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VIII. El cultivo de la imaginación

§ 1

En los últimos años del periodo escolar llega el alba del proceso de la adolescencia, y el simple egoísmo, los afectos egoístas del niño empiezan a verse perturbados por nuevos intereses, nuevos impulsos vagos y, al poco tiempo, por un torrente de emociones aún sin forma.

La raza, la especie, reclama al individuo, esforzándose por asegurárselo para sus fines más elevados. En el espacio de unos pocos años, el muchacho y la muchacha casi asexuados se han vuelto conscientemente sexuales, se sienten turbados por las todavía misteriosas posibilidades del amor, son aiguijoneados por el descontento y la aventura, y se extienden de manera imaginativa o activa hacia lo que es, por fin, el recomienzo de las cosas, el hecho esencial en la perenne remodelación del orden del mundo.

Esto es en verdad algo así como un segundo nacimiento. En su comienzo, el niño que hemos conocido empieza a alejarse, la nueva individualidad se agrupa con una especie de tímida reserva y se retira de la confiada intimidad de la infancia hacia una reclusión secreta; todos los padres conocen esa pérdida; en su final tenemos a un adulto, formado y determinado, para quien en verdad el drama y el conflicto de la vida todavía no hacen más que empezar, pero que está, sin embargo, en un sentido muy serio, acabado y hecho.

El pintoresco, entrañable y larvario ser humano se ha transformado así en la imago completa, ante la cual ya no hay más cambios de especie, salvo la vejez y la decadencia.

Este desarrollo del ser sexual, de los sueños personales y de la imaginación adulta ya comienza en los primeros años de la adolescencia. Continúa a través de todas las fases posteriores del proceso educativo, y termina, o mejor dicho, se transforma por grados imperceptibles en las realidades personales de la vida adulta.

Ahora bien, este segundo nacimiento en el cuerpo del primero difiere en muchos aspectos fundamentales de ese primero.

El primer nacimiento y el cuerpo abundan en cosas inevitables; por ejemplo, los rasgos, los gestos, las aptitudes, las tez y los colores se heredan más allá de cualquier poder de tergiversación; pero el segundo nacimiento es el despliegue no de cosas formadas y fijadas, sino de posibilidades, de facultades mentales extraordinariamente plásticas.

Sin duda hay en cada individuo en desarrollo disposiciones hacia esto o aquello —tendencias, una inclinación en la textura hacia un lado u otro—, pero la forma de todo ello es extraordinariamente una cuestión de sugestión y de la influencia de fuerzas moldeadoras deliberadas y accidentales.

La Voluntad universal de vivir está ahí, asomándose al principio en pequeñas curiosidades, indagaciones, repulsiones súbitas, caprichos repentinos, la toma de conciencia tambaleante y lenta de que para esto vivimos de un modo misteriosamente predominante, y haciéndose más fuerte, creciendo pronto, en la inmensa mayoría de los casos, hasta convertirse en preferencias apasionadas y deseos poderosos.

Este flujo del sexo llega como un gran río que cruza la llanura de nuestros planes personales y egoístas, un gran río con sus rápidos, con sus parajes profundos y silenciosos, un río de sequías inciertas, un río de inundaciones abrumadoras, un río que nadie que quiera escapar de ahogarse puede permitirse ignorar.

Además, es el eje mismo y el creador de nuestro valle mundial, la fuente de todo nuestro poder en la vida y el irrigador de todas las cosas. En el microcosmos de cada individuo, como en el microcosmos de la especie, esta inundación es un problema fundamental.

Y por su propia naturaleza esta es una discusión de especial dificultad, porque nos toca a todos —salvo a unas pocas almas singulares— de manera muy íntima y muy perturbadora.

Me había propuesto titular este ensayo «El sexo y la imaginación», y entonces tuve una visión repentina de lo que suele suceder. La visión mostraba a un lector ocasional sentado en una biblioteca, hojeando libros y revistas y descartando gran cantidad de excelente sabiduría, para luego de repente, por así decirlo, despertarse ante ese título, detenido, mostrando una furtiva alerta, leyendo, sonrojado y ávido, husmeando en el artículo.

Eso, en una viñeta, es el problema en toda esta discusión. ¡Si fuésemos ángeles—! Pero no somos ángeles; todos estamos implicados. Si somos jóvenes estamos metidos de lleno en ello, queramos o no; si somos viejos, incluso si somos bastante viejos, nuestros recuerdos aún se extienden, hilos vivos y sensibles desde nuestra tierna vanidad hasta el gran problema. El desapego es imposible. Lo más cerca que podemos estar del desapego es reconocer eso.

Sobre esta cuestión, la red tragicómica del absurdo humano se vuelve más y más espesa. ¿Cuándo ha habido o habrá jamás una visión lúcida de este gran asunto? He aquí la locura común de nuestra especie, he aquí toda una trama de fina sinrazón a la que, sin duda, en el presente artículo estamos contribuyendo de manera infinitesimal.

