En el gran país allende el Atlántico, que hoy es casi el país más poderoso del mundo y pronto lo será indiscutiblemente, impera el sufragio universal masculino.
Tal es también la cualificación política de Francia desde 1848, y ha pasado a ser la de la Confederación Alemana, aunque no la de todos los diversos estados que la componen.
En Gran Bretaña el sufragio aún no está tan ampliamente extendido, pero la última Ley de Reforma admitió dentro de lo que se llama el ámbito de la Constitución a un grupo tan numeroso de quienes viven de salarios semanales que, tan pronto como y tantas veces como estos decidan actuar juntos como clase y ejerzan para cualquier objetivo común todo el poder electoral que nuestras actuales instituciones les conceden, ejercerán, si bien no un ascendiente completo, una influencia muy grande sobre la legislación.
Now these are the very class which, in the vocabulary of the higher ranks, are said to have no stake in the country.
Of course they have in reality the greatest stake, since their daily bread depends on its prosperity. But they are not engaged (we may call it bribed) by any peculiar interest of their own, to the support of property as it is, least of all to the support of inequalities of property.
Hasta donde alcance o pueda alcanzar en el futuro su poder, las leyes de propiedad deben depender para su sustento de consideraciones de carácter público, de la estimación que se haga de su contribución al bienestar general, y no de motivos de índole meramente personal que operen en la mente de quienes tienen el control del Gobierno.
Me parece que la grandeza de este cambio aún no ha sido comprendida en absoluto, ni por quienes se opusieron a nuestra última reforma constitucional, ni por quienes la llevaron a cabo.
A decir verdad, las percepciones de los ingleses se han adormecido un tanto últimamente en lo que respecta a las tendencias de los cambios políticos. Han presenciado tantas modificaciones de las que, mientras eran meros proyectos, se abrigaban inmensas expectativas, tanto de males como de bienes, y cuyos resultados efectivos parecieron quedar tan lejos de lo predicho, que han llegado a sentir como si fuera la naturaleza de los cambios políticos no colmar las expectativas, y han caído en el hábito de creer, medio inconscientemente, que tales cambios, cuando ocurren sin una revolución violenta, no alteran mucho ni permanentemente en la práctica el curso de las cosas habituales en el país.
Esta, sin embargo, no es más que una visión superficial, tanto del pasado como del futuro. Las diversas reformas de las últimas dos generaciones han sido al menos tan fructíferas en consecuencias importantes como se había pronosticado.
Las predicciones solían ser erróneas en cuanto a la inmediatez de los efectos, y a veces incluso en cuanto a la índole del efecto. Nos reímos de las vanas expectativas de quienes pensaban que la emancipación católica tranquilizaría a Irlanda, o la reconciliaría con el dominio británico.
Al cabo de los primeros diez años de la Ley de Reforma de 1832, pocos seguían creyendo que fuera a eliminar todos los agravios prácticos importantes, o que hubiera abierto la puerta al sufragio universal. Pero veinticinco años más de su aplicación dieron margen a un gran desarrollo de su funcionamiento indirecto, que es mucho más trascendental que el directo.
Los efectos repentinos en la historia son generalmente superficiales.
Las causas que se hunden profundamente en las raíces de los acontecimientos futuros solo producen lentamente la parte más grave de sus efectos y tienen, por tanto, tiempo de convertirse en parte del orden familiar de las cosas antes de que se llame la atención general sobre los cambios que están produciendo; pues, cuando los cambios se hacen evidentes, los observadores superficiales a menudo no perciben que estén conectados de ningún modo peculiar con la causa.
Las consecuencias más remotas de un nuevo hecho político rara vez se comprenden cuando ocurren, a menos que se hayan apreciado de antemano.
Esta oportuna valoración resulta especialmente fácil respecto a las tendencias del cambio introducido en nuestras instituciones por la Ley de Reforma de 1867.
El gran incremento del poder electoral que la ley pone al alcance de las clases trabajadoras es permanente. Las circunstancias que hasta ahora las han llevado a hacer un uso muy limitado de ese poder son esencialmente temporales.
Es sabido, incluso por el más desobservador, que las clases trabajadoras tienen, y es probable que sigan teniendo, objetivos políticos que les conciernen en cuanto clases trabajadoras y sobre los cuales creen, con razón o sin ella, que los intereses y opiniones de las otras clases poderosas son contrarios a los suyos.
Por mucho que su persecución de estos objetivos se vea retardada por el momento debido a la falta de organización electoral, a las disensiones entre ellas mismas, o a que aún no han reducido sus deseos a una forma práctica suficientemente definida, es tan seguro como cualquier cosa en política que no tardarán en encontrar los medios para hacer que su poder electoral colectivo sea eficazmente instrumental para la consecución de sus objetivos colectivos.
Y cuando lo hagan, no será de la manera desordenada e ineficaz propia de un pueblo no habituado al uso de la maquinaria legal y constitucional, ni tampoco por el impulso de un mero instinto de nivelación.
Los instrumentos serán la prensa, las reuniones públicas y las asociaciones, y el regreso al Parlamento del mayor número posible de personas comprometidas con los objetivos políticos de las clases trabajadoras.
Los objetivos políticos estarán determinados a su vez por doctrinas políticas definidas; porque la política se estudia hoy científicamente desde el punto de vista de las clases trabajadoras, y las opiniones concebidas en el interés especial de dichas clases se organizan en sistemas y credos que reclaman un lugar en la tribuna de la filosofía política, con el mismo derecho que los sistemas elaborados por pensadores anteriores.
Es de la máxima importancia que todas las personas reflexivas consideren con antelación cuáles probablemente sean estos credos políticos populares, y que cada uno de sus artículos sea sometido a la más plena luz de la investigación y el debate, para que, de ser posible, cuando llegue el momento oportuno, todo lo que haya de correcto en ellos sea adoptado, y lo que sea erróneo rechazado por consentimiento general, y que en lugar de un conflicto hostil, físico o meramente moral, entre lo viejo y lo nuevo, las mejores partes de ambos puedan combinarse en un tejido social renovado.
Al paso ordinario de aquellos grandes cambios sociales que no se efectúan mediante la violencia física, tenemos ante nosotros un intervalo de una generación aproximadamente, de cuyo empleo adecuado depende que la adaptación de las instituciones sociales al estado alterado de la sociedad humana sea obra de una sabia previsión o de un conflicto de prejuicios opuestos. El futuro de la humanidad se verá gravemente en peligro si se deja que las grandes cuestiones se debatan entre el cambio ignorante y la oposición ignorante al cambio.
Y la discusión que ahora se requiere es una que debe remontarse hasta los principios mismos de la sociedad existente.
Las doctrinas fundamentales que las generaciones pasadas dieron por incontestables, vuelven a ser sometidas ahora a juicio. Hasta la época actual, la institución de la propiedad, tal como ha sido transmitida por el pasado, no había sido puesta seriamente en entredicho —salvo por unos pocos escritores especulativos—, porque los conflictos del pasado han sido siempre conflictos entre clases, ambas con intereses en la constitución existente de la propiedad.
No será posible seguir adelante de este modo por más tiempo.
Cuando en la discusión participan clases que apenas poseen bienes propios, y que solo se interesan por la institución en la medida en que constituye un beneficio público, no permitirán que se dé nada por sentado; y mucho menos el principio de la propiedad privada, cuya legitimidad y utilidad son negadas por muchos de los razonadores que analizan la cuestión desde el punto de vista de las clases trabajadoras.
Esas clases exigirán sin duda que el tema, en todas sus partes, sea reconsiderado desde los cimientos; que todas las propuestas para prescindir de la institución, y todos los modos de modificarla que presenten una apariencia favorable a los intereses de las clases trabajadoras, reciban la más amplia consideración y discusión antes de decidir que el asunto debe permanecer como está.
Por lo que este país respecta, las disposiciones de las clases trabajadoras se han manifestado hasta ahora hostiles únicamente hacia ciertas porciones periféricas del sistema de propiedad.
Muchos de ellos desean excluir las cuestiones de salarios de la libertad de contratación, la cual es una de las atribuciones ordinarias de la propiedad privada.
Los más ambiciosos de entre ellos niegan que la tierra sea un objeto apropiado para la apropiación privada, y han comenzado una campaña en favor de su recuperación por parte del Estado.
A esto se combina, en los discursos de algunos de los agitadores, una denuncia de lo que denominan usura, pero sin definición alguna de lo que entienden por dicho nombre; y el clamor no parece tener origen nacional, sino haber sido adoptado a partir del intercambio que ha comenzado recientemente, a través de los Congresos obreros y la Sociedad Internacional, con los socialistas continentales que se oponen a todo interés sobre el dinero y niegan la legitimidad de obtener ingresos de cualquier forma a partir de la propiedad al margen del trabajo.
Esta doctrina no muestra aún indicios de estar muy extendida en Gran Bretaña, pero el terreno está bien preparado para recibir semillas de esta índole, las cuales se hallan ampliamente esparcidas desde aquellos países extranjeros donde las grandes teorías generales y los proyectos de inmensas promesas, en vez de inspirar desconfianza, son esenciales para la popularidad de una causa.
Es en Francia, Alemania y Suiza donde las doctrinas antipropiedad en su sentido más amplio han atraído a grandes masas de trabajadores para que se agrupen en torno a ellas. En estos países, casi todos aquellos que aspiran a reformar la sociedad en interés de las clases trabajadoras se proclaman socialistas, una denominación bajo la cual se comprenden y confunden proyectos de índole muy diversa, pero que implica al menos una remodelación que por lo general se acerca a la abolición de la institución de la propiedad privada.
Y probablemente se descubriría que incluso en Inglaterra los líderes más prominentes y activos de las clases trabajadoras son habitualmente, en sus creencias privadas, socialistas de uno u otro orden; aunque, siendo como la mayoría de los políticos ingleses —más conscientes que sus hermanos continentales de que los grandes y permanentes cambios en las ideas fundamentales de la humanidad no han de lograrse mediante un coup de main—, dirigen sus esfuerzos prácticos hacia fines que parecen más al alcance de la mano, y se contentan con retener toda teoría extrema hasta que se tenga experiencia del funcionamiento de los mismos principios a una escala parcial.
Mientras tal siga siendo el carácter de las clases trabajadoras inglesas, como lo es de los ingleses en general, no es probable que se lancen de cabeza a los extremos temerarios de algunos de los socialistas extranjeros, los cuales, incluso en la sobria Suiza, se declaran satisfechos con empezar por la simple subversión, dejando que la reconstrucción posterior se apañe por sí sola; y por subversión entienden no solo la aniquilación de todo gobierno, sino el despojar a los poseedores de toda clase de bienes para destinarlos al beneficio general; aunque sobre el modo en que esto se hará, afirman, ya habrá tiempo de decidir después.
La profesión de esta doctrina por parte de un periódico público, órgano de una asociación (La Solidarité, publicada en Neuchâtel), es uno de los signos más curiosos de los tiempos. Es improbable que los líderes de los obreros ingleses —cuyos delegados en los congresos de Ginebra y Basilea aportaron la mayor parte del sentido común práctico que allí se mostró— comiencen deliberadamente por la anarquía, sin haberse forjado ninguna opinión sobre qué forma de sociedad debería establecerse en lugar de la antigua.
Pero es evidente que cualquier cosa que propongan solo podrá juzgarse debidamente, y los fundamentos de tal juicio hacerse convincentes para el público en general, sobre la base de un examen previo de las dos teorías rivales, la de la propiedad privada y la del socialismo, una u otra de las cuales debe necesariamente aportar la mayoría de las premisas en la discusión.
Antes, por tanto, de que podamos discutir útilmente esta clase de cuestiones en detalle, será aconsejable examinar desde sus cimientos la cuestión general planteada por el socialismo. Y este examen debe realizarse sin prejuicio hostil alguno.
Por más irrefutables que parezcan los argumentos a favor de las leyes de la propiedad para aquellos sobre quienes tienen el doble prestigio de la costumbre inmemorial y del interés personal, nada es más natural que el que un obrero que ha empezado a especular sobre política las considere bajo una luz muy diferente.
Habiendo alcanzado, tras largas luchas, en unos países, y casi alcanzado en otros, el punto en el que, para ellos al menos, no hay más progreso que hacer en el terreno de los derechos puramente políticos, ¿es posible que las clases menos afortunadas entre los "varones adultos" no se pregunten si el progreso debe detenerse ahí?
A pesar de todo lo que se ha hecho, y de todo lo que parece probable que se haga, en la ampliación del sufragio, unos pocos nacen con grandes riquezas, y la mayoría con una penuria que el contraste hace aún más irritante. Ya no esclavizados ni hechos dependientes por la fuerza de la ley, la gran mayoría lo es por la fuerza de la pobreza; siguen encadenados a un lugar, a una ocupación y a la conformidad con la voluntad de un empleador, y excluidos por el accidente del nacimiento tanto de los goces como de las ventajas intelectuales y morales que otros heredan sin esfuerzo y al margen del mérito.
Que esto es un mal equivalente a casi cualquiera de aquellos contra los que la humanidad ha luchado hasta ahora, los pobres no se equivocan al creerlo. ¿Es un mal necesario? Se lo dicen quienes no lo padecen; aquellos que han obtenido los premios en la lotería de la vida. Pero también se decía que la esclavitud, que el despotismo, que todos los privilegios de la oligarquía eran necesarios.
Todos los pasos sucesivos que han dado las clases más pobres, arrancados en parte de los mejores sentimientos de los poderosos, extorsionados en parte de sus temores, y comprados en parte con dinero, o alcanzados a cambio del apoyo prestado a una sección de los poderosos en sus disputas con otra, tuvieron de antemano los más fuertes prejuicios en su contra; pero su adquisición fue un signo de poder ganado por las clases subordinadas, un medio para que dichas clases adquirieran más; en consecuencia, atrajo hacia esas clases una cierta proporción del respeto concedido al poder, y produjo una modificación correspondiente en el credo de la sociedad respecto a ellas; cualesquiera que fuesen las ventajas que lograban adquirir, pasaban a considerarse como su derecho, mientras que, de aquellas que aún no habían alcanzado, se seguía juzgándolas indignas.
Las clases, por tanto, que el sistema de la sociedad vuelve subordinadas, tienen pocas razones para depositar su fe en cualquiera de las máximas que el mismo sistema de la sociedad pueda haber establecido como principios.
Considerando que las opiniones de la humanidad han resultado ser tan maravillosamente flexibles, que siempre han tendido a consagrar los hechos existentes y a declarar lo que aún no existía, ya sea como pernicioso o impracticable, ¿qué seguridad tienen esas clases de que la distinción entre ricos y pobres se funde en una necesidad más imperativa que aquellos otros hechos antiguos y arraigados que, habiendo sido abolidos, son ahora condenados incluso por quienes antes se beneficiaban de ellos? Esto no puede aceptarse bajo la palabra de una parte interesada.
Las clases trabajadoras tienen derecho a exigir que todo el ámbito de las instituciones sociales sea reexaminado, y que cada cuestión sea considerada como si surgiera ahora por primera vez; con la idea constantemente presente de que las personas a quienes hay que convencer no son aquellas que deben su desahogo e importancia al sistema actual, sino personas que no tienen otro interés en el asunto que la justicia abstracta y el bien general de la comunidad.
Debería ser el objetivo determinar qué instituciones de propiedad establecería un legislador sin prejuicios, absolutamente imparcial entre los poseedores de la propiedad y los no poseedores; y defenderlas y justificarlas con las razones que realmente influirían en tal legislador, y no con aquellas que aparentan haber sido ideadas para justificar lo que ya existe. Aquellos derechos o privilegios de propiedad que no superen esta prueba tendrán que ser abandonados, tarde o temprano.
Además, debe concederse una audiencia imparcial a todas las objeciones contra la propiedad en sí misma. Deben admitirse con franqueza todos los males e inconvenientes inherentes a la institución en su mejor forma, y aplicarse los mejores remedios o paliativos que la inteligencia humana sea capaz de concebir. Y todos los planes propuestos por los reformadores sociales, bajo cualquier nombre que se designen, con el fin de alcanzar los beneficios perseguidos por la institución de la propiedad sin sus inconvenientes, deben ser examinados con la misma franqueza, sin prejuzgarlos como absurdos o impracticables.
# Objeciones socialistas al orden actual de la sociedad.
Como en todas las propuestas de cambio hay dos elementos que deben considerarse —aquello que ha de ser cambiado y aquello a lo que ha de ser cambiado—, así en el socialismo considerado en general, y en cada una de sus variedades tomadas por separado, hay dos partes que distinguir: la una, negativa y crítica; la otra, constructiva.
Existe, primero, el juicio del socialismo sobre las instituciones y prácticas existentes y sobre sus resultados; y en segundo lugar, los diversos planes que ha propuesto para hacerlo mejor.
En lo primero, todas las diferentes escuelas del socialismo coinciden. Coinciden casi hasta la identidad en los defectos que hallan en el orden económico de la sociedad actual. Hasta cierto punto albergan también la misma concepción general del remedio que ha de proporcionarse para dichos defectos; pero en los detalles, a pesar de este acuerdo general, hay una amplia disparidad.
Será a la vez natural y conveniente, al intentar una valoración de sus doctrinas, comenzar por la parte negativa que les es común a todas, y posponer toda mención de sus diferencias hasta que lleguemos a esa segunda parte de su empresa, en la cual únicamente difieren de manera sustancial.
Esta primera parte de nuestra tarea no es en modo alguno difícil, ya que consiste únicamente en una enumeración de los males existentes.
De estos no hay escasez, y la mayoría no son en absoluto oscuros ni misteriosos. Muchos de ellos son los más puros lugares comunes de los moralistas, aunque las raíces incluso de estos yacen más hondo de lo que los moralistas suelen intentar penetrar.
Tan variados son que la única dificultad es hacer algo parecido a un catálogo exhaustivo. Por el momento nos contentaremos con mencionar algunos de los principales.
