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nydus/The Everlasting ManPublic
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I. El dios en la cueva

El Dios en la Cueva

Este esbozo de la historia humana comenzó en una cueva; la cueva que la ciencia popular asocia con el hombre de las cavernas y en la que el descubrimiento práctico ha hallado realmente dibujos arcaicos de animales.

La segunda mitad de la historia humana, que fue como una nueva creación del mundo, también comienza en una cueva. Hay incluso una sombra de semejante fantasía en el hecho de que los animales estuvieran presentes de nuevo; pues era una cueva usada como establo por los pastores de las tierras altas en torno a Belén, que todavía hoy introducen su ganado en tales oquedades y cavernas por la noche.

Fue aquí donde una pareja sin hogar se había arrastrado bajo tierra con el ganado cuando las puertas de la abarrotada posada les fueron cerradas en las narices; y fue aquí, bajo los mismísimos pies de los transeúntes, en un sótano bajo el mismísimo suelo del mundo, donde nació Jesucristo.

Pero en aquella segunda creación había en verdad algo simbólico en las raíces de la roca primordial o en los cuernos del rebaño prehistórico. Dios también fue un hombre de las cavernas, y también había trazado extrañas formas de criaturas, curiosamente coloreadas, sobre la pared del mundo; pero las imágenes que hizo habían cobrado vida.

Una masa de leyendas y literatura, que aumenta y nunca terminará, ha repetido y variado los temas de esa única paradoja: que las manos que habían hecho el sol y las estrellas eran demasiado pequeñas para alcanzar las enormes cabezas del ganado.

Sobre esta paradoja, casi podríamos decir sobre esta broma, se funda toda la literatura de nuestra fe. Se parece al menos a una broma en esto: en que es algo que el crítico científico no puede ver. Explica laboriosamente la dificultad que nosotros siempre hemos exagerado desafiante y casi burlescamente; y condena amablemente como improbable algo que nosotros hemos ensalzado casi con locura como increíble; como algo que sería demasiado bueno para ser verdad, excepto porque es verdad.

Cuando ese contraste entre la creación cósmica y la pequeña infancia local ha sido repetido, reiterado, subrayado, enfatizado, celebrado, cantado, gritado, bramado, por no decir aullado, en cien mil himnos, villancicos, rimas, rituales, cuadros, poemas y sermones populares, quizás se pueda sugerir que apenas necesitamos a un crítico superior para que nos llame la atención sobre algo un tanto extrañó en ello; especialmente uno de esos que parecen tardar mucho tiempo en entender una broma, incluso su propia broma.

Pero acerca de este contraste y combinación de ideas se puede decir una cosa aquí, porque es pertinente para toda la tesis de este libro. El tipo de crítico moderno del que hablo suele estar muy impresionado por la importancia de la educación en la vida y la importancia de la psicología en la educación. Ese tipo de hombre no se cansa de decirnos que las primeras impresiones fijan el carácter por la ley de la causalidad; y se pondrá bastante nervioso si el sentido visual de un niño se ve envenenado por los colores equivocados en un muñeco golliwog o su sistema nervioso sacudido prematuramente por un sonajero cacofónico.

Sin embargo, pensará que somos muy estrechos de miras si decimos que esta es exactamente la razón por la que realmente existe una diferencia entre criarse como cristiano y criarse como judío, musulmán o ateo. La diferencia radica en que cada niño católico ha aprendido a través de imágenes, e incluso cada niño protestante a través de historias, esta increíble combinación de ideas contrastadas como una de las primeras impresiones en su mente. No es meramente una diferencia teológica. Es una diferencia psicológica que puede sobrevivir a cualquier teología. Es verdaderamente, como a ese tipo de científico le encanta decir sobre cualquier cosa, incurable.

Cualquier agnóstico o ateo cuya infancia haya conocido una Navidad de verdad tendrá siempre después, le guste o no, una asociación en su mente entre dos ideas que la mayor parte de la humanidad debe considerar alejadas la una de la otra: la idea de un bebé y la idea de la fuerza desconocida que sostiene las estrellas. Sus instintos y su imaginación todavía pueden conectarlas, cuando su razón ya no puede ver la necesidad de esa conexión; para él siempre habrá cierto sabor a religión en la mera imagen de una madre y un bebé; algún indicio de misericordia y ablandamiento en la mera mención del terrible nombre de Dios.

Pero las dos ideas no están combinadas de forma natural o necesaria. No estarían necesariamente combinadas para un antiguo griego o un chino, ni siquiera para Aristóteles o Confucio. No es más inevitable asociar a Dios con un infante que asociar la gravedad con un gatito. Ha sido creada en nuestras mentes por la Navidad porque somos cristianos; porque somos cristianos psicológicos aun cuando no seamos cristianos teológicos.