Uno tiene una visión de procedimientos absurdos: grandes, gordos, sopladores y estrigilados emperadores romanos, pul-cros caballeros parisinos del último cenáculo, el buen san Antonio revolcándose sobre sus espinas y el piadosamente obsceno Durtal sufriendo sus tentaciones expiatorias, Mahoma y Brigham Young recibiendo revelaciones complementarias, hombres severos balbuceando secretos a colegialas, recaderos enamorados, ancianas amorosas, libertinos que se sueñan a sí mismos hombres cabales y llevan a cabo sus extrañas andanzas con demencial autocomplacencia, hermosas y necias personitas ataviadas con las cosas más asombrosas a lo largo de toda la perspectiva histórica —una Visión de Bellas Mujeres— luciendo su porte más soberbiamente consciente, sentimentalistas reptando por cada rincón y dejando rastro como caracoles, cenutrios jóvenes y sofocados contándole al mundo «todo acerca de las mujeres», intrigas, insensateces —tanta como una pluma pueda condensar en la Anatomía del viejo Burton— y, a través de todo ello, una vasta multitud de personas decentes y respetables que fingen haber resuelto por completo el problema, hasta que un día, de manera casi chocante, obtienes su secreto de algo inadvertido que asoma en sus miradas.

La más absurda de todas por alguna razón es una figura —uno se siente inclinado con malicia a presentarla como femenina y un tanto poco atractiva, de preferencia con chanclos, y diciendo con voz de llana cultura—: «¿Por qué no podemos ser perfectamente claros y sensatos, y hablar con absoluta franqueza sobre este asunto?».

La respuesta a lo cual, uno se imagina, se acercaría a las conclusiones últimas de la Filosofía.

Tanto bulle en torno al llano debate sobre la cuestión de las instituciones sexuales. Uno hace eco de la inteligente pregunta de aquella señora imaginaria, concebida con malicia y calzada con chanclos, con una sonrisa y un suspiro. Bien podría preguntar ella: «¿Por qué no voy a guardar mis sándwiches en el Arca de la Alianza? ¡Hay espacio!». «Claro que hay espacio», responde uno, «pero... Tal como están las cosas, señora, no es aconsejable intentarlo. Vera usted... por una razón: la gente es muy peculiar. La cantidad de piedras sueltas que hay por este vecindario».

El sentimiento predominante respecto al debate de estas cuestiones es, para hablar con franqueza, el Miedo.

Muchos de nosotros sabemos que nuestro estado actual tiene numerosos aspectos malignos, parece injusto y despilfarrador de la felicidad humana, está lleno de peligros secretos y horribles, rebosante de crueldades y cosas dolorosas; que nuestro sistema de sanciones y prohibiciones es perversamente venal, presionando mucho más gravemente a los pobres que a los ricos, y que está enormemente socavado por sentimentalismos de diversa índole, además de minado y matizado por cultos secretos; es una máquina obstruida, mal hecha y deshonesta, pero albergamos el temor, en parte instintivo, en parte sin duda producto de nuestra crianza y atmósfera, a cualquier alteración precipitada, a cualquier examen verdaderamente libre de su constitución.

No estamos seguros ni satisfechos de adónde nos pueda llevar ese proceso de examen; hay mucha más gente capaz de desmontar máquinas que de volver a ensamblarlas.

El señor Grant Allen solía llamar Tabús a nuestras prohibiciones corrientes. Pues bien, el hecho es que, en estos asuntos, hay algo que probablemente sea un instinto, una necesidad profundamente sentida de Tabús. Quizás sepamos que nuestros Tabús no fueron concebidos sobre bases estrictamente racionales, pero tememos cuántos de ellos podrían no desplomarse ante una investigación puramente racional. Tememos pensar con total libertad incluso en privado.

Dudamos de que sea prudente empezar, aunque solo sea en el gabinete de estudio y a solas.

“¿Por qué habríamos de—? ¿Por qué no habríamos de—?”

Y la idea de un debate público sin limitaciones por parte de una multitud apresurada y sin formación para pensar, evoca, en verdad, una imagen de consecuencias transmitida tal vez de mejor manera por aquella hermosa frase indefinida: “Un caos moral”. Toda esa gente que aboga por el debate libre, franco y abierto da por tantas cosas por sentadas; o bien planean una farsa con conclusiones predeterminadas, o no han tenido en cuenta toda suerte de aspectos inherentes a la necedad natural del hombre contemporáneo.

Por lo general, creo que un hombre o una mujer que ya no es un tejido de pura emoción puede, si de veras le asiste la pasión por la verdad y la visión clara de las cosas que justifiquen la investigación, aventurarse en este desierto de la especulación de aspecto siniestro; y creo también que es muy probable que el explorador valiente y persistente acabe por fin no muy lejos del punto de partida, sino por encima de él, por decirlo así, en una cresta que ofrecerá una vista más amplia, que abarcará muchas cosas que ahora confinan la visión inferior.