Y que el lector recuerde una cosa. Cuando pase ante él elemento tras elemento de la enumeración, y halle un hecho tras otro que ha estado acostumbrado a incluir entre las necesidades de la naturaleza presentado como una acusación contra las instituciones sociales, no tendrá derecho a clamar injusticia y a protestar que los males de los que se queja son inherentes al Hombre y a la Sociedad, y son de aquellos que ningún arreglo puede remediar.
Afirmar esto sería dar por supuesta la cuestión misma en debate. Nadie está más dispuesto que los socialistas a admitir —afirman esto, en verdad, mucho más rotundamente de lo que la verdad autoriza— que los males de los que se quejan son irremediables en la actual constitución de la sociedad. Proponen considerar si se puede idear alguna otra forma de sociedad que no esté expuesta a esos males, o lo esté en un grado mucho menor.
Aquellos que se oponen al orden actual de la sociedad, considerado en su conjunto, y que aceptan como alternativa la posibilidad de un cambio total, tienen derecho a incluir todos los males que existen actualmente en la sociedad como parte de sus argumentos, ya sean estos aparentemente atribuibles a los arreglos sociales o no, siempre que no deriven de leyes físicas que el poder humano no sea capaz de contrarrestar, o que el conocimiento humano aún no haya aprendido a hacerlo.
Los males morales y aquellos males físicos que se remediarían si todas las personas obrando como deben hacerlo, son legítimamente imputables al estado de sociedad que los tolera; y son válidos como argumentos hasta tanto se demuestre que cualquier otro estado de sociedad implicaría una cantidad igual o mayor de tales males.
En opinión de los socialistas, los arreglos actuales de la sociedad respecto a la Propiedad y a la Producción y Distribución de la riqueza son, como medios para el bien general, un fracaso total.
Afirman que existe una masa enorme de mal que estos arreglos no logran prevenir; que el bien, ya sea moral o físico, que realizan es miserablemente pequeño en comparación con la cantidad de esfuerzo empleado, y que incluso esta pequeña cantidad de bien se produce mediante medios llenos de consecuencias perniciosas, morales y físicas.
Primero entre los males sociales existentes se puede mencionar el mal de la Pobreza. La institución de la Propiedad se sostiene y ensalza principalmente por ser el medio mediante el cual se garantizan el trabajo y la frugalidad como su recompensa, y se permite a la humanidad salir de la indigencia.
Puede que sea así; la mayoría de los socialistas admiten que lo ha sido en periodos anteriores de la historia. Pero si la institución no puede hacer nada más ni mejor a este respecto de lo que ha hecho hasta ahora, sus capacidades, afirman, son muy insignificantes.
¿Qué proporción de la población, en los países más civilizados de Europa, disfruta en su propia persona de algo digno de mención de los beneficios de la propiedad?
Podrá decirse que, de no ser por la propiedad en manos de sus empleadores, se quedarían sin el pan de cada día; pero, aun concediendo esto, al menos su pan de cada día es todo lo que tienen, y eso a menudo en cantidad insuficiente; casi siempre de calidad inferior; y sin ninguna seguridad de seguir teniéndolo en absoluto; ya que una inmensa proporción de las clases trabajadoras se encuentra en algún momento u otro de sus vidas (y todas corren el riesgo de verse) dependiendo, al menos temporalmente, de la caridad legal o voluntaria.
Cualquier intento de describir las miserias de la indigencia, o de calcular la proporción de la humanidad que en los países más avanzados se entrega habitualmente durante toda su existencia a sus sufrimientos físicos y morales, sería aquí superfluo.
Esto puede dejarse en manos de los filántropos, que han pintado estas miserias con colores suficientemente fuertes. Baste decir que la condición de multitudes en la Europa civilizada, e incluso en Inglaterra y Francia, es más desgraciada que la de la mayoría de las tribus de salvajes que nos son conocidas.
Puede decirse que de esta dura suerte nadie tiene motivo para quejarse, porque recae solo en aquellos que son superados por otros, debido a una inferioridad de energía o de prudencia.
Esto, aun de ser verdad, sería un muy pequeño alivio del mal.
Si algún Nerón o Domiciano exigiera a cien personas correr una carrera por sus vidas, bajo la condición de que los cincuenta o veinte que llegaran más atrás fueran condenados a muerte, no disminuiría en nada la injusticia el que los más fuertes o ágiles estuvieran seguros de escapar, a menos que ocurriera algún accidente desafortunado. La miseria y el crimen consistirían en que fueran condenados a muerte en absoluto.
Así, en la economía de la sociedad; si hay algunos que sufren privación física o degradación moral, cuyas necesidades corporales no están satisfechas o lo están de una manera con la que solo criaturas brutas pueden conformarse, esto, aunque no sea necesariamente un crimen de la sociedad, es pro tanto un fracaso de los arreglos sociales.
Y afirmar, como atenuación del mal, que aquellos que sufren de este modo son los miembros más débiles de la comunidad, moral o físicamente, es añadir el insulto a la desgracia.
¿Es la debilidad una justificación del sufrimiento? ¿No es, por el contrario, una exigencia irresistible dirigida a todo ser humano de protección contra el sufrimiento? Si las mentes y los sentimientos de los prósperos estuvieran en un estado correcto, ¿aceptarían su prosperidad si, en aras de ella, siquiera una sola persona cercana a ellos estuviera, por cualquier otra causa que no fuera una falta voluntaria, excluida de alcanzar una existencia deseable?
Hay una cosa que, de poder afirmarse con verdad, eximiría a las instituciones sociales de toda parte en la responsabilidad de estos males.
Como la raza humana no tiene otros medios para una existencia disfrutable, o para la existencia misma, que los que deriva de su propio trabajo y abstinencia, no habría motivo de queja contra la sociedad si cualquiera que estuviera dispuesto a arrostrar una parte justa de este trabajo y esta abstinencia pudiera alcanzar una parte justa de los frutos.
¿Pero es este el hecho? ¿No es lo contrario de los hechos? La recompensa, en vez de ser proporcional al trabajo y a la abstinencia del individuo, está casi en proporción inversa a ellos: los que menos reciben, son los que más trabajan y se abstienen.
Aun los pobres ociosos, imprudentes y de mala conducta, aquellos de quienes con más justicia se dice que son los únicos culpables de su condición, a menudo soportan una labor mucho mayor y más severa, no solo que aquellos que nacen con independencia pecunaria, sino que casi cualquiera de los miembros mejor remunerados de quienes se ganan el sustento; e incluso el inadecuado autocontrol que ejercen los pobres trabajadores les cuesta más sacrificio y más esfuerzo del que casi nunca se le exige a los miembros más favorecidos de la sociedad.
La idea misma de justicia distributiva, o de cualquier proporcionalidad entre el éxito y el mérito, o entre el éxito y el esfuerzo, es en el estado actual de la sociedad tan manifiestamente quimérica que queda relegada a los dominios del romance.
Es verdad que la suerte de los individuos no es enteramente independiente de su virtud y su inteligencia; estas influyen realmente a su favor, pero mucho menos que muchas otras cosas en las que no hay mérito alguno.
La más poderosa de todas las circunstancias determinantes es el nacimiento. La gran mayoría es lo que nació para ser.
- Unos nacen ricos sin trabajar,
- otros nacen en una posición en la que pueden enriquecerse mediante el trabajo,
- la gran mayoría nace abocada al trabajo duro y a la pobreza durante toda la vida,
- numerosos grupos a la indigencia.
Junto con el nacimiento, la principal causa del éxito en la vida es el azar y la oportunidad.
Cuando una persona que no ha nacido en la riqueza logra adquirirla, su propia industria y destreza han contribuido generalmente al resultado; pero la industria y la destreza no habrían bastado de no haber existido también una concurrencia de ocasiones y azares que le corresponden en suerte solo a un pequeño número.
Si las personas son ayudadas en su carrera terrenal por sus virtudes, también lo son, y tal vez con tanta frecuencia, por sus vicios:
- por el servilismo y la sicofancia,
- por el egoísmo duro y tacaño,
- por las mentiras permitidas y las tretas del comercio,
- por las especulaciones de juego,
- no pocas veces por la pura y simple villanía.
Las energías y los talentos son de mucha mayor utilidad para el éxito en la vida que las virtudes; pero si un hombre triunfa empleando la energía y el talento en algo de utilidad general, otro prospera ejerciendo esas mismas cualidades para superar y arruinar a un rival.
Es lo máximo que se atreve a afirmar cualquier moralista el hecho de que, dadas las demás circunstancias, la honradez es la mejor política, y que con igualdad de ventajas una persona honesta tiene más probabilidades que un bribón. Incluso esto, en muchas situaciones y circunstancias de la vida, resulta cuestionable; cualquier cosa más allá de eso está fuera de toda duda.
No puede pretenderse que la honradez, como medio para alcanzar el éxito, cuente tanto como una diferencia de un solo peldaño en la escala social. La conexión entre la fortuna y la conducta es principalmente la siguiente: existe un grado de mala conducta, o más bien de ciertos tipos de mala conducta, que basta para arruinar cualquier caudal de buena fortuna; pero lo inverso no es cierto: en la situación de la mayoría de las personas, ningún grado de buena conducta puede garantizar su ascenso en el mundo sin la ayuda de accidentes afortunados.
Estos males, por tanto —la gran pobreza, y esa pobreza muy poco relacionada con el mérito—, son el primer gran fracaso de los arreglos vigentes de la sociedad.
El segundo es la mala conducta humana; el crimen, el vicio y la insensatez, con todos los sufrimientos que traen consigo. Pues casi todas las formas de mala conducta, ya sean cometidas contra nosotros mismos o contra los demás, pueden atribuirse a una de tres causas:
- La pobreza y sus tentaciones en la mayoría;
- la ociosidad y el desœuvrement en la minoría cuyas circunstancias no las obligan a trabajar;
- una mala educación, o la falta de educación, en ambos.
Debe admitirse que los dos primeros son al menos fracasos en los arreglos sociales; el último es considerado hoy casi universalmente como culpa de dichos arreglos —podría decirse casi que un crimen—.
Estoy hablando de manera imprecisa y a grandes rasgos, pues un análisis más minucioso de las fuentes de los defectos de carácter y de los errores de conducta establecería de forma mucho más concluyente la filiación que los conecta con una organización defectuosa de la sociedad, aunque también mostraría la dependencia recíproca de ese estado defectuoso de la sociedad respecto a un estado atrasado de la mente humana.
En este punto, en la enumeración de los males de la sociedad, los meros niveladores de tiempos pasados solían detenerse; pero sus sucesores, más clarividentes, los actuales socialistas, van más allá. A sus ojos, el fundamento mismo de la vida humana tal como está constituida en la actualidad, el principio mismo sobre el cual se lleva a cabo ahora la producción y la repartición de todos los productos materiales, es esencialmente vicioso y antisocial.
Es el principio del individualismo, la competencia, el sálvese quien pueda y contra todos los demás. Se basa en la oposición de intereses, no en la armonía de intereses, y bajo él a cada uno se le exige encontrar su puesto mediante una lucha, empujando a los demás hacia atrás o siendo empujado por ellos.
Los socialistas consideran este sistema de guerra privada (como puede llamarse) entre todos y cada uno, especialmente fatal desde un punto de vista económico y moral.
Considerados moralmente, sus males son obvios. Es el progenitor de la envidia, el odio y toda falta de caridad; hace de cada cual el enemigo natural de todos los demás que se cruzan en su camino, y el camino de cualquiera está constantemente expuesto a ser cruzado.
Bajo el sistema actual casi nadie puede ganar sino mediante la pérdida o la desilusión de uno o de muchos otros. En una comunidad bien constituida cada uno saldría ganando con los esfuerzos exitosos de cualquier otra persona; mientras que ahora ganamos con la pérdida de los otros y perdemos con la ganancia de los otros, y nuestras mayores ganancias provienen de la peor fuente de todas, de la muerte, la muerte de aquellos que nos son más cercanos y deberían sernos más queridos.
En su funcionamiento puramente económico, el principio de la competencia individual recibe de los reformadores sociales una condena tan rotunda como en el moral.
En la competencia de los trabajadores ven la causa de los bajos salarios; en la competencia de los productores, la causa de la ruina y de la quiebra; y ambos males, afirman, tienden constantemente a aumentar a medida que la población y la riqueza progresan; sin que (a su entender) nadie se beneficie salvo los grandes propietarios de tierra, los titulares de ingresos monetarios fijos y unos pocos grandes capitalistas, cuya riqueza les va permitiendo vender a precios más bajos que los demás productores, absorber el conjunto de las operaciones de la industria dentro de su propia esfera, expulsar del mercado a todos los empleadores de mano de obra que no sean ellos mismos y convertir a los trabajadores en una especie de esclavos o siervos, dependientes de ellos para obtener los medios de subsistencia y obligados a aceptarlos en las condiciones que aquellos decidan ofrecer.
La sociedad, en suma, avanza, según estos especuladores, hacia una nueva feudalidad, la de los grandes capitalistas.
Como en futuros capítulos tendré amplias oportunidades de exponer mi propia opinión sobre estos temas, y sobre muchos otros relacionados con ellos y subordinados a los mismos, voy a presentar ahora, sin más preámbulo, las opiniones de socialistas distinguidos acerca de las disposiciones actuales de la sociedad, mediante una selección de pasajes de sus escritos publicados.
Por el momento deseo ser considerado como un mero cronista de las opiniones ajenas. Más adelante se verá en qué medida lo que cito coincide o difiere de mis propios sentimientos.
La exposición más clara, más compacta y más precisa y específica del caso de los socialistas en general contra el orden actual de la sociedad en el departamento económico de los asuntos humanos se encuentra en la pequeña obra de M. Louis Blanc, Organisation du Travail. Mis primeros extractos, por lo tanto, sobre esta parte del tema, serán tomados de dicho tratado.
«La competencia es para la gente un sistema de exterminio. ¿Es el pobre miembro de la sociedad, o un enemigo de ella? Pedimos una respuesta.
"A su alrededor encuentra el suelo ocupado. ¿Puede cultivar la tierra para sí mismo? No; porque el derecho del primer ocupante se ha convertido en un derecho de propiedad. ¿Puede cosechar los frutos que la mano de Dios madura en el camino del hombre? No; porque, al igual que el suelo, los frutos han sido apropiados. ¿Puede cazar o pescar? No; porque ese es un derecho que depende del gobierno. ¿Puede sacar agua de un manantial encerrado en un campo? No; porque el propietario del campo es, en virtud de su derecho al campo, propietario de la fuente. ¿Puede, muriendo de hambre y de sed, extender sus manos pidiendo la caridad de sus semejantes? No; porque hay leyes contra la mendicidad. ¿Puede, exhausto por la fatiga y sin refugio, tumbarse a dormir sobre el pavimento de las calles? No; porque hay leyes contra el vagabundeo. ¿Puede, muriendo de la cruel patria donde todo se le niega, buscar los medios de vivir lejos del lugar donde se le dio la vida? No; porque no está permitido cambiar de país excepto bajo ciertas condiciones que el pobre no puede cumplir.
"—¿Qué puede hacer, pues, el infeliz? Dirá: «Tengo manos con las que trabajar, tengo inteligencia, tengo juventud, tengo fuerzas; tomad todo esto y a cambio dadme un bocado de pan». Esto es lo que dicen los obreros. Pero aun aquí se le puede responder al pobre: «No tengo trabajo que darte». ¿Qué ha de hacer entonces?"
"¿Qué es la competencia desde el punto de vista del obrero? Es el trabajo puesto en subasta. Un contratista necesita un obrero: se presentan tres.—¿Cuánto por vuestro trabajo?—Media corona; tengo mujer e hijos.—Bien; ¿y cuánto por el tuyo?—Dos chelines; no tengo hijos, pero tengo mujer.—Muy bien; ¿y ahora cuánto por ti?—Un chelín y ocho peniques me bastan a mí; soy soltero. Entonces tú tendrás el trabajo. Está hecho; el trato está cerrado. ¿Y qué van a hacer los otros dos obreros? Cabe esperar que mueran tranquilamente de hambre. ¿Pero y si se dedican a robar? No temáis; tenemos a la policía. ¿A asesinar? Tenemos al verdugo. En cuanto al afortunado, su triunfo es solo temporal. Que aparezca un cuarto obrero, lo bastante fuerte como para ayunar un día sí y otro no, y su precio bajará aún más; ¡entonces habrá un nuevo paria, quizás un nuevo recluta para la prisión!"
¿Se dirá que estos melancólicos resultados son exagerados; que, en todo caso, solo son posibles cuando no hay trabajo suficiente para las manos que buscan empleo? Pero pregunto, en respuesta: ¿Contiene el principio de la competencia, por acaso, dentro de sí mismo algún método mediante el cual deba evitarse esta desproporción asesina? Si una rama de la industria necesita brazos, ¿quién puede asegurar que, en la confusión creada por la competencia universal, otra no esté sobreabastecida? Y si, de treinta y cuatro millones de hombres, veinte se ven verdaderamente reducidos al robo para ganarse la vida, esto bastaría para condenar el principio.
"Pero ¿quién está tan ciego como para no ver que, bajo el sistema de la competencia ilimitada, la continua caída de los salarios no es una circunstancia excepcional, sino un hecho necesario y general? ¿Tiene la población un límite que no puede exceder? ¿Nos es posible decirle a la industria —a la industria entregada a los accidentes del egoísmo individual y fértil en ruinas—, podemos decirle: «Hasta aquí llegarás, y no más lejos»? La población aumenta constantemente: dile a la pobre madre que se vuelva estéril, y blasfema contra el Dios que la hizo fecunda, porque si no lo haces, las listas pronto serán demasiado estrechas para los combatientes. Se inventa una máquina: ordénese que sea rota, y anatematizad la ciencia, porque si no lo hacéis, los mil obreros a quienes la nueva máquina priva de trabajo llamarán a la puerta del taller vecino, y bajarán los salarios de sus compañeros. Así, la disminución sistemática de los salarios, que termina en la expulsión de un cierto número de trabajadores, es el efecto inevitable de la competencia ilimitada. Es un sistema industrial mediante el cual las clases trabajadoras se ven obligadas a exterminarse mutuamente".
