# UTOPIANO Y CIENTÍFICO
I
El Socialismo moderno es, en su esencia, el producto directo del reconocimiento, por un lado, de los antagonismos de clase existentes en la sociedad actual entre propietarios y no propietarios, entre capitalistas y trabajadores asalariados; por otro lado, de la anarquía existente en la producción.
Pero, en su forma teórica, el socialismo moderno aparece originalmente, de manera ostensible, como una prolongación más lógica de los principios enunciados por los grandes filósofos franceses del siglo XVIII.
Como toda teoría nueva, el socialismo moderno tuvo, en un principio, que conectar con el material intelectual disponible que tenía más a mano, por muy profundamente que sus raíces estuvieran hundidas en los hechos económicos materiales.
Los grandes hombres que en Francia prepararon las mentes para la inminente revolución eran ellos mismos revolucionarios extremistas. No reconocían ninguna autoridad externa de ningún género. La religión, la ciencia natural, la sociedad, las instituciones políticas, todo fue sometido a la crítica más implacable; todo debía justificar su existencia ante el tribunal de la razón o renunciar a la existencia. La razón se convirtió en la única medida de todas las cosas.
Fue el tiempo en que, como dice Hegel, el mundo estaba cabeza abajo;4 primero, en el sentido de que la cabeza humana, y los principios alcanzados mediante su pensamiento, reclamaban ser la base de toda acción y asociación humana; pero más tarde también, en el sentido más amplio de que la realidad que entraba en contradicción con estos principios tenía que ser, de hecho, puesta patas arriba.
Todas las formas de sociedad y de gobierno existentes entonces, todas las viejas nociones tradicionales fueron arrojadas al trastero por irracionales: hasta entonces el mundo se había dejado guiar únicamente por prejuicios; todo el pasado solo merecía compasión y desprecio. Ahora, por primera vez, aparecía la luz del día, el reino de la razón; en adelante la superstición, la injusticia, el privilegio y la opresión debían ser reemplazados por la verdad eterna, el Derecho eterno, la igualdad basada en la Naturaleza y los derechos inalienables del hombre.
Sabemos hoy que este reino de la razón no era más que el reino idealizado de la burguesía; que este Derecho eterno se realizó en la justicia burguesa; que esta igualdad se redujo a la igualdad burguesa ante la ley; que la propiedad burguesa fue proclamada como uno de los derechos esenciales del hombre; y que el gobierno de la razón, el Contrat Social de Rousseau, cobró vida, y solo podía cobrar vida, como una república democrática burguesa. Los grandes pensadores del siglo XVIII no pudieron, al igual que sus predecesores, ir más allá de los límites que su época les impuso.
Pero, paralelamente al antagonismo de la nobleza feudal y de los burgueses, que pretendían representar a todo el resto de la sociedad, existía el antagonismo general entre explotadores y explotados, entre ociosos ricos y obreros pobres. Fue precisamente esta circunstancia la que hizo posible que los representantes de la burguesía se presentaran como representantes, no de una clase especial, sino de toda la humanidad sufrida. Aún más. Desde su origen, la burguesía estuvo cargada con su propia antítesis: los capitalistas no pueden existir sin los trabajadores asalariados y, en la misma proporción en que el burgués medieval del gremio se convirtió en el burgués moderno, el oficial de gremio y el jornalero, ajenos a los gremios, se convirtieron en el proletariado. Y aunque, en conjunto, la burguesía, en su lucha contra la nobleza, pudo afirmar que representaba al mismo tiempo los intereses de las distintas clases trabajadoras de aquella época, en todo gran movimiento burgués se produjeron estallidos independientes de la clase que era el precursor, más o menos desarrollado, del proletariado moderno. Por ejemplo, en la época de la reforma alemana y de la guerra de los campesinos, los anabaptistas y Thomas Münzer; en la gran revolución inglesa, los Levellers; en la gran revolución francesa, Babœuf.
Hubo enunciados teóricos correspondientes a estos levantamientos revolucionarios de una clase todavía no desarrollada; en los siglos XVI y XVII, descripciones utópicas de condiciones sociales ideales; en el siglo XVIII, teorías comunistas propiamente dichas (Morelly y Mably).
La exigencia de igualdad ya no se limitaba a los derechos políticos; se extendía también a las condiciones sociales de los individuos. No eran simplemente los privilegios de clase los que debían abolirse, sino las diferencias de clase mismas.
Un comunismo ascético, negador de todos los placeres de la vida, espartano, fue la primera forma de la nueva doctrina.
Vinieron después los tres grandes utopistas:
- Saint-Simon, para quien el movimiento de la clase media, junto al del proletariado, aún tenía cierta importancia;
- Fourier;
- y Owen, quien en el país en que la producción capitalista estaba más desarrollada, y bajo la influencia de los antagonismos engendrados por esta, elaboró sus propuestas para la abolición de las diferencias de clase de forma sistemática y en relación directa con el materialismo francés.
Una cosa es común a los tres. Ninguno de ellos aparece como representante de los intereses de aquel proletariado que el desarrollo histórico había producido entretanto. Al igual que los filósofos franceses, no pretenden emancipar primeramente a una clase particular, sino a toda la humanidad de golpe. Como ellos, desean instaurar el reino de la razón y de la justicia eterna; pero este reino, tal como ellos lo conciben, dista del de los filósofos franceses como del cielo a la tierra.
Pues bien: para nuestros tres reformadores sociales, el mundo burgués, basado en los principios de estos filósofos, es tan irracional e injusto y, por tanto, va a parar al basurero con la misma facilidad que el feudalismo y todas las etapas anteriores de la sociedad.
Si la razón y la justicia puras no han gobernado el mundo hasta ahora, ello se debe únicamente a que los hombres no las han comprendido bien.
Lo que se necesitaba era el hombre de genio individual, que ahora ha surgido y comprende la verdad. Que haya surgido ahora, que la verdad se haya comprendido ahora con claridad, no es un acontecimiento inevitable, que se siga necesariamente en la cadena del desarrollo histórico, sino una mera feliz coincidencia.
Bien podría haber nacido quinientos años antes y haberse ahorrado entonces a la humanidad quinientos años de errores, luchas y sufrimientos.
Vimos cómo los filósofos franceses del siglo XVIII, los precursores de la Revolución, apelaron a la razón como única jueza de todo lo existente.
Debían fundarse un gobierno racional y una sociedad racional; todo lo que contradecía la razón eterna debía ser implacablemente suprimido.
Vimos también que esta razón eterna no era en realidad más que el entendimiento idealizado del ciudadano del siglo XVIII, que por entonces estaba evolucionando hacia el burgués.
La Revolución francesa había realizado esta sociedad y este gobierno racionales.
Pero el nuevo orden de cosas, bastante racional en comparación con las condiciones anteriores, resultó no ser en absoluto absolutamente racional. El Estado basado en la razón se derrumbó por completo. El Contrato social de Rousseau había encontrado su realización en el Reinado del Terror, del cual la burguesía, que había perdido la confianza en su propia capacidad política, se había refugiado primero en la corrupción del Directorio y, finalmente, bajo el ala del despotismo napoleónico. La paz eterna prometida se convirtió en una guerra de conquista interminable.
La sociedad basada en la razón no había corrido mejor suerte. El antagonismo entre ricos y pobres, lejos de disolverse en la prosperidad general, se había intensificado con la supresión de los gremios y otros privilegios que en cierta medida lo atenuaban, y con la desaparición de las instituciones benéficas de la Iglesia. La «libertad de la propiedad» frente a las trabas feudales, ya consumada de verdad, resultó ser, para los pequeños capitalistas y pequeños propietarios, la libertad de vender su pequeña propiedad —aplastada por la abrumadora competencia de los grandes capitalistas y grandes terratenientes— a estos poderosos señores, convirtiéndose así, por lo que respecta a los pequeños capitalistas y pequeños propietarios campesinos, en «libertad de propiedad» [freedom from property].
El desarrollo de la industria sobre una base capitalista hizo de la pobreza y la miseria de las masas trabajadoras condiciones de existencia de la sociedad. El pago en efectivo se convirtió cada vez más, según la expresión de Carlyle, en el único nexo entre hombre y hombre. El número de crímenes aumentó año con año.
Antiguamente, los vicios feudales se habían paseado abiertamente a plena luz del día; aunque no erradicados, ahora al menos fueron relegados a un segundo plano. En su lugar, los vicios burgueses, practicados hasta entonces en secreto, comenzaron a florecer con tanto más lozanía. El comercio se convirtió en medida cada vez mayor en engaño.
- La «fraternidad» del lema revolucionario se hizo realidad en la chicanería y las rivalidades de la lucha de la competencia.
- La opresión por la fuerza fue reemplazada por la corrupción; la espada, como primera palanca social, por el oro.
- El derecho de pernada fue transferido de los señores feudales a los fabricantes burgueses.
- La prostitución aumentó en una medida jamás vista.
El matrimonio mismo siguió siendo, como antes, la forma legalmente reconocida, el manto oficial de la prostitución y, además, se vio complementado por ricas cosechas de adulterio.
En una palabra, comparadas con las espléndidas promesas de los filósofos, las instituciones sociales y políticas nacidas del «triunfo de la razón» resultaron ser caricaturas amargamente decepcionante. Tan solo faltaban los hombres para formular esta desilusión, y aparecieron con el cambio de siglo.
- En 1802 aparecieron las Cartas de Ginebra de Saint-Simon;
- en 1808 apareció la primera obra de Fourier, aunque las bases de su teoría databan de 1799;
- el 1 de enero de 1800, Robert Owen asumió la dirección de New Lanark.
Por entonces, sin embargo, el modo de producción capitalista, y con él el antagonismo entre la burguesía y el proletariado, se hallaba aún muy poco desarrollado. La Gran Industria, que acababa de nacer en Inglaterra, era todavía desconocida en Francia.
Pero la gran industria desarrolla, por una parte, los conflictos que hacen absolutamente necesaria una revolución en el modo de producción y la abolición de su carácter capitalista: conflictos no sólo entre las clases engendradas por ella, sino también entre las propias fuerzas productivas y las formas de intercambio creadas por ella.
Y, por otra parte, desarrolla, en esas mismas fuerzas productivas gigantescas, los medios para poner fin a estos conflictos. Si, por consiguiente, hacia el año 1800, los conflictos nacidos del nuevo orden social apenas comenzaban a tomar forma, esto es aún mucho más aplicable a los medios para ponerles fin.
Las masas «desposeídas» de París, durante el Reinado del Terror, lograron por un momento hacerse con el poder y conducir así la revolución burguesa a la victoria a pesar de la propia burguesía. Pero, al hacerlo, solo demostraron cuán imposible era que su dominación perdurara bajo las condiciones de entonces. El proletariado, que por primera vez se desprendía de estas masas «desposeídas» como núcleo de una nueva clase, totalmente incapaz aún de una acción política independiente, se presentó como un orden oprimido y sufriente, al cual, en su incapacidad para ayudarse a sí mismo, la ayuda solo podía, en el mejor de los casos, aportársele desde fuera o descender desde arriba.
Esta situación histórica dominó también a los fundadores del socialismo. A las condiciones incipientes de la producción capitalista y a la precaria situación de las clases correspondían teorías rudimentarias. Los utopistas intentaron resolver los problemas sociales, que aún yacían ocultos en las condiciones económicas por desarrollar, a partir del cerebro humano. La sociedad no presentaba más que anomalías; suprimir estas era la tarea de la razón.
