«Ah, sí —contestaron—, no podemos evitar creerlo, aunque no logremos entenderlo». «Pues bien —dijo el anciano—, yo no puedo evitar creer en Jesucristo».
Y no puedo evitar creer en la regeneración del hombre, cuando veo a hombres que han sido redimidos, cuando veo a hombres que han sido reformados. ¿Acaso algunos de los peores hombres no han sido regenerados —sacados del abismo, y con sus pies puestos sobre la Roca, y un cántico nuevo puesto en sus boca? Sus lenguas estaban maldiciendo y blasfemando; y ahora se ocupan en alabar a Dios. Las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas. No están solo reformados, sino regenerados —hombres nuevos en Cristo Jesús.
Allí abajo, en los oscuros callejones de una de nuestras grandes ciudades, hay un pobre borracho. Pienso que, si queréis acercaros al infierno, debéis ir al hogar de un pobre borracho. Id a la casa de ese pobre y desgraciado borracho. ¿Hay algo que se parezca más al infierno sobre la tierra? Ved la escasez y la angustia que allí reinan. ¡Pero escuchad! Se oye un paso en la puerta, y los niños corren y se esconden. La paciente esposa espera para encontrarse con el hombre. Él ha sido su tormento. Muchas veces ella ha llevado las marcas de sus golpes durante semanas. Muchas veces esa fuerte mano derecha ha caído sobre su cabeza indefensa. Y ahora ella espera, aguardando oír sus maldiciones y sufrir su trato brutal. Él entra y le dice: «He estado en la reunión; y allí he oído que, si quiero, puedo ser convertido. Creo que Dios es capaz de salvarme». Id de nuevo a esa casa unas semanas después: ¡y qué cambio! Al acercaros, oís a alguien cantar. No es la canción de un juerguista, sino las notas de ese viejo y hermoso himno, «Roca de la Eternidad». Los niños ya no le temen al hombre, sino que se apiñan alrededor de su rodilla. Su esposa está cerca de él, con el rostro iluminado por un brillo de felicidad.