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Terrorismo y Comunismo

León Trotsky

El tema principal del libro de Kautsky es el terrorismo. La opinión de que el terrorismo es consustancial a la revolución es proclamada por Kautsky como un error muy extendido. No es cierto que quien desee la revolución deba tolerar el terrorismo. Por lo que a él, a Kautsky, respecta, está, por decirlo en general, a favor de la revolución, pero decidido en contra del terrorismo. A partir de ahí, sin embargo, empiezan las complicaciones.

“La revolución nos trae —se queja Kautsky—, un terrorismo sangriento llevado a cabo por gobiernos socialistas. Los bolcheviques en Rusia fueron los primeros en transitar este camino y, en consecuencia, fueron severamente condenados por todos los socialistas que no habían adoptado el punto de vista bolchevique, incluidos los socialistas de la Mayoría alemana. Pero tan pronto como estos últimos se vieron amenazados en su supremacía, recurrieron a los métodos del mismo régimen terrorista que atacaban en el Oriente”. (Página 9)

Parecería que de esto se desprende la conclusión de que el terrorismo está mucho más profundamente ligado a la naturaleza de la revolución de lo que piensan ciertos sabios. Pero Kautsky saca una conclusión absolutamente opuesta.

El gigantesco desarrollo del terrorismo Blanco y Rojo en todas las últimas revoluciones —la rusa, la alemana, la austriaca y la húngara— es para él la prueba de que estas revoluciones se desviaron de su verdadero camino y resultaron no ser la revolución que debían haber sido según las visiones teóricas de Kautsky.

Sin entrar en la cuestión de si el terrorismo «como tal» es «inmanente» a la revolución «como tal», consideremos algunas de las revoluciones tal como desfilan ante nosotros en la historia viva de la humanidad.

Consideremos primero la Reforma religiosa, que resultó ser la divisoria de aguas entre la Edad Media y la historia moderna: cuanto más profundos eran los intereses de las masas que involucraba, más amplio era su alcance, más ferozmente se desarrollaba la guerra civil bajo la bandera religiosa y más despiadado se volvía el terror por el otro lado.

En el siglo XVII, Inglaterra llevó a cabo dos revoluciones.

La primera, que acarreó grandes conmociones sociales y guerras, trajo consigo, entre otras cosas, la ejecución del rey Carlos I, mientras que la segunda terminó felizmente con la ascensión de una nueva dinastía.

La burguesía británica y sus historiadores mantienen actitudes muy diferentes hacia estas dos revoluciones:

  • la primera es para ellos un levantamiento de la chusma: la «Gran Rebelión»;
  • la segunda ha pasado a la posteridad bajo el título de la «Revolución Gloriosa».

El motivo de esta diferencia de valoración fue explicado por el historiador francés Augustin Thierry. En la primera revolución inglesa, en la «Gran Rebelión», la fuerza activa fue el pueblo; mientras que en la segunda fue casi «silenciosa».

De ahí se deduce que, en un entorno de esclavitud de clases, es difícil enseñarle buenos modales a las masas oprimidas. Cuando son incitadas a la furia, utilizan garrotes, piedras, fuego y la soga.

Los historiadores cortesanos de los explotadores se sienten ofendidos por esto.

Pero el gran acontecimiento de la historia moderna «burguesa» no es, a fin de cuentas, la «Revolución Gloriosa», sino la «Gran Rebelión».

El mayor acontecimiento de la historia moderna después de la Reforma y la «Gran Rebelión», y muy superior a sus dos predecesores en significado, fue la gran Revolución francesa del siglo XVIII.

A esta revolución clásica le correspondió un terrorismo clásico. Kautsky está dispuesto a perdonar el terrorismo de los jacobinos, reconociendo que no tenían otra manera de salvar la república. Pero con esta justificación a posteriori nadie es ayudado ni estorbado.

Los Kautsky de finales del siglo XVIII (los líderes de los girondinos franceses) veían en los jacobinos la personificación del mal. He aquí una comparación, suficientemente instructiva en su banalidad, entre los jacobinos y los girondinos escrita por la pluma de uno de los historiadores burgueses franceses:

«Ambos bandos deseaban la república».

Pero los girondinos «deseaban una república libre, legal y clemente. Los montañeses deseaban una república despótica y terrorista. Ambos defendían el poder supremo del pueblo; pero el girondino entendía justamente por pueblo a todos, mientras que los montañeses consideraban que solo la clase trabajadora era el pueblo. Por eso, en opinión de los montañeses, solo a tales personas pertenecía la supremacía».

La antítesis entre los nobles campeones de la Asamblea Constituyente y los sanguinarios agentes de la dictadura revolucionaria se delinea aquí con bastante claridad, aunque en los términos políticos de la época.

La férrea dictadura de los jacobinos fue evocada por la monstruosamente difícil situación de la Francia revolucionaria. He aquí lo que el historiador burgués dice de este periodo:

“Tropas extranjeras habían penetrado en territorio francés por cuatro costados. En el norte, los británicos y los austriacos; en Alsacia, los prusianos; en Delfinado y hasta Lyon, los piamonteses; en el Rosellón, los españoles. Y esto en un momento en que la guerra civil estallaba en cuatro puntos diferentes: en Normandía, en la Vendée, en Lyon y en Tolón”. (Página 176)

A esto debemos añadir los enemigos internos en forma de numerosos partidarios secretos del antiguo régimen, dispuestos por todos los métodos a ayudar al enemigo.

La severidad de la dictadura proletaria en Rusia, señalémoslo aquí, estuvo condicionada por circunstancias no menos difíciles.

Había un solo frente continuo, en el norte y el sur, en el este y el oeste.

Además de los ejércitos rusos de la Guardia Blanca de Kolchak, Denikin y otros, atacan a la Rusia soviética, simultáneamente o por turnos:

  • Alemanes, austriacos, checoslovacos, serbios, polacos, ucranianos, rumano, franceses, británicos, estadounidenses, japoneses, fineses, estonianos, lituanos...

En un país estrangulado por un bloqueo y asfixiado por el hambre, hay conspiraciones, levantamientos, actos terroristas y destrucción de caminos y puentes.

