Del mismo modo, todo ser organizado es a cada instante el mismo y no el mismo; a cada instante asimila materia suministrada desde el exterior, y se deshace de otra materia; a cada instante algunas células de su cuerpo mueren y otras se construyen de nuevo; en un tiempo más o menos corto la materia de su cuerpo se renueva por completo, y es reemplazada por otras moléculas de materia, de modo que todo ser organizado es siempre él mismo, y sin embargo algo distinto de sí mismo.
Además, encontramos tras una investigación más detenida que los dos polos de una antítesis, lo positivo y lo negativo, por ejemplo, son tan inseparables como opuestos, y que a pesar de toda su oposición, se interpenetran mutuamente.
Y encontramos, del mismo modo, que la causa y el efecto son conceptos que solo tienen validez en su aplicación a casos individuales; pero tan pronto como consideramos los casos individuales en su conexión general con el universo como un todo, se funden el uno en el otro, y se confunden cuando contemplamos esa acción y reacción universales en las que las causas y los efectos cambian eternamente de lugar, de modo que lo que aquí y ahora es efecto será allí y entonces causa, y viceversa.
Ninguno de estos procesos y modos de pensamiento entra dentro del marco del razonamiento metafísico. La dialéctica, por el contrario, abarca las cosas y sus representaciones, las ideas, en su conexión esencial, concatenación, movimiento, origen y fin. Procesos como los mencionados anteriormente son, por tanto, otras tantas corroboraciones de su propio método de procedimiento.
La naturaleza es la prueba de la dialéctica, y hay que reconocer en favor de la ciencia moderna que ha aportado a esta prueba materiales muy ricos que aumentan día a día, demostrando así que, en última instancia, la naturaleza actúa dialéctica y no metafísicamente; que no se mueve en la unidad eterna de un círculo que se repite perpetuamente, sino que atraviesa una evolución histórica real.