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Reflexiones sobre el estado actual de los asuntos americanos

EN las páginas siguientes no ofrezco más que simples hechos, argumentos claros y sentido común; y no tengo más preliminares que arreglar con el lector que el que se despoje de prejuicios y prevenciones, y permita que su razón y sus sentimientos decidan por sí mismos; que se ponga, o más bien que no se quite, el verdadero carácter de un hombre, y amplíe generosamente sus miras más allá del día presente.

Se han escrito volúmenes sobre el tema de la lucha entre Inglaterra y América. Hombres de todos los rangos se han embarcado en la controversia, por diferentes motivos y con diversos propósitos; pero todos han sido infructuosos, y el periodo del debate ha concluido. Las armas, como último recurso, deciden la contienda; el recurso fue la elección del rey, y el continente ha aceptado el desafío.

Se ha contado del difunto Sr. Pelham (quien, aunque hábil ministro, no carecía de defectos) que, al ser atacado en la cámara de los comunes bajo el argumento de que sus medidas eran meramente temporales, respondió: «DURARÁN MI TIEMPO».

Si un pensamiento tan fatal y cobarde se apoderara de las colonias en el presente conflicto, el nombre de los antepasados será recordado por las generaciones futuras con abominación.

El sol jamás alumbró causa de mayor valía. No es asunto de una ciudad, un país, una provincia o un reino, sino de un continente; de al menos la octava parte del globo habitable. No es la incumbencia de un día, un año o una era; la posteridad está virtualmente involucrada en la contienda, y se verá afectada en mayor o menor medida, hasta el fin de los tiempos, por los procedimientos actuales.

Ahora es el tiempo de la siembra para la unión continental, la fe y el honor. La más mínima grieta ahora será como un nombre grabado con la punta de un alfiler en la tierna corteza de un roble joven; la herida se agrandará con el árbol y la posteridad la leerá en caracteres de tamaño natural.

Al remitir el asunto de la discusión a las armas, se inaugura una nueva era para la política; ha surgido un nuevo método de pensar.

Todos los planes, propuestas, etc., anteriores al diecisiete de abril —es decir, al comienzo de las hostilidades— son como los almanaques del año pasado; los cuales, aunque adecuados entonces, hoy están superados e inútiles.

Todo lo que los defensores de ambos lados de la cuestión propusieron entonces, terminaba en uno y el mismo punto, a saber: la unión con Gran Bretaña; la única diferencia entre las partes era el método para llevarla a cabo; unos proponiendo la fuerza, los otros la amistad; pero ha ocurrido hasta ahora que la primera ha fracasado, y la segunda ha retirado su influencia.

Por mucho que se haya hablado de las ventajas de la reconciliación, la cual, como un sueño agradable, se ha desvanecido y nos ha dejado como estábamos, es justo que examinemos la otra cara del argumento y analicemos algunos de los muchos daños materiales que estas colonias sufren, y sufrirán siempre, por estar conectadas con la Gran Bretaña y ser dependientes de ella. Examinar esa conexión y dependencia según los principios de la naturaleza y el sentido común, para ver qué podemos esperar si nos severamos, y qué debemos aguardar si somos dependientes.

He oído afirmar a algunos que, así como América ha prosperado bajo su nexión anterior con la Gran Bretaña, esa misma conexión es necesaria para su felicidad futura y tendrá siempre el mismo efecto.

Nada puede ser más falaz que esta clase de argumento. Bien podríamos afirmar que, porque un niño ha prosperado a base de leche, no ha de probar nunca la carne, o que los primeros veinte años de nuestras vidas han de servir de precedente para los veinte siguientes.

Pero incluso esto es admitir más de lo que es cierto, pues respondo categóricamente que América habría prosperado tanto, y probablemente mucho más, de no haber tenido ninguna potencia europea que ver con ella. El comercio con el cual se ha enriquecido son las necesidades de la vida, y siempre tendrán mercado mientras comer sea costumbre en Europa.

Pero nos ha protegido, dicen algunos. Que nos ha acaparado es verdad, y se admite que ha defendido el continente a expensas nuestras tanto como a las suyas, y habría defendido a Turquía por la misma razón, a saber, por amor al comercio y al dominio.

Ay, hace mucho que nos dejamos guiar por antiguos prejuicios y hemos hecho grandes sacrificios a la superstición.

Nos hemos jactado de la protección de la Gran Bretaña, sin considerar que su motivo era el INTERÉS, no el APRECIO; que no nos protegió de NUESTROS ENEMIGOS POR NUESTRA CUENTA, sino de LOS SUYOS POR LA SUYA PROPIA, de aquellos que no tenían ningún pleito con nosotros por ningún OTRO MOTIVO, y que siempre serán nuestros enemigos por el MISMO MOTIVO.

