Razones que establecen la existencia de Dios y la distinción entre la mente y el cuerpo del hombre, dispuestas en orden geométrico
(De la Respuesta a las Segundas Objeciones—Latín, 1670, págs. 85–91. Francés, Garnier, Tom. II, págs. 74–84)
Definiciones
I . Por el término «pensamiento» (cogitatio, pensée), comprendo todo lo que está en nosotros, de modo que somos inmediatamente conscientes de ello.
Así, todas las operaciones de la voluntad, el intelecto, la imaginación y los sentidos son pensamientos. Pero he utilizado expresamente la palabra «inmediatamente» para excluir todo lo que sigue o depende de nuestros pensamientos: por ejemplo, el movimiento voluntario tiene, en verdad, al pensamiento por origen (principio), mas no por ello es él mismo un pensamiento.
[Así, caminar no es un pensamiento, sino la percepción o conocimiento que tenemos de nuestro caminar.]
II . Por la palabra «idea» entiendo la forma de cualquier pensamiento, por cuya percepción inmediata soy consciente de ese mismo pensamiento; de modo que nada puedo expresar con palabras, cuando entiendo lo que digo, sin hacer cierto, solo con esto, que poseo la idea de la cosa que estas palabras significan. Y así no doy el nombre de idea únicamente a las imágenes que están depictas en la fantasía; por el contrario, no aplico aquí este nombre a ellas en cuanto están en la fantasía corpórea, es decir, en cuanto están depictas en ciertas partes del cerebro, sino solo en cuanto informan a la mente misma, cuando está vuelta hacia esa parte del cerebro.
III. Por realidad objetiva de una idea entiendo la entidad o el ser de la cosa representada por la idea, en la medida en que esta entidad está en la idea; y, del mismo modo, puede llamarse ya perfección objetiva, ya artificio objetivo, etc. (artificium objectivum). Pues todo lo que concebimos que está en los objetos de las ideas está objetivamente [o por representación] en las ideas mismas.
IV . Se dice que las mismas cosas están formalmente en los objetos de las ideas cuando están en ellos tal como los concebimos; y se dice que están en los objetos eminentemente cuando no son en realidad tales como los concebimos, sino que son tan grandes que pueden suplir este defecto por su excelencia.
V . Todo aquello en lo que reside inmediatamente, como en un sujeto, o mediante lo cual existe cualquier objeto que percibimos —es decir, cualquier propiedad, o cualidad, o atributo del cual tenemos en nosotros una idea real— se llama sustancia . Pues no tenemos otra idea de sustancia, tomada con precisión, excepto que es una cosa en la que existe formal o eminentemente esta propiedad o cualidad que percibimos, o que está objetivamente en alguna de nuestras ideas, puesto que la luz natural nos enseña que la nada no puede tener ningún atributo real.
VI. La sustancia en la que reside inmediatamente el pensamiento es llamada aquí mente (mens, esprit). Hablo aquí, sin embargo, de mens más bien que de anima, porque esta última es equívoca, ya que se aplica frecuentemente para denotar un objeto corpóreo.
VII . La sustancia que es el sujeto inmediato de la extensión local y de los accidentes que presuponen esta extensión, como la figura, la situación, el movimiento local, etc., se llama cuerpo. Pero si la sustancia que se llama mente es la misma que la que se llama cuerpo, o si son dos sustancias diversas, es una cuestión que ha de considerarse más adelante.
VIII . La sustancia que entendemos como supremamente perfecta, y en la que no concebimos nada que implique defecto o limitación de perfección, se llama Dios .
IX . Cuando decimos que cierto atributo está contenido en la naturaleza o el concepto de una cosa, esto es lo mismo que si dijéramos que el atributo es verdadero respecto de la cosa, o que puede afirmarse de la cosa misma.
X . Dos sustancias se consideran realmente distintas cuando cada una de ellas puede existir sin la otra.
Postulados
1.º Pido a mis lectores que consideren cuán endebles son los motivos que hasta ahora les han llevado a depositar su confianza en los sentidos, y cuán inseguros son todos los juicios que fundaron posteriormente en ellos; y que reparen en esta consideración durante tanto tiempo y con tanta frecuencia que, en fin, adquieran la costumbre de no fiarse ya con tanta confianza de sus sentidos; pues considero que esto es necesario para llegar a ser capaz de comprender las verdades metafísicas.
