A lo cual, sobre las bases expuestas, la respuesta es obvia, a saber:
Que si la gramática ha de enseñarse en algún momento, debe ser a alguien que ya pueda hablar la lengua; ¿cómo si no se le puede enseñar la gramática de esta?
Esto al menos resulta evidente a partir de la práctica de las naciones sabias y cultas de la antigüedad. Hicieron parte de la educación cultivar sus propias lenguas, no las extranjeras.
Los griegos consideraban bárbaras a todas las demás naciones y sentían desprecio por sus idiomas. Y aunque el saber griego cobró prestigio entre los romanos, hacia el final de su república, fue sin embargo la lengua romana la que constituyó el estudio de su juventud: debían hacer uso de su propia lengua y, por lo tanto, era en su propia lengua en la que se les instruía y ejercitaba.
Pero, más particularmente para determinar la sazón apropiada para la gramática, no veo cómo pueda razonablemente convertirse en objeto de estudio de nadie, sino como una introducción a la retórica; cuando se juzgue oportuno poner a alguien al cuidado de pulir su lengua y de hablar mejor que los ignorantes, entonces será el momento de instruirle en las reglas de la gramática, y no antes.
Pues siendo la gramática el arte de enseñar a los hombres, no a hablar, sino a hablar correctamente y según las reglas exactas de la lengua, lo cual es parte de la elegancia, de poco sirve lo uno a quien no tiene necesidad de lo otro; allí donde la retórica no es necesaria, la gramática puede obviarse.
No sé por qué nadie habría de perder el tiempo y devanarse los sesos con la gramática latina, si no tiene la intención de ser crítico, ni de pronunciar discursos o redactar escritos en ella. Cuando alguien descubra en sí mismo la necesidad o disposición de estudiar a fondo cualquier lengua extranjera, y de poseer un conocimiento sutilmente exacto de ella, será tiempo más que suficiente para emprender un estudio gramatical de la misma.
Si su uso de ella ha de ser únicamente para comprender algunos libros escritos en la misma, prescindiendo de un conocimiento crítico de la lengua en sí, la mera lectura, como ya he dicho, bastará para lograr este fin, sin abrumar a la mente con las múltiples reglas e intrincados laberintos de la gramática.
§169. Para el ejercicio de su escritura, que traduzca a veces del latín al inglés; pero como el aprendizaje del latín no es más que el aprendizaje de palabras, un asunto muy desagradable tanto para jóvenes como para ancianos, combínelo con tanto conocimiento real como pueda, comenzando siempre por el que sea más evidente a los sentidos; tal como el conocimiento de los minerales, plantas y animales, y en particular la madera y los árboles frutales, sus partes y formas de propagación, en lo cual se le puede enseñar al niño mucho que no le será inútil al hombre; pero muy especialmente geografía, astronomía y anatomía.
Pero, sea lo que fuere que le esté enseñando, tenga siempre cuidado de no agobiarlo con demasiado a la vez; ni de hacer de nada su ocupación que no sea la estricta virtud, ni reprenderlo por nada que no sea el vicio, o alguna tendencia evidente hacia él.
§170. Pero si a fin de cuentas su destino fuera ir a la escuela para aprender la lengua latina, de nada servirá hablarle acerca del método que considero mejor observar en las escuelas; tendrá usted que someterse al que allí encuentre, sin esperar que lo cambien por su hijo; mas, a pesar de todo, procure por todos los medios, si puede, que no lo empleen en hacer composiciones ni declamaciones latinas, y menos que nada, versos de ningún género.
Puede usted insistir en ello, si ha de servir de algo, en que no tiene la menor intención de hacer de él ni un orador ni un poeta latino, sino tan solo que comprenda a la perfección a un autor latino; y en que observa que quienes enseñan cualquiera de las lenguas modernas, y ello con éxito, jamás entretienen a sus discípulos haciéndoles pronunciar discursos ni componer versos en francés o en italiano, ya que su labor concierne estrictamente a la lengua, y no a la invención.
§171. Pero para explicarles con un poco más de detalle por qué no querría que se le ejercitara en la composición de temas y versos. 1. En cuanto a los temas, confieso que tienen la pretensión de ser algo útil, a saber, enseñar a las personas a hablar con elegancia y corrección sobre cualquier asunto; lo cual, si pudiera alcanzarse por este medio, reconozco que sería una gran ventaja, ya que no hay nada más propio de un caballero, ni más útil en todas las circunstancias de la vida, que ser capaz, en cualquier ocasión, de hablar bien y con acierto. Pero yo afirmo que la composición de temas, tal como se hace habitualmente en las escuelas, no ayuda en lo más mínimo a conseguirlo: pues no hay más que considerar en qué se emplea un muchacho al redactar un tema; consiste en pronunciar un discurso sobre algún refrán en latín, como Omnia vincit amor; o Non licet in Bello bis peccare, etc. Y aquí el pobre muchacho, que carece del conocimiento de aquellas cosas sobre las que ha de hablar —el cual solo se adquiere con el tiempo y la observación—, debe forzar su inventiva al límite para decir algo sobre lo que no sabe nada; lo cual es una especie de tiranía egipcia, exigirles que hagan ladrillos a quienes todavía no tienen ninguno de los materiales. Y por eso es habitual en tales casos que los pobres niños acudan a los de cursos superiores con esta súplica: «Por favor, dame un poco de sentido»; lo cual, si es más razonable o más ridículo, no es fácil de determinar. Antes de que un hombre pueda estar en condiciones de hablar sobre cualquier tema, es necesario que esté familiarizado con él; de lo contrario, es tan necio ponerle a disertar sobre él como poner a un ciego a hablar de colores, o a un sordo de música. ¿Y no considerarían un poco desequilibrado a quien exigiera a otro que argumentara sobre un punto discutible sin entender nada de nuestras leyes? ¿Y qué entienden, os lo ruego, los escolares acerca de aquellos asuntos que se les suelen proponer en sus temas como materias sobre las cuales disertar, para afilar y ejercitar su imaginación?
§172. En segundo lugar, considerad la lengua en que están hechos sus temas: es el latín, una lengua extranjera en su país, y muerta desde hace mucho en todas partes; una lengua en la que, hay mil posibilidades contra una, vuestra hijo no tendrá jamás la ocasión de pronunciar un solo discurso en todo el resto de su vida de adulto; y una lengua cuyo modo de expresarse difiere tanto del nuestro, que perfeccionarse en ella mejorará muy poco la pureza y la fluidez de su estilo en inglés.
Además de que hay ahora tan poco margen o uso para los discursos preparados en nuestra propia lengua en cualquier ámbito de nuestros asuntos ingleses, que no veo ningún pretexto para este tipo de ejercicio en nuestras escuelas, a menos que pueda suponerse que el componer discursos latinos preparados sea el modo de enseñar a los hombres a hablar bien en inglés de forma improvisada.
El camino hacia esto, más bien creo que debiera ser el siguiente: que se propongan a los jóvenes caballeros cuestiones racionales y útiles, adecuadas a su edad y capacidad, y sobre temas que no les sean totalmente desconocidos ni ajenos; sobre asuntos como estos, cuando estén maduros para ejercicios de esta naturaleza, deberían hablar —ya sea improvisando o tras una breve meditación sobre la marcha— sin poner nada por escrito; pues pregunto, si examinamos los efectos de este modo de aprender a hablar bien, ¿quiénes hablan mejor en cualquier asunto cuando la ocasión los convoca a ello en cualquier debate?, ¿aquellos que se han habituado a componer y poner por escrito de antemano lo que van a decir, o aquellos que, pensando únicamente en el fondo para comprenderlo lo mejor posible, se acostumbran tan solo a hablar de forma improvisada?
Y quien juzgue basándose en esto, estará poco dispuesto a pensar que el acostumbrarle a discursos estudiados y composiciones preparadas sea el modo de preparar a un joven caballero para los negocios.
§173. Pero tal vez se nos dirá que es para mejorar y perfeccionarlos en la lengua latina. Es verdad que esa es su ocupación propia en la escuela; pero la composición de temas no es el camino para lograrlo: eso confunde sus cerebros acerca de la invención de cosas que decir, no acerca del significado de las palabras que deben aprender; y cuando están componiendo un tema, son pensamientos lo que buscan y por lo que sudan, no el lenguaje. Mas, siendo el aprendizaje y el dominio de una lengua bastante incosteable y desagradable en sí mismos, no deberían entorpecerse con ninguna otra dificultad, como se hace en esta forma de proceder.
En fin, si la invención de los muchachos ha de ser avivada por tal ejercicio, que compongan temas en inglés, idioma en el que tienen facilidad y dominio de las palabras, y en el que verán mejor qué clase de pensamientos tienen al expresarlos en su propia lengua. Y si la lengua latina ha de ser aprendida, que se haga del modo más fácil, sin fatigar ni disgustar la mente con una ocupación tan incosteable como la de componer discursos unidos a ella.
§174. Si puede haber algunas razones en contra de que los niños hagan composiciones latinas en la escuela, tengo mucho más que decir, y de mayor peso, en contra de que hagan versos; versos de cualquier clase: pues si no tiene talento para la poesía, es lo más irrazonable del mundo atormentar a un niño y perder su tiempo en algo que jamás podrá tener éxito; y si tiene vena poética, me parece la cosa más extraña del mundo que el padre desee o permita que se fomente o perfeccione.
Me parece que los padres deberían esforzarse por sofocarla y reprimirla tanto como sea posible; y no sé qué razón puede tener un padre para desear que su hijo sea poeta, a menos que no desee que desafíe a todas las demás vocaciones y negocios; lo cual no es aún lo peor del caso; pues si resulta ser un rimador exitoso y adquiere de pronto la reputación de ingenioso, ruego que se considere en qué compañía y en qué lugares es probable que pase su tiempo, ¡ay!, y también su patrimonio: porque raras veces se ve que alguien descubra minas de oro o plata en el Parnaso.
Es un aire agradable, pero un suelo estéril; y son muy pocos los ejemplos de aquellos que hayan incrementado su patrimonio con cualquier cosa que hayan cosechado allí. La poesía y el juego, que suelen ir de la mano, se parecen también en esto: que pocas veces reportan alguna ventaja salvo a aquellos que no tienen otra cosa de qué vivir. Los hombres acaudalados casi constantemente salen perdiendo; y bien les va si escapan a un costo menor que el de sus haciendas enteras o la mayor parte de ellas.
Por tanto, si no queréis que vuestro hijo sea el violín de toda compañía jovial, sin el cual los petimetres no podrían saborear su vino ni sabrían cómo pasar ociosamente una tarde; si no queréis que malgaste su tiempo y su patrimonio para divertir a otros, y desprecie las sucias tierras que le legaron sus antepasados, no creo que os importe mucho que sea poeta, ni que su maestro de escuela lo inicie en el arte de versificar.
Mas sin embargo, si alguien considera que la poesía es una cualidad deseable en su hijo, y que el estudio de esta elevaría su imaginación y sus dotes, aún tendrá que confesar que, para tal fin, la lectura de los excelentes poetas griegos y romanos es de mayor utilidad que hacer malos versos propios en una lengua que no es la suya. Y aquel cuyo propósito sea destacar en la poesía inglesa, supongo que no pensará que el camino para lograrlo sea hacer sus primeros ensayos en versos latinos.
§175. Otra cosa muy ordinaria en el método vulgar de las escuelas de gramática hay, de la cual no veo utilidad alguna, a no ser la de frustrar a los muchachos en su camino hacia el aprendizaje de lenguas, que, en mi opinión, debería hacerse tan fácil y placentero como sea posible; y aquello que en él hubiere de penoso, en la medida de lo posible, eliminado por completo.
