El Fin del Mundo
I was once sitting on a summer day in a meadow in Kent under the shadow of a little village church, with a rather curious companion with whom I had just been walking through the woods. He was one of a group of eccentrics I had come across in my wanderings who had a new religion called Higher Thought; in which I had been so far initiated as to realise a general atmosphere of loftiness or height, and was hoping at some later and more esoteric stage to discover the beginnings of thought.
My companion was the most amusing of them, for however he may have stood towards thought, he was at least very much their superior in experience, having travelled beyond the tropics while they were meditating in the suburbs; though he had been charged with excess in telling travellers’ tales. In spite of anything said against him, I preferred him to his companions and willingly went with him through the wood; where I could not but feel that his sunburnt face and fierce tufted eyebrows and pointed beard gave him something of the look of Pan.
Then we sat down in the meadow and gazed idly at the treetops and the spire of the village church; while the warm afternoon began to mellow into early evening and the song of a speck of a bird was faint far up in the sky and no more than a whisper of breeze soothed rather than stirred the ancient orchards of the garden of England.
Then my companion said to me: “Do you know why the spire of that church goes up like that?”
I expressed a respectable agnosticism, and he answered in an offhand way, “Oh, the same as the obelisks; the phallic worship of antiquity.”
Then I looked across at him suddenly as he lay there leering above his goatlike beard; and for the moment I thought he was not Pan but the Devil. No mortal words can express the immense, the insane incongruity and unnatural perversion of thought involved in saying such a thing at such a moment and in such a place. For one moment I was in the mood in which men burned witches; and then a sense of absurdity equally enormous seemed to open about me like a dawn.
“Why, of course,” I said after a moment’s reflection, “if it hadn’t been for phallic worship, they would have built the spire pointing downwards and standing on its own apex.”
I could have sat in that field and laughed for an hour. My friend did not seem offended, for indeed he was never thin-skinned about his scientific discoveries. I had only met him by chance and I never met him again, and I believe he is now dead; but though it has nothing to do with the argument, it may be worth while to mention the name of this adherent of Higher Thought and interpreter of primitive religious origins; or at any rate the name by which he was known. It was Louis de Rougemont.
Esa imagen demente de la iglesia de Kent apoyada sobre la punta de su aguja, como en algún viejo cuento rústico al revés, siempre vuelve a mi imaginación cuando oigo decir estas cosas sobre los orígenes paganos; y acude en auxilio de mi risa de gigantes.
Entonces siento tanta cordialidad y caridad hacia todos los demás investigadores científicos, críticos superiores y autoridades en religión antigua y moderna, como hacia el pobre Louis de Rougemont. Pero el recuerdo de ese inmenso absurdo permanece como una especie de medida y freno con el cual mantenerme cuerdo, no sólo en cuanto a las iglesias cristianas, sino también en cuanto a los templos paganos.
Ahora bien, muchísima gente ha hablado de los orígenes paganos tal como el distinguido viajero habló de los orígenes cristianos. En efecto, muchísimos paganos modernos han sido muy duros con el paganismo. muchísimos humanistas modernos han sido muy duros con la verdadera religión de la humanidad. La han presentado como si estuviera, en todas partes y desde el principio, arraigada únicamente en estos arcanos repulsivos, y portando el carácter de algo completamente desvergonzado y anárquico.
Ahora bien, no creo esto ni por un momento. Jamás se me ocurriría pensar acerca de todo el culto a Apolo lo que De Rougemont pudo pensar acerca del culto a Cristo. Nunca admitiría que en una ciudad griega hubiera una atmósfera como la que aquel loco fue capaz de oler en un pueblo de Kent.
Por el contrario, el objetivo principal, incluso de este último capítulo sobre la decadencia final del paganismo, es insistir una vez más en que la peor clase de paganismo ya había sido derrotada por la mejor.
- Fue la mejor clase de paganismo la que conquistó el oro de Cartago.
- Fue la mejor clase de paganismo la que lució los laureles de Roma.
Fue lo mejor que el mundo había visto hasta entonces, sopesadas todas las cosas y a gran escala, lo que gobernó desde el muro de los Grampianos hasta el jardín del Éufrates. Fue lo mejor lo que conquistó; fue lo mejor lo que gobernó; y fue lo mejor lo que comenzó a decaer.