2.º Que consideren su propia mente, y todos aquellos de sus atributos de los cuales descubran que no pueden dudar —aunque hayan supuesto que todo lo que alguna vez recibieron por los sentidos era enteramente falso—, y que no dejen de considerarla hasta haber adquirido el hábito de concebirla distintamente, y de creer que es más fácil de conocer que cualquier objeto corporal.
3.° Que examinen diligentemente aquellas proposiciones que son evidentes por sí mismas, las cuales encontrarán dentro de sí, como las siguientes: Que una misma cosa no puede al mismo tiempo ser y no ser; que la nada no puede ser la causa eficiente de nada, y otras semejantes; y que de este modo ejerzan esa claridad de entendimiento que les ha sido dada por la naturaleza, pero que las percepciones de los sentidos suelen perturbar y oscurecer en gran medida —la ejerzan, digo, pura y liberada de los objetos de los sentidos—, pues de este modo la verdad de los siguientes axiomas les parecerá muy evidente.
4º. Que examinen las ideas de aquellas naturalezas que contienen en sí un agregado de varios atributos, tales como la naturaleza del triángulo, la del cuadrado, o de alguna otra figura; así como también la naturaleza de la mente, la naturaleza del cuerpo y, sobre todo, la de Dios, o de un ser sumamente perfecto; y les ruego que observen que puede afirmarse con verdad que todas estas cosas están en los objetos que concebimos claramente que se contienen en ellas: por ejemplo, puesto que en la naturaleza del triángulo rectilíneo se encuentra contenida esta propiedad, a saber, que sus tres ángulos son iguales a dos rectos, y que en la naturaleza del cuerpo o de la cosa extensa se comprende la divisibilidad (pues no concebimos ninguna cosa extensa tan pequeña que no podamos dividirla, al menos con el pensamiento), es verdad que los tres ángulos de un triángulo rectilíneo son iguales a dos rectos, y que todo cuerpo es divisible.
5.º Que se detengan mucho y largo tiempo en la contemplación del Ser supremamente perfecto y, entre otras cosas, consideren que en las ideas de todas las demás naturalezas la existencia posible ciertamente está contenida, pero que en la idea de Dios está contenida no solo la posible, sino la existencia absolutamente necesaria. Pues, a partir de esto solo, y sin razonamiento alguno, descubrirán que Dios existe: y no será menos evidente por sí mismo que el que dos es un número par y tres impar, junto con otras verdades de este tipo. Pues hay ciertas verdades que son así manifiestas para algunos sin demostración, las cuales no son comprendidas por otros sin un proceso de razonamiento.
6.º Que, considerando atentamente todos los ejemplos de percepción clara y distinta, y todos los de oscura y confusa de los que hablé en mis Meditaciones, se acostumbren a distinguir las cosas que se conocen con claridad de aquellas que son oscuras, pues esto se aprende mejor con el ejemplo que con las reglas; y creo haber abierto allí, o al menos tocado en cierto grado, todos los ejemplos de este género.
7.° Que los lectores, advirtiendo la circunstancia de que nunca descubrieron falsedad alguna en las cosas que concebían con claridad, y que, por el contrario, jamás hallaron, a no ser por casualidad, verdad alguna en las cosas que concebían oscuramente, consideren que es totalmente irracional si, solo a causa de ciertos prejuicios de los sentidos, o de hipótesis que contienen lo desconocido, ponen en duda lo que es concebido clara y distintamente por el puro entendimiento; pues así admitirán fácilmente que los siguientes axiomas son verdaderos e indubitables, aunque confieso que varios de ellos podrían haber sido mucho mejor desarrollados, y más bien habrían debido proponerse como teoremas que como axiomas, si hubiera querido ser más exacto.
Axiomas o nociones comunes
I . No existe nada de lo cual no pueda preguntarse cuál es la causa de su existencia; pues esto puede preguntarse incluso respecto a Dios; no porque sea necesaria alguna causa para su existencia, sino porque la inmensidad misma de su naturaleza es la causa o razón por la cual no es necesaria ninguna causa de su existencia.