En otras palabras, esta combinación de ideas ha alterado enfáticamente, según la tan disputada frase, la naturaleza humana. Hay realmente una diferencia entre el hombre que la conoce y el hombre que no la conoce. Puede que no sea una diferencia de valor moral, pues el musulmán o el judío podrían ser más valiosos según sus propias luces; pero es un hecho evidente sobre el cruce de dos luces particulares, la conjunción de dos estrellas en nuestro horóscopo particular. La omnipotencia y la impotencia, o la divinidad y la infancia, forman definitivamente una especie de epigrama que un millón de repeticiones no puede convertir en un lugar común. No es irrazonable llamarlo único. Belén es enfáticamente un lugar donde los extremos se tocan.

Aquí comienza, huelga decirlo, otra poderosa influencia para la humanización de la Cristiandad.

Si el mundo buscara lo que se denomina un aspecto no polémico del cristianismo, probablemente elegiría la Navidad. Sin embargo, esta se halla obviamente unida a lo que se supone que es un aspecto polémico (algo que, en ninguna etapa de mis opiniones, pude llegar a comprender por qué): el respeto tributado a la Santísima Virgen.

Cuando yo era un muchacho, una generación más puritana se opuso a que hubiera en una iglesia parroquial una estatua que representara a la Virgen y al Niño. Tras mucha polémica, llegaron al compromiso de retirar al Niño. Cualquiera diría que esto estaba aún más corrompido por la mariolatría, a menos que se considerara a la madre menos peligrosa cuando se la privaba de una especie de arma.

Pero la dificultad práctica es también una parábola. No se puede cincelar y arrancar la estatua de una madre de alrededor de la de un niño recién nacido. No se puede suspender al niño recién nacido en el aire; de hecho, en realidad no se puede tener una estatua de un niño recién nacido en absoluto.

Del mismo modo, no se puede suspender la idea de un niño recién nacido en el vacío ni pensar en él sin pensar en su madre. No se puede visitar al niño sin visitar a la madre; en la vida humana ordinaria no se puede uno acercar al niño sino a través de la madre.

Si hemos de pensar en Cristo en este aspecto en absoluto, la otra idea se sigue por necesidad, tal como se sigue en la historia. O debemos dejar a Cristo fuera de la Navidad, o la Navidad fuera de Cristo, o debemos admitir, aunque solo sea como lo admitimos en un viejo cuadro, que esas cabezas santas están demasiado cerca la una de la otra para que las aureolas no se fundan y se crucen.

Se podría sugerir, en una imagen un tanto violenta, que no había sucedido nada en aquel pliegue o grieta de las grandes colinas grises, excepto que todo el universo se había vuelto del revés.

Quiero decir que todos los ojos del asombro y la adoración que habían estado vueltos hacia fuera, hacia la cosa más grande, estaban ahora vueltos hacia dentro, hacia la más pequeña. La imagen misma sugerirá toda esa multitudinaria maravilla de ojos convergentes que hace que gran parte de la imaginería católica colorida se parezca a la cola de un pavo real.

Pero es cierto, en cierto sentido, que Dios, que había sido solo una circunferencia, fue visto como un centro; y un centro es infinitamente pequeño. Es cierto que la espiral espiritual en adelante trabaja hacia dentro en lugar de hacia fuera, y en ese sentido es centrípeta y no centrífuga.

La fe se convierte, en más de un sentido, en una religión de las pequeñas cosas. Pero sus tradiciones en el arte, la literatura y la fábula popular han atestiguado con bastante suficiencia, como se ha dicho, esta paradoja particular del ser divino en la cuna.

Tal vez no hayan enfatizado con tanta claridad el significado del ser divino en la cueva. Curiosamente, de hecho, la tradición no ha enfatizado con mucha claridad la cueva.

Es un hecho conocido que la escena de Belén se ha representado en todos los escenarios posibles de época y país, de paisaje y arquitectura; y es un hecho enteramente feliz y admisible que los hombres la hayan concebido de manera muy diferente según sus distintas tradiciones y gustos individuales.

  • Pero aunque todos se han dado cuenta de que era un establo, no tantos se han dado cuenta de que era una cueva.
  • Algunos críticos han sido incluso tan tontos como para suponer que había alguna contradicción entre el establo y la cueva; en cuyo caso no deben de saber mucho sobre cuevas o establos en Palestina.
  • Como ven diferencias que no están ahí, es innecesario añadir que no ven las diferencias que sí están ahí.

Cuando un conocido crítico dice, por ejemplo, que Cristo al nacer en una caverna rocosa es como Mitra habiendo brotado vivo de una roca, suena a parodia de la religión comparada. Existe algo llamado la moraleja de una historia, incluso si es una historia en el sentido de una mentira.

Y la noción de un héroe que aparece, como Palas del cerebro de Zeus, maduro y sin madre, es obviamente lo opuesto a la idea de un dios que nace como un bebé ordinario y totalmente dependiente de una madre. Cualquiera que sea el ideal que prefiramos, deberíamos ver sin duda que son ideales contrarios.

Es tan estúpido relacionarlos porque ambos contienen una sustancia llamada piedra como identificar el castigo del Diluvio con el bautismo en el Jordán porque ambos contienen una sustancia llamada agua.

Ya sea como mito o como misterio, Cristo fue concebido obviamente como nacido en un agujero en las rocas principalmente porque señalaba la condición de alguien marginado y sin hogar. Sin embargo, es cierto, como he dicho, que la cueva no ha sido utilizada de forma tan común ni tan clara como símbolo como las demás realidades que rodearon la primera Navidad.

