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nydus/The History of the Great American FortunesPublic
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CAPÍTULO VI. GIRARD: EL MÁS RICO DE LOS NAVIEROS

# GIRARD—EL MÁS RICO DE LOS NAVIEROS

STEPHEN GIRARD. (Por un grabado.)
STEPHEN GIRARD. (Por un grabado.)

Girard nació en Burdeos, Francia, el 21 de mayo de 1750, y era el mayor de los cinco hijos del capitán Pierre Girard, un marino. A los ocho años quedó ciego de un ojo, una pérdida y deformidad que sometió su sensibilidad a duras pruebas y que tuvo el efecto de volverlo hosco y amargado. Fue su lamento en su vida adulta que, mientras a sus hermanos los habían enviado a la universidad, él fue el patito feo de la familia y le tocó sufrir la negligencia de su padre y la causticidad de una madrastra regañona. A los catorce años aproximadamente se libró de estos problemas familiares y se escapó a hacer carrera en el mar.

Durante los nueve años que navegó entre Burdeos y las Antillas, ascendió de grumete a segundo.

Eludiendo la ley francesa que exigía que ningún hombre fuese nombrado capitán de un barco a menos que hubiera realizado dos travesías en la marina real y tuviera veinticinco años, Girard consiguió el mando de un buque mercante a la edad de unos veintidós años.

Mientras estuvo en este servicio, transportó clandestinamente cargamentos propios que vendió con un beneficio considerable.

En mayo de 1776, mientras se dirigía de Nueva Orleans a un puerto canadiense, quedó envuelto en una densa niebla frente a los cabos de Delaware, pidió auxilio y, cuando la niebla se disipó lo suficiente como para que un barco estadounidense cercano acudiera en su ayuda, se enteró de que la guerra había estallado.

En consecuencia, corrió a Filadelfia, donde vendió la embarcación y el cargamento —de este último solo una parte le pertenecía— y con las ganancias abrió un negocio de embotellamiento de sidra y vino y de ultramarinos en una pequeña tienda de la calle Water.

Girard hizo dinero rápidamente; y en julio de 1777 se casó con Mary Lum, una mujer de su misma clase. Suele descritasela como una muchacha de servicio de gran belleza y de un carácter de una violencia bastante tempestuosa. Esta infeliz mujer perdió posteriormente la razón; indudablemente, las mezquindades de su esposo y sus cualidades repelentes contribuyeron a ello.

Uno de sus biógrafos más benévolos lo describe así:

"En persona era bajo y robusto, con un semblante apagado y repulsivo, que sus cejas tupidas y su ojo solitario hacían casi espantoso. Era de modales fríos y reservados, y no era querido por sus vecinos, la mayoría de los cuales le temían".1

Durante la ocupación británica de Filadelfia, los revolucionarios lo acusaron de extrema duplicidad y falsedad por fingir ser un patriota y prestar juramento de lealtad a las colonias, mientras comerciaba en secreto con los británicos.

Ninguno de sus biógrafos lo niega. Mientras un comerciante tras otro se arruinaba debido a la interrupción del comercio, Girard ganaba dinero sin cesar.

Hacia 1780 volvió a dedicarse al negocio naviero; sus embarcaciones surcaban rutas entre puertos estadounidenses, Nueva Orleans y Santo Domingo, y no pocas de sus ganancias, según se decía, provenían del comercio de esclavos.

# CÓMO CONSTRUYÓ SUS BARCOS.

Una turbulenta sociedad con su hermano, el capitán Jean Girard, duró muy poco tiempo; los hermanos no lograban ponerse de acuerdo. En la disolución de la sociedad en 1790, la parte de las ganancias correspondientes a Stephen Girard ascendió a 30.000 dólares.

El mayor golpe de suerte de Girard provino de la insurrección de los negros de Santo Domingo contra los franceses varios años después. Tenía dos embarcaciones atracadas en el puerto de uno de los puertos de la isla. A los primeros murmullos de peligro, varios hacendados llevaron sus objetos de valor a bordo de uno de estos barcos y regresaron apresuradamente para buscar el resto.

El desenlace, tal como se narra comúnmente, se presenta así:

Los hacendados no regresaron, habiendo caído evidentemente víctimas de la furia de los insurrectos. Las embarcaciones fueron llevadas a Filadelfia y Girard publicó anuncios insistentemente en busca de los propietarios de los objetos de valor. Como nunca apareció ningún dueño, Girard vendió las mercancías e ingresó las ganancias, 50.000 dólares, en su propia cuenta bancaria.

«Esto —dice Houghton— fue una gran ayuda para él, y al año siguiente comenzó la construcción de esos espléndidos barcos que le permitieron participar tan activamente en el comercio con China y las Indias Occidentales».

