En la mente popular, un anarquista es una persona que arroja bombas y comete otros ultrajes, ya sea porque está más o menos loco, o porque utiliza el pretexto de unas opiniones políticas extremas como capa para sus inclinaciones criminales.
Esta visión es, por supuesto, inadecuada en todos los sentidos.
- Algunos anarquistas creen en arrojar bombas; muchos no.
- Hombres de casi cualquier otra tendencia de opinión creen en arrojar bombas en circunstancias adecuadas: por ejemplo, los hombres que arrojaron la bomba en Sarajevo que inició la presente guerra no eran anarquistas, sino nacionalistas.
- Y aquellos anarquistas que están a favor de arrojar bombas no difieren en este aspecto en ningún principio vital del resto de la comunidad, con la excepción de esa porción infinitesimal que adopta la actitud de no resistencia de Tolstói.
Los anarquistas, al igual que los socialistas, suelen creer en la doctrina de la lucha de clases, y si utilizan bombas, es como los gobiernos utilizan las bombas, con fines de guerra: pero por cada bomba fabricada por un anarquista, muchos millones son fabricadas por los gobiernos, y por cada hombre muerto por la violencia anarquista, muchos millones mueren por la violencia de los Estados.
Podemos, por lo tanto, descartar de nuestra mente toda la cuestión de la violencia, que desempeña un papel tan importante en la imaginación popular, ya que no es ni esencial ni peculiar de quienes adoptan la postura anarquista.
El anarquismo, como indica su derivación, es la teoría que se opone a toda clase de gobierno coactivo. Se opone al Estado como encarnación de la fuerza empleada en el gobierno de la comunidad.
El gobierno que el anarquismo puede tolerar debe ser un gobierno libre, no meramente en el sentido de que sea el de una mayoría, sino en el sentido de que sea aquel al que todos asienten.
Los anarquistas se oponen a instituciones tales como la policía y la ley penal, mediante las cuales la voluntad de una parte de la comunidad es impuesta a otra parte. A su juicio, la forma democrática de gobierno no es enormemente preferible a otras formas en tanto en cuanto las minorías se vean compelidas por la fuerza o su potencialidad a someterse a la voluntad de las mayorías.
La libertad es el bien supremo en el credo anarquista, y la libertad se busca por el camino directo de abolir todo control coactivo sobre el individuo por parte de la comunidad.
El anarquismo, en este sentido, no es una doctrina nueva. Lo expone admirablemente Chuang Tzu, un filósofo chino que vivió alrededor del año 300 a. C.:—
Los caballos tienen pezuñas para llevarlos sobre la escarcha y la nieve; pelo, para protegerlos del viento y el frío. Comen hierba y beben agua, y cocean al aire en los campos. Tal es la verdadera naturaleza de los caballos. Las viviendas palaciegas no les sirven de nada.
Un día apareció Po Lo diciendo:
"Entiendo de la administración de caballos".
De modo que los marcó, y los esquiló, y les desbastó las pezuñas, y les puso jáquimas, atándolos por la cabeza y grillándolos por los pies, y disponiéndolos en establos, con el resultado de que dos o tres de cada diez murieron.
Luego los tuvo hambrientos y sedientos, trotándolos y galopándolos, y acicalándolos, y recortándolos, con la miseria de la brida con borlas delante y el miedo del látigo nudoso detrás, hasta que más de la mitad de ellos hubieron muerto.
El alfarero dice: "Puedo hacer con el Barro lo que quiera. Si lo quiero redondo, uso el compás; si rectangular, la escuadra".
El carpintero dice:
"Puedo hacer con la madera lo que quiera. Si la quiero curva, uso un arco; si recta, una línea".
Pero ¿con qué fundamento podemos pensar que las naturalezas de la arcilla y de la madera desean esta aplicación del compás y de la escuadra, del arco y de la línea? Sin embargo, todas las épocas ensalzan a Po Lo por su habilidad en el manejo de los caballos, y a los alfareros y carpinteros por su destreza con la arcilla y la madera. Quienes gobiernan el imperio incurren en el mismo error.