Y la razón de esto también se refiere a la naturaleza misma de ese nuevo mundo. Era, en cierto sentido, la dificultad de una nueva dimensión. Cristo no solo nació al nivel del mundo, sino incluso más bajo que el mundo.

El primer acto del drama divino se representó, no solo en ningún escenario montado por encima del espectador, sino en un escenario oscuro y con cortinas, hundido fuera de la vista; y esa es una idea muy difícil de expresar en la mayoría de los modos de expresión artística. Es la idea de acontecimientos simultáneos en diferentes niveles de la vida.

Algo parecido podría haberse intentado en el arte medieval más arcaico y decorativo. Pero cuanto más aprendían los artistas sobre el realismo y la perspectiva, menos podían representar a la vez a los ángeles en los cielos y a los pastores en las colinas, y la gloria en la oscuridad que estaba bajo las colinas.

Tal vez se habría transmitido mejor mediante el recurso característico de algunos gremios medievales, cuando paseaban por las calles un teatro de tres pisos, uno sobre otro, con el cielo sobre la tierra y el infierno bajo la tierra. Pero en el enigma de Belén era el cielo el que estaba bajo la tierra.

Hay solo en eso el toque de una revolución, como el del mundo patas arriba. Sería vano intentar decir algo adecuado, o algo nuevo, sobre el cambio que esta concepción de una divinidad nacida como una paria o incluso como una fuera de la ley provocó en toda la concepción de la ley y de sus deberes hacia los pobres y los marginados.

Es profundamente cierto decir que, tras ese momento, ya no podía haber esclavos. Pudo haber y hubo personas que ostentaron ese título legal hasta que la Iglesia fue lo bastante fuerte como para erradicarlas, pero ya no pudo haber el reposo pagano en la mera ventaja para el Estado de mantenerse como un Estado servil.

Los individuos cobraron importancia, en un sentido en el que ningún instrumento puede tenerla. Un hombre no podía ser un medio para un fin, al menos para el fin de ningún otro hombre.

Todo este elemento popular y fraternal en la historia ha sido vinculado con razón por la tradición al episodio de los Pastores; los braceros que se encontraron hablando cara a cara con los príncipes del cielo. Pero hay otro aspecto del elemento popular representado por los pastores que tal vez no se haya desarrollado tan plenamente; y que viene más directamente al caso aquí.

Hombres del pueblo, como los pastores, hombres de la tradición popular, habían sido en todas partes los creadores de las mitologías.

Habían sido ellos quienes habían sentido de manera más directa, con el mínimo freno o enfriamiento por parte de la filosofía o de los cultos corruptos de la civilización, la necesidad que ya hemos considerado;

  • las imágenes que eran aventuras de la imaginación;
  • la mitología que era una especie de búsqueda;
  • las insinuaciones tentadoras y esquivas de algo semihumano en la naturaleza;
  • la muda significación de las estaciones y de los lugares especiales.

Ellos habían comprendido mejor que el alma de un paisaje es una historia y el alma de una historia es una personalidad.

Pero el racionalismo ya había comenzado a carcomer estos tesoros del campesino, verdaderamente irracionales aunque imaginativos; del mismo modo que la esclavitud sistemática había despojado al campesino de su hogar y su hacienda. Sobre todas estas campesinadas del mundo entero iba descendiendo una penumbra y un crepúsculo de desilusión, en la hora en que estos pocos hombres descubrieron lo que buscaban.

En todas partes la Arcadia se desvanecía del bosque. Pan había muerto y los pastores estaban dispersos como ovejas.

Y aunque ningún hombre lo supiera, se acercaba la hora que iba a poner fin a todas las cosas y a cumplirlas; y aunque ningún hombre lo oyera, hubo un lejano grito en una lengua desconocida sobre la agitada vastedad de las montañas.

Los pastores habían encontrado a su Pastor.

Y lo que encontraron era de la misma índole que las cosas que buscaban. El populacho se había equivocado en muchas cosas; pero no se había equivocado al creer que las cosas santas podían tener una morada y que la divinidad no tenía por qué desdeñar los límites del tiempo y del espacio.

Y el bárbaro que concibió la más burda fantasía sobre el sol robado y escondido en una caja, o el más descabellado mito sobre el dios rescatado y su enemigo engañado con una piedra, estaba más cerca del secreto de la cueva y sabía más sobre la crisis del mundo que todos aquellos en el círculo de ciudades alrededor del Mediterráneo que se habían conformado con frías abstracciones o generalizaciones cosmopolitas; que todos aquellos que hilaban hebras cada vez más tenues de pensamiento a partir del trascendentalismo de Platón o el orientalismo de Pitágoras.

El lugar que encontraron los pastores no era una academia ni una república abstracta; no era un lugar de mitos alegorizados, disecados, explicados o restados de explicación. Era un lugar de sueños hechos realidad.

Desde esa hora no se han vuelto a crear mitologías en el mundo. La mitología es una búsqueda.

