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II

Los Amantes

¡Oíd! Allá en el bosque —pues agudos son los oídos del amor—, Con sigilo, calladamente tocada, la nota del arpa de una sola cuerda. En la casa iluminada de su padre, ¿por qué ha de sobresaltarse Taheia? Taheia de cabellera espesa, Taheia de tierno corazón, Taheia de noble abolengo, generosa repartidora de amor, ¿Ágil de pies como el ciervo y de mirada amable como la paloma? Astuta y esquiva como un gato, sin que el rostro se le inmute, Taheia se desliza hacia la puerta, como quien busca respirar un instante; Pasea y se detiene, mira a las estrellas y escucha los mares; Luego, súbita y veloz como un gato, se adentra bajo los árboles. Veloz como un gato corre, con la túnica recogida en alto, Saltando, ágil de pies, corriendo, de vista certera; Y siempre para guiar su camino sobre lo liso y lo escarpado, Siempre más y más cerca la nota del arpa de una sola cuerda; Hasta que al fin, en un claro del bosque, con un monte desnudo por cima, El sonido del arpa abandonada, y ella en los brazos de su amor. «¡Rua!» —«¡Taheia!», exclaman—, «mi corazón, mi alma y mis ojos», Y se abrazan y se apartan y se besan, con risas encantadoras y suspiros, «¡Rua!» —«¡Taheia, mi amor!»,— «¡Rua, estrella de mi noche, Abrázame, sostenme y ámame, única fuente de delicias!».

Y Rua la atrajo estrechamente, la abrazó cerca y por largo tiempo, Lo vivo unido a lo vivo, y cantó la canción del amante:

“Noche, noche es, noche sobre las palmeras. Noche, noche es, ha soplado el viento de tierra. Estrellada, estrellada noche, sobre hondonada y altura; amor, amor en el valle, amor todo en soledad.”

“Taheia, de abundante cabellera, una necedad hemos hecho, Al atar lo que los dioses separaron cruelmente en uno. ¿Por qué habría de tocar un humilde amante la falda de Taheia, Taheia la de noble alcurnia, y Rua, hijo de la escoria?”

—En lo alto, con los haka-ikis, mi padre se sienta en su trono, Cincuenta veces diez parientes lo saludan en la puerta; Alrededor de todo su cuerpo guerrero, y en bandas sobre su rostro, Las marcas del tatuador proclaman su elevado lugar. Yo también, en manos del experto, en la sagrada cabaña de palma, Me he encogido como la mimosa y balado como el cordero; Alrededor de la mitad de mi tierno cuerpo, que nadie abrazará sino tú, Como cresta y hermoso adorno van delicadas líneas de azul. Amor, amor, amada Rua, el amor nivela todas las jerarquías, Y la bien tatuada Taheia se aferra jadeante a tus rodillas.

—«Taheia, canción de la mañana, ¿cuánto dura el más largo amor? ¡Un grito, un apretón de manos, una estrella que cae de lo alto!

Siempre de mañana en el azul, y de noche cuando todo es negrura, Siempre se esconde y tiembla con el cazador, la Muerte, en su pista.

¡Óyeme, Taheia, muerte! Pues mañana el sacerdote se despertará, Y serán dichos los nombres de las víctimas que sangrarán por el bien de la nación; Y el primero de los muchos numerados que serán masacrados antes del mediodía, Rua, el hijo de la suciedad, Rua, el pilluelo sin parientes.

Por él será batido el tambor, por él será entonado el canto, Por él acudirá el pueblo cantando al Alto lugar sagrado, Por él el humo del horno como por una bestia muda, Y el padre de mi Taheia vendrá codicioso al banquete».

«Rua, calla, ten piedad de mí. Taheia cierra los oídos. ¡Apiádate de mi corazón anhelante, apiádate de mis años de doncella! ¡Huye de las crueles manos, huye del cuchillo y del carbón, Escóndete en lo profundo de los bosques, Rua, padre de mi alma!».

“¿A dónde huir, Taheia, a dónde en toda la tierra? Las hogueras de la sangrienta cocina se encienden por doquiera; Por doquiera en la isla un hambriento afilar de dientes, Ojos en los árboles arriba, brazos en la maleza hirvientes. Paciencia para acechar, astucia para seguir la huella, Afuera a los enemigos he combatido, y en casa a los de mi estrella.”

«Amor, amor, amada Rua, más claro ojo tiene el amor, De los brazos del amor, por ende, no marchas a la muerte. Allí, donde la montaña rota cae a plomo en el valle, Allí hallarás un refugio del más audaz cazador de hombres; Allí, en el hondo recodo, donde el sol cae solo al mediodía, Y una sola vez en la noche penetra la luz de la luna, Ni nunca otro son que de aves, o de la lluvia cuando cae a gritos; Pues la muerte y el miedo a la muerte cercan el valle en derredor.

Tapu es, mas los dioses sabrán perdonar la desesperación; ¿Tapu?, ¿y qué con eso?, si Rua tan solo se atreve. Tapu y tapu y tapu, bien sé que todos son ciertos; Mas el dios de cada tapu no es siempre pronto en golpear.

Yace en secreto allí, mi Rua, en los brazos de dioses temibles, Duerme a la sombra de los árboles sobre el lecho de los céspedes benévolos, Duerme y sueña con Taheia, Taheia despertará por ti; Y siempre que sople el terral y los bosques cargados de rocío estén, A solas por el horror de la noche, con alimento para el alma de su amor, Taheia, la incontenible, se apresurará fiel como la paloma».

—Taheia, el abismo de la noche bulle de cosas traicioneras, Espíritus del aire supremo y almas malvadas de las cosas; Las almas de los muertos, los estranguladores, que se posan en los árboles del bosque, Acechadores de todo lo humano, enemigas del mal y del bien. —Rua, mírame, bésame, mira a mis ojos y lee; ¿Son estos los ojos de una doncella que dejaría a su amado en la necesidad? Valiente a la luz del día, mi padre mandó en el combate; La hija de sus entrañas, Taheia, se comportará como un hombre en la noche.

Así fue dicho, y así acordado, y Taheia se alzó Y sonrió en las estrellas y se fue, rauda como va la golondrina; Y Rua se quedó en la colina, y suspiró, y siguió su vuelo, Y ahí estaban abajo las chozas, cada una con su puerta encendida; De la gente que se sentaba en la terraza y alargaba la tarde Súbitos estallidos de risa, monótono zumbido de canto; El silencioso paso de almas sobre su cabeza en los árboles; Y de todo alrededor del puerto el desmoronado trueno de los mares.

«Adiós, mi hogar», dijo Rua. «¡Adiós, oh tranquilo asiento! Mañana en todos valles el tambor de la muerte batirá».

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