Si Gran Bretaña renuncia a sus pretensiones sobre el continente, o el continente se deshace de la dependencia, estaríamos en paz con Francia y España aunque estuvieran en guerra con Gran Bretaña. Las miserias de Hanóver en la última guerra deberían advertirnos contra las alianzas.

Se ha aseverado recientemente en el parlamento que las colonias no tienen más relación entre sí que a través de la metrópoli, es decir, que Pensilvania y Jersey, y así sucesivamente las demás, son colonias hermanas por mediación de Inglaterra; esta es ciertamente una forma muy rebuscada de probar el parentesco, pero es la manera más directa y la única verdadera de probar la enemistad, si así puedo llamarla.

Francia y España nunca han sido, ni quizás jamás serán nuestras enemigas como AMERICANOS, sino por ser nosotros SÚBDITOS DE LA GRAN BRETAÑA.

Pero Gran Bretaña es la metrópoli, dicen algunos. Tanto peor entonces para su conducta. Ni las bestias devoran a sus crías, ni los salvajes hacen la guerra a sus familias; por lo que tal afirmación, de ser cierta, se vuelve en su deshonra; pero resulta que no es cierta, o solo lo es en parte, y la frase METRÓPOLI o MADRE PATRIA ha sido adoptada jesuíticamente por el rey y sus parásitos, con el bajo designio papista de inclinar deshonestamente la balanza sobre la credulidad y debilidad de nuestras mentes.

Europa, y no Inglaterra, es la patria de América. Este nuevo mundo ha sido el asilo de los amantes perseguidos de la libertad civil y religiosa de CADA PARTE de Europa. Hasta aquí han huido, no de los tiernos brazos de la madre, sino de la crueldad del monstruo; y es verdad en lo que respecta a Inglaterra, en la medida en que la misma tiranía que expulsó de su hogar a los primeros emigrantes persigue aún a sus descendientes.

En este extenso cuarto del globo, olvidamos los estrechos límites de trescientas sesenta millas (la extensión de Inglaterra) y llevamos nuestra amistad a una escala mayor; reivindicamos la hermandad con todos los cristianos europeos y triunfamos en la generosidad del sentimiento.

Es placentero observar por qué regulares gradaciones superamos la fuerza del prejuicio local, a medida que ampliamos nuestro conocimiento del mundo.

Un hombre nacido en cualquier pueblo de Inglaterra dividido en parroquias, naturalmente se asociará más con sus co-parroquianos (porque sus intereses en muchos casos serán comunes) y lo distinguirá con el nombre de VECINO; si lo encuentra a unas pocas millas de su hogar, abandona la idea limitada de la calle y lo saluda con el nombre de HABITANTE DEL PUEBLO; si viaja fuera del condado y lo encuentra en cualquier otro, olvida las divisiones menores de calle y pueblo, y lo llama COMPATRIOTA (es decir, hombre del condado); pero si en sus excursiones al extranjero llegaran a asociarse en Francia o en cualquier otra parte de EUROPA, su recuerdo local se ampliaría al de INGLESES.

Y por una justa paridad de razonamiento, todos los europeos que se encuentran en América, o en cualquier otro cuarto del globo, son COMPATRIOTAS; pues Inglaterra, Holanda, Alemania o Suecia, cuando se comparan con el todo, ocupan en la escala mayor los mismos lugares que las divisiones de calle, pueblo y condado en las más pequeñas; distinciones demasiado limitadas para mentes continentales.

Ni un tercio de los habitantes, incluso de esta provincia, es de descendencia inglesa. Por lo tanto, repruebo la frase de patria o nación madre aplicada únicamente a Inglaterra, por ser falsa, egoísta, estrecha y poco generosa.

Pero admitiendo que todos fuéramos de ascendencia inglesa, ¿a qué equivale eso? A nada. Gran Bretaña, siendo ahora una enemiga declarada, extingue cualquier otro nombre y título; y decir que la reconciliación es nuestro deber resulta verdaderamente farsesco. El primer rey de Inglaterra de la línea actual (Guillermo el Conquistador) era francés, y la mitad de los pares de Inglaterra son descendientes del mismo país; por lo tanto, mediante el mismo método de razonamiento, Inglaterra debería ser gobernada por Francia.

Mucho se ha dicho sobre la fuerza unida de Britania y las colonias, de que en conjunto podrían desafiar al mundo.

Pero esto es mera presunción; la suerte de la guerra es incierta, ni tampoco tales expresiones significan nada; pues este continente nunca permitiría que se le despojara de habitantes para respaldar las armas británicas ya sea en Asia, África o Europa.

Además, ¿qué tenemos nosotros que ver con desafiar al mundo? Nuestro plan es el comercio, y este, bien atendido, nos asegurará la paz y la amistad de toda Europa; porque le interesa a toda Europa tener a América como un PUERTO LIBRE. Su comercio será siempre una protección, y su escasez de oro y plata la pondrá a salvo de los invasores.

