—Siete menos cinco —respondió Jefferson Hope sin vacilar, recordando el santo y seña que había oído en el jardín.
“Pasad, y que el Señor vaya con vosotros”, dijo la voz desde arriba.
Más allá de su puesto, el sendero se ensanchaba, y los caballos pudieron romper a trote. Mirando atrás, pudieron ver al centinela solitario apoyado en su arma, y supieron que habían pasado el puesto avanzado del pueblo elegido y que la libertad se abría ante ellos.