Era necesario, por tanto, descubrir un sistema nuevo y más perfecto de orden social e imponerlo a la sociedad desde fuera mediante la propaganda y, siempre que fuera posible, con el ejemplo de experimentos modelo. Estos nuevos sistemas sociales estaban condenados de antemano a ser utópicos; cuanto más detalladamente se elaboraban, más terminaban inevitablemente derivando en puras fantasías.
Una vez establecidos estos hechos, no necesitamos detenernos ni un solo momento más en este lado de la cuestión, que hoy pertenece por completo al pasado. Podemos dejar que los peces gordinos de la literatura discutan solemnemente sobre estas fantasías, que hoy solo nos arrancan una sonrisa, y que se vanaglorien de la superioridad de su propio razonamiento insulso en comparación con semejante «locura». Por nuestra parte, nos deleitamos con los pensamientos estupendamente grandiosos y los gérmenes de pensamiento que por doquier brotan a través de su ropaje fantástico, y ante los cuales estos filisteos están ciegos.
San Simón fue un hijo de la gran Revolución francesa, al estallar la cual no tenía aún treinta años. La Revolución fue la victoria del tercer estado, es decir, de las grandes masas de la nación, ocupadas en la producción y en el comercio, sobre las clases privilegiadas ociosas, los nobles y los sacerdotes.
Pero la victoria del tercer estado no tardó en revelarse exclusivamente como la victoria de una pequeña parte de este «estado», como la conquista del poder político por la sección de este socialmente privilegiada, es decir, la burguesía propietaria. Y la burguesía ciertamente se había desarrollado con rapidez durante la Revolución, en parte mediante la especulación con las tierras de la nobleza y de la Iglesia, confiscadas y luego puestas a la venta, y en parte mediante fraudes a la nación por medio de contratos militares.
Fue la dominación de estos estafadores la que, bajo el Directorio, llevó a Francia al borde de la ruina y dio así a Napoleón el pretexto para su golpe de Estado.
Por consiguiente, para Saint Simon el antagonismo entre el tercer estado y las clases privilegiadas adoptó la forma de un antagonismo entre «trabajadores» y «ociosos».
- Los ociosos no eran meramente las antiguas clases privilegiadas, sino también todos aquellos que, sin tomar parte alguna en la producción o la distribución, vivían de sus rentas.
- Y los trabajadores no eran solamente los obreros asalariados, sino también los fabricantes, los comerciantes, los banqueros.
Que los holgazanes habían perdido la capacidad de dirección intelectual y supremacía política había quedado demostrado, y la Revolución lo zanjó definitivamente. Que las clases desposeídas no poseían esta capacidad le parecía a Saint-Simon demostrado por las experiencias del Reinado del Terror.
Entonces, ¿quién iba a dirigir y mandar? Según Saint-Simon, la ciencia y la industria, ambas unidas por un nuevo vínculo religioso, destinado a restaurar esa unidad de ideas religiosas que se había perdido desde la época de la Reforma: un «nuevo cristianismo» necesariamente místico y rígidamente jerárquico.
Pero la ciencia, eso eran los eruditos; y la industria, eso eran, en primer lugar, la burguesía laboriosa, los fabricantes, los comerciantes, los banqueros. Ciertamente, Saint Simon pretendía que esta burguesía se transformase en una especie de funcionarios públicos, de administradores sociales; pero debía conservar, vis-à-vis de los obreros, una posición de mando y económicamente privilegiada. Se debía llamar en especial a los banqueros a dirigir toda la producción social mediante la regulación del crédito. Esta concepción guardaba perfecta consonancia con una época en que la Gran Industria en Francia y, con ella, el abismo entre burguesía y proletariado apenas empezaban a surgir.
Pero en lo que Saint Simon insiste especialmente es en esto: lo que le interesa ante todo y por encima de todas las otras cosas es la suerte de la clase que es la más numerosa y la más pobre ("la classe la plus nombreuse et la plus pauvre").
Ya en sus Cartas de Ginebra, Saint-Simon enuncia la proposición de que «todos los hombres deben trabajar».
En la misma obra reconoce también que el Reinado del Terror fue el reino de las masas desposeídas. «Ved —les dice— lo que ocurrió en Francia en el tiempo en que vuestros camaradas dominaban allí; hicieron sobrevenir una hambre».
Pero reconocer en la Revolución francesa una lucha de clases, y no simplemente una lucha entre la nobleza y la burguesía, sino entre la nobleza, la burguesía y los desposeídos, era, en el año 1802, un descubrimiento de lo más fecundo.
En 1816, declara que la política es la ciencia de la producción y profetiza la completa absorción de la política por la economía. El conocimiento de que las condiciones económicas son la base de las instituciones políticas aparece aquí solo en germen. Sin embargo, lo que ya se expresa aquí muy claramente es la idea de la futura conversión del dominio político sobre los hombres en una administración de cosas y en una dirección de los procesos de producción, es decir, la «abolición del Estado», acerca de la cual tanto ruido se ha hecho recientemente.
San Simón muestra la misma superioridad sobre sus contemporáneos cuando en 1814, inmediatamente después de la entrada de los aliados en París, y de nuevo en 1815, durante la guerra de los Cien Días, proclama la alianza de Francia con Inglaterra, y luego la de ambos países con Alemania, como la única garantía para el desarrollo próspero y la paz de Europa.
Predicar a los franceses en 1815 una alianza con los vencedores de Waterloo requería tanto valor como previsión histórica.
Si en Saint-Simon encontramos una amplia y abarcadora visión de conjunto, en virtud de la cual casi todas las ideas de los socialistas posteriores que no son estrictamente económicas se hallan en él en germen, encontramos en Fourier una crítica de las condiciones existentes en la sociedad genuinamente francesa e ingeniosa, pero no por ello menos profunda.
Fourier toma a la burguesía, a sus inspirados profetas antes de la Revolución y a sus interesados eulogistas después de ella, por su propia palabra. Desnuda implacablemente la miseria material y moral del mundo burgués.
La confronta con las deslumbrantes promesas de los filósofos anteriores de una sociedad en la que solo reinara la razón, de una civilización en la que la felicidad fuera universal, de una perfectibilidad humana ilimitada, y con la fraseología color de rosa de los ideólogos burgueses de su tiempo.
Señala cómo por doquier la realidad más lamentable corresponde a las frases más grandilocuentes, y abruma este fracaso desesperado de las frases con su sarcasmo mordaz.
Fourier no es solo un crítico; su naturaleza imperturbablemente serena lo convierte en un satírico, y sin duda en uno de los más grandes satíricos de todos los tiempos.
Despinta, con igual poder y encanto, las especulaciones fraudulentas que florecieron tras la caída de la Revolución, y el espíritu mercantilista imperante y característico del comercio francés de esa época.
Aún más magistral es su crítica de la forma burguesa de las relaciones entre los sexos y de la posición de la mujer en la sociedad burguesa. Fue el primero en declarar que, en una sociedad dada, el grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general.
Pero Fourier alcanza su mayor grandeza en su concepción de la historia de la sociedad. Divide todo su curso, hasta el presente, en cuatro fases de evolución: el salvajismo, la barbarie, el patriarcado, la civilización. Esta última coincide con la llamada sociedad civil o burguesa de nuestros días, es decir, con el orden social inaugurado en el siglo XVI.
Él demuestra «que el estadio civilizado eleva a una forma de existencia compleja, ambigua, equívoca e hipócrita cada uno de los vicios que la barbarie practica de un modo sencillo»; que la «civilización se mueve en un "círculo vicioso", en contradicciones que reproduce constantemente sin poder resolverlas; de manera que llega siempre al resultado opuesto al que quiere alcanzar, o al que finge querer alcanzar; de suerte que, por ejemplo, "en la civilización, la pobreza brota de la misma abundancia"».
Fourier, como vemos, utiliza el método dialéctico de la misma manera magistral que su contemporáneo Hegel. Empleando esta misma dialéctica, argumenta, frente a la charlatanería sobre la ilimitada perfectibilidad humana, que cada fase histórica tiene su período de ascenso y también su período de descenso, y aplica esta observación al porvenir de toda la raza humana.
Así como Kant introdujo en la ciencia natural la idea de la destrucción final de la tierra, Fourier introdujo en la ciencia histórica la de la destrucción final de la raza humana.
Mientras que en Francia el huracán de la Revolución barría el país, en Inglaterra se estaba gestando una revolución más silenciosa, pero no por ello menos tremenda.
El vapor y la nueva maquinaria de fabricación transformaban la manufactura en industria moderna, revolucionando así todos los cimientos de la sociedad burguesa.
La marcha lenta del desarrollo del período manufacturero se convirtió en un verdadero período de tormenta e ímpetu de la producción.
Con una rapidez constantemente creciente se producía la división de la sociedad en grandes capitalistas y proletarios desposeídos.
Entre ellos, en lugar de la antigua clase media estable, una masa inestable de artesanos y pequeños comerciantes, la porción más fluctuante de la población, llevaba ahora una existencia precaria.
El nuevo modo de producción se hallaba todavía únicamente al comienzo de su período de ascenso; aún era el método de producción normal y regular, el único posible bajo las condiciones existentes. Sin embargo, ya entonces producía clamorosos abusos sociales: el amontonamiento de una población sin hogar en los peores barrios de las grandes ciudades; el relajamiento de todos los lazos morales tradicionales, de la subordinación patriarcal, de las relaciones familiares; el exceso de trabajo, especialmente en mujeres y niños, en un grado espantoso; la desmoralización completa de la clase trabajadora, arrojada de repente a condiciones totalmente nuevas, del campo a la ciudad, de la agricultura a la industria moderna, de condiciones de existencia estables a otras inseguras que cambiaban de día en día.
Llegado este momento, se presentó como reformador un fabricante de 29 años: un hombre de carácter casi sublime y de una sencillez infantil, y al mismo tiempo uno de los pocos líderes natos de hombres.
Robert Owen había adoptado las enseñanzas de los filósofos materialistas: que el carácter del hombre es el producto, por un lado, de la herencia y, por el otro, del entorno del individuo durante su vida, y especialmente durante su período de desarrollo.
En la revolución industrial, la mayoría de los de su clase solo vio caos y confusión, y la oportunidad de pescar en río revuelto y amasar grandes fortunas rápidamente. Él vio en ella la oportunidad de poner en práctica su teoría favorita y, así, poner orden en el caos.
Ya lo había intentado con éxito, como superintendente de más de quinientos hombres en una fábrica de Mánchester. De 1800 a 1829, dirigió la gran hilandería de algodón en New Lanark, Escocia, como socio gerente, siguiendo las mismas líneas, pero con mayor libertad de acción y con un éxito que le valió una reputación europea. Una población, compuesta originariamente por los elementos más diversos y, en su mayor parte, muy desmoralizados, una población que creció gradualmente hasta los 2.500 habitantes, la convirtió en una colonia modelo, en la cual la embriaguez, la policía, los magistrados, los pleitos, las leyes de pobres y la caridad eran desconocidos. Y todo esto simplemente colocando a las personas en condiciones dignas de seres humanos, y sobre todo educando cuidadosamente a la generación joven.
Él fue el fundador de las escuelas infantiles, y las introdujo por primera vez en New Lanark. A la edad de dos años los niños venían a la escuela, donde se divertían tanto que apenas se les podía hacer volver a casa.
Mientras sus competidores hacían trabajar a su gente trece o catorce horas al día, en New Lanark la jornada laboral era de solo diez horas y media.