“El gobierno que había asumido la lucha contra innumerables enemigos externos e internos no tenía dinero, ni tropas suficientes, ni otra cosa que una energía sin límites, el apoyo entusiasta de los elementos revolucionarios del país y el coraje gigantesco de adoptar todas las medidas necesarias para la seguridad del país, por muy arbitrarias y severas que fuesen”.

Con tales palabras describió en otro tiempo Plejánov al gobierno de los: jacobinos.

(Sozial-demokrat, revista trimestral de literatura y política. Libro I, febrero de 1890, Londres. El artículo sobre El centenario de la Gran Revolución, páginas 6-7).

Volvamos ahora a la revolución que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XIX, en el país de la «democracia»: en los Estados Unidos de América del Norte.

Aunque la cuestión no era la abolición de la propiedad en su conjunto, sino únicamente la abolición de la propiedad de los negros, sin embargo, las instituciones de la democracia demostraron ser absolutamente impotentes para decidir el litigio de forma pacífica.

Los estados del Sur, derrotados en las elecciones presidenciales de 1860, decidieron por todos los medios posibles recuperar la influencia que hasta entonces habían ejercido en la cuestión de la esclavitud; y pronunciando, como era de esperar, las apropiadas palabras sobre la libertad y la independencia, se alzaron en una insurrección de esclavistas.

De ahí se siguieron inevitablemente todas las consecuencias posteriores de la guerra civil.

Al mismo comienzo de la lucha, el gobierno militar de Baltimore encarceló en el Fuerte MacHenry a unos cuantos ciudadanos, simpatizantes del Sur esclavista, a pesar del Habeas Corpus. La cuestión de la legalidad o ilegalidad de tal acción se convirtió en objeto de disputas encarnizadas entre las llamadas «altas autoridades». El juez de la Corte Suprema decidió que el Presidente no tenía ni el derecho de suspender el funcionamiento del Habeas Corpus ni de otorgar poderes plenipotenciarios con ese fin a las autoridades militares. «Tal es, con toda probabilidad, la solución constitucional correcta de la cuestión», dice uno de los primeros historiadores de la Guerra Civil estadounidense. «Pero el estado de cosas era hasta tal punto crítico, y la necesidad de tomar medidas decisivas contra la población de Baltimore tan grande, que no solo el Gobierno, sino también el pueblo de los Estados Unidos, apoyó las medidas más enérgicas». [(The History of the American War, por Fletcher, teniente coronel de los Guardias escoceses, San Petersburgo 1867, página 95.)]

Algunos de los bienes que el Sur rebelde necesitaba fueron suministrados en secreto por los comerciantes del Norte. Naturalmente, a los norteños no les quedó más remedio que introducir métodos de represión.

El 6 de agosto de 1861, el presidente ratificó una resolución del Congreso relativa a «la confiscación de bienes utilizados con fines insurreccionales».

El pueblo, bajo la forma de los elementos más democráticos, era partidario de medidas extremas. El Partido Republicano tenía una mayoría decidida en el Norte, y las personas sospechosas de secesionismo —es decir, de simpatizar con los estados sureños rebeldes— fueron objeto de violencia.

En algunas ciudades del norte, e incluso en los estados de Nueva Inglaterra, famosos por su orden, el pueblo irrumpía con frecuencia en las oficinas de los periódicos que apoyaban a los esclavistas insurrectos y destrozaba sus imprentas. Ocasionalmente sucedía que los editores reaccionarios eran embadurnados con alquitrán, decorados con plumas y paseados de tal guisa por las plazas públicas hasta que juraban lealtad a la Unión.

La personalidad de un hacendado embadurnado en alquitrán guardaba escasa semejanza con el «fin en sí mismo»; de modo que el imperativo categórico de Kautsky sufrió en la guerra civil de los estados un golpe considerable.

Pero esto no es todo.

«El gobierno, por su parte —nos cuenta el historiador—, adoptó medidas represivas de diversa índole contra publicaciones que sostenían puntos de vista opuestos a los suyos: y en poco tiempo la hasta entonces libre prensa estadounidense quedó reducida a una condición apenas superior a la que imperaba en los Estados europeos autocráticos».

La misma suerte corrió la libertad de expresión.

«De este modo —continúa el teniente coronel Fletcher—, el pueblo estadounidense se privó en este período de la mayor parte de su libertad. Debe observarse —moraliza— que la mayoría del pueblo estaba tan ocupada con la guerra, y en tal grado imbuida de la disposición a cualquier clase de sacrificio para alcanzar su fin, que no solo no lamentó sus libertades desvanecidas, sino que apenas notó su desaparición».

[Fletcher’s History of the American War, páginas 162-164.]

Infinitamente más despiadadamente emplearon sus hordas desenfrenadas los sanguinarios esclavistas del Sur.

“Dondequiera que hubiese una mayoría favorable a la esclavitud”, escribe el conde de París, “la opinión pública se comportaba despóticamente con la minoría. Todos los que expresaban piedad por la bandera nacional... se veían obligados a guardar silencio. Pero pronto esto mismo dejó de ser suficiente; como en todas las revoluciones, los indiferentes fueron obligados a expresar su lealtad al nuevo orden de cosas... Aquellos que no aceptaban esto eran entregados como sacrificio al odio y la violencia de la masa popular... En cada centro de civilización creciente (estados del Sudoeste) se formaban comités de vigilancia, compuestos por todos aquellos que se habían distinguido por sus opiniones extremas en la lucha electoral... Una taberna era el lugar habitual de sus sesiones, y una orgía ruidosa se mezclaba con una despreciable parodia de las formas públicas de justicia. Unos cuantos locos sentados alrededor de un escritorio sobre el cual corrían la ginebra y el güisqui juzgaban a sus conciudadanos presentes y ausentes. El acusado, incluso antes de haber sido interrogado, podía ver cómo se preparaba la cuerda. El que no comparecía ante el tribunal conocía su sentencia al caer bajo las balas del verdugo oculto en el bosque...”

Este cuadro recuerda enormemente a las escenas que día tras día tenían lugar en los campamentos de Denikin, Kolchak, Yúdenche y los demás héroes de la «democracia» anglo-franco-americana.

Veremos más adelante cómo estaba planteada la cuestión del terrorismo en relación con la Comuna de París de 1871. En cualquier caso, los intentos de Kautsky de contrastar la Comuna con nosotros son falsos desde su misma raíz y solo llevan al autor a un juego de palabras de la más baja calaña.

