—¡Gracias a Dios! —dijo con voz ronca, inclinándose y besándola—. Entonces, está decidido. Cuanto más me quede, más difícil será partir. Me esperan en el cañón. Adiós, mi amor, adiós. En dos meses volverás a verme.
Se apartó de ella de un salto al hablar y, arrojándose sobre su caballo, se alejó al galope furioso, sin volverse siquiera a mirar, como si temiera que su resolución pudiera fallarle si le echaba un solo vistazo a aquello que dejaba atrás.
Ella se quedó de pie en la puerta, contemplándolo hasta que se esfumó de su vista. Luego regresó a la casa, la muchacha más feliz de todo Utah.