A menos que se comprenda esta amplia verdad, toda la historia se interpreta de manera torcida.
- El pesimismo no consiste en estar cansado del mal, sino en estar cansado del bien.
- La desesperación no radica en estar harto del sufrimiento, sino en estar harto de la alegría.
Es cuando, por una u otra razón, las cosas buenas de una sociedad dejan de funcionar, que la sociedad comienza a declinar; cuando su comida no alimenta, cuando sus remedios no curan, cuando sus bendiciones se niegan a bendecir. Podríamos casi decir que en una sociedad sin tales cosas buenas apenas tendríamos pruebas para registrar un declive; por eso algunas de las oligarquías comerciales estáticas como Cartago tienen más bien un aire en la historia de estar de pie mirando como momias, tan secas, envueltas y embalsamadas que nadie sabe cuándo son nuevas o viejas.
Pero Cartago, al menos, estaba muerta, y el peor ataque jamás lanzado por los demonios contra la sociedad mortal había sido derrotado. Pero ¿cuánto importaría que lo peor estuviera muerto si lo mejor estuviera muriendo?
Para empezar, debe señalarse que la relación de Roma con Cartago se repitió parcialmente y se amplió en su relación con naciones más normales y más emparentadas con ella que Cartago. No me compete aquí rebatir la perspectiva meramente política de que los estadistas romanos actuaron sin escrúpulos hacia Corinto o las ciudades griegas. Pero sí me compete contradecir la noción de que no había más que una excusa hipócrita en el habitual desagrado romano hacia los vicios griegos.
No presento a estos paganos como paladines de la caballería, animados por un sentimiento sobre el nacionalismo desconocido hasta los tiempos cristianos. Los presento como hombres con sentimientos de hombres; y esos sentimientos no eran una simulación. La verdad es que una de las debilidades del culto a la naturaleza y de la mera mitología ya había producido una perversión entre los griegos, debida a la peor sofística: la sofística de la simplicidad. Así como se volvieron antinaturales al adorar la naturaleza, también se volvieron afeminados al adorar al hombre.
Si Grecia cautivó a su conquistador, pudo haberlo extraviado; pero estas eran cosas que él originalmente deseaba conquistar —incluso dentro de sí mismo—. Es verdad que, en cierto sentido, había menos inhumanidad aun en Sodoma y Gomorra que en Tiro y Sidón. Cuando consideramos la guerra de los demonios contra los niños, no podemos comparar ni siquiera la decadencia griega con el culto demoníaco púnico. Pero no es verdad que el sincero revulsivo ante cualquiera de ambos deba ser meramente farisaico. No es verdad para la naturaleza humana ni para el sentido común.
Que cualquier muchacho que haya tenido la suerte de crecer sano y sencillo en sus ensoñaciones de amor escuche por primera vez sobre el culto a Ganimedes; no solo se sentirá conmovido, sino asqueado. Y esa primera impresión, como se ha dicho aquí tantas veces sobre las primeras impresiones, será la correcta. Nuestra indiferencia cínica es una ilusión; es la mayor de todas las ilusiones: la ilusión de la familiaridad. Es correcto concebir las virtudes, más o menos rústicas, de la masa de los romanos originales reaccionando ante el mero rumor de aquello, con absoluta espontaneidad y sinceridad.
Es correcto considerarlos reaccionando, aunque en menor grado, exactamente igual que lo hicieron frente a la crueldad de Cartago. Debido a que fue en menor grado, no destruyeron Corinto como destruyeron Cartago. Pero si su actitud y su acción fueron más bien destructivas, en ninguno de los dos casos su indignación tuvo que ser una mera falsa piedad que encubriera un mero egoísmo. Y si alguien insiste en que nada pudo haber operado en ambos casos sino razones de estado y conspiraciones comerciales, solo podemos decirle que hay algo que no comprende; algo que posiblemente nunca comprenderá; algo que, hasta que no lo comprenda, jamás comprenderá a los latinos.
Eso que hay se llama democracia. Probablemente haya oído la palabra bastantes veces y hasta la haya usado él mismo; pero no tiene la menor idea de lo que significa. A lo largo de toda la historia revolucionaria de Roma hubo un impulso cesante hacia la democracia; el estado y el estadista no podían hacer nada sin un respaldo considerable de democracia; la clase de democracia que nunca tiene nada que ver con la diplomacia. Es precisamente debido a la presencia de la democracia romana que oímos hablar tanto de la oligarquía romana.