Aparentemente, debe reconocerse que la institución de los rehenes es «inmanente» al terrorismo de la guerra civil.

Kautsky está en contra del terrorismo y en contra de la institución de los rehenes, pero a favor de la Comuna de París. (Nota mental: La Comuna existió hace cincuenta años).

Sin embargo, la Comuna tomó rehenes. Surge una dificultad. Pero ¿para qué existe el arte de la exégesis?

El decreto de la Comuna relativo a los rehenes y a su ejecución en respuesta a las atrocidades de los versallescos surgió, según la profunda explicación de Kautsky, «del afán de preservar la vida humana, no de destruirla».

¡Un descubrimiento maravilloso! Solo requiere ser desarrollado. Podría, y debe, explicarse que en la guerra civil destruimos a los Guardias Blancas para que ellos no destruyeran a los trabajadores. En consecuencia, nuestro problema no es la destrucción de la vida humana, sino su preservación. Pero como tenemos que luchar por la preservación de la vida humana con las armas en la mano, esto conduce a la destrucción de la vida humana: un enigma cuyo secreto dialéctico fue explicado por el viejo Hegel, sin contar a otros sabios aún más antiguos.

La Comuna solo podía mantenerse y consolidar su posición mediante una lucha decidida contra los versallescos. Estos últimos, por otra parte, contaban con un gran número de agentes en París.

Al combatir a los agentes de Thiers, la Comuna no podía abstenerse de destruir a los versallescos en el frente y en la retaguardia. Si su poder hubiera traspasado los límites de París, en las provincias habría encontrado —durante el proceso de la guerra civil con el Ejército de la Asamblea Nacional— enemigos aún más decididos en medio de la población pacífica.

La Comuna, al combatir a los monárquicos, no podía conceder libertad de expresión a los agentes monárquicos en la retaguardia.

Kautsky, a pesar de todos los acontecimientos que ocurren hoy en el mundo, no comprende en absoluto qué es la guerra en general, y la guerra civil en particular.

Él no comprende que todo, o casi todo, partidario de Thiers en París no era meramente un «adversario» de los comuneros en las ideas, sino un agente y espía de Thiers, un enemigo feroz dispuesto a disparar por la espalda. Hay que hacer que el enemigo sea inofensivo, y en tiempo de guerra esto significa que hay que destruirlo.

El problema de la revolución, al igual que el de la guerra, consiste en quebrantar la voluntad del enemigo, obligándole a capitular y a aceptar las condiciones del vencedor.

La voluntad, por supuesto, es un hecho del mundo físico, pero a diferencia de una asamblea, una disputa o un congreso, la revolución lleva a cabo su objetivo mediante el empleo de recursos materiales —aunque en menor grado que la guerra—.

La burguesía misma conquistó el poder por medio de revueltas y lo consolidó mediante la guerra civil. En el periodo pacífico, retiene el poder mediante un sistema de represión. Mientras siga existiendo una sociedad de clases, fundada en los antagonismos más arraigados, la represión seguirá siendo un medio necesario para quebrantar la voluntad del bando opuesto.

Aun cuando, en uno u otro país, la dictadura del proletariado surgiera dentro del marco exterior de la democracia, esto no evitaría en modo alguno la guerra civil.

La cuestión de quién ha de gobernar el país, es decir, de la vida o la muerte de la burguesía, se decidirá por ambas partes, no mediante remisiones a los párrafos de la constitución, sino mediante el empleo de todas las formas de violencia.

Por mucho que Kautsky profundice en la cuestión de la alimentación del antropopiteco (véase la página 122 et seq. de su libro) y en otras condiciones inmediatas y remotas que determinan la causa de la crueldad humana, no encontrará en la historia ningún otro medio de quebrantar la voluntad de clase del enemigo que el uso sistemático y enérgico de la violencia.

El grado de ferocidad de la lucha depende de una serie de circunstancias internas e internacionales. Cuanto más feroz y peligrosa sea la resistencia de la clase enemiga que ha sido derrocada, más inevitablemente adoptará el sistema de represión la forma de un sistema de terror.

Pero aquí Kautsky adopta inesperadamente una nueva postura en su lucha contra el terrorismo soviético. Simplemente echa a un lado toda referencia a la ferocidad de la oposición contrarrevolucionaria de la burguesía rusa.

«T semejante ferocidad —dice—, no pudo advertirse en noviembre de 1917, en Petrograd y Moscú, y aún menos recientemente en Budapest». (Página 149)

Con tan feliz formulación de la cuestión, el terrorismo revolucionario demuestra ser meramente un producto de la sed de sangre de los bolcheviques, quienes simultáneamente abandonaron las tradiciones del antropopiteco vegetariano y las lecciones morales de Kautsky.

La primera conquista del poder por los sóviets a principios de noviembre de 1917 (nuevo estilo) se llevó a cabo en realidad con sacrificios insignificantes.

La burguesía rusa se encontraba hasta tal punto distanciada de las masas populares, tan internamente desvalida, tan comprometida por el curso y el resultado de la guerra, tan desmoralizada por el régimen de Kérenski, que apenas se atrevió a mostrar resistencia alguna.

  • En Petrogrado, el poder de Kérenski fue derrocado casi sin lucha.
  • En Moscú, su resistencia se prolongó, debido principalmente al carácter indeciso de nuestras propias acciones.
  • En la mayoría de las ciudades de provincia, el poder pasó al sóviet con la mera recepción de un telegrama desde Petrogrado o Moscú.

Si el asunto hubiera terminado ahí, no se habría hablado del Terror Rojo. Pero en noviembre de 1917 ya se manifestaban los indicios del comienzo de la resistencia de las clases propietarias.

Cierto es que se requirió la intervención de los gobiernos imperialistas de Occidente para infundir confianza en sí misma a la contrarrevolución rusa y dotar de un poder cada vez mayor a su resistencia.

Esto puede demostrarse mediante hechos, tanto importantes como insignificantes, día tras día durante toda la época de la revolución soviética.

El «Estado Mayor» de Kérenski no sentía que el grueso de los soldados le brindara apoyo alguno, y se inclinaba por reconocer al Gobierno soviético, que había iniciado negociaciones para un armisticio con los alemanes.

