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XVII. Un pantano sombrío

Un pantano sombrío

Y ahora, en los florecientes días del verano, ¡he aquí al señor y a la señora Boffin instalados en la aristocrática mansión familiar por excelencia, y he aquí toda suerte de criaturas trepadoras, rastreras, voladoras y zumbadoras, atraídas por el polvo de oro del Hombre del Basurero de Oro!

Los primeros entre aquellos que dejan tarjetas en la eminentemente aristocrática puerta antes de que esté bien pintada son los Veneering: sin aliento, cabría imaginar, por la impetuosidad de su arrebato hacia los eminentemente aristocráticos escalones.

  • Una señora Veneering grabada, dos señores Veneering grabados, y un señor y una señora Veneering conyugales y grabados, que solicitan el honor de la compañía del señor y la señora Boffin a cenar con las máximas solemnidades analíticas.
  • La encantadora Lady Tippins deja una tarjeta.
  • Twemlow deja tarjetas.
  • Un alto carruaje de color crema pastel, que se acerca con solemnidad, deja cuatro tarjetas, a saber: un par de señores Podsnap, una señora Podsnap y una señorita Podsnap.
  • Todo el mundo, con su mujer y su hija, deja tarjetas.

A veces, la mujer de todo el mundo tiene tantas hijas que su tarjeta se lee más bien como un lote variado en una subasta; que comprende a la señora Tapkins, la señorita Tapkins, la señorita Frederica Tapkins, la señorita Antonina Tapkins, la señorita Malvina Tapkins y la señorita Euphemia Tapkins; al mismo tiempo, la misma dama deja la tarjeta de la señora Henry George Alfred Swoshle, de soltera Tapkins; asimismo, una tarjeta, señora Tapkins En Casa, los miércoles, Música, Portland Place.

La señorita Bella Wilfer se convierte en huésped, por un tiempo indefinido, de la eminentemente aristocrática residencia.

La señora Boffin se lleva a la señorita Bella a casa de su modista y sombrerera, y la viste primorosamente.

Los Veneering descubren con rápido remordimiento que han omitido invitar a la señorita Bella Wilfer. Una señora Veneering y un señor y una señora Veneering, solicitando ese honor adicional, hacen penitencia al instante en cartulina blanca sobre la mesa del recibidor.

La señora Tapkins descubre asimismo su omisión y la repara con prontitud: por ella misma; por la señorita Tapkins, por la señorita Frederica Tapkins, por la señorita Antonina Tapkins, por la señorita Malvina Tapkins y por la señorita Euphemia Tapkins. Asimismo, por la señora Henry George Alfred Swoshle, de soltera Tapkins. Asimismo, por la señora Tapkins en Su Casa, los miércoles, Música, Portland Place.

Los libros de los comerciantes tienen hambre, y a los comerciantes se les hace la agua la boca, por el polvo de oro del Hombre del Polvo Dorado. Mientras la señora Boffin y la señorita Wilfer salen a pasear en coche, o el señor Boffin camina a su trote cochinero, el pescadero se quita el sombrero con un aire de reverencia basado en el convencimiento. Sus empleados se limpian los dedos en los delantales de lana antes de atreverse a llevarse la mano a la frente ante el señor Boffin o su Dama. El salmón boquiabierto y el mújol dorado que yacen sobre la losa parecen poner los ojos en blanco, como pondrían las manos si las tuvieran, en una admiración devota. El carnicero, aunque es un hombre corpulento y próspero, no sabe qué hacer consigo mismo, tan ansioso está por expresar humildad cuando los Boffin, que pasan a tomar el aire por un bosquecillo de corderos, lo descubren. Se hacen regalos a los criados de los Boffin, y extraños afables con tarjetas de visita que se cruzan con dichos criados en la calle les ofrecen una corrupción hipotética. Como: «Suponiendo que tuviera el favor de un pedido del señor Boffin, mi querido amigo, me valdría la pena»⁠—hacer cierta cosa que espero no resulte del todo desagradable para sus sentimientos.

Pero nadie sabe tan bien como el Secretario, que abre y lee las cartas, qué asedio se le tiende al hombre marcado por el sello de la notoriedad.