Pero son estos caminos peligrosos, debe recordarse siempre. Esto no es un parque de recreo público. Uno puede desconfiar del código convencional, y puede abandonarlo en el pensamiento, mucho antes de estar justificado para abandonarlo ya sea en la opinión expresada o en el acto. Somos animales sociales; no podemos vivir solos; manifiestamente por la naturaleza de la cuestión, aquí, al menos, debemos asociarnos y agruparnos.

Para todos los que hallan que la rectitud aceptada no es lo bastante buena ni lo bastante clara para ellos, existe la posibilidad de un destino irónico. Debemos cuidar bien de nuestra compañía, al salir de la ciudad de la práctica común y sacudir su polvo de nuestras superiores suelas. Hay una chusma abominable que se ha adentrado en esos matorrales con propósitos muy distintos al descubrimiento de lo que es correcto hacer, por motivos muy distintos a nuestro elevado deseo intelectual. Hay rebeldes feos y granujas natos, tramposos por instinto y mentirosos con las mujeres, incrédulos porcinos que nos comprometerían con su búsqueda errática de una colección miscelánea de extraños caprichos y nos traicionarían sin piedad al final.

Porque un hombre no encuentre que la ley es pura justicia, esa no es razón para que lleve su oro a una guarida de ladrones; porque no piense que la ciudad es un lugar higiénico, por qué ha de plantar su tienda en un basurero en medio de perros parias. Porque critiquemos las viejas limitaciones eso no nos ata al credo de la libertad sin trabas. Dudo mucho de que, cuando por fin llegue el tiempo para la discusión cabal y completa de nuestros problemas sexuales, nos otorgue algo parecido a la «Libertad», tal como la mayoría de la gente entiende esa palabra.

En lugar de las viejas y oxinadas esposas, la cadena y la bola, el yugo de hierro, implementos crueles, mal ajustados y violentos de los que aún era posible zafarse y escapar hacia fuera de la ley, tal vez el mundo descubra tan solo una restricción más completa, desarrolle un esquema de grilletes pulcros, ligeros pero eficaces, maravillosamente adaptables a las muñecas y a los tobillos, que nunca rozan, que nunca oprimen, deslizados y worn hasta que al final, como la máscara del Feliz Hipócrita, moldean a quien los lleva a su propia identidad. ¡Pero a pesar de todo—grilletes!

Echemos un vistazo por un momento, de la manera más tentativa, a algunos de los datos para esta investigación, y volvamos luego de esta excursión hacia la teoría general a nuestro asunto más inmediato, al modo en que nuestra comunidad civilizada efectúa actualmente la iniciación emocional de la juventud.

El problema intelectual en este asunto, tal como se me presenta, surge de que la cuestión no se encuentra en un solo plano. Tantas discusiones ignoran este hecho y lo abordan en un solo plano.

Por ejemplo, podemos tomar todo el asunto en el plano del médico, ignorando todas las demás consideraciones. En ese plano, probablemente sería casi fácil deducir lógicamente un sistema operativo. Nunca lo ha hecho la profesión médica en su conjunto, lo cual es bastante comprensible, ni ningún grupo de médicos, lo cual es más sorprendente, pero sería algo sumamente interesante de hacer y una contribución material a la discusión sensata de este problema. No lo resolvería, pero iluminaría ciertos aspectos.

Tomemos el mero problema fisiológico. Queremos niños sanos y los mejores posibles. Que el médico elabore su plan principalmente para eso. Entiéndase que estamos cerrando los ojos a cualquier otra consideración que no sea la física o cuasifísica. Imaginemos que la obra es realizada, por ejemplo, por un señor Francis Galton, que tenía una mente absolutamente abierta a todas las demás cuestiones. Alguna forma de poligamia, un matrimonio de la descripción más transitoria, con la reproducción prohibida para tipos específicos, probablemente surgiría de tal especulación. Pero, además, un número de personas que solo pueden tener pocos hijos o ninguno no están, sin embargo, adaptadas fisiológicamente para el celibato. Concebimos al médico resolviendo ese problema sobre líneas puramente materialistas y con la vista puesta en todas las peculiaridades fisiológicas y patológicas. Los tasmanos (ahora extintos) parecen haber estado cerca del resultado probable.

Luego demos un paso más hacia una segunda etapa de consideración, manteniéndonos aún en el materialismo, y con el médico todavía como nuestro único guía. Queremos que los niños crezcan sanos; queremos que se les cuide.

Esto significa hogares, hogares de algún tipo. Eso tal vez no abolirá la poligamia, pero la matizará, sin duda abolirá cualquier atisbo de promiscuidad que fuera posible en la etapa más baja, realzará la importancia de la maternidad e impondrá una serie de límites a las libertades sexuales de hombres y mujeres.

Las personas que se han convertido en padres, en cualquier caso, deben estar atadas a los hijos y entre sí. Llegamos de inmediato a un matrimonio mucho más definido, a una familia organizada de algún tipo, aunque sea solo la comunidad estatal de Platón o algo según el modelo de Oneida, pero al menos con un sistema de garantías y responsabilidades.