Cuando una crisis en el algodón detuvo el trabajo durante cuatro meses, sus trabajadores recibieron sus salarios íntegros todo el tiempo. Y con todo esto, el negocio duplicó con creces su valor y, hasta el final, produjo grandes beneficios a sus propietarios.
A pesar de todo esto, Owen no estaba satisfecho. La existencia que garantizaba a sus trabajadores estaba, a sus ojos, todavía muy lejos de ser digna de seres humanos.
"Las personas eran esclavas a mi merced."
Las condiciones relativamente favorables en las que los había situado estaban todavía muy lejos de permitir un desarrollo racional del carácter y del intelecto en todas direcciones, y mucho menos el libre ejercicio de todas sus facultades.
"Y, sin embargo, la parte trabajadora de esta población de 2.500 personas producía diariamente tanta riqueza real para la sociedad como, hacía menos de medio siglo, habría requerido la parte trabajadora de una población de 600.000 para crear. Me pregunté: ¿qué pasó con la diferencia entre la riqueza consumida por 2.500 personas y la que habría sido consumida por 600.000?"5
La respuesta era evidente. Había servido para pagar a los propietarios del establecimiento un 5 por ciento sobre el capital que habían invertido, además de más de 300.000 libras esterlinas de beneficio neto. Y lo que era válido para New Lanark lo era en un grado todavía mayor para todas las fábricas de Inglaterra.
«Si esta nueva riqueza no hubiera sido creada por la maquinaria, por imperfectamente que haya sido aplicada, las guerras de Europa, en oposición a Napoleón y para sostener los principios aristocráticos de la sociedad, no podrían haberse sostenido. Y, sin embargo, esta nueva fuerza era obra de la clase trabajadora».⟭fn:fn_41f03c76bb6b:6⟭
A ella, por tanto, pertenecían los frutos de esta nueva fuerza. Las gigantescas fuerzas productivas recién creadas, utilizadas hasta entonces solo para enriquecer a los individuos y esclavizar a las masas, ofrecían a Owen las bases para una reconstrucción de la sociedad; estaban destinadas, como propiedad común de todos, a ser explotadas para el bien común de todos.
El comunismo de Owen se basaba en este cimiento puramente comercial, resultado, por decirlo así, de un cálculo mercantil. En todo momento mantuvo este carácter práctico.
Así, en 1823, Owen propuso el alivio de la miseria en Irlanda mediante colonias comunistas, y elaboró presupuestos completos de los costes de su fundación, de los gastos anuales y de los ingresos probables.
Y en su plan definitivo para el futuro, la elaboración técnica de los detalles está manejada con tal conocimiento práctico —incluyendo el plano de planta, las vistas de frente, de perfil y de pájaro— que, una vez aceptado el método oweniano de reforma social, desde el punto de vista práctico hay poco que objetar a la disposición real de los detalles.
Su avance en dirección al comunismo fue el punto de inflexión en la vida de Owen. Mientras fue simplemente un filántropo, no recibió más que riqueza, aplausos, honor y gloria como recompensa. Era el hombre más popular de Europa. No solo los hombres de su propia clase, sino también estadistas y príncipes lo escuchaban con aprobación. Pero cuando expuso sus teorías comunistas, la cosa cambió por completo.
Tres grandes obstáculos le parecía que bloqueaban especialmente el camino hacia la reforma social:
- la propiedad privada,
- la religión,
- la forma actual del matrimonio.
Sabía lo que le aguardaba si atacaba estas cosas: la proscripción, la excomunión de la sociedad oficial, la pérdida de toda su posición social. Pero nada de esto le impidió atacarlas sin temor a las consecuencias, y sucedió lo que había previsto.
Desterrado de la sociedad oficial, con una conspiración de silencio en su contra por parte de la prensa, arruinado por sus infructuosos experimentos comunistas en América, en los que sacrificó toda su fortuna, se dirigió directamente a la clase trabajadora y continuó trabajando en medio de ella durante treinta años.
Todo movimiento social, todo avance real en Inglaterra en favor de los trabajadores se vincula al nombre de Robert Owen. Él impuso en 1819, tras cinco años de lucha, la primera ley que limitaba las horas de trabajo de las mujeres y los niños en las fábricas. Fue presidente del primer Congreso en el que todos los Sindicatos de Inglaterra se unieron en una sola gran asociación gremial.
Introdujo como medidas de transición hacia la organización comunista completa de la sociedad, por una parte, sociedades cooperativas para el comercio al por menor y la producción. Estas han dado desde entonces, al menos, la prueba práctica de que el comerciante y el fabricante son socialmente totalmente innecesarios.
Por otra parte, introdujo bazares de trabajo para el intercambio de los productos del trabajo mediante bonos de trabajo, cuya unidad era una sola hora de labor; instituciones necesariamente abocadas al fracaso, pero que anticipaban por completo el banco de cambio de Proudhon de una época muy posterior, y que se diferenciaban totalmente de este en que no pretendían ser la panacea para todos los males sociales, sino solo un primer paso hacia una revolución de la sociedad mucho más radical.
El modo de pensar de los utopistas ha dominado durante mucho tiempo las ideas socialistas del siglo XIX, y todavía domina algunas de ellas. Hasta hace muy poco, todos los socialistas franceses e ingleses le rendían homenaje. El comunismo alemán primitivo, incluido el de Weitling, pertenecía a la misma escuela. Para todos ellos, el socialismo es la expresión de la verdad absoluta, de la razón y de la justicia, y solo necesita ser descubierto para conquistar todo el mundo en virtud de su propia fuerza. Y como la verdad absoluta es independiente del tiempo, del espacio y del desarrollo histórico de la humanidad, es una mera casualidad cuándo y dónde es descubierta.
Con todo esto, la verdad absoluta, la razón y la justicia son distintas en el fundador de cada escuela diferente. Y como el tipo especial de verdad absoluta, razón y justicia de cada cual está condicionado a su vez por su comprensión subjetiva, sus condiciones de existencia, la medida de su saber y su formación intelectual, en este conflicto de verdades absolutas no es posible otro final que el de que se excluyan mutuamente las unas a las otras.
De ahí que de esto no pudiera resultar sino una especie de Socialismo ecléctico y mediocre, que, en realidad, ha dominado hasta el presente las mentes de la mayoría de los obreros socialistas en Francia e Inglaterra.
De ahí un revoltijo que tolera las más variadas tonalidades de opinión; un revoltijo de afirmaciones críticas, teorías económicas y descripciones de la sociedad futura procedentes de los fundadores de diferentes sectas, capaz de suscitar un mínimo de oposición; un revoltijo que se prepara tanto más fácilmente cuanto más se desbastan las aristas definidas de los elementos individuales en el torrente del debate, como cantos rodados en un arroyo.
Para convertir el socialismo en una ciencia, era necesario ante todo colocarlo sobre una base real.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
II
Entre tanto, a la par de la filosofía francesa del siglo XVIII y después de ella, había surgido la nueva filosofía alemana, cuyo punto culminante fue Hegel. Su mayor mérito fue haber vuelto a tomar la dialéctica como la forma superior del pensamiento. Los viejos filósofos griegos eran todos dialécticos innatos, y Aristóteles, el intelecto más enciclopédico de ellos, ya había analizado las formas más esenciales del pensamiento dialéctico.
La filosofía más moderna, en cambio, aunque en ella la también hubiera brillantes exponentes (p. ej. Descartes y Spinoza), se habíatornado, sobre todo por influencia inglesa, cada vez más rígidamente fija en el llamado modo metafísico de razonar, por el cual también los franceses del siglo XVIII estaban casi totalmente dominados, al menos en sus obras filosóficas especiales.
Fuera de la filosofía en el sentido estricto, los franceses produjeron, sin embargo, obras maestras de la dialéctica. No tenemos más que recordar "Le Neveu de Rameau" de Diderot y el "Discours sur l'origine et les fondements de l'inégalité parmi les hommes" de Rousseau. Damos aquí, brevemente, el carácter esencial de estos dos modos de pensamiento.
Cuando consideramos y reflexionamos sobre la naturaleza en su conjunto, o sobre la historia de la humanidad, o sobre nuestra propia actividad intelectual, vemos ante todo la imagen de un entretejimiento sin fin de relaciones y reacciones, permutaciones y combinaciones, en el que nada permanece lo que, donde y como era, sino que todo se mueve, cambia, surge y perece.
Vemos, por tanto, primeramente la imagen como un todo, con sus partes individuales todavía más o más bien mantenidas en un segundo plano; observamos los movimientos, las transiciones, las conexiones, más que las cosas que se mueven, se combinan y están conectadas.
Esta concepción del mundo primitiva, ingenua, pero intrínsecamente correcta, es la de la filosofía griega antigua, y fue formulada por primera vez con claridad por Heráclito: todo es y no es, porque todo fluye, está en constante cambio, constantemente surge y perece.
Pero esta concepción, por correctamente que exprese el carácter general del cuadro de las apariencias en su conjunto, no basta para explicar los detalles de los que este cuadro está compuesto, y mientras no comprendamos estos, no tendremos una idea clara del cuadro entero.
Para comprender estos detalles debemos desvincularlos de su conexión natural o histórica y examinar cada uno por separado, su naturaleza, causas especiales, efectos, etc. Esta es, primariamente, la tarea de la ciencia natural y de la investigación histórica; ramas de la ciencia que los griegos de la época clásica, con muy buenos fundamentos, relegaron a una posición subordinada, porque antes que nada tenían que acumular materiales sobre los cuales pudieran trabajar estas ciencias.
Es necesario recopilar una cierta cantidad de material natural e histórico antes de que pueda haber cualquier análisis crítico, comparación y disposición en clases, órdenes y especies.
Los fundamentos de las ciencias naturales exactas fueron, por tanto, elaborados por primera vez por los griegos del periodo alejandrino y, más tarde, en la Edad Media, por los árabes.
La verdadera ciencia natural data de la segunda mitad del siglo XV, y a partir de entonces ha avanzado con una rapidez constantemente creciente.
The analysis of Nature into its individual parts, the grouping of the different natural processes and objects in definite classes, the study of the internal anatomy of organized bodies in their manifold forms—these were the fundamental conditions of the gigantic strides in our knowledge of Nature that have been made during the last four hundred years.
Pero este método de trabajo nos ha dejado también como legado el hábito de observar los objetos y los procesos naturales de manera aislada, separados de su conexión con el vasto conjunto; de observarlos en reposo, no en movimiento; como constantes, no como esencialmente variables; en su muerte, y no en su vida.
Y cuando esta forma de contemplar las cosas fue trasladada por Bacon y Locke de las ciencias naturales a la filosofía, engendró el modo de pensar estrecho y metafísico propio del siglo pasado.
Para el metafísico, las cosas y sus reflejos mentales, las ideas, están aisladas, han de ser consideradas una tras otra y separadas las unas de las otras, son objetos de investigación fijos, rígidos, dados de una vez para siempre. Piensa en antítesis absolutamente irreconciliables. «Sea vuestro hablar: "sí, sí"; "no, no"; porque lo que es más de esto, de mal procede». Para él una cosa existe o no existe; una cosa no puede ser al mismo tiempo ella misma y algo distinto. Lo positivo y lo negativo se excluyen absolutamente el uno al otro; causa y efecto se hallan en una rígida antítesis el uno respecto del otro.
A primera vista este modo de pensar nos parece muy luminoso, porque es el del llamado sano sentido común. Solo que el sano sentido común, ese respetable caballero que es, en el acogedor ámbito de sus cuatro paredes, vive aventuras muy peregrinas en cuanto se aventura por el ancho mundo de la investigación.
