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nydus/The History of the Great American FortunesPublic
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Capítulo I. Las grandes propiedades señoriales

# LAS GRANDES PROPIEDADES PRIVADAS

Las notables fortunas privadas de la época colonial y de los asentamientos derivaban de la propiedad de la tierra y de las ganancias del comercio. Por lo general, ambas ejercían una influencia combinada y con frecuencia iban acompañadas de la agricultura.

Por todas las colonias se hallaban dispersos señores de la tierra que poseían vastos dominios territoriales sobre los cuales ejercían un dominio arbitrario y, en algunas partes de las colonias, de carácter feudal.

Casi todas las colonias fueron establecidas por compañías privilegiadas, organizadas con fines puramente comerciales y cuyo éxito dependía en gran medida de la emigración que fuesen capaces de fomentar.

Estas corporaciones estaban investidas de enormes poderes y privilegios que, en la práctica, las constituían en gobernantes soberanos, aunque sus cartas reales estaban sujetas a revisión o enmienda.

La Compañía de Londres, con carta real renovada tres veces para apropiarse de las tierras y los recursos de Virginia y poblar su zona de dominio, fue dotada de amplios derechos y privilegios que la convirtieron en un monopolio absoluto.

Los nobles o hidalgos menesterosos que se trasladaron a Virginia para recuperar sus fortunas disipadas o buscar aventuras, no encontraron dificultad alguna para obtener grandes concesiones de tierra, especialmente cuando, a partir de 1614, el tabaco se convirtió en un artículo de moda en Inglaterra y adquirió la categoría de valiosa mercancía comercial.

Sobre esta colonia se extendieron ahora los hacendados, quienes se apresuraron a aprovechar este medio recién descubierto para enriquecerse. Tanto la tierra como el clima los favorecían, pero se enfrentaron a una escasez de mano de obra. La emergencia fue atendida con prontitud mediante la compra de criados blancos en Inglaterra para ser revendidos en Virginia al mejor postor.

Esto, sin embargo, no fue suficiente, y las quejas llovieron sobre el gobierno inglés. Como las demandas del comercio debían mantenerse a toda costa, se puso en marcha de inmediato un sistema que consistía en reclutar a tantos miembros de la clase pobre inglesa como pudieran ser apresados bajo algún pretexto, y embarcarlos para retenerlos como trabajadores con contrato de servidumbre.

Ingleses sin blanca y humildes, arrestados y condenados por cualquiera de la multitud de delitos que entonces contemplaba con severidad la ley, eran deportados como criminales o vendidos en las colonias como esclavos por un período de años. Los tribunales ingleses se afanaban en producir material humano para las plantaciones de Virginia; y, como los objetivos del comercio se consideraban primordiales, este proceso de deshacerse de lo que se consideraba el elemento de escoria se juzgó necesario y justificable. No se alzó ninguna voz en protesta.

# LA INTRODUCCIÓN DE LOS ESCLAVOS NEGROS.

Pero, por más rápidos que trabajaran los tribunales ingleses, no proporcionaban suficientes trabajadores. Fue con júbilo que en 1619 se dio a conocer a los propietarios de las plantaciones un nuevo medio para abastecerse de trabajadores adecuados. Un barco holandés llegó a Jamestown con un cargamento de negros procedentes de Guinea. Los negros fueron comprados inmediatamente a buen precio por los plantadores.

A partir de este momento, el problema de la mano de obra se consideró suficientemente resuelto. Como la esclavitud de chattel armonizaba bien con las necesidades del cultivo del tabaco y el lucro, fue aceptada como una condición justa y fue continuada por los plantadores, cuyos intereses y normas eran el factor dominante.

Después de 1620, cuando la Compañía de Londres fue disuelta por decreto real y el comercio de Virginia se declaró libre, los hacendados pasaron a ser el único factor.

Virginia, es verdad, se convirtió en una provincia real y quedó bajo un gobierno de delegados, pero los grandes hacendados se ingeniaron para obtener las leyes y costumbres que su propio interés exigía. Solo había dos clases: los hacendados ricos, con sus donaciones de tierra, sus sirvientes bajo contrato y sus esclavos y, por otro lado, los blancos pobres. Carecía por completo de una clase media.