Lo que quiero decir, y de lo que aquí me quejo, es de que tengan que aprenderse de memoria grandes fragmentos de los autores que se les enseñan; en lo cual no logro descubrir ventaja alguna, especialmente para el asunto que traen entre manos. Las lenguas han de aprenderse únicamente leyendo y hablando, y no mediante trozos de autores memorizados; los cuales, cuando uno tiene la cabeza llena de ellos, constituyen el menaje exacto de un pedante, y es el camino más directo para convertirse en uno; y no hay nada que desentone menos con un caballero.
Pues ¿qué puede haber más ridículo que mezclar los ricos y hermosos pensamientos y dichos ajenos con una gran cantidad de baratijas de cosecha propia?, lo cual queda así más expuesto, y no posee otra gracia ni recomendará al hablante de otro modo que lo haría un sayal pardo y raído, adornado con grandes remaches de escarlata y brocado brillante.
Ciertamente, cuando sale al paso un pasaje cuya materia es digna de ser recordada, y su expresión muy concisa y excelente (como hay muchos de estos en los autores antiguos), puede no estar de más alojarlo en la mente de los jóvenes eruditos y, con tales admirables trazos de aquellos grandes maestros, ejercitar a veces la memoria de los escolares. Pero que aprendan sus lecciones de memoria, tal como van cayendo en sus libros, sin elección ni distinción, no sé para qué sirve, sino para malgastar su tiempo y su esfuerzo, y provocarles desagrado y aversión hacia sus libros, en los cuales no hallan más que un inútil fastidio.
§176.
Oigo decir que se debe emplear a los niños en aprender cosas de memoria para ejercitar y mejorar sus facultades mnemotécnicas. Ojalá esto se dijera con tanta autoridad de la razón como con petulancia y seguridad, y que tal práctica estuviera fundamentada en una buena observación más que en la vieja costumbre; pues es evidente que la fuerza de la memoria se debe a una constitución afortunada, y no a ningún hábito de mejora adquirido mediante el ejercicio.
Es verdad que aquello en lo que la mente se concentra y que, por miedo a dejarlo escapar, vuelve a imprimirse a sí misma mediante la reflexión frecuente, es propenso a retenerse, pero aun así de acuerdo con su propia fuerza natural de retención. Una impresión hecha en cera de abeja o plomo no durará tanto como en latón o acero. Ciertamente, si se renueva a menudo, puede durar más; pero cada nueva reflexión sobre ella es una nueva impresión, y es a partir de ahí de donde hay que contar si se quiere saber cuánto tiempo la retiene la mente.
Pero aprender páginas de latín de memoria no capacita más a la memoria para retener cualquier otra cosa, que el grabado de una frase en plomo la hace más capaz de retener firmemente otros caracteres. Si una clase semejante de ejercicio de la memoria fuera capaz de darle fuerza y mejorar nuestro talento, los actores, por encima de todas las demás personas, tendrían necesariamente las mejores memorias y serían la mejor compañía. Pero la experiencia mostrará si los fragmentos que han metido en sus cabezas de este modo les ayudan a recordar mejor otras cosas, y si su talento mejora proporcionalmente al esfuerzo que han tomado en aprender de memoria los dichos ajenos.
La memoria es tan necesaria para todas las partes y condiciones de la vida, y tan poco puede hacerse sin ella, que no debemos temer que se vuelva roma e inútil por falta de ejercicio, si es que el ejercicio la hiciera más fuerte. Pero me temo que esta facultad de la mente no es capaz de recibir gran ayuda y mejora en general mediante ningún ejercicio o esfuerzo nuestro, al menos no mediante el empleado con este pretexto en las escuelas de gramática. Y si Jerjes fue capaz de llamar por su nombre a cada soldado raso de su ejército, que constaba de no menos de cien mil hombres, supongo que puede adivinarse que no adquirió esta maravillosa capacidad aprendiéndose las lecciones de memoria cuando era un muchacho.
Este método de ejercitar y mejorar la memoria mediante fatigosas repeticiones de memoria de lo que leen es, según creo, poco utilizado en la educación de los príncipes, la cual, si tuviera la ventaja de la que tanto se habla, debería ser tan poco descuidada en ellos como en los más humildes escolares; pues los príncipes tienen tanta necesidad de una buena memoria como cualquier hombre vivo, y generalmente poseen una parte igual en esta facultad que los demás hombres, aunque nunca se haya cuidado de esta manera.
Lo que la mente concentra y cuida, eso es lo que mejor recuerda, y por la razón antes mencionada; a lo cual, si se le une el método y el orden, se habrá hecho todo lo que, a mi juicio, puede hacerse para ayudar a una memoria débil; y quien tome cualquier otro camino para lograrlo, especialmente el de cargarla con una retahíla de palabras ajenas que a quien las aprende no le importan, apenas hallará, según supongo, que el beneficio corresponda a la mitad del tiempo y del esfuerzo empleados en ello.
No quiero decir con esto que no deba ejercitarse la memoria de los niños.
Creo que sus memorias deben emplearse, pero no en aprenderse de memoria páginas enteras de los libros que, una vez recitada la lección y concluida la tarea, se entregan de nuevo al olvido y se descuidan para siempre. Esto no mejora ni la memoria ni la mente.
Lo que deben aprender de memoria de los autores ya lo he mencionado más arriba; y, una vez encomendadas a sus memorias tales sentencias sabias y útiles, no se les debe permitir que las olviden jamás, sino exigírselces a menudo: con lo cual, además de la utilidad que esos dichos puedan tener para su vida futura como otras tantas buenas reglas y observaciones, se les enseñará a reflexionar a menudo y a pensar en lo que tienen que recordar, que es el único modo de hacer que la memoria sea ágil y útil.
La costumbre de la frecuencia en la reflexión impedirá que sus mentes vayan a la deriva y llamará a sus pensamientos de vuelta de un deambular inútil y desatento; y por ello creo que puede ser bueno darles algo todos los días para que lo recuerden, pero algo que a su vez sea en sí mismo digno de ser recordado, y que desearías que jamás se apartara de su mente, siempre que se lo pidas o que ellos mismos lo busquen.
Esto les obligará a menudo a volver sus pensamientos hacia el interior, y no podéis desearles un hábito intelectual mejor.
§177. Pero bajo el cuidado de quienquiera que un niño sea puesto para ser enseñado durante los años tiernos y flexibles de su vida, esto es cierto, debe ser alguien que considere el latín y el lenguaje como la parte menor de la educación; alguien que, sabiendo cuánto deben preferirse la virtud y un alma bien templada a cualquier clase de aprendizaje o idioma, hace de su ocupación principal formar la mente de sus discípulos y darle una disposición recta; la cual, una vez obtenida, aunque todo lo demás fuera descuidado, produciría a su debido tiempo todo lo demás; y la cual, si no es conseguida y fijada de modo que mantenga alejados los malos y viciosos hábitos, las lenguas y las ciencias y todos los demás logros de la educación no servirán para otro propósito que para hacer al hombre peor o más peligroso.
Y en verdad, por mucho revuelo que se armue en torno a la adquisición del latín como el gran y difícil asunto, su madre misma puede enseñárselo, si tan solo pasa con él dos o tres horas al día y hace que le lea los Evangelistas en latín: pues le basta con comprar un Testamento en latín y, habiendo conseguido que alguien le marque la penúltima sílaba cuando es larga en palabras de más de dos sílabas (lo cual es suficiente para regular su pronunciación y la acentuación de las palabras), leer diariamente en los Evangelios, y luego dejar que evite entenderlos en latín si puede.
Y cuando ella entienda a los Evangelistas en latín, que lea, de la misma manera, las Fábulas de Esopo, y así prosiga con Eutropio, Justino y otros libros semejantes. No menciono esto como la fantasía de algo que imagino que puede funcionar, sino como algo que he visto hacer, y el idioma latín adquirido con facilidad de este modo.
Pero, para volver a lo que estaba diciendo: quien asume la responsabilidad de educar a jóvenes, especialmente a jóvenes caballeros, debe tener algo más en él que latín, más que incluso un conocimiento de las ciencias liberales: debe ser una persona de eminente virtud y prudencia, y con buen juicio, tener buen humor y la habilidad de comportarse con gravedad, soltura y amabilidad, en una constante conversación con sus alumnos.
Pero de esto he hablado extensamente en otro lugar.
§178. Al mismo tiempo que aprende francés y latín, a un niño, como se ha dicho, se le puede iniciar también en Aritmética, Geografía, Cronología, Historia y también en Geometría. Pues si se le enseñan en francés o latín, una vez que empiece a comprender cualquiera de estas lenguas, adquirirá un conocimiento de estas ciencias y el idioma de propina.
La geografía creo que debería ser por donde se empiece: pues como el aprendizaje de la figura del globo, la situación y los límites de las cuatro partes del mundo, y los de particulares reinos y países, son meramente un ejercicio de los ojos y de la memoria, un niño los aprenderá y retendrá con placer.
Y esto es tan cierto, que ahora vivo en la casa con un niño a quien su madre ha instruido tan bien de este modo en la geografía, que conocía los límites de las cuatro partes del mundo, sabía señalar con presteza, al pedírselo, cualquier país sobre el globo o cualquier condado en el mapa de Inglaterra; conocía todos los grandes ríos, promontorios, estrechos y bahías del mundo, y podía hallar la longitud y la latitud de cualquier lugar antes de cumplir seis años.
Estas cosas, que aprenderá así a la vista y retendrá de memoria, no son todo, lo confieso, lo que ha de aprender sobre los globos. Pero aun así es un buen paso y preparación para ello, y hará que el resto resulte mucho más fácil cuando su juicio haya madurado lo suficiente para ello; además de que de este modo se gana muchísimo tiempo ahora y, mediante el placer de conocer las cosas, se le conduce insensiblemente hacia la adquisición de lenguas.
§179. Cuando tenga bien fijadas en la memoria las partes naturales del globo, podrá ser entonces el momento de empezar la aritmética. Por partes naturales del globo entiendo las diversas posiciones de las partes de la tierra y del mar, bajo diferentes nombres y distinciones de países, sin entrar todavía en aquellas líneas artificiales e imaginarias que han sido inventadas, y que solo se suponen para el mejor perfeccionamiento de esa ciencia.
§180. La aritmética es la más fácil y, por consiguiente, la primera clase de razonamiento abstracto que la mente suele soportar o a la que se acostumbra; y es de un uso tan general en todas las partes de la vida y de los negocios, que casi nada puede hacerse sin ella. Una cosa es cierta: un hombre nunca puede tener demasiado de ella, ni con demasiada perfección; por lo tanto, debe empezar a ejercitarse en el cálculo tan pronto, y hasta donde, sea capaz de ello, y practicar algo todos los días hasta que domine el arte de los números.
Cuando comprenda la suma y la resta, podrá entonces avanzar más en la geografía; después de familiarizarse con los polos, las zonas, los círculos paralelos y los meridianos, se le deben enseñar la longitud y la latitud, y por medio de ellas hacerle comprender el uso de los mapas y, mediante los números colocados en sus márgenes, conocer la situación respectiva de los países y cómo encontrarlos en el globo terráqueo.
Cuando pueda hacer esto con facilidad, se le podrá introducir entonces en el celeste; y repasando allí todos los círculos de nuevo, con una observación más detallada de la Eclíptica, o Zodíaco, para fijarlos todos de manera muy clara y distinta en su mente, se le podrán enseñar la figura y la posición de las diversas constelaciones, las cuales se le pueden mostrar primero sobre el globo y luego en los cielos.