Y el modo metafísico de pensar, tan justificable y necesario como es en una serie de dominios cuya extensión varía según la naturaleza del objeto particular de investigación, tarde o temprano llega a un límite más allá del cual se vuelve unilateral, limitado, abstracto y se pierde en contradicciones insolubles.
- Al contemplar las cosas individuales, olvida la conexión entre ellas;
- al contemplar su existencia, olvida el principio y el fin de dicha existencia;
- al contemplar su reposo, olvida su movimiento.
No puede ver el bosque por los árboles.
Para los fines cotidianos sabemos y podemos decir, p. ej., si un animal está vivo o no. Pero, tras una investigación más detenida, descubrimos que esta es, en muchos casos, una cuestión muy compleja, como los juristas saben muy bien.
Se han devanado los sesos en vano para descubrir un límite racional más allá del cual la muerte del niño en el seno de su madre es asesinato. Es igual de imposible determinar absolutamente el momento de la muerte, pues la fisiología prueba que la muerte no es un fenómeno instantáneo y momentáneo, sino un proceso muy prolongado.
Del mismo modo, todo ser organizado es a cada instante el mismo y no el mismo; a cada instante asimila materia suministrada desde el exterior, y se deshace de otra materia; a cada instante algunas células de su cuerpo mueren y otras se construyen de nuevo; en un tiempo más o menos corto la materia de su cuerpo se renueva por completo, y es reemplazada por otras moléculas de materia, de modo que todo ser organizado es siempre él mismo, y sin embargo algo distinto de sí mismo.
Además, encontramos tras una investigación más detenida que los dos polos de una antítesis, lo positivo y lo negativo, por ejemplo, son tan inseparables como opuestos, y que a pesar de toda su oposición, se interpenetran mutuamente.
Y encontramos, del mismo modo, que la causa y el efecto son conceptos que solo tienen validez en su aplicación a casos individuales; pero tan pronto como consideramos los casos individuales en su conexión general con el universo como un todo, se funden el uno en el otro, y se confunden cuando contemplamos esa acción y reacción universales en las que las causas y los efectos cambian eternamente de lugar, de modo que lo que aquí y ahora es efecto será allí y entonces causa, y viceversa.
Ninguno de estos procesos y modos de pensamiento entra dentro del marco del razonamiento metafísico. La dialéctica, por el contrario, abarca las cosas y sus representaciones, las ideas, en su conexión esencial, concatenación, movimiento, origen y fin. Procesos como los mencionados anteriormente son, por tanto, otras tantas corroboraciones de su propio método de procedimiento.
La naturaleza es la prueba de la dialéctica, y hay que reconocer en favor de la ciencia moderna que ha aportado a esta prueba materiales muy ricos que aumentan día a día, demostrando así que, en última instancia, la naturaleza actúa dialéctica y no metafísicamente; que no se mueve en la unidad eterna de un círculo que se repite perpetuamente, sino que atraviesa una evolución histórica real.
En este contexto, hay que nombrar a Darwin por encima de todos. Él asestó el golpe más duro a la concepción metafísica de la naturaleza al demostrar que todos los seres orgánicos, plantas, animales y el propio hombre, son los productos de un proceso de evolución que se extiende a lo largo de millones de años.
Pero los naturalistas que han aprendido a pensar dialécticamente son contados, y este conflicto entre los resultados de los descubrimientos y los modos de pensar preconcebidos explica la infinita confusión que reina hoy en día en las ciencias naturales teóricas, la desesperación tanto de maestros como de alumnos, de autores y lectores por igual.
Una representación exacta del universo, de su evolución, del desarrollo de la humanidad y del reflejo de esta evolución en las mentes humanas, solo puede obtenerse, por tanto, mediante los métodos de la dialéctica, con su atención constante a las innumerables acciones y reacciones de la vida y de la muerte, de los cambios progresivos o retrógrados.
Y en este espíritu ha trabajado la nueva filosofía alemana. Kant comenzó su carrera convirtiendo el estable sistema solar de Newton y su duración eterna —una vez dado el famoso impulso inicial— en el resultado de un proceso histórico, la formación del sol y de todos los planetas a partir de una masa nebular en rotación. A partir de esto, extrajo al mismo tiempo la conclusión de que, dado este origen del sistema solar, su muerte futura se seguía por necesidad. Medio siglo más tarde, su teoría fue establecida matemáticamente por Laplace, y medio siglo después de eso el espectroscopio probó la existencia en el espacio de tales masas incandescentes de gas en diversas fases de condensación.
Esta nueva filosofía alemana culminó en el sistema hegeliano. En este sistema —y en ello radica su gran mérito—, por primera vez el mundo entero, natural, histórico e intelectual, es representado como un proceso, es decir, como en constante movimiento, cambio, transformación y desarrollo; y se hace el intento de rastrear la conexión interna que constituye un todo continuo de todo este movimiento y desarrollo.
Desde este punto de vista, la historia de la humanidad ya no aparecía como un torbellino desbocado de insensatos actos de violencia, igualmente condenables ante el tribunal de la razón filosófica madura, y que es mejor olvidar lo más rápido posible; sino como el proceso de evolución del hombre mismo. Era ahora tarea del intelecto seguir la marcha gradual de este proceso a través de todos sus caminos sinuosos, y rastrear la ley interna que atraviesa todos sus fenómenos aparentemente accidentales.
Que el sistema hegeliano no resolvió el problema que planteaba es aquí inmaterial. Su mérito histórico-universal consistió en haber planteado el problema. Este problema es uno que ningún individuo aislado podrá resolver jamás. Aunque Hegel fue —junto con Saint-Simon— la mente más enciclopédica de su tiempo, estuvo limitado, primero, por la extensión necesariamente limitada de sus propios conocimientos y, segundo, por la extensión y la profundidad limitadas de los conocimientos y concepciones de su época.
A estos límites hay que añadir un tercero. Hegel era un idealista. Para él, los pensamientos de su cerebro no eran las imágenes más o menos abstractas de las cosas y procesos reales, sino que, por el contrario, las cosas y su evolución eran solo las imágenes realizadas de la «Idea», existente en alguna parte desde la eternidad, antes de que el mundo existiera.
Esta manera de pensar ponía todo patas arriba y invertía por completo la conexión real de las cosas en el mundo. Por muy correcta e ingeniosamente que Hegel captara muchos grupos individuales de hechos, sin embargo, por las razones recién aducidas, hay mucho que está chapucero, artificial, rebuscado; en una palabra, equivocado en los detalles.
El sistema hegeliano, en sí mismo, fue un aborto colossal —pero también fue el último de su especie. Padecía, de hecho, una contradicción interna e incurable. Por un lado, su proposición esencial era la concepción de que la historia humana es un proceso de evolución que, por su propia naturaleza, no puede hallar su término intelectual último en el descubrimiento de ninguna verdad llamada absoluta. Pero, por otro lado, pretendía ser la esencia misma de dicha verdad absoluta.
Un sistema de conocimiento natural e histórico que lo abarque todo y sea definitivo para siempre es una contradicción con la ley fundamental del razonamiento dialéctico. Esta ley, en efecto, no excluye en absoluto, sino que, por el contrario, incluye la idea de que el conocimiento sistemático del universo externo puede dar pasos de gigante de época en época.
La percepción de la contradicción fundamental en el idealismo alemán condujo necesariamente de nuevo al materialismo, pero nota bene, no al materialismo meramente metafísico y exclusivamente mecánico del siglo XVIII.
El viejo materialismo consideraba toda la historia anterior como un cúmulo grosero de irracionalidad y violencia; el materialismo moderno ve en ella el proceso de evolución de la humanidad y se propone descubrir las leyes del mismo.
Con el francés del siglo XVIII, y aun con Hegel, prevalecía la concepción de la Naturaleza como un todo que se movía en círculos estrechos y era eternamente inmutable, tal como lo enseñaban los cuerpos celestes eternos, según Newton, y las especies orgánicas inalterables, según Linneo.
El materialismo moderno abarca los descubrimientos más recientes de las ciencias naturales, según los cuales la Naturaleza tiene también su historia en el tiempo; los cuerpos celestes, al igual que las especies orgánicas que, en condiciones favorables, los poblan, nacen y perecen. Y aun cuando deba seguir afirmándose que la Naturaleza, en su conjunto, se mueve en ciclos recurrentes, estos ciclos adquieren dimensiones infinitamente mayores.
En ambos aspectos, el materialismo moderno es esencialmente dialéctico y ya no necesita de la asistencia de esa clase de filosofía que, a modo de reina, pretendía regir al resto de la multitud de las ciencias.
Tan pronto como a cada ciencia especial se le exige que ponga en claro su puesto en la gran totalidad de las cosas y de nuestro conocimiento de las cosas, toda ciencia especial que se ocupe de esta totalidad se vuelve superflua o innecesaria.
Lo que aún subsiste de toda la filosofía anterior es la ciencia del pensamiento y de sus leyes: la lógica formal y la dialéctica. Todo lo demás se subsume en la ciencia positiva de la Naturaleza y de la historia.
Whilst, however, the revolution in the conception of Nature could only be made in proportion to the corresponding positive materials furnished by research, already much earlier certain historical facts had occurred which led to a decisive change in the conception of history.
- In 1831, the first working-class rising took place in Lyons;
- between 1838 and 1842, the first national working-class movement, that of the English Chartists, reached its height.
The class struggle between proletariat and bourgeoisie came to the front in the history of the most advanced countries in Europe, in proportion to the development, upon the one hand, of modern industry, upon the other, of the newly-acquired political supremacy of the bourgeoisie.
Facts more and more strenuously gave the lie to the teachings of bourgeois economy as to the identity of the interests of capital and labor, as to the universal harmony and universal prosperity that would be the consequence of unbridled competition.
All these things could no longer be ignored, any more than the French and English Socialism, which was their theoretical, though very imperfect, expression. But the old idealist conception of history, which was not yet dislodged, knew nothing of class struggles based upon economic interests, knew nothing of economic interests; production and all economic relations appeared in it only as incidental, subordinate elements in the "history of civilization."
Los nuevos hechos hicieron imperativo un nuevo examen de toda la historia pasada.
Entonces se vio que toda la historia pasada, con la excepción de sus etapas primitivas, era la historia de las luchas de clases; que estas clases sociales en conflicto son siempre el producto de los modos de producción y de cambio —en una palabra, de las condiciones económicas de su tiempo—; que la estructura económica de la sociedad siempre proporciona la base real a partir de la cual únicamente podemos llegar a la explicación última de toda la superestructura de las instituciones jurídicas y políticas, así como de las ideas religiosas, filosóficas y de otro tipo de un período histórico dado.
Hegel había liberado a la historia de la metafísica; la había hecho dialéctica, pero su concepción de la historia era esencialmente idealista. Mas ahora el idealismo fue expulsado de su último refugio, la filosofía de la historia; ahora se proponía una interpretación materialista de la historia y se hallaba un método para explicar el «conocer» del hombre por su «ser», en vez de, como hasta entonces, su «ser» por su «conocer».
From that time forward Socialism was no longer an accidental discovery of this or that ingenious brain, but the necessary outcome of the struggle between two historically developed classes—the proletariat and the bourgeoisie.
Its task was no longer to manufacture a system of society as perfect as possible, but to examine the historico-economic succession of events from which these classes and their antagonism had of necessity sprung, and to discover in the economic conditions thus created the means of ending the conflict.
