviotas y los cormoranes se balancearon también.
Y deteniéndose al fin, sin aliento, ella dijo, jadeando levemente, que él era como un árbol de Navidad de un millón de velas (como los que hay en Rusia) colgado de esferas amarillas; incandescente; suficiente para iluminar toda una calle; (tal como cabría traducirlo) pues entre sus mejillas encendidas, sus rizos oscuros, su capa negra y carmesí, parecía estar ardiendo con su propio resplandor, a partir de una lámpara encendida por dentro.
Todo el color, salvo el rojo de las mejillas de Orlando, pronto se desvaneció. Llegó la noche.
Al desaparecer la luz anaranjada del poniente, la sucedió un fulgor blanco y asombroso proveniente de las antorchas, las hogueras, los pebeteros llameantes y otros ingenios con los que se iluminaba el río, y se produjo la más extraña de las transformaciones.
Varias iglesias y palacios de nobles, cuyas fachadas eran de piedra blanca, se veían en franjas y manchas como si flotasen en el aire. De la catedral de San Pablo, en particular, no quedaba más que una cruz dorada. La abadía parecía el esqueleto gris de una hoja. Todo sufrió emaciación y transformación.
A medida que se acercaban al carnaval, oyeron una nota profunda como la emitida por un diapasón, que resonaba cada vez con más fuerza hasta convertirse en un estruendo. De vez en poco, un gran grito seguía a un cohete en el aire. Poco a poco pudieron divisar pequeñas figuras que se separaban de la vasta multitud y giraban de aquí para allá como mosquitos en la superficie de un río.
Por encima y alrededor de este círculo brillante, como un cuenco de oscuridad, presionaba el negro profundo de una noche de invierno. Y entonces, en la oscuridad, comenzaron a elevarse con pausas que mantenían la expectación alerta y la boca abierta, cohetes en flor; crecientes; serpientes; una corona.
En un momento los bosques y las colinas distantes se veían verdes como en un día de verano; al siguiente todo era invierno y negrura de nuevo.
Por entonces Orlando y la Princesa estaban cerca del recinto real y vieron su camino bloqueado por una gran muchedumbre de plebeyos, que se apretaban contra la cuerda de seda tanto como se atrevían. Reacios a poner fin a su intimidad y a enfrentarse a las agudas miradas que los acechaban, la pareja se detuvo allí, empujada por aprendices; sastres; pescaderas; marchantes de caballos; rateros; eruditos hambrientos; criada con sus tocas; naranjeras; mozos de cuadra; ciudadanos sobrios; taberneros obscenos; y una caterva de pilluelos como los que siempre rondan las afueras de una multitud, gritando y gateando entre los pies de la gente; de hecho, toda la morralla de las calles de Londres estaba allí, bromeando y codeándose, unos tirando los dados, adivinando la fortuna, empujando, haciendo cosquillas, pellizcando; aquí alborotados, allí hoscos; algunos con la boca abierta una vara de ancha; otros tan poco reverentes como grajos en el tejado; todos ataviados de la forma más diversa que sus bolsurs o su posición permitían; aquí con pieles y paño grueso; allí en harapos con los pies protegidos del hielo únicamente por un trapo de cocina atado alrededor.
La mayor concentración de gente, según parecía, se hallaba frente a una caseta o escenario parecido a los de nuestros guiñoles, sobre el cual se estaba desarrollando algún tipo de representación teatral.
Un hombre negro agitaba los brazos y vociferaba. Había una mujer de blanco tendida sobre una lecho.
Por tosca que fuera la puesta en escena —con los actores subiendo y bajando corriendo por un par de peldaños y tropezando a veces, y la multitud zapateando y silbando, o arrojando, cuando se aburría, un trozo de cáscara de naranja sobre el hielo por el que un perro se peleaba—, la asombrosa y sinuosa melodía de las palabras conmovió a Orlando como la música.
Habladas con extrema rapidez y una audacia de lengua atrevida que le recordaba a los marineros cantando en los beer gardens de Wapping, las palabras, aun careciendo de significado, eran como vino para él.
