condena por haber sido uno de los primeros en perturbar su mandato en la mente de los hombres y romper «el Estado de Perfecta Unidad». Menciona a varios soberanos de los que apenas podemos encontrar rastro en los registros de la historia como gobernantes del periodo primogénito, y nos ofrece más de una descripción de la condición del mundo durante aquella época feliz.
No creo que Chuang-tzŭ tuviera ninguna prueba histórica de las afirmaciones que hace acerca de aquellos primeros tiempos, de los hombres que florecieron en ellos y de sus costumbres. Sus narraciones son en su mayor parte ficciones, en las que los nombres y los incidentes son de su propia invención.
No son más verdaderas como cuestiones de hecho de lo que lo son las descripciones de los personajes de El progreso del peregrino de Bunyan con respecto a individuos particulares; pero así como estas últimas son grandiosamente verdaderas para miríadas de mentes en diferentes épocas, podemos leer en las historias de Chuang-tzŭ los pensamientos de los hombres taoístas más allá de las restricciones de lugar y tiempo.
Él creía que esos pensamientos eran tan antiguos como los hombres a quienes se los atribuía. Encuentro en su creencia un fundamento para creer yo mismo que al taoísmo, así como al confucianismo, debemos atribuirles un origen mucho más temprano que el de los hombres famosos cuyos nombres llevan.
Quizás no difirieron tanto al principio como llegaron a hacerlo después en manos de Confucio y Laozi, ambos grandes pensadores, el uno más moralista y el otro más metafísico. Cuándo y cómo —si es que alguna vez estuvieron más emparentados de lo que llegaron a estarlo— se produjo su divergencia son preguntas difíciles sobre las cuales convendrá hacer algunas observaciones después de que hayamos intentado exponer los principios más importantes del taoísmo.