Pero el socialismo de antaño era tan incompatible con esta concepción materialista como lo era la concepción de la naturaleza de los materialistas franceses con la dialéctica y la ciencia natural moderna.
El socialismo de antaño criticaba ciertamente el modo de producción capitalista existente y sus consecuencias. Pero no podía explicarlas y, por tanto, no podía dominarlas. Únicamente podía rechazarlas sin más como malas.
Cuanto con más fuerza denuncioso este socialismo anterior la explotación de la clase obrera, inevitable bajo el capitalismo, tanto menos capaz era de mostrar claramente en qué consistía esta explotación y cómo surgía.
Pero para esto era necesario: (1) presentar el método capitalista de producción en su conexión histórica y su inevitabilidad durante un período histórico determinado, y por tanto, también, presentar su inevitable derrumbe; y (2) desnudar su carácter esencial, que seguía siendo un secreto. Esto se logró mediante el descubrimiento de la plusvalía. Se demostró que la apropiación de trabajo no pagado es la base del modo capitalista de producción y de la explotación del obrero que bajo él se produce; que aun si el capitalista compra la fuerza de trabajo de su obrero por su valor íntegro como mercancía en el mercado, extrae no obstante de ella más valor que el que pagó; y que, en última instancia, esta plusvalía constituye aquellas sumas de valor de las que se acumulan las masas crecientes de capital en manos de las clases poseedoras. La génesis de la producción capitalista y la producción del capital quedaron así explicadas.
Estas dos grandes descubrimientos, la concepción materialista de la historia y la revelación del secreto de la producción capitalista mediante la plusvalía, se los debemos a Marx.
Con estos descubrimientos el socialismo se convirtió en una ciencia. Lo siguiente era elaborar todos sus detalles y relaciones.
III
La concepción materialista de la historia parte de la proposición de que la producción de los medios para el sustento de la vida humana y, junto a la producción, el intercambio de las cosas producidas, es la base de toda estructura social; que en toda sociedad que ha aparecido en la historia, el modo en que la riqueza se distribuye y la sociedad se divide en clases u órdenes depende de lo que se produce, de cómo se produce y de cómo se intercambian los productos.
Desde este punto de vista, las causas últimas de todos los cambios sociales y de todas las revoluciones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres ni en su creciente comprensión de la verdad y la justicia eternas, sino en las transformaciones de los modos de producción y de cambio. No hay que buscarlas en la filosofía, sino en la economía de cada época determinada.
La creciente percepción de que las instituciones sociales existentes son irracionales e injustas, de que la razón se ha convertido en sinrazón y el derecho en entuerto, no es sino la prueba de que en los modos de producción y de cambio se han operado silenciosamente transformaciones con las que el orden social, adaptado a condiciones económicas anteriores, ya no guarda concordancia.
De esto se sigue asimismo que los medios para eliminar las incongruencias que han salido a la luz deben hallarse también, en un estado más o menos desarrollado, dentro de los propios modos de producción modificados.
Estos medios no han de ser inventados mediante la deducción a partir de principios fundamentales, sino que deben ser descubiertos en los hechos obstinados del sistema de producción existente.
¿Cuál es, pues, la posición del socialismo moderno a este respecto?
La estructura actual de la sociedad —esto se admite hoy con bastante generalidad— es creación de la clase dominante actual, la burguesía. El modo de producción propio de la burguesía, conocido desde Marx como el modo de producción capitalista, era incompatible con el sistema feudal, con los privilegios que este confería a los individuos, a rancias jerarquías sociales y corporaciones locales, así como con los lazos hereditarios de subordinación que constituían el armazón de su organización social.
La burguesía hizo añicos el sistema feudal y edificó sobre sus ruinas el orden social capitalista, el reino de la libre competencia, de la libertad personal, de la igualdad ante la ley de todos los propietarios de mercancías y de todas las demás bendiciones capitalistas. A partir de entonces, el modo de producción capitalista pudo desarrollarse en libertad.
Desde que el vapor, la maquinaria y la producción de máquinas por medio de maquinaria transformaron la antigua manufactura en la industria moderna, las fuerzas productivas desarrolladas bajo la dirección de la burguesía lo hicieron con una rapidez y en un grado hasta entonces desconocidos.
Pero así como la antigua manufactura, en su tiempo, y la artesanía, desarrollada bajo su influencia, habían entrado en colisión con las trabas feudales de los gremios, del mismo modo ahora la industria moderna, en su desarrollo más completo, entra en colisión con los límites dentro de los cuales el modo capitalista de producción la mantiene confinada.
Las nuevas fuerzas productivas ya han superado el modo capitalista de utilizarlas.
Y este conflicto entre las fuerzas productivas y los modos de producción no es un conflicto engendrado en la mente del hombre, como el del pecado original y la justicia divina. Existe, de hecho, objetivamente, fuera de nosotros, independientemente de la voluntad y de las acciones aun de los hombres que lo han provocado.
El socialismo moderno no es más que el reflejo en el pensamiento de este conflicto real; su reflejo ideal en las mentes, primeramente, de la clase que sufre directamente bajo él: la clase obrera.
Ahora bien, ¿en qué consiste este conflicto?
Antes de la producción capitalista, es decir, en la Edad Media, predominaba el sistema de la pequeña industria, basado en la propiedad privada de los trabajadores sobre sus medios de producción: en el campo, la agricultura del campesino pequeño, libre o siervo; en las ciudades, la artesanía organizada en gremios.
Los instrumentos de trabajo —la tierra, los aperos agrícolas, el taller, la herramienta— eran instrumentos de trabajo de individuos aislados, adaptados al uso de un solo trabajador y, por tanto, necesariamente pequeños, diminutos, limitados. Pero, precisamente por esta misma razón, pertenecían por regla general al propio productor.
Concentrar estos medios de producción dispersos y limitados, ampliarlos, convertirlos en las potentes palancas de la producción actual: tal fue precisamente el papel histórico de la producción capitalista y de su representante, la burguesía.
En la cuarta sección de "El Capital", Marx ha explicado detalladamente cómo esto se ha realizado históricamente desde el siglo XV a través de las tres fases de la cooperación simple, la manufactura y la gran industria.
Pero la burguesía, como allí se muestra también, no podía transformar estos exiguos medios de producción en potentes fuerzas productivas sin transformarlos al mismo tiempo de medios de producción del individuo en medios de producción sociales sólo aplicables por una colectividad de hombres.
La rueca, el telar manual, el martillo del herrero fueron sustituidos por la hiladora mecánica, el telar mecánico, el martillo de vapor; el taller individual, por la fábrica que presupone la cooperación de cientos y miles de obreros.
De igual modo, la producción misma cambió de una serie de actos individuales a una serie de actos sociales, y los productos, de productos individuales a sociales. El hilo, la tela, los artículos de metal que ahora salían de la fábrica eran el producto conjunto de muchos obreros por cuyas manos habían tenido que pasar sucesivamente antes de estar terminados. Ninguna persona podía decir de ellos: «Yo hice esto; este es mi producto».
Pero donde, en una sociedad dada, la forma fundamental de producción es esa división espontánea del trabajo que se introduce gradualmente y no según un plan preconcebido, allí los productos adquieren la forma de mercancías, cuyo intercambio mutuo, compra y venta, permite a los productores individuales satisfacer sus múltiples necesidades. Y este era el caso en la Edad Media. El campesino, p. ej., vendía al artesano productos agrícolas y le compraba a este los productos de la artesanía.
En esta sociedad de productores individuales, de productores de mercancías, se introdujo el nuevo modo de producción. En medio de la antigua división del trabajo, surgida espontáneamente y sin ningún plan definido, que había gobernado a toda la sociedad, surgió ahora la división del trabajo según un plan definido, tal como estaba organizada en la fábrica; codo a codo con la producción individual apareció la producción social.
Los productos de ambas se vendían en el mismo mercado y, por tanto, a precios al menos aproximadamente iguales. Pero la organización según un plan definido era más fuerte que la división espontánea del trabajo. Las fábricas, que trabajaban con las fuerzas sociales combinadas de una colectividad de individuos, producían sus mercancías con mucha mayor baratura que los pequeños productores individuales. La producción individual sucumbió en un sector tras otro.
La producción socializada revolucionó todos los métodos antiguos de producción. Pero su carácter revolucionario era, al mismo tiempo, tan poco reconocido, que fue introducido, por el contrario, como un medio para aumentar y desarrollar la producción de mercancías.
Al surgir, encontró ya hechos, y utilizó liberalmente, ciertos mecanismos para la producción y el cambio de mercancías: el capital comercial, el artesanado, el trabajo asalariado. Introduciéndose así la producción socializada como una nueva forma de la producción de mercancías, era natural que bajo ella las antiguas formas de apropiación siguieran en pleno apogeo y se aplicaran también a sus productos.
En la etapa medieval de la evolución de la producción de mercancías, la cuestión acerca de quién era el propietario del producto del trabajo no podía plantわれたr. [Note: wait, let me translate faithfully without typos].
En la etapa medieval de la evolución de la producción de mercancías, la cuestión acerca de quién era el propietario del producto del trabajo no podía plantearse.
El productor individual, por regla general, lo había producido a partir de materias primas que le pertenecían, y que por lo general eran obra de sus propias manos, con sus propias herramientas, mediante el trabajo de sus propias manos o de su familia. No había necesidad de que se apropiara del nuevo producto. Le pertenecía por entero, como algo natural. Su propiedad sobre el producto se basaba, por tanto, en su propio trabajo.
Incluso allí donde se utilizaba ayuda externa, esta era, por regla general, de poca importancia, y muy habitualmente se compensaba con algo distinto de los salarios. Los aprendices y oficiales de los gremios trabajaban menos por la manutención y el salario que por su formación, con el fin de llegar a ser ellos mismos maestros artesanos.
Luego vino la concentración de los medios de producción y de los productores en grandes talleres y manufacturas, su transformación en medios de producción y productores socializados efectivos.
Pero los productores y medios de producción socializados y sus productos siguieron siendo tratados, después de este cambio, tal como lo habían sido antes, es decir, como medios de producción y productos de individuos. Hasta entonces, el propietario de los instrumentos de trabajo se había apropiado por sí mismo del producto, porque, por regla general, era su propio producto y la ayuda de otros constituía la excepción. Ahora, el propietario de los instrumentos de trabajo se apropiaba siempre del producto, aunque este ya no era su producto, sino exclusivamente el producto del trabajo ajeno.
Así, los productos ahora producidos socialmente no eran apropiados por aquellos que habían puesto efectivamente en movimiento los medios de producción y producido de verdad las mercancías, sino por los capitalistas. Los medios de producción y la producción misma se habían vuelto socializados en esencia. Pero fueron sometidos a una forma de apropiación que presupone la producción privada de individuos, bajo la cual, por tanto, cada uno es dueño de su propio producto y lo lleva al mercado. El modo de producción se ve sometido a esta forma de apropiación, aun cuando esta destruye las condiciones sobre las cuales descansa.7
Esta contradicción, que imprime al nuevo modo de producción su carácter capitalista, contiene el germen de todos los antagonismos sociales de hoy.
Cuanto mayor era el dominio adquirido por el nuevo modo de producción en todos los campos importantes de la producción y en todos los países manufactureros, cuanto más reducía la producción individual a un residuo insignificante, con mayor claridad se ponía de manifiesto la incompatibilidad entre la producción socializada y la apropiación capitalista.