Todos sabemos que la popular presentación de esta popular historia, en tantísimos autos sacramentales y villancicos, ha conferido a los pastores el atuendo, el lenguaje y el paisaje de los diversos campos ingleses y europeos. Todos sabemos que un pastor hablará con dialecto de Somerset o que otro hablará de llevar sus ovejas de Conway hacia el Clyde. La mayoría de nosotros ya sabe cuán verdadero es ese error, cuán sabio, cuán artístico, cuán intensamente cristiano y católico es ese anacronismo.

Pero algunos de los que lo han visto en estas escenas de rusticidad medieval tal vez no lo hayan visto en otra clase de poesía, a la que a veces se tiene la costumbre de llamar artificial en lugar de artística. Temo que muchos críticos modernos solo vean un clasicismo marchito en el hecho de que hombres como Crashaw y Herrick concebidas las figuras de los pastores de Belén bajo la forma de los pastores de Virgilio. Sin embargo, tenían una profunda razón; y al convertir su obra de Belén en una égloga latina, retomaron uno de los eslabones más importantes de la historia humana.

Virgilio, como ya hemos visto, representa todo aquel paganismo más cuerdo que había derrocado al insano paganismo del sacrificio humano; pero el hecho mismo de que incluso las virtudes virgilianas y el paganismo cuerdo se hallaran en una decadencia incurable es todo el problema al cual la revelación a los pastores es la solución. Si el mundo hubiera tenido alguna vez la oportunidad de cansarse de ser demoníaco, podría haberse curado simplemente volviéndose cuerdo. Pero si se había cansado incluso de ser cuerdo, ¿qué iba a suceder sino lo que sucedió?

Tampoco es falso concebir al pastor arcadio de las Églogas regocijándose por lo que sucedió. Incluso se ha reivindicado una de las Églogas como profecía de lo que sucedió. Pero es tanto en el tono y la dicción incidental del gran poeta donde sentimos la simpatía potencial con el gran evento; y aun en sus propias frases humanas las voces de los pastores virgilianos habrían podido quebrarse más de una vez ante algo más que la ternura de Italia⁠ ⁠… Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem ⁠ ⁠…

Habrían podido hallar en aquel extraño lugar todo lo mejor de las últimas tradiciones de los latinos; y algo mejor que un ídolo de madera erigido para siempre como el pilar de la familia humana: un Dios Laico. Pero ellos y todos los demás mitólogos estarían justificados al regocijarse de que el evento hubiera colmado no solo el misticismo, sino también el materialismo de la mitología. La mitología tuvo muchos pecados; pero no se había equivocado al ser tan carnal como la Encarnación. Con algo de la antigua voz que se suponía había resonado a través de los bosques, podía exclamar de nuevo: «Hemos visto, él nos ha visto, un dios visible».

Así los antiguos pastores habrían podido danzar, y sus pies habrían sido hermosos sobre los montes, regocijándose por encima de los filósofos. Pero los filósofos también habían oído.

Sigue siendo una historia extraña, aunque antigua, cómo salieron de tierras de oriente, coronados con la majestad de reyes y vestidos con algo del misterio de los magos.

Esa verdad que es la tradición los ha recordado prudentemente casi como incógnitas, tan misteriosos como sus nombres misteriosos y melódicos: Melchor, Gaspar, Baltasar.

Pero vino con ellos todo aquel mundo de sabiduría que había observado las estrellas en Caldea y el sol en Persia; y no nos equivocaremos si vemos en ellos la misma curiosidad que mueve a todos los sabios. Representarían el mismo ideal humano si sus nombres hubieran sido en verdad Confucio, Pitágoras o Platón.

Fueron aquellos que no buscaron relatos, sino la verdad de las cosas; y puesto que su sed de verdad era en sí misma una sed de Dios, ellos también han tenido su recompensa. Pero aun para comprender esa recompensa, debemos entender que, tanto para la filosofía como para la mitología, dicha recompensa fue la culminación de lo incompleto.

Tales hombres sabios habrían venido sin duda, como vinieron estos sabios, a verse confirmados en mucho de lo que había de verdadero en sus propias tradiciones y de correcto en su propio raciocinio.

Confucio habría hallado un nuevo cimiento para la familia en la mismísima inversión de la Sagrada Familia; Buda habría contemplado una nueva renuncia, de estrellas en vez de joyas y de divinidad antes que de realeza.

Estos sabios aún tendrían el derecho de decir, o más bien un nuevo derecho a decir, que había verdad en su antigua enseñanza. Pero, después de todo, estos sabios habrían venido a aprender. Habrían venido a completar sus concepciones con algo que aún no habían concebido; incluso a equilibrar su universo imperfecto con algo que alguna vez pudieron haber contradicho.

  • Buda habría venido desde su paraíso impersonal para adorar a una persona.
  • Confucio habría venido desde sus templos de culto a los antepasados para adorar a un niño.

Debemos comprender desde el principio este carácter del nuevo cosmos: que era más grande que el viejo cosmos. En ese sentido, la Cristiandad es más grande que la creación; tal como la creación había sido antes de Cristo. Incluía cosas que no habían estado allí; también incluía las cosas que habían estado allí.

