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II. Proféticas

En algún momento de la década de los ochenta, Taylor introdujo sus principios de la administración científica. Algún espíritu ingenioso, inspirado indirectamente sin duda por él, produjo el siguiente invento para organizar las actividades del hombre.

Cierto establecimiento estadounidense pagaba a sus empleados sobre la base de «trabajo a destajo», es decir, a tarifa por pieza con un tiempo límite para la ejecución de la tarea unitaria.

Al trabajador se le pagaba una bonificación del 25 % sobre el salario ordinario por la realización de su tarea, pero al calculista de tareas y tiempos se le pagaba una bonificación basada en el número de hombres que no lograban ganar sus bonificaciones. La aparente desventaja para el trabajador, sin embargo, se contrarrestaba proporcionándole un capataz a quien también se le pagaba sobre la base del número de hombres a su cargo que «cumplían con sus tareas».

Como comenta Muscio⁠1, «La situación era entonces la siguiente: al obrero se le daba una bonificación como incentivo para realizar esfuerzos intensos con el fin de cumplir una tarea en un tiempo determinado; al capataz se le pagaba "dinero de sangre" para hostigar al hombre si este aflojaba, y al calculista de tareas y tiempos también se le pagaba "dinero de sangre" para fijar los tiempos de forma tan breve que "el cumplimiento de las tareas" implicara un gasto superior a la mayor cantidad razonable de energía».

Los Sindicatos se enteraron de esto, con el resultado de que la Organización Científica del Trabajo de ese tipo está hoy más muerta que un cochino en Nochebuena. El interés público decae.

Pero en principio era correcto; correcto en el sentido de que su inventor intuyó algo que a la larga resultará eficaz. Cometió el error que probablemente comete todo inventor. Construyó una máquina con el poder de hacerse saltar en pedazos; pero esto solo demuestra que el poder está ahí, y es un poder que debe controlarse.

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