No fue, en verdad, hasta el repentino desarrollo del sistema industrial, y de la economía puramente individualista con la que iba asociado, a principios del siglo XIX, cuando las mujeres en Inglaterra se vieron obligadas a comprender que sus industrias domésticas habían desaparecido, y que debían unirse a ese juego de competencia en el cual tanto el terreno como las reglas habían sido elegidos tomando como referencia únicamente a los hombres.
El sistema comercial e industrial, y la difusión general de la educación que lo ha acompañado y que también tiene sus raíces en causas económicas, ha sido la principal fuerza motriz en la revolución del estatus de la mujer; y la época de competencia sin restricciones en condiciones masculinas ha sido un período necesario de transición.
En la actualidad se aprecian dos grandes tendencias en nuestra organización social.
- Por una parte, los hilos de la vida social se estrechan, y la organización, en lo que respecta a los medios de subsistencia simples y comunes, va en aumento.
- Por otra parte, en lo que atañe a las cosas que conciernen más de cerca a la persona individual, la esfera de la libertad se amplía perpetuamente.
En vez de que cada hombre cave un pozo para su propio uso y a su libre antojo, tal vez en un cementerio o en un pozo ciego, consentimos en la distribución de agua por parte de un ejecutivo central. Hemos llevado los métodos sociales tan lejos que, en lugar de producir nuestro propio pan con mantequilla, preferimos acudir a una panadería y a una lechería comunes. Los mismos métodos centralizadores se están extendiendo a todas aquellas cosas de las que todos tienen igual necesidad.