Se le aconsejó que fuera a Bath a tomar las aguas, lo que pareció producir por algún tiempo un efecto tan favorable en {p-xxiii} él que aun él mismo comenzó a abrigar —cosa que no solía hacer— una mejor opinión de su propia salud. Sus síntomas, sin embargo, no tardaron en reaparecer con su violencia habitual, y desde ese momento abandonó toda esperanza de recuperación, pero se resignó con la mayor alegría, y con la más perfecta complacencia y resignación.
A su regreso a Edimburgo, aunque se encontraba mucho más débil, su alegría nunca decayó, y siguió divirtiéndose como de costumbre corrigiendo sus propias obras para una nueva edición y leyendo libros de entretenimiento, con la conversación de sus amigos y, a veces por la noche, con una partida a su juego favorito, el whist.
Su alegría era tan grande, su conversación y sus entretenimientos discurrían tan fielmente por sus cauces habituales que, a pesar de todos los malos síntomas, mucha gente no podía creer que se estuviera muriendo.
—Le diré a su amigo, el coronel Edmondstone —le dijo el doctor Dundas un día—, que lo he dejado mucho mejor y enfilando hacia una buena recuperación. —Doctor —contestó él—, como creo que a usted no le gustaría decir otra cosa que la verdad, haría mejor en decirle que me estoy muriendo tan rápido como mis enemigos, si es que tengo alguno, podrían desear, y tan a pie juntillas y alegremente como mis mejores amigos podrían apetecer. El coronel Edmondstone fue a verlo poco después y se despidió de él; y de camino a casa no pudo reprimir el impulso de escribirle una carta para reiterarle un último adiós eterno y aplicarle, a él, como a un moribundo,