Los primeros capitalistas encontraron, como hemos dicho, junto a otras formas de trabajo, el trabajo asalariado ya listo para ellos en el mercado. Pero era un trabajo asalariado excepcional, complementario, accesorio, transitorio. El jornalero agrícola, aunque en ocasiones se alquilaba por días, tenía unas pocas acres de su propia tierra con las que podía, en todo caso, malvivir en un apuro. Los gremios estaban organizados de tal manera que el oficial de hoy se convertía en el maestro del mañana.
Pero todo esto cambió tan pronto como los medios de producción fueron socializados y concentrados en manos de capitalistas. Los medios de producción, así como el producto del productor individual, perdieron cada vez más su valor; a este no le quedó más remedio que convertirse en obrero asalariado bajo el capitalista.
El trabajo asalariado, que antes era la excepción y un accesorio, pasó a ser ahora la regla y la base de toda producción; antes complementario, se convirtió ahora en la única función restante del trabajador. El obrero asalariado se convirtió por algún tiempo en obrero asalariado de por vida.
El número de estos trabajadores asalariados permanentes aumentó además enormemente por la descomposición del sistema feudal ocurrida al mismo tiempo, por la disolución de las mesnadas de los señores feudales, la expulsión de los campesinos de sus tierras, etc.
La separación entre los medios de producción concentrados en manos de los capitalistas, por un lado, y los productores, que no poseían más que su fuerza de trabajo, por el otro, quedó consumada.
La contradicción entre la producción socializada y la apropiación capitalista se manifestó como el antagonismo entre proletariado y burguesía.
Hemos visto que el modo capitalista de producción se abrió paso en una sociedad de productores de mercancías, de productores individuales, cuyo vínculo social era el intercambio de sus productos. Pero toda sociedad basada en la producción de mercancías tiene esta peculiaridad: que los productores han perdido el control sobre sus propias interrelaciones sociales.
Cada hombre produce por sí mismo con los medios de producción que por casualidad pueda tener, y para el intercambio que pueda requerir para satisfacer sus necesidades restantes. Nadie sabe cuánto de su artículo en particular va a llegar al mercado, ni cuánto de él será demandado. Nadie sabe si su producto individual encontrará una demanda real, si podrá cubrir sus costos de producción o incluso si podrá vender su mercancía en absoluto.
La anarquía reina en la producción socializada.
Pero la producción de mercancías, como toda otra forma de producción, tiene sus leyes peculiares e inseparables de ella; y estas leyes actúan, a pesar de la anarquía, en la anarquía y a través de ella.
Se revelan en la única forma persistente de interrelación social, es decir, en el cambio, y aquí afectan a los productores individuales como leyes coercitivas de la competencia.
Al principio, estas leyes son desconocidas para los propios productores, y tienen que ser descubiertas por ellos poco a poco y como resultado de la experiencia.
Se abren paso, por tanto, independientemente de los productores y en oposición a ellos, como leyes naturales inexorablemente impuestas por su forma particular de producción.
El producto gobierna a los productores.
En la sociedad medieval, especialmente en los primeros siglos, la producción estaba dirigida esencialmente a satisfacer las necesidades del individuo.
Satisfechas, por lo general, solo las necesidades del productor y de su familia. Allí donde existían relaciones de dependencia personal, como en el campo, también ayudaba a satisfacer las necesidades del señor feudal.
En todo esto no había, por tanto, ningún intercambio; en consecuencia, los productos no asumían el carácter de mercancías. La familia del campesino producía casi todo lo que necesitaba: ropa y muebles, así como los medios de subsistencia.
Solo cuando comenzó a producir más de lo suficiente para proveer a sus propias necesidades y a los pagos en especie al señor feudal, solo entonces produjo también mercancías. Este excedente, lanzado al intercambio socializado y puesto a la venta, se convirtió en mercancías.
Los artesanos de las ciudades, es verdad, tuvieron que producir desde un principio para el cambio. Pero ellos mismos también proveían a la mayor parte de sus propias necesidades individuales.
Tenían huertos y parcelas de tierra. Sacaban su ganado al bosque comunal, el cual también les proporcionaba madera y leña. Las mujeres hilaban lino, lana, etcétera.
La producción con el fin del cambio, la producción de mercancías, estaba todavía en su infancia. De ahí que el cambio estuviera restringido, el mercado fuera estrecho, los métodos de producción estables; existía una exclusividad local hacia afuera, una unidad local hacia adentro: el mark8 en el campo, en la ciudad, el gremio.
Pero con la ampliación de la producción de mercancías, y en especial con la introducción del modo capitalista de producción, las leyes de la producción mercantil, que hasta entonces habían permanecido latentes, entraron en vigor de manera más abierta y con mayor fuerza.
Los antiguos vínculos se aflojaron, los antiguos límites exclusivos fueron rotos, y los productores se convirtieron cada vez más en productores de mercancías independientes y aislados. Se hizo evidente que la producción de la sociedad en su conjunto estaba regida por la ausencia de plan, por el azar, por la anarquía; y esta anarquía creció a alturas cada vez mayores.
Pero el principal medio con cuya ayuda el modo capitalista de producción intensificó esta anarquía de la producción socializada fue el exacto opuesto de la anarquía. Consistió en la creciente organización de la producción, sobre una base social, en cada establecimiento productivo individual. Con esto, el antiguo estado de cosas pacífico y estable llegó a su fin. Allá donde esta organización de la producción se introdujo en una rama de la industria, no toleró ningún otro método de producción a su lado. El campo de trabajo se convirtió en un campo de batalla.
Los grandes descubrimientos geográficos, y la colonización subsiguiente a ellos, multiplicaron los mercados y aceleraron la transformación del artesanado en manufactura. La guerra no estalló simplemente entre los productores individuales de localidades particulares. Las luchas locales engendraron a su vez conflictos nacionales, las guerras comerciales de los siglos XVII y XVIII.
Finalmente, la gran industria y la apertura del mercado mundial imprimieron a esta lucha un carácter universal y una virulencia inaudita. Las ventajas debidas a condiciones naturales o artificiales de producción deciden ahora la existencia o no existencia de capitalistas individuales, así como de industrias y países enteros. El que cae es arrojado a un lado sin piedad. Es la lucha darwiniana por la existencia individual, transferida de la naturaleza a la sociedad con una violencia intensificada. Las condiciones de existencia propias del animal se presentan como la última etapa del desarrollo humano. La contradicción entre la producción socializada y la apropiación capitalista se manifiesta ahora como un antagonismo entre la organización de la producción en el taller individual y la anarquía de la producción en la sociedad en general.
El modo de producción capitalista se mueve en estas dos formas del antagonismo immanente a él desde su mismo origen. Jamás es capaz de salir de ese «círculo vicioso» que Fourier ya había descubierto.
Lo que Fourier en verdad no pudo ver en su tiempo es que este círculo se va estrechando gradualmente; que el movimiento se convierte cada vez más en una espiral y debe llegar a su fin, como el movimiento de los planetas, al chocar con el centro.
Es la fuerza impulsora de la anarquía en la producción de la sociedad en su conjunto la que convierte cada vez más completa y absolutamente a la gran mayoría de los hombres en proletarios; y son de nuevo las masas del proletariado las que pondrán fin por fin a la anarquía en la producción.
Es la fuerza impulsora de la anarquía en la producción social la que convierte la perfectibilidad ilimitada de la maquinaria bajo la gran industria moderna en una ley imperativa por la cual cada capitalista industrial individual debe perfeccionar su maquinaria cada vez más, bajo pena de ruina.
Pero el perfeccionamiento de la maquinaria está haciendo superflua la labor humana. Si la introducción y el aumento de la maquinaria significan el desplazamiento de millones de obreros manuales por unos pocos operarios de máquinas, el perfeccionamiento de la maquinaria significa el desplazamiento de un número cada vez mayor de estos mismos operarios. Significa, en última instancia, la producción de una cantidad de asalariados disponibles que supera las necesidades medias del capital, la formación de un verdadero ejército de reserva industrial —como lo llamé en 1845,⟭fn:fn_dd15cf2787a3:9⟭ disponible para las épocas en que la industria trabaja a alta presión, para ser arrojados a la calle cuando llega el inevitable colapso, un peso muerto constante sobre los miembros de la clase trabajadora en su lucha por la existencia contra el capital, un regulador para mantener los salarios en el bajo nivel que conviene a los intereses del capital.
Así resulta, para citar a Marx, que la maquinaria se convierte en el arma más poderosa en la guerra del capital contra la clase obrera; que los instrumentos de trabajo arrebatan constantemente los medios de subsistencia de las manos del trabajador; que el producto mismo del trabajador se convierte en un instrumento para su sojuzgamiento.
Así resulta que la economización de los instrumentos de trabajo se convierte al mismo tiempo, desde el principio, en el despilfarro más descarado de fuerza de trabajo, y en un robo basado en las condiciones normales bajo las cuales funciona el trabajo; que la maquinaria, «el instrumento más poderoso para acortar el tiempo de trabajo, se convierte en el medio más infalible para poner cada momento del tiempo del trabajador y el de su familia a disposición del capitalista con el fin de expandir el valor de su capital» («El capital», edición americana, p. 445).
De este modo sucede que el exceso de trabajo de unos se convierte en la condición preliminar para la ociosidad de otros, y que la industria moderna, que anda a la caza de nuevos consumidores por todo el mundo, reduce el consumo de las masas en su propio país a un mínimo de subsistencia, destruyendo con ello su propio mercado interno.
"La ley que equilibra siempre la población excedente relativa, o ejército industrial de reserva, con el volumen y la energía de la acumulación, ata al obrero al capital con más firmeza de la que cuñas de Vulcano encadenaron a Prometeo a la roca. Hace que la acumulación de miseria corresponda a la acumulación de capital. Por tanto, la acumulación de riqueza en un polo es, al mismo tiempo, acumulación de miseria, tormento de trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalidad y degradación mental en el polo opuesto, es decir, en el lado de la clase que produce su propio producto en forma de capital." (Marx, El Capital, vol. I [Kerr & Co.], p. 709).
Y esperar cualquier otra división de los productos del modo capitalista de producción es lo mismo que esperar que los electrodos de una batería no descompongan el agua acidulada, que no liberen oxígeno en el polo positivo e hidrógeno en el negativo, mientras sigan conectados a la batería.
Hemos visto que la perfectibilidad siempre creciente de la maquinaria moderna se convierte, por la anarquía de la producción social, en una ley coactiva que obliga al capitalista industrial individual a mejorar siempre su maquinaria, a aumentar siempre su fuerza productiva.
La mera posibilidad de ampliar el campo de producción se transforma para él en una ley coactiva similar. La enorme fuerza expansiva de la industria moderna, comparada con la cual la de los gases es un mero juego de niños, se nos aparece ahora como una necesidad de expansión, tanto cualitativa como cuantitativa, que se ríe de toda resistencia.
Dicha resistencia es opuesta por el consumo, por las ventas, por los mercados para los productos de la industria moderna. Pero la capacidad de extensión, extensiva e intensiva, de los mercados se rige primordialmente por leyes muy distintas, que actúan con mucha menos energía.
La extensión de los mercados no puede mantener el ritmo de la extensión de la producción. La colisión se vuelve inevitable y, como esta no puede producir ninguna solución real mientras no haga añicos el modo capitalista de producción, las colisiones se vuelven periódicas.
La producción capitalista ha engendrado otro «círculo vicioso».
