La palabra «confianza», que representa una de las facultades más nobles del corazón, ha ocupado siempre un lugar honorable en nuestra lengua. Es uno de esos extraños acontecimientos mediante los cuales los idiomas se convierten en registros indelebles de grandes hechos en la historia del mundo, el hecho de que esta palabra haya adquirido recientemente un nuevo significado que, al menos para el oído popular, resulta tan odioso como el viejo significado es agradable y gratificante.
Alguna generación futura tal vez se interese en investigar el hecho de que, allá por el siglo XIX, la palabra «trust» se usaba para designar una combinación odiosa destinada a restringir la competencia entre quienes se dedicaban al mismo negocio; y que se llamaba así porque los diversos miembros de la combinación confiaban el control de sus proyectos y negocios a algunos de sus integrantes seleccionados como fideicomisarios.
Nosotros, en la actualidad, estamos sin embargo vivamente interesados en una cuestión mucho más importante para nosotrxs que el examen de una curiosidad filológica. A todxs nos afecta directamente hoy la operación de los trusts; en algunos casos de tal manera que sentimos el efecto y nos rebelamos ante él; en otros, de manera que ignoramos su influencia y prestamos poca atención a su funcionamiento.
No han pasado más que unos pocos meses desde que la atención pública se dirigió al tema de los trusts; pero, gracias a la generalizada influencia educativa de la campaña política, hoy en día la gran proporción de los votantes del país al menos ha oído hablar de la existencia de los trusts, y probablemente tenga alguna idea de su funcionamiento y de su efecto sobre el público en general. Se les