A partir de este momento sus ganancias fueron colosales. Sus barcos circunnavegaron el mundo muchas veces y cada viaje le reportaba una fortuna. Practicaba todas esas artes de engaño que prevalecían entre la clase mercantil, las cuales se aceptaban como astucia y se asociaban inseparablemente con los métodos comerciales legítimos.

Al darle instrucciones a uno de sus capitanes, escribió, según era su invariable política, las directrices más explícitas para ejercer sigilo y astucia en sus compras de café en Batavia.

Sed cautos y prudentes, era su amonestación. Guardaos para vos la intención del viaje y la cantidad de moneda metálica que lleváis a bordo. Para satisfacer a los curiosos, despistadlos diciéndoles que el barco cargará melaza, arroz y azúcar, si el precio es muy bajo, añadiendo que el todo dependerá del éxito en la venta del pequeño cargamento de Liverpool.

Si hacéis esto, el cargamento de café podrá comprarse un diez por ciento más barato de lo que costaría si se sabe públicamente que hay una cantidad de dólares españoles a bordo, además de un valioso cargamento de mercancías británicas destinadas a invertirse en café para Stephen Girard de Filadelfia.

Hacia 1810 lo vemos ordenando a los Baring de Londres que invirtieran en acciones del Banco de los Estados Unidos medio millón de dólares que tenían en su poder para él. Cuando expiró la carta orgánica, era el principal acreedor de dicho banco; y compró, a muy buen precio, el banco y la casa del cajero por 120.000 dólares. El 12 de mayo de 1812, abrió el Banco Girard, con un capital de 1.200.000 dólares, el cual aumentó al año siguiente en 100.000 dólares más.2

# UN DICTADOR DE LAS FINANZAS.

Su riqueza era ahora abrumadoramente grande; su poder, inmenso. Era un auténtico dictador de los reinos de las finanzas; un hombrecillo asiduo y repulsivo, con su ojo diabólico, que arrasaba sin piedad con cualquier obstáculo en su camino.

  • Cada uno de sus movimientos engendraba miedo;
  • su más mínima palabra podía arruinar a cualquiera que osara interponerse en sus propósitos.

La guerra de 1812 trajo el desastre a muchos comerciantes, pero Girard cosechó una fortuna de las profundidades de la desgracia.

«Era, hay que decirlo —señala Houghton—, duro e intolerante en sus tratos, e implacable al exigir hasta el último centavo que se le debía». Y después de abrir el Banco Girard: «Al descubrir que los salarios pagados por el gobierno eran superiores a los pagados en otros lugares, los redujo a la tarifa dada por los demás bancos. El vigilante siempre había recibido del viejo banco el obsequio de un abrigo en Navidad, pero Girard puso fin a esto. No daba gratificaciones a ninguno de sus empleados, sino que los limitaba a la compensación que habían pactado; sin embargo, se ingeniaba para obtener de ellos un servicio más devoto que el recibido por otros hombres que pagaban salarios más altos y hacían regalos».

Sus llamadas de auxilio quedaron sin respuesta. Ningún hombre pobre salió jamás con las manos llenas de su presencia. Hizo caso omiso a las súplicas de los comerciantes en bancarrota para ayudarles a levantarse de nuevo. No era ni generoso ni caritativo. Cuando su fiel cajero murió, tras largos años dedicados a su servicio, manifestó la más empedernida indiferencia ante el duelo de la familia de dicho caballero, y los abandonó para que se las arreglaran como pudieran.

Además, Houghton procede inconscientemente a relatar varios incidentes que muestran los exorbitantes beneficios que Girard obtuvo de sus diversas actividades comerciales.

En la primavera de 1813, uno de sus barcos fue capturado por un crucero británico en la desembocadura del Delaware. Temiendo que su presa fuera recapturada por un buque de guerra estadounidense si la enviaba a puerto, el almirante inglés le notificó a Girard que rescataría el barco por 180.000 dólares en moneda. Girard pagó el dinero; e incluso después de pagar dicha suma, el cargamento de sedas, nankines y tés le dejó un beneficio de medio millón de dólares.

Sus propios actos de aparentes iniciativas cívicas eran medios con los que amasaba grandes ganancias. En varias ocasiones, cuando el tipo de cambio era tan alto que resultaba perjudicial para los negocios en general, giró contra la casa Baring Bros. por sumas de dinero que debían transferirse a los Estados Unidos. Esto fue aclamado como un beneficio público. Pero ¿qué hizo Girard? Vendió el dinero al Banco de los Estados Unidos y cobró un diez por ciento por el servicio.

SOBORNO E INTIMIDACIÓN.

La restauración y el dominio ampliado de este banco se debieron en gran medida a sus esfuerzos e influencia; se convirtió en su mayor accionista y en uno de sus directores.

