vieja mona quitándole los piojos a su cría, comenzó a arrancarle los largos cabellos uno por uno. Parecían ceder a su tirones.
Con cada cabello que se arrancaba, el espanto parecía apartarse de manera apreciable del corazón del lacayo. Y al mismo tiempo, un odio intenso hacia la vieja bruja iba engendrándose poco a poco.
No, «hacia la vieja bruja» tal vez no sean exactamente las palabras adecuadas. Más bien, su antipatía hacia todo el mal crecía con más fuerza a cada minuto.
Si alguien en aquel momento hubiera vuelto a plantear la cuestión que este hombre había estado sopesando bajo el portal hacía poco, sobre si debía morirse de hambre o volverse ladrón, con toda probabilidad habría elegido sin vacilar la inanición.
Así de ferozmente, como la astilla de pino que la vieja bruja había hincado en el suelo, ardía la aversión de este hombre hacia el mal.
El criado, por supuesto, no sabía por qué la vieja harpía estaba arrancándole los pelos a la muerta. En consecuencia, tampoco sabía, de manera racional, si su conducta debía catalogarse como buena o mala.
Pero para él, el arrancarle el pelo de la cabeza a los muertos en aquella noche lluviosa, allá arriba en el Rashōmon, era, a primera vista, un crimen imperdonable. Como era de esperar, ya se había olvidado de que un momento antes había estado a punto de volverse ladrón él mismo.
Así pues, afirmando firmemente los dos pies, dio de repente un salto desde la escalera hacia la habitación.
Luego, empuñando el sencillo mango de su espada, avanzó a grandes zancadas hacia la bruja. Como era natural, esta se quedó fuera de sí por el susto.