Por ejemplo, los historiadores recientes han intentado explicar el valor y la victoria de Roma en función de esa detestable y detestada usura que practicaban algunos de los patricios; como si Curius hubiera vencido a los hombres de la falange macedonia prestándoles dinero; o el cónsul Nerón hubiera negociado la victoria del Metauro al cinco por ciento. Pero percibimos la usura de los patricios debido a la revuelta perpetua de los plebeyos. El mandato de los príncipes mercaderes púnicos poseía la esencia misma de la usura. Pero jamás hubo una muchedumbre púnica que se atreviera a llamarlos usureros.
Agobiado como todas las cosas mortales por todo el pecado y la debilidad mortales, el auge de Roma había sido en realidad el auge de las cosas normales y, sobre todo, populares; y en nada más que en el odio, profundamente normal y profundamente popular, a la perversión.
Ahora bien, entre los griegos, una perversión se había convertido en convención. Es cierto que se había convertido tanto en convención, especialmente en convención literaria, que a veces era copiada convencionalmente por los literatos romanos. Pero esta es una de esas complicaciones que siempre surgen de las convenciones. No debe oscurecer nuestro sentido de la diferencia de tono entre las dos sociedades en su conjunto.
Es cierto que Virgilio podía en alguna ocasión retomar un tema de Teócrito; pero nadie puede formarse la impresión de que Virgilio sintiera especial predilección por ese tema. Los temas de Virgilio eran especial y notablemente los temas normales, y en ninguna parte más que en la moral: la piedad, el patriotismo y el honor de la campiña. Y bien podemos detenernos en el nombre del poeta al adentrarnos en el otoño de la antigüedad: en su nombre, que fue en un sentido tan supremo la voz misma del otoño, de su madurez y su melancolía; de sus frutos de cumplimiento y su perspectiva de decadencia.
Nadie que lea siquiera unas pocas líneas de Virgilio puede dudar de lo que significa la cordura moral para la humanidad. Nadie puede dudar de sus sentimientos cuando los demonios salieron huyendo ante los dioses del hogar.
Pero hay dos puntos particulares sobre él y su obra que son de especial importancia para la tesis principal aquí expuesta.
- El primero es que toda su gran epopeya patriótica se basa, en un sentido muy peculiar, en la caída de Troya; es decir, en un orgullo declarado por Troya a pesar de haber caído. Al atribuir a los troyanos la fundación de su amada raza y república, inició lo que puede llamarse la gran tradición troyana que recorre la historia medieval y moderna. Ya hemos visto el primer indicio de ello en el pathos de Homero sobre Héctor. Pero Virgilio la convirtió no solo en literatura, sino en leyenda. Y era una leyenda de la dignidad casi divina que pertenece a los vencidos. Esta fue una tradición que preparó verdaderamente al mundo para la llegada del cristianismo y, en especial, de la caballería cristiana. Esto fue lo que ayudó a sostener la civilización a través de las incesantes derrotas de la Edad Oscura y las guerras bárbaras; de las cuales nació lo que llamamos caballería. Es la actitud moral del hombre con la espalda contra la pared; y esa era la muralla de Troya.
- A lo largo de los tiempos medievales y modernos, esta versión de las virtudes en el conflicto homérico puede rastrearse de cien maneras cooperando con todo lo afín a ella en el sentimiento cristiano. A nuestros propios compatriotas, y a los hombres de otros países, les encantaba afirmar, como Virgilio, que su propia nación descendía de los heroicos troyanos. Todo tipo de gente consideraba que la heráldica más soberbia era pretender descender de Héctor. A nadie parece habérsele antiojado descender de Aquiles. El hecho mismo de que el nombre troyano se haya convertido en un nombre cristiano, y se haya extendido hasta los últimos confines de la cristiandad, a Irlanda o a las Tierras Altas gaélicas, mientras que el nombre griego ha permanecido relativamente raro y pedante, es un tributo a la misma verdad. De hecho, implica una curiosidad lingüística casi de la naturaleza de una broma. El nombre se ha convertido en verbo, y la propia frase sobre hectoring [fanfarronear], en el sentido de pavonearse, sugiere la miríada de soldados que han tomado al troyano caído como modelo. De hecho, nadie en la antigüedad era menos dado a fanfarronear que Héctor. Pero incluso el bravucón que fingía ser conquistador tomó su título del conquistado.