Desafío al más ferviente defensor de la reconciliación a que muestre una sola ventaja que este continente pueda obtener al estar conectado con Gran Bretaña. Repito el desafío: no se deriva ni una sola ventaja. Nuestro grano alcanzará su precio en cualquier mercado de Europa, y nuestros productos importados deben pagarse, los compremos donde los compremos.

Pero las lesiones y desventajas que sufrimos por esa conexión son innumerables; y nuestro deber hacia la humanidad en general, así como hacia nosotros mismos, nos ordena renunciar a esa alianza:

Porque cualquier sumisión a Gran Bretaña, o dependencia de ella, tiende directamente a envolver a este continente en guerras y disputas europeas, y nos enemista con naciones que de otro modo buscarían nuestra amistad, y contra las cuales no tenemos ni ira ni queja.

Como Europa es nuestro mercado comercial, no debemos entablar conexiones parciales con ninguna parte de ella. Es el verdadero interés de América mantenerse al margen de las contiendas europeas, lo cual nunca podrá hacer mientras, por su dependencia de Gran Bretaña, sea utilizada como contrapeso en la balanza de la política británica.

Europa está demasiado poblada de reinos para estar en paz por mucho tiempo, y siempre que estalla una guerra entre Inglaterra y cualquier potencia extranjera, el comercio de América se arruina, A CAUSA DE SU CONEXIÓN CON GRAN BRETAÑA.

La próxima guerra puede no resultar como la anterior, y si no fuera así, los defensores de la reconciliación de ahora estarán deseando la separación entonces, porque la neutralidad en ese caso sería un convoy más seguro que un buque de guerra.

Todo lo que es correcto o natural clama por la separación. La sangre de los caídos, la voz suplicante de la naturaleza grita: YA ES HORA DE SEPARARNOS.

Incluso la distancia a la que el Todopoderoso ha colocado a Inglaterra y a América es una prueba fuerte y natural de que la autoridad de la una sobre la otra nunca fue el designio del Cielo. El momento asimismo en que el continente fue descubierto añade peso al argumento, y la manera en que fue poblado aumenta la fuerza de este.

La reforma fue precedida por el descubrimiento de América, como si el Todopoderoso hubiera querido piadosamente abrir un santuario a los perseguidos en los años futuros, cuando el hogar no ofreciera ni amistad ni seguridad.

La autoridad de la Gran Bretaña sobre este continente es una forma de gobierno que tarde o temprano debe tener un fin: y una mente seria no puede hallar verdadera complacencia al mirar hacia adelante, bajo la dolorosa y positiva convicción de que lo que llama «la constitución actual» es meramente temporal.

Como padres, no podemos tener alegría sabiendo que ESTE GOBIERNO no es lo suficientemente duradero como para garantizar nada de lo que podamos legar a la posteridad; y, mediante un método simple de razonamiento, así como estamos endeudando a la siguiente generación, deberíamos hacer su trabajo, de lo contrario los tratamos de manera mezquina y lastimosa.

Para descubrir rectamente la línea de nuestro deber, debemos tomar a nuestros hijos de la mano y situarnos unos pocos años más adelante en la vida; esa eminencia ofrecerá una perspectiva que unos pocos temores y prejuicios presentes ocultan a nuestra vista.

Aunque evitaría cuidadosamente dar ofensa innecesaria, sin embargo, estoy inclinado a creer que todos aquellos que defienden la doctrina de la reconciliación pueden incluirse dentro de las siguientes descripciones:

  • Hombres interesados, en quienes no se puede confiar;
  • hombres débiles, que NO pueden ver;
  • hombres prejuzgados, que NO quieren ver;
  • y cierto grupo de hombres moderados, que tienen un concepto del mundo europeo mejor del que merece;

y esta última clase, mediante una deliberación mal juzgada, será la causa de más calamidades para este continente que las otras tres juntas.

Es la buena fortuna de muchos vivir lejos del escenario de la desgracia; el mal no llega con la suficiente cercanía a SUS puertas como para hacerLES sentir la precariedad con la que se posee toda propiedad americana.

Pero que nuestra imaginación nos transporte por unos momentos a Boston; ese asiento de la miseria nos enseñará la sabiduría y nos instruirá para renunciar para siempre a un poder en el que no podemos tener ninguna confianza.

Los habitantes de esa desafortunada ciudad, que hace apenas unos meses vivían en la holgura y la opulencia, no tienen ahora otra alternativa que quedarse y morir de hambre, o salir a mendigar.

Puestos en peligro por el fuego de sus amigos si continúan dentro de la ciudad, y saqueados por la soldadesca si la abandonan.

En su condición actual son prisioneros sin la esperanza de redención, y en un ataque general para su rescate, se verían expuestos a la furia de ambos ejércitos.

