La fe es el ojo del alma; ¿y a quién se le ocurriría jamás sacarse un ojo para ver si es del tipo correcto mientras la vista sea perfecta?
No es mi gusto, sino lo que degusto, lo que satisface mi apetito.
Así pues, queridos amigos, es tomar a Dios por Su palabra lo que constituye el medio de nuestra salvación. La verdad no puede hacerse demasiado simple.
Hay un hombre viviendo en la ciudad de Nueva York que tiene una casa en el río Hudson. Su hija y su familia fueron a pasar el invierno con él; y durante el transcurso de la estación se desató la escarlatina. Una niñita fue puesta en cuarentena, para mantenerla separada del resto. Todas las mañanas el viejo abuelo solía ir a despedirse de su nieta con un «Adiós», antes de ir a sus asuntos. En una de estas ocasiones, la pequeña tomó al anciano de la mano y, llevándolo a un rincón de la habitación, sin decir una palabra señaló el suelo donde había acomodado unas galletitas para formar con ellas las palabras: «Abuelo, quiero una caja de pinturas». Él no dijo nada. Al regresar a casa, se quitó el abrigo y fue a la habitación como de