—Ella ha muerto —respondió—. Esto se supo por un guerrero verde recientemente capturado por nuestras fuerzas en el sur. Escapó de las hordas de Thark con una extraña criatura de otro mundo, solo para caer en manos de los warhoons. Sus thoats fueron encontrados deambulando por el fondo del mar y cerca de allí se descubrieron indicios de un sangriento conflicto.
Si bien esta información no era en modo alguno tranquilizante, tampoco constituía una prueba concluyente de la muerte de Dejah Thoris, por lo que decidí hacer todo lo posible por llegar a Helium con la mayor rapidez y llevar a Tardos Mors cuanta noticia estuviera en mis manos sobre el posible paradero de su nieta.
Diez días después de dejar a los tres hermanos Ptor llegué a Zodanga. Desde el momento en que había entrado en contacto con los habitantes rojos de Marte, había notado que Woola atraía hacia mí una gran cantidad de atención indeseada, ya que la enorme bestia pertenecía a una especie que los hombres rojos nunca domestican. Si uno paseara por Broadway con un león númidia a sus talones, el efecto sería algo similar al que yo habría producido de haber entrado en Zodanga con Woola.
El solo pensamiento de separarme del fiel compañero me causó un pesar tan grande y una tristeza tan sincera que lo pospuse hasta justo antes de llegar a las puertas de la ciudad; pero entonces, por fin, se volvió imperativo que nos separáramos. De haber estado en juego nada más que mi propia seguridad o placer, ningún argumento me habría convencido de alejarme de la única criatura en Barsoom que jamás había fallado en una demostración de afecto y lealtad; pero como con gusto habría ofrecido mi vida al servicio de aquella en cuya busca estaba a punto de desafiar los peligros desconocidos de esta, para mí, misteriosa ciudad, no podía permitir que ni siquiera la vida de Woola amenazara el éxito de mi empresa, y mucho menos su felicidad pasajera, pues no dudaba que pronto me olvidaría.