Hecho lo cual, y una vez que conozca bastante bien las constelaciones de este nuestro hemisferio, podrá ser momento de darle algunas nociones de este nuestro mundo planetario; y con ese fin, no vendrá mal hacerle un esquema del sistema copernicano y explicarle en él la situación de los planetas, sus respectivas distancias respecto al sol, el centro de sus revoluciones.
Esto lo preparará para comprender el movimiento y la teoría de los planetas de la manera más fácil y natural. Pues dado que los astrónomos ya no dudan del movimiento de los planetas alrededor del sol, conviene que él parta de esa hipótesis, que no solo es la más simple y menos enredada para el que aprende, sino también la más propensa a ser verdadera en sí misma.
Pero en esto, como en todas las demás partes de la instrucción, hay que tener mucho cuidado con los niños de empezar por lo que es claro y simple, y de enseñarles tan poco como sea posible de una vez, asentando eso bien en sus cabezas antes de pasar a lo siguiente o a cualquier novedad en esa ciencia.
- Dales primero una idea simple, y asegúrate de que la captan correctamente y la comprenden a la perfección antes de avanzar más, y luego añade alguna otra idea simple que se cruce en tu camino hacia lo que te propones; y procediendo así mediante pasos suaves e imperceptibles, a los niños se les abrirá el entendimiento y se les ampliarán los pensamientos, sin confusión ni desconcierto, más allá de lo que cabría esperar.
Y cuando alguien ha aprendido algo por sí mismo, no hay mejor manera de fijarlo en su memoria, y de animarle a seguir adelante, que ponerle a enseñárselo a otros.
§181. Cuando haya adquirido tal familiaridad con los globos terráqueos como la que se ha mencionado, podrá ser puesto a prueba en un poco de geometría; en la cual considero que los primeros seis libros de Euclides son suficientes para enseñarle. Pues tengo ciertas dudas de que más le sea necesario o útil a un hombre de negocios. Al menos, si tiene talento e inclinación hacia ella, una vez introducido hasta ese punto por su tutor, podrá continuar por sí mismo sin un maestro.
Por consiguiente, es preciso estudiar los globos, y ello con diligencia; y creo que puede empezarse a temprana edad, si el tutor es tan cuidadoso como para distinguir de qué es capaz de saber el niño y de qué no; para lo cual puede servir esta regla que tal vez sea de bastante utilidad, a saber: que a los niños se les puede enseñar cualquier cosa que caiga bajo sus sentidos, especialmente la vista, siempre que solo se ejerza su memoria; y así un niño muy pequeño puede aprender cuál es el ecuador, cuál el meridiano, etc., cuál es Europa y cuál es Inglaterra en los globos, casi tan pronto como conoce las habitaciones de la casa en que vive, si se tiene el cuidado de no enseñarle demasiado de una vez, ni ponerle con una parte nueva hasta que la que esté estudiando haya sido perfectamente aprendida y fijada en su memoria.
§182. Con la geografía debe ir de la mano la cronología. Me refiero a la parte general de esta última, para que él pueda tener presente una visión de todo el curso del tiempo y de las diversas épocas considerables que se emplean en la historia.
Sin estas dos, la historia, que es la gran maestra de la prudencia y del conocimiento civil, y debe ser el estudio propio de un caballero o de un hombre de negocios en el mundo; sin la geografía y la cronología, digo, la historia se retendrá muy mal y será de muy poca utilidad; pues no será más que un revoltijo de hechos amontonados confusamente y sin orden ni instrucción.
Es mediante estas dos como las acciones de la humanidad se ordenan en sus lugares correspondientes de tiempo y país; bajo cuyas circunstancias no solo se retienen mucho más fácilmente en la memoria, sino que, en ese orden natural, son las únicas capaces de proporcionar aquellas observaciones que hacen a un hombre mejor y más apto gracias a su lectura.
§183. Cuando hablo de la cronología como de una ciencia en la que debe ser perfecto, no me refiero a las pequeñas controversias que hay en ella. Estas son interminables, y la mayoría de tan poca importancia para un caballero que no merecen ser investigadas, aun si fueran susceptibles de una fácil decisión. Y, por tanto, todo ese ruido erudito y el polvo del cronologista deben evitarse por completo. El libro más útil que he visto en esa parte del saber es un pequeño tratado de Strauchius, que está impreso en dozavo, bajo el título de Breviarium Chronologicum, del cual puede seleccionarse todo lo necesario para enseñar a un joven caballero acerca de la cronología; pues el que aprende no necesita verse agobiado con todo lo que contiene ese tratado. En él se encuentran las épocas más notables o útiles reducidas todas a la del Periodo Juliano, que es el método más fácil, sencillo y seguro de los que pueden utilizarse en la cronología. A este tratado de Strauchius se pueden añadir las tablas de Helvicus, como un libro al que recurrir en todas las ocasiones.
§184. Como nada enseña, así nada delega más que la historia. Lo primero de esto lo recomienda al estudio de los hombres maduros, lo último me hace pensar que es lo más adecuado para un muchacho, quien, tan pronto como sea instruido en la cronología, y familiarizado con las diversas épocas en uso en esta parte del mundo, y pueda reducirlas al Período Juliano, se le debe poner entonces alguna historia en latín en las manos.
La elección debe estar guiada por la sencillez del estilo; pues dondequiera que comience, la cronología evitará la confusión; y como lo ameno del tema lo invita a leer, la lengua se adquirirá insensiblemente sin esa terrible pesadumbre y desazón que sufren los niños cuando se les pone en libros que superan su capacidad; tales como los oradores y poetas romanos, solo para aprender la lengua romana.
Cuando haya dominado mediante la lectura los más fáciles, quizás como Justino, Eutropio, Quintio Curcio, etc., el siguiente grado después de estos no le dará mayor problema; y así, mediante un progreso gradual desde los historiadores más llanos y sencillos, podrá llegar por fin a leer a los autores latinos más difíciles y sublimes, tales como Tulio, Virgilio y Horacio.
§185. El conocimiento de la virtud, desde el principio y en todas las ocasiones de que sea capaz, debiendoérsele enseñar más mediante la práctica que por reglas; y el amor a la reputación, en lugar de satisfacer su apetito, debiendo hacerse habitual en él, no sé si deba leer otros discursos de moral que los que halla en la Biblia; o si se le debe poner en las manos ningún sistema de ética hasta que pueda leer los Oficios de Tulio no como un escolar para aprender latín, sino como alguien que desea formarse en los principios y preceptos de la virtud para la conducta de su vida.
§186. When he has pretty well digested Tully’s Offices , and added to it, Puffendorf de Officio Hominis & Civis , it may be seasonable to set him upon Grotius de Jure Belli & Pacis , or, which perhaps is the better of the two, Puffendorf de Jure Naturali & Gentium ; wherein he will be instructed in the natural rights of men, and the original and foundations of society, and the duties resulting from thence.
This general part of civil-law and history, are studies which a gentleman should not barely touch at, but constantly dwell upon, and never have done with. A virtuous and well-behaved young man, that is well-versed in the general part of the civil-law (which concerns not the chicane of private cases, but the affairs and intercourse of civilized nations in general, grounded upon principles of reason) understands Latin well, and can write a good hand, one may turn loose into the world with great assurance that he will find employment and esteem everywhere.
§187. Sería extraño suponer que un caballero inglés deba ignorar la ley de su país. Esta, cualquiera que sea la posición en la que se encuentre, es tan necesaria que, desde la de juez de paz hasta la de ministro de Estado, no conozco ningún cargo que pueda desempeñar bien sin ella.
No me refiero al tecnicismo ni a la parte disputador y capciosa de la ley: un caballero, cuya ocupación es buscar las verdaderas medidas de lo correcto y lo incorrecto, y no las mañas de cómo evitar lo primero y asegurarse al hacer lo segundo, debe estar tan lejos de tal estudio de la ley como le atañe aplicarse diligentemente a aquello en lo que pueda ser útil a su país.
Y para tal fin, creo que la manera correcta para que un caballero estudie nuestra ley, la cual no destina a su profesión, es examinar nuestra constitución y gobierno ingleses en los libros antiguos del common-law, y en algunos escritores más modernos que a partir de ellos han dado cuenta de este gobierno. Y habiendo obtenido una verdadera idea de aquello, leer luego nuestra historia y unir a ella, en el reinado de cada rey, las leyes entonces promulgadas. Esto le dará una perspectiva de la razón de nuestros estatutos y mostrará el fundamento real sobre el cual llegaron a elaborarse, y el peso que deben tener.
§188. Siendo la retórica y la lógica las artes que en el método ordinario suelen seguir inmediatamente a la gramática, tal vez cause extrañeza que haya dicho tan poco de ellas.
La razón es la poca ventaja que los jóvenes obtienen de ellas: pues raras veces o nunca he observado que nadie adquiera la habilidad de razonar bien o de hablar con gracia estudiando esas reglas que pretenden enseñarlo; y por lo tanto quisiera que un joven las examine en los compendios más breves que puedan hallarse, sin detenerse mucho en la contemplación y el estudio de esas formalidades.
El recto razonamiento se fundamenta en algo distinto de los predicamentos y predicables, y no consiste en hablar uno mismo en modo y figura. Pero excede a mi propósito actual explayarme en esta especulación.
Para venir, pues, a lo que traemos entre manos; si queréis que vuestro hijo razone bien, que lea a Chillingworth; y si queréis que hable bien, que se familiarice con Tulio, para darle la verdadera idea de la elocuencia; y que lea aquellas cosas que están bien escritas en inglés, para perfeccionar su estilo en la pureza de nuestra lengua.
§189. Si el uso y fin del recto razonamiento es tener nociones correctas y un juicio acertado de las cosas, distinguir entre la verdad y la falsedad, lo correcto y lo incorrecto, y obrar en consecuencia; procurad no criar a vuestro hijo en el arte y la formalidad de la disputa, ya sea practicándola él mismo o admirándola en los demás; a menos que, en vez de un hombre competente, deseéis tener un disputador insignificante, obcecado en la conversación y que se enorgullezca de contradecir a los otros; o, lo que es peor, que lo cuestione todo y piense que no existe tal cosa como la verdad que debe buscarse, sino tan solo la victoria en la disputa.
No puede haber nada tan poco sincero, tan poco propio de un caballero o de cualquiera que pretenda ser una criatura racional, como no ceder ante la razón evidente y la convicción de argumentos claros. ¿Hay algo más incompatible con la conversación civilizada y el fin de todo debate que no aceptar una respuesta, por muy plena y satisfactoria que sea, sino continuar con la disputa mientras los sonidos equívocos puedan proporcionar (medius terminus) un término con el cual argüir por un lado, o una distinción por el otro; ya sea pertinente o impertinente, con sentido o sin él, acorde o contrario a lo que había dicho antes, no importa.
Pues esto, en resumen, es el método y la perfección de las disputas lógicas: que el oponente nunca acepta ninguna respuesta, ni el respondiente cede jamás ante ningún argumento. Ninguno de los dos debe hacer esto, sea de la verdad o del conocimiento lo que fuere, a menos que quiera pasar por un pobre infeliz derrotado y cargar con la deshonra de no ser capaz de sostener todo aquello que una vez afirmó, lo cual es el gran objetivo y la gloria en la disputa.