De hecho, desde 1825, año en que estalló la primera crisis general, todo el mundo industrial y comercial, la producción y el cambio entre todos los pueblos civilizados y sus adláteres más o menos bárbaros, se desquician aproximadamente una vez cada diez años.
El comercio se halla paralizado, los mercados están repletos, los productos se acumulan, tan multitudinarios como invendibles, el dinero en efectivo desaparece, el crédito se desvanece, las fábricas están cerradas, la masa de los obreros carece de los medios de subsistencia porque ha producido demasiados medios de subsistencia; a la bancarrota sigue la bancarrota, a la ejecución judicial la ejecución judicial.
El estancamiento dura años; las fuerzas productivas y los productos se malgastan y destruyen en masa, hasta que la masa acumulada de mercancías se filtra por fin, más o menos devaluada, hasta que la producción y el cambio comienzan a marchar de nuevo gradualmente.
Poco a poco el ritmo se acelera. Se convierte en trote. El trote industrial se convierte en galope, el galope se transforma a su vez en la carrera desenfrenada de una auténtica steeplechase de la industria, del crédito comercial y de la especulación que finalmente, tras saltos de vértigo, termina donde empezó: en el foso de una crisis.
Y así una y otra vez. Desde el año 1825 hemos pasado por esto cinco veces, y en el momento actual (1877) estamos pasando por sexta vez.
Y el carácter de estas crisis está tan claramente definido que Fourier las describió todas de golpe al calificar la primera de "crise pléthorique", una crisis por plétora.
En estas crisis, la contradicción entre la producción socializada y la apropiación capitalista termina en una explosión violenta. La circulación de mercancías queda, por el momento, detenida. El dinero, el medio de circulación, se convierte en un obstáculo para la circulación. Todas las leyes de la producción y de la circulación de mercancías se vuelven del revés. El choque económico ha llegado a su apogeo. El modo de producción se rebela contra el modo de cambio.
El hecho de que la organización socializada de la producción dentro de la fábrica se haya desarrollado hasta tal punto que se ha vuelto incompatible con la anarquía de la producción en la sociedad —la cual existe junto a ella y la domina—, se les impone a los propios capitalistas mediante la violenta concentración de capital que se produce durante las crisis, a través de la ruina de muchos grandes capitalistas y de un número aún mayor de pequeños capitalistas.
Todo el mecanismo del modo de producción capitalista se desploma bajo la presión de las fuerzas productivas, creaciones suyas propias. Ya no es capaz de convertir toda esta masa de medios de producción en capital.
Yacen ociosos, y por esa misma razón el ejército industrial de reserva tiene que yacer también ocioso. Medios de producción, medios de vida, trabajadores disponibles, todos los elementos de la producción y de la riqueza general se encuentran presentes en abundancia.
Pero «la abundancia se convierte en fuente de miseria y de penuria» (Fourier), porque es precisamente lo que impide la transformación de los medios de producción y de subsistencia en capital.
Pues en la sociedad capitalista los medios de producción sólo pueden funcionar cuando han sufrido una transformación preliminar en capital, en medios de explotación de la fuerza de trabajo humana.
La necesidad de esta transformación en capital de los medios de producción y de sustento se interpone como un fantasma entre éstos y los obreros. Ella sola impide la unión de las palancas materiales y personales de la producción; ella sola prohíbe que los medios de producción funcionen y que los obreros trabajen y vivan.
Por un lado, por tanto, el modo de producción capitalista se halla convicto de su propia incapacidad para seguir dirigiendo estas fuerzas productivas. Por otro, estas mismas fuerzas productivas presionan con energía creciente hacia la superación de la contradicción existente, hacia la abolición de su condición de capital, hacia el reconocimiento práctico de su carácter de fuerzas productivas sociales.
Esta rebelión de las fuerzas productivas, a medida que se van haciendo más y más poderosas, contra su cualidad de capital, este reconocimiento cada vez más imperioso de su carácter social, fuerza a la propia clase capitalista a tratarlas cada vez más como fuerzas productivas sociales, en la medida en que esto es posible dentro de las condiciones capitalistas. El período de alta presión industrial, con su ilimitada inflación del crédito, no menos que el crack mismo, mediante la quiebra de grandes establecimientos capitalistas, tiende a producir esa forma de socialización de grandes masas de medios de producción que encontramos en las diferentes clases de sociedades por acciones.
Muchos de estos medios de producción y de distribución son, desde el principio, tan colosales que, como los ferrocarriles, excluyen todas las demás formas de explotación capitalista.
En una etapa posterior de la evolución, esta forma también se vuelve insuficiente. Los productores a gran escala de una rama industrial determinada en un país determinado se unen en un «Trust», una unión con el propósito de regular la producción. Determinan la cantidad total que debe producirse, se la reparten entre ellos y así imponen el precio de venta fijado de antemano.
Pero los trusts de esta clase, tan pronto como los negocios empeoran, suelen disolverse y, por este mismo motivo, exigen una concentración aún mayor de la asociación. Toda la rama industrial en cuestión se convierte en una gigantesca sociedad anónima; la competencia interna da paso al monopolio interno de esta única empresa. Esto ocurrió en 1890 con la producción inglesa de álcalis, que ahora, tras la fusión de 48 grandes fábricas, se encuentra en manos de una sola compañía, dirigida según un plan único y con un capital de 6.000.000 de libras.
En los trusts, la libertad de competencia se transforma en su reverso exacto, en monopolio; y la producción sin plan fijo de la sociedad capitalista capitula ante la producción planificada de la sociedad socialista invasora.
Ciertamente, hasta ahora esto redunda en beneficio y ventaja de los capitalistas. Pero en este caso la explotación es tan palpable que tiene que venirse abajo.
Ninguna nación tolerará una producción dirigida por trusts, con una explotación tan descarada de la comunidad por parte de un pequeño grupo de traficantes de dividendos.
En todo caso, con trusts o sin ellos, el representante oficial de la sociedad capitalista —el Estado— tendrá que asumir en última instancia la dirección de la producción.10
Esta necesidad de conversión en propiedad del Estado se hace sentir primero en las grandes instituciones de intercambio y comunicación: el correo, los telégrafos, los ferrocarriles.
Si las crisis demuestran la incapacidad de la burguesía para seguir manejando las fuerzas productivas modernas, la transformación de los grandes establecimientos de producción y distribución en sociedades anónimas, trusts y propiedad del Estado muestra cuán innecesaria es la burguesía para ese propósito.
Todas las funciones sociales del capitalista son desempeñadas ahora por empleados asalariados. El capitalista no tiene ya otra función social que la de embolsarse dividendos, recortar cupones y jugar en la Bolsa, donde los diferentes capitalistas se despojan unos a otros de su capital.
Al principio, el modo de producción capitalista desplaza a los trabajadores. Ahora desplaza a los capitalistas y los reduce, tal como hizo con los trabajadores, a las filas de la población excedente, aunque no de inmediato a las del ejército industrial de reserva.
Pero la transformación, ya sea en sociedades anónimas y fideicomisos, o en propiedad estatal, no elimina la naturaleza capitalista de las fuerzas productivas. En las sociedades anónimas y los fideicomisos esto es obvio. Y el Estado moderno, a su vez, es solo la organización que adopta la sociedad burguesa para sostener las condiciones externas del modo de producción capitalista frente a las intrusiones, tanto de los trabajadores como de los capitalistas individuales.
El Estado moderno, no importa cuál sea su forma, es esencialmente una máquina capitalista, el Estado de los capitalistas, la personificación ideal del capital nacional total. Cuanto más avanza hacia la apropiación de las fuerzas productivas, más se convierte en realidad en el capitalista nacional, a más ciudadanos explota.
Los trabajadores siguen siendo obreros asalariados: proletarios. La relación capitalista no se elimina. Más bien se lleva a su punto culminante. Pero, llevada a su punto culminante, zozobra. La propiedad estatal de las fuerzas productivas no es la solución del conflicto, pero oculta en su seno se encuentran las condiciones técnicas que forman los elementos de esa solución.
Esta solución solo puede consistir en el reconocimiento práctico de la naturaleza social de las fuerzas productivas modernas y, por tanto, en la armonización de los modos de producción, apropiación y cambio con el carácter socializado de los medios de producción.
Y esto solo puede lograrse mediante la apropiación abierta y directa por parte de la sociedad de las fuerzas productivas que han escapado a todo control, salvo al de la sociedad en su conjunto.
El carácter social de los medios de producción y de los productos se vuelve hoy contra los productores, perturba periódicamente toda la producción y el cambio, y actúa únicamente como una ley de la Naturaleza que obra de manera ciega, violenta y destructiva.
Pero con la toma de posesión de las fuerzas productivas por la sociedad, el carácter social de los medios de producción y de los productos será utilizado por los productores con perfecta conciencia de su naturaleza y, en vez de ser una fuente de perturbaciones y de colapsos periódicos, se convertirá en la palanca más poderosa de la producción misma.
Las fuerzas sociales activות actúan exactamente igual que las fuerzas naturales: de manera ciega, violenta y destructiva, mientras no las comprendemos y contamos con ellas.
Pero una vez que las comprendemos, una vez que captamos su acción, su dirección y sus efectos, depende solo de nosotros someterlas cada vez más a nuestra propia voluntad y alcanzar por medio de ellas nuestros propios fines.
Y esto se aplica muy especialmente a las poderosas fuerzas productivas de hoy. Mientras nos obstinemos en no comprender la naturaleza y el carácter de estos medios sociales de acción —y esta comprensión va a contrapelo del modo capitalista de producción y de sus defensores—, estas fuerzas seguirán actuando a pesar de nosotros, en oposición a nosotros, y seguirán dominándonos, tal como hemos demostrado detalladamente más arriba.
Pero una vez que se comprende su naturaleza, pueden, en manos de los productores asociados, transformarse de demonios dominantes en sirvientes dóciles. La diferencia es como la que hay entre la fuerza destructiva de la electricidad en el rayo de la tormenta y la electricidad dominada en el telégrafo y en el arco voltaico; la diferencia entre un incendio forestal y el fuego al servicio del hombre. Con este reconocimiento por fin de la verdadera naturaleza de las fuerzas productivas de hoy, la anarquía social de la producción da paso a una regulación social de la producción según un plan definido, de acuerdo con las necesidades de la comunidad y de cada individuo. Entonces, el modo capitalista de apropiación, en el cual el producto esclaviza primero al productor y luego al apropiador, es reemplazado por el modo de apropiación de los productos que se basa en la naturaleza de los medios de producción modernos: por una parte, la apropiación social directa, como medio para el mantenimiento y la ampliación de la producción; por otra, la apropiación individual directa, como medio de subsistencia y de disfrute.
Mientras el modo capitalista de producción transforma más y más completa y totalmente a la gran mayoría de la población en proletarios, crea la fuerza que, bajo pena de su propia destrucción, se ve obligada a realizar esta revolución. Mientras impulsa cada vez más la transformación de los vastos medios de producción, ya socializados, en propiedad del Estado, señala el camino para realizar esta revolución.
El proletariado toma el poder político y convierte los medios de producción en propiedad del Estado.
Pero al hacer esto, se abolió a sí misma como proletariado, abolió todas las diferencias de clase y los antagonismos de clase, y abolió también al Estado como Estado. La sociedad hasta entonces, basada en los antagonismos de clase, había tenido necesidad del Estado.
Es decir, de una organización de la clase particular que fuera pro tempore la clase explotadora, una organización con el propósito de impedir cualquier interferencia desde afuera en las condiciones existentes de producción y, por lo tanto, especialmente, con el propósito de mantener por la fuerza a las clases explotadas en la condición de opresión correspondiente al modo de producción dado (esclavitud, servidumbre, trabajo asalariado).
