Su venganza
Cuando Colin y su esposa se instalaron entonces en su granja, la misma tribu de hadas ya estaba en las cercanías, y no tardó en descubrir quiénes habían venido tras ellos.
Se convocó inmediatamente una asamblea. Había que hacer algo; pero el qué era motivo de disputa. La mayoría de ellas solo pensaba en la venganza—que debía cobrarse con los niños.
Pero la reina dudaba. Tal vez sus sufrimientos le habían hecho bien. Sugirió que, antes de tomar ninguna determinación, debían esperar y vigilar a la familia.
A consecuencia de esta resolución comenzaron a frecuentar la casa constantemente, y a veces en gran número. Pero durante mucho tiempo no pudieron hacer ningún daño a los niños. Todo lo que intentaban resultaba ser una diversión para ellos. Eran tres, dos niñas y un niño; las niñas de nueve y ocho años, y el niño de tres años.
Cuando lograban tentarlos para que traspasaran los límites del hogar, en ocasiones se veían asidos por un pánico inexplicable, y daban media vuelta y corrían de regreso a casa sin saber por qué; en otras, una gran mariposa o libélula, o alguna otra criatura alada y hermosa, se cruzaba velozmente ante ellos y se alejaba hacia la casa, y ellos tras ella, correteando; o se oía la voz de su madre llamando desde la puerta.
Pero al fin llegó su oportunidad.
¡Un día los niños se divirtieron de lo lindo con un juego así!
Las hermanas le habían vendado los ojos a su hermanito, y lo llevaban ya a sus espaldas, ya en brazos, por todas partes; ahora piso arriba, hablando de los agrestes senderos de montaña que estaban escalando; ahora de nuevo abajo, haciéndole creer que descendían a un valle estrecho; luego abrían el grifo de un barril de agua de lluvia y simulaban que viajaban por la orilla de un arroyo.
Ahora se adentraban en las profundidades de un gran bosque y, cuando el mugido de una vaca les llegaba desde un campo cercano, aquello era el rugido de un león o de un tigre.
Por fin llegaron a un lago en el que desembocaba el arroyo, y entonces fue necesario quitarle los zapatos y los calcetines para que pudiera deslizarse sobre el agua con los pies descalzos, los cuales sumergían y salpicaban ora en esta tina, ora en aquella, dispuestas para las labores de la granja y del hogar junto al tonel de agua.
Las hermanas mantuvieron vivas sus propias imaginaciones llevándolo a través de todos los extraños lugares dentro y fuera de la casa.
Cuando le decían que estaban ascendiendo un precipicio, estaban, de hecho, subiendo una escalera bastante difícil hacia la puerta del pajar; cuando le decían que estaban atravesando un desierto sin caminos, estaban, de hecho, en un lugar vasto y vacío, un suelo amplio, utilizado a veces como granero, con las vigas del techo descendiendo hacia él por ambos lados, un lugar abundantemente potente en sus sentimientos para la generación del desierto en el suyo; cuando deambulaban por un bosque sin huellas, estaban, de hecho, serpenteando entre los árboles de un gran huerto que, a la luz de la luna, era lo suficientemente vasto para la fantasía de cualquier niño.
Si le hubieran descubierto los ojos en algún momento, solo le habría abrumado un asombro y un temor de otra índole, más avasallador por ser más real, y más extraño por no haber brotado ni en parte de su propio cerebro.
En el transcurso de la historia, y mientras llevaban al niño descalzo en brazos por el huerto, diciéndole que veían hadas deslizándose por todas partes entre los árboles, sin pensar que él se creía cada palabra que le decían, lo bajaron al suelo, y el niño abrió los ojos de repente.
Sus hermanas se habían ido. La luna lo mir fijamente desde el cielo, a través de las ramas musgosas de los manzanos, que a él le parecieron viejas rodeándolo por todas partes, de lo delgadas y huesudas que eran.
Cuando las hermanas, que solo se habían ocultado un momento detrás de unos árboles para causarle un asombro mayor, regresaron, él ya no estaba.
Hubo una lamentación terrible en la casa; pero su padre y su madre, que tenían experiencia en tales asuntos, sabían que las hadas debían de estar metidas en ello y abrigaban la esperanza de que su hijo les fuera devuelto algún día, aunque todos sus esfuerzos por encontrarlo resultaran infructuosos.