Pero a esto le siguió la protesta de las misiones militares de la Entente, seguida de amenazas abiertas. El Estado Mayor se asustó; incitado por los oficiales «aliados», emprendió el camino de la oposición. Esto condujo a un conflicto armado y al asesinato del jefe del Estado Mayor de campaña, el general Dujonin, a manos de un grupo de marineros revolucionarios.

En Petrogrado, los agentes oficiales de la Entente, especialmente la Misión Militar Francesa, mano a mano con los socialrevolucionarios y los mencheviques, organizaron abiertamente la oposición, movilizando, armando e incitando contra nosotros a los cadetes y a la juventud burguesa en general, desde el segundo día de la revolución soviética.

El levantamiento de los junkers el 10 de noviembre causó cien veces más víctimas que la revolución del 7 de noviembre.

La campaña de los aventureros Kerenski y Krasnov contra Petrogrado, organizada al mismo tiempo por la Entente, introdujo naturalmente en la lucha los primeros elementos de salvajismo.

A pesar de ello, el general Krasnov fue puesto en libertad bajo su palabra de honor.

El levantamiento de Yaroslavl (en el verano de 1918), que causó tantas víctimas, fue organizado por Savinkov siguiendo las instrucciones de la Embajada de Francia y con los recursos de esta.

Arcángel fue capturada según los planes de los agentes navales británicos, con la ayuda de buques de guerra y aeroplanos británicos.

El inicio del imperio de Kolchak, el candidato de la Bolsa de Nueva York, fue propiciado por el Cuerpo extranjero de Checoslovacos, mantenido con los recursos del Gobierno francés.

Kaledin y Krasnov (liberados por nosotros), los primeros jefes de la contrarrevolución en el Don, pudieron disfrutar de un éxito parcial únicamente gracias a la ayuda militar y financiera abierta de Alemania.

En Ucrania, el poder soviético fue derrocado a principios de 1918 por el militarismo alemán.

El Ejército de Voluntarios de Denikin fue creado con la ayuda financiera y técnica de Gran Bretaña y Francia.

Solo con la esperanza de la intervención británica y del apoyo militar británico se creó el ejército de Yudénich.

Los políticos, los diplomáticos y los periodistas de la Entente llevan dos años seguidos debatiendo con absoluta franqueza la cuestión de si la financiación de la guerra civil en Rusia es una empresa suficientemente rentable.

En tales circunstancias, hace falta verdaderamente una desvergüenza cínica para buscar la causa del carácter sanguinario de la guerra civil en Rusia en la malevolencia de los bolcheviques, y no en la situación internacional.

El proletariado ruso fue el primero en entrar en la vía de la revolución social, y la burguesía rusa, políticamente desvalida, sólo se envalentonó para luchar contra su expropiación política y económica porque vio que su hermana mayor en todos los países seguía en el poder y aún mantenía su supremacía económica, política y, hasta cierto punto, militar.

Si nuestra revolución de noviembre hubiera tenido lugar unos meses, o incluso unas semanas, después del establecimiento del dominio del proletariado en Alemania, Francia e Inglaterra, no cabe duda de que nuestra revolución habría sido la más «pacífica», la más «incruenta» de todas las revoluciones posibles en esta pecadora tierra.

Pero esta secuencia histórica —a primera vista la más «natural» y, en cualquier caso, la más beneficiosa para la clase obrera rusa— resultó infringida, no por culpa nuestra, sino por la voluntad de los acontecimientos.

En lugar de ser el último, el proletariado ruso resultó ser el primero. Fue precisamente esta circunstancia la que, tras el primer período de confusión, imprimió un carácter de desesperación a la resistencia de las clases que hasta entonces habían gobernado en Rusia, y obligó al proletariado ruso, en un momento de máximo peligro, de ataques extranjeros y de complots e insurrecciones internos, a recurrir a severas medidas de terror de Estado.

Nadie dirá ahora que esas medidas resultaron inútiles. Pero ¿acaso se espera que las consideremos «intolerables»?

La clase trabajadora, que conquistó el poder en la lucha, tenía como objetivo y como deber establecer ese poder de manera inquebrantable, garantizar su propia supremacía sin discusión alguna, destruir el anhelo de sus enemigos por una nueva revolución y, de este modo, asegurarse de llevar a cabo las reformas socialistas. De otro modo, no tendría sentido tomar el poder.

La revolución «lógicamente» no exige terrorismo.

Del mismo modo que «lógicamente» no exige una insurrección armada. ¡Qué profundo lugar común!

Pero la revolución sí exige de la clase revolucionaria que alcance su fin por todos los métodos de que disponga: si es necesario, mediante un alzamiento armado; si es preciso, mediante el terror.

Una clase revolucionaria que ha conquistado el poder con las armas en la mano tiene la obligación —y lo hará— de aplastar, fusil en mano, todos los intentos de arrebatarle el poder. Allí donde tenga en contra a un ejército hostil, le opondrá su propio ejército. Allí donde se enfrente a una conspiración armada, a un intento de asesinato o a una insurrección, arrojará sobre las cabezas de sus enemigos un castigo implacable.

¿Acaso Kautsky ha inventado otros métodos? ¿O reduce toda la cuestión al grado de represión y recomienda en todas las circunstancias la prisión en lugar de la ejecución?

La cuestión de la forma de la represión, o de su grado, por supuesto, no es una cuestión de «principio». Es una cuestión de conveniencia.

En un periodo revolucionario, el partido que ha sido arrojado del poder, que no se reconcilia con la estabilidad de la clase dominante y que lo demuestra mediante su lucha desesperada contra esta última, no puede ser aterrorizado por la amenaza de prisión, ya que no cree en su duración.

Es precisamente este hecho simple pero decisivo el que explica el recurrir generalizado al fusilamiento en una guerra civil.

O bien, tal vez Kautsky desee decir que la ejecución no es conveniente, que «las clases no pueden ser acobardadas». Esto no es verdad.

El terror es impotente —y solo entonces «a la larga»— si es empleado por la reacción contra una clase históricamente en ascenso. Pero el terror puede ser muy eficaz contra una clase reaccionaria que no quiere abandonar el escenario de operaciones.

La intimidación es un arma poderosa de la política, tanto a escala internacional como interna. La guerra, al igual que la revolución, se funda en la intimidación. Una guerra victoriosa, en general, destruye solo una parte insignificante del ejército conquistado, intimidando al resto y quebrantando su voluntad.