La verdad ha de hallarse y sostenerse mediante una consideración madura y debida de las cosas mismas, y no por términos artificiales y modos de argumentar: estos no conducen a los hombres tanto al descubrimiento de la verdad como a un uso capcioso y falaz de palabras dudosas, que es la forma de hablar más inútil y ofensiva, y la que menos conviene a un caballero o a un amante de la verdad de entre todas las cosas del mundo.
Apenas puede haber mayor defecto en un caballero que no expresarse bien, ya sea por escrito o de viva voz.
Sin embargo, creo poder preguntar a mi lector si no conoce a muchos que viven de sus rentas y que, por tener el título, debieran poseer las cualidades de caballeros, pero que ni siquiera saben contar una historia como es debido, y mucho menos hablar con claridad y elocuencia en cualquier asunto.
Pienso que esto no es tanto culpa suya como de su educación; pues debo hacer justicia a mis compatriotas, sin parcialidad alguna, reconociendo que allí donde se aplican, no veo que ninguno de sus vecinos los supere.
Se les ha enseñado retórica, pero jamás se les ha enseñado a expresarse con soltura, ni con la lengua ni con la pluma, en el idioma que han de usar siempre; como si los nombres de las figuras que embellecían los discursos de quienes entendían el arte de hablar fuesen el arte y la destreza misma de hablar bien.
Esto, como todas las demás cosas prácticas, debe aprenderse no mediante unas pocas o muchas reglas dadas, sino mediante el ejercicio y la aplicación conforme a buenas reglas, o más bien a modelos, hasta adquirir los hábitos y la facilidad de hacerlo bien.
Conforme a esto, tal vez no estaría mal hacer que los niños, tan pronto como sean capaces de ello, cuenten a menudo una historia sobre cualquier cosa que sepan; y corregir al principio el defecto más notable en que incurran al formarla. Cuando ese defecto esté remediado, mostrarles entonces el siguiente, y así sucesivamente, hasta que uno tras otro, todos, al menos los más graves, queden corregidos. Cuando puedan contar relatos bastante bien, entonces puede ser el momento de hacer que los escriban. Las Fábulas de Esopo, casi el único libro que conozco apto para los niños, pueden brindarles materia para este ejercicio de escribir en inglés, así como para la lectura y la traducción, con el fin de iniciarlos en la lengua latina. Cuando hayan superado los errores gramaticales y puedan unir en un discurso continuo y coherente las distintas partes de un cuento, sin formas de transición pobres y poco elegantes (como es habitual) repetidas a menudo, quien desee perfeccionarlos aún más en esto, que es el primer paso para hablar bien y no requiere invención, puede recurrir a Tulio, y poniendo en práctica aquellas reglas que ese maestro de la elocuencia da en su primer libro de inventione, sección veinte, hacer que reconozcan en qué consisten la habilidad y los encantos de una narración elegante, según sus diversos temas y propósitos. De cada una de dichas reglas se pueden hallar ejemplos adecuados, y en ellos se les puede mostrar cómo otros las han aplicado. Los antiguos autores clásicos ofrecen abundancia de tales ejemplos, los cuales no solo se les debería hacer traducir, sino ponérselos por delante como modelos para su imitación diaria.
Cuando comprendan cómo escribir en inglés con la debida ilación, propiedad y orden, y dominen bastante bien un estilo narrativo tolerable, se les podrá hacer avanzar hacia la redacción de cartas; en la cual no se les debe exigir ningún esfuerzo de ingenio ni cumplidos, sino enseñarles a expresar su propio sentido claro y sencillo, sin ninguna incoherencia, confusión o aspereza. Y cuando dominen esto por completo, se les podrán presentar, para elevar sus pensamientos, los ejemplos de Voiture, para el entretenimiento de sus amigos a la distancia, con cartas de cortesía, regocijo, ironía o diversión; y las Epístolas de Tulio, como el mejor modelo ya sea para los negocios o la conversación. La redacción de cartas tiene tanta importancia en todos los acontecimientos de la vida humana, que ningún caballero puede evitar mostrarse en este tipo de escritura. Las ocasiones lo obligarán diariamente a hacer este uso de su pluma, la cual, además de las consecuencias que, en sus asuntos, acarrea a menudo su buen o mal manejo, lo expone siempre a un examen más severo de su educación, juicio y capacidades que los discursos orales; cuyos errores pasajeros, al morir la mayor parte con el sonido que les da vida y no estar sujetos, por tanto, a una revisión estricta, escapan más fácilmente a la observación y la censura.
Si los métodos de educación se hubiesen dirigido a su fin correcto, se habría pensado que una parte tan necesaria no podía haber sido descuidada mientras los temas y versos en latín, de ningún uso en absoluto, eran tan constantemente inculcados en todas partes, hasta el tormento de la inventiva de los niños más allá de sus fuerzas y entorpeciendo su alegre progreso en el aprendizaje de las lenguas mediante dificultades antinaturales.
Pero la costumbre así lo ha dispuesto, y ¿quién se atreve a desobedecer? Y ¿no sería muy irrazonable exigir a un erudito maestro de escuela rural (que tiene todos los tropos y figuras de la Retórica de Farnaby al dedillo) que enseñe a su discípulo a expresarse con propiedad en inglés, cuando esto parece ser tan poco su tarea o su pensamiento, que la madre del muchacho (despreciada, es probable, por analfabeta por no haber leído un tratado de lógica y retórica) lo supera en ello?
Escribir y hablar correctamente confiere gracia y atrae una atención favorable hacia lo que uno tiene que decir; y puesto que el inglés es la lengua de la que un caballero inglés hará uso constante, esa es la lengua que debe cultivar principalmente, y en la que mayor cuidado debe ponerse para pulir y perfeccionar su estilo.
Hablar o escribir mejor latín que inglés puede hacer que se hable de un hombre, pero le resultaría más provechoso expresarse bien en su propia lengua, que utiliza a cada instante, que obtener la vana alabanza de los demás por una cualidad muy insignificante.
Esto lo hallo universalmente descuidado, y no se pone cuidado en parte alguna para mejorar a los jóvenes en su propia lengua, de modo que la comprendan a fondo y la dominen. Si alguien entre nosotros posee una facilidad o pureza mayor de la habitual en su lengua materna, se debe al azar, a su genio o a cualquier otra cosa antes que a su educación o al cuidado de su maestro.
Prestar atención al inglés que habla o escribe su alumno está por debajo de la dignidad de alguien criado entre griego y latín, aunque él mismo apenas posea algo de ellos. Estas son las lenguas cultas, aptas solo para que los hombres cultos se metan con ellas y las enseñen; el inglés es la lengua del vulgo iletrado: aunque, sin embargo, vemos que la política de algunos de nuestros vecinos no ha considerado indigno de la atención pública promover y premiar el perfeccionamiento de su propia lengua.
Pulir y enriquecer su idioma no es asunto menor entre ellos; cuenta con colegios y estipendios asignados, y se fomenta entre ellos una gran ambición y emulación por escribir correctamente; y vemos a dónde han llegado con ello, y cuán lejos han extendido una de laspeores lenguas posibles en esta parte del mundo, si la consideramos como era unas pocas reinados atrás, sea cual fuere ahora.
Los grandes hombres entre los romanos se ejercitaban a diario en su propia lengua; y aún encontramos registrados los nombres de oradores que enseñaron latín a algunos de sus emperadores, a pesar de ser su lengua materna.
Es evidente que los griegos eran aún más sutiles en las suyas. Todo otro discurso les era bárbaro salvo el propio, y ninguna lengua extranjera parece haber sido estudiada o valorada entre ese pueblo culto y agudo; aunque esté fuera de duda que tomaron prestados su saber y su filosofía del extranjero.
No hablo aquí en contra del griego y del latín; creo que deben ser estudiados, y el latín al menos comprendido bien por todo caballero.
Pero cualquiera que sea la lengua extranjera con la que un joven se atempere (y cuantas más conozca, mejor), aquella que debe estudiar críticamente, y esforzarse en adquirir la facilidad, claridad y elegancia para expresarse en ella, ha de ser la suya propia; y con este fin debe ejercitarse en ella diariamente.
§190. Filosofía natural, como ciencia especulativa, supongo que no tenemos ninguna, y tal vez pueda pensar que tengo razones para decir que nunca seremos capaces de hacer de ella una ciencia. Las obras de la naturaleza están concebidas por una sabiduría, y operan por caminos demasiado superiores a nuestras facultades para descubrir o a nuestras capacidades para concebir, como para que jamás podamos reducirlas a una ciencia.
Siendo la filosofía natural el conocimiento de los principios, propiedades y operaciones de las cosas tal como son en sí mismas, imagino que consta de dos partes, una que abarca a los espíritus, con su naturaleza y cualidades, y otra a los cuerpos.
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La primera de estas suele remitirse a la metafísica: pero bajo cualquier título que venga la consideración de los espíritus, pienso que debería preceder al estudio de la materia y del cuerpo, no como una ciencia que pueda ser metódica en un sistema y tratada sobre principios de conocimiento; sino como una ampliación de nuestras mentes hacia una comprensión más verdadera y completa del mundo intelectual al que nos conducen tanto la razón como la revelación.
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Y puesto que los descubrimientos más claros y amplios que tenemos de otros espíritus, además de Dios y de nuestras propias almas, nos son impartidos desde el cielo por la revelación, creo que la información que, al menos los jóvenes, debieran tener de ellos, debería tomarse de esa revelación.
Con este propósito, concluyo, estaría bien que se hiciera una buena historia de la Biblia para que la lean los jóvenes; en la cual, si todo lo digno de ser incluido se expusiera en su debido orden cronológico, y se omitieran varias cosas que solo son adecuadas para una edad más madura, se evitaría esa confusión que suele producir la lectura indiscriminada de las Escrituras, tal como se encuentran hoy encuadernadas en nuestras Biblias.
Y se obtendría también este otro beneficio: que, mediante su lectura constante, se inculcaría en las mentes de los niños la noción y creencia en los espíritus, teniendo estos un papel tan destacado en todos los acontecimientos de esa historia, lo cual será una buena preparación para el estudio de los cuerpos. Porque sin la noción y admisión del espíritu, nuestra filosofía será coja y defectuosa en una parte principal de ella, al omitir la contemplación de la parte más excelente y poderosa de la creación.
§191. De esta historia de la Biblia, creo también que estaría bien que se hiciera un compendio corto y sencillo, que contenga los puntos principales y de mayor importancia, para que los niños se familiaricen con él tan pronto como sepan leer. Esto, aunque los introducirá desde temprano en alguna noción de los espíritus, no es contrario a lo que dije más arriba, en el sentido de que no querría que a los niños se les atormentara, mientras son pequeños, con nociones de espíritus; con lo cual mi intención era decir que considero inconveniente que sus mentes aún tiernas reciban impresiones tempranas de duendes, espectros y apariciones, con los que sus niñeras y quienes los rodean suelen asustar para lograr que obedezcan sus órdenes, lo cual a menudo resulta ser un gran inconveniente para ellos durante el resto de sus vidas, al someter sus mentes a sustos, temores, debilidad y superstición; de los cuales, al salir al mundo y a la vida social, cansados y avergonzados, no pocas veces sucede que, para lograr, según creen, una cura total y librarse de un peso que les ha resultado tan gravoso, desechan por completo la idea de todos los espíritus y caen así en el otro extremo, pero peor.
