Irse de parranda, un verbo aplicado a las correrías nocturnas de Clifford, expresaba, tal vez tan bien como cualquier otro, la alegría proyectada. Encargaron la cena en lo de Mignon, y mientras Selby entrevistaba al chef, Clifford vigilaba al mayordomo con ojo paternal. La cena fue un éxito, o fue del tipo que generalmente se denomina éxito. Hacia el postre, Selby oyó que alguien decía, como desde una gran distancia: «Kid Selby, borracho como una cuba».
Un grupo de hombres pasó cerca de ellos; le pareció que estrechaba manos y reía muchísimo, y que todo el mundo tenía muchísimo ingenio.
Allí enfrente estaba Clifford, jurando una confianza inquebrantable en su amigo Selby, y parecía haber otros allí, ya fuera sentados junto a ellos o pasando continuamente con el susurro de faldas sobre el suelo pulido.
El perfume de las rosas, el susurro de los abanicos, el roce de brazos redondeados y las risas se volvieron cada vez más vagos. La habitación parecía envuelta en bruma.