El punto queda bien ilustrado en este ejemplo de la piedad china, pero sería aplicable a otras virtudes o creencias paganas. Nadie puede dudar de que un respeto razonable hacia los padres forma parte de un evangelio en el que Dios mismo estuvo sujeto en su infancia a padres terrenales. Pero el otro sentido en el que los padres estaban sujetos a él introduce una idea que no es confuciana. El Niño Cristo no es como el niño Confucio; nuestro misticismo lo concibe en una infancia inmortal. No sé qué habría hecho Confucio con el Bambino, de haber cobrado vida en sus brazos como lo hizo en los brazos de san Francisco.

Pero esto es cierto en relación con todas las demás religiones y filosofías; es el desafío de la Iglesia. La Iglesia contiene lo que el mundo no contiene. La vida misma no provee, como lo hace ella, para todos los aspectos de la vida. Que cualquier otro sistema individual sea estrecho e insuficiente en comparación con este; eso no es una jactancia retórica; es un hecho real y un verdadero dilema.

  • ¿Dónde está el Niño Santo entre los estoicos y los adoradores de antepasados?
  • ¿Dónde está Nuestra Señora de los musulmanes, una mujer hecha para ningún hombre y colocada por encima de todos los ángeles?
  • ¿Dónde está san Miguel de los monjes de Buda, jinete y señor de las trompetas, que guarda para cada soldado el honor de la espada?

¿Qué podría hacer santo Tomás de Aquino con la mitología del brahmanismo, él que expuso toda la ciencia y la racionalidad, e incluso el racionalismo, del cristianismo? Sin embargo, aun si comparamos a Aquino con Aristóteles, en el otro extremo de la razón, encontraremos la misma sensación de algo añadido. Aquino pudo entender las partes más lógicas de Aristóteles; es dudoso que Aristóteles hubiera podido entender las partes más místicas de Aquino. Aun cuando apenas podamos llamar al cristiano más grande, nos vemos obligados a llamarlo más vasto.

Pero ocurre lo mismo a cualquier filosofía, herejía o movimiento moderno al que podamos recurrir. ¿Cómo le habría ido a Francisco el Trovador entre los calvinistas, o a decir verdad entre los utilitaristas de la Escuela de Mánchester? Sin embargo, hombres como Bossuet y Pascal podían ser tan severos y lógicos como cualquier calvinista o utilitarista. ¿Cómo le habría ido a Juana de Arco, una mujer que animaba a los hombres a la guerra con la espada, entre los cuáqueros, los dujobores o la secta tolstoiana de los pacifistas? Y, no obstante, una gran cantidad de santos católicos han pasado su vida predicando la paz y evitando guerras.

Sucede lo mismo con todos los intentos modernos de sincretismo. Nunca son capaces de crear algo más grande que el Credo sin dejar algo fuera. No me refiero a dejar fuera algo divino, sino algo humano: la bandera, la posada, la historia de batallas del muchacho o el seto al final del campo. Los teósofos construyen un panteón; pero es solo un panteón para panteístas. Convoca un Parlamento de las Religiones como una reunión de todos los pueblos; pero no es más que una reunión de todos los meapilas.

Sin embargo, un panteón exactamente así había sido erigido dos mil años antes a orillas del Mediterráneo; y a los cristianos se les invitó a colocar la imagen de Jesús junto a la imagen de Júpiter, de Mitra, de Osiris, de Atis o de Amón. Fue la negativa de los cristianos lo que marcó el punto de inflexión de la historia. Si los cristianos hubieran aceptado, ellos y el mundo entero se habrían ido al traste sin duda alguna —empleando una metáfora tan burda como exacta—. Se habrían disuelto en un único líquido tibio dentro de esa gran olla de corrupción cosmopolita en la que los demás mitos y misterios ya se estaban derritiendo.

Fue una huida terrible y espantosa. Nadie comprende la naturaleza de la Iglesia, ni el eco resonante del credo que desciende desde la antigüedad, si no se da cuenta de que el mundo entero estuvo a punto de morir una vez de amplitud de miras y de la hermandad de todas las religiones.

Aquí estriba el punto importante de que los Magos, que representan el misticismo y la filosofía, sean concebidos verdaderamente como en busca de algo nuevo e incluso como halladores de algo inesperado. Ese tenso sentido de crisis que aún hormiguea en la historia navideña, y hasta en cada celebración de la Navidad, acentúa la idea de una búsqueda y un descubrimiento.

El descubrimiento es, en este caso, verdaderamente un descubrimiento científico. Para las otras figuras místicas del auto sacramental, para el ángel y la madre, los pastores y los soldados de Herodes, puede haber aspectos más sencillos y más sobrenaturales, más elementales o más emocionales. Pero los Sabios deben de estar buscando la sabiduría; y para ellos ha de haber también una luz en el intelecto.