Ahora contemplo el gobierno del imperio desde un punto de vista completamente distinto.
Los hombres tienen ciertos instintos naturales: tejer y vestirse, labrar y alimentarse. Estos son comunes a toda la humanidad y todos coinciden en ellos. Tales instintos se denominan «enviados por el Cielo».
Y así, en los días en que prevalecían los instintos naturales, los hombres se movían silenciosamente y miraban fijamente.
En aquel tiempo no había caminos sobre las montañas, ni barcos, ni puentes sobre el agua. Todas las cosas eran producidas, cada una para su propia esfera adecuada. Las aves y las bestias se multiplicaban, los árboles y los arbustos crecían. A los primeros se los podía llevar de la mano; uno podía trepar y asomarse al nido del cuervo.
Porque entonces el hombre habitaba con las aves y las bestias, y toda la creación era una sola. No había distinciones entre hombres buenos y malos. Al estar todos igualmente sin conocimiento, su virtud no podía descarriarse. Al estar todos igualmente sin malos deseos, se encontraban en un estado de integridad natural, la perfección de la existencia humana.
Mas cuando aparecieron los Sabios, tropezando a la gente con la caridad y encadenándola con el deber hacia el prójimo, la duda se abrió camino en el mundo. Y entonces, con su entusiasmo por la música y su alboroto por las ceremonias, el imperio se dividió contra sí mismo.11
El Anarquismo moderno, en el sentido en que nos ocuparemos de él, está asociado con la creencia en la propiedad comunal de la tierra y del capital, y es por tanto, en un aspecto importante, afín al Socialismo. Esta doctrina se denomina propiamente Anarquismo Comunista, pero como abarca prácticamente a todo el anarquismo moderno, podemos ignorar por completo el anarquismo individualista y concentrar la atención en la forma comunista.
Tanto el Socialismo como el Anarquismo Comunista han surgido de la percepción de que el capital privado es una fuente de tiranía por parte de ciertos individuos sobre otros.
- El Socialismo ortodoxo cree que el individuo será libre si el Estado se convierte en el único capitalista.
- El Anarquismo, por el contrario, teme que en tal caso el Estado pudiera limitarse a heredar las tendencias tiránicas del capitalista privado.
En consecuencia, busca un medio para conciliar la propiedad comunal con la mayor disminución posible de los poderes del Estado y, de hecho, en última instancia, con la abolición completa del Estado. Ha surgido principalmente dentro del movimiento socialista como su ala extrema izquierda.
En el mismo sentido en que puede considerarse a Marx como el fundador del socialismo moderno, puede considerarse a Bakunin como el fundador del comunismo anarquista.
Pero Bakunin no produjo, como Marx, un cuerpo de doctrina acabado y sistemático. La aproximación más cercana a esto se encuentra en los escritos de su seguidor, Kropotkin.
Para explicar el anarquismo moderno, comenzaremos con la vida de Bakunin12 y la historia de sus conflictos con Marx, y luego daremos una breve explicación de la teoría anarquista tal como se expone en parte en sus escritos, pero más en los de Kropotkin.13
Mijail Bakunin nació en 1814 en el seno de una familia aristocrática rusa. Su padre era diplomático y, en el momento del nacimiento de Bakunin, se había retirado a su finca campestre en la gobernación de Tver.
Bakunin ingresó en la escuela de artillería de Petersburgo a la edad de quince años, y a los dieciocho fue enviado como alférez a un regimiento estacionado en la gobernación de Minsk. La insurrección polaca de 1830 acababa de ser aplastada.
«El espectáculo de la Polonia aterrorizada», dice Guillaume, «actuó poderosamente sobre el corazón del joven oficial y contribuyó a inspirarle el horror al despotismo».
Esto lo llevó a abandonar la carrera militar tras un periodo de prueba de dos años.
En 1834 renunció a su cargo militar y se fue a Moscú, donde pasó seis años estudiando filosofía.
Como todos los estudiantes de filosofía de aquel periodo, se convirtió en hegeliano, y en 1840 fue a Berlín para continuar sus estudios, con la esperanza de llegar a ser profesor.
