¿Qué se traían entre manos? Bien podía no tratarse de la inundación, dado que entretanto esta había quedado pospuesta en favor de otra cosa. Entonces, ¿qué era? Acechó y observó, a cada momento con el mayor riesgo de ser descubierto, pero sin éxito.
Una y otra vez tuvo que retirarse a toda prisa, un procedimiento que se hacía tanto más difícil cuanto que tenía que ir recogiendo su cordel a medida que desandaba el camino.
No era que tuviera miedo de los trasgos, sino que temía que descubriesen que los estaban vigilando, lo cual podría haber impedido el descubrimiento que perseguía.
A veces su prisa tenía que ser tal que, cuando llegaba a casa hacia el amanecer, su cordel, por falta de tiempo para enrollarlo mientras «eludía a los cobs», quedaba hecho un enredo Aparentemente de lo más desesperado; pero tras un buen sueño, aunque corto, siempre descubría que su madre lo había vuelto a desenredar. ¡Ahí estaba, enrollado en un ovillo formalísimo, listo para usar en cuanto lo necesitara!
—No me explico cómo lo haces, madre —solía decir—.
—Sigo el hilo —contestaba ella—, tal como tú haces en la mina. Nunca tenía más que decir al respecto; pero cuanto menos maña se daba con las palabras, más maña se daba con las manos; y cuanto menos decía su madre, más convencido estaba Curdie de que tenía mucho que decir. Pero, aun así, no había descubierto nada sobre lo que se traían entre manos los mineros trasgos.