LXVIII
Tras misa un bocado tomó con los suyos; alegre era la mañana, mandó traer su montura; y los nobles todos, que habrían de seguir la caza, para la cabalgata listos estaban, formados a las puertas.
Bello reluce el campo, pues la escarcha se aferra, ardiente rojo sobre el celaje se alza el sol y ribetea de carmesí las nubes del firmamento.
Los cazadores soltaron junto a un soto, las rocas en el bosque resonaron con sus cuernos, los sabuesos dieron con el rastro donde el zorro los aguardaba, cruzado y recruzado, por obra de sus mañas. Un lebrel dio un grito y llamó el montero, y llegaron los perros jadeantes, todos en jauría, corrieron en tropel, derechos a la pista— y él huyó de un brinco ante ellos; lo hallaron al punto, y, en cuanto lo avistaron, lo persiguieron a toda velocidad y delataron al pobre Reynard con airado clamor.
Entonces esquivó y dobló por hondonada y bosquecillo, se detuvo y escuchó junto a los setos muy a menudo; al fin por una pequeña zanja saltó un vallado, y se escabulló muy callado, extraviado junto a una espesura— creyó haber burlado a los sabuesos con sus ardides, mas fue a dar, antes de saberlo, en uno de los puestos ¡donde tres hombres de frente lo amenazaron a la vez, el gris!
De nuevo se desvió presto, y emprendió veloz huida, y con cuanta pena hay en el mundo al bosque se fue de retirada.