Y esta es la luz: que el credo católico es católico y que ninguna otra cosa lo es. La filosofía de la Iglesia es universal. La filosofía de los filósofos no era universal. Si Platón, Pitágoras y Aristóteles se hubieran detenido un instante en la luz que emanaba de aquella pequeña cueva, habrían sabido que su propia luz no era universal. De hecho, está lejos de ser seguro que no lo supieran ya. La filosofía también, al igual que la mitología, tenía mucho el aire de una búsqueda.

Es la toma de conciencia de esta verdad la que otorga su majestad y misterio tradicionales a las figuras de los Tres Reyes; el descubrimiento de que la religión es más amplia que la filosofía y de que esta es la más amplia de las religiones, contenida dentro de este estrecho espacio.

Los Magos contemplaban el extrañísimo pentáculo con el triángulo humano invertido; y jamás han llegado al final de sus cálculos al respecto. Pues la paradoja de aquel grupo en la cueva es que, si bien nuestras emociones al respecto son de una sencillez infantil, nuestros pensamientos sobre ello pueden ramificarse con una complejidad sin fin. Y nunca podremos llegar al término ni siquiera de nuestras propias ideas sobre el niño que era un padre y la madre que era una niña.

Bien podríamos conformarnos con decir que la mitología había venido con los pastores y la filosofía con los filósofos; y que solo les quedaba combinarse en el reconocimiento de la religión.

Pero había un tercer elemento que no debe ser ignorado y uno que esa religión jamás se niega a ignorar, en ninguna algarada ni reconciliación. Estaba presente en las escenas primarias del drama aquel Enemigo que había corrompido las leyendas con la lujuria y congelado las teorías en el ateísmo, pero que respondió al desafío directo con algo de ese método más directo que hemos visto en el culto consciente de los demonios.

En la descripción de ese culto a los demonios, de la devoradora execración de la inocencia mostrada en las obras de su brujería y en el más inhumano de sus sacrificios humanos, he dicho menos de su penetración indirecta y secreta en el paganismo más cabal; la saturación de la imaginación mitológica con el sexo; el ascenso del orgullo imperial hasta la locura. Pero tanto la influencia indirecta como la directa se hacen sentir en el drama de Belén.

Un gobernante bajo la soberanía romana, probablemente equipado y rodeado del ornamento y el orden romanos aunque de sangre oriental, parece en esa hora haber sentido agitarse en su interior el espíritu de cosas extrañas. Todos conocemos la historia de cómo Herodes, alarmado por algún rumor de un misterioso rival, recordó el gesto salvaje de los déspotas caprichosos de Asia y ordenó una matanza de sospechosos de la nueva generación de la plebe.

Todo el mundo conoce la historia; pero tal vez no todo el mundo haya notado su lugar en la historia de las extrañas religiones de los hombres. No todo el mundo ha visto el significado incluso de su propio contraste con las columnas corintias y el pavimento romano de ese mundo conquistado y superficialmente civilizado.

Tan solo, a medida que el propósito en su espíritu oscuro comenzó a mostrarse y brillar en los ojos del idumeo, un vidente tal vez habría visto algo parecido a un gran fantasma gris que miraba por encima de su hombro; habría visto detrás de él, llenando la bóveda de la noche y planeando por última vez sobre la historia, ese rostro vasto y temible que era el Moloc de los cartagineses; aguardando su último tributo de un gobernante de las razas de Sem. Los demonios también, en aquella primera fiesta de Navidad, se dieron su banquete a su propia manera.

A menos que comprendamos la presencia de ese Enemigo, no solo no entenderemos el sentido del cristianismo, sino que tampoco entenderemos el sentido de la Navidad.

Para nosotros, en la Cristiandad, la Navidad se ha convertido en una sola cosa y, en cierto sentido, incluso en una cosa sencilla. Pero, al igual que todas las verdades de esa tradición, en otro sentido es una cosa muy compleja. Su nota singular es la emisión simultánea de muchas notas: de humildad, de alegría, de gratitud, de temor místico, pero también de vigilancia y de dramatismo.

No es solo una ocasión para los hacedores de paz, como tampoco lo es para los juerguistas; no es solo una conferencia de paz hindú, como tampoco es solo una fiesta de invierno escandinava. Hay también algo desafiante en ella; algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como los grandes cañones de una batalla que acaba de ganarse.

Todo este indescriptible asunto que llamamos el ambiente navideño solo flota en el aire como una fragancia persistente o un vapor que se disipa procedente de la exultante explosión de aquella hora en las colinas de Judea hace casi dos mil años. Pero el sabor sigue siendo inconfundible, y es algo demasiado sutil o demasiado solitario para ser abarcado por el uso que hacemos de la palabra paz.

Por la propia naturaleza de la historia, los regocijos en la gruta fueron regocijos en una fortaleza o en la guarida de un fuera de la ley; bien entendido, no es demasiado frívolo decir que fueron regocijos en un refugio subterráneo. No es solo verdad que dicha cámara subterránea fuera un escondite contra los enemigos; y que los enemigos ya estuvieran recorriendo la llanura pedregosa que seextendía sobre ella como un cielo. No es solo que los propios casco de caballo de Herodes habrían podido, en ese sentido, pasar como un trueno sobre la cabeza hundida de Cristo.

