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nydus/CandidePublic
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Introducción

Desde 1759, cuando Voltaire escribió Cándido para ridiculizar la idea de que este es el mejor de los mundos posibles, este mundo ha sido un lugar más alegre para los lectores.

Voltaire lo escribió en tres días, y cinco o seis generaciones han descubierto que su risa no envejece.

Cándido no ha envejecido. Sin embargo, ¡cuán diferente habría sido el aspecto del libro si Voltaire lo hubiera escrito ciento cincuenta años más tarde de 1759!

Habría sido, entre otras cosas, un libro de vistas y sonidos. Un escritor moderno habría intentado capturar y fijar en palabras algunos de esos cambios atlánticos que rompieron la monotonía atlántica de aquel viaje de Cádiz a Buenos Aires.

Cuando Martín y Cándido navegaban a lo largo del Mediterráneo, habríamos tenido un contraste entre los desnudos y escarpados acantilados baleares y los cabos de Calabria envueltos en sus brumas. Habríamos tenido distancias medias, lejanos horizontes, las cambiantes siluetas de una isla jónica. Pájaros de colores habrían llenado el Paraguay con sus gritos plateados o ácidos.

El Dr. Pangloss, para demostrar la existencia de diseño en el universo, dice que las narices fueron hechas para llevar gafas, y por eso tenemos gafas.

Un satirista moderno no intentaría pintar con el pincel rápido de Voltaire la doctrina que quería exponer. Y elegiría una doctrina más complicada que el optimismo del Dr. Pangloss, la estudiaría más de cerca, tantearía su camino destructivo en torno a ella con una malicia más erudita y acariciadora.

Su ataque, más furtivo, más flexible y más paciente que el de Voltaire, nos exigiría, sobre todo cuando su erudición se fuera un poco de las manos, ser algo más que pacientes. De vez en cuando nos aburriría. Cándido jamás aburrió a nadie, salvo a William Wordsworth.

Los hombres y mujeres de Voltaire exponen su argumento contra el optimismo empezando desde lo alto y cayendo hasta lo más bajo. Un moderno no podría proceder de este modo. No sumiría a su gente en una desgracia desconocida. Simplemente los mantendría en la desgracia en la que nacieron.

Pero semejante descripción del procedimiento de Voltaire es tan engañosa como el molde de yeso de una danza.

Examinemos de nuevo su procedimiento. Mademoiselle Cunegonde, la ilustre westfaliana, descendiente de una familia capaz de probar setentiún cuarteles de nobleza, cae y cae hasta que la encontramos ganándose la vida lavando platos en la Propóntide.

La anciana fiel sirvienta, víctima de un centenar de violaciones por parte de piratas negros, recuerda que es hija de un papa y que, en honor a su próxima boda con un príncipe de Massa-Carrara, toda Italia escribió sonetos de los cuales ni uno solo era potable.

No necesitamos conocer la literatura francesa anterior a Voltaire para sentir, aunque la parodia latente pueda escapársenos, que se está burlando de nosotros y de sí mismo. Su risa ante sus propios métodos se vuelve más inconfundible al final, cuando los caricaturiza reuniendo casualmente a seis monarcas caídos en una posada de Venecia.

Un moderno agresor del optimismo se armaría con la compasión social. No hay compasión social en el Cándido. Voltaire, cuyo toque ligero sobre las instituciones familiares las abre y revela su absurdo, gusta de recordarnos que la matanza y el pillaje y el asesinato que Cándido presenció entre los búlgaros eran perfectamente regulares, por haberse llevado a cabo según las leyes y usos de la guerra. Si Voltaire hubiera vivido hoy, le habría hecho a la pobreza lo que le hizo a la guerra. Compadeciéndose de los pobres, nos habría mostrado la pobreza como un anacronismo ridículo, y tanto el ridículo como la compasión habrían expresado su indignación.

Casi cualquier moderno, al ensayar un cuento filosófico, lo haría largo.

Cándido solo tiene la longitud de un Hamlet y medio. Apenas habría sido más corto si Voltaire hubiera dedicado tres meses a escribirlo, en lugar de esos tres días.

Una concisión que en inglés nadie puede igualar salvo Pope, quien es capaz de decir de un enemigo plagiario que «roba mucho, gasta poco y no le queda nada», una concisión por la que Pope sudó la gota gorda, le brotaba a Voltaire con la misma facilidad que el ingenio. Puede permitirse ser ingenioso, entre paréntesis, de pasada, con prodigalidad, sin escatimar, porque sabe que hay más ingenio de donde salió ese.

Una de las caricaturas de Max Beerbohm nos muestra al joven siglo XX avanzando a toda velocidad, observado por dos de sus predecesores. Debajo se lee esta leyenda:

«Las graves dudas del siglo XIX y la perversa diversión del XVIII al contemplar el progreso (o lo que sea) del siglo XX».

Este siglo XVIII, aficionado al rapé y malicioso, es como Voltaire, quien sin embargo debe saber, si llega a pensarlo, que ni siquiera en el siglo XX, a pesar de su manía por la velocidad, nadie se ha acercado a igualar la velocidad de un cuento en prosa de Voltaire.

  • Cándido es un libro denso.
  • Está lleno de burla, de inventiva, de cosas tan concretas como alimentos y monedas, tiene tiempo para los engranajes intelectuales más precisos, jamás da la impresión de tener prisa y avanza con la rapidez más asombrosa.

Tiene la rapidez de la alegría desbordante de quien juega a un juego. La seca alegría de este destructor del optimismo hace que la mayoría de los optimistas parezcan apagados y deprimidos. La contemplación de la estupidez que cree posible la felicidad hizo casi feliz a Voltaire. Su ataque al optimismo es uno de los libros más alegres del mundo. La alegría ha quedado esparcida por todas y cada de sus páginas por la mano generosa de Voltaire, por sus delgados dedos.

Muchos libros satíricos y propagandísticos se han escrito teniendo a Cándido en mente, aunque no demasiados.

Hoy en día, sobre todo, cuando nuevas fes están cambiando la estructura del mundo, fes que aún son lo suficientemente moldeables como para ser desfiguradas por cada discípulo, cada discípulo por su cuenta, y que aún no han recibido la deformación definitiva conocida como aceptación universal, hoy Cándido constituye una inspiración para todo narrador satírico que odie una de estas nuevas fes, o que odie cualquier interpretación de ella que no sea la suya propia.

Cualquiera de los dos odios servirá como motivo para la sátira.

Por eso el presente es uno de los momentos adecuados para reeditar Cándido. Espero que inspire a los hombres y mujeres más jóvenes, los únicos que pueden ser inspirados, a probar suerte con Teodoro, o el Militarismo; Juana, o el Pacifismo; con Fulano de Tal, el Pragmatista o el Freudiano. Y espero también que, sin proponérselo, sepan sostener la pluma con una ligereza dieciochesca, nada inapropiada para un cuento filosófico. En los dedos de Voltaire, como ha dicho Anatole France, la pluma corre y ríe.

Philip Littell.

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