pincho más allá, a desenrollar una hoja un día y otra el próximo. Obsérvalos”.
—Eso voy a hacer —respondió Mary.
Muy pronto volvió a oír el suave aleteo rumoroso y supo de inmediato que el petirrojo había regresado. Era muy descarado y vivaracho, y saltaba tan cerca de sus pies, y inclinaba la cabeza hacia un lado y la miraba con tanta picardía que le hizo una pregunta a Ben Weatherstaff.
—¿Crees que se acuerda de mí? —dijo ella.
—¿Que si se acuerda de ti? —dijo Weatherstaff indignado—. Conoce hasta el último rincón de los huertos, por no hablar de la gente. Jamás había visto a una mocosa por aquí, y está empeñado en enterarse de todo sobre ti. No tienes ninguna necesidad de intentar ocultarle nada.
—¿Se está moviendo algo allá abajo en la oscuridad de ese jardín donde vive? —inquirió Mary.
—¿Qué jardín? —gruñó Weatherstaff, volviéndose hosco de nuevo.
—En el que están los rosales viejos. —No pudo evitar preguntar, porque quería saberlo con tantas ganas—. ¿Están todas las flores muertas, o algunas vuelven a salir en verano? ¿Hay alguna vez rosas?
—Pregúntale a él —dijo Ben Weatherstaff, encogiéndose de hombros hacia el petirrojo—. Es el único que lo sabe. Nadie más ha visto su interior en diez años.
Diez años era mucho tiempo, pensó Mary. Había nacido hacía diez años.
Se alejó, pensando lentamente. Había empezado a tomarle cariño al jardín, tal como había empezado a tomarle cariño al petirrojo, a Dickon y a la madre de Martha. También empezaba a tomarle cariño a Martha.