"Si hay un hecho indudable, es que el aumento de la población es mucho más rápido entre los pobres que entre los ricos. Según las Estadísticas de la Población Europea, los nacimientos en París son solo de un treintaidosavo de la población en los barrios ricos, mientras que en los demás ascienden a un veintiseisavo. Esta desproporción es un hecho general y M. de Sismondi, en su obra sobre Economía Política, la ha explicado por la imposibilidad de que los obreros tengan una prudencia esperanzada. Solo aquellos que se sienten seguros del mañana pueden regular el número de sus hijos según sus ingresos; quien vive al día está bajo el yugo de una misteriosa fatalidad, a la cual sacrifica a sus hijos como él mismo fue sacrificado a ella. Es verdad que existen los asilos, que amenazan a la sociedad con una inundación de mendigos... ¿qué forma hay de escapar de la causa?... Es evidente que cualquier sociedad en la que los medios de subsistencia aumentan menos rápidamente que el número de la población, es una sociedad al borde de un abismo.... La competencia produce indigencia; esto es un hecho demostrado por las estadísticas. La indigencia es terriblemente prolífica; esto lo demuestran las estadísticas. La fecundidad de los pobres arroja sobre la sociedad seres infelices que necesitan trabajo y no pueden encontrarlo; esto lo demuestran las estadísticas. Llegados a este punto, la sociedad se ve reducida a la opción entre matar a los pobres o mantenerlos gratuitamente: entre la atrocidad o la insensatez."1
Tanto por los pobres. Pasamos ahora a las clases medias.
«Según los economistas políticos de la escuela de Adam Smith y Léon Say, la baratura es la palabra en la que pueden resumirse las ventajas de la competencia ilimitada. ¿Pero por qué persistir en considerar el efecto de la baratura con vistas únicamente a la ventaja momentánea del consumidor? La baratura es ventajosa para el consumidor a costa de introducir las semillas de una anarquía ruinosa entre los productores. La baratura es, por decirlo así, el martillo con el que los ricos entre los productores aplastan a sus rivales más pobres. La baratura es la trampa en la que los especuladores audaces atraen a los trabajadores incansables. La baratura es la sentencia de muerte para el productor a pequeña escala que no tiene dinero para invertir en la compra de maquinaria que sus rivales ricos pueden adquirir fácilmente. La baratura es el gran instrumento en manos del monopolio; absorbe al pequeño fabricante, al pequeño comerciante, al pequeño propietario; es, en una palabra, la destrucción de las clases medias en beneficio de unos pocos oligarcas industriales.
¿Debemos, pues, considerar la baratura como una maldición? Nadie se atrevería a sostener semejante absurdo. Pero es propio de los principios erróneos convertir el bien en mal y corromperlo todo. Bajo el sistema de la competencia, la baratura no es sino una ventaja provisional y falaz. Se mantiene solo mientras dura la lucha; tan pronto como los competidores ricos han expulsado a sus rivales más pobres, los precios suben. La competencia conduce al monopolio, por la misma razón que la baratura conduce a los precios altos. Así, lo que se ha utilizado como arma en la contienda entre los productores, tarde o temprano se convierte en causa de empobrecimiento entre los consumidores. Y si a esta causa añadimos las demás que ya hemos enumerado, entre las cuales debe ocupar el primer lugar el aumento desmedido de la población, nos veremos obligados a reconocer el empobrecimiento de la masa de los consumidores como consecuencia directa de la competencia.
«Pero, por otra parte, esta misma competencia, que tiende a secar las fuentes de la demanda, empuja a la producción al exceso de oferta. La confusión producida por la lucha universal impide a cada productor conocer el estado del mercado. Debe trabajar a ciegas, y confiar a la suerte una venta. ¿Por qué habría de frenar la oferta, especialmente cuando puede descargar cualquier pérdida sobre el obrero, cuyos salarios son de manera eminente propensos a subir y bajar? Aún cuando la producción se lleve a cabo con pérdidas, los fabricantes a menudo todavía la continúan, porque no quieren dejar su maquinaria, etcétera, inactiva, ni arriesgar la pérdida de materia prima, ni perder a sus clientes; y porque, siendo la industria productiva, tal como se lleva a cabo bajo el sistema competitivo, nada más que un juego de azar, el jugador no renunciará a su oportunidad de dar un golpe de suerte.
"Por lo tanto, y no nos cansaremos de insistir en ello, la competencia tiende necesariamente a aumentar la oferta y a disminuir el consumo; su tendencia es, por tanto, exactamente opuesta a la que busca la ciencia económica; de ahí que no sea solo opresiva, sino también absurda".
"Y en todo esto, para no detenernos en verdades que se han vuelto lugares comunes y suenan declamatorias por su propia verdad, no hemos dicho nada de la espantosa corrupción moral que la industria, tal como está organizada —o, para decirlo con más propiedad, desorganizada— hoy en día, ha introducido entre las clases medias. Todo se ha vuelto venal, y la competencia invade incluso el dominio del pensamiento.
«La fábrica que aplasta al taller; el establecimiento ostentoso que absorbe a la tienda humilde; el artesano que es su propio amo reemplazado por el jornalero; el cultivo con arado que suplanta al de la pala, y que somete el campo del pobre a un humillante vascuence ante el prestamista; las quiebras multiplicadas; la industria manufacturera transformada por la desregulada extensión del crédito en un sistema de juego donde nadie, ni siquiera el bribón, puede estar seguro de ganar; en suma, una vasta confusión calculada para despertar los celos, la desconfianza y el odio, y para ahogar, poco a poco, todas las aspiraciones generosas, toda fe, abnegación y poesía: tal es el cuadro espantoso pero demasiado fiel de los resultados obtenidos por la aplicación del principio de la competencia».
Los fourieristas, a través de su principal órgano, el Sr. Considérant, enumeran los males de la civilización existente en el orden siguiente:—
- Emplea una enorme cantidad de trabajo y de energía humana de manera improductiva, o en la obra de destrucción.
"En primer lugar está el ejército, que en Francia, como en todos los demás países, absorbe a los hombres más sanos y fuertes, a un gran número de los más talentosos e inteligentes, y a una parte considerable de los ingresos públicos... El estado actual de la sociedad desarrolla en su atmósfera impura innumerables parias, cuya labor no es meramente improductiva, sino en realidad destructiva: aventureros, prostitutas, gentes sin medios de vida conocidos, mendigos, convictos, estafadores, ladrones y otros cuyo número tiende más bien a aumentar que a disminuir...
A la lista de trabajo improcedente fomentado por nuestro estado de sociedad debe añadirse el de la judicatura y la abogacía, de los tribunales de justicia y magistrados, la policía, los carceleros, verdugos, etc., funciones indispensables para el estado de sociedad tal como es.
"También gentes de lo que se llama la «buena sociedad»; los que se pasan la vida sin hacer nada; ociosos de todas las clases.
También los innumerables funcionarios de aduanas, recaudadores de impuestos, alguaciles, agentes de excisa; en resumen, todo ese ejército de hombres que inspecciona, toma cuentas, cobra, pero no produce nada.
También las labores de los sofistas, filósofos, metafísicos, hombres políticos, que trabajan en direcciones equivocadas, que no hacen nada por hacer avanzar la ciencia y no producen más que perturbación y discusiones estériles; la verborrea de los defensores, alegantes, testigos, etc.
"Y finalmente todas las operaciones del comercio, desde las de los banqueros y corredores, hasta las del tendero detrás de su mostrador."3
En segundo lugar, afirman que incluso la industria y los poderes que en el sistema actual se dedican a la producción, no producen más que una pequeña parte de lo que podrían producir si estuvieran mejor empleados y dirigidos:—
"¿Quién, con buena voluntad y reflexión, no verá hasta qué punto la falta de coherencia —el desorden, la falta de combinación, el reparto del trabajo y el dejarlo por entero a la acción individual sin ninguna organización, sin ninguna visión amplia o general— son causas que limitan las posibilidades de producción y destruyen, o al menos desperdician, nuestros medios de acción? ¿No da a luz el desorden a la pobreza, así como el orden y la buena gestión dan a luz a las riquezas? ¿No es la falta de combinación una fuente de debilidad, como la combinación es una fuente de fuerza? ¿Y quién puede decir que la industria, ya sea agrícola, doméstica, manufacturera, científica, artística o comercial, se encuentra organizada en el día de hoy, ya sea en el estado o en los municipios? ¿Quién puede decir que todo el trabajo que se lleva a cabo en cualquiera de estos departamentos se ejecuta subordinado a alguna visión general, o con previsión, economía y orden? O bien, ¿quién puede decir que es posible en nuestro actual estado de sociedad desarrollar, mediante una buena educación, todas las facultades otorgadas por la naturaleza a cada uno de sus miembros; emplear a cada cual en funciones que le agraden, para las que sea más capaz y que, por tanto, pueda desempeñar con la mayor ventaja para sí mismo y para los demás? ¿Se ha intentado siquiera resolver los problemas que presentan las variedades de carácter de modo que se regulen yarmonicen las variedades de empleos de acuerdo con las aptitudes naturales? ¡Ay! ¡La Utopía de los filántropos más ardientes es enseñar a leer y escribir a veinticinco millones del pueblo francés! ¡Y en el estado actual de las cosas podemos desafiarles a que lo logren incluso en eso!
Y ¿no es también un espectáculo extraño, y uno que clama en nuestra condenación, ver este estado de sociedad donde el suelo es mal cultivado, y a veces no cultivado en absoluto; donde el hombre está mal alojado, mal vestido, y sin embargo donde masas enteras están continuamente necesitadas de trabajo y languidecen en la miseria porque no pueden encontrarlo? A decir verdad, nos vemos obligados a reconocer que si las naciones son pobres y hambrientas no es porque la naturaleza haya negado los medios de producir riqueza, sino debido al anarquismo y desorden en nuestro empleo de dichos medios; en otras palabras, es porque la sociedad está miserablemente constituida y el trabajo desorganizado.
"Pero esto no es todo, y solo tendréis una idea muy vaga del mal si no consideráis que a todos estos vicios de la sociedad, que secan las fuentes de la riqueza y de la prosperidad, debe añadirse la lucha, la discordia, la guerra, en fin, bajo muchos nombres y muchas formas, que la sociedad fomenta y cultiva entre los individuos que la componen. Estas luchas y discordias corresponden a oposiciones radicales, a profundas antinomias entre los diversos intereses. Exactamente en la medida en que seáis capaces de establecer clases y categorías dentro de la nación; en esa misma medida, también tendréis oposición de intereses y guerra interna, ya sea declarada o secreta, aun si tomáis en consideración únicamente el sistema industrial."4
Una de las ideas principales de esta escuela es el carácter despilfarrador y al mismo tiempo inmoral de los arreglos actuales para distribuir los productos del país entre los diversos consumidores, la enorme superfluidad en cuanto al número de los agentes de distribución, los comerciantes, negociantes, tenderos y sus innumerables empleados, y la naturaleza depravadora de tal distribución de ocupaciones.
"Es evidente que el interés del comerciante es opuesto al del consumidor y al del productor. ¿Acaso no ha comprado barato y tan infravalorado como le ha sido posible en todas sus transacciones con el productor, el mismísimo artículo que, vanagloriándose de su excelencia, os vende tan caro como puede? Así, el interés del cuerpo comercial, colectiva e individualmente, es contrario al del productor y al del consumidor —es decir, al interés del cuerpo entero de la sociedad—.
"El comerciante es un intermediario que lucra con la anarquía general y la desorganización de la industria. El comerciante acapara los productos, lo acapara todo; posee y retiene todo, de tal manera que:—
1º. Mantiene tanto la Producción como el Consumo bajo su yugo, porque ambos tienen que acudir a él, ya sea al final en busca de los productos que van a consumirse, o al principio en busca de las materias primas que han de transformarse. El comercio, con todos sus métodos de compra, de alza y baja de precios, sus innumerables artilugios y su concentración de todo en manos de intermediarios, cobra tributo a diestra y siniestra; dicta despóticamente la ley a la Producción y al Consumo, de los cuales debería ser únicamente subordinado.
2o. Despoja a la sociedad mediante sus enormes beneficios—beneficios impuestos al consumidor y al productor, y totalmente fuera de proporción con los servicios prestados, para los cuales una vigésima parte de las personas verdaderamente empleadas sería suficiente.
"3.º Roba a la sociedad mediante la sustracción de sus fuerzas productivas; apartando del trabajo productivo a diecinueve veinteavos de los agentes comerciales, que son meros parásitos. Así, no solo roba el comercio a la sociedad al apropiarse de una parte exorbitante de la riqueza común, sino también al disminuir considerablemente la energía productiva de la colmena humana. La gran mayoría de los comerciantes volvería al trabajo productivo si se sustituyera el inextricable caos del estado actual de cosas por un sistema racional de organización comercial.
4º. Roba a la sociedad mediante la adulteración de productos, llevada hoy en día más allá de todo límite. Y, de hecho, si cien ultramarinos se establecen en una ciudad donde antes solo había veinte, es evidente que la gente no va a empezar a consumir cinco veces más comestibles. Llegados a este punto, los cien virtuosos ultramarinos tienen que disputarse entre ellos los beneficios que antes obtenían honradamente los veinte; la competencia les obliga a compensarlo a expensas del consumidor, ya sea elevando los precios, como a veces sucede, o adulterando las mercancías, como siempre sucede. En tal estado de cosas se acaba la buena fe. Se venden productos inferiores o adulterados como artículos de buena calidad siempre que el cliente crédulo no sea demasiado experto como para dejarse engañar. Y cuando el cliente ha sido completamente timado, la conciencia mercantil se consuela diciendo: «Yo pongo mi precio; la gente puede aceptarlo o dejarlo; nadie está obligado a comprar». Las pérdidas impuestas a los consumidores por la mala calidad o la adulteración de los bienes son incalculables.
5.º Despoja a la sociedad mediante acumulaciones, artificiales o no, a consecuencia de las cuales ingentes cantidades de mercancías, reunidas en un solo lugar, se echan a perder y se destruyen por falta de venta. Fourier (Th. des Quat. Mouv., pág. 334, 1.ª ed.) dice: «El principio fundamental de los sistemas comerciales, el de dejar absoluta libertad a los comerciantes, les otorga un derecho absoluto de propiedad sobre los bienes con los que comercian: tienen derecho a retirarlos por completo, a acapararlos o incluso a quemarlos, tal como sucedió más de una vez con la Compañía de las Indias Orientales de Ámsterdam, que quemó públicamente existencias de canela para elevar el precio. Lo que hizo con la canela lo habría hecho con el trigo; de no ser por el miedo a ser apedreada por el populacho, habría quemado algo de trigo para vender el resto al cuádruple de su valor. De hecho, ocurre a diario en los puertos que se arrojen provisiones de grano al mar porque los comerciantes han permitido que se pudran mientras esperaban un alza. Yo mismo, cuando era empleado, he tenido que supervisar estos infames procedimientos, y en un solo día hice arrojar al mar unos cuarenta mil bushels de arroz, que podrían haberse vendido con un beneficio razonable de haber sido el acaparador menos codicioso de ganancias. Es la sociedad la que soporta el coste de este despilfarro, que se produce a diario bajo la protección de la máxima filosófica de la plena libertad para los comerciantes».
6.° El comercio empobrece a la sociedad, además, por toda la pérdida, daño y desperdicio que se derivan de la dispersión extrema de los productos en millones de tiendas, y por la multiplicación y complicación del transporte.
7.° Roba a la sociedad mediante la usura descarada e ilimitada, una usura absolutamente espantosa. El comerciante opera con capital ficticio, en una cantidad muy superior a su capital real. Un comerciante con un capital de mil doscientas libras operará, por medio de letras y crédito, a una escala de cuatro, ocho o doce mil libras. Así extrae de un capital que no posee un interés usurero, totalmente desproporcionado respecto al capital que posee en realidad.
"8.° Roba a la sociedad mediante incontables quiebras, pues los accidentes cotidianos de nuestro sistema comercial, los acontecimientos políticos y cualquier clase de disturbio deben marcar el advenimiento de un día en que el comerciante, habiendo contraído obligaciones por encima de sus posibilidades, ya no sea capaz de hacerles frente; su fracaso, fraudulento o no, ha de ser un duro golpe para sus acreedores. La quiebra de unos acarrea la de otros, de modo que las quiebras se suceden unas a otras, provocando una ruina generalizada. Y son siempre el productor y el consumidor quienes sufren; pues el comercio, considerado en su conjunto, no produce riqueza, e invierte muy poco en proporción a la riqueza que pasa por sus manos. ¡Cuántas son las manufacturas aplastadas por estos golpes! ¡Cuántas fuentes fértiles de riqueza secadas por estos ardides, con todas sus desastrosas consecuencias!
"El productor suministra los bienes, el consumidor el dinero. El comercio suministra el crédito, fundado en poco o ningún capital real, y los diferentes miembros del cuerpo comercial no son en modo alguno responsables unos de otros. Esta es, en pocas palabras, toda la teoría del asunto.
9º. El comercio roba a la sociedad mediante la independencia y la irresponsabilidad que le permiten comprar en las épocas en que los productores se ven obligados a vender y a competir entre sí, con el fin de procurarse dinero para su alquiler y los gastos necesarios de la producción. Cuando los mercados están abastoados y las mercancías son baratas, el comercio compra. Entonces provoca un alza y, mediante esta simple maniobra, despoja tanto al productor como al consumidor.