Los hombres de temperamento pasivo miran con cierta ligereza las ofensas de Gran Bretaña y, aun esperando lo mejor, son propensos a exclamar: "VAMOS, VAMOS, VOLVEREMOS A SER AMIGOS, A PESAR DE TODO".

Pero examinad las pasiones y los sentimientos de la humanidad, llevad la doctrina de la reconciliación a la piedra de toque de la naturaleza y decidme entonces si podréis en adelante amar, honrar y servir fielmente al poder que ha llevado el fuego y la espada a vuestra tierra.

Si no podéis hacer todo esto, entonces os estáis engañando a vosotros mismos y, con vuestra demora, trayendo la ruina sobre la posteridad. Vuestra futura conexión con Gran Bretaña, a quien no podéis ni amar ni honrar, será forzada y antinatural, y al estar formada únicamente sobre el plan de la conveniencia presente, caerá en poco tiempo en una recaída más desgraciada que la primera.

Pero si decís que aún podéis pasar por alto las violaciones, entonces os pregunto:

¿Ha sido incendiada vuestra casa? ¿Ha sido destruida vuestra propiedad ante vuestros ojos? ¿Carecen vuestra esposa y vuestros hijos de una cama en la que acostarse o de pan para vivir? ¿Habéis perdido a un padre o a un hijo a manos de ellos, siendo vosotros el superviviente arruinado y desgraciado?

Si no es así, entonces no sois jueces de aquellos que lo han vivido. Pero si lo habéis experimentado y aún podéis estrechar la mano de los asesinos, entonces sois indignos del nombre de esposo, padre, amigo o amante, y cualquiera que sea vuestro rango o título en la vida, tenéis el corazón de un cobarde y el espíritu de un sicofante.

Esto no es soliviantar ni exagerar las cosas, sino juzgarlas mediante aquellos sentimientos y afectos que la naturaleza justifica y sin los cuales seríamos incapaces de cumplir con los deberes sociales de la vida o de disfrutar de sus felicidades.

No pretendo infundir horror con el propósito de provocar venganza, sino despertarnos de un letargo fatal y pusilánime, para que persigamos con determinación algún objetivo fijo.

No está en manos de Gran Bretaña ni de Europa conquistar a América, si esta no se conquista a sí misma por la DEMORA y la TIMIDEZ.

El invierno actual vale una época si se emplea debidamente, pero si se pierde o se descuidará, todo el continente participará de la desgracia; y no hay castigo que no merezca aquel hombre, sea quien fuere, lo que fuere o esté donde estuviere, que sea la causa de sacrificar una estación tan preciosa y útil.

Es repugnante a la razón, al orden universal de las cosas y a todos los ejemplos de las edades pasadas, suponer que este continente pueda permanecer por más tiempo sujeto a una potencia externa.

Ni el más optimista en Gran Bretaña lo piensa. El mayor esfuerzo de la sabiduría humana no puede, en este momento, concebir un plan que no sea la separación y que pueda prometer al continente siquiera un año de seguridad.

La reconciliación es AHORA un sueño falaz. La naturaleza ha abandonado el vínculo, y el arte no puede ocupar su lugar. Pues, como dice sabiamente Milton,

«jamás podrá surgir una verdadera reconciliación donde las heridas de un odio mortal han penetrado tan hondo».

Todo método pacífico y silencioso ha resultado ineficaz. Nuestras súplicas han sido rechazadas con desdén y solo han servido para convencernos de que nada complace más la vanidad ni confirma más la obstinación de los reyes que la súplica repetida; y nada ha contribuido más que esa misma medida a hacer absolutos a los reyes de Europa: testigo Dinamarca y Suecia.

Por tanto, ya que nada sino los golpes servirá, por el amor de Dios, vayamos a una separación definitiva y no dejemos a la próxima generación degollándose bajo los violados y carentes de sentido nombres de padre e hijo.

Decir que no volverán a intentarlo jamás es vano e ilusorio; eso pensamos en la abolición de la ley del timbre, y sin embargo, uno o dos años nos desengañaron; con igual razón podemos suponer que las naciones que han sido derrotadas una vez nunca renovarán la querella.

En cuanto a los asuntos de gobierno, no está en el poder de Gran Bretaña hacerle justicia a este continente: el negocio del mismo pronto será demasiado pesado e intrincado como para ser administrado con un grado tolerable de comodidad por un poder tan distante de nosotros y tan sumamente ignorante de nosotros; pues si no pueden conquistarnos, no pueden gobernarnos.

Estar siempre recorriendo tres o cuatro mil millas con un cuento o una petición, esperando cuatro o cinco meses por una respuesta que, una vez obtenida, requiere cinco o seis más para que se la explique, será considerado en pocos años como una necedad y una infantilada; hubo un tiempo en que fue apropiado, y hay un tiempo apropiado para que eso cese.