Añadamos que queremos que los niños pasen por un proceso educativo serio, y encontramos de inmediato la llegada de aún más limitaciones. Descubrimos la necesidad de aplazar la experiencia, de retrasar la adolescencia, de evitar la estimulación precoz con su consecuente detención del crecimiento. Ya estamos cara a cara con un caso ampliado en favor deldecoro, de un sistema de supresiones y de tabúes complicados.

Directamente, en cuanto dejamos que nuestros pensamientos abandonen este plano físico y asciendan lo bastante como para considerar las emociones concomitantes —y supongo que para un gran número de personas estas son al menos tan importantes como los aspectos físicos—, llegamos al orgullo, llegamos a la preferencia y a los celos, y tan pronto como aplicamos esto a nuestro sistema físico, comienzan los pliegues y las fisuras. Las complicaciones se han multiplicado enormemente. Más especialmente ese pequeño problema de las preferencias.

Estas emociones podemos educarlas, en efecto, pero no del todo. Ni el orgullo ni la preferencia ni los celos deben manipularse a la ligera. Estamos creando hombres, no planeando una sociedad de esclavos regulados; queremos personalidades firmes y erguidas, y no las conseguiremos si las doblegamos a la obediencia en este aspecto particular, pues la expresión cardinal de la libertad en la vida humana es sin duda esta elección de pareja. No hay libertad alguna sin esta libertad.

Nuestros hombres y mujeres del futuro deben sentirse libres y responsables. Parece casi instintivo, al menos en la juventud de las razas blancas, ejercer este poder de elección, no simplemente rebelándose cuando se le opone resistencia, sino queriendo rebelarse; es algo socialmente bueno, y algo que estamos justificados en proteger si las circunstancias están en su contra, esta pasión por hacer del asunto un asunto estrictamente privado de uno mismo. A nuestros ciudadanos no se les debe atrapar y emparejar; nunca funcionará así.

Pero en todos los artificios sociales debemos velar por que las libertades que concedemos sean libertades reales. Nuestros jóvenes y doncellas, a medida que crecen alejados de la protección de nuestros primeros tabús, se adentran en un mundo que está en gran medida en manos de personas mayores; los hombres fuertes y las mujeres experimentadas están allí antes que ellos, y estamos justificados en cualquier recurso eficaz para evitar que sean «devorados» —en contra de sus verdaderos instintos—. Eso contribuye —como descubrirá el hombre reflexivo— a reducir aún más la poligamia previa a proporciones todavía menores.

Aquí, en verdad, nuestros acuerdos actuales fracasan de la manera más lamentable; cada año se ve un horrible sacrificio de niñas, mentalmente apenas algo más que niños, debido a nuestro pudor en la discusión. Damos libertad, y no damos el conocimiento adecuado, y castigamos inexorablemente. Hay multitud de mujeres, y no pocos hombres, con vidas irremediablemente arruinadas por esta libertad con los ojos vendados. Tantas pobres niñas, y también tantos muchachos, no tienen una oportunidad justa frente al mundo adulto.

Las cosas mejoran ciertamente en este aspecto; como muestra, el porcentaje de nacimientos ilegítimos en Inglaterra se ha reducido casi a la mitad en cincuenta años, pero está claro que tenemos mucho que revisar antes de que cese esta filtración hacia la perdición de criaturas desdichadas, en su mayor parte chicas que en promedio no son peores —hasta que nuestros castigos las convierten en tales— que las demás mujeres. Si nuestra edad de responsabilidad moral es lo suficientemente alta, entonces nuestra edad de conocimiento completo es demasiado alta.

Pero, a pesar de todo, las cosas están mejor de lo que estaban y prometen seguir mejorando. En todos los ámbitos elevamos la edad, la edad media al matrimonio aumenta, del mismo modo que, creo, ha aumentado la edad media en la mala conducta. Puede que no nos estemos acercando a un período de moralidad universal, nhưng sí parecemos vislumbrar un tiempo en el que la gente sabrá lo que hace.

Eso, sin embargo, es algo así como una digresión. Al investigador inteligente que ha conciliado su sistema de moral inicialmente materialista con los problemas derivados de la necesidad de sostener el orgullo y la preferencia, se le invita entonces a explorar una espesura adyacente de este tema tortuoso.

Es, sostenemos, de suma importancia en nuestro Estado mantener en todos nuestros ciudadanos, mujeres tanto como hombres, un sentido de independencia y responsabilidad personal. Este es el caso, particularmente, de las madres.

  • Una madre analfabeta significa un niño atrasado,
  • una madre oprimida engendra un hombre deshonesto,
  • una madre a su pesar puede incluso llegar a aborrecer a sus hijos.

Esclavos y brutos son los sexos allí donde las mujeres son esclavas. La línea de pensamiento que seguimos en estos artículos le otorga necesariamente una importancia distintiva a la mujer como madre. Nuestro sistema de moral, por lo tanto, tiene que hacer que valga la pena y sea honorable ser madre; es particularmente indeseable que se considere correcto que una mujer de encanto excepcional o ingenio excepcional evite la maternidad, a menos que sea, tal vez, para convertirse en maestra.