Por eso la popularización del origen troyano por parte de Virgilio tiene una relación vital con todos esos elementos que han hecho decir a los hombres que Virgilio era casi un cristiano. Es casi como si dos grandes herramientas o juguetes de la misma madera, lo divino y lo humano, hubieran estado en manos de la Providencia; y lo único comparable a la Cruz de Madera del Calvario fue el Caballo de Madera de Troya. Así, en alguna alegoría salvaje, piadosa en su propósito aunque casi profana en su forma, el Niño Santo habría podido luchar contra el Dragón con una espada de madera y un caballo de madera.
El otro elemento en Virgilio que es esencial para el argumento es la naturaleza particular de su relación con la mitología; o lo que aquí puede llamarse, en un sentido especial, folclore, las creencias y fantasías del populacho.
Todo el mundo sabe que su poesía, en su estado más perfecto, se preocupa menos por la pomposidad del Olimpo que por los numina de la vida natural y agrícola. Todo el mundo sabe dónde buscó Virgilio las causas de las cosas. Habla de encontrarlas no tanto en las alegorías cósmicas de Urano y Cronos, sino más bien en Pan, la hermandad de las ninfas y el viejo y velludo hombre del bosque.
Quizá sea más plenamente él mismo en algunos pasajes de las Églogas, en los que ha perpetuado para siempre la gran leyenda de Arcadia y los pastores. Aquí también es bastante fácil perder el punto con críticas mezquinas sobre todas las cosas que separan su convención literaria de la nuestra.
No hay nada más artificial que el grito de artificialidad dirigido contra la antigua poesía pastoril. Hemos pasado por alto por completo todo lo que nuestros padres querían decir al observar los aspectos externos de lo que escribían. La gente se ha divertido tanto con el simple hecho de que la pastora de porcelana estuviera hecha de porcelana que ni siquiera se ha preguntado por qué se hizo en primer lugar. Se han conformado tanto con considerar al Alegre Campesino como un personaje de ópera que ni siquiera se han preguntado cómo llegó a la ópera o cómo se coló en el escenario.
En definitiva, no tenemos más que preguntarnos por qué existe una pastora de porcelana y no un comerciante de porcelana. ¿Por qué las chimeneas no se adornaban con figuras de mercaderes urbanos en posturas elegantes; de industriales del hierro forjados en hierro, o de especuladores de oro en oro? ¿Por qué la ópera presentaba a un Campesino Alegre y no a un Político Alegre? ¿Por qué no hubo un ballet de banqueros, haciendo piruetas sobre las puntas de los pies?
Porque el instinto antiguo y el humor de la humanidad siempre les han dicho, bajo cualquier convencionalismo, que las convenciones de las ciudades complejas eran menos sanas y felices en realidad que las costumbres del campo. Lo mismo ocurre con la eternidad de las Églogas.
Un poeta moderno escribió en efecto unas piezas llamadas Églogas de Fleet Street, en las que los poetas ocupaban el lugar de los pastores. Pero nadie ha escrito aún nada titulado Églogas de Wall Street, en las que los millonarios ocuparan el lugar de los poetas. Y la razón es que existe un anhelo real, aunque solo sea recurrente, de ese tipo de simplicidad; y nunca existe ese tipo de anhelo de ese tipo de complejidad.
La clave del misterio del Campesino Alegre es que el campesino a menudo está alegre. Quienes no lo creen son simplemente aquellos que no saben nada de él y, por lo tanto, no conocen cuáles son sus momentos para la alegría. Quienes no creen en el banquete o en el canto del pastor son meramente ignorantes del calendario del pastor.
El pastor real es en verdad muy diferente del pastor ideal, pero esa no es razón para olvidar la realidad en la raíz del ideal. Se necesita una verdad para hacer una tradición. Se necesita una tradición para hacer una convención.
La poesía pastoril es sin duda a menudo una convención, especialmente en una decadencia social. Fue en una decadencia social cuando los pastores y pastoras de Watteau holgazaneaban por los jardines de Versalles. Fue también en una decadencia social cuando los pastores y pastoras continuaron tocando la flauta y bailando a través de las imitaciones más descoloridas de Virgilio.