10.º Despoja a la sociedad mediante una considerable detracción de capital, el cual volverá a la industria productiva cuando el comercio desempeñe su papel subordinado adecuado y sea tan solo una agencia que realiza transacciones entre los productores (más o menos lejanos) y los grandes centros de consumo: las sociedades comunistas. Así, el capital empleado en las especulaciones del comercio (que, por pequeño que sea en comparación con la inmensa riqueza que pasa por sus manos, consiste no obstante en sumas enormes en sí mismas) volvería a estimular la producción si el comercio se viera privado de la propiedad intermediaria de las mercancías y su distribución se convirtiera en un asunto de organización administrativa. La especulación bursátil es la forma más odiosa de este vicio del comercio.
11.º. Roba a la sociedad mediante el monopolio o acaparamiento de materias primas. «Pues» (dice Fourier, Th. des Quat. Mouv., p. 359, 1.ª ed.), «el encarecimiento de los artículos acaparados recae en última instancia sobre el consumidor, aunque en primer término sobre los fabricantes, quienes, al verse obligados a mantener sus establecimientos, deben hacer sacrificios pecuniarios y fabricar con escasos beneficios con la esperanza de días mejores; y a menudo pasa mucho tiempo antes de que puedan resarcirse del encarecimiento que el monopolista les ha obligado a soportar en un principio...».
"En resumen, todos estos vicios, además de muchos otros que omito, se multiplican por la extrema complicación de los asuntos mercantiles; pues los productos no pasan una sola vez por las codiciosas garras del comercio; hay algunos que pasan y repasan veinte o treinta veces antes de llegar al consumidor. En primer lugar, la materia prima pasa por las garras del comercio antes de llegar al fabricante que la trabaja por primera vez; luego regresa al comercio para ser enviada de nuevo a ser trabajada en una segunda forma; y así sucesivamente hasta recibir su forma definitiva. Luego pasa a manos de los mercaderes, que venden a los mayoristas, y estos a los grandes detallistas de las ciudades, y estos a su vez a los pequeños comerciantes y a las tiendas de los pueblos; y cada vez que cambia de mano, deja algo tras de sí.
«... Uno de mis amigos que exploraba últimamente el Jura, donde se trabaja mucho el metal, tuvo ocasión de entrar en la casa de un campesino que era fabricante de palas. Le preguntó el precio. "Pongámonos de acuerdo —respondió el pobre labrador, que no era economista en absoluto, sino un hombre de sentido común—; las vendo a 8d. al gremio, que las revende a 1s. 8d. en las ciudades. Si usted pudiera encontrar un medio de abrir una comunicación directa entre el obrero y el consumidor, podría adquirirlas por 1s. 2d., y cada uno de nosotros ganaría 6d. con la transacción"».5
En un sentido parecido, Owen, en el Book of the New Moral World, parte 2, cap. iii.
"El principio que hoy se aplica consiste en inducir a una gran parte de la sociedad a dedicar sus vidas a distribuir la riqueza a gran, a mediana y a pequeña escala, y a hacerla transportar de un lugar a otro en mayores o menores cantidades, para satisfacer los medios y las necesidades de las diversas divisiones de la sociedad y de los individuos, tal como se encuentran hoy en ciudades, pueblos, aldeas y zonas rurales. Este principio de distribución crea una clase en la sociedad cuyo negocio consiste en comprar a unas partes y vender a otras. Mediante este procedimiento se ven colocados en circunstancias que los inducen a esforzarse por comprar al que parece en ese momento un precio bajo en el mercado, y a volver a vender con el mayor beneficio permanente que puedan obtener. Siendo su verdadero objetivo obtener tanto beneficio como ganancia entre el que les vende y el que les compra, como pueda lograrse en sus transacciones.
"Hay innumerables errores de principio y males en la práctica que se desprenden necesariamente de este modo de distribuir la riqueza de la sociedad.
1.º Se forma una clase general de distribuidores, cuyo interés está separado del de los particulares a quienes compran y a quienes venden, y aparentemente se opone a él.
2.° Se establecen tres clases de distribuidores: los compradores y vendedores pequeños, medianos y grandes; o los minoristas, los mayoristas y los grandes comerciantes.
"3.º Las tres clases de compradores así creadas constituyen los pequeños, los medianos y los grandes compradores.
"Mediante esta disposición en varias clases de compradores y vendedores, las partes se habitúan fácilmente a aprender que tienen intereses separados y opuestos, y diferentes rangos y posiciones en la sociedad. Se crea y mantiene así una desigualdad de sentimientos y condiciones, con toda la servidumbre y el orgullo que estos arreglos desiguales no pueden dejar de producir. Las partes son adiestradas regularmente en un sistema general de engaño, para poder tener mayor éxito al comprar barato y vender caro.
"Los vendedores más pequeños adquieren hábitos de perjudicial ociosidad, esperando a menudo durante horas a los clientes. Y este mal se experimenta en una medida considerable incluso entre la clase de comerciantes al por mayor.
"Hay también, por este sistema, muchos más establecimientos de venta de los necesarios en las aldeas, pueblos y ciudades; y así se despilfarra un capital muy cuantioso sin beneficio para la sociedad. Y a causa de su número, enfrentados entre sí por todo el país para conseguir clientes, procuran vender más barato que el otro, y por consiguiente se esfuerzan continuamente por perjudicar al productor mediante el establecimiento de los llamados comercios y almacenes baratos; y para mantener su reputación, el dueño o sus dependientes deben estar constantemente al acecho para comprar gangas, es decir, para adquirir riqueza por menos del coste de su producción.
"Los distribuidores, pequeños, medianos y grandes, han de ser mantenidos por los productores, y cuanto mayor sea el número de los primeros en comparación con los segundos, mayor será la carga que el productor deba soportar; pues a medida que el número de distribuidores aumenta, la acumulación de riqueza debe disminuir, y más se le exigirá al productor.
"Los distribuidores de la riqueza, bajo el sistema actual, son un peso muerto para los productores y los desmoralizadores más activos de la sociedad. Su condición de dependencia, al comienzo de su labor, les enseña o induce a ser serviles con sus clientes, y a seguir siéndolo mientras van acumulando riqueza mediante sus compras baratas y sus ventas caras. Pero cuando han asegurado lo suficiente para ser lo que imaginan que es una independencia —vivir sin negocios—, demasiadas veces se hallan llenos de un orgullo altísimo de ignorancia, y se vuelven insolentes con sus dependientes.
"El acuerdo es por demás imprudente para la sociedad, cuyo interés es producir la mayor cantidad de riqueza de las mejores cualidades; mientras que el sistema actual de distribución no sólo aparta a un gran número de personas de la producción para convertirlas en distribuidoras, sino que añade al costo del consumidor todo el gasto de una distribución sumamente dilapidadora y extravagante; costándole al consumidor la distribución muchas veces el precio del costo original de la riqueza adquirida.
"Then, by the position in which the seller is placed by his created desire for gain on the one hand, and the competition he meets with from opponents selling similar productions on the other, he is strongly tempted to deteriorate the articles which he has for sale; and when these are provisions, either of home production or of foreign importation, the effects upon the health, and consequent comfort and happiness of the consumers, are often most injurious, and productive of much premature death, especially among the working classes, who, in this respect, are perhaps made to be the greatest sufferers, by purchasing the inferior or low-priced articles.
"El gasto que supone distribuir de este modo la riqueza en Gran Bretaña e Irlanda, incluyendo el transporte de un lugar a otro, y todos los agentes directa e indirectamente dedicados a este departamento, es, tal vez, poco menos de cien millones anuales, sin tomar en consideración el deterioro de la calidad de muchos de los artículos que constituyen esta riqueza, debido al transporte, y a ser divididos en pequeñas cantidades, y guardados en almacenes y lugares inadecuados, en los que la atmósfera es desfavorable para la conservación de dichos artículos en un estado tolerablemente bueno, y mucho menos en el mejor, para su uso."
Como mayor ilustración de la contrariedad de intereses entre persona y persona, clase y clase, que impregna la actual constitución de la sociedad, el Sr. Considérant añade:—
«Si los viticultores desean el libre cambio, esta libertad arruina al productor de trigo, a los fabricantes de hierro, de paño, de algodón y —nos vemos obligados a añadir— al contrabandista y al aduanero. Si es del interés del consumidor que se inventen máquinas que abaratten los precios haciendo la producción menos costosa, estas mismas máquinas dejan sin empleo a miles de trabajadores que no saben ni pueden encontrar de inmediato otro trabajo. He aquí, pues, de nuevo uno de los innumerables círculos viciosos de la civilización... ya que hay mil hechos que demuestran acumulativamente que en nuestro sistema social actual la introducción de cualquier bien trae siempre consigo algún mal».
"En resumen, si descendemos a los detalles vulgares, encontramos que al sastre, al zapatero y al sombrerero les interesa que los abrigos, los zapatos y los sombreros se gasten pronto; que el vidriero se beneficia de las granizadas que rompen los cristales; que el albañil y el arquitecto se benefician de los incendios; el abogado se enriquece con los pleitos; el médico con las enfermedades; el vinatero con la embriaguez; la prostitución con el libertinaje. ¡Y qué desastre sería para los jueces, la policía y los carceleros, así como para los procuradores, los abogados y todos los oficinistas, si los crímenes, delitos y pleitos llegaran de golpe a su fin!"6
El siguiente es uno de los puntos cardinales de esta escuela:—
"Añádase a todo esto que la civilización, que siembra la disensión y la guerra por todas partes; que emplea gran parte de sus fuerzas en trabajo improductivo o incluso en la destrucción; que además disminuye la riqueza pública por la innecesaria fricción y discordia que introduce en la industria; añádase a todo esto, digo, que este mismo sistema social tiene como característica especial producir repugnancia por el trabajo —un disgusto por la labor.
"Por doquier se oye al obrero, al artesano, al empleado quejarse de su posición y de su ocupación, mientras añoran el momento en que puedan retirarse del trabajo que les impone la necesidad. Ser repugnante, no tener por móvil y eje más que el miedo a la inanición, es la gran característica, la fatal, del trabajo civilizado. El obrero civilizado está condenado a trabajos forzados. Mientras el trabajo productivo esté tan organizado que en vez de asociarse al placer se asocie al dolor, al cansancio y al disgusto, siempre ocurrirá que todos los que puedan lo evitarán. Salvo raras excepciones, solo consentirán en trabajar aquellos a quienes la necesidad a ello les obligue. De ahí que las clases más numerosas, los artífices de la riqueza social, los creadores activos y directos de todo bienestar y lujo, estén siempre condenados a rozar de cerca la pobreza y el hambre; serán siempre esclavos de la ignorancia y de la degradación; continuarán siendo siempre esa inmensa manada de simples bestias de carga a las que vemos mal crecidas, diezmadas por la enfermedad, encorvadas en el gran taller de la sociedad sobre el arado o sobre el mostrador, para que puedan preparar los manjares delicados y los suntuosos goces de las clases superiores e inactivas.
«Mientras no se haya ideado ningún método de trabajo atractivo, seguirá siendo cierto que "debe haber muchos pobres para que pueda haber unos pocos ricos"; un dicho mezquindad y odioso, que oímos repetir todos los días como una verdad eterna de labios de personas que se hacen llamar cristianas o filósofas. Es muy fácil comprender que la opresión, la trampa y, sobre todo, la pobreza son el patrimonio permanente y fatal de todo estado de sociedad caracterizado por la aversión al trabajo, pues, en este caso, no hay más que la pobreza que obligue a los hombres a trabajar. Y la prueba de ello es que, si todos y cada uno de los trabajadores se enriquecieran de repente, el diecinueve veinteavos de todo el trabajo que hoy se realiza sería abandonado».7
En la opinión de los fourieristas, la tendencia del actual orden de la sociedad es hacia una concentración de riqueza en manos de unos cuantos individuos o compañías inmensamente ricos, en comparación, y la reducción de todo el resto de la comunidad a una dependencia completa de ellos. Esto fue denominado por Fourier la féodalité industrielle.
«Este feudalismo», dice el señor Considérant, «quedaría constituido tan pronto como la mayor parte de la propiedad industrial y territorial de la nación pertenezca a una minoría que absorba todas sus rentas, mientras que la gran mayoría, encadenada al banco de trabajo o labrando la tierra, deba contentarse con roer la pitanza que se le arroja».8
Este desastroso resultado ha de ser provocado en parte por el mero progreso de la competencia, tal como lo esbozó en nuestro extracto anterior M. Louis Blanc; ayudado por el progreso de las deudas nacionales, que M. Considérant considera como hipotecas sobre toda la tierra y el capital del país, de las cuales «les capitalistes prêteurs» se convierten, en una medida cada vez mayor, en copropietarios, recibiendo sin trabajo ni riesgo una porción creciente de las rentas.
# Examen de las objeciones socialistas al orden actual de la sociedad.
Es imposible negar que las consideraciones señaladas en el capítulo precedente presentan un caso espantoso, ya sea en contra del orden social existente, o en contra de la posición del hombre mismo en este mundo.
Cuánto de estos males debe atribuirse al primero, y cuánto al segundo, es la principal cuestión teórica que hay que resolver.
Pero el caso más sólido es susceptible de exageración; y a muchos lectores les habrá resultado evidente, incluso a partir de los pasajes que he citado, que tal exageración no falta en las exposiciones de los socialistas más competentes e imparciales.
Aunque gran parte de sus alegaciones son inapelables, no poco es el resultado de errores en economía política; con lo cual, permítaseme decir de una vez por todas, no me refiero al rechazo de ninguna regla práctica de política que haya sido establecida por los economistas políticos, sino a la ignorancia de los hechos económicos y de las causas por las cuales se determinan realmente los fenómenos económicos de la sociedad tal como es.
En primer lugar, es desgraciadamente cierto que los salarios del trabajo ordinario, en todos los países de Europa, son lamentablemente insuficientes para abastecer las necesidades físicas y morales de la población en alguna medida tolerable.
Pero cuando se alega además que incluso esta remuneración insuficiente tiene tendencia a disminuir; que existe, en palabras de M. Louis Blanc, une baisse continue des salaires; tal afirmación se opone a toda información exacta y a muchos hechos notorios.
Aún está por demostrar que haya algún país en el mundo civilizado donde los salarios ordinarios del trabajo, estimados ya sea en dinero o en artículos de consumo, estén disminuyendo; mientras que en muchos están, en conjunto, en aumento; y un aumento que no se está volviendo más lento, sino más rápido.
Existen, ocasionalmente, ramas de la industria que van siendo gradualmente reemplazadas por otra cosa y, en ellas, hasta que la producción se acomoda a la demanda, los salarios se deprimen; lo cual es un mal, pero de carácter temporal, y admitiría un gran alivio incluso en el actual sistema de economía social.
Una disminución así producida en la remuneración del trabajo en alguna ocupación particular es el efecto y la evidencia de una mayor remuneración, o de una nueva fuente de remuneración, en alguna otra; sin que la remuneración total y media resulte disminuida, o incluso viéndose incrementada.
Para demostrar una apariencia de disminución en la tasa de salarios en cualquier rama principal de la industria, siempre se considera necesario comparar algún mes o año de depresión especial y temporal en la actualidad, con la tasa promedio, o incluso con alguna tasa excepcionalmente alta, de una época anterior.
Las vicisitudes son sin duda un gran mal, pero fueron tan frecuentes y graves en periodos anteriores de la historia económica como lo son ahora. La mayor escala de las transacciones y el mayor número de personas involucradas en cada fluctuación pueden hacer que esta parezca mayor, pero aunque una población más numerosa ofrece más víctimas, el mal no pesa más sobre cada una de ellas individualmente.
Hay abundantes pruebas de mejora, y ninguna digna de confianza de deterioro, en el modo de vida de la población trabajadora de los países de Europa; cuando hay alguna apariencia de lo contrario, es local o parcial, y siempre puede atribuirse o bien a la presión de alguna calamidad temporal, o bien a alguna mala ley o acto imprudente del gobierno que es susceptible de corregirse, mientras que las causas permanentes operan todas en la dirección de la mejora.
M. Louis Blanc, por lo tanto, aunque se muestra mucho más ilustrado que la vieja escuela de niveladores y demócratas, en la medida en que reconoce la conexión entre los salarios bajos y el aumento demasiado rápido de la población, parece haber caído en el mismo error en el que cayeron primeramente Malthus y sus seguidores: el de suponer que, debido a que la población posee una mayor capacidad de crecimiento que los medios de subsistencia, su presión sobre estos debe ser cada vez más severa.
La diferencia radica en que los primeros malthusianos consideraban esto como una tendencia irreprimible, mientras que M. Louis Blanc cree que puede reprimirse, pero únicamente bajo un sistema de comunismo.
Es una gran ventaja ganada para la verdad cuando se llega a ver que la tendencia a la superpoblación es un hecho con el que el comunismo, así como el orden social existente, tendría que lidiar. Y es muy de celebrar que esta necesidad sea admitida por los jefes más considerables de todas las escuelas existentes de socialismo. Owen y Fourier, tanto como el señor Louis Blanc, la admitieron, y reclamaron para sus respectivos sistemas un poder eminente para hacer frente a esta dificultad.
Sea como fuere, la experiencia muestra que en el estado actual de la sociedad la presión de la población sobre la subsistencia, que es la causa principal de los bajos salarios, aunque grande, no es un mal creciente; por el contrario, el progreso de todo lo que se llama civilización tiene tendencia a disminuirlo, en parte por el aumento más rápido de los medios de empleo y manutención del trabajo, en parte por las mayores facilidades abiertas al trabajo para transportarse a nuevos países y campos de empleo vacantes, y en parte por una mejora general en la inteligencia y la prudencia de la población. Este progreso, sin duda, es lento; pero es mucho que tal progreso se produzca en absoluto, mientras nos hallamos todavía en la primera etapa de ese movimiento público para la educación de todo el pueblo, que, cuando esté más avanzado, deberá aumentar en gran medida la fuerza de las dos causas de mejora especificadas anteriormente.