II . El tiempo presente no depende de aquel que lo precedió inmediatamente; por esta razón, no se necesita una causa menor para conservar una cosa que para producirla en un principio.
III . Cualquier cosa o cualquier perfección de una cosa realmente existente no puede tener la nada, o una cosa inexistente, como causa de su existencia.
IV . Toda la realidad de perfección que se encuentra en una cosa está formal o eminentemente en su primera y total causa.
V . De donde se sigue asimismo que la realidad objetiva de nuestras ideas requiere una causa en la que esa misma realidad esté contenida, no simplemente de manera objetiva, sino formal o eminentemente. Y debe observarse que este axioma debe ser admitido necesariamente, ya que de él solo depende el conocimiento de todas las cosas, tanto sensibles como insensibles. Pues, ¿de dónde sabemos, por ejemplo, que el cielo existe? ¿Acaso porque lo vemos? Pero esta visión no afecta a la mente a menos que sea en tanto que es una idea, y una idea inherente a la misma mente, y no una imagen representada en la fantasía; y, en virtud de esta idea, no podemos juzgar que el cielo existe a menos que supongamos que toda idea debe tener una causa de su realidad objetiva que exista verdaderamente; y juzgamos que esta causa es el cielo mismo, y así en los demás casos.
VI. Hay diversos grados de realidad, esto es, de entidad [o perfección]: pues la sustancia tiene más realidad que el accidente o el modo, y la sustancia infinita más que la finita; por esta misma razón hay también más realidad objetiva en la idea de sustancia que en la de accidente, y en la idea de sustancia infinita que en la de la finita.
VII . La voluntad de un ser pensante es llevada voluntaria y libremente, pues ello es de la esencia de la voluntad, pero sin embargo infaliblemente, hacia el bien que le es claramente conocido; y, por tanto, si descubre algunas perfecciones que no posee, se las conferirá al instante a sí mismo si están en su poder [pues percibirá que poseerlas es un bien mayor que carecer de ellas].
VIII . Aquello que puede lograr lo mayor o más difícil, también puede lograr lo menor o más fácil.
IX. Es una cosa mayor y más difícil crear o conservar una sustancia que crear o conservar sus atributos o propiedades; pero esta creación de una cosa no es mayor ni más difícil que su conservación, como ya se ha dicho.
X . En la idea o concepto de una cosa está contenida la existencia, porque somos incapaces de concebir cosa alguna sino bajo la forma de una cosa que existe; pero con esta diferencia: que en el concepto de una cosa limitada solo está contenida una existencia posible o contingente, y en el concepto de un ser soberanamente perfecto, se comprende una existencia perfecta y necesaria.
Proposición I
La existencia de Dios se conoce a partir de la consideración de su naturaleza sola.
Manifestación
Decir que un atributo está contenido en la naturaleza o en el concepto de una cosa es lo mismo que decir que este atributo es verdadero respecto de esta cosa, y que puede afirmarse que está en ella. (Definición IX)
Pero la existencia necesaria está contenida en la naturaleza o en el concepto de Dios (por el Axioma X).
Por tanto, se puede decir con verdad que en Dios hay existencia necesaria, o que Dios existe.
Y este silogismo es el mismo del que me serví en mi respuesta al sexto artículo de estas objeciones; y su conclusión puede ser conocida sin demostración por quienes están libres de todo prejuicio, como se ha dicho en el Postulado V.
Pero debido a que no es tan fácil alcanzar una tan gran perspicacia de mente, intentaremos establecer la misma cosa por otros modos.
Proposición II
La existencia de Dios se demuestra, a posteriori, solo a partir de esto: que su idea está en nosotros.
Manifestación
La realidad objetiva de cada una de nuestras ideas requiere una causa en la cual esté contenida esta misma realidad, no simplemente de manera objetiva, sino formal o eminente (según el Axioma V).
Pero tenemos en nosotros la idea de Dios (por las Definiciones II y VIII), y la realidad objetiva de esta idea no está contenida en nosotros ni formal ni eminentemente (por el Axioma VI), ni puede estar contenida en ningún otro sino en Dios mismo (por la Definición VIII).