Pero esa no es razón para descartar el paganismo moribundo sin llegar a comprender su vida. No es razón para olvidar que la palabra misma pagano es la misma que la palabra campesino. Podemos decir que este arte es solo artificialidad; pero no es un amor por lo artificial. Por el contrario, en su propia naturaleza no es sino el fracaso de la adoración a la naturaleza, o del amor por lo natural.
Porque los pastores estaban muriendo porque sus dioses estaban muriendo.
El paganismo vivía de la poesía; esa poesía ya considerada bajo el nombre de mitología. Pero en todas partes, y especialmente en Italia, había sido una mitología y una poesía arraigadas en el campo; y esa religión rústica había sido en gran medida responsable de la felicidad rústica.
Tan solo a medida que toda la sociedad crecía en edad y experiencia, comenzó a aparecer en toda mitología aquella debilidad ya señalada en el capítulo con ese nombre. Esta religión no era del todo una religión. En otras palabras, esta religión no era del todo una realidad. Era el desenfreno del mundo joven con imágenes e ideas como el desenfreno de un joven con el vino o los amorales; no era tanto inmoral cuanto irresponsable; no tenía previsión de la prueba final del tiempo.
Como era creativa hasta cualquier punto, era crédula hasta cualquier punto. Pertenecía al lado artístico del hombre, mas, aun considerada artísticamente, hacía tiempo que se había vuelto sobrecargada y enmarañada. Los árboles genealógicos nacidos de la semilla de Júpiter eran una jungla más que un bosque; las pretensiones de los dioses y semidioses parecían asuntos que debía resolver más bien un abogado o un heraldo profesional que un poeta.
Pero es innecesario decir que no solo en el sentido artístico estas cosas se habían vuelto más anárquicas. Había aparecido de un modo cada vez más flagrante esa flor del mal que en realidad está implícita en la misma semilla de la adoración a la naturaleza, por muy natural que parezca. He dicho que no creo que la adoración natural comience necesariamente con esta pasión en particular; no pertenezco a la escuela de folclore científico de De Rougemont. No creo que la mitología deba comenzar en el erotismo. Pero sí creo que la mitología debe terminar en él. Estoy muy seguro de que la mitología terminó en él.
Además, no solo la poesía se volvió más inmoral, sino que la inmoralidad se volvió más indefendible. Los vicios griegos, los vicios orientales, indicios de los viejos horrores de los demonios semíticos, comenzaron a llenar las fantasías de la Roma en decadencia, multiplicándose como moscas sobre un estercolero.
La psicología de esto es en realidad bastante humana, para cualquiera que intente el experimento de ver la historia desde dentro. Llega una hora por la tarde en la que el niño está cansado de «fingir»; en la que está harto de ser un bandido o un piel roja. Es entonces cuando atormenta al gato. Llega un momento en la rutina de una civilización ordenada en el que el hombre está harto de jugar a la mitología y de fingir que un árbol es una doncella o que la luna cortejaba a un hombre.
El efecto de este hastío es el mismo en todas partes; se observa en todo consumo de drogas y de bebidas alcohólicas y en todas las formas de la tendencia a aumentar la dosis. Los hombres buscan pecados más extraños u obscenidades más sorprendentes como estimulantes para su sentido agotado. Buscan religiones orientales enloquecidas por la misma razón. Intentan aguijonear sus nervios para darles vida, aunque fuera con los cuchillos de los sacerdotes de Baal. Caminan sonámbulos e intentan despertarse con pesadillas.
Aun en esa fase del paganismo, por consiguiente, los cantos y bailes campesinos se oyen cada vez más débiles en el bosque.
Por una parte, la civilización campesina se estaba desvaneciendo, o ya se había desvanecido, de todo el campo. Hacia el final, el Imperio se organizaba cada vez más según ese sistema servil que suele acompañar a la jactancia de la organización; de hecho, era casi tan servil como los proyectos modernos para la organización de la industria.
Es sabido que lo que antaño habría sido un campesinado se convirtió en una mera plebe urbana dependiente de pan y circo; lo cual puede sugerir de nuevo a algunos una chusma dependiente de subsidios y cines. En este como en muchos otros aspectos, el retorno moderno al paganismo ha sido un retorno ni siquiera a la juventud pagana, sino más bien a la decrepitud pagana.