Es, por supuesto, objeto de debate qué forma de sociedad posee mayor capacidad para hacer frente con éxito a la presión de la población sobre los medios de subsistencia, y sobre esta cuestión hay mucho que decir a favor del socialismo; lo que durante mucho tiempo se consideró su punto más débil resultará ser, quizás, uno de sus puntos más fuertes.
Pero no tiene ninguna pretensión legítima de ser considerado como el único medio para prevenir la degradación general y creciente de la masa de la humanidad a través de la peculiar tendencia de la pobreza a producir sobrepoblación. La sociedad, tal como está constituida en la actualidad, no está descendiendo a ese abismo, sino saliendo de él de manera gradual, aunque lenta, y es probable que esta mejora sea progresiva si las malas leyes no interfieren en ella.
A continuación, debe observться que los socialistas en general, e incluso los más esclarecidos entre ellos, tienen una noción muy imperfecta y unilateral del funcionamiento de la competencia.
Ven la mitad de sus efectos y pasan por alto la otra mitad; la consideran como un mecanismo para reducir la remuneración de todos —para obligar a cada cual a aceptar un salario menor por su trabajo, o un precio menor por sus mercancías—, lo cual solo sería cierto si todos tuvieran que vender su trabajo o sus mercancías a algún gran monopolista, y la competencia se diera en un solo sentido.
Ovidan que la competencia es causa de precios y valores altos tanto como bajos; que los compradores de trabajo y de mercancías compiten entre sí tanto como los vendedores; y que si es la competencia la que mantiene los precios del trabajo y de las mercancías tan bajos como están, es también la competencia la que impide que caigan aún más.
A decir verdad, cuando la competencia es perfectamente libre por ambas partes, su tendencia no es especialmente ni a elevar ni a abatir el precio de los artículos, sino a igualarlo; a nivelar las desigualdades de la remuneración y a reducir todo a un promedio general, un resultado que, en la medida en que se realiza (sin duda muy imperfectamente), es, según los principios socialistas, deseable.
Pero si, prescindiendo por el momento de aquella parte de los efectos de la competencia que consiste en mantener los precios altos, fijamos nuestra atención en su efecto de reducirlos, y contemplamos este efecto en relación únicamente con el interés de las clases trabajadoras, parecería que si la competencia mantiene bajos los salarios, y da así un motivo a las clases trabajadoras para sustraer el mercado laboral de la influencia plena de la competencia, si pueden hacerlo, debe por otra parte reconocérsele el mérito de mantener bajos los precios de los artículos en los que se gastan los salarios, en gran beneficio de quienes dependen de los salarios.
Para responder a esta consideración, los socialistas, como dijimos en nuestra cita de M. Louis Blanc, se ven reducidos a afirmar que los precios bajos de las mercancías producidas por la competencia son ilusorios y conducen al fin a precios más altos que antes, porque cuando el competidor más rico se ha deshacho de todos sus rivales, domina el mercado y puede exigir el precio que le plazca.
Ahora bien, la experiencia más común demuestra que este estado de cosas, bajo una competencia verdaderamente libre, es completamente imaginario. El competidor más rico ni se deshace de todos sus rivales ni puede hacerlo, ni se establece en la posesión exclusiva del mercado; y no es cierto que ninguna rama importante de la industria o del comercio que antes estuviera dividida entre muchos se haya convertido, ni muestre tendencia alguna a convertirse, en el monopolio de unos pocos.
El tipo de política descrita es a veces posible donde, como en el caso de los ferrocarriles, la única competencia posible se da entre dos o tres grandes compañías, al ser las operaciones de una escala demasiado vasta como para estar al alcance de capitalistas individuales; y esta es una de las razones por las cuales los negocios que requieren ser llevados a cabo por grandes empresas anónimas no pueden confiarse a la competencia, sino que, cuando el Estado no se los reserva para sí, deben llevarse a cabo bajo condiciones prescritas, y modificadas de vez en cuando por el Estado, con el propósito de asegurar al público un suministro de sus necesidades más barato del que ofrecería el interés privado a falta de competencia suficiente.
Pero en las ramas ordinarias de la industria ningún competidor rico tiene en su poder expulsar a todos los más pequeños.
Algunos negocios muestran una tendencia a pasar de las manos de muchos pequeños productores o comerciantes a un número menor de otros más grandes; pero los casos en los que esto sucede son aquellos en los que la posesión de un capital mayor permite la adopción de maquinaria más potente, procesos más eficientes pero más costosos, o un modo mejor organizado y más económico de llevar a cabo los negocios, y permite así al gran comerciante abastecer legítima y permanentemente la mercancía a menor costo de lo que puede hacerse a pequeña escala; en gran beneficio de los consumidores, y por ende de las clases laborantes, y disminuyendo, pro tanto, ese desperdicio de los recursos de la comunidad tan reprochado por los socialistas, la innecesaria multiplicación de meros distribuidores y de las diversas otras clases a las que Fourier llama los parásitos de la industria.
Cuando este cambio se efectúa, los grandes capitalistas, ya sean individuales o sociedades anónimas, entre los cuales se divide el negocio, raras vez, por no decir nunca, en ninguna rama considerable del comercio, son tan pocos como para que la competencia no siga actuando entre ellos; de modo que el ahorro en costes, que les permitió vender a precios inferiores que los pequeños comerciantes, continúa después, como al principio, trasladándose en precios más bajos a sus clientes.
La operación, por tanto, de la competencia para mantener bajos los precios de las mercancías, incluidas aquellas en las que se gastan los salarios, no es ilusoria sino real y, podemos añadir, es un hecho creciente, no decreciente.
Pero hay otros aspectos, igualmente importantes, en los que los cargos presentados por los socialistas contra la competencia no admiten una respuesta tan completa. La competencia es la mejor garantía de baratura, pero de ningún modo una garantía de calidad.
En tiempos pasados, cuando los productores y los consumidores eran menos numerosos, esto constituía una garantía para ambos. El mercado no era lo suficientemente amplio ni los medios de publicidad suficientes para permitir que un comerciante hiciera fortuna atrayendo continuamente a nuevos clientes: su éxito dependía de conservar a los que ya tenía; y cuando un comerciante suministraba buenos artículos, o cuando no lo hacía, el hecho era conocido en poco tiempo por los interesados, y adquiría una reputación de honradez o deshonestidad comercial de mayor importancia para él que la ganancia que habría obtenido engañando a compradores ocasionales.
Pero a gran escala en las transacciones modernas, con la gran multiplicación de la competencia y el inmenso aumento en la cantidad de negocios por los que se compite, los comerciantes dependen tan poco de los clientes habituales que la reputación es mucho menos esencial para ellos, al tiempo que existe también mucha menos certeza de que obtengan la reputación que merecen.
Los bajos precios que anuncia un comerciante son conocidos por mil personas por cada una que ha descubierto por sí misma o ha sabido por otros que la mala calidad de los bienes supera con creces su baratura; mientras que, al mismo tiempo, las fortunas mucho mayores que hoy logran algunos comerciantes excitan la codicia de todos, y la avidez de ganancia rápida suplanta el deseo modesto de ganarse la vida con su negocio.
De este modo, a medida que aumenta la riqueza y parecen estar al alcance mayores premios, se introduce en el comercio un espíritu de juego cada vez mayor; y donde este impera, no solo se descuidan las más simples máximas de prudencia, sino que todas las formas de incorrección pecuniaria, incluso las más peligrosas, reciben un estímulo terrible. Este es el significado de lo que se denomina la intensidad de la competencia moderna.
Cabe añadir además que, cuando esta intensidad ha alcanzado cierta altura, y cuando una parte de los productores de un artículo o de los comerciantes en él han recurrido a alguno de los modos de fraude, tales como la adulteración, dar medida corta, etc., del cuyo aumento tanto se queja ahora, la tentación es inmensa para adoptar las prácticas fraudulentas por parte de aquellos que no las habrían originado; pues el público es consciente de los precios bajos producidos falazmente por los fraudes, pero no descubre al principio, si es que llega a hacerlo, que el artículo no vale el precio inferior, y no seguirá pagando un precio más alto por un artículo mejor, y el comerciante honesto se encuentra en una desventaja terrible.
Así, los fraudes, iniciados por unos pocos, se convierten en costumbres del comercio, y la moralidad de las clases mercantiles se deteriora cada vez más.
A este respecto, por lo tanto, los socialistas han demostrado verdaderamente la existencia no solo de un gran mal, sino de uno que crece y tiende a crecer con el crecimiento de la población y la riqueza. Debe decirse, sin embargo, que la sociedad aún no ha utilizado los medios que ya están en su poder para hacer frente a este mal.
Las leyes contra los fraudes comerciales son muy defectuosas, y su ejecución lo es aún más.
Las leyes de esta índole no tienen ninguna posibilidad de ser realmente aplicadas a menos que sea deber especial de alguien hacerlas cumplir. Necesitan especialmente de un fiscal público.
Aún está por descubrir hasta qué punto es posible reprimir mediante el derecho penal una clase de fechorías que rara vez se llevan ante los tribunales y con las cuales, cuando se llevan, la administración judicial de este país se muestra sumamente indulgente.
La más importante, sin embargo, de estas defraudaciones para la masa del pueblo, aquellas que afectan al precio o a la calidad de los artículos de consumo diario, puede remediarse en gran medida mediante el establecimiento de almacenes cooperativos.
Mediante este plan, cualquier grupo de consumidores que se constituya en asociación con tal fin, tiene la posibilidad de saltarse a los detallistas y obtener sus artículos directamente de los comerciantes mayoristas, o, lo que es mejor (ahora que se han establecido agencias cooperativas mayoristas), de los productores, librándose así del fuerte impuesto que hoy pagan a las clases distribuidoras y eliminando al mismo tiempo a los habituales perpetradores de adulteraciones y otros fraudes.
La distribución se convierte así en una labor realizada por agentes seleccionados y pagados por quienes no tienen otro interés que la baratura y la bondad del artículo; y los distribuidores pueden reducirse de este modo al número que la cantidad de trabajo por hacer realmente requiere.
Las dificultades del plan consisten en la habilidad y la confiabilidad requeridas en los administradores, y en la naturaleza imperfecta del control que el conjunto de los miembros puede ejercer sobre ellos.
El gran éxito y el rápido crecimiento del sistema demuestran, sin embargo, que estas dificultades se superan en un grado tolerable. De todos modos, si se renuncia a la tendencia beneficiosa de la competencia entre minoristas para fomentar la baratura, y esta ha de ser reemplazada por otras garantías, la tendencia nociva de esa misma competencia al deteriorar la calidad se elimina de todos modos; y la prosperidad de las tiendas cooperativas demuestra que este beneficio se obtiene no solo sin perjuicio de la baratura, sino con gran ventaja para esta, ya que las ganancias de los establecimientos les permiten devolver a los consumidores un alto porcentaje sobre el precio de cada artículo que se les suministra.
Por tanto, por lo que respecta a esta clase de males, ya está en marcha un remedio eficaz que, aunque sugerido por principios socialistas y basado en parte en ellos, es compatible con el régimen actual de la propiedad.
En cuanto a aquellos mayores y más notorios fraudes económicos, o malas prácticas equivalentes a fraudes, de los cuales se han vuelto notorios tantos casos deplorables —cometidos por comerciantes y banqueros entre ellos mismos o entre ellos y quienes les han confiado su dinero—, un remedio como el descrito anteriormente no está disponible, y los únicos recursos que la actual constitución de la sociedad ofrece contra ellos son una más severa reprobación por parte de la opinión pública y una represión más eficaz por parte de la ley. Ninguno de estos remedios se ha acercado siquiera a una aplicación efectiva.
Es con ocasión de las insolvencias que estas prácticas deshonestas suelen salir a la luz; los culpables pasan a engrosar las filas, no de los malhechores, sino de los deudores insolventes; y las leyes de este y otros países fueron antiguamente tan crueles con la simple insolvencia que, debido a una de esas reacciones a las que son propensas las opiniones de la humanidad, los insolventes pasaron a ser considerados principalmente como objetos de compasión, y pareció pensarse que ni la mano de la ley ni la de la opinión pública podían ser demasiado indulgentes con ellos.
Por un error en dirección contraria a la ordinaria de nuestra ley —la cual, en el castigo de los delitos en general, descuidó por completo la cuestión de la reparación al perjudicado—, nuestras leyes de quiebras han tratado desde hace algún tiempo la recuperación para los acreedores de lo que queda de su propiedad como casi el único objetivo, sin conceder apenas importancia al castigo del quebrado por cualquier mala conducta que no interfiera directamente con ese propósito principal.
Desde hace tres o cuatro años se ha producido una ligera contrarreacción, y se ha aprobado más de una ley de quiebras algo menos indulgente con el quebrado; pero el objetivo principal considerado ha seguido siendo el interés pecuniario de los acreedores, y la criminalidad en el propio quebrado, con la excepción de un pequeño número de delitos bien definidos, sale casi impune.
Puede afirmarse con confianza, por lo tanto, que, al menos en este país, la sociedad no ha ejercido el poder que posee de hacer que la deshonestidad mercantil sea peligrosa para su perpetrador.
Por el contrario, es un truco de juego en el que toda la ventaja está del lado del tramposo:
- si el truco tiene éxito, le hace la fortuna o se la preserva;
- si fracasa, se ve reducido a lo sumo a la pobreza, que quizás ya era inminente cuando decidió correr el riesgo, y es clasificado por quienes no han examinado el asunto de cerca, e incluso por muchos que sí lo han hecho, no entre los infames sino entre los desafortunados.
Hasta que no se haya probado un modo más moral y racional de tratar la insolvencia culpable y este haya fracasado, la deshonestidad comercial no podrá clasificarse entre los males cuya prevalencia es inseparable de la competencia comercial.
Otro punto sobre el cual existe gran incomprensión por parte de los socialistas, así como de los sindicalistas y otros partidarios del trabajo contra el capital, se refiere a las proporciones en que realmente se comparte la producción del país y a la cantidad de lo que efectivamente se desvía de quienes lo producen para enriquecer a otras personas.
Me abstengo por el momento de hablar de la tierra, que es un tema aparte. Pero con respecto al capital empleado en los negocios, hay en las nociones populares una gran dosis de ilusión.
Cuando, por ejemplo, un capitalista invierte 20.000 libras esterlinas en su negocio y obtiene de él una renta de (supongamos) 2.000 libras al año, la impresión común es como si fuera el propietario beneficiario tanto de las 20.000 libras como de las 2.000, mientras que los trabajadores no poseen nada más que sus salarios.
La verdad, sin embargo, es que solo obtiene las 2.000 libras bajo la condición de no destinar ninguna parte de las 20.000 libras a su propio uso. Tiene el control legal sobre ella y podría dilapidarla si quisiera, pero si lo hiciera tampoco tendría las 2.000 libras al año. Mientras obtenga una renta de su capital, no tiene la opción de negárselo al uso de los demás.
Tanto de su capital invertido como consiste en edificios, maquinaria y otros instrumentos de producción, se aplica a la producción y no es aplicable al sustento ni al disfrute de nadie.
Lo que sí es aplicable de este modo (incluyendo lo que se destina a mantener o renovar los edificios e instrumentos) se paga a los obreros, constituyendo su remuneración y su parte en la división del producto.
Para todos los fines personales, ellos tienen el capital y él solo tiene los beneficios, que este solo le reporta a condición de que el capital mismo se emplee en satisfacer no sus propias necesidades, sino las de los obreros.
La proporción que los beneficios del capital suelen guardar con el propio capital (o más bien con la porción circulante de este) es la razón que la parte del producto correspondiente al capitalista guarda con la parte agregada de los trabajadores.
Incluso de su propia parte, solo una pequeña le pertenece como dueño del capital. La porción del producto que le corresponde al capital meramente como capital se mide por el interés del dinero, ya que eso es todo lo que el propietario del capital obtiene cuando no contribuye a la producción salvo con el capital mismo.
Ahora bien, el interés del capital en los fondos públicos, que se consideran la mejor garantía, es a los precios actuales (que no han variado mucho durante muchos años) de aproximadamente un tres y un tercio por ciento. Incluso en esta inversión hay un pequeño riesgo: riesgo de repudiación, riesgo de verse obligado a vender a bajo precio en alguna crisis comercial.
Calculando estos riesgos en un 1/3 por ciento, el 3 por ciento restante puede considerarse como la remuneración del capital, aparte del seguro contra pérdidas. Sobre la garantía de una hipoteca se obtiene generalmente el 4 por ciento, pero en esta operación hay riesgos considerablemente mayores: la incertidumbre de los títulos de propiedad de la tierra bajo nuestro mal sistema legal; la probabilidad de tener que realizar la garantía con un gran costo en gastos legales; y la posibilidad de retraso en la recepción de los intereses aun cuando el principal esté seguro.
Cuando el mero dinero, independientemente del esfuerzo, produce unos ingresos mayores, como ocurre a veces, por ejemplo, mediante acciones en empresas ferroviarias u otras, el excedente rara vez equivale al riesgo de perder la totalidad o parte del capital por una mala gestión, como en el caso del ferrocarril de Brighton, cuyo dividendo, tras haber sido del 6 por ciento anual, cayó a entre el cero y el 1 y 1/2 por ciento, y las acciones que se habían comprado a 120 no pudieron venderse por más de unos 43.
Cuando el dinero se presta a los altos tipos de interés de los que uno oye hablar ocasionalmente, tipos concedidos únicamente por derrochadores y personas necesitadas, se debe a que el riesgo de pérdida es tan grande que pocos de los que poseen dinero pueden ser inducidos a prestarles en absoluto.
Tan poco motivo hay para las protestas contra la «usura» como una de las cargas graves de las clases trabajadoras.
De las ganancias, por lo tanto, que un fabricante u otra persona en los negocios obtiene de su capital, no más de un 3 por ciento aproximadamente puede atribuirse al capital en sí.