A una mujer que elude su noble vocación no se le debe conceder el mismo derecho al esfuerzo y servicio de los hombres que a la mujer-madre; más en particular, Lady Greensleeves no debe pavonearse por encima del ama de casa. Y aquí surge también la cuestión de la calidad de los celos: si el hecho de ser esposa de un hombre y madre de sus hijos no le otorga casi necesariamente a una mujer un sentimiento de posesión exclusiva sobre él, y si, por lo tanto, en nuestro firme empeño de no degradarla, no se desvanece nuestro último jirón de poligamia.

Desde el principio hasta el fin, por supuesto, se ha dado por sentado que solo puede pretenderse una poligamia prolífica, pues mucho antes de haber sondeado lo más hondo del corazón humano sabremos lo suficiente como para imaginar cuáles deben ser las consecuencias feas y carentes de sentido de permitir una poligamia estéril.

Luego en todo este enredo, ya sea como una luz o como una confusión añadida es difícil de decir, llega el hecho de que, si bien somos siempre propensos a hablar de lo que siente «una mujer» y de lo que hará «un hombre», y así ideamos nuestro código, no existe, en verdad, tal mujer ni tal hombre, sino una vasta variedad de temperamentos y disposiciones, almas monádicas, diádicas y poliméricas, y este tipo de corazón y cerebro y aquel.

Solo el joven necio y elmatoide caviloso creen en una ciencia especial y separada de las «mujeres», hay toda clase de personas, y algunas de cada clase son mujeres y algunas son hombres.

Con cada etapa en el desarrollo educativo las personas se vuelven más variadas, o, al menos, más conscientes de su variedad, más insistentemente sensibles a la reivindicación de sus individualidades por encima de cualquier regla general. Entre los campesinos de una zona rural cabe esperar ordenar vidas homogéneas, pero no entre las personas del estado venidero.

Está bien mantener un hogar, es noble ser una buena madre, y es espléndido dar a luz bien a los hijos y educarlos bien, pero no obtendremos reglas válidas hasta que veamos claramente que la vida tiene otras formas mediante las cuales se puede servir al futuro. Hay leyes que hacer y alterar, hay caminos y puentes que construir, figurada y realmente; no hay solo una sucesión de carne y sangre, sino de pensamiento que continúa para siempre. Escribir un libro fructífero o mejorar una máquina de uso generalizado es exactamente tanta paternidad como engendrar un hijo.

La última balsa provisional de un código moral lógico se hace pedazos ante esto, y sus maderos separados flotan aquí y allá. Así que confieso que flotan actualmente en mi mente.

No tengo ningún Sistema —desearía tenerlo— y jamás me he topado con un sistema o doctrina universal de conducta sexual que no me haya parecido alcanzado aferrándose firmemente a uno o dos de estos maderos rotos y dejando que el resto vaya a la deriva sin importarle, haciendo una ley para A, B y C, y fingiendo que E y F están fuera de cuestión.

Que la maternidad es una ocupación grande y noble para una buena mujer, y que no debe emprenderse a la ligera, es algo evidente, y lo es también que engendrar hijos y verlos crecidos en el mundo es el triunfo común de la vida, así como la intrascendencia es su fracaso común.

Que vivir para el placer no es solo maldad sino insensatez, parece fácil de admitir, y de igual modo insensato, como ha insinuado san Pablo, debe ser desperdiciar una vida de energía nerviosa combatiendo hasta más allá de un mínimo natural nuestros deseos naturales.

Que debemos entonar nuestras vidas tanto como podamos en la clave heroica, y cercar y controlar la mera lascivia como si fuera una especie de lepra del alma, parece bastante seguro.

Y todo ese cortejo que implica mentiras, todo heroísmo fingido y trampas relucientes, ciertamente debe desaparecer de un orden superior de ser social, pues aquí más que en ninguna otra parte la mentira es el veneno de la vida.

Pero entre estos datos hay grandes vacíos interrogativos que ninguna generalización llenará: casos, situaciones, temperamentos. Cada vida, me parece a mí, en ese estado social inteligente y consciente al que el mundo se encamina, debe amoldarse a estas cosas a su manera y completar los detalles de su código moral individual según sus necesidades.

Así le parece, al menos, a un pensador limitado.

Para ser francos, sobre ese terreno común de la conducta decorosa, el orgullo y el respeto propio, la salud y el hábito heroico de pensar, no necesitamos tanto reglas para nosotros mismos como sabiduría, y para los demás no, en verdad, una tolerancia tonta e indiscriminada, sino al menos paciencia, suspensión de juicios y el esfuerzo honesto por comprender.

Ahora bien, ayudar a la imaginación en estos juicios, ampliar e interpretar la experiencia, es sin duda una de las funciones de la literatura.