Pero después de este tiempo sus opiniones experimentaron un rápido cambio. Le resultó imposible aceptar la máxima hegeliana de que todo lo que es, es racional, y en 1842 emigró a Dresde, donde empezó a relacionarse con Arnold Ruge, el editor de los "Deutsche Jahrbuecher".
Por entonces ya se había convertido en un revolucionario, y al año siguiente se atrajo la hostilidad del gobierno sajón.
Esto lo condujo a ir a Suiza, donde entró en contacto con un grupo de comunistas alemanes, pero, como la policía suiza lo importunaba y el Gobierno ruso exigía su regreso, se trasladó a París, donde permaneció de 1843 a 1847.
Estos años en París fueron importantes en la formación de su perspectiva y sus opiniones. Conoció a Proudhon, quien ejerció una influencia considerable sobre él; también a George Sand y a muchas otras personas bien conocidas.
Fue en París donde conoció por primera vez a Marx y a Engels, con quienes mantendría una batalla de por vida. Mucho más tarde, en 1871, dio el siguiente relato de sus relaciones con Marx en aquella época:—
Marx estaba mucho más adelantado que yo, como sigue estando hoy no más adelantado, sino incomparablemente más instruido que yo. Yo no sabía entonces nada de economía política. Aún no me había librado de las abstracciones metafísicas, y mi socialismo era meramente instintivo.
Él, aunque más joven que yo, ya era ateo, un materialista instruido, un socialista de convicciones firmes. Fue precisamente en esta época cuando elaboró los primeros cimientos de su sistema actual.
Nos veíamos bastante a menudo, pues yo lo respetaba mucho por su saber y por su apasionada y seria devoción (aunque siempre mezclada con vanidad personal) a la causa del proletariado, y buscaba con anhelo su conversación, que siempre era instructiva e ingeniosa, cuando no estaba inspirada por un odio mezquino, lo cual, ¡ay!, ocurría con demasiada frecuencia.
Pero jamás hubo una intimidad franca entre nosotros. Nuestros temperamentos no lo habrían tolerado. Él me llamaba idealista sentimental, y tenía razón; yo lo llamaba hombre vano, pérfido y astuto, y también tenía razón.
Bakunin nunca logró permanecer mucho tiempo en un lugar sin incurrir en la enemistad de las autoridades. En noviembre de 1847, a raíz de un discurso en el que alababa el levantamiento polaco de 1830, fue expulsado de Francia a petición de la Embajada rusa, la cual, con el fin de privarle de la simpatía pública, difundió el rumor infundado de que había sido agente del Gobierno ruso, pero que ya no era deseado porque había ido demasiado lejos. El Gobierno francés, mediante una reticencia calculada, fomentó esta historia, que le persiguió más o menos durante toda su vida.
Obligado a abandonar Francia, se fue a Bruselas, donde renovó su conocimiento con Marx. Una carta suya, escrita por entonces, muestra que ya abrigaba ese odio amargo por el que más tarde tuvo sobrados motivos.
«Los alemanes, artesanos, Bornstedt, Marx y Engels —y, por encima de todo, Marx— están aquí, haciendo sus travesuras habituales. Vanidad, rencor, chismes, prepotencia teórica y pusilanimidad práctica—reflexiones sobre la vida, la acción y la sencillez, y completa ausencia de vida, acción y sencillez— artesanos literarios y argumentativos y coquetería repulsiva con ellos: "Feuerbach es un burgués", y la palabra "burgués" convertida en un epíteto y repetida ad nauseam, pero todos ellos de la cabeza a los pies, de arriba abajo, burgueses provincianos. En una palabra, mentira y estupidez, estupidez y mentira. En esta sociedad no hay posibilidad de respirar libre y plenamente. Me mantengo al margen de ellos y he declarado rotundamente que no me uniré a su unión comunista de artesanos, y que no quiero saber nada de ella».
La Revolución de 1848 le impulsó a regresar a París y de ahí a Alemania.