Como producto básico supremo del comercio y en calidad de moneda misma, el tabaco podía comprar cualquier cosa, tanto humana como inerte o material. La cuestión laboral había quedado suficientemente zanjada, pero no así la doméstica.

Hacían falta esposas desesperadamente; los funcionarios en Londres atendieron al instante la petición y, en 1620, enviaron a sesenta jóvenes que fueron subastadas y compradas a un precio de entre ciento veinte y ciento sesenta libras de tabaco cada una. El tabaco se vendía entonces a tres chelines la libra.

Su cultivo se llevó a cabo con asiduidad. El uso de la tierra principalmente con fines agrícolas condujo a la fundación de numerosos asentamientos a lo largo de las costas, bahías, ríos y arroyos de los que está salpicada Virginia y que facilitaban el acceso a los puertos marítimos.

A medida que pasaban los años y aumentaban los medios y los jornaleros de los hacendados, sus tierras se fueron haciendo más extensas, por lo que no era inusual encontrar plantaciones de cincuenta o sesenta mil acres. Pero ni en Virginia ni en Maryland, bajo los poderes casi reales de Lord Baltimore, quien ostentaba derechos de propiedad sobre toda su provincia, se podían ver haciendas tan enormes como las que se estaban concediendo en las colonias del norte, especialmente en los Nuevos Países Bajos y en Nueva Inglaterra.

# CONCESIONES FEUDALES EN EL NORTE.

En su intenso empeño por poblar los Nuevos Países Bajos y aprovechar sus recursos, Holanda, a través de los Estados Generales, ofreció incentivos extraordinarios a los promotores de la colonización. La perspectiva de inmensas haciendas, con derechos y privilegios feudales, se presentó como un incentivo seductor.

La ley de Libertades y Exenciones de 1629 facilitó la posibilidad de convertirse en un señor de la tierra con extensas posesiones y poderes. Cualquier hombre que lograra fundar una colonia de cincuenta «almas», cada una de las cuales debía ser mayor de quince años, se convertiría de inmediato en patrón con todos los derechos señoriales.

Se le permitía poseer dieciséis millas a lo largo de la costa o en un lado de un río navegable. Se ofrecía la alternativa de poseer ocho millas en un lado de un río y tierra adentro «hasta donde la situación de los ocupantes lo permita». El título se otorgaba al patrón a perpetuidad y se le concedía el monopolio de los recursos de su dominio, a excepción de las pieles y las Pieles finas.

A ningún patrón u otro colono se le permitía fabricar telas de lana, lino, algodón o de cualquier otro material bajo pena de destierro.1

Estas restricciones se hicieron en interés de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, una corporación comercial que ostentaba poderes poco menos que dictatoriales. Con un monopolio absoluto en todo su territorio dependiente, estaba armada con amplios poderes, un equipo formidable y gozaba de un gran prestigio.

Era una especie de híbrido entre la piratería legalizada y un grupo de sagaces promotores de la colonización. El pillaje y la carnicería eran a menudo sus auxiliares, aunque en estos aspectos no igualaba en modo alguno a su corporación gemela, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, cuya explotación de las posesiones asiáticas de Holanda fue un largo historial de horrores.

# LA COMPAÑÍA HOLANDESA DE LAS INDIAS OCCIDENTALES.

La política de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales era ofrecer generosos incentivos para poblar la tierra y, al mismo tiempo, prohibir la competencia con cualquiera de los numerosos productos o materias primas con los que ella misma comerciaba.

Esto influyó de manera decisiva en la configuración del carácter fundamental de las fortunas ostentosas de un siglo y dos siglos después.

De ello se desprendía que, cuando las industrias autóctonas estaban prohibidas o su producción monopolizada no solo por la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales en los Nuevos Países Bajos, sino por otras compañías en otros lugares de las colonias, la propiedad de la tierra se convirtió en el pilar fundamental de las grandes fortunas privadas, con la agricultura como actividad complementaria.

Posteriormente, los efectos de esta continua política se vieron con más claridad cuando Inglaterra, ley tras ley, paralizó o clausuró muchas formas de manufactura colonial.

El carácter feudal de la colonización holandesa, tal como la llevó a cabo la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, creó necesariamente grandes latifundios, cuyo valor provenía no tanto de la agricultura —como ocurría en Virginia, Maryland y, más tarde, en las Carolinas y Georgia—, sino de los recursos naturales de la tierra.

