Los hechos sacados a la luz en la esfera de la industria tienen aplicación en la política, así que volvámonos hacia la política y las artes de gobierno. Consideren los políticos, por ejemplo, el descubrimiento de que la incidencia de la neurosis de guerra en el combate, y de los trastornos nerviosos en tiempos de paz, es mayor en las ocupaciones peligrosas que son también las más propensas a la agitación industrial.
Tales hechos nos impiden ver al trabajador descontento ya sea como un idealista martirizado, o como un mero criminal. El caso es equiparable a la sugerencia de que la deserción y la simulación en los ejércitos exhaustos son síntomas o «reacciones de defensa» ante una neurosis de guerra incipiente. Nos imponen un punto de vista más desapasionado y más terapéutico.
El criminal en general empieza a ser considerado bajo esta luz. Dirijámonos ahora al anarquista, y el psicoanalista le explicará que sus actividades son síntomas menores de su «complejo de padre», que el encarcelamiento, por ejemplo, no hará más que intensificar.
Del conocimiento de las condiciones de estas cosas procede el control. Posiblemente las medidas punitivas sean genuinamente causas contrarrestantes. Quizá, sin embargo, la ciencia empírica declare que el mejor tratamiento para un anarquista es hacerle alcalde, y el mejor remedio para un partido laborista militante sea un periodo de gobierno supervisado sensatamente por nuestros funcionarios permanentes. El futuro estudiante de los asuntos sociales se ocupará de la investigación científica de las fuentes del poder y de sus reservas sociales. El «partido en el poder», como se le llama caritativamente, no tiene gran cosa. La opinión pública parece tener mucho más. De hecho, la función