Ninguna institución comercial en las primeras tres décadas del siglo XIX ejerció una influencia tan siniestra y avasalladora como este monopolio privilegiado.

La historia completa de su soborno indirecto a políticos y directores de periódicos, con el fin de perpetuar sus grandes privilegios y mantener el control sobre la opinión pública, nunca se ha contado por completo.

Pero salieron a la luz suficientes hechos cuando, tras años de agitación partidista, el Congreso se vio obligado a investigar y descubrió que no pocos de sus propios miembros habían estado durante años en las nóminas del banco.3

Para lograr que le renovaran la concesión de vez en cuando y retener sus extraordinarios privilegios especiales, el Banco de los Estados Unidos corrompió sistemáticamente a la política y a aquella parte de la prensa que era venal; y cuando llegó un momento crítico, como ocurrió en 1832-34, en que la masa del pueblo se puso del lado del presidente Jackson en su propósito de derrocar al banco, dio instrucciones a toda la prensa bajo su mando para que alzara el grito de «las terribles consecuencias de la revolución, la anarquía y el despotismo» que sin duda se producirían si Jackson era reelegido.

Para dar un ejemplo de cómo había manipulado la prensa durante años: el «Courier and Enquirer» era un poderoso periódico de Nueva York. Sus propietarios, Webb y Noah, abandonaron repentinamente a Jackson y comenzaron a denigrarlo. La razón fue, según reveló una investigación del Congreso, que habían tomado prestados 50.000 dólares del Banco de los Estados Unidos, el cual no perdió tiempo en darles la alternativa de pagar la deuda o apoyar al banco.4

La participación de Girard en el Banco de los Estados Unidos le reportó millones de dólares. Con su control sobre los depósitos de fondos gubernamentales y mediante las disposiciones de su carta fundacional, este banco dominaba los mercados monetarios enteros de los Estados Unidos y podía manipularlos a su antojo. Podía subir o bajar los precios según le convenía.

En muchas ocasiones, Girard, junto con sus compañeros directores, fue duramente criticado por el poder arbitrario que ejercía. Pero —y que conste este hecho— las críticas provenían en gran medida de los propietarios de los bancos estatales que intentaban suplantar al Banco de los Estados Unidos. La lucha era, en realidad, un enfrentamiento entre dos facciones de intereses capitalistas.

El transporte marítimo y la banca fueron las principales fuentes de la riqueza de Girard, con inversiones secundarias en bienes raíces y otras formas de propiedad.

Poseía grandes extensiones de tierra en Filadelfia, cuyo valor aumentó rápidamente con el crecimiento de la población; era un importante accionista de empresas de navegación fluvial y, hacia el final de su vida, aportó 200.000 dólares para la construcción del ferrocarril de Danville y Pottsville.

# EL CRESO SOLITARIO.

Era por entonces un anciano solitario y huraño que vivía en una casa de cuatro pisos en la calle Water, perseguido por el desprecio de todos, incluso de aquellos que lo adulaban con fines mercenarios.

Hijos no tenía, y su esposa había muerto hacía mucho tiempo. Su gran riqueza no le reportaba ningún consuelo; el entorno del que se rodeaba era mezquino y sórdido; muchos de sus dependientes vivían con mayor estilo.

Allí, en su lúgubre morada, este veterano del comercio, solitario y marchito, se sumergía en las obras de Voltaire, Diderot, Paine y Rousseau, de quienes era un profundo admirador y cuyos nombres llevaban algunos de sus mejores barcos.

Este sombrío avaro tenía, después de todo, la gran cualidad redentora de ser fiel a sí mismo.

No fingía ser religioso y aborrecía la hipocresía. El fariseísmo no estaba en su naturaleza.

Se lanzó al mundo, un tiburón feroz, de ojos fríos en busca de presas, pero jamás ocultó sus motivos bajo una apariencia calculadora de piedad o benevolencia. A miles y miles había engañado, pues los negocios eran los negocios, pero a sí mismo jamás se engañó.

Sus amargas burlas ante lo que llamaba absurdos y supersticiones teológicas, y sus terribles rechazos a los ministros que le pedían dinero, atrajeron sin duda una parte considerable de la odiosidad que se desató contra él.

Desafió los anatemas de la cristiandad organizada; se adueñó del mundo comercial, lo sacudió con dureza y salió cargado de botín. Hasta el final, su espíritu volcánico chisporroteó, incluso cuando, a los ochenta años, yacía con una oreja cortada, el rostro magullado y la vista totalmente destrozada, como resultado de haber sido atropellado por un carruaje.

En todos sus ochenta y un años la caridad no tuvo cabida en su corazón. Pero después, el 26 de diciembre de 1831, cuando yacía completamente muerto y se abrió su testamento, ¡qué sorpresa hubo!