El Estado era el representante oficial de la sociedad en su conjunto, la síntesis de ella en una encarnación visible. Pero solo lo era en la medida en que era el Estado de aquella clase que representaba, en su época, a toda la sociedad: en la antigüedad, el Estado de los ciudadanos esclavistas; en la edad media, el de los señores feudales; en nuestros días, el de la burguesía. Cuando por fin se convierta en el representante efectivo de toda la sociedad, se hará a sí mismo innecesario.
Tan pronto como deje de haber una clase social que mantener en subyugación; tan pronto como queden eliminados la regla de clase y el conflicto individual por la existencia basado en nuestra anarquía actual de la producción, junto con las colisiones y los excesos que de estos se derivan, ya no habrá nada más que reprimir, y dejará de ser necesaria una fuerza especial de represión, un Estado.
El primer acto en virtud del cual el Estado se constituye realmente como representante de toda la sociedad —la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad— es, al mismo tiempo, su último acto independiente como Estado.
La injerencia del Estado en las relaciones sociales se hace, en un dominio tras otro, superflua y se extingue por sí misma; el gobierno de las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción.
El Estado no es «abolido». Se extingue.
Ello da la medida del valor de la frase «Estado libre», tanto en lo que atañe a su uso justificado a veces por los agitadores, como en lo que toca a su insuficiencia científica última; y también de las exigencias de los llamados anarquistas de la abolición del Estado de la noche a la mañana.
Desde la aparición histórica del modo de producción capitalista, la apropiación por la sociedad de todos los medios de producción ha sido soñada a menudo, de manera más o menos vaga, tanto por individuos como por sectas, como el ideal del porvenir.
Pero solo pudo volverse posible, pudo convertirse en una necesidad histórica, cuando las condiciones reales para su realización estuvieron dadas.
Como cualquier otro progreso social, se hace practicable, no porque los hombres comprendan que la existencia de las clases está en contradicción con la justicia, la igualdad, etc., no por el mero deseo de abolir estas clases, sino en virtud de ciertas condiciones económicas nuevas.
La separación de la sociedad en una clase explotadora y otra explotada, una clase dominante y otra oprimida, fue la consecuencia necesaria del desarrollo deficiente y restringido de la producción en tiempos pasados.
Mientras el trabajo social total solo rinde un producto que apenas supera lo estrictamente necesario para la existencia de todos; mientras, por consiguiente, el trabajo absorbe todo o casi todo el tiempo de la gran mayoría de los miembros de la sociedad, necesariamente esta sociedad se divide en clases.
Junto a la gran mayoría, esclavizada exclusivamente al trabajo, surge una clase liberta del trabajo directamente productivo, que se encarga de los asuntos generales de la sociedad: la dirección del trabajo, los negocios del Estado, el derecho, la ciencia, el arte, etc.
Es, por tanto, la ley de la división del trabajo la que se halla en la base de la división en clases.
Pero esto no impide que dicha división en clases se lleve a cabo por medio de la violencia y el robo, la treta y el fraude. No impide que la clase dominante, una vez que ha tomado la delantera, consolide su poder a costa de la clase trabajadora, ni que convierta su dirección social en una explotación intensificada de las masas.
Pero si, atendiendo a esto, la división en clases tiene una cierta justificación histórica, la tiene tan solo para un período dado, tan solo bajo condiciones sociales dadas.
Se basaba en la insuficiencia de la producción. Será barrida por el completo desarrollo de las fuerzas productivas modernas.
Y, de hecho, la abolición de las clases en la sociedad presupone un grado de evolución histórica en el cual la existencia, no simplemente de esta o aquella clase dirigente particular, sino de cualquier clase dirigente en absoluto y, por tanto, la existencia misma de la diferencia de clases se ha convertido en un anacronismo obsoleto.
Presupone, por lo tanto, un desarrollo de la producción llevado a un grado en el cual la apropiación de los medios de producción y de los productos, y con ello, de la dominación política, del monopolio de la cultura y de la dirección intelectual por una clase social particular, se ha vuelto no solo superflua, sino un obstáculo para el desarrollo económica, política e intelectualmente.
Este punto ya se ha alcanzado. Su bancarrota política e intelectual ya es apenas un secreto para la propia burguesía. Su bancarrota económica se repite regularmente cada diez años. En cada crisis, la sociedad se ve sofocada bajo el peso de sus propias fuerzas productivas y de sus productos, que no puede utilizar, y se encuentra indefensa ante la absurda contradicción de que los productores no tienen nada que consumir, porque faltan los consumidores.
La fuerza expansiva de los medios de producción revienta las cadenas que el modo de producción capitalista les había impuesto.
Su liberación de estas cadenas es la única condición previa para un desarrollo ininterrumpido y constantemente acelerado de las fuerzas productivas, y con ello para un incremento prácticamente ilimitado de la producción misma.
Y esto no es todo. La apropiación socializada de los medios de producción elimina no solo las actuales trabas artificiales a la producción, sino también el despilfarro y la devastación positivos de las fuerzas productivas y de los productos que hoy en día son acompañantes inevitables de la producción, y que alcanzan su punto máximo en las crisis.
Además, libera para la comunidad en su conjunto una masa de medios de producción y de productos, al suprimir el insensato derroche de las clases dominantes actuales y de sus representantes políticos.
La posibilidad de asegurar a todos los miembros de la sociedad, por medio de la producción socializada, una existencia no sólo materialmente abundante y que se enriquece día a día, sino una existencia que garantiza a todos el libre desarrollo y el ejercicio de sus facultades físicas y mentales; esta posibilidad existe hoy por primera vez, pero existe.11
Con la toma de posesión de los medios de producción por la sociedad, se elimina la producción de mercancías y, con ello, el dominio del producto sobre el productor. La anarquía en la producción social es reemplazada por una organización sistemática y consciente. La lucha por la existencia individual desaparece.
Entonces por primera vez el hombre, en cierto sentido, se diferencia finalmente del resto del reino animal, y emerge de las meras condiciones animales de existencia hacia unas verdaderamente humanas. Toda la esfera de las condiciones de vida que rodean al hombre, y que hasta ahora lo han gobernado, pasa ahora bajo el dominio y control del hombre, quien por primera vez se convierte en el señor real y consciente de la Naturaleza, porque ahora se ha convertido en amo de su propia organización social.
Las leyes de su propia acción social, que hasta entonces se habrán alzado frente al hombre como leyes de la Naturaleza ajenas a él y que lo dominaban, serán usadas entonces con pleno entendimiento, y con ello dominadas por él.
La propia organización social del hombre, que hasta entonces se le había enfrentado como una necesidad impuesta por la Naturaleza y la historia, se convierte ahora en el resultado de su propia acción libre.
Las fuerzas objetivas extrañas que hasta entonces habían gobernado la historia pasan a estar bajo el control del propio hombre.
Sólo a partir de ese tiempo el hombre mismo, cada vez más conscientemente, hará su propia historia; sólo a partir de ese tiempo las causas sociales puestas en movimiento por él tendrán, principal y crecientemente, los resultados por él deseados.
Es el ascenso del hombre desde el reino de la necesidad hasta el reino de la libertad.
Resumamos brevemente nuestro esbozo de la evolución histórica.
I. Sociedad medieval.—Producción individual a pequeña escala. Medios de producción adaptados al uso individual; de ahí que sean primitivos, torpes, mezquinos, de acción reducida. Producción para el consumo inmediato, ya sea del productor mismo o de su señor feudal. Solo cuando se produce un excedente de esta producción por encima de dicho consumo, tal excedente se pone a la venta, entra en el intercambio. La producción de mercancías, por tanto, se encuentra aún en su infancia. Pero ya contiene en su seno, en germen, la anarquía en la producción de toda la sociedad.
II. Revolución capitalista.—Transformación de la industria, al principio mediante la simple cooperación y la manufactura. Concentración de los medios de producción, hasta entonces dispersos, en grandes talleres. Como consecuencia, su transformación de medios de producción individuales en sociales; una transformación que, en general, no afecta a la forma de cambio. Las viejas formas de apropiación siguen vigentes. Aparece el capitalista. En su calidad de propietario de los medios de producción, se apropia también de los productos y los convierte en mercancías. La producción se ha convertido en un acto social. El cambio y la apropiación siguen siendo actos individuales, actos de individuos. El producto social es apropiado por el capitalista individual. Contradicción fundamental de la que surgen todas las contradicciones en las que se mueve la sociedad actual y que la industria moderna saca a la luz.
A. Separación del productor de los medios de producción.
Condena del trabajador al trabajo asalariado de por vida. Antagonismo entre el proletariado y la burguesía.
B. Creciente predominio y mayor eficacia de las leyes que rigen la producción de mercancías. Concurso desenfrenado.
Contradicción entre la organización socializada en el interior de cada fábrica y la anarquía social en la producción en su conjunto.
C. Por un lado, perfeccionamiento de la maquinaria, convertido por la competencia en un mandato obligatorio para cada fabricante individual, y complementado por un desplazamiento constantemente creciente de obreros. Ejército industrial de reserva. Por otro lado, ampliación ilimitada de la producción, también obligatoria bajo la competencia, para cada fabricante.
Por ambas partes, desarrollo inaudito de las fuerzas productivas, exceso de la oferta sobre la demanda, sobreproducción, saturación de los mercados, crisis cada diez años, el círculo vicioso: exceso aquí de medios de producción y de productos; exceso allí de obreros sin empleo y sin medios de existencia.
Pero estas dos palancas de la producción y del bienestar social no pueden trabajar juntas, porque la forma capitalista de producción impide que las fuerzas productivas actúen y que los productos circulen, a menos que primero se conviertan en capital, cosa que su propia superabundancia impide. La contradicción se ha convertido en un absurdo. El modo de producción se rebela contra la forma de cambio. Se condena a la burguesía por su incapacidad para seguir manejando sus propias fuerzas productivas sociales.
D. El reconocimiento parcial del carácter social de las fuerzas productivas, impuesto a los propios capitalistas. La apropiación de las grandes instituciones de producción y de transporte, primero por sociedades anónimas, después por trusts y, por último, por el Estado. La burguesía demostró ser una clase superflua. Todas sus funciones sociales son desempeñadas ahora por empleados asalariados.
III. Revolución proletaria.—Solución de las contradicciones. El proletariado se apodera del poder público y, por medio de este, transforma los medios de producción socializados, que se le escapan de las manos a la burguesía, en propiedad pública. Por este acto, el proletariado libera los medios de producción del carácter de capital que hasta entonces han tenido, y da a su carácter socializado completa libertad para desenvolverse. La producción socializada según un plan predeterminado se hace desde entonces posible. El desarrollo de la producción hace que la existencia de diferentes clases sociales sea desde ese momento un anacronismo. A medida que la anarquía en la producción social desaparece, la autoridad política del Estado se extingue. El hombre, al fin amo de su propia forma de organización social, se convierte al mismo tiempo en señor de la Naturaleza, su propio amo: libre.
Llevar a cabo este acto de emancipación universal es la misión histórica del proletariado moderno.
Comprender a fondo las condiciones históricas y, con ello, la naturaleza misma de este acto, infundir a la clase proletaria, ahora oprimida, el pleno conocimiento de las condiciones y del significado del trascendental acto que está llamada a realizar: tal es la tarea de la expresión teórica del movimiento proletario, el socialismo científico.
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