¡Oh, la variedad de polvos para los ojos, ofrecidos a cambio del polvo de oro del Harinero de Oro!

  • Cincuenta y siete iglesias que erigir con medias coronas,
  • cuarenta y dos casas rectorales que reparar con chelines,
  • veintisiete órganos que construir con cerditos,
  • mil doscientos niños que criar con sellos de correos.

No es que una media corona, un chelín, un cerdito o un sello de correos fueran particularmente aceptables por parte del señor Boffin, sino que es tan evidente que él es el hombre indicado para cubrir el déficit.

¡Y después las obras de caridad, hermano mío en Cristo! Y las más de las veces con dificultades, aunque también las más de las veces pródigas en los costosos artículos de imprenta y papel. Carta doble, grande, gorda y privada, sellada con corona ducal. «Nicodemus Boffin, Esquire. Mi querido señor: Habiendo consentido en presidir la próxima Cena Anual del Fondo de la Fiesta de la Familia, y sintiéndome profundamente impresionado por la inmensa utilidad de esa noble institución y la gran importancia de que sea respaldada por una lista de mayordomos que demuestre al público el interés que en ella toman hombres populares y distinguidos, he tomado sobre mí pedirle que acepte ser mayordomo en dicha ocasión. Rogando su favorable respuesta antes del 14 del presente, quedo, mi querido señor, su fiel servidor, Linseed. P. D. La cuota de mayordomo se limita a tres guineas».

Amistoso por parte del duque de Linaza (y considerado en la posdata), aunque solo litografiado por cientos y presentando una pálida individualidad en el sobrescrito dirigido a Nicodemus Boffin, Esquire, escrito con una letra completamente distinta.

Hacen falta dos nobles condes y un vizconde, en conjunto, para informarle a Nicodemus Boffin, Esquire, de manera igualmente halagadora, que una respetable dama del oeste de Inglaterra ha ofrecido entregar un monedero que contiene veinte libras a la Sociedad para la Concesión de Annuidades a Miembros Modestos de las Clases Medias, si veinte personas presentan previamente sendos monederos de cien libras cada uno.

Y esos benévolos nobles señalan con gran amabilidad que si Nicodemus Boffin, Esquire, deseara presentar dos o más monederos, no será incompatible con el propósito de la respetable dama del oeste de Inglaterra, siempre y cuando cada monedero vaya asociado al nombre de algún miembro de su honrada y respetada familia.

Estos son los mendigos corporativos. Pero hay, además, mendigos particulares; ¡y cómo le flaquea el corazón al Secretario cuando tiene que vérselas con ellos! Y hay que vérselas con ellos hasta cierto punto, porque todos adjuntan documentos (a sus retazos los llaman documentos; pero en cuanto a papeles dignos de tal nombre, son lo que la ternera picada a una ternera), cuya no devolución sería su ruina. Es decir, están totalmente arruinados ahora, pero estarían más totalmente arruinados entonces.

Entre estos corresponsales hay varias hijas de oficiales generales, acostumbradas desde hace tiempo a todos los lujos de la vida (salvo a la ortografía), que jamás habrían pensado, cuando sus galantes padres libraban la guerra en la Península, que un día tendrían que apelar a aquellos a quienes la Providencia, en su inescrutable sabiduría, ha bendecido con oro a manos llenas, y de entre ellos eligen el nombre del Esquire Nicodemus Boffin para un primer intento en este sentido, entendido que tiene un corazón como no ha habido otro.

El Secretario aprende también que la confianza entre marido y mujer parece reinar con muy poca frecuencia cuando la virtud se halla en apuros, tan numerosas son las esposas que empuñan la pluma para pedir dinero al señor Boffin a espaldas de sus devotos esposos, quienes jamás lo consentirían; mientras que, por otra parte, tan numerosos son los maridos que empuñan la pluma para pedir dinero al señor Boffin a espaldas de sus devotas esposas, las cuales perderían el juicio al punto si tuvieran la menor sospecha del asunto.