§192. La razón por la cual desearía que esto se sentara como premisa para el estudio de los cuerpos, y que la doctrina de las Escrituras estuviera bien imbibida antes de que los jóvenes se inicien en la filosofía natural, es porque la materia, al ser una cosa con la que todos nuestros sentidos tratan constantemente, es tan propicia para apoderarse de la mente y excluir a todos los seres que no sean la materia, que el prejuicio, fundamentado en tales principios, a menudo no deja lugar para la admisión de espíritus, ni para admitir cosa alguna como seres inmateriales in rerum natura; cuando sin embargo es evidente que mediante la mera materia y el movimiento no se puede resolver ninguno de los grandes fenómenos de la naturaleza, por citar tan solo ese tan común de la gravedad, el cual considero imposible de explicar mediante cualquier operación natural de la materia, o cualquier otra ley de movimiento, salvo por la voluntad positiva de un ser superior que así lo ordena.
Y por tanto, puesto que el diluvio no puede explicarse bien sin admitir algo fuera del curso ordinario de la naturaleza, propongo que se considere si el hecho de que Dios alterara temporalmente el centro de gravedad de la tierra (una cosa tan inteligible como la gravedad misma, que tal vez produciría una pequeña variación de causas que nos son desconocidas) no explicará de manera más sencilla el diluvio de Noé que cualquier hipótesis empleada hasta ahora para resolverlo.
Oigo que la gran objeción a esto es que produciría tan solo un diluvio parcial. Pero una vez admitida la alteración del centro de gravedad, no es difícil concebir que el poder divino pudiera hacer que el centro de gravedad, situado a una distancia adecuada del centro de la tierra, girara en torno a ella en un espacio de tiempo conveniente, con lo cual el diluvio llegaría a ser universal y, a mi parecer, respondería a todos los fenómenos del diluvio tal como los transmite Moisés, a un costo menor que esas muchas y difíciles suposiciones de las que se vale uno para explicarlo.
Pero este no es el lugar para tal argumento, el cual se menciona aquí de pasada tan solo para mostrar la necesidad de recurrir a algo más allá de la mera materia y su movimiento en la explicación de la naturaleza; para lo cual las nociones de los espíritus y su poder, tal como se transmiten en la Biblia, donde tanto se atribuye a su operación, pueden constituir un preparativo adecuado, reservando para una oportunidad más propicia una explicación más completa de esta hipótesis, y su aplicación a todas las partes del diluvio, así como a cualquier dificultad que pueda suponerse en la historia del diluvio, tal como se registra en la Escritura.
§193. Pero volviendo al estudio de la filosofía natural. Aunque el mundo esté lleno de sistemas sobre ella, no puedo decir que conozca ninguno que pueda enseñarse a un joven como una ciencia en la que pueda estar seguro de hallar la verdad y la certeza, que es lo que todas las ciencias hacen esperar.
No concluyo de aquí que ninguno de ellos deba leerse. Es necesario que un caballero en esta docta edad examine algunos de ellos para prepararse para la conversación; pero ya sea que se ponga en sus manos el de Descartes, por ser el más de moda, o que se considere conveniente darle una breve visión de ese y de varios otros también, creo que los sistemas de filosofía natural que han prevalecido en esta parte del mundo deben leerse más para conocer las hipótesis, y para comprender los términos y modos de hablar de las diversas sectas, que con la esperanza de obtener con ello un conocimiento abarcador, científico y satisfactorio de las obras de la naturaleza.
Solo se puede decir esto: que los corpuscularios modernos hablan en la mayoría de las cosas con más inteligibilidad que los peripatéticos, que poseyeron las escuelas inmediatamente antes que ellos. Quien quiera mirar más atrás y familiarizarse con las diversas opiniones de los antiguos, puede consultar el Sistema Intelectual del Dr. Cudworth, en el cual ese docto autor ha recopilado y explicado con tanta exactitud y juicio las opiniones de los filósofos griegos, que cuáles fueron los principios en que se basaron y cuáles las principales hipótesis que los dividieron se puede ver mejor en él que en ninguna otra parte que yo conozca.
Pero no desearía disuadir a nadie del estudio de la naturaleza debido a que todo el conocimiento que tenemos, o posiblemente podemos tener de ella, no pueda reducirse a una ciencia. Hay muchísimas cosas en ella que conviene y es necesario que un caballero conozca; y otras muchísimas que recompensarán con creces las penas de los curiosos con deleite y provecho.
Pero estas, creo yo, se encuentran más bien entre aquellos escritores que se han empleado en hacer experimentos y observaciones racionales que en proponer sistemas meramente especulativos. Tales escritos, por lo tanto, como muchos de los del Sr. Boyle, junto con otros que han escrito sobre agricultura, plantación, jardinería y temas similares, pueden ser adecuados para un caballero, cuando se haya familiarizado un poco con algunos de los sistemas de filosofía natural de moda.
§194. Aunque los sistemas de física con los que me he topado ofrecen poco estímulo para buscar certeza o ciencia en cualquier tratado que pretenda darnos un cuerpo de filosofía natural a partir de los primeros principios de los cuerpos en general, sin embargo, el incomparable señor Newton ha demostrado hasta dónde las matemáticas aplicadas a ciertas partes de la naturaleza pueden llevarnos —sobre principios que los hechos justifican— en el conocimiento de algunas, por así llamarlas, provincias particulares del universo incomprensible. Y si otros pudieran darnos una explicación tan buena y clara de otras partes de la naturaleza como la que él ha dado de este nuestro mundo planetario y de los fenómenos más considerables observables en él, en su admirable libro Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, podríamos con el tiempo esperar estar provistos de un conocimiento más verdadero y cierto en varias partes de esta estupenda máquina de lo que hasta ahora hubiéramos podido esperar. Y aunque son muy pocos los que tienen las matemáticas suficientes para comprender sus demostraciones, sin embargo, dado que los matemáticos más rigurosos que las han examinado reconocen que lo son, su libro merecerá ser leído y proporcionará no poca luz y placer a aquellos que, deseosos de comprender los movimientos, propiedades y operaciones de las grandes masas de materia en este nuestro sistema solar, presten tan solo cuidadosa atención a sus conclusiones, de las cuales se puede fiar por ser proposiciones bien probadas.
§195. Esto es, en resumen, lo que he pensado acerca de los estudios de un joven caballero; en los cuales posiblemente causará extrañeza que omita el griego, ya que entre los griegos se encuentra el original, por decirlo así, y el fundamento de todo el saber que poseemos en esta parte del mundo.
Lo concedo; y añadiré que nadie puede pasar por erudito si ignora la lengua griega. Pero aquí no estoy considerando la educación de un erudito de profesión, sino la de un caballero, para quien el latín y el francés, tal como anda el mundo hoy en día, todo el mundo reconoce que son necesarios.
Cuando llegue a ser hombre, si tiene la intención de llevar sus estudios más lejos y adentrarse en la erudición griega, entonces aprenderá fácilmente esa lengua por sí mismo; y si no tiene esa inclinación, su aprendizaje de la misma con un tutor será tiempo perdido, y gran parte de su tiempo y esfuerzo se gastarán en algo que será descuidado y abandonado tan pronto como tenga libertad.
Pues, ¿cuántos de cada cien, incluso entre los propios eruditos, retienen el griego que trajeron de la escuela, o lo perfeccionan hasta llegar a una lectura familiar y una perfecta comprensión de los autores griegos?
Para concluir esta parte, que concierne a los estudios de un joven caballero, su tutor debe recordar que su tarea no es tanto enseñarle todo lo que es comprensible, como hacer que nazcan en él el amor y la aprecio por el saber; y ponerlo en el camino correcto para conocer y mejorarse a sí mismo cuando tenga deseos de hacerlo.
Los pensamientos de un autor juicioso sobre el tema de las lenguas se los ofreceré aquí al lector, tan fielmente como me sea posible, en su propia forma de expresarlos; dice así:
“Apenas se puede agobiar demasiado a los niños con el conocimiento de las lenguas. Son útiles para los hombres de todas las condiciones y les abren por igual la entrada, ya sea a las partes más profundas o a las más fáciles y entretenidas del saber.
Si este fastidioso estudio se pospone a una edad un poco más avanzada, los jóvenes o bien no tienen la resolución suficiente para aplicarse a él por propia voluntad o la constancia para llevarlo a cabo. Y si alguien posee el don de la perseverancia, no es sin el inconveniente de emplear en las lenguas un tiempo destinado a otros usos: y confina al estudio de las palabras esa época de su vida que está por encima de ello y requiere cosas; al menos, es perder la mejor y más hermosa estación de la vida de uno.
Este amplio cimiento de las lenguas no puede asentarse bien sino cuando todo causa una impresión fácil y honda en la mente; cuando la memoria está fresca, dispuesta y tenaz; cuando la cabeza y el corazón están aún libres de preocupaciones, pasiones y proyectos; y aquellos de quienes depende el niño tienen la autoridad suficiente para mantenerlo entregado a una aplicación prolongada. Estoy persuadido de que el pequeño número de hombres verdaderamente cultos, y la multitud de pretendientes superficiales, se debe al descuido de esto.”
Pienso que todo el mundo estará de acuerdo con este observador caballero en que las lenguas son el estudio propio de nuestros primeros años.
Pero los padres y tutores deben considerar qué lenguas conviene que el niño aprenda.
Pues hay que confesar que es un esfuerzo inútil y una pérdida de tiempo aprender una lengua que, en el curso de la vida a la que está destinado, es improbable que llegue a utilizar, o que uno puede adivinar por su temperamento que descuidará por completo y perderá de nuevo tan pronto como la llegada a la edad viril, al liberarlo de un preceptor, lo ponga en manos de su propia inclinación, la cual no es probable que destine nada de su tiempo a cultivar las lenguas cultas, ni lo incline a prestar atención a ninguna otra lengua que no sea aquella que el uso diario o alguna necesidad particular le impongan.
Pero aun así, en favor de aquellos que están destinados a ser eruditos, añadiré lo que el mismo autor añade a continuación para corroborar su observación anterior. Merecerá ser considerado por todos los que desean ser verdaderamente instruidos, y por lo tanto puede ser una regla adecuada para que los tutores la inculquen y se la dejen a sus discípulos para guiar sus futuros estudios.
“El estudio, dice él, del texto original nunca se recomendará lo bastante. Es el camino más corto, seguro y agradable para toda clase de erudición. Bebe de la fuente y no tomes las cosas de segunda mano.
No dejes nunca de lado los escritos de los grandes maestros; mora en ellos, fíjalos en tu mente y cítalos cuando la ocasión lo requiera; haz que tu propósito sea comprenderlos a fondo en toda su extensión y con todas sus circunstancias; familiarízate plenamente con los principios de los autores originales, concédeles coherencia y haz entonces tus propias deducciones.
En este estado se hallaban los primeros comentaristas, y no descanses hasta llegar tú mismo al mismo punto. No te conformes con esas luces prestadas, ni te guíes por sus opiniones, salvo cuando la tuya propia te falle y te deje a oscuras. Sus explicaciones no son tuyas, y se te escaparán de las manos.
Por el contrario, tus propias observaciones son el fruto de tu propia mente, donde habrán de residir y estar listas a la mano en toda ocasión de charla, consulta y disputa. No pierdas el placer de comprobar que tu lectura solo se detiene ante dificultades invencibles; allí donde los propios comentaristas y escoliastas se quedan perplejos y no tienen nada que decir.
Esos copiosos expositores de otros lugares, que con un vano y pomposo derroche de erudición vierten sobre pasajes claros y sencillos en sí mismos, son muy pródigos en palabras y esfuerzos donde no hay necesidad.