Las islas pequeñas, incapaces de protegerse a sí mismas, son el objeto adecuado para que los reinos lastomen bajo su cuidado; pero resulta muy absurdo suponer que un continente deba ser gobernado perpetuamente por una isla. En ningún caso la naturaleza ha hecho que el satélite sea más grande que su planeta principal, y dado que Inglaterra y América, con respecto la una a la otra, invierten el orden común de la naturaleza, es evidente que pertenecen a sistemas diferentes: Inglaterra a Europa, América a sí misma.

No me mueven motivos de orgullo, partido o resentimiento a defender la doctrina de la separación e independencia; estoy clara, positiva y concienzudamente convencido de que es el verdadero interés de este continente que así sea; de que todo lo que quede por debajo de ESO es mero remiendo, de que no puede brindar ninguna felicidad duradera; de que es dejar la espada a nuestros hijos y retroceder en un momento en que un poco más, un poco más lejos, habría convertido a este continente en la gloria de la tierra.

Como Gran Bretaña no ha manifestado la menor inclinación hacia un compromiso, podemos tener la seguridad de que no se puede obtener ningún término digno de ser aceptado por el continente, ni de ningún modo equivalente al gasto de sangre y tesoro en que ya hemos incurrido.

El objeto por el que se lucha debe guardar siempre una justa proporción con el gasto. La destitución de North, o de toda la detestable camarilla, es un asunto indigno de los millones que hemos gastado.

Una paralización temporal del comercio era un inconveniente que habría compensado suficientemente la derogación de todas las leyes de las que nos quejamos, de haberse conseguido tales derogaciones; pero si todo el continente debe tomar las armas, si cada hombre debe ser soldado, apenas vale la pena luchar únicamente contra un ministerio despreciable.

Carísimo, carísimo pagamos la derogación de las leyes, si eso es todo por lo que luchamos; pues, según una justa estimación, es una insensatez tan grande pagar un precio de Bunker-Hill por la ley como por la tierra.

Como siempre he considerado la independencia de este continente como un acontecimiento que, tarde o temprano, debía llegar, así, debido a los recientes y rápidos progresos del continente hacia su madurez, dicho acontecimiento no podía estar lejano. Por lo tanto, al estallar las hostilidades, no valía la pena haber disputado un asunto que el tiempo habría solucionado en última instancia, a menos que habláramos en serio; de lo contrario, equivale a malgastar un patrimonio en un pleito judicial para arreglar las faltas de un inquilino cuyo contrato está a punto de expirar.

Ninguno deseaba más ardientemente la reconciliación que yo antes del fatídico diecinueve de abril de 1775, pero en cuanto se conoció el suceso de aquel día, repudié para siempre al endurecido y huraño Faraón de Inglaterra; y desprecio al miserable que, con el ostentado título de PADRE DE SU PUEBLO, puede escuchar sin compasión acerca de su matanza y dormir plácidamente con su sangre sobre su alma.

Pero admitiendo que las cosas ya estuvieran arregladas, ¿cuál sería el resultado? Respondo: la ruina del continente. Y ello por varias razones.

PRIMERO. Estando aún los poderes de gobierno en manos del rey, tendrá un veto sobre toda la legislación de este continente. Y como se ha mostrado tan empedernido enemigo de la libertad, y ha dejado ver tal sed de poder arbitrario; es él, o no es él, el hombre adecuado para decir a estas colonias: "NO HARÉIS MÁS LEYES QUE LAS QUE A MÍ ME PLAZCA". Y hay algún habitante en América tan ignorante como para no saber que, según la llamada CONSTITUCIÓN ACTUAL, este continente no puede hacer más leyes que aquellas que el rey le concede; y hay algún hombre tan insensato como para no ver que (considerando lo que ha sucedido) no permitirá que aquí se haga ninguna ley que no sea la que convenga a SUS intereses. Podemos ser esclavizados tan eficazmente por la falta de leyes en América como por someternos a leyes hechas para nosotros en Inglaterra.

Una vez que las cosas se hayan arreglado (como suele decirse), ¿puede quedar alguna duda de que todo el poder de la corona se ejercerá para mantener a este continente lo más bajo y humilde posible?

En lugar de avanzar retrocederemos, o estaremos perpetuamente disputando o pidiendo ridículamente peticiones. Ya somos más grandes de lo que el rey desea que seamos, ¿y acaso no procurará en adelante hacernos más pequeños?

Para reducir la cuestión a un solo punto. ¿Es la potencia que tiene envidia de nuestra prosperidad una potencia adecuada para gobernarnos? Quienquiera que diga NO a esta pregunta es un INDEPENDIENTE, pues la independencia no significa más que si hemos de hacer nuestras propias leyes, o si el rey, el mayor enemigo que este continente tiene o puede tener, nos dirá:

"NO HABRÁ MÁS LEYES QUE AQUELLAS QUE A MÍ ME GUSTEN."

Pero el rey, diréis, tiene un veto en Inglaterra; el pueblo allí no puede hacer leyes sin su consentimiento.