Por tanto, esta idea de Dios que está en nosotros requiere a Dios por su causa, y en consecuencia Dios existe (según el Axioma III).
Proposición III
La existencia de Dios también se demuestra a partir de esto, que nosotros mismos, que poseemos la idea de él, existimos.
Manifestación
Si yo poseyera el poder de conservarme, tendría asimismo el poder de conferirme, a fortiori, todas las perfecciones que me faltan (según los Axiomas VIII y IX), pues estas perfecciones son solo atributos de la sustancia, mientras que yo mismo soy una sustancia.
Pero no tengo el poder de conferirme a mí mismo estas perfecciones, pues de otro modo ya las poseería (según el Axioma VII ).
Por lo tanto, no tengo el poder de la autoconservación.
Además, no puedo existir sin ser conservado, mientras exista, ya sea por mí mismo, suponiendo que poseo el poder, o por otro que tenga este poder (según los Axiomas I y II).
Pero existo, y sin embargo no tengo el poder de la autoconservación, como he demostrado recientemente. Por consiguiente, soy conservado por otro.
Además, aquello por lo cual soy conservado tiene en sí, formal o eminentemente, todo lo que hay en mí (por el Axioma IV).
Pero tengo en mí la percepción de muchas perfecciones que me faltan, y también la de la idea de Dios (según las Definiciones II y VIII). De ahí que la percepción de esas mismas perfecciones esté en aquel por quien soy conservado.
Finalmente, ese mismo ser por quien soy conservado no puede tener la percepción de ninguna perfección que le falte, es decir, que no tenga en sí formal o eminentemente (por el Axioma VII ); pues teniendo el poder de conservarme, como se acaba de decir, tendría, a fortiori , el poder de conferirse a sí mismo estas perfecciones, si le faltaran (por los Axiomas VIII y IX ).
Pero posee la percepción de todas las perfecciones que descubro que me faltan, y que concibo que pueden estar solo en Dios, como he probado recientemente:
Por tanto, tiene todas estas cosas en sí mismo, formal o eminentemente, y así es Dios.
Corolario
Dios ha creado el cielo y la tierra y todo lo que en ellos está contenido; y además de esto puede hacer todas las cosas que concebimos claramente de la manera en que las concebimos.
Manifestación
Todas estas cosas se siguen claramente de la proposición precedente. Pues en ella hemos demostrado la existencia de Dios, a partir de la necesidad de que exista alguien en quien se hallen contenidas formal o eminentemente todas las perfecciones de las cuales hay en nosotros alguna idea.
Pero tenemos en nosotros la idea de un poder tan grande que, por el solo hecho de ser en quien reside, el cielo y la tierra, etc., debieron ser creados, y también que por ese mismo ser todas las demás cosas que concebimos como posibles pueden ser producidas.
Por tanto, al demostrar la existencia de Dios, hemos demostrado con ella también todas estas cosas.
Proposición IV
La mente y el cuerpo son verdaderamente distintos.
Manifestación
Todo lo que concebimos claramente puede ser hecho por Dios de la manera en que lo concebimos (por el Corolario precedente).
Pero concebimos claramente la mente, es decir, una sustancia que piensa, sin el cuerpo, es decir, sin una sustancia extensa (por el Postulado II); y, por otra parte, concebimos igualmente con claridad el cuerpo sin la mente (como todos admiten):
Por lo tanto, al menos por la omnipotencia de Dios, la mente puede existir sin el cuerpo, y el cuerpo sin la mente.
Ahora bien, las sustancias que pueden existir independientemente unas de otras son verdaderamente distintas (por la Definición X).
Pero la mente y el cuerpo son sustancias (por las Definiciones V, VI y VII), que pueden existir independientemente la una del otro, como he demostrado recientemente:
De ahí que la mente y el cuerpo sean verdaderamente distintos.
Y debe observarse que aquí me he servido de la omnipotencia de Dios para fundamentar mi demostración, no porque se necesite un poder extraordinario para separar la mente del cuerpo, sino por esta razón: que, habiendo tratado de Dios únicamente en las proposiciones precedentes, no podía extraer mi prueba de ninguna otra fuente que no fuera él; y poco importa mediante qué poder se separan dos cosas para descubrir que son verdaderamente distintas.