Tuvo una disputa con Marx sobre un asunto en el que él mismo confesó más tarde que Marx tenía razón. Se convirtió en miembro del Congreso Eslavo en Praga, donde se esforzó en vano por promover una insurrección eslava.
Hacia finales de 1848, escribió un "Llamamiento a los eslavos", en el que les instaba a unirse con otros revolucionarios para destruir las tres monarquías opresoras: Rusia, Austria y Prusia. Marx le atacó por escrito, afirmando, en esencia, que el movimiento por la independencia de Bohemia era fútil porque los eslavos no tenían futuro, al menos en aquellas regiones donde casualmente estaban sujetos a Alemania y Austria. Bakunin acusó a Marx de patriotismo alemán en este asunto, y Marx le acusó a él de paneslavismo, sin duda en ambos casos con razón.
Antes de esta disputa, sin embargo, había tenido lugar un enfrentamiento mucho más serio. El periódico de Marx, la "Neue Rheinische Zeitung", afirmó que George Sand poseía documentos que probaban que Bakunin era un agente del gobierno ruso y uno de los responsables de la reciente detención de polacos. Bakunin, por supuesto, repudió la acusación, y George Sand escribió a la "Neue Rheinische Zeitung" negando esta afirmación por completo.
Las negativas fueron publicadas por Marx, y hubo una reconciliación nominal, pero a partir de entonces nunca hubo una tregua real en la hostilidad entre estos líderes rivales, que no volvieron a encontrarse hasta 1864.
Mientras tanto, la reacción había ido ganando terreno en todas partes. En mayo de 1849, una insurrección en Dresde hizo que los revolucionarios se apoderaran de la ciudad por un momento. La mantuvieron durante cinco días y establecieron un gobierno revolucionario. Bakunin fue el alma de la defensa que opusieron a las tropas prusianas. Pero fueron derrotados y, por fin, Bakunin fue capturado cuando intentaba huir con Heubner y Richard Wagner; este último, afortunadamente para la música, no fue capturado.
Ahora comenzó un largo período de encarcelamiento en muchas prisiones y varios países.
- Bakunin fue condenado a muerte el 14 de enero de 1850, pero su pena fue conmutada al cabo de cinco meses, y fue entregado a Austria, que reclamó el privilegio de castigarlo.
- Los austríacos, a su vez, lo condenaron a muerte en mayo de 1851, y de nuevo su sentencia fue conmutada por cadena perpetua.
- En las prisiones austríacas llevaba grilletes en manos y pies, y en una de ellas estuvo incluso encadenado a la pared por el cinturón.
Parece que el castigo de Bakunin reportaba un placer peculiar, pues el gobierno ruso, a su vez, lo reclamó a los austríacos, quienes se lo entregaron. En Rusia fue recluido, primero en la fortaleza de Pedro y Pablo y después en Schlüsselburg.
Allí sufrió de escorbuto y se le cayeron todos los dientes. Su salud se quebrantó por completo y le era casi imposible asimilar cualquier alimento.
"Pero, si su cuerpo se debilitaba, su espíritu permanecía inflexible. Temía una cosa por encima de todo. Era encontrarse algún día llevado, por la acción debilitante de la prisión, a la condición de degradación de cuyo tipo bien conocido ofrece Silvio Pellico. Temía dejar de odiar, sentir que el sentimiento de revuelta que lo sostenía se extinguía en su corazón, llegar a perdonar a sus persecutores y resignarse a su destino. Pero este temor era superfluo; su energía no lo abandonó un solo día, y salió de su celda siendo el mismo hombre que cuando entró".14
Tras la muerte del zar Nicolás, muchos presos políticos fueron amnistiados, pero Alejandro II tachó de su puño y letra el nombre de Bakunin de la lista. Cuando la madre de Bakunin logró conseguir una entrevista con el nuevo zar, este le dijo: «Sepa, Madame, que mientras su hijo viva, jamás podrá ser libre». Sin embargo, en 1857, tras ocho años de cautiverio, fue enviado a la relativa libertad de Siberia. Desde allí, en 1861, logró escapar a Japón, y desde este a Londres a través de América. Había sido encarcelado por su hostilidad hacia los gobiernos, pero, por extraña paradoja, sus sufrimientos no habían surtido el efecto previsto de hacerle amar a quienes se los habían infligido. A partir de entonces, se consagró a propagar el espíritu de la revuelta anarquista, sin tener ya que sufrir ningún otro periodo de prisión. Durante algunos años vivió en Italia, donde fundó en 1864 una «Fraternidad Internacional» o «Alianza de Revolucionarios Socialistas». Esta agrupaba a hombres de muchos países, pero al parecer a ningún alemán. Se dedicó en gran medida a combatir el nacionalismo de Mazzini. En 1867 se trasladó a Suiza, donde al año siguiente ayudó a fundar la «Alianza Internacional de la Demo- cracia Socialista», de la cual redactó el programa. Este programa ofrece un buen y sucinto resumen de sus opiniones:—
La Alianza se declara atea; desea la abolición definitiva y total de las clases y la igualdad política y la equiparación social de los individuos de ambos sexos.