Convéncete plenamente, mediante este orden en tus estudios, de que no es otra cosa que la pereza de los hombres lo que ha alentado a la pedantería a atiborrar las bibliotecas en vez de enriquecerlas, y a sepultar a los buenos autores bajo montones de notas y comentarios; y percibirás que la desidia ha obrado aquí en contra de sí misma y de su propio interés, al multiplicar las lecturas y las pesquisas, e incrementar el esfuerzo que intentaba evitar”.
Esto, aunque parezca interesar únicamente a los eruditos directos, es de tanta importancia para la correcta ordenación de su educación y sus estudios, que espero no ser censurado por incluirlo aquí; especialmente si se considera que puede ser útil también para los caballeros, cuando en algún momento tengan la intención de ir más allá de la superficie y adquirir por sí mismos una comprensión sólida, satisfactoria y magistral de cualquier rama del saber.
Se dice que el orden y la constancia marcan la gran diferencia entre un hombre y otro: de esto estoy seguro, nada despeja tanto el camino del estudiante, le ayuda tanto a avanzar y le hace progresar con tanta facilidad y llegar tan lejos en cualquier investigación, como un buen método.
Su tutor debe esforzarse por hacerle comprender esto, acostumbrarlo al orden y enseñarle el método en todas las aplicaciones de sus pensamientos; mostrar en qué consiste y cuáles son sus ventajas; familiarizarlo con sus diversas clases, ya sea de lo general a lo particular o de lo particular a lo más general; ejercitarlo en ambas y hacerle ver en qué casos cada método diferente es más adecuado y a qué fines sirve mejor.
En la historia debe gobernar el orden del tiempo; en las investigaciones filosóficas, el de la naturaleza, el cual en toda progresión consiste en ir desde el lugar en que uno se encuentra entonces hasta el que se une y yace junto a él; y así es en la mente, desde el conocimiento que ya posee hasta el que le sigue y es coherente con él, y así sucesivamente hasta aquello a lo que apunta, mediante las partes más simples y descompuestas en que pueda dividir la materia.
Para este propósito, le será de gran utilidad a su discípulo acostumbrarle a distinguir bien, es decir, a tener nociones distintas siempre que la mente pueda hallar alguna diferencia real; pero a evitar con igual cuidado las distinciones en los términos cuando no posea ideas claras, distintas y diferentes.
§196. Además de lo que ha de obtenerse por el estudio y los libros, hay otros logros necesarios para un caballero, que se han de adquirir mediante el ejercicio, a los cuales hay que dedicar tiempo y para los cuales se deben tener maestros.
Siendo la danza aquello que da vida a todo movimiento grácil y, por encima de todo, virilidad y una confianza adecuada a los niños pequeños, considero que no puede aprenderse demasiado pronto, una vez que tienen la edad y la fuerza capaces para ello.
Pero habéis de aseguraros de tener un buen maestro que sepa y pueda enseñar lo que es grácil y decoroso, y lo que otorga libertad y soltura a todos los movimientos del cuerpo. Quien no enseña esto es peor que no tener ninguno; la torpeza natural es mucho mejor que las posturas simiescas y afectadas, y creo que es mucho más tolerable quitarse el sombrero y hacer una reverencia como un honrado caballero de provincias que como un maestro de baile desgarbado.
Pues en lo que respecta a la parte de zapateo y a las figuras de las danzas, lo considero poco o nada, salvo en la medida en que tiende a perfeccionar una postura airosa.
§197. Se cree que la música guarda cierta afinidad con el baile, y muchos valoran enormemente el buen manejo de ciertos instrumentos. Pero consume tanto tiempo de un joven adquirir tan solo una habilidad moderada en ella, y a menudo lo introduce en compañías tan extrañas, que muchos consideran que es mucho mejor prescindir de ella; y entre los hombres de talento y negocios he oído tan raras veces que se alabe o estime a alguien por destacar en la música, que entre todas las cosas que alguna vez han figurado en la lista de los logros, creo que puedo asignarle el último lugar.
Nuestras cortas vidas no nos alcanzan para lograrlo todo; ni nuestras mentes pueden estar siempre atentas a algo que deba ser aprendido. La debilidad de nuestras constituciones, tanto de la mente como del cuerpo, exige que a menudo nos descontrigamos: y quien quiera hacer un buen uso de cualquier parte de su vida, debe dedicarle una gran porción a la recreación. Al menos, esto no debe negárselo a los jóvenes; a menos que, mientras usted con demasiada prisa los vuelve ancianos, tenga el disgusto de llevarlos a la tumba o a una segunda infancia antes de lo que desearía.
Y por lo tanto, creo que el tiempo y el esfuerzo destinados a las mejoras serias deben emplearse en las cosas de mayor utilidad y consecuencia, y ello además mediante los métodos más fáciles y breves que puedan obtenerse a toda costa; y tal vez, como he dicho más arriba, no sería uno de los menores secretos de la educación hacer que los ejercicios del cuerpo y de la mente sean la recreación el uno del otro. No dudo de que algo se podría lograr en esto, por parte de un hombre prudente que considerara bien el carácter y la inclinación de su discípulo. Pues quien está cansado ya sea del estudio o del baile no desea irse a dormir al instante, sino hacer otra cosa que pueda distraerlo y deleitarlo. Pero debe recordarse siempre que nada puede entrar en la categoría de recreación si no se hace con deleite.
§198. El esgrima y la equitación del gran caballo se consideran partes tan necesarias de la buena crianza, que se consideraría una gran omisión descuidarlas; siendo lo segundo de lo uno y lo otro aprendible por lo general solo en las grandes ciudades, es uno de los mejores ejercicios para la salud que pueden tenerse en esos lugares de desahogo y lujo; y por ese motivo constituye una parte adecuada de la ocupación de un joven caballero durante su estancia en ellos.
Y en la medida en que conduce a darle a un hombre una postura firme y airosa sobre el caballo, y a capacitarlo para enseñar a su caballo a pararse y girar con rapidez, y a apoyarse sobre sus ancas, le es de utilidad a un caballero tanto en la paz como en la guerra.
Pero si es de la importancia suficiente como para convertirse en un asunto principal y merecer ocupar más de su tiempo del que debiera emplearse estrictamente por salud a intervalos debidos en algún ejercicio vigoroso de esa índole, se lo dejaré a la discreción de los padres y tutores; quienes harán bien en recordar, en todas las partes de la educación, que la mayor parte del tiempo y de la dedicación debe consagrarse a aquello que probablemente sea de mayor importancia y más frecuente uso en el curso ordinario y en los acontecimientos de la vida a la que el joven esté destinado.
§199. En cuanto a la esgrima, me parece un buen ejercicio para la salud, pero peligroso para la vida; pues la confianza en su destreza suele involucrar en riñas a quienes se creen capaces de usar la espada. Esta presunción los vuelve a menudo más quisquillosos de lo necesario en cuestiones de honor y ante provocaciones leves o inexistentes.
Los jóvenes, con la sangre caliente, están deseosos de pensar que han aprendido esgrima en vano si no demuestran su habilidad y su valor en un duelo; y parece que tienen razones para ello. Pero de cuántas tristes tragedias ha sido causa esa razón, pueden dar fe las lágrimas de muchas madres.
Un hombre que no sabe esgrimir será más cauto para mantenerse alejado de la compañía de matones y tahúres, y no estará ni con mucho tan dispuesto a ponerse exquisito en minucias, ni a ofender, ni a justificar con fiereza las ofensas cuando se han cometido, que es lo que suele provocar la pelea. Y cuando un hombre se halla en el campo, una habilidad moderada en la esgrima más bien lo expone a la espada de su enemigo que lo pone a salvo de ella.
Y ciertamente un hombre de valor que no sepa esgrimir en absoluto y, por tanto, lo jugará todo a una sola estocada sin pararse a esquivar, lleva las de ganar frente a un esgrimista moderado, especialmente si tiene destreza en la lucha libre. Y por consiguiente, si ha de tomarse alguna medida contra tales accidentes, y uno ha de preparar a su hijo para los duelos, preferiría mucho que el mío fuera un buen luchador antes que un esgrimista mediocre, que es lo máximo a lo que un caballero puede aspirar en esto, a menos que esté constantemente en la sala de armas y ejercitándose todos los días.
Pero dado que la esgrima y la equitación del gran caballo se consideran tan generalmente calificaciones necesarias en la educación de un caballero, será difícil negar por completo a alguien de ese rango estas marcas de distinción. Dejaré, por tanto, a consideración del padre hasta qué punto el temperamento de su hijo y la posición en la que probablemente habrá de encontrarse le permiten o animan a someterse a unas modas que, teniendo muy poco que ver con la vida civil, eran por lo demás antaño desconocidas para las naciones más belicosas, y parecen haber añadido poca fuerza o valor a quienes las han adoptado; a menos que queramos pensar que la habilidad o el valor marcial han mejorado gracias al duelo, con el cual vino la esgrima al mundo, y con el cual supongo que se irá de él.
§200. Estos son mis pensamientos actuales acerca de la instrucción y los logros. El gran asunto de todos es la virtud y la sabiduría:
Nullum numen abest si sit Prudentia.
Enséñale a dominar sus inclinaciones y a someter su apetito a la razón. Una vez conseguido esto, y convertido en hábito mediante la práctica constante, la parte más difícil de la tarea habrá terminado.
Para lograr que un joven llegue a esto, no conozco nada que contribuya tanto como el amor a la alabanza y la aprobación, el cual debe por lo tanto inculcársele por todos los medios imaginables.
Haz que su mente sea lo más sensible posible al crédito y a la vergüenza; y cuando hayas hecho eso, habrás instalado en él un principio que guiará sus acciones cuando tú no estés presente, con el cual el miedo al dolorcillo de una vara no es comparable, y que será el tronco adecuado sobre el cual injertar después los verdaderos principios de la moralidad y la religión.
§201. Tengo una cosa más que añadir, que tan pronto como la mencione correré el peligro de ser sospechoso de haber olvidado lo que tengo entre manos y lo que arriba he escrito acerca de la educación, tendiendo toda ella hacia la vocación de un caballero, con la cual un oficio parece totalmente incompatible. Y, sin embargo, no puedo dejar de decir que quisiera que aprendiera un oficio, un oficio manual; sí, dos o tres, pero uno más particularmente.
§202. Como la incansable inclinación de los niños debe dirigirse siempre hacia algo que pueda serles útil, las ventajas que se persiguen en aquello a lo que se les destina pueden considerarse de dos tipos: 1. Cuando la destreza misma que se adquiere mediante el ejercicio vale la pena de poseerse. Así, la destreza no solo en las lenguas y las ciencias eruditas, sino también en la pintura, el torneado, la jardinería, el temple y trabajo del hierro, y todas las demás artes útiles, vale la pena de poseerse. 2. Cuando el ejercicio en sí mismo, sin consideración alguna, es necesario o útil para la salud. El conocimiento de ciertas cosas es tan necesario que los niños lo adquieran mientras son jóvenes, que debe destinarse una parte de su tiempo a su perfeccionamiento en ellas, aunque dichas ocupaciones no contribuyan en absoluto a su salud. Tales son la lectura, la escritura y todos los demás estudios sedentarios para el cultivo de la mente, que ocupan inevitablemente gran parte del tiempo de un caballero, desde la cuna misma. Otras artes manuales, que se adquieren y se ejercitan mediante el trabajo, muchas de ellas, gracias a dicho ejercicio, no solo aumentan nuestra destreza y habilidad, sino que también contribuyen a nuestra salud, especialmente aquellas que nos ocupan al aire libre. En estas, pues, la salud y el perfeccionamiento pueden unirse; y entre ellas deben elegirse algunas adecuadas para que constituyan las recreaciones de aquel cuya ocupación principal son los libros y el estudio. En esta elección se han de tener en cuenta la edad y la inclinación de la persona, y se debe evitar siempre la coacción al introducirlo en ellas. Pues el mandato y la fuerza a menudo pueden crear, pero jamás curar, una aversión; y cualquier cosa a la que alguien sea llevado por la compulsión, la abandonará tan pronto como pueda, sacando poco provecho y menor recreación de ella mientras la esté realizando.