Pero de vez en cuando le llegaba a través del hielo alguna frase aislada que era como si hubiera sido arrancada de lo más hondo de su corazón. El delirio del moro le parecía su propio delirio, y cuando el moro asfixiaba a la mujer en su lecho, era a Sasha a quien él mataba con sus propias manos.
Al fin la obra había terminado. Todo se había oscurecido. Las lágrimas corrían por su rostro.
Al mirar hacia el cielo no había más que negrura allí también.
Ruina y muerte, pensó, lo cubren todo.
La vida del hombre termina en la tumba. Los gusanos nos devoran.
Me parece que ahora debiera haber un enorme eclipse De sol y luna, y que el globo aterrorizado Debiera abrirse—
Aun mientras decía esto, una estrella de cierta palidez se alzó en su memoria.
La noche estaba oscura; era una oscuridad absoluta; pero había sido en una noche como esta en la que habían esperado; había sido en una noche como esta en la que habían planeado huir. Lo recordaba todo. Había llegado el momento.
Con un arranque de pasión, atrajo a Sasha hacia sí y le siseó al oído: «Jour de ma vie!»
Era su señal. A la medianoche se encontrarían en una posada cerca de Blackfriars. Allí esperaban caballos. Todo estaba listo para su huida. Así se separaron, ella a su tienda, él a la suya. Todavía faltaba una hora para el momento señalado.
Mucho antes de medianoche, Orlando ya estaba esperando. La noche era de una negrura tan tiznada que uno tenía al prójimo encima antes de poder verlo, lo cual venía de perillas, pero también guardaba una solemnidad tan quieta que el casco de un caballo, o el llanto de un niño, se dejaban oír a media milla de distancia.
Más de una vez Orlando, mientras paseaba a grandes pasos por el pequeño patio, se detuvo el corazón al escuchar el firme trote de algún jamelgo sobre los adoquines, o el susurro del vestido de una mujer. Pero el viajero no era más que un mercader que regresaba tarde a casa, o alguna mujer del barrio cuyo recado no era nada inocente. Pasaban, y la calle quedaba más silenciosa que antes.
Luego aquellas luces que brillaban abajo, en las pequeñas y apiñadas viviendas donde vivían los pobres de la ciudad, ascendieron a los dormitorios y luego, una a una, se extinguieron.
Los faroles de las calles en estos suburbios eran escasos de por sí; y la negligencia del sereno a menudo permitía que se apagasen mucho antes del alba. La oscuridad se volvía entonces aún más profunda que antes.
Orlando miró las mechas de su linterna, comprobó las cinchas de la silla; amartilló sus pistolas; examinó sus cartucheras; e hizo todas estas cosas una docena de veces al menos hasta que ya no pudo encontrar nada más que requiriera su atención.
Aunque aún faltaban unos veinte minutos para la medianoche, no lograba obligarse a entrar en el salón de la posada, donde la patrona todavía servía vino de Xerez y el más barato de Canarias a unos cuantos hombres de mar, que se sentaban allí canturreando sus coplas y contando sus historias de Drake, Hawkins y Grenville, hasta que se caían de los bancos y se quedaban dormidos en el suelo enarenado.
La oscuridad era más compasiva con su corazón inflamado y violento. Escuchaba cada pisada; especulaba sobre cada sonido.
Cada grito de borracho y cada lamento de algún pobre infeliz tendido sobre la paja o en otra desgracia le dolía en el alma, como si presagiara malos augurios para su empresa.
Sin embargo, no temía por Sasha. El valor de ella restaba importancia a la aventura. Vendría sola, con su capa y sus pantalones, calzada de botas como un hombre. Por ligera que fuera su pisada, apenas se dejaría oír, ni siquiera en este silencio.
Así que esperó en la oscuridad.
De repente recibió un golpe en la cara, suave pero pesado, en el costado de la mejilla. Tan cargado de expectativas estaba que dio un sobresaltos y se llevó la mano a la espada. El golpe se repitió una docena de veces en la frente y la mejilla.
La seca helada había durado tanto que tardó un minuto en darse cuenta de que eran gotas de lluvia lo que caía; los golpes eran los golpes de la lluvia.