Pero las causas fueron espirituales en ambos casos; y, en especial, el espíritu del paganismo se había marchado con sus espíritus familiares. El corazón se le había escapado junto con sus dioses lares, que se marcharon a la par que los dioses del huerto, del campo y del bosque. El Viejo del Bosque era demasiado viejo; ya se estaba muriendo.
Se dice con razón, en cierto sentido, que Pan murió porque nació Cristo. Es casi igual de verdad, en otro sentido, que los hombres supieron que Cristo había nacido porque Pan ya estaba muerto. La desaparición de toda la mitología de la humanidad dejó un vacío que nos habría asfixiado como una cámara de aire de no haber sido colmado con teología.
Pero lo que importa por el momento es que la mitología no habría podido durar como la teología bajo ningún concepto. La teología es pensamiento, estemos o no de acuerdo con ella. La mitología nunca fue pensamiento, y nadie podía realmente estar de acuerdo o en desacuerdo con ella. Era un mero estado de ánimo fascinante, y cuando ese estado de ánimo se desvanecía ya no se podía recuperar.
Los hombres no solo dejaron de creer en los dioses, sino que se dieron cuenta de que nunca habían creído en ellos. Habían cantado sus alabanzas; habían bailado en torno a sus altares. Habían tocado la flauta; habían hecho el tonto.
Así llegó el crepúsculo sobre la Arcadia, y las últimas notas de la flauta suenan con tristeza desde el olivar.
En los grandes poemas virgilianos hay ya algo de esa tristeza; pero los amores y los dioses lares perduran en versos hermosos como aquel que el señor Belloc tomó como prueba de comprensión: incipe, parve puer, risu cognoscere matrem.
Pero tanto en aquellos tiempos como en los nuestros, la familia humana en sí comenzó a desmoronarse bajo la organización servil y el hacinamiento de las ciudades. La turba urbana se iluminó; es decir, perdió la energía mental capaz de crear mitos. Alrededor de todo el círculo de las ciudades mediterráneas la gente lloraba la pérdida de los dioses y era consolada con gladiadores.
Y mientras tanto, algo similar le ocurría a aquella aristocracia intelectual de la antigüedad que había estado paseando y charlando a sus anchas desde los tiempos de Sócrates y Pitágoras. Empezaron a revelarle al mundo el hecho de que caminaban en círculos y decían una y otra vez lo mismo.
La filosofía empezó a ser una broma; también empezó a ser un fastidio. Aquella simplificación antinatural de todo en un sistema u otro, que hemos señalado como el defecto del filósofo, reveló de inmediato su carácter definitivo y su inutilidad. Todo era virtud, o todo era felicidad, o todo era destino, o todo era bueno, o todo era malo; de cualquier modo, todo era todo y no había nada más que decir; así que lo dijeron.
Por todas partes los sabios habían degenerado en sofistas; es decir, en retóricos de alquiler o adivinos. Uno de los síntomas de esto es que el sabio empieza a transformarse no solo en sofista, sino también en mago. Un toque de ocultismo oriental es muy bien recibido en las mejores casas. Como el filósofo ya es un animador de la alta sociedad, bien puede ser también un prestidigitador.
Muchos modernos han insistido en la pequeñez de aquel mundo mediterráneo; y en los horizontes más amplios que podrían haberle esperado con el descubrimiento de los otros continentes.
Pero esto es una ilusión; una de las muchas ilusiones del materialismo.
- Los límites a los que el paganismo había llegado en Europa eran los límites de la existencia humana; en su mejor versión, solo había alcanzado esos mismos límites en cualquier otro lugar.
- Los estoicos romanos no necesitaban ningún chino que les enseñara estoicismo.
- Los pitagóricos no necesitaban ningún hindú que les enseñara sobre la reencarnación, la vida sencilla o la belleza de ser vegetariano.
En la medida en que pudieron obtener estas cosas de Oriente, ya habían obtenido bastante y en demasía de Oriente. Los sincretistas estaban tan convencidos como los teósofos de que todas las religiones son en realidad la misma. ¿Y de qué otro modo podrían haber ampliado la filosofía meramente ampliando la geografía? Difícilmente puede proponerse que debieran aprender una religión más pura de los aztecas o sentarse a los pies de los incas del Perú. Todo el resto del mundo era un hervidero de barbarie.