La revolución actúa del mismo modo: mata a individuos e intimida a miles. En este sentido, el Terror Rojo no se distingue de la insurrección armada, de la cual representa la continuación directa.

El terror de Estado de una clase revolucionaria solo puede ser condenado «moralmente» por un hombre que, por principio, rechaza (de palabra) cualquier forma de violencia en absoluto —y, por consiguiente, toda guerra y todo alzamiento—. Para ello hay que ser simple y llanamente un cuáquero hipócrita.

—Pero, en tal caso, ¿en qué se diferencian vuestras tácticas de las del zarismo? —, nos preguntan los sumos sacerdotes del liberalismo y del kautskismo.

¿No comprenden esto, hombres santos? Se los explicaremos.

El terror del zarismo iba dirigido contra el proletariado. La gendarmería del zarismo estrangulaba a los trabajadores que luchaban por el orden socialista.

Nuestras Comisiones Extraordinarias fusilan a los terratenientes, capitalistas y generales que se esfuerzan por restaurar el orden capitalista. ¿Comprenden esta... distinción? ¿Sí? Para nosotros, los comunistas, es más que suficiente.

La revolución «lógicamente» no exige terrorismo.

Del mismo modo que «lógicamente» no exige una insurrección armada. ¡Qué profundo lugar común!

Pero la revolución sí exige de la clase revolucionaria que alcance su fin por todos los métodos de que disponga: si es necesario, mediante un alzamiento armado; si es preciso, mediante el terror.

Una clase revolucionaria que ha conquistado el poder con las armas en la mano tiene la obligación —y lo hará— de aplastar, fusil en mano, todos los intentos de arrebatarle el poder. Allí donde tenga en contra a un ejército hostil, le opondrá su propio ejército. Allí donde se enfrente a una conspiración armada, a un intento de asesinato o a una insurrección, arrojará sobre las cabezas de sus enemigos un castigo implacable.

¿Acaso Kautsky ha inventado otros métodos? ¿O reduce toda la cuestión al grado de represión y recomienda en todas las circunstancias la prisión en lugar de la ejecución?

La cuestión de la forma de la represión, o de su grado, por supuesto, no es una cuestión de «principio». Es una cuestión de conveniencia.

En un periodo revolucionario, el partido que ha sido arrojado del poder, que no se reconcilia con la estabilidad de la clase dominante y que lo demuestra mediante su lucha desesperada contra esta última, no puede ser aterrorizado por la amenaza de prisión, ya que no cree en su duración.

Es precisamente este hecho simple pero decisivo el que explica el recurrir generalizado al fusilamiento en una guerra civil.

O bien, tal vez Kautsky desee decir que la ejecución no es conveniente, que «las clases no pueden ser acobardadas». Esto no es verdad.

El terror es impotente —y solo entonces «a la larga»— si es empleado por la reacción contra una clase históricamente en ascenso. Pero el terror puede ser muy eficaz contra una clase reaccionaria que no quiere abandonar el escenario de operaciones.

La intimidación es un arma poderosa de la política, tanto a escala internacional como interna. La guerra, al igual que la revolución, se funda en la intimidación. Una guerra victoriosa, en general, destruye solo una parte insignificante del ejército conquistado, intimidando al resto y quebrantando su voluntad.

La revolución actúa del mismo modo: mata a individuos e intimida a miles. En este sentido, el Terror Rojo no se distingue de la insurrección armada, de la cual representa la continuación directa.

El terror de Estado de una clase revolucionaria solo puede ser condenado «moralmente» por un hombre que, por principio, rechaza (de palabra) cualquier forma de violencia en absoluto —y, por consiguiente, toda guerra y todo alzamiento—. Para ello hay que ser simple y llanamente un cuáquero hipócrita.

—Pero, en tal caso, ¿en qué se diferencian vuestras tácticas de las del zarismo? —, nos preguntan los sumos sacerdotes del liberalismo y del kautskismo.

¿No comprenden esto, hombres santos? Se los explicaremos.

El terror del zarismo iba dirigido contra el proletariado. La gendarmería del zarismo estrangulaba a los trabajadores que luchaban por el orden socialista.

Nuestras Comisiones Extraordinarias fusilan a los terratenientes, capitalistas y generales que se esfuerzan por restaurar el orden capitalista. ¿Comprenden esta... distinción? ¿Sí? Para nosotros, los comunistas, es más que suficiente.

“Libertad de prensa”

Un punto en particular preocupa a Kautsky, autor de una gran cantidad de libros y artículos: la libertad de prensa.

¿Está permitido suprimir los periódicos?

Durante la guerra, todas las instituciones y órganos del Estado y de la opinión pública se convierten, directa o indirectamente, en armas de combate. Esto es particularmente cierto en el caso de la prensa.

Ningún gobierno que lleve a cabo una guerra seria permitirá que existan en su territorio publicaciones que, abierta o indirectamente, apoyen al enemigo. Con mayor razón aún en una guerra civil. La naturaleza de esta última es tal que cada uno de los bandos en lucha tiene en la retaguardia de sus ejércitos a considerables sectores de la población partidarios del enemigo.

En la guerra, donde tanto el éxito como el fracaso se pagan con la muerte, los agentes hostiles que se infiltran en la retaguardia están sujetos a ejecución. Esto es inhumano, pero nadie ha considerado nunca que la guerra sea una escuela de humanidad, y mucho menos una guerra civil.

¿Puede exigirse seriamente que, durante una guerra civil contra los guardias blancos de Denikin, las publicaciones de los partidos que apoyan a Denikin aparezcan sin impedimentos en Moscú y Petrogrado? Proponer esto en nombre de la «libertad» de prensa es exactamente lo mismo que, en nombre de la franqueza, exigir la publicación de secretos militares.

«Una ciudad sitiada», escribió un comunardo, Arthur Arnould de París, «no puede permitir en su seno que se exprese abiertamente la esperanza de su caída, que se incite a la traición a los combatientes que la defienden, que se comuniquen al enemigo los movimientos de sus tropas. Tal era la situación de París bajo la Comuna».

Tal es la situación de la República Soviética durante los dos años de su existencia.

Escuchemos, sin embargo, lo que Kautsky tiene que decir a este respecto.