  • Una buena biografía puede aportar datos de infinita sugerencia, y la gran multitud de novelas actuales son, de hecho, experimentos en la ciencia de este campo central de la acción humana, experimentos en la «forma de ver» diversos casos y situaciones.
  • Pueden ser experimentos muy engañosos, es verdad, realizados con sustancias adulteradas, productos químicos peligrosos, matraces sucios y balanzas defectuosas; pero eso es una cuestión de su calidad y no de su naturaleza, no dejan de ser experimentos por eso.
  • Una buena novela puede llegar a convertirse en un experimento muy potente y convincente.

En estos asuntos, los libros suelen ser consejeros mucho más silenciosos y fríos que los amigos. Y ahí, en verdad, radica toda mi opinión al respecto.

Mientras tanto, mientras cada uno de nosotros trabaja para resolver sus propios problemas, los jóvenes van creciendo a nuestro alrededor.

§ 2

¿Cómo llegan los jóvenes al conocimiento y a su interpretación de estas cosas? Dejemos a un lado, al menos por unos instantes, la hipocresía y las frases hechas, y recordemos nuestra propia juventud. Reconozcamos que esta compleja iniciación es siempre un proceso muy tímido y secreto, que queda fuera del alcance de padres y tutores. El tipo de maestro o maestra fisgón no hace más que hundir el asunto más profundamente y, en el peor de los casos, meter la pata con una truculenta sugestión. Es casi un instinto, parte del pudor natural de los jóvenes en crecimiento, ocultar todo lo que está fermentando en su mente a las personas mayores con autoridad. No sería difícil encontrar una razón biológica para ello. La mente en crecimiento avanza lenta, intermitentemente, con largas pausas y pánicos repentinos; esa es la ley de su progreso. Avanza a tientas a través de tres vías principales: en primer lugar, la observación; en segundo lugar, la charla tentativa y confidencial con amigos de confianza que no tienen autoridad, y en tercer lugar, los libros. En la época actual, la observación disminuye en relación con los libros; los libros y las imágenes, esos iniciadores mudos e impersonales, desempeñan un papel cada vez mayor en este gran despertar. Quizá, para todos excepto para los hijos de los pobres urbanos, la charla furtiva también disminuya y se retrase; algo de lo más deseable en un proceso civilizador que halla una gran ventaja en posponer la adolescencia y prolongar la vida promedio.

Ahora la charla furtiva escapa en gran medida a nuestro control; solo mejorando la textura general de nuestra vida comunitaria podremos mejorar eficazmente la calidad de aquella. Pero podemos tener presente ese factor de observación y otorgarle un voto de calidad en cualquier decisión sobre eldecoro público. Esto se olvida con demasiada frecuencia.

Antes de que Broadbeam, el humorista popular, por ejemplo, esgrima su brillante florete contra el Consejo del Condado por reprimir alguna obscenidad vulgar en los music-halls, o le haga cosquillas a las costillas de una Asociación de Vigilancia por su celo con nuestros carteles publicitarios, debería hacer todo lo posible por imaginar el proceso mental de algún muchacho o muchacha de su conocimiento al «absorberlo».

Para ir directamente a la cuestión esencial de este artículo, somos todos demasiado descuidados con la calidad del material que llega a los ojos y oídos de nuestros hijos. No es que el material sea conocimiento, sino que es conocimiento en sus coloraciones más bajas y vulgares, conocimiento sin la cualidad antiséptica de la interpretación heroica, conocimiento degradado, sugerente, enfermizo y contagioso.

Cómo se está despertando la conciencia sexual de una gran proporción de nuestros jóvenes, el lector curioso podrá comprobarlo por sí mismo si gasta unos pocos peniques a la semana durante un mes más o menos en los periódicos «cómicos» de medio penique o un penique que los muchachos compran con tanto ahínco.

Comienzan con los hechos del sexo como asuntos de guiños y aprobaciones con la cabeza, de indirectas ingeniosas y trifulcas en la oscuridad.

Los denodados esfuerzos de los parientes menores de Broadbeam por quitarle tonterías a gente aún más joven pueden escucharse en casi cualquier pantomima.

Los intentos del Lord Chamberlain por contener la marea asombran a los jueces ingleses.

Ningún plan para aprovechar al máximo las vidas humanas puede ignorar este sistema de influencias.

¿Qué podría hacerse en un Estado ordenado con sensatez para reprimir este tipo de cosas?

Inmediatamente surge la cuestión de si debemos limitar el arte y la literatura a la esfera permisible para la juventud en crecimiento y el «joven».

En lo que respecta a los escaparates, los puestos de libros y las vallas publicitarias, en lo que respecta a toda la publicidad general, diría que la respuesta es Sí. Aquí estoy del lado de los puritanos, sin vacilar.

Pero nuestros adultos no deben andar con andaderas mentales, y si este mundo fuera un mundo de adultos, dudo que haya algo que no considerara apto para ser impreso y publicado. ¿Pero acaso no podemos ingeniárnoslas para que nuestra literatura adulta sea libre como el aire, mientras la literatura y el arte de los jóvenes son sensatamente expurgados?

