Aurora
Esta bruja consiguió que dos señoras la visitaran. Una de ellas pertenecía a la corte, y a su marido lo habían enviado a una embajada lejana y difícil. La otra era una joven viuda cuyo marido había muerto hacía poco, y que desde entonces había perdido la vista. Watho las hospedó en diferentes partes de su castillo, y no sabían la una de la existencia de la otra.
El castillo se alzaba en la ladera de una colina que descendía suavemente hacia un valle estrecho, por el que corría un río de lecho guijarroso y murmullo constante.
El jardín llegaba hasta la orilla del río, cercado por altos muros que cruzaban el curso del agua y allí terminaban. Cada muro tenía una doble hilera de almenas, y entre ambas hileras había un camino estrecho.
En el piso más alto del castillo, la dama Aurora ocupaba un espacioso apartamento de varias habitaciones grandes orientadas hacia el sur.
Las ventanas sobresalían en forma de mirador sobre el jardín de abajo, y desde ellas se divisaba una vista espléndida tanto río arriba como río abajo y al otro lado. El lado opuesto del valle era empinado, pero no muy alto. A lo lejos se veían cumbres nevadas.
Aurora rara vez abandonaba estas habitaciones, pero sus espacios ventilados, el brillante paisaje y el cielo, la abundante luz solar, los instrumentos musicales, los libros, los cuadros, las rarezas, junto con la compañía de Watho, que se mostraba encantadora, impedían cualquier atisbo de aburrimiento. Tenía carne de venado y caza de pluma para comer, y leche y un vino pálido, soleado y espumoso para beber.
Tenía el cabello de oro amarillo, ondulado y rizado; su cutis era terso, no blanco como el de Watho, y sus ojos eran del azul del cielo cuando más azul es; sus facciones eran delicadas pero firmes, su boca grande y finamente curvada, y habitada por sonrisas.