Es también que hay en esa imagen una idea verdadera de puesto avanzado, de una perforación en la roca y una penetración en territorio enemigo. Hay en esta divinidad sepultada una idea de minar el mundo; de hacer temblar las torres y los palacios desde abajo; incluso tal como Herodes, el gran rey, sintió ese terremoto bajo sus pies y se tambaleó junto con su palacio vacilante.

Ese es tal vez el mayor de los misterios de la cueva. Ya resulta evidente que, aunque se dice que los hombres han buscado el infierno bajo la tierra, en este caso es más bien el cielo el que está bajo la tierra.

Y en esta extraña historia le sigue la idea de un vuelco del cielo. Esa es la paradoja de toda la situación: que en adelante lo más alto solo puede obrar desde abajo. La realeza solo puede retornar a lo suyo mediante una especie de rebelión.

En efecto, la Iglesia desde sus inicios, y quizás especialmente en sus inicios, no era tanto un principado como una revolución contra el príncipe de este mundo. Este sentimiento de que el mundo había sido conquistado por el gran usurpador, y estaba en su poder, ha sido muy lamentado o ridiculizado por aquellos optimistas que identifican la ilustración con la comodidad. Pero fue responsable de toda esa emoción de desafío y de peligro hermoso que hizo que la buena nueva pareciera ser verdaderamente buena y nueva a la vez.

Fue en verdad contra una enorme usurpación inconsciente que levantó una revuelta, y originalmente una revuelta tan oscura. El Olimpo aún ocupaba el cielo como una nube inmóvil esculpida en múltiples formas poderosas; la filosofía aún se sentaba en las alturas y aun en los tronos de los reyes, cuando Cristo nació en la cueva y el cristianismo en las catacumbas.

En ambos casos podemos observar la misma paradoja de la revolución: la sensación de algo despreciado y de algo temido.

La cueva, por un lado, no es más que un agujero o un rincón hacia el que los marginados son barridos como si fueran basura; pero, por otro, es el escondite de algo valioso que los tiranos buscan como si fuera un tesoro.

En cierto sentido, están allí porque el mesonero ni siquiera los recordaría, y en otro, porque el rey jamás puede olvidarlos.

Ya hemos señalado que esta paradoja apareció también en el trato que se dio a la Iglesia primitiva. Fue importante mientras aún era insignificante, y ciertamente mientras seguía siendo impotente. Fue importante únicamente porque era intolerable; y en ese sentido es verdad decir que era intolerable porque era intolerante.

Se le guardaba resentimiento porque, a su manera silenciosa y casi secreta, había declarado la guerra. Había surgido de las profundidades de la tierra para arruinar el cielo y la tierra del paganismo. No intentó destruir toda aquella creación de oro y mármol; pero contemplaba un mundo sin ella. Se atrevió a mirarla a través, como si el oro y el mármol hubieran sido de cristal.

Los que acusaron a los cristianos de incendiar Roma con antorchas eran unos difamadores; pero al menos estaban mucho más cerca de la naturaleza del cristianismo que aquellos modernos que nos dicen que los cristianos eran una especie de sociedad ética, martirizados de un modo lánguido por decir a los hombres que tenían un deber hacia sus semejantes, y que solo eran levemente aborrecidos porque eran mansos y apacibles.

Herodes tenía, por tanto, su lugar en el misterio de Belén porque es la amenaza contra la Iglesia Militante y la muestra desde el principio asediada y luchando por su vida. Para quienes piensen que esto es una disonancia, es una disonancia que suena simultáneamente con las campanas de Navidad. Para quienes piensen que la idea de la Cruzada es algo que arruina la idea de la Cruz, solo podemos decir que para ellos la idea de la Cruz está arruinada; la idea de la Cruz está arruinada, muy literalmente, en la Cuna. No viene al caso polemizar con ellos sobre la ética abstracta de la lucha; el propósito en este lugar es simplemente resumir la combinación de ideas que conforman la idea cristiana y católica, y señalar que todas ellas ya están cristalizadas en el primer relato navideño. Son tres cosas distintas y comúnmente contrastadas que, sin embargo, son una sola cosa; pero esta es la única cosa que puede hacerlas una. La primera es el instinto humano de un cielo que sea tan literal y casi tan local como un hogar. Es la idea perseguida por todos los poetas y paganos al crear mitos: que un lugar determinado debe ser el santuario del dios o la morada de los bienaventurados; que el país de las hadas es un país; o que el regreso del fantasma debe ser la resurrección del cuerpo. No voy a razonar aquí sobre la negativa del racionalismo a satisfacer esta necesidad. Solo digo que, si los racionalistas se niegan a satisfacerla, los paganos no quedarán satisfechos. Esto está presente en la historia de Belén y Jerusalén como está presente en la historia de Delos y Delfos; y como no está presente en todo el universo de Lucrecio o todo el universo de Herbert Spencer. El segundo elemento es una filosofía más vasta que otras filosofías; más vasta que la de Lucrecio e infinitamente más vasta que la de Herbert Spencer. Mira el mundo a través de cien ventanas donde el antiguo estoico o el agnóstico moderno solo mira a través de una. Ve la vida con miles de ojos pertenecientes a miles de tipos diferentes de personas, donde el otro es únicamente el punto de vista individual de un estoico o un agnóstico. Tiene algo para todos los estados de ánimo del hombre, encuentra trabajo para toda clase de hombres, comprende los secretos de la psicología, es consciente de las profundidades del mal, es capaz de distinguir entre prodigios reales e irreales y excepciones milagrosas, se entrena en el tacto ante los casos difíciles, todo ello con una multiplicidad, sutileza e imaginación sobre las variedades de la vida que van mucho más allá de las banales o desenfadadas perogrulladas de la mayor parte de la filosofía moral antigua o moderna. En una palabra, hay más en ella; encuentra más en la existencia sobre qué pensar; le saca más partido a la vida. Grandes masas de este material sobre nuestra vida multifacética se han añadido desde la época de Santo Tomás de Aquino. Pero Santo Tomás de Aquino por sí solo se habría encontrado limitado en el mundo de Confucio o de Comte. Y el tercer punto es este: que, si bien es lo suficientemente local para la poesía y más vasta que cualquier otra filosofía, es también un desafío y un combate. Si bien se amplía deliberadamente para abarcar todos los aspectos de la verdad, sigue estando firmemente en pie de guerra contra toda modalidad de error. Consigue que todo tipo de hombre luche por ella, consigue toda clase de armas con las que luchar, amplía su conocimiento de las cosas por las que se lucha y contra las que se lucha con todo el arte de la curiosidad o la empatía; pero nunca olvida que está luchando. Proclama paz en la tierra y nunca olvida por qué hubo guerra en el cielo.