Hay en este asunto un camino concebible, y como es el cometido principal de estos escritos señalar y discutir tales caminos, puede exponerse aquí. Se presentará, tal como se presenta gran parte de estos escritos en aras de una sugerencia concisa, en forma de propuesta concreta, por decirlo así, una sugerencia de muestra.

Este camino, pues, consiste en dar una definición de lo que constituye materia indeseable para las mentes de los jóvenes, y hacer que esta abarque tanta indecencia y grosería sugerentes como sea posible, que lo cubra todo, en efecto, aquello que no sea virginibus puerisque, y llamar a esta materia con algún adjetivo razonablemente inofensivo, “adulto”, por ejemplo. Uno podría hablar de arte “adulto”, literatura “adulta” y ciencia “adulta”, y la cobertura de todos los procedimientos bajo ciertas leyes específicas podría declararse materia “adulta”.

Antiguamente existía un sistema excelente consistente en poner la materia “adulta” en latín, y por muchas razones uno lamenta dicho latín. Pero hoy en día existe un equivalente práctico aproximado a poner la materia “adulta” en latín. Depende del hecho de que muy pocos jóvenes de la edad que deseamos proteger, a menos que sean hijos de ricos imbéciles, disponen de grandes sumas de dinero para gastar. En consecuencia, solo es necesario fijar un precio mínimo elevado para las publicaciones periódicas y los libros que contengan materia “adulta” o ilustraciones “adultas”, y perseguir todo lo que esté por debajo de ese límite, para cerrar las compuertas a cualquier torrente de sugerencias sobreestimulantes y degradantes que pueda estar fluyendo en la actualidad.

Debería reconocerse más claramente en nuestros procesos por obscenidad, por ejemplo, que la gravedad del delito depende enteramente de la accesibilidad de la materia ofensiva para los jóvenes. La aplicación del mismo método al music-hall, al teatro de conferencias, a los estantes de las bibliotecas públicas y a varias otras fuentes de sugestión no sería imposible.

Si el director de un teatro considerase oportuno representar materia “adulta” sin excluir a los menores de dieciocho años, digamos, tendría que atenerse a las consecuencias —y estas serían considerables— de un proceso judicial. Este último recurso es menos novedoso que el primero, y encuentra una especie de precedente en la restricción legislativa de la venta de alcohol a los menores y en la protección de la moral de los niños en circunstancias desfavorables específicas.

Ya existe un sentido bastante vivo en nuestras comunidades de habla inglesa del respeto particular que se debe a los jóvenes, y es probable que quienes publican estos grabados sugerentes y estimulantes no se percaten por completo del nuevo hecho en nuestro cuerpo social: que la masa entera de los jóvenes ahora no solo lee, sino que compra material de lectura.

Los últimos treinta o cuarenta años han establecido relaciones absolutamente nuevas para nuestros hijos en este sentido.

La legislación contra el arte libre y la escritura libre es, y uno espera que siempre sea, profundamente repugnante para nuestros pueblos. Pero una legislación que pusiera el acento no en el indecoro, sino en la accesibilidad para los jóvenes, que martillara con cada cláusula en esa nota, es un asunto completamente distinto.

Queremos que el autor de pantomimas, el propietario del «cómico» de un penique, el cartelista y el artista de music-hall sean extremadamente cuidadosos, escrupulosamente limpios, pero no queremos, por ejemplo, hostigar al señor Thomas Hardy.

Sin embargo, hay peligro en todo esto. La supresión de las sugerencias prematuras y abyectas no debe extralimitarse y sofocar ni el pensamiento maduro (al que se le ha dado la cicuta no una, sino muchas veces con este pretexto en particular) ni la destrucción del conocimiento común necesario.

Si comenzamos a buscar sugerencias e indecencia, se puede argüir que terminaremos por llevar todas estas cosas a la clandestinidad. La juventud llega hoy a la vida adulta entre dos peligros: el vicio, que siempre la ha amenazado, y la virtud mórbida, que convertiría el corazón mismo de la vida en fealdad y vergüenza.

¿Cómo vamos nosotros —o, para ir más al grano, cómo va el jurado promedio— a distinguir entre estas tres cosas: entre el conocimiento aconsejable, el conocimiento presentado de manera corruptora y el conocimiento innecesario e indeseable?

En la práctica, bajo las leyes que he esbozado, es muy probable que el mal florezca extraordinariamente y que la información necesaria sea reprimida sin piedad. Muchas de nuestras leyes y disposiciones actuales sobre la decencia pública operan de ese modo. Al muchacho de los recados no se le permite mirar la Venus de Médici, pero puede atiborrarse la mente con los cotilleos de cómo los «acomodados» andan tras las coristas y por qué Lady X cerró la puerta con llave.

Aquí solo cabe abogar, como en todas partes, por que ninguna ley ni declaración concisa puede salvarnos sin la sabiduría —una sabiduría y una conciencia generales y crecientes— que intervenga en la administración detallada de cualquier ley que el propósito general haya creado.

