niños, por lo que permanecimos en la ciudad abandonada hasta que el peligro pareció haber pasado.
Al entrar Sola y yo en la plaza, se antepuso a mis ojos un espectáculo que inundó todo mi ser con una gran marea de esperanza, temor, júbilo y abatimiento mezclados, aunque lo que más predominaba era una sutil sensación de alivio y felicidad; pues justo al acercarnos a la muchedumbre de marcianos alcancé a vislumbrar al prisionero de la nave de combate, a quien un par de hembras marcianas verdes arrastraban con brusquedad hacia un edificio cercano.
Y la visión que se ofreció a mis ojos fue la de una figura esbelta, de aspecto juvenil, idéntica en todos sus detalles a las mujeres terrenales de mi vida pasada.
Ella no me vio al principio, pero justo cuando iba a desaparecer por el portal del edificio que habría de ser su prisión, se volvió y sus ojos se encontraron con los míos.
Su rostro era ovalado y de una belleza extrema, cada una de sus facciones estaba finamente cincelada y era exquisita; sus ojos, grandes y lustrosos, y su cabeza estaba coronada por una mata de cabello negro como el carbón y ondulado, recogido sin apretar en un peinado extraño a la vez que favorecedor.
Su piel era de un color cobre rojizo claro, contra el cual el brillo carmesí de sus mejillas y el rubí de sus labios bellamente moldeados resplandecían con un efecto que los realzaba extrañamente.
Estaba tan desprovista de ropas como los marcianos verdes que la acompañaban; en verdad, salvo por sus ornamentos elaborados con primor, estaba enteramente desnuda, ni ninguna vestimenta habría podido realzar la belleza de su perfecta y simétrica figura.