«La justificación de este sistema (es decir, las represiones en relación con la prensa) se reduce a la ingenua idea de que existe una verdad absoluta (!) y de que solo los comunistas la poseen (!). Del mismo modo —continúa Kautsky—, se reduce a otro punto de vista, a saber, que todos los escritores son por naturaleza mentirosos (!) y que solo los comunistas son fanáticos de la verdad (!). En realidad, hay mentirosos y fanáticos de lo que consideran la verdad en todos los bandos». Y así sucesivamente, y así sucesivamente, y así sucesivamente.

(Página 176)

De este modo, a los ojos de Kautsky, la revolución, en su fase más aguda, cuando se trata de la vida y muerte de las clases, continúa siendo como hasta ahora una discusión literaria con el objeto de establecer... la verdad.

¡Qué profundidad!... Nuestra «verdad», por supuesto, no es absoluta. Pero como en su nombre estamos vertiendo nuestra sangre en el momento presente, no tenemos ni el motivo ni la posibilidad de entablar una discusión literaria sobre la relatividad de la verdad con aquellos que nos «critican» con la ayuda de todas las formas de armas.

De igual modo, nuestro problema no es castigar a los mentirosos y alentar a los justos entre los periodistas de todas las tendencias de opinión, sino estrangular la mentira de clase de la burguesía y lograr la verdad de clase del proletariado, sin importar el hecho de que en ambos bandos haya fanáticos y mentirosos.

«El Gobierno soviético», truena Kautsky, «ha destruido el único remedio que podría atenuar la corrupción: la libertad de prensa. Únicamente el control mediante la ilimitada libertad de prensa podría haber refrenado a esos bandidos y aventureros que se aferrarán inevitablemente como sanguijuelas a todo poder ilimitado e incontrolado». (Página 188) Y así sucesivamente.

¡La prensa como arma fiel en la lucha contra la corrupción! Esta receta liberal suena particularmente patética cuando uno recuerda a los dos países con la mayor «libertad» de prensa —Norteamérica y Francia—, que, al mismo tiempo, son países donde se halla más altamente desarrollada la corrupción capitalista.

Alimentándose del viejo escándalo de las antesalas políticas de la revolución rusa, Kautsky imagina que, sin la libertad de los demócratas constitucionalistas y de los mencheviques, el aparato soviético está plagado de «bandidos» y «aventureros».

Tal fue la voz de los mencheviques hace un año o año y medio. Ahora ni siquiera ellos se atreverían a repetir esto. Con la ayuda del control soviético y de la selección partidaria, el Gobierno soviético, en la intensa atmósfera de la lucha, ha lidiado con los bandidos y aventureros que afloraron a la superficie en el momento de la revolución incomparablemente mejor que cualquier otro gobierno en cualquier época.

Estamos luchando. Estamos librando una lucha a vida o muerte.

La prensa es un arma no de una sociedad abstracta, sino de dos bandos irreconciliables, armados y en combate. Estamos destruyendo la prensa de la contrarrevolución, tal como destruimos sus posiciones fortificadas, sus almacenes, sus comunicaciones y su sistema de inteligencia.

¿Acaso nos estamos privando de las críticas de los kadetes y los mencheviques sobre la corrupción de la clase obrera? A cambio, estamos destruyendo victoriosamente los cimientos mismos de la corrupción capitalista.

Pero Kautsky va más allá en el desarrollo de su tema. Se queja de que suprimamos los periódicos de los eseristas y de los mencheviques, y hasta —tales cosas se han visto— detengamos a sus dirigentes. ¿No estamos tratando aquí con «matices de opinión» en el movimiento proletario o socialista? El pedante escolástico no ve los hechos más allá de sus palabras habituales.

Los mencheviques y socialrevolucionarios son para él simplemente tendencias del socialismo, mientras que, en el curso de la revolución, se han transformado en una organización que colabora activamente con la contrarrevolución y nos libra una guerra abierta.

El ejército de Kolchak fue organizado por socialrevolucionarios (¡cómo suena hoy ese nombre a charlatán!) y apoyado por los mencheviques. Ambos libraron —y libran— contra nosotros, desde hace año y medio, una guerra en el frente norte.

Los mencheviques que gobiernan el Cáucaso, antes aliados de Hohenzollern y hoy aliados de Lloyd George, arrestaron y fusilaron a bolcheviques mano a mano con oficiales alemanes y británicos.

Los mencheviques y s. r. de la Rada de Kubán organizaron el ejército de Denikin.

Los mencheviques estonios que participan en su gobierno tuvieron una intervención directa en el último avance de Yudénich contra Petrogrado.

Tales son estas «tendencias» en el movimiento socialista. Kautsky considera que uno puede estar en un estado de guerra abierta y civil con los mencheviques y los eseristas, quienes, con la ayuda de las tropas que ellos mismos han organizado para Yudenich, Kolchak y Denikin, luchan por su «matiz de opiniones» en el socialismo, y al mismo tiempo permitir a esos inocentes «matices de opinión» libertad de prensa en nuestra retaguardia.

Si la disputa con los eseristas y los mencheviques pudiera resolverse mediante la persuasión y el voto —es decir, si no estuvieran a sus espaldas los imperialistas rusos y extranjeros—, no habría guerra civil.

Kautsky, por supuesto, está dispuesto a «condenar» —una gota más de tinta— el bloqueo, el apoyo de la Entente a Denikin y el Terror Blanco. Pero, en su elevada imparcialidad, no puede negarle a este último ciertas circunstancias atenuantes. El Terror Blanco, fíjense, no vulnera sus propios principios, mientras que los bolcheviques, al recurrir al Terror Rojo, traicionan el principio de «la santidad de la vida humana que ellos mismos proclamaron». (Página 210)

Qué significa en la práctica el principio de la santidad de la vida humana, y en qué se diferencia del mandamiento «No matarás», Kautsky no lo explica.

Cuando un asesino levanta su cuchillo sobre un niño, ¿se puede matar al asesino para salvar al niño? ¿No se infringirá con ello el principio de la «santidad de la vida humana»? ¿Se puede matar al asesino para salvarse a uno mismo?

¿Es admisible una insurrección de esclavos oprimidos contra sus amos? ¿Es admisible comprar la propia libertad a costa de la vida de los carceleros?