Junto a nuestro proyecto para la ley y el Estado, es evidente que hay margen para el individuo. Ciertas personas se encuentran en una posición de responsabilidad excepcional. Los vendedores de periódicos, por ejemplo, constituyen una organización comercial bastante sólida, y les sería fácil pensar en el muchacho con un centavo un poco más de lo que lo hacen.

Por desgracia, los casos de censura voluntaria que hemos tenido matizarán el asentimiento del lector a esta propuesta.

Se puede argüir otra objeción contra esta distinción entre material «para adultos» y general, y es la posibilidad de que lo que se delimita y prohíbe se vuelva misterioso y atractivo. Hay que contar con eso.

En todas partes en este ámbito hay que proceder con prudencia o se fracasará. Pero lo que aquí se propone no es tanto la supresión de información como de una cierta manera de presentar la información, y nuestra intención es, a lo sumo, retrasarla y ofrecer primero el aspecto saludable.

No dejemos ningún punto sometido a duda; la supresión del estímulo no debe significar la supresión del conocimiento. Hay cosas que los jóvenes deben saber, y saber a fondo antes de verse envueltos en el drama central de la vida, en el asunto serio del amor. No debería haber sorpresas horrorosas.

Libros sensatos, claros y pragmáticos que expongan los hechos generales de la salud y de la vida, la existencia de ciertos peligros, deberían llegar a sus manos. En este asunto, insisto, los libros tienen un valor supremo. La palabra escrita puede ser un consejero muy silencioso. Es tan impersonal. No puede tener ninguna reacción personal concebible con el lector. No observa el rostro de su lector, es en sí misma discretamente desinhibida y más segura que cualquier sacerdote.

El poder del libro, la posible función del libro en el estado moderno sigue comprendiéndose de manera imperfecta. No necesita ser, no debe ser, a mi juicio, un libro específicamente sobre lo que uno llama cuestiones delicadas —eso equivaldría a resaltarlas justo de la manera en que no queremos que se resalten—; debería ser una especie de manual racionalizado y no demasiado técnico de instrucción fisiológica en la biblioteca de la universidad, o en el hogar.

Naturalmente, comenzaría por la fisiología muscular, por la digestión, y así sucesivamente. Los demás asuntos aparecerían en su lugar y proporción debidos. De principio a fin contendría todo lo que es necesario saber. Existe una curiosidad natural y legítima sobre estos asuntos, hasta que los obligamos a ocultarse bajo tierra.

La sola restricción no es la mitad de este asunto. Es inherente al propósito de las cosas que estos jóvenes despierten sexualmente, y de alguna manera y en algún lugar ese despertar debe producirse.

Garantizar que no despierten demasiado pronto o en una atmósfera fétida entre entornos feos no es suficiente. No pueden despertar en el vacío.

Una ignorancia mantenida más allá de la naturaleza puede corromperse en secretismos feos, en reclusiones morosas y siniestras, peores que los males que hemos reprimido. Dejadles despertar a su debido tiempo, en una habitación dulce y amplia.

El verdadero antiséptico del alma no es la ignorancia, sino un toque de lo heroico en el corazón y en la imaginación. El orgullo ha salvado a más hombres que la piedad, e incluso la mala conducta pierde algo de su maldad si se concibe sobre líneas generosas.

Acecha una capacidad de respuesta heroica en toda la juventud, incluso en la juventud contaminada. Antes de los veinticinco, en cualquier caso, todos éramos sentimentalistas de corazón.

¿Y la manera de provocar estas respuestas?

Ciertamente no es mediante sermones sobre la Pureza Exclusiva para Hombres y folletines desagradables con información pseudomédica y sumamente alarmante metidos a la fuerza en manos limpias y jóvenes [Nota a pie de página: Véase el libro Mental Diseases de Clouston, quinta edición, p. 535, sobre la locura causada por estos folletos; véase también la p. 591 y siguientes sobre literatura «adolescente» —material que debería considerarse ultra «adulto»] como debe hacerse la cosa, sino al estilo de tambores y clarines.

Existe hoy en día un cúmulo de excelente literatura en la que el amor brilla de forma limpia y noble. Hay arte que cuenta historias hermosas. Existe una posibilidad en el Teatro. Probablemente la media de los espectadores de teatro esté por debajo, más que por encima, de los veintidos años.

Literatura, drama, arte; ese es el tipo de alimento con el que la joven imaginación crece robusta y alta. Está la literatura y el arte de la juventud, que pueden o no formar parte de la literatura más vasta de la vida, y de esto debemos depender principalmente cuando nuestros hijos se alejan de nosotros hacia esas intimidades, esos sueños y pesquisas que los convertirán en hombres y mujeres.

Procurad que el material adecuado esté cerca de ellos y el inadecuado lo más lejos posible, echad juntos a petimetres y charlatanes y, por lo demás, en este asunto... dejadlos en paz.

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