Si fuera capaz y estuviera dispuesto a ceder todo esto a sus trabajadores, quienes ya se reparten entre ellos la totalidad de su capital tal como se reproduce anualmente de año en año, el aumento en sus salarios semanales sería insignificante.
De lo que obtiene más allá del 3 por ciento, una gran parte es un seguro contra las múltiples pérdidas a las que está expuesto, y no puede destinarse con seguridad a su propio uso, sino que requiere mantenerse en reserva para cubrir dichas pérdidas cuando estas ocurren.
El resto es propiamente la remuneración de su habilidad e industria: el salario de su labor de superintendencia.
Sin duda, si tiene mucho éxito en los negocios, este salario suyo es sumamente generoso y totalmente desproporcionado respecto a lo que la misma habilidad y laboriosidad obtendrían si se ofrecieran en alquiler.
Pero, por otra parte, corre un riesgo peor que el de quedarse sin empleo: el de hacer el trabajo sin ganar nada con él, el de tener la labor y la angustia sin el salario.
No digo que los inconvenientes contrarresten los privilegios, ni que no obtenga ninguna ventaja de la posición que lo convierte en capitalista y empleador de mano de obra, en vez de en un superintendente capacitado que alquila sus servicios a otros; pero la magnitud de su ventaja no debe estimarse únicamente por los grandes premios.
Si restamos de las ganancias de unos las pérdidas de otros, y deducimos del saldo una compensación justa por la ansiedad, la habilidad y el trabajo de ambos, basada en el precio de mercado de la superintendencia cualificada, lo que queda será, sin duda, considerable, pero aun así, si se compara con el capital total del país, reproducido anualmente y distribuido en salarios, es mucho menor de lo que parece ante la imaginación popular; y si se añadiera por entero a la parte de los trabajadores, representaría un incremento para esa parte menor que el que produciría cualquier invento importante en la maquinaria, o la supresión de distribuidores innecesarios y otros «parásitos de la industria».
Para completar el cálculo, sin embargo, de la porción del producto de la industria que se destina a remunerar al capital, no debemos detenernos en el interés obtenido del producto por el capital empleado efectivamente en producirlo, sino que debemos incluir el que se paga a los antiguos propietarios de capital que ha sido gastado improductivamente y ya no existe, y que se paga, por supuesto, del producto de otro capital.
De esta naturaleza es el interés de las deudas nacionales, que es el costo con el que una nación está gravada por dificultades y peligros pasados, o por la insensatez o disipación pasada de sus gobernantes, compartida en mayor o menor medida por la propia nación.
A esto hay que añadir el interés de las deudas de los terratenientes y otros consumidores improductivos; excepto en la medida en que el dinero tomado en préstamo pueda haber sido gastado en la mejora remunerativa de las capacidades productivas de la tierra.
En cuanto a la propiedad territorial misma —la apropiación de la renta de la tierra por particulares—, reservo, como he dicho, esta cuestión para tratarla más adelante; pues el régimen de la tenencia de la tierra podría modificarse de cualquier manera que se considerase conveniente, y toda la tierra podría declararse propiedad del Estado, sin interferir con el derecho de propiedad sobre aquello que es producto del trabajo y la abstinencia humanos.
Parecía conveniente comenzar la discusión de la cuestión socialista con estas observaciones para moderar las exageraciones socialistas, a fin de que los verdaderos puntos de controversia entre el socialismo y el estado actual de la sociedad pudieran concebirse correctamente.
El sistema actual no nos está precipitando, como creen muchos socialistas, en un estado de indigencia y esclavitud generales del que solo el socialismo puede salvarnos. Los males y las injusticias que se padecen bajo el sistema actual son grandes, pero no van en aumento; por el contrario, la tendencia general es hacia su lenta disminución.
Además, las desigualdades en la distribución de lo producido entre el capital y el trabajo, por mucho que puedan herir el sentimiento de justicia natural, no proporcionarían, ni mucho menos, mediante su mera igualación, un fondo tan cuantioso para elevar los niveles inferiores de remuneración como los socialistas, y muchos además de los socialistas, tienden a suponer.
No existe en la sociedad actual ningún abuso o injusticia aislado con cuya mera abolición el género humano pasara del sufrimiento a la felicidad.
Lo que nos incumbe es una calmada comparación entre dos sistemas diferentes de sociedad, con el fin de determinar cuál de ellos ofrece los mayores recursos para superar las inevitables dificultades de la vida.
Y si encontramos que la respuesta a esta pregunta es más difícil, y depende más de condiciones intelectuales y morales de lo que se suele pensar, resulta satisfactorio reflejar que tenemos tiempo por delante para que la cuestión se resuelva a una escala experimental, mediante la prueba real.
Creo que comprobaremos que no es posible ninguna otra prueba de la viabilidad o del funcionamiento beneficioso de los ordenamientos socialistas; pero que los fundamentos intelectuales y morales del socialismo merecen el estudio más atento, ya que ofrecen en muchos casos los principios rectores de las mejoras necesarias para brindar al actual sistema económico de la sociedad su mejor oportunidad.
# Las dificultades del socialismo.
Entre aquellos que se llaman a sí mismos socialistas, pueden distinguirse dos clases de personas.
Están, en primer lugar, aquellos cuyos planes para un nuevo orden de sociedad, en el que la propiedad privada y la competencia individual deben ser suplantadas y sustituidas por otros motivos de acción, se sitúan a la escala de una comunidad rural o municipio, y se aplicarían a un país entero mediante la multiplicación de tales unidades autogestionadas; de este carácter son los sistemas de Owen, de Fourier y, en general, de los socialistas más reflexivos y filosóficos.
La otra clase, que es más un producto del continente que de Gran Bretaña y que puede llamarse de los socialistas revolucionarios, se propone un golpe mucho más audaz. Su proyecto consiste en la gestión de todos los recursos productivos del país por una autoridad central, el gobierno general. Y con este fin, algunos de ellos declaran como su propósito que las clases trabajadoras, o alguien en su nombre, se apoderen de toda la propiedad del país y la administren en beneficio general.
Cualesquiera que sean las dificultades de la primera de estas dos formas de socialismo, la segunda debe implicar evidentemente las mismas dificultades y muchas más.
La primera, además, tiene la gran ventaja de que puede ponerse en práctica de manera progresiva y puede demostrar sus capacidades mediante la prueba. Puede probarse primero en una población selecta y extenderse a otras a medida que su educación y su cultivo lo permitan. No necesita convertirse —y en el orden natural de las cosas no se convertiría— en un instrumento de subversión hasta haber demostrado que es capaz de ser también un medio de reconstrucción.
No ocurre así con el otro: el objetivo de este es sustituir la regla antigua por la nueva de un solo golpe, y cambiar la cantidad de bien realizado bajo el sistema actual, y sus amplias posibilidades de mejora, por una inmersión sin ninguna preparación en la forma más extrema del problema de llevar a cabo todo el ciclo de las operaciones de la vida social sin la fuerza motriz que hasta ahora siempre ha hecho funcionar la maquinaria social.
Hay que reconocer que quienes pretenden jugar a este juego basándose únicamente en su propia opinión personal, sin confirmar aún mediante ninguna verificación experimental —quienes privarían por la fuerza a todos los que hoy disfrutan de una existencia física desahogada de su único medio actual para conservarla, y desafiarían el espantoso derramamiento de sangre y la miseria consiguientes en caso de que se opusiera resistencia a tal intento—, deben de poseer una confianza serena en su propia sabiduría, por un lado, y una indiferencia temeraria ante el sufrimiento ajeno, por el otro, a las que Robespierre y Saint-Just, hasta ahora los ejemplos arquetípicos de esas cualidades reunidas, apenas llegaban.
No obstante, este plan tiene grandes elementos de popularidad que la forma de Socialismo más prudente y razonable no posee; porque lo que profesa hacer lo promete con rapidez, y brinda a los entusiastas la esperanza de ver la totalidad de sus aspiraciones realizadas en su propia época y de un solo golpe.
Sin embargo, las peculiaridades de la forma revolucionaria del socialismo se examinarán con mayor comodidad después de haber sopesado debidamente las consideraciones comunes a ambas formas.
Los productos del mundo no podrían alcanzar nada que se aproxime a su cantidad actual, ni sostener nada que se aproxime al número actual de sus habitantes, de no ser por dos condiciones: maquinaria, edificios y otros instrumentos de producción abundantes y costosos; y la capacidad de emprender operaciones prolongadas y esperar un tiempo considerable para obtener sus frutos.
En otras palabras, debe haber una gran acumulación de capital, tanto fijo en los implementos y edificios, como circulante, es decir, el que se emplea en mantener a los trabajadores y a sus familias durante el tiempo que transcurre antes de que las operaciones productivas se completen y los productos lleguen.
Esta necesidad depende de leyes físicas y es inherente a la condición de la vida humana; pero estos requisitos de producción, el capital fijo y circulante del país (al que hay que añadir la tierra y todo lo que en ella se contiene), pueden ser propiedad colectiva de quienes lo utilizan, o pueden pertenecer a particulares; y la cuestión es cuál de estos arreglos es más propicio para la felicidad humana.
Lo que caracteriza al socialismo es la propiedad conjunta por parte de todos los miembros de la comunidad de los instrumentos y medios de producción; lo cual conlleva la consecuencia de que la división del producto entre el conjunto de propietarios debe ser un acto público, realizado según reglas establecidas por la comunidad.
El socialismo de ningún modo excluye la propiedad privada de los artículos de consumo; el derecho exclusivo de cada cual a su parte del producto una vez recibida, ya sea para disfrutarla, para cederla o para intercambiarla.
La tierra, por ejemplo, podría ser enteramente propiedad de la comunidad para fines agrícolas y otros fines productivos, y podría cultivarse por cuenta conjunta de esta, y aun así la vivienda asignada a cada individuo o familia como parte de su remuneración podría ser tan exclusivamente suya, mientras continuasen cumpliendo su parte de las labores comunes, como lo es ahora la casa de cualquiera; y no solo la vivienda, sino también cualquier terreno ornamental que las circunstancias de la asociación permitieran adjuntar a la casa con fines de disfrute.
El rasgo distintivo del socialismo no es que todas las cosas estén en común, sino que la producción se lleva a cabo únicamente por cuenta común, y que los instrumentos de producción se poseen como propiedad común.
La viabilidad entonces del socialismo, a la escala de las aldeas del Sr. Owen o de M. Fourier, no admite discusión.
El intento de dirigir toda la producción de una nación mediante una sola organización central es un asunto totalmente diferente; pero una asociación agrícola y manufacturera mixta de entre dos mil y cuatro mil habitantes, bajo cualquier circunstancia tolerable de suelo y clima, sería más fácil de administrar que muchas sociedades anónimas.
La cuestión que ha de considerarse es si esta gestión conjunta probablemente será tan eficaz y exitosa como la de la industria privada por parte del capital privado.
Y esta cuestión debe considerarse bajo un doble aspecto: la eficacia de la mente o mentes directas, y la de los sencillos trabajadores. Y para plantear esta cuestión en su forma más simple, supondremos que la forma de socialismo es el comunismo simple, es decir, la división equitativa del producto entre todos los partícipes, o bien, según el criterio de justicia aún superior de M. Louis Blanc, su asignación según la diferencia de necesidad, pero sin establecer ninguna diferencia de remuneración según la naturaleza de la tarea ni según los supuestos méritos o servicios del individuo.
Hay otras formas de Socialismo, particularmente el fourierismo, que, por consideraciones de justicia o conveniencia, permiten diferencias de remuneración para distintos tipos o grados de servicio a la comunidad; pero el examen de estas puede posponerse por el momento.
La diferencia entre las fuerzas motrices en la economía de la sociedad bajo la propiedad privada y bajo el comunismo sería mayor en el caso de las mentes directoras.
Bajo el sistema actual, al estar la dirección enteramente en manos de la persona o personas que poseen (o son personalmente responsables de) el capital, todo el beneficio de la diferencia entre la mejor administración y la peor bajo la cual el negocio puede seguir funcionando recae sobre la persona o personas que controlan la administración:
- obtienen todo el lucro de una buena gestión, salvo en la medida en que su propio interés o su generosidad les induzcan a compartirlo con sus subordinados;
- y sufren todo el perjuicio de una mala gestión, salvo en la medida en que esto pueda mermar su posterior capacidad para emplear mano de obra.
Este fuerte motivo personal para dar lo mejor de sí mismos y esforzarse al máximo por la eficiencia y la economía de las operaciones no existiría bajo el comunismo; ya que los administradores solo recibirían del producto el mismo dividendo igualitario que los demás miembros de la asociación.
Lo que permanecería sería el interés común a todos en administrar los asuntos de tal modo que el dividendo fuera lo mayor posible; los incentivos del espíritu público, de la conciencia y del honor y el crédito de los administradores.
La fuerza de estos motivos, especialmente cuando se combinan, es grande. Pero varía enormemente en las distintas personas y es mucho mayor para unos fines que para otros.
El veredicto de la experiencia, en el grado imperfecto de cultivo moral que la humanidad ha alcanzado hasta ahora, es que el motivo de la conciencia y el del crédito y la reputación, aun cuando poseen cierta fuerza, son, en la mayoría de los casos, mucho más fuertes como fuerzas restrictivas que como impulsoras; se puede confiar más en ellos para prevenir el mal que para movilizar las energías más plenas en la búsqueda de las ocupaciones ordinarias.
En el caso de la mayoría de los hombres, el único incentivo que se ha mostrado lo suficientemente constante y perseverante como para vencer la influencia siempre presente de la indolencia y el amor a la comodidad, y para inducir a los hombres a dedicarse sin desmayo a un trabajo que en su mayor parte es aburrido y poco estimulante de por sí, es la perspectiva de mejorar su propia condición económica y la de su familia; y cuanto más estrecha sea la conexión entre cada aumento del esfuerzo y un incremento correspondiente de sus frutos, más poderoso será este motivo.
Suponer lo contrario equivaldría a implicar que, en los hombres tal como son hoy en día, el deber y el honor son principios de acción más poderosos que el interés personal, no solo en lo que respecta a actos y abstenciones especiales sobre los cuales esos sentimientos se han cultivado de manera excepcional, sino en la regulación de toda su vida; algo que nadie, supongo, afirmará.
Puede decirse que esta inferior eficacia de los sentimientos públicos y sociales no es inevitable, sino el resultado de una educación imperfecta.
Estoy muy dispuesto a admitir esto, y también que existen ya muchas excepciones individuales a la debilidad general. Pero antes de que estas excepciones puedan convertirse en mayoría, o incluso en una minoría muy amplia, se requerirá mucho tiempo.
La educación de los seres humanos es uno de los más difíciles de todos los artes, y este es uno de los puntos en los que hasta ahora ha tenido menos éxito; además, las mejoras en la educación general son necesariamente muy graduales porque la generación futura es educada por la presente, y las imperfecciones de los maestros fijan un límite invencible al grado en que pueden formar a sus alumnos para que sean mejores que ellos mismos.
Debemos esperar por tanto, a menos que estemos operando sobre una porción selecta de la población, que el interés personal sea durante mucho tiempo un estímulo más eficaz para la conducción más vigorosa y cuidadosa de los negocios industriales de la sociedad que los motivos de un carácter más elevado.
Se dirá que en la actualidad la codicia de ganancia personal, por su propio exceso, se contrarresta a sí misma debido al estímulo que da a los riesgos temerarios y a menudo deshonestos.
Esto es así, y bajo el comunismo esa fuente del mal estaría ausente en general. Es probable, en efecto, que la iniciativa —ya sea de índole mala o buena— fuera un elemento deficitario, y que los negocios en general cayeren fuertemente bajo el dominio de la rutina; tanto más cuanto que, al tener que imponerse el cumplimiento del deber en tales comunidades mediante sanciones externas, cuanto más pueda reducirse el deber de cada persona a reglas fijas, más fácil resulta obligarla a cumplirlo.
Una circunstancia que aumenta la probabilidad de este resultado es el poder limitado que los administradores tendrían para la acción independiente.
Naturalmente, detentarían su autoridad por elección de la comunidad, la cual podría revocarles su función en cualquier momento; y esto haría necesario para ellos, aun si la constitución de la comunidad no lo exigiera, obtener el consentimiento general del cuerpo antes de realizar cualquier cambio en el modo establecido de llevar a cabo el negocio.
La dificultad de persuadir a un cuerpo numeroso para que efectúe un cambio en su modo habitual de trabajar —cuyo cambio suele acarrear grandes molestias y cuyos riesgos resultan a su entender más evidentes que sus ventajas— tendría una gran tendencia a mantener las cosas en su rumbo acostumbrado.
En contraposición a esto, debe señalarse que la elección por parte de las personas que están directamente interesadas en el éxito de la obra, y que poseen conocimientos prácticos y oportunidades de juicio, cabría esperar que produzca, como norma general, administradores de mayor habilidad que los azares del nacimiento, los cuales determinan hoy tan a menudo quién ha de ser el dueño del capital.
Esto puede ser verdad; y aunque se pueda replicar que el capitalista por herencia también puede, al igual que la comunidad, designar a un administrador más capaz que él mismo, esto solo lo pondría en el mismo nivel de ventaja que a la comunidad, no en un nivel superior.
Pero debe decirse por otra parte que, bajo el sistema comunista, las personas más capacitadas para la dirección muy a menudo tenderían a rehuir su desempeño.
En la actualidad el gerente, incluso si es un empleado a sueldo, tiene una remuneración muchísimo mayor que las otras personas involucradas en el negocio; y están abiertas a su ambición posiciones sociales más elevadas para las cuales su función de gerente es un trampolín.
Bajo el sistema comunista ninguna de estas ventajas sería poseída por él; solo podría obtener el mismo dividendo del producto del trabajo de la comunidad que cualquier otro miembro de ella; ya no tendría la oportunidad de elevarse de receptor de salarios a la clase de capitalistas; y si bien no podría estar de ningún modo en mejor situación que cualquier otro trabajador, sus responsabilidades y ansiedades serían tan grandes que una gran proporción de la humanidad probablemente preferiría la posición menos onerosa.