La soberbia madera virgen reportó colosales beneficios en la exportación, y también había derechos de pesca muy valiosos allí donde una hacienda lindaba con una orilla o un río.

Los ríos prístinos se llenaban de grandes bancos de peces, con los que la pesca fluvial de la actualidad no puede compararse.

A medida que aumentó el asentamiento, la inmigración presionó y más y más barcos transportaron carga de un lado a otro, estas haciendas se volvieron consecutivamente más valiosas.

Para fomentar aún más la colonización en sus colonias, los Estados Generales aprobaron un nuevo decreto en 1635. Este reafirmaba la naturaleza feudal de los derechos concedidos e introducía importantes adiciones.

¿Buscaron algunos aspirantes a aventureros dar el salto de golpe a la exaltada posición de patroon?

Las condiciones eran fáciles. Todo lo que tenía que hacer era fundar una colonia de cuarenta y afortunados adultos, y para ello contaba con un generoso plazo de seis años. Por sus esfuerzos se le permitían concesiones de tierra aún más extensas que bajo el decreto de 1629.

Tan completos eran sus poderes de propiedad que nadie podía acercarse a menos de siete u ocho millas de su jurisdicción sin su expresa autorización. Lo suyo era en verdad un principado. Sobre sus bahías, ríos e islas, de tenerlos, así como sobre tierra firme, se le otorgaba el mando a perpetuidad.

La impartición de justicia era su derecho exclusivo. Él y solo él era el tribunal con poderes sumarios de «jurisdicción alta, baja y media», los cuales se ejercían de manera severa o caprichosa. No solo imponía sentencia por violación de las leyes, sino que él mismo promulgaba dichas leyes, y eran leyes que siempre se estructuraban para coincidir con sus intereses y su personalidad.

Tenía plena autoridad para nombrar oficiales y magistrados y promulgar leyes. Y por último, tenía el poder de vigilar su dominio y de hacer uso de los títulos y blasones de sus colonias. Todas estas cosas podía hacerlas «según su voluntad y beneplácito». Estos derechos absolutos habrían de transmitirse a sus herederos y sucesores.

# LOS ANTIGUOS COMERCIANTES SE CONVIERTEN EN SEÑORES FEUDALES.

Así, al comienzo de la época de la colonización, se sentaron las bases, en la ley y en la costumbre, de una aristocracia terrateniente, o más bien de un grupo de autócratas atrincherados, a lo largo de las orillas del Hudson, las costas del océano y tierra adentro.

Prevalecía entonces la teoría de que el territorio de las colonias se extendía hacia el oeste hasta el Pacífico.

De estos patrones y de sus descendientes directos o colaterales proceden muchas de las estirpes terratenientes que, debido a su riqueza y poder, demostraron ser factores determinantes en la historia económica y política del país.

Los siniestros efectos de esta primera gran apropiación de tierras permearon durante mucho tiempo todo el tejido social y se manifestaron de manera prominente antes y después de la Revolución, y especialmente en la tercera y cuarta décadas del siglo XVIII. De hecho, los resultados pueden rastrearse hasta el día de hoy, a pesar de que las leyes e instituciones han cambiado radicalmente.

Otras colonias reflejaron los constantes cambios de gobierno, de partido gobernante o de la política de Inglaterra, y las compañías coloniales con cartas reales otorgadas por Inglaterra perdieron sus privilegios con frecuencia. Sin embargo, las condiciones en Nuevos Países Bajos se mantuvieron estables bajo el dominio holandés, y la acumulación de grandes latifundios se intensificó bajo el dominio inglés. Fue en Nueva York donde, en aquel período, se concentraron principalmente los mayores latifundios coloniales y las fortunas privadas predominantes.

La extensión de algunas de esas primeras haciendas era asombrosamente grande. Pero distaban mucho de haber sido adquiridas enteramente mediante métodos de colonización.

Muchos de los oficiales y directores de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales eran comerciantes de Ámsterdam. Hombres activos, intrigantes y vanidosos, eran poderosos en los mercados financieros, pero la antigua aristocracia holandesa los utilizaba y los menospreciaba.