Desea que la tierra, instrumento de trabajo, al igual que todo el resto del capital, al convertirse en propiedad colectiva de toda la sociedad, no pueda ser utilizada en adelante sino por los trabajadores, es decir, por las asociaciones agrícolas e industriales.
Reconoce que todos los Estados políticos y autoritarios actualmente existentes, reduciéndose cada vez más a las simples funciones administrativas de los servicios públicos en sus respectivos países, deben desaparecer en la unión universal de las asociaciones libres, tanto agrícolas como industriales.
La Alianza Internacional de la Democracia Socialista deseaba convertirse en una sección de la Asociación Internacional de los Trabajadores, pero se le denegó la admisión bajo el argumento de que las secciones debían ser locales y no podían ser internacionales por sí mismas. El grupo de Ginebra de la Alianza, sin embargo, fue admitido más tarde, en julio de 1869.
La Asociación Internacional de Trabajadores había sido fundada en Londres en 1864, y sus estatutos y programa fueron redactados por Marx. Bakunin al principio no esperaba que fuera un éxito y se negó a unirse a ella. Pero se extendió con notable rapidez en muchos países y pronto se convirtió en una gran potencia para la propagación de las ideas socialistas. Al principio no era en absoluto totalmente socialista, pero en sucesivos congresos Marx la ganó cada vez más para sus puntos de vista. En su tercer Congreso, celebrado en Bruselas en septiembre de 1868, se convirtió definitivamente en socialista.
Mientras tanto Bakunin, arrepintiéndose de su anterior abstención, había decidido unirse a ella, y trajo consigo a un número considerable de seguidores en la Suiza francesa, Francia, España e Italia.
En el cuarto Congreso, celebrado en Basle en septiembre de 1869, dos corrientes se perfilaron claramente.
- Los alemanes e ingleses siguieron a Marx en su creencia en el Estado tal como este debía llegar a ser tras la abolición de la propiedad privada; lo siguieron también en su deseo de fundar Partidos Laborales en los diversos países, y de utilizar la maquinaria de la democracia para la elección de representantes obreros a los Parlamentos.
- Por otra parte, las naciones latinas siguieron en lo fundamental a Bakunin al oponerse al Estado y descreer de la maquinaria del gobierno representativo.
El conflicto entre estos dos grupos se volvió cada vez más encarnizado, y ambos se acusaron mutuamente de diversas faltas. La afirmación de que Bakunin era un espía se repitió, pero fue retirada tras una investigación. Marx escribió en una comunicación confidencial a sus amigos alemanes que Bakunin era un agente del partido paneslavista y que recibía de ellos 25.000 francos al año.
Mientras tanto, Bakunin se interesó temporalmente por el intento de promover una revuelta agraria en Rusia, lo que le llevó a descuidar la pugna en la Internacional en un momento crucial.
Durante la guerra franco-prusiana, Bakunin se puso apasionadamente del lado de Francia, especialmente tras la caída de Napoleón III. Se esforzó por incitar al pueblo a una resistencia revolucionaria como la de 1793, y se vio envuelto en un intento abortado de revuelta en Lyon. El gobierno francés lo acusó de ser un agente pagado de Prusia, y con dificultad logró escapar a Suiza.
