días, vigilaba con ojo de buitre hasta el último palmo de tierra. Exclamaban con admiración: > «¡Sí, a nosotros, los demonios, no se nos lleva por las buenas, ya lo sabe! ¡Ahí tiene a un amo! ¡No podría haber otro más justo!».
Y Tijón Ílich los trataba con el mismo espíritu. Cuando estaba de humor afable, les soltaba la lección de este modo:
«Está bien vivir, pero no despilfarrar. ¡Si se presenta la ocasión, los desplumaré! Los haré volver al buen camino. Pero seré justo. Soy un hombre ruso, hermano».
Cuando estaba de mal humor, decía secamente, con los ojos centelleantes:
«¡Cerdos! ¡No hay hombre más justo en el mundo que yo!».
«Cerdos, de acuerdo, pero ese no soy yo», pensaba el campesino, desviando la mirada de aquellos ojos. Y murmuraba sumisamente:
«Ay, Señor, ¿cómo no lo vamos a saber?».
«Sí, lo sabéis, pero lo habéis olvidado. No quiero vuestros bienes de balde, pero tened esto presente: ¡no os daré ni una migaja de lo mío! Ahí está ese hermano mío: es un granuja, un borracho, pero lo ayudaría si viniera a suplicármelo. ¡Pongo a Dios por testigo de que lo ayudaría! ¿Pero mimarlo? ¡No, tenedlo en cuenta: yo no mimo a nadie. ¡Yo no soy un malagueño sin meollo, hermano!».
Y Nastasya Petróvna, que caminaba como un pato, con las puntas de los pies hacia adentro, y andaba con un bamboleo debido a sus incesantes embarazos que siempre terminaban en niñas muertas —Nastasya