También están los mendigos inspirados. ¡Estos estaban sentados, apenas ayer por la tarde, meditando sobre un cabo de vela que pronto debía extinguirse y dejarlos en la oscuridad por el resto de sus noches, cuando seguramente algún ángel susurró a sus almas el nombre de Nicodemus Boffin, Esquire, infundiéndoles rayos de esperanza, qué digo, de confianza, que desde hace mucho tiempo les eran ajenos!

A éstos se asemejan los mendigos de amistad sugerente. Estaban compartiendo una patata fría y agua a la luz parpadeante y sombriza de una cerilla de fósforo, en su alojamiento (con el alquiler muy atrasado y una desalmada patrona amenazando con echarlos «como a un perro» a la calle), cuando un amigo dotado, que casualmente pasó a visitarlos, dijo: «Escriban inmediatamente al distinguido Nicodemus Boffin», y no admitió negativas.

También están los mendigos noblemente independientes.

Estos, en los días de su abundancia, siempre consideraron el oro como escoria, y aún no han superado ese único impedimento en el camino de su acumulación de riqueza, pero no quieren ninguna escoria de Nicodemus Boffin, Esquire;

No, señor Boffin; el mundo podrá llamarlo orgullo, orgullo mezquindad si se quiere, pero no lo aceptarían aunque usted se lo ofreciera; un préstamo, señor⁠ —por catorce semanas clavadas, con intereses calculados a razón del cinco por ciento anual, para ser donado a cualquier institución de beneficencia que usted tenga a bien nombrar⁠— es todo lo que quieren de usted, y si tiene la bajeza de negárselo, cuente con ser despreciado por estos grandes espíritus.

También están los mendigos de metódicos hábitos comerciales. Estos se quitarán la vida a la una menos cuarto de la tarde del martes, si no se recibe entretanto un giro postal del distinguido Nicodemus Boffin; de llegar pasada la una menos cuarto de la tarde del martes, no será necesario enviarlo, ya que para entonces (habiendo dejado constancia exacta de las despiadadas circunstancias) estarán «fríos en la muerte».

Ahí están también los mendigos a caballo, en un sentido distinto al del refrán. Van montados y listos para emprender la marcha por la autopista de la opulencia. Tienen la meta ante los ojos, el camino se encuentra en las mejores condiciones, llevan las espuelas listas, el corcel está dispuesto, pero, en el último momento, por falta de algo en concreto⁠—un reloj, un violín, un telescopio astronómico, una máquina eletrizante⁠—, tienen que desmontar para siempre, a menos que reciban su equivalente en dinero de manos del distinguido señor Nicodemus Boffin.

Menos dados a los detalles son los mendigos que hacen aventuras especulativas. A éstos, a los que por lo general hay que contestar bajo iniciales en una estafeta de correos rural, se les inquiere con letra femenina,

¿Se atreve una que no puede revelarse a Nicodemo Boffin, Esquinarte, pero cuyo nombre podría sobresaltarle si fuera revelado, a solicitar el anticipo inmediato de dos libras esterlinas procedentes de riquezas inesperadas que ejercen su más noble privilegio bajo la confianza de una humanidad común?

En semejante lúgubre ciénaga se alza la nueva casa, y a través de ella brega a diario el Secretario con el agua hasta el pecho.

Por no hablar de toda la gente viva que ha inventado artilugios que no funcionan, y de todos los chanchulleros que hacen chanchullos en todos los chanchullos amañados; aunque a estos se les pueda considerar los Caimanes de la Ciénaga Lúgubre, siempre al acecho para arrastrar al Basurero Dorado hacia el fondo.

Pero la vieja casa. ¿No hay allí maquinaciones contra el Polvo de Oro? ¿No hay peces de la tribu de los tiburones en las aguas del Refugio? Tal vez no.

Aun así, Wegg está instalado allí y, a juzgar por sus procedimientos secretos, parecería albergar la idea de hacer un descubrimiento. Pues, cuando un hombre con una pierna de palo se acuesta boca abajo sobre el vientre para mirar debajo de las camas; y salta por las escaleras de mano, como un ave extinta, para inspeccionar lo alto de los armarios y alacenas; y se provee de una varilla de hierro que no hace más que hurgar y sondear en los montones de polvo; lo más probable es que espere encontrar algo.

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