Es fundamental reconocer que el Imperio romano era reconocido como el logro más alto de la raza humana; y también como el más amplio. Un terrible secreto parecía estar escrito, como en oscuros jeroglíficos, a través de aquellas poderosas obras de mármol y piedra, aquellos colosales anfiteatros y acueductos. El hombre no podía hacer más.
Porque no era el mensaje escrito con fuego en el muro babilónico, el de que un rey había sido hallado falto de peso o su único reino entregado a un extranjero. No era una buena nueva como la de la invasión y la conquista.
Ya no quedaba nada que pudiera conquistar Roma; pero tampoco quedaba nada que pudiera mejorarla. Era lo más fuerte que se estaba debilitando. Era lo mejor que iba a corromperse.
Es necesario insistir una y otra vez en que muchas civilizaciones se habían fundido en una sola civilización del mar Mediterráneo; en que esta ya era universal con una universalidad rancia y estéril. Los pueblos habían puesto en común sus recursos y aun así no había suficiente. Los imperios se habían asociado y aun así seguían en bancarrota.
Ningún filósofo que fuera verdaderamente filosófico podía pensar otra cosa sino que, en aquel mar central, la ola del mundo había alcanzado su altura máxima, pareciendo tocar las estrellas. Pero la ola ya estaba descendiendo; porque era tan solo la ola del mundo.
Esa mitología y esa filosofía en las que el paganismo ya había sido analizado habían sido, por tanto, ambas vaciadas de la manera más literal hasta la última gota.
Si con la multiplicación de la magia el tercer departamento, al que hemos llamado los demonios, se mostraba cada vez más activo, nunca fue otra cosa que destructivo.
No queda sino el cuarto elemento, o más bien el primero; aquel que se había olvidado en cierto sentido por ser el primero. Me refiero a la impresión primaria y abrumadora, aunque impalpable, de que el universo, después de todo, tiene un origen y un fin; y de que, al tener un fin, debe tener un autor.
Qué fue de esta gran verdad en el fondo de las mentes de los hombres en aquella época es tal vez más difícil de determinar. Algunos de los estoicos la vieron indudablemente con cada vez mayor claridad a medida que las nubes de la mitología se despejaban y aclaraban; y grandes hombres entre ellos hicieron mucho, incluso hasta el final, para sentar las bases de un concepto de la unidad moral del mundo.
Los judíos aún mantenían su certeza secreta de ella celosamente tras altos muros de exclusividad; sin embargo, es sumamente característico de la sociedad y de la situación que algunas figuras de moda, especialmente damas de la alta sociedad, abrazaran de hecho el judaísmo.
Pero en el caso de muchos otros me figuro que irrumpió en este punto una nueva negación. El ateísmo se volvió verdaderamente posible en aquella época anormal, pues el ateísmo es una anormalidad. No es meramente la negación de un dogma. Es la inversión de una suposición subconsciente en el alma; la sensación de que hay un significado y una dirección en el mundo que contempla.
Luc 이거... [Nota eliminada: mantener el flujo directo sin notas] Lucrecio, el primer evolucionista que se esforzó por sustituir la Evolución por Dios, ya había bamboleado ante los ojos de los hombres su danza de átomos relucientes, mediante la cual concebía el cosmos como creado por el caos. Pero no fue su poesía vigorosa ni su filosofía triste, según creo, lo que hizo posible que los hombres albergaran semejante visión. Fue algo relacionado con la sensación de impotencia y desesperación con la que los hombres agitaban los puños en vano hacia las estrellas, al ver toda la mejor labor de la humanidad hundiéndose lenta e indefensamente en un pantano.
Les era fácil creer que incluso la creación misma no era una creación, sino una caída perpetua, al ver que la más pesada y digna de todas las creaciones humanas se desplomaba por su propio peso. Podían imaginarse que todas las estrellas eran estrellas fugaces; y que los mismísimos pilares de sus solemnes pórticos se inclinaban bajo una especie de Diluvio gradual.
Para los hombres en ese estado de ánimo había una razón para el ateísmo que resulta en cierto modo razonable. La mitología podía desvanecerse y la filosofía endurecerse; pero si detrás de estas cosas había una realidad, ciertamente esa realidad podría haber sostenido las cosas mientras se hundían. No había Dios; si hubiera habido un Dios, este era sin duda el preciso instante en el que se habría movido para salvar al mundo.