Esta dificultad fue prevista por Platón como una objeción al sistema propuesto en su República de la comunidad de bienes entre una clase dirigente; y el motivo en el que confiaba para inducir a las personas idóneas a asumir, a falta de todos los incentivos ordinarios, las preocupaciones y las fatigas del gobierno, era el temor a ser gobernados por hombres peores.
Este, en verdad, es el motivo del que habría que depender principalmente; las personas más competentes para la gestión se verían incitadas a asumir el cargo para evitar que este cayera en manos menos competentes.
Y el motivo probablemente sería eficaz en los momentos en que existiera la impresión de que, debido a una gestión incompetente, los asuntos de la comunidad iban a la ruina, o incluso solo se estaban deteriorando decididamente.
Pero este motivo no podía, por regla general, esperar ser puesto en acción por el incentivo menos riguroso de simplemente promover el progreso; a menos que se tratara de inventores o proyectistas ávidos de probar algún artificio del que esperaran grandes e inmediatos frutos; y las personas de esta índole suelen ser muy a menudo descalificadas por un temple demasiado optimista y un juicio imperfecto para la dirección general de los asuntos, mientras que aun cuando estén capacitadas para ello, son precisamente el tipo de personas contra las que el hombre común suele albergar prejuicios, y a menudo serían incapaces de superar la dificultad preliminar de persuadir a la comunidad tanto de que adopte su proyecto como de que los acepte a ellos como administradores.
La gestión comunista sería así, con toda probabilidad, menos favorable que la gestión privada a esa apertura de nuevos caminos y a la realización de sacrificios inmediatos en pro de ventajas lejanas e inciertas que, aunque rara vez exentas de riesgo, son por lo general indispensables para las grandes mejoras en la condición económica de la humanidad, e incluso para mantener el estado existente frente a un aumento continuo del número de bocas que alimentar.
Hasta ahora solo hemos tenido en cuenta la acción de los motivos sobre las mentes directivas de la asociación. Consideremos ahora cómo se presenta el caso en lo que respecta a los trabajadores comunes.
Estos, bajo el comunismo, no tendrían ningún interés, salvo su parte del interés general, en hacer su trabajo con honradez y energía.
Pero en este aspecto las cosas no irían peor de lo que van ahora en lo que concierne a la gran mayoría de las clases productoras. Estas, al recibir salarios fijos, están tan lejos de tener un interés directo propio en la eficacia de su trabajo, que ni siquiera poseen esa parte del interés general que todo trabajador tendría en la organización comunista.
En consecuencia, la ineficacia del trabajo asalariado, la manera imperfecta en que moviliza las capacidades reales de los trabajadores, es objeto de común observación.
Es verdad que la fama de ser un buen obrero está lejos de carecer de valor, ya que tiende a darle preferencia en el empleo y a veces le consigue un salario más alto. También existen posibilidades de ascender al puesto de capataz u otros cargos administrativos subalternos, los cuales no solo están mejor pagados que el trabajo ordinario, sino que a veces abren el camino a ventajas ulteriores.
Pero, por otro lado, debe señalarse que bajo el comunismo el sentimiento general de la comunidad, compuesta por los camaradas bajo cuya atenta mirada trabaja cada persona, seguramente sería favorable al trabajo bueno y duro, y desfavorable a la pereza, la negligencia y el despilfarro.
En el sistema actual no solo no ocurre esto, sino que la opinión pública de la clase obrera a menudo actúa en la dirección opuesta:
- las normas de algunas asociaciones profesionales prohíben de hecho a sus miembros superar un determinado nivel de eficiencia, no sea que reduzcan el número de trabajadores necesarios para la labor;
- y por la misma razón, a menudo se oponen con violencia a los ingenios destinados a economizar mano de obra.
El paso de esto a un estado en el que cada persona tuviera interés en hacer que todas las demás fuesen lo más industriosas, hábiles y cuidadosas posible (lo cual sucedería bajo el comunismo), constituiría un cambio muy favorable.
Hay que considerar, sin embargo, que los principales defectos del sistema actual con respecto a la eficiencia del trabajo pueden corregirse, y las principales ventajas del comunismo en ese aspecto pueden obtenerse mediante arreglos compatibles con la propiedad privada y la competencia individual.
Ya se obtienen considerables mejoras mediante el trabajo a destajo, en los tipos de labor que lo permiten. Mediante este método, el interés personal del obrero se vincula estrechamente con la cantidad de trabajo que produce —no tanto con su calidad, cuya garantía aún debe depender de la vigilancia del empleador—; ni el trabajo a destajo conlleva la opinión pública de la clase obrera, la cual suele estar, por el contrario, fuertemente opuesta a él, por considerarlo un medio para (según creen) disminuir el mercado para los trabajadores.
Y existe un fundamento real para su aversión al trabajo a destajo si, como se alega, es una práctica frecuente de los empleadores que, tras utilizarlo para averiguar el máximo que un buen trabajador puede hacer, fijen el precio del destajo tan bajo que, al hacer ese máximo, no pueda ganar más de lo que estarían obligados a darle como jornal por el trabajo ordinario.
Pero existe un remedio mucho más completo que el trabajo a destajo para las desventajas del trabajo asalariado, a saber, lo que hoy se denomina asociación industrial: la admisión de la totalidad de los trabajadores a una participación en los beneficios, mediante la distribución entre todos los que participan en la labor, en forma de un porcentaje sobre sus ganancias, de la totalidad o de una porción fija de las ganancias una vez que se ha concedido una cierta remuneración al capitalista.
Este plan ha demostrado una eficacia admirable, tanto en este país como en el extranjero. Ha ganado los sentimientos de los obreros empleados en favor de la consideración más esmerada por parte de todos ellos hacia los intereses generales de la empresa; y por su efecto conjunto en la promoción de un esfuerzo entusiasta y la contención del derroche, ha aumentado muy sustancialmente la remuneración de todo tipo de trabajo en las empresas en las que se ha adoptado.
Es evidente que este sistema admite una extensión indefinida y un aumento indefinido en la parte de los beneficios asignada a los trabajadores, sin llegar a aquel que dejaría a los administradores con un grado menor al necesario de interés personal en el éxito de la empresa. Es incluso probable que, cuando tales acuerdos se vuelvan comunes, muchas de estas empresas pasen en algún momento u otro, tras la muerte o el retiro del director, por medio de un acuerdo, al estado de asociaciones puramente cooperativas.
Parece ser, pues, que por lo que respecta a los motivos de esfuerzo en la masa general, el comunismo no tiene ninguna ventaja que no pueda alcanzarse bajo la propiedad privada, mientras que, en lo que atañe a los dirigentes, se halla en una desventaja considerable.
Tiene asimismo algunas desventajas que parecen serle inherentes, debido a la necesidad en que se encuentra de decidir de un modo más o menos arbitrario cuestiones que, en el sistema actual, se resuelven por sí mismas, a menudo bastante mal, pero de forma espontánea.
Es una regla sencilla, y bajo ciertos aspectos justa, dar igual remuneración a todos los que participan en el trabajo. Pero esta es una justicia muy imperfecta a menos que el trabajo también se reparta por igual. Ahora bien, las muy diversas clases de trabajo que se requieren en toda sociedad son muy desiguales en cuanto a dureza y desagrado. Medir estas unas con otras, de modo que la calidad equivalga a la cantidad, es tan difícil que los comunistas generalmente proponen que todos trabajen por turnos en toda clase de labor.
Pero esto entraña un sacrificio casi completo de las ventajas económicas de la división de empleos, ventajas que de hecho son frecuentemente sobreestimadas (o más bien las consideraciones contrarias son subestimadas) por los economistas políticos, pero que no obstante son, desde el punto de vista de la productividad del trabajo, muy considerables, por la doble razón de que la cooperación de empleos permite que el trabajo se distribuya teniendo en cuenta en cierta medida las capacidades y cualificaciones especiales del trabajador, y también de que cada trabajador adquiere mayor destreza y rapidez en una sola clase de trabajo al circunscribirse a él. La disposición, por tanto, que se considera indispensable para una distribución justa constituiría probablemente una desventaja muy considerable con respecto a la producción.
Pero además, sigue siendo una norma de justicia muy imperfecta exigir la misma cantidad de trabajo a todo el mundo. Las personas tienen capacidades desiguales para el trabajo, tanto mental como corporal, y lo que es una tarea ligera para uno es una carga insoportable para otro.
Es necesario, por lo tanto, que exista un poder dispensador, una autoridad competente para conceder exenciones de la cantidad ordinaria de trabajo y para proporcionales las tareas en cierta medida a las capacidades. Mientras haya personas perezosas o egoístas a las que les guste más que otros trabajen para ellas en lugar de trabajar, habrá frecuentes intentos de obtener exenciones por favor o fraude, y la frustración de estos intentos será un asunto de considerable dificultad y de ningún modo tendrá éxito siempre.
Estos inconvenientes se sentirían poco, al menos durante algún tiempo, en comunidades compuestas por personas selectas, deseosas fervientemente del éxito del experimento; pero los planes para la regeneración de la sociedad deben considerar a los seres humanos promedio, y no solo a ellos, sino también al gran residuo de personas muy por debajo del promedio en las virtudes personales y sociales.
Las riñas y la animadversión que inevitablemente engendraría la distribución del trabajo siempre que se deba tratar con tales personas, mermarían en gran medida la armonía y la unanimidad que los comunistas esperan encontrar entre los miembros de su asociación.
Esa concordia sería, incluso en las circunstancias más afortunadas, mucho más propensa a la perturbación de lo que los comunistas suponen. La institución establece que no habrá disputas por intereses materiales; el individualismo queda excluido de ese sector de los asuntos. Pero hay otros sectores de los que ninguna institución puede excluirlo: seguirá habiendo rivalidad por la reputación y por el poder personal.
Cuando la ambición egoísta es excluida del campo en el que, para la mayoría de los hombres, se ejerce principalmente, el de las riquezas y los intereses pecuniarios, se volcaría con mayor intensidad hacia el dominio que aún le queda abierto, y podemos esperar que las luchas por la preeminencia y por la influencia en la gestión sean de una gran amargura cuando las pasiones personales, desviadas de su cauce ordinario, se vean empujadas a buscar su principal gratificación en esa otra dirección.
Por estas diversas razones es probable que una asociación comunista con frecuencia no lograra exhibir el atractivo cuadro de amor mutuo y unidad de voluntad y sentimiento que los comunistas nos dicen a menudo que debemos esperar, sino que con frecuencia se vería desgarrada por la disensión y no pocas veces disuelta por ella.
Otras y numerosas fuentes de discordia son inherentes a la necesidad que el principio comunista implica de decidir por la voz general cuestiones de la mayor importancia para cada uno, las cuales, según el sistema actual, pueden ser y son dejadas a los individuos para que las decidan, cada uno en su propio caso.
A título de ejemplo, tomemos el tema de la educación. Todos los socialistas están profundamente convencidos de la importancia capital de la formación impartida a los jóvenes, no solo por las razones que se aplican universalmente, sino porque, al ser sus exigencias para con la inteligencia y la moralidad del ciudadano individual mucho mayores que las de cualquier otro sistema, tienen aún más en juego que cualquier otra sociedad en la excelencia de sus arreglos educativos.
Ahora, bajo el comunismo, estos arreglos tendrían que hacerse para cada ciudadano por parte del organismo colectivo, ya que los padres individuales, suponiendo que prefirieran algún otro modo de educar a sus hijos, no tendrían medios privados para pagarlo, y estarían limitados a lo que pudieran hacer mediante su propia enseñanza e influencia personal. Pero cada miembro adulto del organismo tendría voz igual en la determinación del sistema colectivo diseñado para el beneficio de todos.
He aquí, pues, una fuente muy fecunda de discordia en toda asociación. Todos los que tuvieran alguna opinión o preferencia en cuanto a la educación que desearían para sus propios hijos, tendrían que confiar, para tener la oportunidad de obtenerla, en la influencia que pudieran ejercer en la decisión conjunta de la comunidad.
Huelga especificar una serie de otras cuestiones importantes que afectan al modo de emplear los recursos productivos de la asociación, a las condiciones de la vida social, a las relaciones del cuerpo con otras asociaciones, etc., sobre las cuales es probable que surgieran diferencias de opinión, a menudo irreconciliables.
Pero aun las disensiones que cabría esperar serían un mal mucho menor para las perspectivas de la humanidad que una unanimidad ilusoria producida por la postulación de todas las opiniones y deseos individuales ante el decreto de la mayoría.
Los obstáculos para la progresión humana son siempre grandes y requieren una concurrencia de circunstancias favorables para superarlos; pero una condición indispensable para que sean superados es que la naturaleza humana tenga libertad para expandirse espontáneamente en varias direcciones, tanto en el pensamiento como en la práctica; que las personas piensen por sí mismas y prueben experimentos por sí mismas, y no le renuncien a las manos de los gobernantes, ya actúen en nombre de unos pocos o de la mayoría, la tarea de pensar por ellas y de prescribir cómo deben actuar.
Pero en las asociaciones comunistas la vida privada quedaría sujeta en un grado sin precedentes al dominio de la autoridad pública, y habría menos margen para el desarrollo del carácter individual y de las preferencias individuales del que hasta ahora ha existido entre los ciudadanos de pleno derecho de cualquier Estado perteneciente a las ramas progresistas de la familia humana.
Ya en todas sociedades la compresión de la individualidad por parte de la mayoría es un mal grande y creciente; probablemente sería mucho mayor bajo el comunismo, salvo en la medida en que estuviera en manos de los individuos ponerle límites al elegir pertenecer a una comunidad de personas afines a ellos mismos.
De estas diversas consideraciones no pretendo deducir ninguna conclusión en contra de la posibilidad de que la producción comunista sea capaz de ser en algún tiempo futuro la forma de sociedad mejor adaptada a las necesidades y circunstancias de la humanidad.
Pienso que esta es, y será durante mucho tiempo, una cuestión abierta, sobre la cual se obtendrá continuamente nueva luz, tanto mediante la prueba del principio comunista en circunstancias favorables como mediante las mejoras que se efectuarán gradualmente en el funcionamiento del sistema existente, el de la propiedad privada.
La única certeza es que el comunismo, para tener éxito, requiere un alto nivel de educación tanto moral como intelectual en todos los miembros de la comunidad: moral, para capacitarlos a fin de que cumplan su parte con honestidad y energía en la labor de la vida sin más incentivo que su participación en el interés general de la asociación, y sus sentimientos de deber y simpatía hacia ella; intelectual, para volverlos capaces de valorar los intereses lejanos y adentrarse en consideraciones complejas, lo suficiente al menos para poder discernir, en estos asuntos, el buen consejo del malo.
Ahora rechazo por completo la idea de que sea imposible que la educación y el cultivo que estas cosas implican sean la herencia de todas las personas de la nación; pero estoy convencido de que es muy difícil, și que el paso hacia ello desde nuestra condición actual solo puede ser lento.
Admito el argumento de que, en los aspectos de la educación moral de los que depende el éxito del comunismo, el estado actual de la sociedad es desmoralizador, y que solo una asociación comunista puede capacitar eficazmente a la humanidad para el comunismo.
Corresponde, pues, al comunismo probar, mediante la experimentación práctica, su poder de impartir esta formación. Solo los experimentos pueden mostrar si existe ya en alguna parte de la población un nivel de cultivo moral suficientemente alto como para hacer triunfar al comunismo, y para dar a la siguiente generación entre ellos mismos la educación necesaria para mantener ese alto nivel de manera permanente
Si las asociaciones comunistas demuestran que pueden ser duraderas y prósperas, se multiplicarán y probablemente serán adoptadas por sectores sucesivos de la población de los países más avanzados a medida que estos se vuelvan moralmente aptos para ese modo de vida. Pero obligar a poblaciones no preparadas a integrarse en sociedades comunistas, aun si una revolución política diera el poder para hacer tal intento, terminaría en desilusión.
Si la prueba práctica es necesaria para comprobar las capacidades del comunismo, no lo es menos para esas otras formas de socialismo que reconocen las dificultades del comunismo y conciben medios para superarlas.
El principal de ellos es el fourierismo, un sistema que, aunque solo sea como muestra de ingenio intelectual, es muy digno de la atención de cualquier estudioso, ya sea de la sociedad o de la mente humana.
No hay apenas objeción o dificultad que Fourier no previera, y contra la cual no tomara precauciones de antemano mediante mecanismos automáticos, fundamentados, sin embargo, en un principio de justicia distributiva menos elevado que el del comunismo, puesto que admite desigualdades de distribución y la propiedad individual del capital, pero no su disposición arbitraria.
El gran problema con el que lidia es cómo hacer que el trabajo sea atractivo, ya que, si esto pudiera lograrse, la principal dificultad del socialismo quedaría superada.
Sostiene que ningún tipo de trabajo útil es necesariamente o universalmente repugnante, a menos que sea excesivo en su cantidad o carezca del estímulo de la compañía y la emulación, o sea considerado por la humanidad con desprecio.
Los trabajadores de una aldea fourierista han de agruparse espontáneamente en grupos, cada uno de los cuales asume un tipo diferente de trabajo, y una misma persona puede ser miembro no solo de un grupo sino de cualquier cantidad de ellos; habiéndose reservado primero un cierto mínimo para la subsistencia de cada miembro de la comunidad, sea o no capaz de trabajar, la sociedad divide el resto del producto entre los diferentes grupos, en aquellas proporciones que encuentre que atraen a cada uno la cantidad de trabajo requerida, y ninguna más; si hay una demanda excesiva hacia determinados grupos, es señal de que esos grupos están sobre-remunerados en relación con los demás; si alguno es negligido, su remuneración debe aumentarse.