Habiendo amasado fortunas, estos comerciantes ansiaban ser los fundadores de grandes haciendas; vivir como príncipes virtuales en medio de vastas posesiones, aun cuando estas siguieran siendo parajes comparativamente solitarios. Esta aspiración se mezclaba con el motivo mercantilista de ser ellos mismos dueños de las tierras de donde provenían las pieles, los cueros, la madera y de las aguas que producían los peces.

Uno de estos directores era Kiliaen van Rensselaer, un comerciante de perlas de Ámsterdam. En 1630 sus agentes le compraron a los indios una extensión de tierra de veinticuatro millas de largo por cuarenta y ocho de ancho en la margen occidental del hudson. Comprendía, según se calculaba, setecientas mil acres e incluía lo que hoy son los condados de Albany, Rensselaer, una parte del condado de Columbia y una franja de lo que en la actualidad es Massachusetts. ¿Y cuál fue el precio pagado por esta vasta hacienda? Como mostraban las escrituras, la generosa contraprestación de «ciertas cantidades de telas de estambre, hachas, cuchillos y wampum»,3 lo que equivale a decir que el comerciante de perlas la obtuvo casi por nada.

Otros dos directores —Godyn y Bloemart— se convirtieron en propietarios de grandes latifundios feudales. Uno de estos terrenos, en lo que hoy es Nueva Jersey, se extendía dieciséis millas tanto de largo como de ancho, formando un cuadrado de sesenta y cuatro millas.4

Así fue como estos astutos directores combinaron ahora una doble ventaja. Su orgullo quedó satisfecho con el señorío absoluto de inmensas extensiones, mientras que la propiedad de la tierra les otorgaba los múltiples beneficios y mayores ganancias de comerciar con los indios de primera mano.

Con una parte de las ganancias construyeron más tarde mansiones que eran consideradas maravillosas y magníficas. Rodeados y servidos por sus vasallos, agentes, inquilinos vasallos y esclavos, vivían con un estilo principesco y licencioso, sin conocer más ley en la mayoría de los asuntos que su desenfrenada voluntad.

Se contemplaban a sí mismos como ingeniosos y memorables fundadores de una potencial aristocracia terrateniente cuyas posesiones eran más extensas que las de Europa. Gran parte de aquello seguía siendo un desierto, pero era obvio que se acercaba el momento en que la población sería bastante abundante. Las leyes de vinculación y primogenitura, entonces en pleno vigor, operarían para mantener las haciendas intactas y dotadas de una influencia inherente durante generaciones.

Junto con sus propiedades territoriales, estos directores contaban con unos ingresos abundantes y continuos. La Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales se encontraba en una situación próspera. Hacia el año 1629 tenía en activo más de un centenar de barcos de aparejo completo.

  • La mayoría de ellos estaban equipados para hacer la guerra al comercio de otros países o a los piratas.
  • Quince mil marineros y soldados figuraban en su nómina; solo en ese año gastó más de cien mil libras de pólvora, lo que da muestra de la severa naturaleza de los negocios que realizaba.
  • Poseía más de cuatro cañones y miles de otras armas destructivas.5

Todo aquello que condujera al lucro, sin importar que implicara el asesinato indiscriminado, se aceptaba como funciones legítimas y justificables del comercio, y se imponía por igual a la realeza, que participaba de los beneficios, y al pueblo en general.

La enérgica clase mercantil, volcada en el único esfuerzo de ganar dinero y carente de escrúpulos en cuanto a los medios en una época en la que los ideales eran bajos y vulgares, ya había comenzado a crear opinión pública en muchos países, aunque esta opinión pública contaba poco entre los pueblos sumisos. Eran el rey y la clase gobernante, el uno o la otra o ambos, cuyos favores y declaraciones contaban; y mientras estos se beneficiaran de las tortuosas extorsiones y villanías del comercio, los métodos se legitimaban, cuando no se santificaban por la gracia real.

# UNA ARISTOCRACIA SÓLIDAMENTE CIMENTADA.

Una aristocracia más potencialmente robusta que la que se estaba formando en los Nuevos Países Bajos difícilmente podría haberse imaginado. Asentada sobre gigantescas donaciones de tierras, con acompañamientos feudales, ostentaba el monopolio, o casi, de los recursos del territorio. La vieja aristocracia de Holanda llegó a sentir envidia del poder y las pretensiones de lo que miraba con desprecio como una camarilla mercantil advenediza, y trató de recortar los derechos y privilegios de los patrones.

