102
Aquí también con cada palabra el embustero mentía, como por su ordenanza al fin estaba obligado; pues ninguno que a Cristo adore podría allí habitar, solo los perros que al falso Mahoma adoran.
El Capitán, confiado en su guía moro, virando las velas se dirigía al Estrecho: mas, como su Diosa protectora se lo niega, eludió la barra del río y permanece afuera.