§203. Lo que de todas las cosas me agradaría más sería la pintura, si no hubiere uno u otro argumento en contra que no sea fácil de refutar.
Primero, la mala pintura es una de las peores cosas del mundo; y alcanzar en ella un grado tolerable de destreza requiere demasiado tiempo de un hombre. Si se tiene una inclinación natural hacia ella, correrá el peligro de descuidar todos los demás estudios más útiles para ceder a aquella; y si no se tiene inclinación hacia ella, todo el tiempo, el esfuerzo y el dinero que se le empleen se habrán desperdiciado en vano.
Otra razón por la cual no soy partidario de la pintura en un caballero es porque se trata de una recreación sedentaria, que emplea la mente más que el cuerpo. Considero que la ocupación más seria de un caballero debe ser el estudio; y cuando este exige relajación y esparcimiento, debe consistir en algún ejercicio corporal que distienda el pensamiento y consolide la salud y la fuerza.
Por estas dos razones no soy partidario de la pintura.
§204. En segundo lugar, para un caballero del campo propondría una, o más bien ambas de estas actividades, a saber: la jardinería o la agricultura en general, y el trabajo en madera como carpintero, ebanista o torneado, siendo estas recreaciones adecuadas y saludables para un hombre de estudio o de negocios.
Pues dado que la mente no tolera estar empleada constantemente en la misma cosa o de la misma manera, y los hombres sedentarios o estudiosos deben tener algún ejercicio que al mismo tiempo distraiga sus mentes y ocupe sus cuerpos, no conozco ninguna que pueda hacerlo mejor para un caballero del campo que estas dos; ofreciéndole la una ejercicio cuando el clima o la estación le impiden realizar la otra.
Además de que, al tener destreza en la primera, podrá dirigir y enseñar a su jardinero; y mediante la segunda, idear y hacer una gran cantidad de cosas tanto de agrado como de utilidad: aunque no propongo estas como el fin principal de su labor, sino como incentivos para ella; siendo la distracción de sus otros pensamientos y ocupaciones más serios mediante un ejercicio manual útil y saludable lo que principalmente busco con ello.
§205. Los grandes hombres de la antigüedad entendieron muy bien cómo conciliar el trabajo manual con los asuntos de estado, y no consideraron que fuera deshonroso para su dignidad hacer de lo uno la recreación de lo otro.
Lo que en verdad parece haber ocupado y distraído más comúnmente sus horas de ocio fue la agricultura. Gedeón, entre los judíos, fue sacado de latrilla, así como Cincinato, entre los romanos, del arado, para comandar los ejércitos de sus países contra sus enemigos; y es evidente que su hábil manejo del flajo o del arado, y el ser buenos operarios con estas herramientas, no obstó para su destreza en las armas, ni los hizo menos capaces en las artes de la guerra o del gobierno.
Eran grandes capitanes y hombres de estado, así como labradores. Catón el Mayor, que con gran reputación había desempeñado todos los altos cargos de la república, nos ha dejado un testimonio de su propia pluma sobre cuán versado estaba en los asuntos del campo; y, si mal no recuerdo, Ciro consideraba la jardinería tan poco indigna de la dignidad y la grandeza de un trono, que le mostró a Jenofonte un gran campo de árboles frutales plantados enteramente por él mismo.
Los registros de la antigüedad, tanto entre judíos como entre gentiles, están llenos de ejemplos de esta índole, si fuera necesario recomendar recreaciones útiles mediante ejemplos.
§206. Ni se crea que me equivoco cuando llamo a estos o parecidos ejercicios de las artes manuales diversiones o recreaciones; pues la recreación no es estar ocioso (como cualquiera puede observar), sino aliviar la parte fatigada mediante un cambio de ocupación; y quien piense que la diversión no puede consistir en un trabajo duro y penoso, olvida el madrugurar, la cabalgada intensa, el calor, el frío y el hambre de los cazadores, que a pesar de todo se sabe que son la recreación constante de los hombres de más alta condición.
Cavar, plantar, injertar o cualesquiera empleos provechosos semejantes no serían menor diversión que cualquiera de los deportes ociosos de moda, si tan solo se pudiera lograr que los hombres se deleitasen en ellos, cosa que la costumbre y la destreza en un oficio harán que cualquiera alcance con rapidez. Y no dudo de que se puedan hallar personas que, llamadas con frecuencia a las cartas o a cualquier otro juego por quienes no pudieron rechazar, se han sentido más fatigadas por estas recreaciones que por cualquier ocupación de la vida por seria que fuese, a pesar de haber sido el juego tal que por naturaleza no le tenían ninguna aversión, y con el cual de buena gana a veces podían divertirse.
§207. El juego, en el que las personas de distinción, especialmente las damas, desperdician tanto su tiempo, es para mí una clara prueba de que los hombres no pueden estar perfectamente ociosos; tienen que estar haciendo algo; pues, de otro modo, ¿cómo podrían pasarse tantas horas afanándose en aquello que por lo general causa más vexación que deleite a quienes están enfrascados en ello? Es indudable que el juego no deja ninguna satisfacción tras de sí a quienes reflexionan una vez terminado, y de ningún modo aprovecha ni al cuerpo ni a la mente; en cuanto a sus haciendas, si cala tan hondo como para comprometerlas, se convierte entonces en un oficio y no en una diversión, en el cual son pocos los que prosperan teniendo de qué otra cosa vivir; y, a lo sumo, un tahúr próspero tiene un triste oficio, pues llena sus bolsillos a costa de su reputación.
El ocio no pertenece a quienes son ajenos a los negocios, ni a los que no están consumidos y fatigados por el ejercicio de su profesión.
La habilidad debería consistir en ordenar de tal modo el tiempo de recreación, que este relaje y refresque la parte que ha trabajado y está cansada, y que a la vez haga algo que, además del deleite y el desahogo presentes, produzca un provecho posterior.
No ha sido sino la vanidad y el orgullo de la grandeza y la riqueza lo que ha puesto de moda los pasatiempos inútiles y peligrosos (como se les llama), y lo que ha persuadido a la gente de la creencia de que aprender o poner las manos en algo útil no podía ser una diversión propia de un caballero.
Esto es lo que le ha dado tanto crédito en el mundo a las cartas, los dados y la bebida; y muchísima gente desperdicia en ellos sus horas libres, por la preponderancia de la costumbre y por la falta de una ocupación mejor para llenar el vacío del tiempo libre, más que por un deleite real que se halle en ellos.
No pueden soportar el peso muerto del tiempo inactivo en sus manos, ni la incomodidad de no hacer absolutamente nada; y al no haber aprendido nunca ningún arte manual loable con el que distraerse, recurren a esos modos necios o perjudiciales en uso para matar el tiempo, en los que un hombre racional, hasta que la costumbre lo corrompe, podría hallar muy poco placer.
§208. No digo esto porque quisiera que un joven caballero no se acomodara nunca a las diversiones inocentes de moda entre los de su edad y condición. Estoy tan lejos de quererlo austero y malhumorado hasta ese punto, que le aconsejaría más complacencia de la habitual hacia todas las alegrías y diversiones de aquellos con quienes trata, y que no se muestre reacio ni irritable en nada de lo que le pidan que convenga a un caballero y a un hombre honrado.
Aunque en cuanto a las cartas y los dados, creo que el camino más seguro y mejor es no aprender jamás ningún juego con ellos, y quedar así incapacitado para esas tentaciones peligrosas y ladronas de tiempo útil. Pero hechas las concesiones para la conversación ociosa y jovial y para todas las recreaciones de moda y apropiadas; digo que a un joven le quedará tiempo suficiente, aparte de su ocupación seria y principal, para aprender casi cualquier oficio.
Es la falta de aplicación, y no de tiempo libre, lo que hace que los hombres no sean expertos en más de un arte; y una hora al día, empleada constantemente en tal forma de diversión, llevará a un hombre en poco tiempo mucho más lejos de lo que puede imaginar: lo cual, si no tuviera otra utilidad que la de desterrar los pasatiempos comunes, viciosos, inútiles y peligrosos, y demostrar que no hay necesidad de ellos, merecería ser fomentado.
Si los hombres desde su juventud fueran destetados de esa disposición a la vagancia en la que algunos, por costumbre, dejan que una buena parte de su vida se desvanezca inútilmente, sin ocupación ni recreación, encontrarían tiempo suficiente para adquirir destreza y habilidad en cientos de cosas que, aunque alejadas de sus propias vocaciones, no interferirían en absoluto con ellas. Y por ello creo que, por esta razón y por las otras mencionadas antes, una disposición perezosa y apática que sueña ociosamente los días es la que menos se debe consentir o permitir en los jóvenes, de todas cuantas existen. Es el estado propio de alguien enfermo e indispuesto de salud, y no es tolerable en nadie más, sea cual fuere su edad o condición.
§209. A las artes susodichas se pueden añadir la perfumería, el barnizado, el grabado y varias clases de trabajos en hierro, latón y plata; y si, como le sucede a la mayoría de los jóvenes caballeros, una parte considerable de su tiempo transcurre en una gran ciudad, podrá aprender a tallar, pulir y engastar piedras preciosas, o bien ocuparse en pulir y desbastar lentes ópticas.
Entre la gran variedad de ingeniosas artes manuales que existen, será imposible que no se halle alguna que le agrade y deleite, a menos que sea holgazán o libertino, lo cual no ha de suponerse bajo un método de educación correcto.
Y puesto que no puede estar siempre empleado en el estudio, la lectura y la conversación, habrá muchas horas, además de las que ocupen sus ejercicios, que, de no emplearse de este modo, se emplearán peor. Pues doy por sentado que un joven rara vez deseará permanecer sentado, perfectamente quieto e inactivo; o, si lo hace, es un defecto que debe corregirse.
§210. Pero si sus equivocados padres, asustados por los nombres vergonzosos de mecánico y oficio, sintieran aversión hacia cualquier cosa de este tipo en sus hijos; aun así, hay una cosa relacionada con el comercio que, al considerarla, considerarán absolutamente necesario que sus hijos aprendan.
Las cuentas de los comerciantes, aunque son una ciencia que probablemente no ayude a un caballero a adquirir un patrimonio, sin embargo, es posible que no haya nada de mayor utilidad y eficacia para hacerle conservar el patrimonio que ya tiene.
Raras veces se observa que quien lleva una cuenta de sus ingresos y gastos, y por ello tiene constantemente a la vista el curso de sus asuntos domésticos, los deje arruinarse; y no dudo de que muchos hombres se retrasan antes de ser conscientes, o se hunden más cuando ya lo están, por falta de este cuidado o de la habilidad para hacerlo.
Por lo tanto, aconsejaría a todos los caballeros que aprendan a la perfección las cuentas de los comerciantes, y que no piensen que es una habilidad que no les pertenece, porque ha recibido su nombre de los hombres de negocios y ha sido practicada principalmente por ellos.
§211. Cuando mi joven amo haya adquirido la destreza de llevar cuentas (lo cual es un asunto de razón más que de aritmética), tal vez no esté de más que su padre, a partir de entonces, le exija hacerlo en todos sus asuntos.
