En una choza vacía me alimenté de unas frutas manchadas y medio podridas; y luego, tras haber apuntalado unas ramas y palos alrededor de la abertura, y haberme colocado con el rostro hacia ella y la mano sobre el revólver, el agotamiento de las últimas treinta horas reclamó lo suyo, y caí en un sueño ligero, esperando que la endeble barricada que había levantado hiciera el ruido suficiente al ser retirada como para librarme de una sorpresa.
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