Al principio cayeron lenta, deliberadamente, una a una. Pero pronto las seis gotas se convirtieron en sesenta; luego en seiscientas; luego se fundieron en un chorro de agua constante. Era como si el cielo duro y consolidado se derramara en una fuente generosa. En el espacio de cinco minutos Orlando estaba empapado hasta los huesos.
Poniendo a buen recaudo los caballos a toda prisa, buscó refugio bajo el dintel de la puerta desde donde aún podía observar el patio. El aire era ahora más espeso que nunca, y del aguacero se elevaba un vaho y un zumbido tales que ninguna pisada de hombre o bestia podía oírse por encima. Los caminos, picados como estaban de grandes agujeros, estarían inundados y tal vez intransitables. Pero en qué afectaría esto a su huida apenas lo pensaba. Todos sus sentidos se concentraban en mirar a lo largo del sendero empedrado —que brillaba a la luz del farol— en busca de la llegada de Sasha. A veces, en la oscuridad, le parecía verla envuelta en ráfagas de lluvia. Pero el fantasma se desvanecía.
De repente, con una voz terrible y ominosa, una voz llena de horror y alarma que erizó cada pelo de angustia en el alma de Orlando, San Pablo dio el primer golpe de la medianoche.
Cuatro veces más golpeó implacable. Con la superstición de un amante, Orlando había calculado que sería al sexto golpe cuando ella llegaría. Pero el sexto golpe se desvaneció en el eco, y el séptimo llegó y el octavo, y para su aprensivo espíritu parecieron notas que primero anunciaban y luego proclamaban la muerte y el desastre.
Cuando sonó el duodécimo supo que su destino estaba sellado. De nada servía que la parte racional de su ser razonara; ella podría haberse retrasado; podrían haberla retenido; podría haberse perdido. El corazón apasionado y sensible de Orlando conocía la verdad.
Otros relojes dieron la hora, repiqueteando uno tras otro.
El mundo entero parecía resonar con la noticia de su engaño y de la burla de él. Las viejas sospechas que trabajaban subterráneamente en su interior salieron a raudales de su escondite de forma abierta. Le picó un enjambre de serpientes, cada cual más venenosa que la anterior.
Se quedó en el umbral bajo la lluvia torrencial sin moverse. A medida que pasaban los minutos, se le doblaron un poco las rodillas.
El aguacero arreciaba. En lo más recio de este, grandes cañones parecían tronar. Se oían enormes ruidos como de robles que se desgarran y parten. Hubo también gritos salvajes y terribles gemidos inhumanos.
Pero Orlando permaneció allí inamovible hasta que el reloj de Paul dio las dos, y entonces, gritando en voz alta con una horrible ironía, y con todos los dientes al descubierto: «¡Jour de ma vie!», arrojó el farol al suelo, montó a caballo y salió galopando no sabía adónde.
Algún instinto ciego, pues ya había perdido la capacidad de razonar, debió de impulsarlo a tomar la orilla del río en dirección al mar.
Pues cuando rompió el alba, lo cual hizo con insólita rapidez, volviéndose el cielo de un amarillo pálido y cesando casi la lluvia, se encontró a sí mismo en las orillas del Támesis, a la altura de Wapping.
Ahora una visión de la naturaleza más extraordinaria salió a su encuentro.
Donde, durante tres meses y más, había habido hielo macizo de tal grosor que parecía tan permanente como la piedra, y una entera y alegre ciudad se había alzado sobre su pavimento, había ahora un curso de turbulentas aguas amarillas. El río había recuperado su libertad durante la noche.
Era como si un manantial de azufre (opinión a la que se inclinaban muchos filósofos) hubiera brotado de las regiones volcánicas de abajo y hecho añicos el hielo con tal vehemencia que apartó furiosamente los enormes y masivos fragmentos.
El solo aspecto del agua bastaba para marear a cualquiera. Todo era tumulto y confusión. El río estaba cubierto de témpanos.
- Algunos de estos eran tan anchos como una cancha de bochas y tan altos como una casa;
- otros no más grandes que el sombrero de un hombre, pero retorcidos de la manera más fantástica.