No es que quiera que anote cada pinta de vino o juego que le cueste dinero; el nombre general de gastos servirá muy bien para tales cosas; ni tampoco quisiera que su padre examine tan minuciosamente estas cuentas como para aprovechar la ocasión y criticar sus gastos; debe recordar que él mismo fue una vez joven, y no olvidar los pensamientos que tenía entonces, ni el derecho que su hijo tiene a tener los mismos y a que se le hagan concesiones por ello.
Si, por tanto, quiero que el joven caballero esté obligado a llevar una cuenta, no es en absoluto para tener por ese medio un control sobre sus gastos (pues de lo que el padre le asigna, debe dejarle ser plenamente dueño), sino únicamente para que se inicie tempranamente en la costumbre de hacerlo, y para que le resulte familiar y habitual desde bien pronto, lo cual le será muy útil y necesario practicar constantemente durante todo el curso de su vida.
Un noble veneciano, cuyo hijo se nadaba en la abundancia de las riquezas de su padre, al ver que los gastos de este se hacían muy elevados y extravagantes, ordenó a su cajero que en el futuro no le diera más dinero que el que tuviera que contar al recibirlo. Esto, pensaría uno, no es una gran restricción para los gastos de un joven caballero, quien podía tener libremente todo el dinero que quisiera contar. Pero aun así, para alguien que no estaba acostumbrado a nada más que a la búsqueda de sus placeres, esto resultó ser una molestia muy grande, que al fin terminó en esta sobria y provechosa reflexión: si me cuesta tanto trabajo simplemente contar el dinero que voy a gastar, ¿cuánto trabajo y esfuerzo les costó a mis antepasados no solo contar, sino ganarlo?
Este pensamiento racional, sugerido por este pequeño esfuerzo que se le impuso, obró de manera tan efectiva en su mente que lo hizo recapacitar, y de ahí en adelante resultó ser un buen administrador. Esto, al menos, todo el mundo debe reconocerlo, que nada es más propenso a mantener a un hombre dentro de la prudencia que tener constantemente ante sus ojos el estado de sus asuntos en un curso regular de contabilidad.
§212. La última parte por lo común en la educación son los viajes, los cuales se suele pensar que concluyen la obra y perfeccionan al caballero. Confieso que viajar a países extranjeros tiene grandes ventajas, pero el tiempo que comúnmente se elige para enviar a los jóvenes al extranjero es, a mi parecer, de todos el que los hace menos capaces de cosechar dichas ventajas.
Aquellas que se proponen, en lo fundamental, pueden reducirse a estas dos:
- primero, el idioma;
- segundo, una mejora en la sabiduría y la prudencia al ver a los hombres y conversar con personas de caracteres, costumbres y modos de vida diferentes entre sí, y especialmente de los de su parroquia y vecindario.
Pero de los dieciséis a los veintiún años, que es la época ordinaria de los viajes, los hombres son, de toda su vida, los menos aptos para estas mejoras. La primera temporada para adquirir lenguas extranjeras y moldear la lengua en sus verdaderos acentos, pensaría yo, debería ser de los siete a los catorce o dieciséis, y entonces también un tutor con ellos es útil y necesario, el cual pueda, junto con esos idiomas, enseñarles otras cosas.
Pero sacarlos de la vista de sus padres a gran distancia bajo un gobernador, cuando se creen demasiado hombres para ser gobernados por otros, y sin embargo no tienen la prudencia y la experiencia suficientes para gobernarse a sí mismos, ¿qué es sino exponerlos a todos los mayores peligros de toda su vida, cuando tienen la menor defensa y guardia contra ellos?
Hasta que llega esa parte hirviente y turbulenta de la vida, se puede esperar que el tutor tenga cierta autoridad: ni la obstinación de la edad, ni la tentación o los ejemplos de otros, pueden apartarlo de la guía de su tutor hasta los quince o dieciséis años; pero entonces, cuando comienza a tratarse con hombres y se cree uno de ellos; cuando llega a gustar y enorgullecerse de los vicios varoniles y piensa que es una vergüenza estar por más tiempo bajo el control y la guía de otro, ¿qué se puede esperar incluso del gobernador más cuidadoso y prudente, cuando ni él tiene el poder de obligar ni su pupilo la disposición a dejarse persuadir; sino que, por el contrario, tiene el consejo de la sangre caliente y la moda imperante para prestar oído a las tentaciones de sus compañeros, tan sensatos como él, antes que a las persuasiones de su tutor, a quien ahora se mira como a un enemigo de su libertad?
¿Y cuándo es más probable que un hombre fracase, sino cuando al mismo tiempo es inexperto e indisciplinado? Esta es la estación de toda su vida que más requiere la mirada y la autoridad de sus padres y amigos para regirla. La flexibilidad de la primera parte de la edad del hombre, que aún no ha crecido hasta volverse terco, la hace más manejable y segura; y en la parte posterior, la razón y la previsión empiezan un poco a ocupar su lugar y a recordar al hombre su seguridad y su mejora.
El tiempo, por tanto, que consideraría más adecuado para que un joven caballero sea enviado al extranjero, sería, o bien cuando es más joven, bajo un tutor de quien pueda sacar provecho; o bien cuando es unos años mayor, sin un gobernador; cuando tiene edad para gobernarse a sí mismo y hacer observaciones de lo que encuentra en otros países digno de su atención, y que pueda serle útil después de su regreso; y cuando también, estando plenamente familiarizado con las leyes y modas, las ventajas y defectos naturales y morales de su propio país, tiene algo que intercambiar con aquellos en el extranjero de cuya conversación espera cosechar algún conocimiento.
§213. [El querer].
§214. La manera en que por lo demás se emprende el viaje es lo que, según imagino, hace que tantos jóvenes regresen tan poco mejorados por él. Y si traen a casa algún conocimiento de los lugares y las gentes que han visto, a menudo es una admiración por las prácticas peores y más vanas con las que tropezaron en el extranjero; conservando el gusto y el recuerdo de aquellas cosas en las que su libertad cobró su primer vuelo, más que de aquello que debiera hacerlos mejores y más sabios tras su regreso.
Y en verdad, ¿cómo puede ser de otro modo, al ir al extranjero a la edad en que lo hacen bajo el cuidado de otro, quien ha de proveerles lo necesario y hacer las observaciones por ellos?
Así, bajo el amparo y el pretexto de un tutor, creyéndose exentos de valerse por sí mismos o de rendir cuentas de su propia conducta, rara vez se toman la molestia de indagar o de hacer observaciones útiles por cuenta propia.
Sus pensamientos van tras el juego y el placer, en lo cual consideran una humillación ser controlados; pero rara vez se toman la molestia de examinar los designios, observar las maneras y considerar las artes, los ánimos y las inclinaciones de los hombres con los que se cruzan, para así saber cómo conducirse ante ellos.
Aquí quien viaja con ellos ha de protegerlos; sacarlos cuando se han metido en zarzales; y, en todos sus tropiezos, responder por ellos.
§215. Confieso que el conocimiento de los hombres es un arte tan vasto que no cabe esperar que un joven lo domine a la perfección de inmediato. Mas con todo, de poco sirve su periplo si los viajes no le abren a veces los ojos, lo vuelven cauto y prudente, y lo acostumbran a mirar más allá de las apariencias y, bajo el inofensivo amparo de un trato cortés y afable, a mantenerse libre y a salvo en su trato con extraños y con toda clase de gente, sin perder por ello la buena opinión de estos.
Aquel que es enviado a viajar a la edad y con la mentalidad de un hombre que se propone superarse, podrá inmiscuirse en la conversación y amistad de personas de alcurnia allí donde vaya; lo cual, aun siendo de máximo provecho para un caballero que viaja, me pregunto: de entre nuestros jóvenes que marchan al extranjero con tutores, ¿cuál hay de cada cien que visite jamás a persona de alcurnia? Y mucho menos que entable amistad con alguien así, de cuya conversación pueda aprender qué es la buena educación en ese país y qué merece la pena ser observado en él; si bien es de tales personas de quien uno puede aprender más en un día que en un año de deambular de posada en posada.
Ni es de extrañar, en verdad; pues los hombres de valía y talento no tolerarán fácilmente la familiaridad de muchachos que aún precisan del cuidado de un tutor; si bien un joven caballero y extranjero, que se presente como un hombre y muestre el deseo de informarse sobre las costumbres, modales, leyes y gobierno del país en el que se encuentra, hallará una acogida favorable y entretenimiento entre las personas mejores y más instruidas en todas partes, las cuales estarán dispuestas a recibir, alentar y apoyar a un extranjero ingenioso e inquisitivo.
§216. Esto, por muy cierto que sea, me temo que no alterará la costumbre que ha relegado el tiempo de los viajes a la peor parte de la vida de un hombre; pero por motivos que no se toman de su perfeccionamiento.
No se debe aventurar al muchacho fuera del país a los ocho o diez años, por miedo a lo que pueda sucederle al tierno infante, aunque entonces corre diez veces menos riesgo que a los dieciséis o dieciocho. Ni tampoco debe quedarse en casa hasta que esa edad peligrosa y obstinada haya pasado, porque ha de estar de vuelta a los veintiún años para casarse y procrear.
El padre no puede esperar más por la dote, ni la madre por una nueva serie con la que jugar; y así a mi joven señor, pase lo hay que pasar, se le ha de buscar esposa para cuando alcance la mayoría de edad; aunque no perjudicaría ni a sus fuerzas, ni a su talento, ni a su descendencia si se pospusiera un tiempo, y se le permitiera tomar, en años y conocimientos, cierta ventaja a sus hijos, a quienes a menudo se halla pisando demasiado los talones a sus padres, para no pequeña insatisfacción tanto del hijo como del padre.
Pero habiendo quedado el joven caballero a la vista del matrimonio, es hora de dejarlo con su prometida.
§217. Aunque ahora he llegado al fin de lo que las observaciones obvias me han sugerido acerca de la educación, no quisiera que se pensara que lo considero un tratado formal sobre este tema.
Hay otras mil cosas que pueden requerir consideración; especialmente si uno tomara en cuenta los diversos temperamentos, las diferentes inclinaciones y los defectos particulares que se encuentran en los niños, y prescribiera los remedios adecuados. La variedad es tan grande que requeriría un volumen; ni tampoco eso bastaría. La mente de cada hombre tiene alguna peculiaridad, así como su rostro, que lo distingue de todos los demás; y es posible que apenas haya dos niños que puedan ser guiados exactamente por el mismo método.
Además de eso, pienso que el hijo de un príncipe, el de un noble y el de un caballero ordinario deben tener distintas formas de crianza. Pero habiendo tenido aquí solo algunas visiones generales en referencia al fin y los propósitos principales de la educación, y aquellas destinadas al hijo de un caballero, a quien, siendo entonces muy pequeño, consideré únicamente como papel blanco, o cera, para ser moldeado y modelado a voluntad; apenas he tocado aquellos puntos que juzgué necesarios para la crianza de un joven caballero de su condición en general; y he publicado ahora estos pensamientos míos ocasionales con la esperanza de que, aunque esto esté lejos de ser un tratado completo sobre este tema, o tal que cada cual pueda encontrar en él lo que se ajuste exactamente a su hijo, pueda no obstante dar alguna pequeña luz a aquellos cuyo cuidado por sus queridos pequeños los hace tan irregularmente osados como para atreverse a consultar su propia razón en la educación de sus hijos, antes que confiar por completo en la vieja costumbre.