Sonó una y otra vez, haciendo vibrar todo el aire, estridente, salvaje y amenazador. El baronet me cogió de la manga y su rostro palideció en la oscuridad. —¡Dios mío, qué es eso, Watson? —No lo sé. Es un sonido propio de la ciénaga. Ya lo oí una vez antes. Se apagó y un silencio absoluto se cernió sobre nosotros. Nos quedamos esforzando los oídos, pero no llegó nada más. —Watson —dijo el baronet—, era el aullido de un sabueso. Se me heló la sangre en las venas, pues en su voz había un quebranto que delataba el súbito horror que se había apoderado de él. —¿Cómo llaman a este sonido? —preguntó. —¿Quiénes? —La gente del campo. —Oh, son ignorantes. ¿Por qué le importa lo que lo llamen? —Dígame, Watson. ¿Qué dicen de él? Dudé, pero no pude esquivar la pregunta. —Dicen que es el aullido del Sabueso de los Baskerville. Él gimió y guardó silencio unos momentos.
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IX. La luz sobre el páramo
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