Esta es la Trinidad de verdades simbolizada aquí por los tres tipos de la antigua historia navideña: los pastores y los reyes y aquel otro rey que hizo la guerra a los niños.

Simplemente no es verdad decir que otras religiones y filosofías sean sus rivales en este sentido. No es verdad decir que alguna de ellas combine estos caracteres; no es verdad decir que alguna de ellas pretenda combinarlos.

  • El budismo puede profesar ser igualmente místico; ni siquiera profesa ser igualmente militar.
  • El islam puede profesar ser igualmente militar; ni siquiera profesa ser igualmente metafísico y sutil.
  • El confucianismo puede profesar satisfacer la necesidad de orden y razón de los filósofos; ni siquiera profesa satisfacer la necesidad de los místicos de milagros y sacramentos y de la consagración de las cosas concretas.

Hay muchas evidencias de esta presencia de un espíritu a la vez universal y único. Una servirá aquí, que es el símbolo del tema de este capítulo: que ninguna otra historia, ninguna leyenda pagana o anécdota filosófica o acontecimiento histórico, nos afecta de hecho a ninguno de nosotros con esa impresión peculiar y hasta conmovedora producida en nosotros por la palabra Belén.

Ningún otro nacimiento de un dios o infancia de un sabio nos parece Navidad o algo parecido a la Navidad. Es o bien demasiado frío o demasiado frívolo, o bien demasiado formal y clásico, o bien demasiado simple y salvaje, o bien demasiado oculto y complicado. Ni uno solo de nosotros, cualesquiera que sean sus opiniones, iría jamás a una escena así con la sensación de que iba a casa. Podría admirarla por ser poética, o por ser filosófica, o por cualquier otra serie de cosas aisladas; pero no por ser ella misma.

La verdad es que hay un carácter muy peculiar e individual en el arraigo de esta historia en la naturaleza humana; su sustancia psicológica no se parece en absoluto a una mera leyenda o a la vida de un gran hombre. No dirige exactamente nuestras mentes, en el sentido ordinario, hacia la grandeza; hacia esas extensiones y exageraciones de la humanidad que se convierten en dioses y héroes, incluso por el tipo más saludable de culto al héroe. No obra exactamente hacia fuera, con espíritu aventurero, en busca de las maravillas que se hallan en los confines de la tierra.

Es más bien algo que nos sorprende por la espalda, desde la parte oculta y personal de nuestro ser; como eso que a veces puede tomarnos desprevenidos en el patetismo de los objetos pequeños o las piedades ciegas de los pobres. Es más bien como si un hombre hubiera encontrado una habitación interior en el mismo corazón de su propia casa que nunca antes hubiera sospechado; y hubiera visto una luz desde dentro. Es como si encontrara algo en el fondo de su propio corazón que lo delatara hacia el bien.

No está hecho de lo que el mundo llamaría materiales fuertes; o más bien está hecho de materiales cuya fuerza reside en esa ligereza alada con que nos rozan y pasan. Es todo cuanto hay en nosotros, salvo una breve ternura que allí se hace eterna; todo lo que no significa más que un ablandamiento momentáneo que de extraña manera se ha convertido en un fortalecimiento y un reposo; es el discurso entrecortado y la palabra perdida que se vuelven positivos y quedan suspendidos sin romperse; mientras los extraños reyes se desvanecen hacia un país lejano y las montañas ya no resuenan con los pasos de los pastores; y solo la noche y la caverna yacen pliegue sobre pliegue sobre algo más humano que la humanidad.

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