La disputa con Marx y sus seguidores se había visto exacerbada por el conflicto nacional. Bakunin, al igual que Kropotkin después de él, consideraba el nuevo poder de Alemania como la mayor amenaza para la libertad en el mundo. Odiaba a los alemanes con un odio acérrimo, en parte, sin duda, a causa de Bismarck, pero probablemente aún más a causa de Marx. Hasta el día de hoy, el anarquismo ha permanecido casi exclusivamente circunscrito a los países latinos, y se ha asociado a un odio hacia Alemania, surgido de las luchas entre Marx y Bakunin en la Internacional.
La represión definitiva de la facción de Bakunin se produjo en el Congreso General de la Internacional celebrado en La Haya en 1872. El lugar de reunión fue elegido por el Consejo General (en el que Marx no tenía oposición), con la intención —según sostienen los amigos de Bakunin— de hacer que el acceso fuera imposible para Bakunin (debido a la hostilidad de los gobiernos francés y alemán) y difícil para sus amigos. Bakunin fue expulsado de la Internacional como resultado de un informe que lo acusaba, entre otras cosas, de robo respaldado por la intimidación.
La ortodoxia de la Internacional quedó a salvo, pero a costa de su vitalidad. A partir de este momento, dejó de ser por sí misma una potencia, pero ambas secciones continuaron trabajando en sus diversos grupos, y los grupos socialistas en particular crecieron rápidamente.
A la postre se formó una nueva Internacional (1889) que continuó hasta el estallido de la presente guerra. En cuanto al futuro del socialismo internacional, sería imprudente profetizar, aunque parecería que la idea internacional ha adquirido la fuerza suficiente como para necesitar de nuevo, tras la guerra, algún medio de expresión similar al que encontró antes en los congresos socialistas.
Por entonces la salud de Bakunin estaba quebrantada y, salvo por unos breves intervalos, vivió retirado hasta su muerte en 1876.
La vida de Bakunin, a diferencia de la de Marx, fue muy agitada. Todo tipo de rebelión contra la autoridad despertaba siempre su simpatía, y al apoyarla jamás prestó la más mínima atención al riesgo personal.
Su influencia, sin duda muy grande, surgió principalmente a través del influjo de su personalidad sobre individuos importantes.
Sus escritos difieren de los de Marx tanto como su vida, y de manera similar. Son caóticos, en su mayor parte suscitados por alguna ocasión pasajera, abstractos y metafísicos, excepto cuando tratan de la política actual. No aborda de cerca los hechos económicos, sino que habita por lo general en las regiones de la teoría y la metafísica.
Cuando desciende de estas regiones, está mucho más a merced de la política internacional del momento que Marx, mucho menos imbuido de las consecuencias de la creencia de que son las causas económicas las fundamentales. Elogió a Marx por enunciar esta doctrina,15 pero, sin embargo, siguió pensando en términos de naciones.
Su obra más extensa, L'Empire Knouto-Germanique et la Révolution Sociale, trata principalmente de la situación en Francia durante las últimas fases de la guerra franco-prusiana, y de los medios para resistir al imperialismo alemán. La mayor parte de su obra escrita fue realizada a prisa en el intervalo entre dos insurrecciones. Hay algo de anarquismo en su falta de orden literario. Su obra más conocida es un fragmento titulado por sus editores Dios y el Estado.16
En esta obra representa la creencia en Dios y la creencia en el Estado como los dos grandes obstáculos para la libertad humana.
Un pasaje típico servirá para ilustrar su estilo.
El Estado no es la sociedad, solo es una forma histórica de ella, tan brutal como abstracta. Nació históricamente en todos los países del matrimonio de la violencia, la rapiña, el pillaje, en una palabra, la guerra y la conquista, con los dioses sucesivamente creados por la fantasía teológica de las naciones. Ha sido desde su origen, y sigue siendo todavía en la actualidad, la sanción divina de la fuerza brutal y de la desigualdad triunfante.