En cuanto al derecho y al buen orden, resulta algo muy ridículo que un joven de veintiún años (lo cual ha sucedido a menudo) le diga a varios millones de personas, mayores y más sabias que él, prohíbo que este o aquel acto vuestro sea ley.

Pero en este lugar descarto este tipo de réplica, aunque nunca dejaré de exponer lo absurdo de ella, y me limito a responder que el hecho de que Inglaterra sea la residencia del rey, y América no, constituye un caso completamente diferente. El veto del rey AQUÍ es diez veces más peligroso y fatal de lo que puede ser en Inglaterra, pues ALLÍ difícilmente se negaría a dar su consentimiento a un proyecto de ley para poner a Inglaterra en el estado de defensa más fuerte posible, y en América jamás permitiría que se aprobara semejante proyecto.

América es solo un objeto secundario en el sistema de la política británica; Inglaterra consulta el bien de ESTE país no más allá de lo que sirve a su PROPIO propósito.

Por lo tanto, su propio interés la lleva a suprimir el crecimiento del NUESTRO en todos los casos que no promueven su ventaja, o que interfieren lo más mínimo con ella.

¡En qué bonito estado estaríamos pronto bajo un gobierno de segunda mano, considerando lo que ha sucedido!

Los hombres no cambian de enemigos a amigos por la alteración de un nombre: y para demostrar que la reconciliación AHORA es una doctrina peligrosa, afirmo QUE SERÍA UNA POLÍTICA POR PARTE DEL REY EN ESTE MOMENTO DEROGAR LAS LEYES CON EL FIN DE RESTABLECERSE EN EL GOBIERNO DE LAS PROVINCIAS; para así lograr CON ASTUCIA Y SUTILEZA, A LA LARGA, LO QUE NO PUEDE HACER POR LA FUERZA Y LA VIOLENCIA A LA BREVEDAD.

La reconciliación y la ruina están estrechamente emparentadas.

SEGUNDO. Que así como aun los mejores términos que podemos esperar conseguir no pueden equivaler a más que a un recurso temporal, o a una especie de gobierno bajo tutela, el cual no podrá durar más que hasta que las colonias alcancen la mayoría de edad, así también el aspecto general y el estado de las cosas, en el ínterin, serán inestables y poco prometedores.

Los emigrantes acaudalados no querrán venir a un país cuya forma de gobierno pende de un hilo, y que cada día tambalea al borde de la conmoción y el turbión; y muchos de los actuales habitantes aprovecharían el intervalo para liquidar sus bienes y abandonar el continente.

Pero el argumento más poderoso de todos es que nada más que la independencia, es decir, una forma continental de gobierno, puede mantener la paz del continente y preservarlo inviolado de guerras civiles.

Temo el desenlace de una reconciliación con Gran Bretaña ahora, ya que es más que probable que vaya seguida de una revuelta en cualquier parte, cuyas consecuencias pueden ser mucho más fatales que toda la malicia de Gran Bretaña.

Miles ya están arruinados por la barbarie británica; (probablemente miles más sufrirán la misma suerte).

Esos hombres tienen otros sentimientos que nosotros, que no hemos sufrido nada. Todo lo que AHORA poseen es la libertad, lo que antes disfrutaban lo han sacrificado a su servicio, y no teniendo nada más que perder, desdeñan la sumisión.

Además, el temperamento general de las colonias hacia un gobierno británico será como el de un joven que está a punto de cumplir su tiempo de aprendizaje; les importará muy poco. Y un gobierno que no puede preservar la paz no es gobierno en absoluto, y en tal caso pagamos nuestro dinero a cambio de nada; y, por favor, ¿qué es lo que puede hacer Gran Bretaña, cuyo poder estará enteramente sobre el papel, si estallara un tumulto civil el mismo día después de la reconciliación?

He oído a algunos hombres decir, muchos de los cuales creo que hablaron sin pensar, que temían la independencia, con el temor de que produjera guerras civiles. Rara vez nuestros primeros pensamientos son verdaderamente correctos, y ese es el caso aquí; pues hay diez veces más que temer de una conexión remendada que de la independencia.

Hago mío el caso de los sufridos y protestare que, si me echaran de mi casa y hogar, mi propiedad destruida y mis circunstancias arruinadas, como hombre consciente de las ofensas, nunca podría saborear la doctrina de la reconciliación, ni considerarme obligado por ella.

Las colonias han manifestado tal espíritu de buen orden y obediencia al gobierno continental, que es suficiente para hacer que cualquier persona razonable se sienta tranquila y feliz al respecto. Ningún hombre puede aducir el menor pretexto para sus temores por ninguna otra causa, salvo aquellas que son verdaderamente infantiles y ridículas, a saber: que una colonia pugne por la superioridad sobre otra.

Donde no hay distinciones no puede haber superioridad, la perfecta igualdad no ofrece ninguna tentación.