Si la vida humana en general es sagrada e inviolable, debemos renunciar no solo al uso del terror, no solo a la guerra, sino también a la revolución misma. Kautsky simplemente no se percata del sentido contrarrevolucionario del «principio» que intenta imponernos.

En otra parte veremos que Kautsky nos acusa de haber concluido la paz de Brest-Litovsk: en su opinión, deberíamos haber continuado la guerra. Pero entonces, ¿qué queda de la santidad de la vida humana? ¿Deja la vida de ser sagrada cuando se trata de personas que hablan otro idioma, o considera Kautsky que los asesinatos en masa organizados según principios de estrategia y táctica no son asesinatos en absoluto? En verdad, es difícil proponer en nuestra época un principio más hipócrita y más estúpido.

Mientras la fuerza de trabajo humana, y, por consiguiente, la vida misma, sigan siendo artículos de compra y venta, de explotación y robo, el principio de la «sacridad de la vida humana» seguirá siendo una mentira vergonzosa, pronunciada con el objeto de mantener a los esclavos oprimidos en sus cadenas.

Nosotros solíamos luchar contra la pena de muerte introducida por Kerenski, porque esa pena era aplicada por los tribunales militares de campaña del viejo ejército a los soldados que se negaban a continuar la guerra imperialista.

Le arrancamos esta arma de las manos a los viejos tribunales militares, destruimos dichos tribunales y desmovilizamos al viejo ejército que los había engendrado.

Al destruir en el Ejército Rojo, y en general en todo el país, a los conspiradores contrarrevolucionarios que se esfuerzan, mediante insurrecciones, asesinatos y la desorganización, por restaurar el viejo régimen, actuamos de acuerdo con las leyes férreas de una guerra en la que deseamos garantizar nuestra victoria.

Si se trata de buscar contradicciones formales, es obvio que debemos hacerlo por el lado del Terror Blanco, que es el arma de las clases que se consideran «cristianas», patrocinan la filosofía idealista y están firmemente convencidas de que la individualidad (la suya propia) es un fin en sí misma.

En cuanto a nosotros, jamás nos ha preocupado la charlatanería kantiano-sacerdotal y vegetariano-cuáquera sobre «lo sagrado de la vida humana». Fuimos revolucionarios en la oposición, y hemos seguimos siendo revolucionarios en el poder.

Para hacer sagrado al individuo debemos destruir el orden social que lo crucifica. Y este problema solo puede resolverse a sangre y fuego.

Hay otra diferencia entre el Terror Blanco y el Rojo, que Kautsky hoy ignora, pero que a los ojos de un marxista tiene una importancia decisiva.

  • El Terror Blanco es el arma de la clase históricamente reaccionaria.

Cuando exponíamos la inutilidad de las represiones del Estado burgués contra el proletariado, nunca negamos que, mediante arrestos y ejecuciones, la clase dominante pudiera, bajo ciertas condiciones, retrasar temporalmente el desarrollo de la revolución social. Pero estábamos convencidos de que no lograrían detenerla. Confiábamos en el hecho de que el proletariado es la clase históricamente ascendente y de que la sociedad burguesa no podía desarrollarse sin incrementar las fuerzas del proletariado.

La burguesía actual es una clase en decadencia. No sólo ya no desempeña un papel esencial en la producción, sino que, mediante sus métodos imperialistas de apropiación, está destruyendo la estructura económica del mundo y la cultura humana en general.

No obstante, la persistencia histórica de la burguesía es colosal. Se aferra al poder y no desea abandonarlo. Con ello amenaza con arrastrar tras de sí al abismo a toda la sociedad. Nos vemos obligados a arrancarla, a extirparla.

El Terror Rojo es un arma utilizada contra una clase, condenada a la destrucción, que no desea perecer.

Si el Terror Blanco solo puede retrasar el ascenso histórico del proletariado, el Terror Rojo apresura la destrucción de la burguesía.

Este apresuramiento —una pura cuestión de aceleración— es en determinados períodos de decisiva importancia. Sin el Terror Rojo, la burguesía rusa, junto con la burguesía mundial, nos estrangularía mucho antes de la llegada de la revolución en Europa.

Hay que estar ciego para no ver esto, o ser un farsante para negarlo.

El hombre que reconoce la importancia histórica revolucionaria del hecho mismo de la existencia del sistema soviético debe sancionar también el Terror Rojo.

Kautsky, quien durante los últimos dos años ha cubierto montañas de papel con polémicas contra el comunismo y el terrorismo, se ve obligado, al final de su panfleto, a reconocer los hechos y a admitir inesperadamente que el Gobierno soviético ruso es hoy el factor más importante de la revolución mundial.

«Independientemente de cómo se consideren los métodos bolcheviques —escribe—, el hecho de que un gobierno proletario en un país grande no solo haya alcanzado el poder, sino que lo haya retenido durante dos años hasta el presente, en medio de grandes dificultades, aumenta extraordinariamente el sentimiento de poder entre el proletariado de todos los países. Con esto, los bolcheviques han llevado a cabo una gran obra para la revolución real: grosses geleistet.» (Página 233)

Este anuncio nos pasma como un reconocimiento de la verdad histórica totalmente inesperado de parte de un sector de donde hacía ya mucho tiempo que habíamos dejado de aguardarlo.

Los bolcheviques han cumplido una gran tarea histórica al existir durante dos años frente al mundo capitalista unido. Pero los bolcheviques resistieron no solo mediante las ideas, sino mediante la espada.

La admisión de Kautsky es una sanción involuntaria de los métodos del Terror Rojo y, al mismo tiempo, la condena más eficaz de su propio brebaje crítico.

# La influencia de la guerra

Kautsky ve una de las razones del carácter extremadamente sanguinario de la revolución en la guerra y en su influencia endurecedora sobre las costumbres. Nada más indiscutible. Esa influencia, con todas las consecuencias que se desprenden de ella, podría haberse previsto antes, aproximadamente en el período en que Kautsky no estaba seguro de si debía votar a favor de los créditos de guerra o en contra de ellos.

«El imperialismo ha arrancado violentamente a la sociedad de su estado de equilibrio inestable», escribimos hace cinco años en nuestro libro alemán: La guerra y la internacional.

