¡Consuelo amable en hora moribunda! Tal, padre, no es (ahora) mi tema— No creeré con locura que el poder De la Tierra pueda absolverme del pecado En que el orgullo terrenal se ha deleitado— No tengo tiempo para embelesarme o soñar: Lo llamas esperanza—¡ese fuego de fuego! No es sino agonía de deseo: Si puedo esperar—¡Oh Dios! puedo— Su fuente es más santa—más divina— No te llamaría necio, viejo, Mas tal no es un don tuyo.
Conoce el secreto de un espíritu doblegado de su orgullo salvaje a la vergüenza.
¡Oh, corazón anhelante! Yo heredé tu porción marchita junto con la fama, la gloria abrasadora que ha brillado entre las Joyas de mi trono, ¡aureola del Infierno!, y con un dolor que ni el Infierno hará que vuelva a temer—
¡Oh, corazón hambriento, por las flores perdidas y el sol de mis horas de verano! La voz inmortal de aquel tiempo muerto, con su interminable tañido, resuena, en el espíritu de un hechizo, sobre tu vacío: un guardarrayo.
No siempre he sido cual ahora soy: El diadema febril de mi frente lo reclamé y gané usurpadoramente— ¿No ha dado la misma fiereza hereditaria Roma al César—y esto a mí? La herencia de una mente regia, y un espíritu orgulloso que ha luchado triunfante contra la humanidad. En suelo montañoso di la vida por primera vez: Las nieblas del Taglay han vertido nocturnamente sus rocíos sobre mi cabeza, y, creo, la lucha