Ay, Khalid en adelante dejará de explorar el horizonte en busca de ese algo vago de sus sueños; se ha vuelto lo suficientemente présbita en el proceso como para ver la necesidad de perseguir en América algo más espiritual que la venta ambulante de cruces y escapularios. Especialmente en esta América, donde el alfabeto se difunde ampliamente y de forma gratuita.
Y así, se da a la tarea de autoeducarse. Siente el embrión agitarse en su interior, y con la náusea del estado de preñez, no pide sino unos pocos frutos del saber. ¡Ah, pero de pronto se vuelve voraz, y el pequeño diccionario de bolsillo es devorado por completo en tres sentadas.
De ahí su necedad de tratar a sus pensamientos y fantasías como lo trataba el duende. Porque ¿acaso no despojan a menudo las palabras a una fantasía de su lengua, o a un pensamiento de su alma? Muchos de los fragmentos que Khalid escribió cuando devoraba diccionarios terminaron por desecharse de la manera más pintoresca, como relataremos. Y algunos se los dio a Shakib, de los cuales se conservó aquel Ensueño de ciclámenes.
Y el lema de Jalid era: «Un libro a la vez». No se abrumaba con libros como tampoco lo hacía con los zapatos. Pero para que la mente no andara descalza, siempre compraba un libro nuevo antes de destruir el que tenía entre manos.
¿Destruir? Sí; porque tras leer o estudiar un libro, se calienta las manos con sus llamas, este Khalid, o hace que sirva para cocinar una olla de muyaddara. De este modo extraordinario y escandaloso, bárbara y caprichosamente, bautizaba el ideal en el fuego de lo real.
Y así, radiante de salud, confianza y vanidad, entra en otro Parque del que al final sale triste, demacrado y en la bancarrota. A decir verdad, hay aquí muchas atracciones y distracciones; de otro modo no podría olvidar la cajita de buhonero y las mujeres de pies ligeros y ancas pesadas de Battery Park.