Las repúblicas de Europa están todas (y podemos decir que siempre) en paz. Holanda y Suiza se hallan sin guerras, ni extranjeras ni domésticas: los gobiernos monárquicos, es verdad, nunca están tranquilos por mucho tiempo; la corona misma es una tentación para los rufianes ambiciosos EN CASA; y ese grado de orgullo e insolencia, siempre inherente a la autoridad real, desemboca en una ruptura con potencias extranjeras en casos en los que un gobierno republicano, al estar formado sobre principios más naturales, negociaría el malentendido.

Si hay alguna causa real de temor respecto a la independencia, es porque aún no se ha trazado ningún plan. Los hombres no ven la salida; por lo tanto, como una vía de acceso a ese asunto, ofrezco las siguientes sugerencias; afirmando al mismo tiempo, con modestia, que no tengo otra opinión sobre ellas que la de que puedan servir de medio para dar origen a algo mejor. Si se pudieran recopilar los pensamientos dispersos de los individuos, con frecuencia formarían los materiales para que los hombres sabios y capaces los perfeccionen convirtiéndolos en materia útil.

Que las asambleas sean anuales, con un Presidente únicamente. La representación más igualitaria. Sus asuntos enteramente domésticos, y sujetos a la autoridad de un Congreso Continental.

Que cada colonia sea dividida en seis, ocho o diez distritos convenientes, y que cada distrito envíe un número adecuado de delegados al Congreso, de modo que cada colonia envíe al menos treinta. El número total en el Congreso será de al menos 390.

Que cada Congreso se reúna y elija un presidente mediante el siguiente método: cuando los delegados estén reunidos, sáquese una colonia de entre las trece colonias en su totalidad por sorteo, tras lo cual, hágase que todo el Congreso elija (por votación secreta) a un presidente de entre los delegados de ESA provincia.

En el siguiente Congreso, sáquese una colonia por sorteo de entre doce únicamente, omitiendo aquella colonia de la cual se eligió al presidente en el Congreso anterior, y así sucesivamente hasta que las trece en su totalidad hayan tenido su rotación correspondiente.

Y para que nada pueda convertirse en ley a menos que sea satisfactoriamente justo, no menos de tres quintas partes del Congreso constituirán una mayoría.

Aquel que promueva la discordia, bajo un gobierno tan equitativamente formado como este, se habría unido a Lucifer en su revuelta.

Pero como existe una delicadeza peculiar acerca de quiénes, o de qué manera, debe surgir primero este asunto, y como parece más adecuado y congruente que provenga de algún órgano intermedio entre los gobernados y los gobernadores, es decir, entre el Congreso y el pueblo, que se celebre una CONFERENCIA CONTINENTAL, de la siguiente manera y con el siguiente propósito.

Un comité de veintiséis miembros del Congreso, a saber: dos por cada colonia. Dos miembros por cada Cámara de Asamblea o Convención Provincial; y cinco representantes del pueblo en general, que serán elegidos en la ciudad o pueblo capital de cada provincia, en nombre y por cuenta de toda la provincia, por tantos votantes calificados como consideren oportuno asistir desde todas partes de la provincia para tal fin; o, si fuera más conveniente, los representantes podrán ser elegidos en dos o tres de las partes más pobladas de la misma.

En esta conferencia, así reunida, se unirán los dos grandes principios de la actividad: el CONOCIMIENTO y el PODER. Los miembros del Congreso, de las Asambleas o de las Convenciones, al tener experiencia en asuntos nacionales, serán consejeros capaces y útiles, y el conjunto, al estar facultado por el pueblo, poseerá una autoridad verdaderamente legal.

Reunidos los miembros conferenciantes, que su labor sea redactar una CARTA CONTINENTAL, o Carta de las Colonias Unidas; (que corresponda a lo que se llama la Carta Magna de Inglaterra) fijando el número y la manera de elegir a los miembros del Congreso, a los miembros de la Asamblea, con su fecha de sesión, y trazando la línea de negocios y jurisdicción entre ellos:

(Recordando siempre que nuestra fuerza es continental, no provincial:)

Garantizando la libertad y la propiedad a todos los hombres, y por encima de todas las cosas, el libre ejercicio de la religión, según los dictados de la conciencia; con cualquier otro asunto que sea necesario que contenga una carta.

Inmediatamente después de lo cual, dicha Conferencia se disolverá, y los cuerpos que sean elegidos conforme a dicha carta serán los legisladores y gobernadores de este continente por el tiempo que dure: Cuya paz y felicidad, que Dios preserve, Amén.

Si algún cuerpo de hombres fuera en adelante delegado para este o algún propósito similar, les ofrezco los siguientes extractos de ese sabio observador de los gobiernos, EL DR. DRAGONETTI.

