De día, la innumerable turba describía un círculo y revoloteaba dando gritos en torno a los delfines ornamentales que coronaban el tejado. Sobre todo cuando el cielo sobre la puerta fulguraba con el arrebol del atardecer, destacaban con nitidez como un puñado de semillas de sésamo esparcidas. Por supuesto, estaban allí para picotear la carne de los cadáveres en lo alto de la puerta. Sin embargo, en este día, tal vez debido a lo avanzado de la hora, no se veía ni un solo pájaro. Solo aquí y allá, sobre los desmoronados peldaños de piedra, donde la hierba crecía alta en las grietas, sus excrementos brillaban en salpicaduras blancas. El criado, con una ajada casaca azul oscuro, se sentaba en el más alto de los siete peldaños y, tocándose un gran carbunclo en la mejilla derecha, miraba distraído la lluvia que caía.
He dicho que estaba esperando a que escampara. Pero incluso si escampaba, no tenía nada en particular que deseara hacer. Habitualmente, por supuesto, habría tenido que regresar a la casa de su amo. Pero cuatro o cinco días antes, lo habían despedido. Como ya he dicho, Kioto se encontraba en una decadencia sin precedentes. Y la destitución de este hombre por parte de un amo a quien había servido durante años era una pequeña onda en ese mar de problemas. Por lo tanto, más que decir que estaba esperando a que escampara, venía al caso decir que, empujado a buscar refugio por la tormenta, este criado que no tenía adónde ir no sabía qué hacer. Además, el cielo sombrío de aquel día ejercía un influjo nada despreciable en el sentimentalismo de este hombre de la época Heian. La lluvia, que caía desde un poco después de la hora del mono, seguía sin dar señales de amainar. Así que el sirviente se quedó sentado, devanándose los sesos con un divagar caótico sobre la única y urgente