El Estado es autoridad; es fuerza; es la ostentación y la infatuación de la fuerza: no se insinúa; no busca convertirse. . . .
Aun cuando manda lo que es bueno, lo estorba y lo arruina, precisamente porque lo manda, y porque todo mandato provoca y excita las legítimas rebeldías de la libertad; y porque el bien, a partir del momento en que es mandado, se vuelve mal desde el punto de vista de la verdadera moralidad, de la moralidad humana (sin duda no de la divina), desde el punto de vista del respeto humano y de la libertad.
La libertad, la moralidad y la dignidad humana del hombre consisten precisamente en esto: en que hace el bien, no porque se le mande, sino porque lo concibe, lo quiere y lo ama.
No encontramos en la obra de Bakunin un cuadro claro de la sociedad a la que aspiraba, ni argumento alguno que pruebe que semejante sociedad pudiera ser estable. Si deseamos comprender el anarquismo, debemos acudir a sus seguidores, y en especial a Kropotkin —como él, un aristócrata ruso familiarizado con las prisiones de Europa, y, como él, un anarquista que, a pesar de su internacionalismo, está imbuido de un ardiente odio hacia los alemanes.
Kropotkin ha dedicado gran parte de sus escritos a cuestiones técnicas de la producción. En "Campos, fábricas y talleres" y en "La conquista del pan" se ha propuesto demostrar que, si la producción fuera más científica y estuviera mejor organizada, una cantidad comparativamente pequeña de trabajo bastante agradable bastaría para mantener a toda la población en condiciones de bienestar.
Aun suponiendo, como probablemente debemos hacer, que exagera un poco lo que es posible con nuestros conocimientos científicos actuales, hay que reconocer, sin embargo, que sus argumentos contienen una medida muy grande de verdad. Al abordar el tema de la producción ha demostrado que conoce cuál es la cuestión verdaderamente crucial.
Si la civilización y el progreso han de ser compatibles con la igualdad, es necesario que la igualdad no suponga largas horas de fatigoso trabajo por algo más que lo estrictamente necesario para la vida, ya que, donde no hay tiempo libre, el arte y la ciencia morirán y todo progreso se hará imposible. La objeción que algunos sienten tanto hacia el socialismo como hacia el anarquismo por este motivo no puede sostenerse en vista de la productividad potencial del trabajo.
El sistema al que Kropotkin aspira, sea o no posible, es sin duda uno que exige una mejora muy grande en los métodos de producción en comparación con lo que es habitual en la actualidad.
Desea abolir por completo el sistema de salarios, no sólo, como hacen la mayoría de los socialistas, en el sentido de que a un hombre se le deba pagar más por su disposición a trabajar que por el trabajo real que se le demanda, sino en un sentido más fundamental: no ha de haber obligación de trabajar, y todas las cosas han de ser compartidas en proporciones iguales entre toda la población.
Kropotkin confía en la posibilidad de hacer que el trabajo sea agradable: sostiene que, en una comunidad como la que prevé, prácticamente todos preferirán el trabajo a la ociosidad, porque el trabajo no implicará exceso de trabajo ni esclavitud, ni esa especialización excesiva que el industrialismo ha traído consigo, sino que será meramente una actividad placentera durante ciertas horas del día, dando al hombre una vía de escape para sus impulsos constructivos espontáneos.
No ha de haber coacción, ni ley, ni gobierno que ejerza la fuerza; aún habrá actos de la comunidad, pero estos han de surgir del consentimiento universal, no de ninguna sumisión impuesta ni siquiera de la minoría más pequeña.
En un capítulo posterior examinaremos hasta qué punto un ideal así es realizable, pero no se puede negar que Kropotkin lo presenta con una persuasión y un encanto extraordinarios.
Haríamos más que justicia al anarquismo si no dijéramos algo de su lado más oscuro, el lado que lo ha llevado a entrar en conflicto con la policía y ha hecho que sea una palabra de terror para los ciudadanos corrientes.
