y está seguro de que sus otros sentidos, el oído, etc., no intervinieron en esta falsa percepción. Más bien parece haber sido una concepción abstracta con los sentimientos de realidad y exterioridad espacial directamente unidos a ella—en otras palabras, una idea plenamente objetivada y exteriorizada.
Tales casos, junto con otros que sería demasiado tedioso citar, parecen probar suficientemente la existencia en nuestra maquinaria mental de un sentido de la realidad presente más difuso y general que el que nuestros sentidos especiales proporcionan. Para los psicólogos, rastrear la sede orgánica de tal sentimiento constituiría un bello problema; nada podría ser más natural que relacionarlo con el sentido muscular, con la sensación de que nuestros músculos se estaban inervando para la acción. Todo lo que así inervaba nuestra actividad, o «nos hacía poner la carne de gallina» —lo que nuestros sentidos hacen con más frecuencia—, podría entonces parecer real y presente, aunque no fuera más que una idea abstracta. Pero tales conjeturas vagas no nos conciernen por ahora, ya que nuestro interés se centra en la facultad más que en su sede orgánica.