  • Sus parientes recibieron legados;
  • sus propios aprendices obtuvieron quinientos dólares cada uno, y sus antiguos sirvientes, rentas vitalicias.

Hospitales, sociedades de huérfanos y otras asociaciones benéficas se beneficiaron.

Quinientos mil dólares fueron destinados a la Ciudad de Filadelfia para ciertas mejoras cívicas; tres quinientos mil dólares para los canales de Pensilvania; una porción de su valiosa propiedad en Luisiana a Nueva Orleans para la mejora de dicha ciudad.

El resto de la propiedad, unos seis millones, se dejó a los fideicomisarios para la creación y dotación de un Colegio para Huérfanos, que prontamente fue nombrado en su honor.

Se alzó un coro de asombro y loor. ¿Existió jamás semejante magnanimidad de espíritu cívico? ¿Vivió alguna vez un alma tan sublime que fuera tan malinterpretada?

Aquí y allá se escuchaba débilmente alguna voz de protesta que afirmaba que la riqueza de Girard provenía de la comunidad y que era de estricta justicia que volviera a ella; que sus métodos habían creado viudas y huérfanos, y que su dinero debía destinarse al sustento de esos huérfanos.

Estas protestas fueron rechazadas con desaprobación por considerarlas desvaríos de excéntricos o delirios de envidia impotente. Los aplausos llovieron sobre Girard; hasta sus ropas fueron conservadas como reliquias inmemoriales.5

"EL GRAN BENEFACTOR."

Todas las donaciones de los demás hombres ricos de la época palidecían hasta volverse insignificantes en comparación con las de Girard. Sus competidores y pares habían entregado dinero a la caridad, pero ninguno a una escala tan grande como Girard.

Oradores distinguidos competían entre sí para ensalzar sus maravillosas donaciones,6 y la prensa le prodigaba elogios por considerarlo el mayor benefactor de la época. Para ellos esto parecía sinceramente así, pues estaban educados bajo los estándares de la clase mercantil, las sofisterías de los economistas políticos y el espíritu de la época, para concentrar su atención únicamente en los poderosos y exitosos, al tiempo que ignoraban la condición de las masas populares.

Los pasatiempos de un rey o las debilidades de algún político notable u hombre rico eran asuntos de gran magnitud sobre los que se explayaba largamente, mientras que el hombre común, individual o colectivamente, carecía en absoluto de importancia. La retórica refinada de los oradores, por muy complaciente que fuera para esa generación, resulta casi carente de significado y valor si se juzga con los estándares modernos.

En aquella oratoria ampulosa, con sus exordios, periodos y peroraciones cuidadosamente estudiados, se puede discernir claramente la reverencia rendida al poder tal como lo encarnaba la posesión de la propiedad. Pero en ninguna parte vemos explicación alguna, ni siquiera un intento de explicación, de los medios básicos por los cuales se adquirió dicha propiedad ni de su efecto sobre las masas populares.

Las producciones de la época carecen dolorosamente de datos sobre cómo vivía el gran cuerpo de los trabajadores y qué hacían. Los datos sobre los ricos son bastante accesibles, aunque no abundantes, pero los datos referentes al resto de la población son escasamente patéticos. El buscador paciente de la verdad —aquella mente que no se conforma con la presentación de un solo lado— descubre, con cierta impaciencia, que solo unos pocos escritores consideraron digno prestar atención, aunque fuera escasa, a la condición de la clase trabajadora.

Uno de estos pocos fue Matthew Carey, un economista político ortodoxo, quien, en un panfleto publicado en 18297, ofreció este cuadro que constituye a la vez un contraste y una continuación de las acumulaciones de los multimillonarios, de los cuales Girard era entonces el arquetipo:

# UN CONTRASTE RADICAL PRESENTADO.

"Thousands of our laboring people travel hundreds of miles in quest of employment on canals at 62-1/2 cents to 87-1/2 cents per day, paying $1.50 to $2.00 a week for board, leaving families behind depending upon them for support. They labor frequently in marshy grounds, where they inhale pestiferous miasmata, which destroy their health, often irrevocably. They return to their poor families broken hearted, and with ruined constitutions, with a sorry pittance, most laboriously earned, and take to their beds, sick and unable to work. Hundreds are swept off annually, many of them leaving numerous and helpless families. Notwithstanding their wretched fate, their places are quickly supplied by others, although death stares them in the face. Hundreds are most laboriously employed on turnpikes, working from morning to night at from half a dollar to three-quarters a day, exposed to the broiling sun in summer and all the inclemency of our severe winters. There is always a redundancy of wood-pilers in our cities, whose wages are so low that their utmost efforts do not enable them to earn more than from thirty-five to fifty cents per day.... Finally there is no employment whatever, how disagreeable or loathsome, or deleterious soever it may be, or however reduced the wages, that does not find persons willing to follow it rather than beg or steal."

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