«La ciencia —dice— del político consiste en fijar el verdadero punto de la felicidad y la libertad. Aquellos hombres merecerían la gratitud de los siglos, si descubriesen un modo de gobierno que contuviera la mayor suma de felicidad individual, con el menor gasto nacional».

«DRAGONETTI SOBRE LA VIRTUD Y LAS RECOMPENSAS».

Pero ¿dónde dice alguno que es el Rey de América? Te diré, amigo, él reina arriba, y no hace estragos en la humanidad como el Bruto Real de Gran Bretaña.

Sin embargo, para que no parezcamos deficientes ni siquiera en honores terrenales, que se reserve solemnemente un día para proclamar la carta magna; que sea traída y colocada sobre la ley divina, la palabra de Dios; que se coloque una corona sobre ella, mediante la cual el mundo sepa que, en la medida en que aprobamos la monarquía, en América LA LEY ES REY.

Porque así como en los gobiernos absolutos el rey es la ley, en los países libres la ley DEBE ser el rey; y no debe haber ningún otro. Pero para que no surja después ningún mal uso, que la corona, al finalizar la ceremonia, sea demolida y esparcida entre el pueblo, a quien pertenece por derecho.

Un gobierno propio es nuestro derecho natural: y cuando un hombre reflexiona seriamente sobre la inestabilidad de los asuntos humanos, se convence de que es infinitamente más prudente y seguro formar una constitución propia de manera serena y deliberada, mientras está en nuestras manos, que confiar un acontecimiento tan interesante al tiempo y al azar.

Si lo omitimos ahora, algún [*1] Massanello podrá surgir en el futuro, el cual, aprovechándose de los desasosiegos populares, podrá reunir a los desesperados y descontentos y, arrogándose los poderes del gobierno, barrer las libertades del continente como un diluvio.

Si el gobierno de América volviera a caer en manos de Gran Bretaña, la situación precaria de las cosas será una tentación para que algún aventurero desesperado pruebe fortuna; y en tal caso, ¿qué alivio puede dar Gran Bretaña? Antes de que pudiera enterarse de la noticia, el fatal asunto podría estar consumado; y nosotros sufriendo como los desdichados bretones bajo la opresión del Conquistador.

Vosotros que os oponéis a la independencia ahora, no sabéis lo que hacéis; le estáis abriendo la puerta a la tiranía eterna al dejar vacante el asiento del gobierno. Hay miles y decenas de miles que considerarían glorioso expulsar del continente a ese poder bárbaro e infernal que ha incitado a los indios y a los negros a destruirnos; crueldad que carga con una doble culpa, pues es tratarnos brutalmente a nosotros y traicionar a ellos.

Hablar de amistad con aquellos en quienes nuestra razón nos prohíbe tener fe, y cuyos afectos, heridos por mil poros, nos enseñan a detestar, es demencia y locura.

Cada día desgasta los pocos restos de parentesco entre nosotros y ellos, y ¿puede haber alguna razón para esperar que, a medida que la relación expire, el afecto aumente, o que nos llevemos mejor, cuando tengamos diez veces más y mayores asuntos por los cuales discutir que nunca?

Vosotros que nos habláis de armonía y reconciliación, ¿podéis devolvernos el tiempo pasado? ¿Podéis devolverle a la prostitución su antigua inocencia? Tampoco podéis reconciliar a Bretaña y a América.

El último lazo ya se ha roto, el pueblo de Inglaterra está presentando peticiones en nuestra contra. Hay ofensas que la naturaleza no puede perdonar; dejaría de ser naturaleza si lo hiciera. Tan pronto puede el amante perdonar al violador de su amada, como el continente perdonar los asesinatos de Bretaña.

El Todopoderoso ha implantado en nosotros estos sentimientos inextinguibles con buenos y sabios propósitos. Son los guardianes de su imagen en nuestros corazones. Nos distinguen de la manada de los animales comunes.

El pacto social se disolvería, y la justicia sería extirpada de la tierra, o tendría una existencia meramente casual, si fuéramos callosos a los estímulos del afecto. El ladrón y el asesino escaparían a menudo impunes, si las ofensas que sufre nuestro carácter no nos incitaran a la justicia.

¡Vosotros que amáis a la humanidad! ¡Vosotros que os atrevéis a oponeros, no solo a la tiranía, sino al tirano, daos a conocer!

Cada rincón del viejo mundo está invadido por la opresión. La libertad ha sido perseguida por todo el globo. Asia y África hace tiempo que la expulsaron. Europa la mira como a una extraña, y Inglaterra le ha dado aviso de partida.

¡Oh! Recibid a la fugitiva y preparad a tiempo un asilo para la humanidad.

Nota 1 Tomás Anello, llamado de otro modo Masanello, pescador de Nápoles que, tras soliviantar a sus paisanos en la plaza pública contra la opresión de los españoles, a quienes entonces estaba sujeto el lugar, los incitó a la revuelta y en el espacio de un día se convirtió en rey.

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