La vida de la gran civilización transcurría con una sombría laboriosidad y hasta con una sombría festividad. Era el fin del mundo, y lo peor de todo era que no tenía por qué acabar nunca.
Se había llegado a un cómodo compromiso entre los innumerables mitos y religiones del Imperio: que cada grupo adorara con libertad y se limitara a dar una especie de floreciente agradecimiento oficial al tolerante Emperador, arrojándole un poco de incienso bajo su título oficial de Divus.
Naturalmente, no había ninguna dificultad en ello; o más bien pasó mucho tiempo antes de que el mundo se diera cuenta de que alguna vez hubiera habido siquiera una dificultad trivial en parte alguna. Los miembros de alguna secta oriental, sociedad secreta u otra, parecían haber montado un escándalo en alguna parte; nadie lograba imaginar por qué. El incidente ocurrió una o dos veces más y comenzó a despertar una irritación desproporcionada con su insignificancia.
No era exactamente lo que decían aquellos provincianos; aunque, por supuesto, sonaba bastante extraños. Parecían afirmar que Dios había muerto y que ellos mismos le habían visto morir. Esta podía ser una de las muchas manías producidas por la desesperación de la época; solo que no parecían particularmente desesperados. Parecían extrañamente alegres al respecto, y daban como razón que la muerte de Dios les había permitido comer su carne y beber su sangre.
Según otros relatos, Dios no estaba exactamente muerto después de todo; arrastrándose por la desconcertada imaginación quedó una especie de fantástica procesión del funeral de Dios, en la cual el sol se tornó negro, pero que terminaba con la omnipotencia muerta saliendo a la fuerza de la tumba y resucitando como el sol.
Pero no era a esa extraña historia a la que nadie prestaba particular atención; la gente de aquel mundo había visto religiones extrañas como para llenar un manicomio. Era algo en el tono de aquellos locos y en su tipo de formación. Eran una compañía improvisada de bárbaros, esclavos, pobres y gente sin importancia; pero su formación era militar; se movían juntos y eran muy categóricos acerca de quién y qué formaba realmente parte de su pequeño sistema; y en lo que decían, por muy suavemente que lo dijeran, había un eco como de hierro.
Hombres acostumbrados a muchas mitologías y moralidades no podían hacer ningún análisis del misterio, salvo la curiosa conjetura de que querían decir lo que decían. Todos los intentos de hacerles entrar en razón en el asunto, perfectamente sencillo, de la estatua del Emperador parecían dirigidos a hombres sordos. Era como si un nuevo metal meteórico hubiera caído sobre la tierra; era una diferencia de sustancia al tacto. Quienes tocaban sus cimientos creyeron haber dado con una roca.
Con una extraña rapidez, como los cambios de un sueño, las proporciones de las cosas parecían cambiar en su presencia. Antes de que la mayoría de los hombres supiera lo que había sucedido, estos pocos hombres estaban palpablemente presentes. Eran lo suficientemente importantes como para ser ignorados.
La gente enmudeció de repente ante ellos y pasó a su lado con rigidez. Vemos un nuevo escenario, en el cual el mundo se ha apartado de estos hombres y mujeres y ellos se encuentran en el centro de un gran espacio como leprosos.
El escenario cambia de nuevo y el gran espacio donde están se halla cubierto por todos lados con una nube de testigos, terrazas interminables llenas de rostros que los miran fijamente; pues les están sucediendo cosas extrañas. Se han inventado nuevas torturas para los locos que han traído buenas noticias. Esa sociedad triste y cansada parece hallar casi una nueva energía al establecer su primera persecución religiosa.
Nadie sabe aún con mucha claridad por qué ese mundo plano ha perdido así el equilibrio en torno a las personas que hay en su seno; pero ellos permanecen inmóviles de un modo inatural mientras la arena y el mundo parecen girar a su alrededor.
Y brilló sobre ellos en esa hora oscura una luz que jamás se ha oscurecido; un fuego blanco adherido a ese grupo como una fosforescencia sobrenatural, abriéndose paso a través de las penumbras de la historia y desconcertando todo esfuerzo por confundirlo con las brumas de la mitología y de la teoría; ese haz de luz o relámpago con el que el mundo mismo los ha golpeado, aislado y coronado; con el que sus propios enemigos los han hecho más ilustres y sus propios críticos los han hecho más inexplicables; el halo de odio en torno a la Iglesia de Dios.