En sus doctrinas generales no hay nada que implique esencialmente métodos violentos o un odio virulento hacia los ricos, y muchos de los que adoptan estas doctrinas generales son personas apacibles y temperamentales adversas a la violencia.
Pero el tono general de la prensa y del público anarquista es amargo hasta un punto que parece apenas cuerdo, y el llamamiento, especialmente en los países latinos, se dirige más a la envidia de los afortunados que a la piedad hacia los desafortunados.
Un relato vívido y legible, aunque no del todo fiable, desde un punto de vista hostil, se ofrece en un libro titulado "Le Péril Anarchiste", de Félix Dubois,17 que reproduce incidentalmente una serie de caricaturas de periódicos anarquistas.
La revuelta contra la ley conduce naturalmente, excepto en aquellos que están dominados por una verdadera pasión por la humanidad, a una relajación de todas las reglas morales comúnmente aceptadas, y a un amargo espíritu de crueldad vengativa del que difícilmente puede salir algo bueno.
Una de las características más curiosas del anarquismo popular es su martirologio, que imita las formas cristianas, con la guillotina (en Francia) en lugar de la cruz. Muchos de los que han sufrido la muerte a manos de las autoridades a causa de actos de violencia fueron sin duda mártires genuinos por su fe en una causa, pero otros, igualmente homenajeados, son más cuestionables.
Uno de los ejemplos más curiosos de esta vía de escape para el impulso religioso reprimido es el culto a Ravachol, quien fue guillotinado en 1892 debido a varios atentados con dinamita. Su pasado era dudoso, pero murió desafiante; sus últimas palabras fueron tres versos de una conocida canción anarquista, el «Chant du Pere Duchesne»:—
> Si tu veux etre heureux,
> Nom de Dieu!
> Pends ton proprietaire.Como era natural, los principales anarquistas no tomaron parte en la canonización de su memoria; sin embargo, esta prosiguió con las más asombrosas extravagancias.
Sería totalmente injusto juzgar la doctrina anarquista, o las opiniones de sus principales exponentes, por tales fenómenos; pero sigue siendo un hecho que el anarquismo atrae hacia sí mucho de lo que se encuentra en la frontera entre la locura y el crimen común.18
Esto debe recordarse en exculpación de las autoridades y del público imprudente, que a menudo confunden en una aversión común a los parásitos del movimiento y a los hombres verdaderamente heroicos y de altas miras que han elaborado sus teorías y sacrificado el bienestar y el éxito por su propagación.
La campaña terrorista en la que hombres como Ravachol estuvieron activos prácticamente llegó a su fin en 1894. Después de ese tiempo, bajo la influencia de Pelloutier, los anarquistas de mejor calaña encontraron una vía de escape menos dañina al abogar por el sindicalismo revolucionario en los Sindicatos y las Bourses du Travail.19
La organización ECONÓMICA de la sociedad, tal como la conciben los comunistas anarquistas, no difiere gran cosa de la que buscan los socialistas. Su diferencia con los socialistas radica en la cuestión del gobierno: exigen que el gobierno requiera el consentimiento de todos los gobernados, y no solo el de una mayoría.
Es innegable que el gobierno de una mayoría puede ser casi tan hostil a la libertad como el gobierno de una minoría: el derecho divino de las mayorías es un dogma que posee tan poca verdad absoluta como cualquier otro.
Un Estado democrático fuerte puede ser conducido fácilmente a la opresión de sus mejores ciudadanos, a saber, aquellos cuya independencia mental los convertiría en una fuerza para el progreso. La experiencia del gobierno parlamentario democrático ha demostrado que se queda muy corto respecto a lo que los primeros socialistas esperaban de él, y la revuelta anarquista en su contra no resulta sorprendente.
Pero, bajo la forma del anarquismo puro, esta revuelta ha permanecido débil y esporádica. Es el sindicalismo, y los movimientos a los que el sindicalismo ha dado lugar, lo que ha popularizado la revuelta contra el gobierno parlamentario y los medios puramente políticos para emancipar al asalariado. Pero este movimiento debe abordarse en un capítulo aparte.