Estos últimos sostuvieron que su señorío absoluto era indiscutible; para expresarlo en la terminología jurídica moderna, que un contrato no podía ser menoscabado. Elaboraron ampliamente el argumento de que se habían gastado una «tonelada de oro» (equivalente a cien mil florines o cuarenta mil dólares) en sus colonias.6 No solo salieron con la suya, sino que su poder fue confirmado y ampliado.

Ahora se vio el espectáculo de los hombres de clase media del Viejo Mundo, los comerciantes, que no solo imitaban —superaban con creces— las costumbres y pretensiones de la aristocracia de su propio país contra la que tanto habían despotricado, sino que se erigían a sí mismos como la originaria y poderosa aristocracia terrateniente del nuevo país.

Los patrones se envolvieron en un entorno de pompa y temor reverente. Como otros tantos monarcas de pacotilla, cada uno tenía su propia bandera e insignia distintivas; cada cual fortificó sus dominios con fortalezas, armadas con cañones y guarnecidas por su soldadesca a sueldo. Los colonos no eran más que humildes dependientes; eran sus súbditos directos y se veían obligados a prestarle juramento de fidelidad y lealtad.7

En el viejo continente, la tierra había pasado hacía tiempo a manos de unos pocos poderosos y se había convertido en la base principal de la esclavitud económica y política del pueblo. Para escapar de esta servidumbre, muchos de los inmigrantes habían soportado penalidades y privaciones para llegar hasta aquí. Esperaban poder conseguir tierra fácilmente, cuyo cultivo les asegurara cierta medida de independencia.

Al llegar, encontraron que vastas zonas disponibles del país, especialmente las porciones más deseables y accesibles que bordeaban las costas o los ríos, habían sido acaparadas. Un gobierno feudal exigente y tiránico ejercía pleno control. Su único recurso en muchos casos fue aceptar lo menos malo de unas condiciones indeseables y convertirse en inquilinos de los grandes funcionarios terratenientes y en trabajadores para ellos.

# LA HUMILLACIÓN DE LOS TRABAJADORES.

Los patroones fomentaban naturalmente la inmigración. Aparte de los valores adicionales creados por el aumento de la población, esto significaba una cantidad de mano de obra que, a su vez, precipitaría los salarios a la escala más baja posible.

Al mismo tiempo, con el fin de sofocar toda cualidad de aspiración en el trabajador jornalero, y de mantenerse en conformidad con el espíritu y la costumbre de la época que consideraba al trabajador un mero sirviente indigno de cualquier derecho, se hizo uso de todo el peso de la ley para provocar agudas discriminaciones. El trabajador era rebajado deliberadamente al máximo y se le hacía sentir de muchas maneras su particular posición baja en la organización social.

Muy por encima de él, investido de enormes poderes personales y legales, se alzaba el patroon, mientras que él, el obrero, no poseía el derecho ciudadano ordinario, el de tener una voz menor en los asuntos públicos.

El derecho ciudadano se condicionó enteramente a la propiedad, lo cual era un método sencillo para privar de derechos a la multitud de inmigrantes pobres y mantenerlos subyugados. La compra era la única vía para obtener este derecho. Para mantenerlo en una clase lo más pequeña y circunscrita posible, el precio se fijó de manera anormalmente alta.

Se decretó en Nuevos Países Bajos en 1659, por ejemplo, que los inmigrantes que llegaban con cargamentos debían pagar mil florines por el derecho ciudadano.8

Como el obrero promedio recibía dos chelines al día por sus largas horas de faena, que a menudo se extendían desde el amanecer hasta el atardecer, tenía pocas probabilidades de reunir jamás dicha suma. La consecuencia fue que los comerciantes se convirtieron en la clase burguesa; y todos los registros de la época parecen demostrar de forma concluyente que los comerciantes eran instrumentos serviles de los patroons, cuyo mecenazgo y favor cortejaban asiduamente.

Esta política deliberadamente perseguida de degradación y expoliación de la clase trabajadora avivó odios y resentimientos amargos, cuyos efectos fueron permanentes.

JEREMIAS VAN RENSSELAERR. Uno de los Patrones. (A partir de un grabado.)
JEREMIAS VAN RENSSELAERR. Uno de los Patrones. (A partir de un grabado.)
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