La parte de la producción asignada a cada grupo se divide en proporciones fijas entre tres elementos: trabajo, capital y talento; la parte asignada al talento se adjudica por los sufragios del propio grupo, y se espera que, entre la variedad de las capacidades humanas, todas, o casi todas, estén cualificadas para sobresalir en un grupo u otro.
La remuneración del capital ha de ser la que se considere suficiente para inducir al ahorro a partir del consumo individual, con el fin de aumentar el fondo común hasta el punto deseado.
El número y la ingeniosidad de los artificios para hacer frente a las dificultades menores, y para librarse de los inconvenientes menores, son muy notables.
Por medio de estas diversas disposiciones, los fourieristas esperan que los incentivos personales para esforzarse por el interés público, en lugar de ser eliminados, se vuelvan mucho mayores que en la actualidad, ya que cada aumento en el servicio prestado sería mucho más seguro de conducir a un incremento en la recompensa que ahora, cuando los accidentes de posición tienen tanta influencia.
Por lo tanto, esperan que la eficiencia del trabajo no tenga precedentes, mientras que el ahorro de mano de obra sería prodigioso, al desviar hacia ocupaciones útiles lo que ahora se desperdicia en cosas inútiles o dañinas, y al prescindir del vasto número de distribuidores superfluos, siendo la compra y la venta para toda la comunidad gestionadas por una sola agencia.
La libre elección de los individuos en cuanto a su modo de vida no sería interferida más de lo necesario para obtener las plenas ventajas de la cooperación en las operaciones industriales.
En conjunto, el cuadro de una comunidad fourierista resulta atractivo en sí mismo y exige menos de la humanidad común que cualquier otro sistema de socialismo conocido; y es muy de desear que el plan tenga esa prueba imparcial que es la única que puede poner a prueba la viabilidad de cualquier nuevo proyecto de vida social.9
El resultado de nuestro examen de las diversas dificultades del socialismo nos ha conducido a la conclusión de que los distintos planes para administrar los recursos productivos del país mediante una agencia pública en lugar de privada tienen motivos para ser puestos a prueba, y algunos de ellos tal vez acaben por consagrar sus pretensiones de preferencia sobre el orden de cosas existente, pero que en la actualidad solo resultan viables para la élite de la humanidad, y aún deben demostrar su capacidad para educar a la humanidad en su conjunto hacia el estado de perfección que presuponen.
Mucho más, por supuesto, puede decirse de este plan más ambicioso que aspira a apoderarse de toda la tierra y el capital del país, y a empezar de inmediato a administrarlo por cuenta pública.
Aparte de toda consideración de injusticia hacia los actuales poseedores, la idea misma de dirigir toda la industria de un país mediante directrices procedentes de un único centro es tan obviamente quimérica que nadie se atreve a proponer ningún modo en que deba llevarse a cabo; y apenas cabe dudar de que, si los socialistas revolucionarios alcanzasen su objetivo inmediato y dispusieran efectivamente de toda la propiedad del país, no encontrarían otro modo practicable de ejercer su poder sobre ella que el de dividirla en porciones, para entregar cada una a la administración de una pequeña comunidad socialista.
El problema de la dirección, que hemos visto que resulta tan difícil incluso para una población selecta y bien preparada de antemano, se dejaría para que lo resolviera como pudiera aglomeraciones unidas únicamente por la localidad, o tomadas indiscriminadamente de la población, incluyendo a todos los malhechores, a todos los más perezosos y viciosos, a los más incapaces de una labor constante, previsión o autocontrol, y a una mayoría que, aunque no esté igualmente degradada, se encuentra, sin embargo, en opinión de los propios socialistas, en lo que respecta a las cualidades esenciales para el éxito del socialismo, profundamente desmoralizada por el estado actual de la sociedad.
Es decir muy poco afirmar que la introducción del socialismo en tales condiciones no podría tener más efecto que el de un fracaso desastroso, y sus apóstoles solo tendrían el consuelo de que el orden de la sociedad tal como existe hoy habría perecido primero, y todos los que se benefician de él se verían envueltos en la ruina común —un consuelo que para algunos de ellos probablemente sería real, pues si se puede confiar en las apariencias, el principio animador de demasiados socialistas revolucionarios es el odio; un odio muy disculpable hacia los males existentes, que se desahogaría poniendo fin al sistema actual a toda costa, incluso para quienes sufren por él, con la esperanza de que del caos surgiera un Kosmos mejor, y ante la impaciencia de la desesperación respecto a cualquier mejora más gradual.
Ellos ignoran que el caos es la posición más desfavorable para emprender la construcción de un Kosmos, y que deben mediar muchas eras de conflicto, violencia y opresión tiránica de los débiles por los fuertes; no saben que sumergirían a la humanidad en el estado de naturaleza descrito con tanta fuerza por Hobbes (Leviatán, Parte I, cap. xiii), en el que cada hombre es enemigo de cada hombre:—
En tal condición no hay lugar para la industria, porque el fruto de la misma es incierto; y, por consiguiente, ninguna cultura de la tierra, ninguna navegación, ningún uso de las mercancías que pueden ser importadas por mar, ningún edificio cómodo, ningún instrumento para mover y remover aquellas cosas que requieran mucha fuerza, ningún conocimiento de la faz de la tierra, ningún cómputo del tiempo, ninguna arte, ninguna letra, ninguna sociedad; y, lo que es peor que todo, continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre, solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.
Si los miembros más pobres y miserables de una sociedad llamada civilizada se encuentran en una condición tan mala como la que tendría cualquiera en la peor forma de barbarie producida por la disolución de la vida civilizada, no se sigue que el medio para elevarlos consistiría en reducir a todos los demás al mismo estado de miseria.
Por el contrario, es con la ayuda de los primeros que se han alzado que tantos otros han escapado de la suerte común, y solo mediante una mejor organización de ese mismo proceso cabe esperar con el tiempo lograr elevar al resto.
# La idea de la propiedad privada no es fija sino variable.
Las consideraciones precedentes parecen suficientes para demostrar que una renovación total del tejido social, tal como la que contempla el socialismo, que establece la constitución económica de la sociedad sobre una base enteramente nueva, distinta a la de la propiedad privada y la competencia, por muy valiosa que sea como ideal, e incluso como profecía de posibilidades últimas, no resulta disponible como un recurso actual, puesto que exige de aquellos que han de llevar a cabo el nuevo orden de cosas cualidades tanto morales como intelectuales que es necesario poner a prueba en todos y crear en la mayoría; y esto no puede hacerse mediante una ley del Parlamento, sino que debe ser, en la hipótesis más favorable, una obra de considerable tiempo.
Durante un largo periodo venidero, el principio de la propiedad individual seguirá dominando el terreno; e incluso si en algún país un movimiento popular colocara a los socialistas al frente de un gobierno revolucionario, por más que de muchos modos vulneraran la propiedad privada, la institución misma sobreviviría, y sería o bien aceptada por ellos o restaurada tras su expulsión, por la sencilla razón de que la gente no renunciará a lo que es actualmente su único sustento y garantía de seguridad hasta que no se haya puesto en funcionamiento un sustituto para ello.
Aun aquellos, si es que hubo alguno, que se hubieran repartido entre sí lo que era propiedad ajena desearían conservar lo adquirido, y devolverle a la propiedad en las nuevas manos la sacralidad que no habían reconocido en las viejas.
Pero aunque, por estas razones, es de presumir que la propiedad individual tenga por delante un largo futuro, aunque solo sea de existencia provisional, no hemos de concluir por ello que deba existir modificada durante todo ese periodo, ni que todos los derechos que hoy se consideran inherentes a la propiedad le pertenezcan por naturaleza y deban perdurar mientras ella perdure.
Por el contrario, es tanto el deber como el interés de aquellos que obtienen el beneficio más directo de las leyes de propiedad considerar imparcialmente todas las propuestas destinadas a hacer que dichas leyes sean de algún modo menos onerosas para la mayoría. Esto, que en cualquier caso sería una obligación de justicia, es asimismo un mandato de prudencia, con el fin de ponerse en una posición legítima frente a los intentos, que sin duda serán frecuentes, de poner en práctica prematuramente las formas socialistas de sociedad.
Uno de los errores que se cometen con más frecuencia, y que son fuente de los mayores errores prácticos en los asuntos humanos, es el de suponer que un mismo nombre siempre representa el mismo conjunto de ideas.
Ninguna palabra ha sido objeto de más malentendidos de este tipo que la palabra propiedad. Denota en cada estado de la sociedad los mayores poderes de uso exclusivo o de control exclusivo sobre las cosas (y a veces, desafortunadamente, sobre las personas) que la ley concede, o que la costumbre, en ese estado de sociedad, reconoce; pero estos poderes de uso y control exclusivo son muy variados y difieren enormemente en los diferentes países y en los diferentes estados de la sociedad.
Por ejemplo, en los primeros estadios de la sociedad, el derecho de propiedad no incluía el derecho de testar. La facultad de disponer de la propiedad mediante testamento fue en la mayoría de los países de Europa una institución bastante tardía; y mucho después de haber sido introducida siguió estando limitada en favor de los llamados herederos forzosos. Donde no se permite el testamento, la propiedad individual es únicamente un usufructo vitalicio.
Y de hecho, como lo han expuesto tan bien y con tanta amplitud Sir Henry Maine en su instructiva obra sobre el Antiguo Derecho, la idea primitiva de la propiedad era que pertenecía a la familia, no al individuo.
El cabeza de familia la administraba y era quien realmente ejercía los derechos de propiedad. Al igual que en otros aspectos, también en este gobernaba a la familia con un poder casi despótico. Pero no era libre de ejercer su poder de tal modo que perjudicara a los copropietarios de las otras porciones; no podía disponer de la propiedad de manera que los privara del disfrute conjunto o de la sucesión.
Según las leyes y costumbres de algunas naciones, la propiedad no podía enajenarse sin el consentimiento de los hijos varones; en otros casos, el hijo podía por ley exigir una división de la propiedad y la asignación de su parte, como en la parábola del Hijo Pródigo.
Si la asociación se mantenía unida tras la muerte del cabeza de familia, algún otro miembro de esta —no siempre su hijo, sino a menudo el mayor de la familia, el más fuerte o el elegido por los demás— le sucedía en la dirección y en los derechos de administración, conservando todos los demás los suyos como antes.
Si, por el contrario, el grupo se disolvía en familias separadas, cada una de estas se llevaba consigo una parte de la propiedad. Digo la propiedad, no la herencia, porque el proceso era una mera continuación de los derechos existentes, no una creación de derechos nuevos; la parte del administrador era la única que revertía a la asociación.
Luego, nuevamente, respecto a los derechos de propiedad sobre los bienes inmuebles (la principal clase de propiedad en una época rudimentaria), estos derechos eran de extensión y duración muy variadas.
Según la ley judía, la propiedad de los bienes inmuebles era solo una concesión temporal; en el año sabático volvía al fondo común para ser redistribuida, aunque podemos suponer que en los tiempos históricos del Estado judío esta regla pudo haber sido eludida con éxito.
En muchos países de Asia, antes de que intervinieran las ideas europeas, no existía nada a lo que la expresión propiedad de la tierra, tal como entendemos la frase, sea estrictamente aplicable. La propiedad estaba fragmentada entre varias partes distintas, cuyos derechos se determinaban más por la costumbre que por la ley. El gobierno era copropietario, ya que tenía derecho a una renta onerosa. Las ideas antiguas e incluso las leyes antiguas limitaban la parte del gobierno a alguna fracción particular de la producción bruta, pero en la práctica no existía un límite fijo. El gobierno podía ceder su parte a un individuo, quien entonces pasaba a poseer el derecho de recaudación y todos los demás derechos del Estado, pero no los de ninguna persona privada vinculada a la tierra. Estos derechos privados eran de varios tipos. Los cultivadores reales o aquellos de entre ellos que llevaban mucho tiempo asentados en la tierra tenían derecho a retener la posesión; se consideraba ilegal desahuciarlos mientras pagaran la renta, una renta no fijada en general por acuerdo, sino por la costumbre del vecindario. Entre los cultivadores reales y el Estado, o el sustituto a quien el Estado había transferido sus derechos, existían personas intermedias con derechos de diversa magnitud. Había funcionarios del gobierno que recaudaban la parte de la producción correspondiente al Estado, a veces para distritos grandes, quienes, aunque estaban obligados a entregar al gobierno todo lo recaudado, tras deducir un porcentaje, eran a menudo funcionarios hereditarios. También había, en muchos casos, comunidades aldeanas, compuestas por los supuestos descendientes de los primeros pobladores de una aldea, que se repartían entre sí la tierra o su producción según reglas establecidas por la costumbre, ya cultivándola ellos mismos o empleando a otros para que la cultivaran por ellos, y cuyos derechos sobre la tierra se acercaban más a los de un propietario de tierras, tal como se entiende en Inglaterra, que los de cualquier otra parte implicada. Pero el derecho de propiedad de la aldea no era individual, sino colectivo; inalienable (los derechos de los participantes individuales solo podían venderse o hipotecarse con el consentimiento de la comunidad) y regido por normas fijas.
En la Europa medieval, casi toda la tierra se poseía del soberano bajo la condición de servicios, ya fuesen militares o agrícolas; y en Gran Bretaña, incluso ahora, cuando los servicios, así como todos los derechos reservados del soberano, han caído en desuso desde hace mucho tiempo o han sido conmutados por impuestos, la teoría de la ley no reconoce un derecho absoluto de propiedad sobre la tierra en ningún individuo; el propietario territorial más pleno que reconoce la ley, el propietario libre (freeholder), no es más que un «inquilino» de la Corona.
En Rusia, aun cuando los cultivadores del suelo eran siervos del terrateniente, el derecho de propiedad de este sobre la tierra estaba limitado por derechos de aquellos que les pertenecían como un cuerpo colectivo que administraba sus propios asuntos, y en los cuales él no podía interferir.
Y en la mayoría de los países de la Europa continental, cuando la servidumbre fue abolida o cayó en desuso, quienes habían cultivado la tierra como siervos permanecieron en posesión de derechos, así como sujetos a obligaciones.
Las grandes reformas agrarias de Stein y sus sucesores en Prusia consistieron en abolir tanto los derechos como las obligaciones, y dividir la tierra materialmente entre el propietario y el campesino, en lugar de dejar a cada uno de ellos con un derecho limitado sobre el todo.
En otros casos, como en la Toscana, el agricultor mediero es virtualmente copropietario junto con el terrateniente, ya que la costumbre, aunque no la ley, le garantiza una posesión permanente y la mitad de la producción bruta, siempre que cumpla con las condiciones consuetudinarias de su tenencia.
De nuevo: si los derechos de propiedad sobre las mismas cosas tienen diferente alcance en distintos países, también se ejercen sobre cosas diferentes.
En todos los países en una época pasada, y en algunos países todavía, el derecho de propiedad se extendía y se extiende a la titularidad de seres humanos.
A menudo ha existido propiedad sobre los cargos públicos, como en los cargos judiciales y una vasta multitud de otros en Francia antes de la Revolución; todavía quedan unos pocos cargos vendidos por patente en Gran Bretaña, aunque creo que dejarán de existir por ministerio de la ley a la muerte de los actuales titulares; y nosotros estamos aboliendo apenas ahora la propiedad de los rangos militares.
Los organismos públicos, constituidos y dotados para fines públicos, todavía reclaman el mismo derecho inviolable de propiedad sobre sus bienes que los particulares sobre los suyos, y aunque una moral política sana no reconoce esta pretensión, la ley la respalda.
Vemos así que el derecho de propiedad se interpreta de manera diferente, y se considera de distinta extensión, en diferentes tiempos y lugares; que la concepción que se tiene de él es una concepción variable, que ha sido frecuentemente revisada y que puede admitir aún mayor revisión. Debe observarse también que las revisiones a las que se ha sometido hasta ahora en el progreso de la sociedad han sido generalmente mejoras.
Cuando, por lo tanto, se sostiene, con razón o sin ella, que algún cambio o modificación en los poderes ejercidos sobre las cosas por las personas legalmente reconocidas como sus propietarios sería beneficioso para el público y propicio para el perfeccionamiento general, no constituye una buena respuesta a esto limitarse a decir que el cambio propuesto entra en conflicto con la idea de propiedad.
La idea de propiedad no es una sola entidad, idéntica a lo largo de la historia e incauteable de alteración, sino que es variable como todas las demás creaciones de la mente humana; en un momento dado es una breve expresión que denota los derechos sobre las cosas conferidos por la ley o la costumbre de una sociedad determinada en ese momento; pero ni en este punto ni en ningún otro tienen la ley y la costumbre de un tiempo y lugar determinados el derecho a quedar estereotipadas para siempre.
Una reforma propuesta en las leyes o costumbres no es necesariamente objetable porque su adopción implique, no la adaptación de todos los asuntos humanos a la idea existente de propiedad, sino la adaptación de las ideas existentes de propiedad al crecimiento y mejoramiento de los asuntos humanos.
Esto se dice sin perjuicio del derecho equitativo de los propietarios a ser indemnizados por el Estado por aquellos derechos legales de naturaleza patrimonial de los que puedan ser privados en aras de la utilidad pública.
Dicho derecho equitativo, sus fundamentos y sus justos límites constituyen un tema en sí mismo y, como tal, será analizado más adelante.
Bajo esta condición, sin embargo, la sociedad está plenamente autorizada para abolir o alterar cualquier derecho de propiedad particular que, tras una ponderación suficiente, considere que se opone al bien público.
Y ciertamente el terrible caso que, como vimos en un capítulo anterior, los socialistas son capaces de plantear contra el orden económico actual de la sociedad, exige una plena consideración de todos los medios mediante los cuales se pueda dar a la institución la oportunidad de funcionar de una manera más beneficiosa para esa gran porción de la sociedad que actualmente disfruta de la menor parte de sus beneficios directos.
EL FIN.
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