«Ha volado las esclusas con las que la socialdemocracia contenía la corriente de energía revolucionaria del proletariado, y ha dirigido esa corriente hacia sus propios cauces. Este monstruoso experimento histórico, que de un solo golpe ha roto la espina dorsal de la Internacional Socialista, representa un peligro mortal para la propia sociedad burguesa. Se le ha quitado el martillo de la mano al trabajador y se le ha reemplazado por la espada. El trabajador, atado de pies y manos por el mecanismo de la sociedad capitalista, ha estallado repentinamente en medio de ella y está aprendiendo a anteponer los objetivos de la comunidad a su propia felicidad doméstica y a la vida misma.

“Con esta arma, que él mismo ha forjado, en su mano, el trabajador se encuentra en una situación en la que el destino político del Estado depende directamente de él. Aquellos que en tiempos pasados lo oprimían y despreciaban ahora lo halagan y acarician. Al mismo tiempo entra en relaciones íntimas con esas mismas armas que, según Lassalle, constituyen la parte integrante más importante de la constitución. Atraviesa las fronteras de los estados, participa en requisiciones violentas y bajo sus golpes las ciudades pasan de unas manos a otras. Tienen lugar cambios con los que la última generación ni siquiera soñaba.

“Si los trabajadores más avanzados eran conscientes de que la fuerza es la madre del derecho, su pensamiento político seguía estando saturado del espíritu de oportunismo y de autoadaptación a la legalidad burguesa. Hoy el trabajador ha aprendido en la práctica a despreciar esa legalidad y a destruirla violentamente. Los momentos estáticos de su psicología están dando paso a los dinámicos. Los cañones pesados le están metiendo en la cabeza la idea de que, en los casos en que es imposible evitar un obstáculo, queda la posibilidad de destruirlo. Casi toda la población masculina adulta está pasando por esta escuela de guerra, terrible en su realismo social, que está dando a luz a un nuevo tipo de humanidad.

“Sobre todos los criterios de la sociedad burguesa —su ley, su moral, su religión— se levanta ahora el puño de la necesidad de hierro. «La necesidad no conoce ley», fue la declaración del Canciller alemán (4 de agosto de 1914). Los monarcas salen a la plaza pública para acusarse mutuamente de mentirosos en el lenguaje de las vendedoras de pescado; los gobiernos rompen las promesas que han hecho solemnemente, mientras la iglesia nacional ata a su Señor Dios como a un convicto al cañón nacional.

¿No es evidente que estas circunstancias deben crear alteraciones importantes en la psicología de la clase trabajadora, curándola radicalmente de aquella hipnosis de la legalidad que fue creada por el período de estancamiento político? Las clases propietarias pronto tendrán que convencerse de ello, para su desgracia.

El proletariado, tras pasar por la escuela de la guerra, ante el primer obstáculo serio dentro de su propio país sentirá la necesidad de hablar con el lenguaje de la fuerza. «La necesidad no conoce ley», les arrojará a la cara a quienes intenten detenerlo mediante las leyes de la legalidad burguesa. Y la terrible necesidad económica que surgirá durante el curso de esta guerra, y en particular al final de la misma, impulsará a las masas a desdeñar una gran cantidad de leyes.”

(Pages 56-57)

Todo esto es innegable. Pero a lo dicho anteriormente hay que añadir que la guerra no ha ejercido menor influencia en la psicología de las clases dominantes. A medida que las masas se muestran más insistentes en sus demandas, la burguesía se vuelve más intransigente.

En tiempos de paz, los capitalistas solían garantizar sus intereses mediante el robo «pacífico» del trabajo asalariado. Durante la guerra sirvieron a esos mismos intereses mediante la destrucción de innumerables vidas humanas.

Esto ha conferido a su conciencia como clase dominante un nuevo rasgo «napoleónico». Los capitalistas, durante la guerra, se acostumbraron a enviar a la muerte a millones de esclavos —compatriotas y coloniales— en aras del carbón, los ferrocarriles y otros beneficios.

Durante la guerra surgieron de las filas de la burguesía —grande, mediana y pequeña— cientos de miles de oficiales, combatientes profesionales, hombres cuyo carácter ha recibido el temple del combate y se ha liberado de toda atadura externa: soldados cualificados, listos y capaces de defender la posición privilegiada de la burguesía que los engendró con una ferocidad que, a su manera, raya en el heroísmo.

La revolución sería probablemente más humana si el proletariado tuviera la posibilidad de «comprar a toda esta banda», como dijo una vez Marx. Pero el capitalismo durante la guerra ha impuesto a los trabajadores una carga de deuda demasiado grande, y ha socavado tan profundamente los cimientos de la producción, que no podemos contemplar seriamente un rescate a cambio del cual la burguesía hiciera pacíficamente las paces con la revolución. Las masas han perdido demasiada sangre, han sufrido demasiado, se han vuelto demasiado salvajes como para aceptar una decisión que económicamente estaría fuera de sus posibilidades.

A esto hay que añadir otras circunstancias que actúan en la misma dirección. La burguesía de los países vencidos se halla enconada por la derrota, cuya responsabilidad se inclina a echar sobre las masas rasas: sobre los obreros y campesinos que resultaron incapaces de llevar «la gran guerra nacional» a un final victorioso.

Desde este punto de vista, resultan muy instructivas aquellas explicaciones, sin par por su descaro, que Ludendorff dio a la comisión de la Asamblea Nacional. Las bandas de Ludendorff arden en deseos de vengarse de su humillación en el extranjero con la sangre de su propio proletariado.

En cuanto a la burguesía de los países victoriosos, se ha inflado de arrogancia y está más dispuesta que nunca a defender su posición social con la ayuda de los métodos bestiales que garantizaron su victoria.

Hemos visto que la burguesía es incapaz de organizar el reparto del botín entre sus propias filas sin guerra ni destrucción. ¿Puede, acaso, renunciar por completo a su botín sin presentar batalla?

La experiencia de los últimos cinco años no deja la menor duda al respecto: si ya antes era absolutamente utópico esperar que la expropiación de las clases propietarias —gracias a la «democracia»— tuviera lugar de forma imperceptible y sin dolor, sin insurrecciones, conflictos armados, intentos de contrarrevolución y severa represión, el estado de cosas que hemos heredado de la guerra imperialista predetermina, por partida doble y triple, el carácter tenso de la guerra civil y de la dictadura del proletariado.

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