Ahora bajaba todo un convoy de bloques de hielo que hundía todo lo que se interponía en su camino. Ahora, arremolinándose y girando como una serpiente atormentada, el río parecía precipitarse entre los fragmentos y arrojarlos de orilla a orilla, de modo que se les podía oír chocar estrepitosamente contra los muelles y pilares.
Pero lo más espantoso e inspirador de terror era la visión de aquellas criaturas humanas que habían quedado atrapadas en la noche y ahora deambulaban por sus retorcidas e inestables islas en la más absoluta agonía espiritual. Ya fuera que se lanzaran a las aguas desbordadas o permanecieran sobre el hielo, su perdición era segura. A veces, todo un grupo de estas pobres criaturas descendía junta, algunos de rodillas, otros amamantando a sus bebés. Un anciano parecía leer en voz alta de un libro sagrado. En otras ocasiones, y su destino tal vez fuera el más espantoso, un infeliz solitario recorría a grandes zancadas su estrecha morada en solitario. A medida que eran arrastrados mar adentro, a algunos se les podía oír pidiendo ayuda en vano, haciendo promesas descabelladas de enmendar sus vidas, confesando sus pecados y prometiendo altares y riquezas si Dios escuchaba sus súplicas. Otros estaban tan aturdidos por el terror que permanecían inmóviles y en silencio, mirando fijamente al frente. Una cuadrilla de jóvenes remeros o postillones, a juzgar por sus libreas, vociferaba y cantaba las canciones de taberna más obscenas, como por desafío, antes de estrellarse contra un árbol y hundirse con blasfemias en los labios. Un viejo noble —pues tal cosa pregonaban su toga de pieles y su cadena de oro— se hundió no lejos de donde Orlando estaba, clamando venganza contra los rebeldes irlandeses, quienes, según gritó con su último aliento, habían urdido semejante infamia. Muchos perecieron aferrando contra el pecho alguna vasija de plata u otro tesoro; y al menos una veintena de infelices se ahogaron por su propia codicia, arrojándose desde la orilla a las aguas antes de dejar escapar una copa de oro o ver desaparecer ante sus ojos alguna toga forrada de piel.
En cuanto a los muebles, los objetos de valor y las posesiones de toda índole, fueron arrastrados sobre los icebergs. Entre otras extrañas visiones se podía ver a una gata amamantando a sus crías; una mesa servida espléndidamente para una cena de veinte comensales; una pareja en la cama; además de un número extraordinario de utensilios de cocina.
Atónito y estupefacto, Orlando no pudo hacer otra cosa durante un buen rato que contemplar la aterradora carrera de las aguas al precipitarse raudas frente a él.
Al fin, pareciendo recapacitar, clavó espuelas a su caballo y galopó con fuerza por la ribera del río en dirección al mar.
Al doblar un recodo del río, se situó frente a aquel trecho donde, ni dos días atrás, los barcos de los Embajadores habían parecido inamoviblemente congelados. A la carrera, los contó todos; el francés; el español; el austriaco; el turco.
Todos seguían flotando, aunque el francés se había soltado de sus amarras y el buque turco se había abierto un gran desglose en el costado y se llenaba de agua rápidamente.
Pero el barco ruso no se veía por ninguna parte. Por un momento, Orlando pensó que se había ido a pique; sin embargo, incorporándose en los estribos y cubriéndose los ojos —que poseían la agudeza de los de un halcón—, pudo distinguir apenas la silueta de un barco en el horizonte. Las águilas negras ondeaban en el tope del mástil. El barco de la embajada moscovita se adentraba en mar abierto.
Arrojándose de su caballo, hizo ademán, en su furia, de querer desafiar la crecida.
De pie con el agua hasta las rodillas, lanzó contra la mujer infiel todos los insultos que jamás hayan sido el sino de su sexo.
Infiel, mudable, inconstante la llamó; diabólica, adúltera, embustera; y las aguas turbulentas se llevaron sus palabras, y arrojaron a sus pies una vasija rota y un poco de paja.